martes, 9 de noviembre de 2021

Madrid gourmet.- Otoño 2021.


                        


El pueblo de todos los pueblos, la capital, no es más que una tira reactiva que comparada con el patrón de colores del frasco que todos llevamos dentro, nos confirma que lo subjetivo de nuestra impresión sobre costumbres y gentes, en un momento determinado, no resulta al final tan subjetivo ni dependiente del cristal con que miramos a nuestro alrededor. Tan solo darnos una vuelta por la capital nos constatará que esto es lo que hay.


                    

Los programas de inicio de temporada museistica, o musical, nos siguen dejando bastante distanciados respecto a otras capitales del sur de Europa. No hay ninguna exposición en perspectiva que justifique un viaje desde la España desolada y abandonada, llamada vacia para endulzar, aunque sus tesoros en los fondos permanentes de los dos museos punteros, invitan imperativamente a volver de modo recurrente a ellos. Me encontré fotografiando alguna obra alemana de cuando lo de Weimar, y sospechando mi estupidez, la de hacerlo por tercera o cuarta vez, en el Thyssen. Cosa que comprobé al pasar las imágenes al disco duro y observar idénticos archivos y sus fechas de registro, el 19 y el 17. Y lo peor no es repetir el gesto de macaco voluptuoso, hacerlo de manera ilimitada, no. Sin duda lo peor es la falta de contención y la seguridad de que volveré a hacerlo en la próxima visita. Ya lo estoy deseando. Otto Dix, Grosz, Nolde, Schad y otros expresionistas y objetivistas “degenerados ellos”. pueden ir preparándome el escenario. Y al lado tenían en esta ocasión un paisaje urbano de Schiele que exigía toda la pared, el paño, para él. No son los paisajes la especialidad de Egon Schiele, pero se agradece. Igual ocurrió con el Tio Paquete de Goya, ese retrato negro y minimalista que se queda grabado entre los rostros de amigos que hay que volver a visitar para que el tiempo no borre las pisadas sobre la hierba que marcan el camino.


                     

Mal el Prado esta vez, maltrato a sus dueños y visitantes, que somos nosotros, los del pueblo más o menos lejano. Horarios y normas escritas que cambian al verbalizarse por cuidadores y taquilleras y que dejan compungido el bolsillo y la paciencia de quien hace cola durante horas por volver, volver, a verlo otra vez.

Al menos divertida, por sus efectos colaterales, resultó la visita al Centro Centro, nombre tan idiota como el de “Museo Nacional Centro de Arte” del Reina Sofia, la redundancia de llamar centro de arte a un museo, dice mucho de sus pretensiones, y la del de los bajos del palacio municipal de Cibeles, ya lo anuncia Centro Centro. Allí está el objeto, presunto, de mi viaje, la exposición “Japón una historia de amor y guerra” o “El mundo flotante de ukiyo-e” para los eruditos en las estampas japonesas. Ya, en esa dualidad del título encontramos el eco de las películas que atesoramos en la memoria con el nombre cambiado por motivos comerciales , o quizás paternalistas. No supimos que “El crepúsculo de los dioses” se llamaba en realidad “Sunset Boulevard” hasta que aprendimos a leer el cine, y también el arte, y a comprender que ukiyo-e como los artistas japoneses de entonces no necesitan envoltorios semejantes.

Las estampas tienen siempre la llave de la nostalgia, de una infancia donde los santos y las imágenes religiosas quedaron grabadas en ese formato coloreado y apaisado que incluso llenaría algún álbum de cromos de la época aquella en que no llegué a salirme del seminario porque nunca estuve dentro, era absolutamente innecesario, toda España era un seminario. Ahora encuentro alguna de aquellas imágenes en los museos, en el Thyssen, en el Prado, en el Louvre, y comprendo la fuente de inspiración, el corta y pega de los hacedores de cromos, sin necesidad de citar al autor original y a veces ni de cambiar el título de la pintura.

                              


Estas japonesas, admiradas y coleccionadas por Van Gogh entre otros muchos, son absolutamente hipnóticas y subyugantes, te hacen quedar extasiado en cualquier paisaje donde el único inmóvil es el espectador, incapaz de separar la mirada de sus cielos, de su vegetación, su montaña sagrada y su agua, siempre su agua. Son estos grabados coloreados, apaisados y monotemáticos, Hiroshige y Hokusai, los que atraen mi atención, aunque sean los retratos de cortesanas y escenas galantes los que hayan trascendido como cima del arte japonés, Utamaro maestro, y sus viñetas pornográficas que en todos los museos son denominadas eróticas por vaya usted a saber. Quizás por la misma razón que se cambiaba el título a las películas, arte shunga lo llaman en Japón. Comprendes que el manga y el cine de animación japonés, Ghibli frente a Hollywood, han tenido sus orígenes en este arte de la acuarela y el grabado mitad minucioso, mitad expresionista, y que son deudores al fin de un país, de una cultura y de un espíritu quizás, remoto y puede que inaccesible para nosotros.

