domingo, 18 de diciembre de 2016

CONVERSACIONES CON MI PELUQUERO (SORDO).-






El humo ciega tus ojos, y te permite ocultar las lágrimas. Por ello aconsejan contemplar las hogueras desde una distancia prudencial, y si lloras.. no lo ocultes, hazlo para desahogarte;  y busca las causas para evitarlas en lo sucesivo.


A pesar de que una imagen suele despertar la atención en el espectador distraído, no es del todo cierto que diga más que las palabras, pocas o muchas, ni mucho menos que sea más locuaz que una cifra, o dos. Si bien habrá siempre que leer las segundas y relativizar, en el buen sentido, las terceras.


Viene a cuento de las perspectivas del presupuesto sanitario de nuestro país para 2017.

Resulta elocuente la tendencia negativa, desde casi el 7% del PIB al 5.9 % en menos de una década. Si añadimos a la calculadora el descenso del PIB durante estos años, nos acercamos al gasto real en salud y nos haremos una idea del futuro que nos espera.


La comparativa con otros países europeos, aparte de insistir en aquello de las curvas divergentes, o del futuro asimétrico, no nos va a ayudar para nada. El escuchar los consejos de  Christine Lagarde, directora del FMI, respecto a lo inadecuado de la gestión, tampoco.

Pero no estaría mal, o mejor dicho, resulta absolutamente necesario, es decir imprescindible, que se desarrolle cierto grado de pedagogía sobre el asunto, entre aquellos que no miran, no leen , ni quieren echar cuentas.



Cada vez que leo la palabra “recortes” me entran picores en las partes más innobles de mi alma, que las tiene. No es la palabra adecuada para describir ciertos eventos.

 1)      No hay dinero. Y menos que va a haber. Parafraseando al anterior presidente de gobierno, aclarando a Muñoz Molina que había mucho dinero y más que iba a haber.



 2)      Universal y gratuitas son las promesas electorales, pero la sanidad no puede serlo, es carísima, con un coste imparable debido a los avances técnicos y a la prolongación de la sobrevida en los idosos (en portugués, añosos). Y es de una temeridad escalofriante pretender que continúe por esa senda, como las vaquitas de Yupanqui, que al final resulta que son ajenas, y las penitas son nuestras.



 3)      Contemplar las movilizaciones para mantener abiertos dos o tres hospitales en sitios donde el presupuesto no llega para uno solo, me produce cierta reagudización de los picores de antes.



 4)      Añadimos que, al cántico ancestral del “Todos queremos más, y más y más…” solo habría que cambiar la palabra queremos por la de debemos, para hacer ver a los ciegos y oir a los sordos, del disparate que supone gastar energías, y voluntades, en empujar al carro cuesta abajo.



 5)      Y sí, ahora más que nunca, habría que reconocer el error sublime de dejar la gestión del mayor gasto social, el sanitario, en manos de políticos harto tolerantes con el despilfarro y con los amiguetes que guardan  junto a su corazón la mejor presa del cerdo que están despiezando en estos días de matanza. (Eso hacían, como parte del salario, las matanceras en tiempos no tan pretéritos).



 6)      Y final. Todos cómplices, los gestores ineptos, los corruptos impunes,  y los votantes, sin cuyo encomiable apoyo jamás conseguiremos hacer desaparecer la sanidad pública.





Por ello seguiremos buscando alternativas, cascotes y tableros en el paisaje después de la batalla – esa es de Wadja- para construir un refugio con los restos.


 

Feliz Navidad
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martes, 13 de diciembre de 2016

JAPÓN. CRÓNICAS DE UN VIAJERO ENAJENADO.- (3)






Tienes que aprender a conjurar dos elementos que pueden amargarte la estancia, los turistas y las multitudes. Resulta evidente que,  turistas son siempre los demás, tu solo eres un observador ajeno y personal al que no incluyes jamás entre semejante chusma. Y eso que en esta ocasión, la mayoría eran japoneses o disfrazados de tales, y formaban parte del paisaje con sus quimonos dominicales y sus sandalias de madera, sus pasos cortos y sincopados y su impasibilidad, cuando no sonrisas agradecidas ante las fotos que les hacen los implacables turistas, ellos, ya digo, porque las que yo hago son del artístico freelance que ha ido allí a inmortalizar costumbres insólitas, como es bien sabido.

