lunes, 12 de diciembre de 2011

VISITA AL MUSEO NOVEL.-


“Obscenidades previsibles de rico nuevo”.

La inevitable conjunción astral que guía los pasos, hasta los mas pequeños, de nuestra actividad cotidiana, ya me habían avisado del evento inexorable. El destino me dio un aviso en la exposición sobre jardines modernistas que la fundación Thyssen junto a la hoy extinta Caja Madrid, organizaron hace poco mas de un año. A pesar de limitar mi visita a la “mitad” que gratuitamente se ofrecía a los aficionados para pasear frente a los lienzos coloreados, impropiamente llamados cuadros, y de obviar la selección complementaria expuesta en el Thyssen, a la que los oráculos del arte madrileño, no concedían mayor –ni menor- importancia, quedé realmente y placenteramente impresionado sobre el retrato colectivo de la naturaleza domesticada a la que denominamos jardín.

Son varios siglos de pintura, y el modernismo del titulo es solo un reclamo, un ilustre apellido para espectadores necesitados de etiquetas aristocráticas. Recuerdo algún Klimt, Delacroix, Sargent, Sorolla y Anglada Camarasa, que me hicieron pasar ratos excelentes. Pero también la coincidencia, la inscripción reiterada, en gran parte de las notas al pie de las obras expuestas. “Propiedad de la baronesa Thyssen”. “Perteneciente a la colección privada de Carmen Thyssen”.

Una colección curiosa que, seguramente incluiría joyas similares que resultarían apetitosas para los semi-profanos, los que disfrutamos con el costumbrismo y el realismo estiloso. ¿Quién las pillara? Pensé entonces.

Y las estrellas que todo lo saben, y que todo lo pueden, respondieron a mis plegarias.

Y lo hicieron en la forma que Capote relata en su cuento sobre las plegarias atendidas, y que es la misma de sabiduría milenaria sobre los deseos que, cuando se hacen realidad, terminan siendo rechazados, o al menos lamentados, por el alma que los implora.

Pocos meses después inauguran, a tiro de piedra de un servidor, el Museo Carmen Thyssen de Málaga, en el que supongo se reúne lo mejorcito de la colección soñada.

Dejo transcurrir un discreto rodaje, un tiempo prudencial, en el que la puesta a punto de las instalaciones y la evanescencia de la presumible expectación inicial, hagan mas disfrutable la visita y...

Alli estoy. En la Plaza de Carmen Thyssen, lo que supone el primer contratiempo, al no aparecer en callejero alguno, ni en el omnisciente Google maps, semejante localización. Menos mal que en letras pequeñas, minúsculas y entre paréntesis, figura lo de “Antigua calle Compañía”. Primera en la frente, me digo, y también aquello de “Señor, pero como he caído tan bajo” que era de Laura Antonelli, cuando era Laura Antonelli. Y segunda, aprendo el primer mandamiento del rico nuevo: “No tomarás mi nombre en vano”.

Construido sobre un supuesto palacio en cuyos cimientos – obsérvese que lo han reconstruido- aparecieron restos de una “necrópolis tardoantigua”. Aquí ya comienza a entrarme la risa, y el presentimiento de que voy a disfrutarla. Lo de tardoantigua es un hallazgo literario que, por si solo justifica el esfuerzo de derribar un caserón decrepito para convertirlo en un clon del museo privado de X, de los que se han inaugurado n unidades de decenas en los últimos años del tiempo de la espuma que tanto vamos a añorar. O no.

Resulta inevitable que me centre en el edificio, y que lo haga con la mirada del inexperto. Es grande, y está nuevo. Positivas y sabias apreciaciones. Luego encuentro que las salas son cuadradas, que están dispuestas en sentido circular y en plantas superpuestas y me vuelve la sensación de que ya he visto eso en otra parte, lo que no tendría nada de particular si tengo en cuenta que estoy en un museo, que los museos son así, y que a lo que he venido es a ver su contenido. ¿Contenido?. ¡Ay que dolor! En versión de Los Chunguitos.