La expo bastante limitada, a pesar de las tropecientas láminas y los muñecos de guardarropía teatral de todo a cien, que simulaban ser armaduras o caretas de samuráis y demás . El fondo de la exposición, alquilado a coleccionistas italianos, queda así hinchado suficientemente para justificar el cobro de la entrada en en un lugar municipal y antes de acceso gratuito.


                     


Aquí, en la taquilla comienza la parte más interesante, por involuntaria e inesperada de la exposición.

Según me explica la amable taquillera, la limitación de aforo, obliga a espaciar el acceso, y el próximo disponible implica una demora de treinta minutos.

-Pero no espere usted en la cola, heladora , dese un paseo por la parte soleada de la Castellana-

No solo agradecí su consejo, también el que existieran personas generosas cuidadoras del bienestar ajeno, aunque sea en algo solo aparentemente intrascendente como el hecho de estar al sol o a la sombra. (Véase “Milagro en Milan” Vittorio De Sica 1951).

                 

Cruzo la avenida y observo que, los peatones no respetan los semáforos, hasta que comprendo que la capital tiene otros hábitos, exóticos para los pueblerinos. Docenas de vehículos policiales atravesados y numerosos policías de uniforme negro y dotados de chalecos protectores , me ocultan lo que está detrás de ellos. Una manifestación en la hora del mediodía de un sábado otoñal que , evidentemente, tiene autorización para suspender el trafico rodado desde Neptuno hasta sabe dios donde. Un espectáculo, nada habitual para mis ojos que me hace acercarme y disfrutar, con la intención de solidarizarme con su motivación, cualquiera que sea esta.

La primera imagen que me desubica en el planteamiento es la composición de los manifestantes, las, son exclusivamente chicas, niñas según me voy aproximando, y sus pancartas me parecen tan incomprensibles como espeluznantes. Piden, la abolición de la prostitución y el anatema a los puteros, en las de mayor tamaño. Cosa que el presidente de gobierno ya había planteado un par de días antes en el parlamento, con la exigencia sin respuesta de alguna interpelación: ”Concrete Ud., por favor”.

Resulta fácil el exigir abolir, derogar, demoler la estación del tren, como cantaban Los Saicos, precursores del punk, en su mejor canción. Loable la intención de esas, y de casi todas las pancartas que iban detrás. Chicas venidas de bastante lejos que, educadamente, demasiado quizás, y sospechosamente coincidentes con las de su, mal llamado, ministerio de igualdad., a la vez que pedían la dimisión de su ministra. No consigo ubicar la directriz principal, el origen de la convocatoria ni la intención de la movida. Al no ver las banderas del sindicato, me pierdo. No obstante lo bien intencionado del mensaje, pienso que insiste en frivolizar de tantas formas y maneras en que la mujer es injustamente vejada y, también, en reducir las manifestaciones, sin adoquines en las manos, y bajo protección policial, a la nada. Otra herramienta democrática perdida. 

Me hizo pensar en la ausencia de chicos entre las manifestantes y en la inexistencia de motivaciones que les muevan a ellos a la protesta, a esta y a cualquier otra para las que encuentro cien razones. Por cierto que en la sala principal del museo estaban un par de chaperos anunciando su articulo, en exclusiva también para señores, y totalmente ignorados, invisibles en medio de lo políticamente correcto. Lástima que las manifestantes no los tuviesen a tiro.

                             


Y en todo caso, excursión que supuso un estupendo aperitivo para sumergirme en el ukiyo-e y su mundo flotante, y es que esto de flotar en medio de la meseta, de la estepa castellana, polvo sudor y hierro.... queda bastante a trasmano.