La otra parte agobiante de la humanidad, la que posiblemente termine con ella, la multitud, te resulta estimulante el primer día, como si hubieses entrado en la pantalla durante una de esas escenas en que el hormiguero humano desorienta tu camino y te hace bucear en cuestiones metafísicas del tipo: ¿Que se me ha perdido aquí en este tremendo barullo?. Pero  enseguida haces el propósito de la enmienda y, simplemente, evitas lugares y horarios donde los individuos dejan de serlo y la masa impone sus normas ajenas a tu voluntad. No recuerdo el lugar, pero si  que me sentí en La Meca dando vueltas frenéticas alrededor de la Kaaba, y mira que jamás he estado más lejos de las peregrinaciones. Quizás fuese en Shibuya, pero en todo caso pasé la mayor parte del viaje alejado. Vade retro.

Y hablando de peregrinaciones, el quinto o sexto templo de los doscientos imprescindibles que tienen, me recordó el periplo de moda en España, el  del Camino de Santiago, y la duda de si esta buena gente no sellará cada visita para darte al final una compostelana. Harto fácil darte una concha de Saint Jacques cuando tiran cada día millones de ellas a la basura, o quizás una de esas promesas de futuro que te entregan en los templos por un modesto óbolo, con la ventaja de que si no te gusta el porvenir que te ofrece, puedes cambiarla por otra hasta quedar conforme con tu futuro, cinco veces en mi caso, el cambio de papelito.

Y si, tenían el sello en la mayoría de los templos, y  alguno de ellos en madera tintada me he traido de recuerdo, aunque de la compostelana no creo que tuviesen costumbre, y como me parece tan horrorosa la necesidad de que te certifiquen que has estado en un lugar donde tu presencia o ausencia resulta absolutamente indiferente y prescindible, pues vuelvo a reencontrarme con lugares comunes y universales, otro más.
La nube todavía merodea en el cielo nipón, la nube radioactiva de ser el primer y único –de momento- país donde se ha probado la bomba atómica con seres humanos, y la otra más dolorosa si ello fuese posible, la de haber perdido una guerra que habían iniciado y donde se dejaron la piel de forma colectiva, no solo en Hiroshima, también en el lugar más remoto, en el último rincón donde uno creía que habían sido despojados también de la piel del alma, algo que suele suceder a los perdedores. 

El como un régimen fascista lleva a todo el país a esa situación trágica, a ellos y a sus víctimas, y como reacciona el pueblo ante la aparición del máximo responsable en el balcón de su palacio. 
Echaron una lagrimita juntos y le pidieron que volviese a barajar, por favor, y que cortase los naipes, que comenzaba una nueva partida.  Para que luego digan que la transición española bla bla bla bla. Insisto en que son diferentes, si no como seres humanos, si como colectivo.

Ello no impide que su museo de “Los héroes de la historia” o algo así, donde lo único que tienen autentico  y en dimensiones reales , es un avión “zero” (sin usar), y el que alguno de los glorificados héroes hayan sido condenados por tribunales, no solo por la historia, esa señora tan casquivana que cambia de opinión según la estación. Condenados como criminales de guerra y manteniendo un conflicto diplomático larvado con aquellos países que sufrieron la consabida anexión imperial, por supuesto, no amistosa. Pelillos a la mar. Algún nostálgico persistente de los tiempos malditos he visto en los mercadillos- maravillosos por cierto- y en los anticuarios, buceando en la sección de nostalgia bélica, donde los prismáticos de campaña o los cascos metálicos de la infantería japonesa están al alcance del mal gusto de cualquiera. 

Ni que decir tiene que las espadas de samurái, como el sushi genérico son los artículos mas demandados por los turistas irredentos. Las katanas procedentes de Toledo, dicen que son muy apreciadas por los viajeros españoles, que no dudan en pagar el viaje de vuelta al arma blanca, por motivos totalmente incomprensibles para un servidor. He visto algunos adictos al revival, totalmente equipados con el uniforme de campaña, sentados en la terraza dominical frente a una cerveza, y he visto banderas propias y también las de los antiguos enemigos, expuestas a la venta, y sigo sin comprender, ni aquí ni allí, como  ciertas mayorías pasan  las paginas con tan temeraria facilidad, ni como se obstinan algunos en permanecer con un siglo de atraso.