“Paisaje romántico y costumbrismo”, “Preciosismo y paisaje naturalista” y “Fin de siglo”. Son los lemas de cada sección, repletas todas de oleos de estilo remordimiento, de los que paso por alto cuando acudo a las subastas de arte –como espectador- pensando siempre en la desgracia que los vendedores han debido de soportar durante cien años o mas, al aguantarlos en sus hogares, y en la incierta e improbable fortuna de encontrar un infeliz comprador. Ahora se que lo encontraron, que los prodigiosos intermediarios artísticos que florecieron en nuestro país en estos años de espuma –además era de cava, de esa que te estalla en la boca y termina saliendo por la nariz- consiguieron colocar semejantes joyas de nuestros artistas románticos, donde siempre debieron estar, en la casa del rico nuevo.

Como no me considero capacitado para describirlos con detalle, os remito a la versión que Doré hace sobre cierta obra de Dante. Para los que me exigen concreción, otra vez mas, concretando diré que son 267 cuadros, que para cuerpo de baile ya son un buen número.

Olvidaba explicar que en la planta superior, el upstair , que es la mas alejada de la mezzanine y de la RDC, o sea, rez de chaussé, para que veáis que uno, de museos entiende algo, está expuesta la exposición temporal, la estrella de la visita, dedicada a una pintora viva -¡Que ordinariez!- que presenta un monográfico absolutamente naif –que es la manera de describir la pintura de los niños en el momento en que se descubre que no están dotados para eso- sobre escenas de la vida de su amiga y anfitriona, que no es otra que la dueña del complejo. Hay que verlo, para poder creerlo.

Pero todo lo anterior, previsible por repetido en los centenares de museos amussantes –divertidos, por llamarlos algo- inaugurados últimamente, no ha merecido la menor impresión de mis circunvoluciones cerebrales para memorizar el evento. Aunque si lo ha hecho, la parte mas fascinante, mas espectacular e inolvidable de la visita. El inevitable y circunstancial viaje, la inexcusable estancia en el excusado. También llamado inodoro o retrete y que, por ninguno de esos nombres los encontraremos en ningún lugar tardomoderno –digo yo que, ya puestos...-

Discretamente semioculto en la zona de distribución de los visitantes, entre las distintas plantas-salas y perfectamente integrado en una pared lateral compuesta por amorosas curvas que nos calman del enervamiento producido por el exceso de espacios rectangulares, cubos, que ocupan toda el área expositiva. Curvas que además en el sentido vertical está formadas por innumerables perfiles rectangulares de materiales tardomodernos –insisto- que supongo, pretenden sugerirnos la estancia en el interior del vientre-boca de una ballena –y los que allí hemos estado podemos corroborarlo- pero que a mi me sugieren la dificultad , si no la imposibilidad, de limpiar el polvo que vaya acumulándose en los huecos inaccesibles que dejan las barbas, a lo largo de los siglos que, presumiblemente va a durar el edificio. Hasta aquí normal.

La espectacularidad comienza al entrar en el servicio, propiamente dicho, en la pequeña y pulcra capilla cubierta de mármol oscuro, con iluminación preciosista y pulcritud inmaculada – si pensáis que la pasión por la limpieza es un estigma, negadme también el placer que sentís al entrar en un baño nuevo, a estrenar, y os llamaré fariseos- y los urinarios ultramodernos Grohe, of course, con aspecto de sublime funcionalidad, ante los que me sitúo para realizar la perentoria necesidad fisiológica que hasta allí me ha llevado.

Os juro que ha sido inadvertidamente, que desde bien pequeño he tenido la costumbre, razonablemente prudente e higiénica, supongo, de no mirar hacia abajo, una vez avisado por los sensores espaciotemporales -velocidad, parábola gravitatoria, flujo y caudal, etc.-, de que el enfoque es más o menos correcto.

