Creo que fue en aquello de los personajes que me caen simpáticos. Obviamente, por su trabajo, porque la imagen solo sirve para evocar los buenos ratos que nos hicieron pasar.
Hoy otro.
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martes, 13 de mayo de 2014
jueves, 27 de febrero de 2014
GALERIA DE SIMPÁTICOS.-(O QUE A MI ME LO PARECEN).- 16 (HOY, DOS) -
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domingo, 23 de febrero de 2014
HOY QUINO
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miércoles, 19 de febrero de 2014
Moby Dick.- (La película).
Para aquellos que crean que escribo sobre
cine.
Vimos esta, y tambien la leímos, en una
edad en la que su género era el de aventuras, marineros y ballenas, con la
desagradable particularidad de que el bueno, Gregory Peck, muere al final, y
que al principio un señor gordo suelta desde un púlpito – esto del púlpito
cortaba el rollo a más de uno, no creáis- un sermón ininteligible, aunque lo dábamos
por bueno, considerando que aquellos feligreses tenían pinta de protestantes, y
por tanto parecía coherente que el discurso fuese extraño, por diferente,
respecto a los previsibles dominicales de la parroquia.
La ballena encarnaba el mal – era el malo
– indudablemente, y el que al final se saliese con la suya no hizo otra cosa que
apartar la historia de la lista de aventuras favoritas y, por supuesto, de
aquellas que merecen ser vistas varias veces.
El segundo protagonista, el grumete que
nos cuenta la historia y toca el acordeón en pantalones cortos es, simplemente,
la antitesis del personaje, un Richard Basehart añoso y con esa cara tan
especial que tiene, como la de esos niños que nacen con cara de adulto y no
esperan a que sus prematuras arrugas maduren convenientemente. Parece evidente
que el papel tampoco era el adecuado para él, y el espectador juvenil se
distancia, el adolescente no se siente identificado y el rechazo a la película
no hace otra cosa que magnificarse.
Se ha escrito tanto sobre ella, la
novela, que uno no sabe si quedarse con la aventura iniciática del relator, o
con la trascendencia que Melville sitúa en el plano profundo del simbolismo,
como temible carga de profundidad que pone en entredicho la lucha del hombre
contra la naturaleza, o contra la divinidad en este caso, y como la locura y la
muerte pueden ser el castigo inevitable que - no conocen la doctrina Parot -
los dioses infligen a quienes los desairan.
Pienso si hubiese caído esta historia
mística de obsesión y venganza, en las manos de los autores europeos coetáneos
de Huston, Bergman o Antonioni, y me regodeo imaginando un final en un plano
larguísimo y silente en el que el cadáver de Moby, (que muere en la novela, y
no solo mata como aparenta en la película) flotando majestuosamente en un mar
calmo y atravesando la pantalla, mostrando docenas o centenares de arrogantes
cazadores, de codiciosos pescadores que no cometieron otro pecado que el confundir
el medio, matar, con su finalidad, alimentar a sus familias.
Básicamente esa es la tragedia que nos
aflige, las consecuencias de unas jerarquías que yerran repetidamente en su
afán de pragmatismo, y esa es la imagen que evoca la memoria cuando la adapto
al tiempo presente. Un país cadáver, flotando como todo mamífero marino, horas y
días después de su fallecimiento y cubierto su lomo, por los restos de una
encarnizada batalla en la que no ha habido vencedores, ni tampoco
supervivientes.
Restos de capitanes Ahab, mandatarios,
dirigentes, responsables de la muerte de un animal mitológico, país, y de la
suya propia, enredados en las cuerdas, en los cabos de decenas de arpones, de
armas sanguinarias, que han perforado una y otra vez los fundamentos de la convivencia,
la justicia social y de la dignidad humana, palabras que se alejan mezcladas con
la fetidez propia de la descomposición de toneladas de carne roja, que no
servirán de riqueza ni de alimento para puerto ballenero alguno. Tan solo para
los depredadores marinos, las gaviotas, los cormoranes arriba y los escualos abajo
que prestan a la imagen, momentáneamente, un movimiento evanescente.