O ya no son tan amarillos como acreditaba su leyenda, o yo no soy tan blanco como me hicieron creer. Me confundieron con los nativos en alguna ocasión, y una vez vestido con la ropa de andar por casa, el yukata de rigor en los hoteles, solo me hubiese faltado afeitarme el bigote – a punto estuve- para convertirme en parte de esta gente tan estupenda que insiste en hablar de modo tan extraño.
Afortunadamente, fuera del downtown occidentalizado de las grandes ciudades, del gran Tokyo, han conservado impecables sus formas de vida tradicionales. Ver las parejas de cualquier edad paseando vestidos con ropas características de sus tradiciones es algo frecuente, más incluso que el uso de mascarillas o guantes, algo habitual en sus salidas a otros países y esto me hace sospechar que no es exclusivamente por pretendida cortesía hacia los demás, para no contaminarlos. En todo caso llevé puesta una mascarilla un par de días, más que nada por solidaridad con ellos, por no contagiar el resfriado a mi grupo familiar, o quizás por un secreto deseo de venganza infantil, por aquello de donde las dan las toman. Tonto que es uno.

Y hablando de tontos, estuve traumatizado un tiempo, y alguna secuela me ha dejado, al contemplar aquel monje pidiendo limosna frente a cierto templo de Kyoto. Con su túnica azafrán, su sombrero cónico de bambú, y su inmovilidad absoluta bajo el sol de mediodía en uno de esos días bochornosos en que el verano se enfrenta abiertamente a su final, y la humedad tropical te hace comprender la utilidad de la banda anudada en la frente, como freno para el sudor que ciega los ojos. Aquel hombre, inmutable, sosteniendo el magro cestillo con su mano derecha, y ciego frente a los fieles que entregaban algunas monedas y la hacían reverencias semiarrodillados con las palmas de las manos unidas, como si de la santidad personificada se tratase.

Fue su rostro, hierático y ausente, lo que me impresionó, pero sobre todo su boca, sus labios mediopegados y agrietados, con esos restos de saliva casi seca propios de quien lleva horas musitando, rezando probablemente, o hablando solo como aquel bobo de mi pueblo.  Déficit cognitivo dicen ahora, ángeles o mensajeros del cielo deben parecernos, unos y otros, los que ofrecen absolutamente su mente a su fe y su cuerpo a su orden, como aquellos que viven junto a nosotros poseídos por una ausencia involuntaria sobrehumana. Ese matiz diferencial entre lo voluntario y lo forzoso, ante una misma situación, me tiene perplejo. Entre la oración repetida interminable e inmisericordemente por una boca hasta privarla de la humedad necesaria para seguir haciéndolo, y el que habla a solas, sin parar y aparentemente sin sentido, durante horas, dejando secar sus labios y haciéndome ver paralelismos que quizás solo existan en mi imaginación.

El asunto religioso, obviamente me dio pie para innumerables reflexiones. Sin ir más lejos, al día siguiente, bien temprano, vuelvo a encontrarme con el fraile mendigo. Nos cruzamos en la estación, cada uno con un destino diferente, o quizás no tanto. El mio, iniciar una nueva excursión mediante el tren bala, centenares de kilómetros que me harán volver arrastrándome y feliz de lo que he visto y disfrutado, el suyo el inicio de la jornada cotidiana desde algún pueblo cercano, y dispuesto a subir al autobús que lo llevará al puesto que tiene allí. En esta ocasión lleva otro sombrero de palma en la mano, renovado, más limpio  que el semirroto del otro día, la cesta oculta bajo la túnica, y un aspecto casi juvenil, con el porte del  ejecutivo que comienza su tarea diaria. Supongo que en el fondo es otro oficio más, igual de cansado quizás que el del turista enajenado, y que ninguno nos planteamos otra cosa distinta del afán común, el  de poder continuar cada día que pasa con el que viene a continuación. 

Esto de las ordenes mendicantes tiene cierto matiz diferencial en esta tierra. No piden para repartir ni para dedicarlo a la caridad, tan solo para mantener vivo el templo, y con él, la oración. Está perfectamente establecida la función laboral y social del creyente, su trabajo, y la de los monjes, el rezar por ellos. Y me parece muy justo, delimitar los deberes de cada cual. El introducir la religión, la fe de cada uno, en asuntos terrenales, inevitablemente políticos, lleva siempre a confundir el poder terrenal con el otro, y suele terminar como el rosario de la aurora, cada uno para su casa, a veces después de algún chaparrón indeseable.