Pero esta vez, el diseño ha vuelto a superar a la función, y el arte a los dos. El panel frontal del urinario es metálico, seguramente acero tratado en su superficie con el pulimento mas exquisito y con cierta, discreta y adecuada, convexidad en el plano vertical para que...casi a la altura de la mirada del ejecutante, sin necesidad apenas de desviar los ojos mas allá del sofisticado sensor que iniciará la descarga de la catarata purificadora, se encuentre uno, amplificado con una nitidez prodigiosa y como en una aparición de pesadilla, cual extremo ominoso de algún pez abisal -ahora voy comprendiendo lo de la ballena- aquella parte de la mancha de cuyo nombre no quiso acordarse – si releeis el Quijote, comprobareis que allí, tampoco se menciona, no voy yo a inventar – y asustado y maravillado ante tan prodigioso espectáculo, comienzo a comprender, a atisbar parte de la grandeza de de este happening artístico que estaba minusvalorando, injustamente.

Y comencé a recordar otros artistas consagrados, en el noble arte de la estupefacción de los paletos como un servidor. De Marcel Duchamp, sin ir más lejos, y su urinario –ese era del Roca francés- girado 45 grados y convertido desde ese momento en “La obra más influyente del arte moderno”.

Lo que se aprende en los museos. Al menos en alguno de ellos.

Aunque a mi el susto, la impresión, me impida valorar sensatamente toda su grandeza.

Lo siento por las chicas. Espero que no consideren sexista la experiencia, que no deja de ser inevitablemente individual, donde todavía no hay lugar para ese tipo de discriminaciones. Pero les sugiero una visita. Seguro que en su sancta sanctorum encuentran algo instructivo y/o divertido. El resto se lo pueden ahorrar. Ya digo.


viernes, 9 de diciembre de 2011

LA DIGNIDAD DEL NAUFRAGO.-


Cuando se intentó, algo imposible, castellanizar el novísimo termino” blog”, invitando a los usuarios a utilizar su equivalente mas oportuno a priori, como es el de “Cuaderno de bitácora” se cometió el mismo error que cuando al coctel se quiso llamar combinado, idéntico al de todas aquellas situaciones erróneas, similares y frecuentes, en las que los doctos artesanos de la lengua terminan por rendirse ante lo inevitable.

Tan solo el pueblo llano con su sabiduría telúrica logra a veces el sinónimo adecuado “pelotazo” para el coctel por ejemplo. En el resto, termina imponiéndose el palabro original. Supongo que santificados por los brujos de la academia, quienes creen justificado su sueldo al reconocer legales, en castellano, las palabras como coctel o blog, entre otras miles que llueven incesantemente desde el lejano lugar donde ellos, los otros, siguen inventando; haciendo bueno el consejo unamuniano.

Y no es que sean malintencionados o torpes a la hora de buscar una entre tantas, de nuestro idioma, que defina certeramente el significado del modismo en cuestión. Es que, generalmente, parten de la falsa premisa de confundir su mundo, el de los sabios en el templo de la sabiduría, con el pueblo a quien va dirigida la lección.

El caso de blog, resulta paradigmático. Evidentemente, la presunta respuesta, hace referencia a cierto eufemismo que se asocia al mundo Web –la Red para los exquisitos- cual es el de la navegación sideral. Navegamos por Internet –supongo que tampoco han conseguido sustituto- y por tanto nada mejor que el símil náutico. Y El cuaderno de bitácora, donde el navegante anota las incidencias cotidianas de su viaje, parece perfecto. Pues no, señores.

La mayoría, supongo, de los usuarios de Internet, que a su vez son la mayoría de los súbditos de su majestad, somos de tierra dentro, miren por donde. Y no es solo que nos extrañen los términos asociados al yatching, al surfing –tambien web el palabro- y al Ocean Cup de los habituales de la jet – tambien aceptada por el vulgo- y presuntamente amigos o incluso colegas de los amos del lenguaje, es que además, no hemos flotado jamás en artilugio mas grande que nuestro bañador y en volumen acuático superior al de la piscina municipal. Y ello por mencionar a los que osan de semejantes temeridades. El resto de los mesetaríos tememos el mar y, desconocemos el significado de las palabras raras que a el, o a ella, se refieren.

Ciertamente, bitácora no me resulta más familiar ni más aceptable que blog. Y es que, además, los expertos introductores en las aventuras del mundo húmedo, como Salgari o Conrad, siempre tuvieron cuidado de no atosigar a sus lectores con un vocabulario extraño y alejado. No es hasta Makrol el Gaviero –tuve que aprender que cosa era un gaviero-, hasta que Álvaro Mutis y otros introductores en el oscuro mundo de la terminología marinera, cuando aprendo que la cuaderna es cosa distinta del cuaderno y que este malamente va a sustituir a la palabra, horrorosa, blog.