Vuelve Melville a jugar con el pretérito
imperfecto en una historia que, como todas, no tienen finalidad alguna, ni mucho
menos la del aprendizaje. Al menos eso dice Baruch Espinoza, trescientos años
antes que Herman Melville, que la historia es la única disciplina del conocimiento
que no lleva a ninguna parte, que no enseña nada que no esté con anterioridad
en el corazón de los hombres.
Hombres como los de Billy Budd marinero o
los de Benito Cereno, que optan en barcos similares al Pequod - a su vez símbolo
de la humanidad entera- por rebelarse contra jerarquía injusta y despótica,
ofreciendo la otra cara del cuento, la combativa de los que luchan por la
supervivencia ante un panorama que no ofrece otra salida.
Salidas que no ofrece tampoco Herman
Melville en el desenlace de sus novelas marinas, si bien ante la muerte, la
esclavitud o incluso el canibalismo, la mente del lector forzosamente toma la única
dirección posible.
Dicen que un gran cachalote blanco hundió
al ballenero Essex y que sus supervivientes, en una isla desierta, llegaron a
devorase unos a otros, o al menos eso relataron los que quedaron vivos.
De aquellos hechos surgió una obra
maestra de la literatura, de esta una aceptable película, y de aquella el
presentimiento que me aflige.
Y es que ya no sé qué resulta más
perjudicial para el alma, si los libros, el cine, o simplemente el pensar.
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domingo, 16 de febrero de 2014
ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (46)
No me cansaré de insistir en ello. La música lo puede todo, o casi.
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jueves, 13 de febrero de 2014
GALERIA DE SIMPÁTICOS.-(O QUE A MI ME LO PARECEN).- 15 (HOY, DOS) -
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domingo, 9 de febrero de 2014
Am Galgen hängt die Liebe 1960

Aceptamos a Rashomon como si fuese uno de la familia, tan
cercano y tan previsible que llegamos a olvidar que ni siquiera fue un
personaje, tan solo el nombre de un cuento de Akutagawa llevado al cine por
Kurosawa.
Desde entonces y a pesar de que su titulo aquí es “El bosque
ensangrentado” o algo parecido, se quedó entre nosotros con su mágnifico nombre
original, tres silabas iniciadas por erre ese y eme, perfecto para poder
recordarlo, incluso pronunciarlo. Con la boca cerrada, para no confirmar al auditorio,
sospechas sobre nuestro juicio.
El cuento es tan perfecto como original, una historia
narrada cuatro veces por otros tantos testigos y que se convierte con absoluta
verosimilitud en cuatro historias diferentes.
Para hacernos ver, mediante la ficción cinematográfica que eso que
llamamos verdad, eso que vemos como realidad, a veces…
A veces nos obliga a indagar, a comprobar y lo que resulta
harto molesto, a tener que discernir. Y ni aun así.
Generalmente nos quedamos con lo primero que nos cuentan,
sin valorar la fiabilidad del narrador, creemos lo que vemos escrito, con esa fe
ciega en la tinta desperdiciada que ha emborronado tantas páginas de la
historia, con el soplo de nuestro oráculo de cabecera, el intelectual, el
pensador que nos hizo soñar con pertenecer a su club privado, tal era la
aceptación de sus ideas por nuestra mente, carente de otras propias, sin
considerar que, en el mejor de los casos, era o es tan humano como nosotros o
como los personajes de Rashomon.
Nos queda la insistente necesidad de creer en algo, en
alguien, en alguno de los cuatro, aunque tengamos que hacer uso del Pinto Pinto
Gorgorito para elegir uno al azar y no volvernos locos, más locos.
Si un hecho puede multiplicar su significado ante todos aquellos
que lo contemplan en ese instante, la
confusión será con toda seguridad el estado que va a dominar a cualquier
observador alejado que tenga que fiar su referencia, forzosamente, al
testimonio ajeno. Si ya resulta difícil establecer la verosimilitud de todo lo
que nos es ajeno, de casi todo realmente, la desorientación puede alcanzar un
insoportable nivel, cercano al bloqueo mental, al considerar otro factor
agravante, y no menos real que el de las figuras japonesas.