Pero el mundo y el tiempo que nos ha tocado es este. Por más que nos sorprendamos de lo absurdo e irracional de esto y aquello, tenemos que seguir adelante como el Cid, y dada la hora, buscar un mesón que no esté cerrado a piedra y lodo como en el poema, donde comer en el centro de Madrid un sábado a la hora en que miles de turistas colapsan los locales del barrio de las letras. Compruebo que el de la esquina aquella de otras veces está cerrado y pido ayuda a Google. Me indica otro cercano con puntuaciones de 4,8/5, es decir extraordinario, como son los comentarios que insisten en su cocina casera y tal. El que estuviese prácticamente vacío debió servirme de aviso evidente, de vade retro que no escuché por eso que llaman hambre y por la supuesta dificultad de encontrar otro disponible en una calle larga y cuesta arriba. Siempre están cuesta arriba cuando necesitas algo y cuesta abajo a la vuelta, cuando te resulta indiferente.

Me insiste la mesera en las ventajas de los platos de la abuela, y en el menú de plato único, además a un precio ridículo, según la pizarra apoyada en el quicio de la puerta, como en el tango aquel. Me siento, con lo cual asiento, en su acepción verbal, y me someto a los criterios de los usuarios de Google, segundo aviso que debía haber escuchado, sobre todo porque soy un inveterado colaborador de esos comentarios, y me conozco. En fin.

Un guiso corriente en textura y sabor, pardinas ellas, acompañadas de trozos de zanahoria, al dente, y unos cuadrados de patatas a los que le faltaban al menos cinco o diez minutos de cocción. Supuse que eso del plato del día, obligaba a la cocinera, bastante mona ella al asomar por el torno, a demorar el punto final de cocción para que estuviese aceptable para los últimos comensales, pero que a los madrugadores, como era mi caso, los obligaba a masticar con fruición unas patatitas que debían haberse deshecho entre la legua y el paladar con el menor esfuerzo. La mesera, amable y maternal, por la marca de la cocina casera, y quizás porque me vio solitario e ignorante del mundo gastronómico, me ayudó a sobrellevar el rato con comentarios laudatorios sobre sus ancestras en la cocina y, lo único sorprendentemente positivo, el café que me puso, estaba estupendo. Un café solo americano, esa es otra, de marca, que me reconcilió con las cafeteras madrileñas.

La factura me hizo ver que por ese precio habría dispuesto de comida con dos platos, postres y bebida, cosas que no dispuse, en cualquiera de los diez o quince restaurantes que festonean esa calle con nombre de escritor del siglo de oro. Al final me sirvió para cuestionar seriamente las puntuaciones de Google y, sobre todo, mi credulidad.

Aunque es de comidas de lo que quería escribir y estoy en el preámbulo, me temo.



(El Tio Paquete)

Ya he contado que los guisos de callos y resto de casquería han desaparecido de la capital, salvo que estés dispuesto a viajar, reservar, y someterte al dictado de críticos gastrónomos que afirman diferenciar los guisos de bote de los de caldero. Por cierto que, acaban de cerrar el templo de las gallinejas y entresijos de la calle Embajadores, y es que llevaban tiempo provocando a la parroquia con el famoso lecho de patas panaderas primero, sencillamente fritas después, que ocultaban la escasez del producto que ibas a disfrutar. Después culparán a la pandemia aquellos que desde antes estaban en el punto de no retorno. RIP.

Ahora me escandalizo cuando compruebo que los buñuelos de este año, en casi todos lados, no han visto la sartén. Son bolitas de masa que crecen en el horno y gozan de un exterior pardo amarillento que no tiene nada que ver con la jugosidad y el brillo del aceite de oliva. Para colmo los venden rellenos de sabores y colores totalmente alejados del único y tradicional.

Aquí hay que dar un giro a la fortuna y justicia a quien la merece. Los que hizo este año la panadería de mi barrio en Ronda, magistrales, y los que comimos como postre obsequio en “Las Aguzaderas” cerca de Valdepeñas, inolvidables. Buñuelos de viento auténticos, rellenos de.... viento. Enormes y sabrosos gracias a su masa ligera y discretamente especiada y a algo imprescindible, la sartén. Lo único negativo fue la vergüenza que pasé al aparcar y salir del restaurante en medio de porsches, jaguares y enormes mercedes. Mirando de reojo al entrar y salir del vehículo propio hasta asegurar el anonimato. Menos mal que el aparcacoches estaba ausente a esa hora tardía y pudimos pasar discretamente el control. Hay tanto rico nuevo que atenúa mi envidia el hecho de que no viajaban, aparentemente, con chófer que, como dice Fernán Gómez, es el único estatus de inicio de grandeza. El resto es un quiero y no puedo. Como el cartel que tienen sobre la puerta exterior: ”Aquí no tenemos menú”.