Los he visto de reojo, a los monjes, y salvo el destello visual impactante de la túnica azafranada de este hombre y el de otro grupo de probables seminaristas de la cosa, joviales y divertidos, provistos de cámaras de última generación y haciéndose selfies en templos postineros de la capital; el resto, sintoístas quizás, me han parecido clérigos harto discretos, ejerciendo su ministerio sin aspavientos, sean bodas, sean  oraciones rituales relacionadas con algo tan cierto como son las horas del día. Tocando el bombo gigantesco que tienen junto a la sacristía, o unas chirimías, asomados a la ventana donde se celebraba el sacramento matrimonial.

La limosna del creyente es simplemente parte de la oración, arrojada en unas parrillas frente a las imágenes, o bien abonada en ventanilla a cambio de una tablilla donde escribir tus deseos, o de una estampa donde puedes ver tu futuro, generalmente tan horroroso que te obliga a seguir probando boletos como en la tómbola. Va a ser eso, como aquella razón de San Juan, o quizás Santa Teresa, para creer en la vida eterna. Es tan poco lo que cuesta la papeleta y tan grande el premio en caso que exista, que merece la pena probar suerte. Y la probamos.

viernes, 9 de diciembre de 2016

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (79)






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domingo, 4 de diciembre de 2016

LA BICICLETA. (DE OJOS RASGADOS).-






Siempre he buscado sin hallarla la formula, la piedra filosofal, el sentido de la oportunidad unido a la experiencia, el que convierte a mindundis, ejém, en dioses del predicatorio;  el secreto de los DJs qué, por más que alguno de ellos lo haya publicado generosamente, cinco tres, cinco tres, y luego tres cinco, tres cinco, siendo cinco las canciones movidas, o frenéticas si ha lugar, y tres las lentas, las apacibles que usamos para acercarnos al baño o a la barra a pedir otra copa, y que antaño, virgen santa, incluso eran usadas para el arrimo, vulgo pecado. Te lo confiesan, tú lo intentas y nada, nunca es igual. Es un don intransferible, por más que novelistas y cineastas de pro ejecuten el cambio de tempo con absoluta naturalidad y con resultados gratificantes para el espectador. No hay manera. Supongo que hasta para poner un disco detrás de otro, hay que valer.

Lo curioso es que la vida te ofrece incansablemente esas situaciones de estrés y también las de placentero relax, y según el azar, o el karma, de cada uno, el resultado puede ser tan enervante que te haga ansiar el fin del torbellino, debido a que las catecolaminas liberadas por la ansiedad disfrazada de emoción, suelen acelerar el metabolismo, y con él la producción de orina para que, al igual que en la disco, busques perentoriamente el lugar liberador, a la vez que intuyas que es posible que el disc jockey invisible que mueve las horas del dia, te reconforte con un ratito de paz.

Algo así sucedió en aquella jornada, tras el emocionante paseo por el bosque de bambú, en el pueblo aquel atravesado por el imprescindible rio, con sus aguas saltando un par de desniveles para insinuarte que encontrarás cascadas cercanas, si gustas de ellas, y para darte a entender que no ha lugar para mentecatos usando sus aguas para navegar insensatamente por ellas y ensuciar el paisaje, la visión de ese prodigio natural y anterior a la presencia masiva de admiradores extasiados por algo tan sublime como es un curso de agua fresca y transparente.

Creo recordar un par de puentes, preciosos y largos, tanto como el rio que los motiva, y cruzar ambos en sentido recíproco, al comprobar el error en la dirección deseada. Tras preguntar a amables paisanos sobre el camino a seguir para encontrar el bosque mágico, y ante la incapacidad de ellos para interpretar nuestro incipiente lenguaje de signos, y la propia para hacernos entender, decidimos acertadamente, seguir la turba, incluirnos dentro de la columna de peregrinos que seguramente iba , o venía, del ansiado destino.
Aquí acertamos, y más nos valió, la táctica de prueba y error, permitiéndonos llegar, después de unos kilómetros en constante ascenso, algo habitual a lo largo de todo el viaje, y rodeados de kimonos y chicas sonrientes. Evidentemente su Camino de Santiago es festivo y divertido, y las etapas salpican al azar todo el país, sin un final ni un comienzo definidos.