Pero es que además, yerran al escoger en la panoplia marítima la figura adecuada para la metáfora, función especializada de tan excelente institución.

Como todo el mundo sabe, incluso los de secano, el cuaderno de bitácora es un registro escrito, un diario que el capitán escribe solo para unos pocos, los armadores y acaso las autoridades marítimas, mientras que el resto de la tripulación se queda a oscuras sobre los párrafos del amo de la bitácora. No sirve para impostar el concepto de blog. En absoluto. Y así les ha ido.

Por otra parte los blogs tienen una función, preciosa por cierto, que va mas allá de la crónica con intenciones de difusión, si no universal, al menos libre y gratuita, de la crónica del navegante.

A mi entender, llevan oculta, pero cercana a su superficie, la imagen de naufrago que el timonel no puede separar de sus sueños desde que sube por primera vez a un barco. Implícita o explícitamente el escritor de blogs está lanzando al mar, en cada viaje, mensajes dentro de una botella, y es la forma que tiene de pedir socorro, de romper el terrible muro de la incomunicación, y de seguir navegando con la esperanza de que en el peor de los casos, alguien, en algún momento y en algún lugar, recogerá la petición de auxilio, dará cobijo a sus ideas, y quien sabe si enviará a alguien, correo electrónico mediante, en su búsqueda.

Es mas, existe en todo naufrago virtual, el presunto exceso de dignidad del que rechaza la ayuda de los que le ofrecen un pronto rescate. Con el increíble, para nosotros, pretexto, de que no están a su altura, alegando cualquier tópico desfasado sobre raza, religión, sexo o clase social, que tan vigorosos estaban en la epoca de los relatos de aventuras oceánicas. Hoy, afortunadamente no existen semejantes pretextos, o si existen están mal vistos, políticamente incorrectos. Pero de lo que no tengo la menor duda es que la palabra dignidad se escribe con minúsculas desde hace tiempo, y hasta me congratulo de ello. Ha sido una de esas virtudes menores y si me apuráis innecesarias que se han usado habitualmente para hacer daño, mucho, a los demás, sin necesidad de generar remordimiento alguno.

Aunque ello no es óbice – véase diccionario – para que el naufrago tenga su corazoncito, sus deseos íntimos que le hagan esperar, demorar su rescate por aquellas almas gemelas que comulguen con sus ideas, y no desear en absoluto la relación, con cualquier receptor anónimo del mensaje vitrificado.

Pero lanzar botellas al agua es lo que tiene. Aún en la seguridad de haber impermeabilizado su contenido - nada como el corcho para tal menester- debemos pensar en la infinitud de la superficie marina y la universalidad, miles de millones, de almas que navegan en la red virtual. Aquí los deseos del que arroja una botella tras otra deben ir envueltos en la modestia, en la fe en el azar que todo lo puede, y en la compulsión de su instinto que le obliga a repetir esta acción desesperada, una y otra vez, con la única satisfacción de sentirse vivo.

Supongo, además, que esa es la suprema dignidad del naufrago, la de luchar todos los días por su supervivencia.

Si, además debe, necesariamente, vaciar cada botella para poder usarla como paquete postal, y esta está llena de buen oporto, de amontillado o incluso de ron de la barrica de John Silver pata de palo, si acepta que hay que vivir la vida y disfrutarla, por encima de los deseos insatisfechos y de las impertinencias, insignificantes, de cada dia, entonces se encontrará esperando dignamente- otra acepción, diferente, de la palabra-, y sin prisa alguna , a que la botella llegue, o deje de hacerlo, al destinatario perfecto.

No, no estoy proponiendo que se cambie la palabra blog por “mensaje en una botella” que es excesivamente largo y tan impronunciable como el horrendo blog.

Tan solo me he dado un gusto. Disculpad.



lunes, 5 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN SENDERISTA EQUIVOCADO. Y IV.-



He llegado bien. Un poco sudado como es de rigor, pero en el momento justo de disfrutar de la cerveza (con).