Otras experiencias culinarias han sido de mucho agradecimiento, de hecho casi todas. Con la inmensa suerte de poder comer en terraza en muchos casos y de hacerlo sin reserva previa, algo que par un conspicuo itinerante no deja de ser un engorro.

Muy recomendable el Terramundi, o algo así, en el inicio de la calle de las lentejas, donde gracias a la hora tardía, apenas tuvimos que esperar para conseguir mesa y donde la cocina gallega y los extras opcionales al menú, nos hicieron disfrutar de la merienda. Hasta el vino estaba bueno, y las filloas rellenas de queso de tetilla adictivas. Volver, volver. En el recuerdo.

El titular de la foto inicial es punto y aparte. Tenía una deuda con él desde hace tiempo. Quizás el penúltimo restaurante superviviente de aquellos de barrio que poblaban calles más céntricas hasta no hace tanto, lugares donde comíamos los que no podíamos hacerlo en casa, por la distancia o el trabajo, y donde pillabas el asiento caliente del anterior comensal. Aunque entonces no tenia escrito menú alguno y te ofrecían lo de siempre, o lo que iba quedando cuando tu llegabas, sin que faltase nunca el pescado fresco, la carne modesta o incluso la media cabeza de cordero rebozada, otra exquisitez perdida

Los hermanos siguen siéndolo, pero presumo que son nietos también de los hermanos originales.

La atención exquisita e inesperada en un local que no tenga estrellas michelín, El vino con gaseosa consistente en una botella de tinto de Mentrida, y otra de Casera, que abren para ti y la dejan a tu disposición, sin la incomodidad del espia a tus espaldas, poniendo en tu vaso un dedo de vino cada vez que lo bebes.

Todos los clientes, absolutamente, nos saludaban al entrar y al salir con el “Buen provecho” de cortesía, hasta un ciego de mi quinta y aspecto que daba gusto verlo comer, pagar, y marcharse sin necesitar el bastón blanco para desplazarse en su medio de olor y sabor.

La comida estupenda y generosa, la propuesta de repetir plato antes de retirarlo y la invitación que acepté del aguardiente de hierbas tras el postre, aunque me quedó la sensación de que estaba abusando de ellos. El arroz con leche era el mejor que he comido en años.

Este lugar es ya una leyenda, reconozco que estaba necesitado de comprobar que todavía quedan sitios así, y aprovechando que la mejor ferretería de la zona me había llevado a su cercanía, sucumbir a la tentación. Apartar los prejuicios sobre el portal o el cartel resultó fácil.

Puntuación 4,9/5, en Google, baremo que solo resulta útil y creible cuando la la cifra negativa del suspenso categórico te obliga certeramente a buscar otro sitio, pero los 716 comentarios, sin incluir todavía el mio, indican sobre todo lo improbable de que los donantes de calificación extraordinaria sean los amigos y parientes de la empresa. Nadie tiene tantos, aunque ese es un truco, timo, muy bajo y frecuente que desprestigia a los que te aconsejan alojamientos y merenderos. Allá ellos y sus creyentes.




Fue algo así como cuando en el cine sientes que estas dentro de la película, que no eres un mero espectador pasivo, y lo cierto es que aquí vuelvo a confundir realidad y ficción. La mejor película, o al menos la que más me he impactado de las que he visto durante el encierro, es la historia de cuatro amigos que se encuentran habitualmente en una modesta trattoria romana. Allí pugnan con el camarero para conseguir que la media ración sea siempre lo más grande posible ante el sarcasmo de este, que no entiende por qué nadie pide raciones completas que sean pequeñas. También suelen pedir uno de los platos más económicos, del que no pueden prescindir ni presumir, aunque si compartir. Volveré a verla para averiguar la consistencia de aquel bocado, que el subtitulado no llega a traducir, aunque sospecho que en casquería no nos ganan italianos ni portugueses. Estamos a la par.


C´eravamo tanto amati (Nos habíamos amado tanto) Ettore Scola 1974, con Nino Manfredi, Vittorio Gassman, Stefania Sandrelli, Aldo Fabrizi, Stefano Satta ...

Me reconcilió con el cine y me hizo añorar lugares como el que estoy glosando. Me atrevo a aconsejar cualquiera de los dos escenarios, a sabiendas de que lo de consejos doy que para mi no tengo quede convertido en un aforismo absolutamente mendaz.

https://www.theguardian.com/film/2011/dec/11/daniel-auteuil-film-changed-life

Dice Daniel Auteil que fue el film que cambió su vida.


                                 


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