El caso es que el ritmo a lo largo del sendero, el hallazgo vegetal, prodigioso, y su inevitable final, pertenecen al cinco de los pinchadiscos, a las cumbias y rumbas iniciales que te obligan a bailar y te ofrecen la promesa de una velada estupenda. Después, agradeces la paz, te relajas, y aprovechas el camino, afortunadamente llano, que te acerca, sin prisas hasta la parada de autobús que te llevará a otra de las cinco. Pero ahora estás en las del tres, y descansan las piernas y el espíritu, mientras contemplas lo más valioso, quizás, de los viajes, la gente corriente, sus casas y sus calles, su modo de vida pasando ante tus ojos y ofreciéndote, como en los tiempos lentos de las películas, erróneamente llamados tiempos muertos, la ocasión de descubrir ese detalle luminoso, en su aparente insignificancia, que te alegra el dia, y te hace salir del cine, y terminar la novela, dejando doblado discretamente el borde de la página, para saber que allí tienes escondida una pequeña maravilla.

Aquí me ocurrió, algo tan absurdo aparentemente como el enamorarme de una bicicleta, perdón, la bicicleta. Bien es verdad que ya llevaba días observándolas, tan limpias, cuidadas y exóticas, con adminículos, trasportines y remolques increíbles, cargadas con madres e hijos, a veces dos, o manejadas por frikis orgullosos de llamar la atención con diseños y pinturas inverosímiles. Las tiendas de alquiler, por doquier, y los accesorios ofrecidos, los antirrobos ligeros y de diseño en el que la tecnología punta, que esperaba de los nipones, te hacía creer en algo que supongo imposible, el que un antirrobo sirva como tal. Ganas me dieron de traerme un par de ellos, pero la prudencia, siempre, maldita ella, me hizo ver que hasta la estupidez más superdotada, como la mía, tiene un límite, y en este caso era la carencia de bicicleta, de la que tuviese que prevenir pérdida dolorosa. Ahora recapacitando, veo que tendré que indagar y, más tarde o temprano, conseguir uno de aquellos artilugios.

El caso es que la caminata se acercaba a su fin, al menos una de ellas, y al divisar el lugar del destino, embriagado por la certeza de que podías medir la distancia con tus ojos, sintiendo de alguna manera que estás en casa, en aquello parecido al hogar, supuestamente el final de cualquier etapa, es en esos momentos cuando el nivel de alerta mental desciende apresuradamente y deja emerger los sentimientos, aplastados hasta ese momento por la absoluta responsabilidad de cumplir con tu objetivo cotidiano.
Miras a tu alrededor y ves todo desde otra perspectiva, ultra definición en colores, y en cuatro dimensiones, aparece otra nueva, que es la que polariza tu mirada hacia un punto determinado, abriendo en ti la espita del descubrimiento, del haber encontrado algo sublime, algo que te hace evocar, retroceder y a la vez proyectar idéntico placer sobre un futuro a tu alcance, todo en un instante al que algunos llaman esperanza, la cuarta dimensión.

Allí estaba entre otras bicis impecables, perfectamente alineadas en el lugar destinado a su descanso. Inconscientemente, mirando sin ver, como todo el tiempo en que piensas con los ojos abiertos, ignorando lo que tienes delante, debí estar minutos observándola, seguramente sin verla, hasta que sucedió el flechazo, eso que pasa cuando ves unos ojos bonitos frente a los tuyos, a tan corta distancia que las heridas pueden hacerse mortales, y de hecho se hacen para alguna de las escasas vidas que guardas esmeradamente, a sabiendas de que la que venga después, puede que no sea igual. Es uno de esos misterios sobre el que los eruditos tienen tanto que decir, que prefieres ignorarlos y dejarte llevar por el sentimiento que todo lo puede, ese.

No sabía yo, aunque era previsible, que mi faro sentimental tuviera dueño, al igual que en otras vidas fuese un servidor quien tuviese dueña, generando la apertura de un nuevo espacio, doloroso, el melodrama, al que podríamos considerar directamente como la sexta dimensión, la quinta es la que queda en el olvido.  Los ensayos suelen estar preñados de citas sesudas que dan vueltas alrededor de la nada. En este sentido, no puedo evitar traeros a colación a Joselito para que apoye nuestra tesis con un bolero:  ¿Dónde estará mi vida?