La ventaja de los senderistas es poder tomarla con (en lugar de la insípida sin, de los conductores con pocos puntos en el carnet), y a tiempo de degustar la pajarilla.
Malhaya la hora en que le dije al mesonero que me encantaba la pajarilla. Con su mejor intención ha estado colocándome, durante días, un plato delante de las narices cada vez que me acercaba. Rica, sabrosa y en su punto de sartén, que todo hay que reconocerlo, y agradecerlo.
¿Pajarilla?

2.f. Bazo, especialmente el del cerdo. (DRAE)

Pero tenemos que acudir a los diccionarios de castellano autentico, los hispanoamericanos, o a cualquier bar de Mongo, para comprobar que no es ningún bazo, sino el páncreas del cerdo el manjar que, vendido en las casquerías capitalinas para alimento canino, ha sido desde tiempos inmemoriales una de las golosinas dominicales de la España real. Igual que lo han sido la piel, las pezuñas, las mollejas, criadillas, las orejas, o la tripa, y tanto en sus versiones de cerdo, de vaca o cordero.
Caprichos culinarios en tiempos de supervivencia, casi todos, y cuya actual persistencia en las pizarras tabernarias, me hacen esperar confortablemente la salida del socavón en el que nos encontramos.
Supongo que los señores de la Real Academia no lo han probado en su vida. Peor para ellos. Casi me alegro de que, tampoco conozcan el significado de la palabra, entre otras.

Y es que para muchos, bastantes, el regreso desde este este viaje estupefaciente, hasta la nada, de estos últimos años, nos va a resultar bastante llevadero.
Nunca hemos perdido de vista el horizonte vital, la silueta de los montes cercanos, por más que la vida y los años pretendan alejarnos de ellos, e intenten convencernos de lo imprescindible que para la dieta resulta el buey de Kobe, o lo necesario y gratificante que es el diferenciar por el olor, el sabor y hasta por el color, las dos docenas de ginebras y las otras dos de aguas tónicas que son el tema princeps de conocimiento, y obviamente de conversación, entre los últimos mohicanos.
Porque espero que se extingan como aquellos y sin arrastrar en su apoptosis –a buscar en el diccionario, venga- a los hombres justos, que alguno debe quedar.

Este es el regreso a que me estaba refiriendo, entre tanto viaje intercalado. Esta vuelta, obligada por las circunstancias, por la necesidad hecha virtud, una vez más, a la vida del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.

De “Vida retirada” de Fray Luis de León.
Quien también dice:

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.




viernes, 2 de diciembre de 2011

DIARIO DE UN SENDERISTA EQUIVOCADO . III.-


Anduve por el GR 113.-

Camino natural del Tajo. 1080 Km desde la Sierra de Albarracin, hasta Lisboa

DEL LABERINTO AL TREINTA.-

Sin necesidad de GPS, ni de Ipad que muestre el punto en que te encuentras y el mapa con todas las salidas que el laberinto de lo desconocido, el campo, pone a tu alcance. Tan solo la vara en la mano derecha y la botella pequeña, de agua mineral en el bolsillo con la esperanza de poder rellenarla con agua virginal todas las veces que sea preciso.

Cierto es que necesité recorrer un pequeño trayecto hasta alcanzar el punto de la ruta que había divisados desde la carretera un par de días antes. Una línea roja que atraviesa la comarcal y sobre la que, aquellos motoristas que la contemplen deberán adivinar su significado, de lugar de transito sagrado, con prioridad absoluta para los bípedos como un servidor. Lo de que deben adivinar se hace extensivo no solo a los automovilistas extrañados de señales y colores nunca vistos ni recogidos en los manuales de conducción, también los senderistas deben suponer casi todo, puesto que ni el ministerio, ni la dirección general de la cosa ha publicado mapa alguno del recorrido ni de las etapas. Tan solo se han gastado hasta el último maravedí en su empeño de terminarlo antes de que los acreedores comiencen a llamar a su puerta, y solo los rumores de los internautas, las leyendas de aquellos que, dicen que, la han recorrido, nos hacen creer en semejantes proezas. 1080 kilómetros. Etapa 17, la mía 56 Km. entre Cañaveral, orilla norte junto al puente de Mantible –mitológico fetén- y Mata de Alcántara, en la orilla sur del Tajo.