Una vez un ruiseñor / con las claras de la aurora / quedo preso de una flor / lejos de su ruiseñora.

Esperando su vuelta en el nido / ella vio que la tarde moría / y de noche cantándole al rio / medio loca de amor le decía:

¿Dónde estará mi vida ? /¿por qué no viene? /que rosita encendida, /me lo entretiene..

Apareció súbitamente su pareja, un sonriente colegial que la liberó de sus ataduras y me miró francamente, manteniendo el contacto visual, algo que suele ser evitado por los japoneses,  orgulloso de que su elección me hubiese dejado estupefacto, y a la vez en cierto modo compadecido de que el gaijin viniese de un mundo donde probablemente no existieran bicis como ella, la suya, la única. A veces pienso si no es más fácil , menos complicado, ser fiel a una sola bici, cuidarla y mimarla, y compartir tus viajes con ella, no dedicando tu tiempo ni tu interés a las otras, para las que además no habría hueco en el rellano de tu escalera. 

Pero, afortunadamente, como en otras vidas anteriores, tuve tiempo, una milésima de segundo suele ser suficiente, para grabar en la arena su imagen bella, como la de Aline, y soñar con la posibilidad, harto probable de que tuviese hermanas gemelas, dejando abierta la puerta del quién sabe si..
Si os muestro la imagen, sobran las explicaciones, pero la vida nos enseña que la belleza, al fin y al cabo solo refleja lo más superficial de la persona, perdón, de la bici, y que es algo después, cuando los valores que realmente importan  salen a relucir para bien o para mal, que ello dependerá en gran parte de nuestra consideración sobre el vaso medio lleno o medio vacío, es decir del observador, teniendo en cuenta que el vaso lleno hasta los bordes solo implica la constatación de que no ha servido para nadie, lo que no es nada halagüeño para el vaso ni para quien lo juzga. En fin..

Pase que lo primero que llamó mi atención fuese la curvilínea barra, de diseño absolutamente revolucionario, que bien mirado supondrá un grave compromiso para el ciclista habituado a la barra recta, a la hora de apoyar los pies en el suelo y comprobar que los compañeros han sufrido una inesperada y dolorosa compresión sobre la pesadilla surgida de la mente del diseñador, heredero sin duda de Mary Shelley.  Aun así la atracción inmediata queda justificada, y los detalles del resto de su constitución, al aire como en todas las bicicletas, solo pueden certificar y amplificar el deslumbramiento.

Ya su nombre resulta sugestivo de alcurnia, lejanía, y aventura. Raleigh, como el de aquel noble inglés, al que primero decapitaron y luego convirtieron en héroe, heredando su heroicidad, sus mismos decapitadores, por aquello de la perfidia de la historia y de los hombres que la hacen.  Sir Walter Raleigh, Guantarral para nuestros escritores, guarda un hueco en mi corazoncito por aquello de haber sido el primer científico que consiguiese pesar el humo. Cosas que pasan.
El apellido Mustang Sport, de la bici, no del inglés, me sume en la doble redundancia, no se puede ser mustang sin ser sport, y tampoco ser bici. Perdonado queda.

Frenos de disco, a la vista, de última generación, cuadro de fibra de carbono, componentes de aluminio, y ruedas... sin cámara interior, tubeless como las de las motos y los automóviles. Cubiertas especiales antipinchazos, dicen, y vuelvo a cuestionar los antirrobos en las bicis, objeto de diez kg de peso este, que fácilmente puede ser embarcado con su antirrobo puesto. Ya los anticapitalistas, como los antiimperialistas, o los anticomunistas me han mostrado sobradamente su ineficacia y la impostura de su adjetivo, así que me permito ser escéptico, una vez más, con esto de los antipinchazos, teniendo en cuenta que voy a transitar con ella, mi amada, por rutas impenetrables, y quizás también inconfesables.


Aun así, el amor es ciego, ya lo sabéis, y los reyes están cercanos, lo que indica para un antimonárquico y anticonsumista, que no es cosa de mantener la obstinación contumaz hasta el extremo del psicópata, que también.



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