No, no se llama Mata, porque haya sido fundada junto a un matorral. Mata es un apócope de matanza y es que allí veneran todavía los restos de decenas de victimas de la intolerancia religiosa, inapropiadamente llamados mártires, con el objeto de echar balones fuera, de alejar la responsabilidad de quien los envió al matadero a la vez que congratular al personal con el premio que sin duda recibieron en el mas allá hace unos seiscientos años, mas o menos.

Encuentro la línea roja en cuestión, y después de unos doscientos metros en sentido equivocado – es decir alejándome de Lisboa- recapacito, miro la dirección en que se encuentra el sol, pienso hasta en mojar el dedo índice y elevarlo, como he visto en las películas, y finalmente opto por lo único para lo que estoy medianamente capacitado, leer el cartel. Media vuelta.

Los primeros kilómetros son realmente acogedores, camino esplendido, de escaso desnivel, amplio como merece la calzada real por la que transcurre, y amable, al mantener en el horizonte la moderada cercanía del pueblo desde donde he partido. Amabilidad que a partir de una cierta insistencia se convierte en desasosiego, que se transforma en irónico desdén cuando compruebo que, después de circunvalar la población de la que he salido, un giro brusco me introduce en ella y, siguiendo las marcas del suelo, de los postes y las piedras, llego justo a la puerta desde la que había iniciado el trayecto unas horas antes. Me rio del tonto que llevo dentro y, sin contarlo a nadie para no confirmar sus sospechas, continuo andando. Me temo que en el juego de la Oca, que es esta vida, he vuelto a caer en la calavera. Vuelta a empezar.

Paso junto a las minas de wolframio, de las que el marido de Hexe -véase anterior episodio de la saga- hizo fortuna exportando mineral hacia el Eje, o hacia los Aliados según la demanda del mercado, y recorro campos de almendros, de olivos y de vides de lo que antaño debió ser la Itálica famosa.. Ay Fabio que dolor. Miles de años entregados a la tierra que poco a poco va recuperando su aspecto original, en el que nadie o casi nadie pude encontrar en el magnífico y otoñal horizonte que tras cada curva aparecía ante mis ojos.

Nadie, ni siquiera el ovejero- el perro de la canción de Larralde que es el único que fue a despedirlo cuando se fue de la estancia- tan solo la placidez del silencio, la suave brisa de aire tan limpio que temo respirar a fondo por miedo a intoxicarme con algo sin contaminar, al no haber tenido contacto con él en tanto tiempo. Las nubes que presagian sin prisa alguna el cercano tiempo de la lluvia, y el balido lejano de un rebaño, el único colectivo familiar que encuentro a lo largo del periplo.

Y cuando el reloj que todos llevamos dentro, mas o menos bajo el corazón, a la altura del estómago, comienza marcar la hora esa en que la necesidad hace imperativa la mesa, me planteo la necesidad de buscar el camino de regreso para llegar a tiempo a tomar las once, que en realidad son las catorce y que, junto a la siesta constituye el par de actividades humanas, con cierto viso religioso, cuya asistencia no pienso transgredir, mientras pueda.

Curiosamente el pastor, único ser humano con el me cruzo en el camino, tiene tal aspecto de universitario harto de buscar trabajo infructuosamente que, logra inducirme la sospecha de que en realidad sea un profeta, premonitorio evangelista, que me anuncia el futuro que está al caer.

Sus palabras educadas y precisas y su intención de facilitarme el regreso con la mayor premura hacen el resto. Me indica que, después de la segunda intersección de la heroica ruta, abandone esta con dirección al Sur, es decir siguiendo el sol –señal infalible para los navegantes- hasta encontrar otra vez la civilización, es decir el peligro de los automovilistas cretinos, inmersos en un puente demasiado largo, y la carretera comarcal sin arcén alguno y de la que tendré que saltar en dos o tres ocasiones hacia el campo adyacente intentando errar la puntería de los caballeros motorizados que una y otra vez, infructuosamente, lo intentan.


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