Sucede con esos hechos que te ha marcado a sangre y fuego, esa
media docena, o docena y media, que te han supuesto un antes y un después,
generalmente dañino, lesivo para tu alma, o en todo caso turbador, lo
suficiente para que quede dando vueltas bajo tu almohada, donde te espera todas
las noches para recordarte antes del sueño, o en el interior de tus pesadillas,
que tu estuviste allí, entonces, y que algo que hiciste, o que dejaste de
hacer, merece al menos ser tomado en consideración por el juez supremo, el más
implacable, tú mismo.
Curiosamente esa situación, que no pertenece necesariamente a la
categoría de crimen y castigo, pero si resulta lo suficientemente desapacible para
merodear en tu recuerdo, va cambiando con el tiempo de escenario, y de sentido.
Hasta su fundamento moral primigenio parece diluirse ante la aparición de nuevos
datos, hasta ahora ocultos, de razones dotadas de una coherencia superior a las
que te encogieron el corazón hasta hace poco, y de una nueva visión de las
cosas, una placidez en la mirada del alma que llega a convertir en risibles a
aquellas escenas sobrecogedoras de las que, no obstante, te quedará una
cicatriz que será necesario rascar de vez en cuando, de un picor ciertamente
tolerable que llegas a agradecer, considerando que es tu mejor y más grato recordatorio de que
estas vivo.
El tiempo nos transforma indudablemente, y así sucede con
nuestros recuerdos, que flotan detrás de nuestros pasos como una estela
deshilachada a punto de confundirse con la vorágine – es el título de una peli
de Gene Tierney, y es bien bonita, la palabra, que la Tierney también, la peli Psé-
con la vorágine de cada día o con la penumbra del atardecer, la hora entre dos
luces, que no es otra cosa que una metáfora del tiempo cuando los recuerdos y
los sueños desaparecen definitivamente y que no, que espera un poco colega, Madadayo, que fue
la última de Kurosawa.
Y eso es lo que ha sucedido realmente con esa película, que
lo es, de la que quiero hablar, la que lleva medio siglo anclada en mi filmoteca mental, en la zona
especialmente dolorosa, aquella adonde no puedes regresar. Y mira que lo he
intentado un montón de veces, infructuosas todas, como si nada, como si jamás
hubiese existido en otro lugar que en el de la poco fiable, frágil, dudosa y
quizás hasta falsa memoria.
"Amor con amor se paga", era una historia mitad bélica, mitad costumbrista,
en la que el melodrama tomaba posesión del argumento,
y lo hacía en todo su
esplendor, con la muerte final de la pareja de ancianos bondadosos que habían
ayudado a aquellos que los ejecutarían, justo antes del “FIN”, o más bien “FINE”,
creía recordar.
Esconden a los guerrilleros de los militares, salvándoles la
vida, y la fortuna en forma de guion, los enfrenta a la tesitura de ayudar a
los militares en peligro de muerte, lo que los convierte automáticamente en
traidores y…
Terrible historia para un niño acostumbrado a que los
personajes, aunque también aparentaban morir, volvían a aparecer resucitados
en el siguiente cuadernillo semanal del Capitán Trueno o del Jabato, en dibujos
imperfectos a una sola tinta y que tan alejados estaban de la realidad que
no podían hacerle daño alguno, no interferían para nada en el cotidiano sueño
reparador.
Pero aquello fue algo bien distinto, los personajes parecían
de carne y hueso, se movían como seres humanos, y lo más grande es que tenían
sentimientos, y bondad, y eran capaces de dar la vida, conscientemente por
ayudar a otras personas. Quizás el paspartú de tragedia con el que se cerraba
la película, la inconcebible ejecución de aquellos abuelos por los “buenos”,
sería lo que marcase un antes y un después en la formación teatral -literaria-
cinematográfica - moral del pequeño espectador. Algo no cuadraba, y sigue sin cuadrar,
al parecer.
Por supuesto, la imposibilidad de encontrarla, de poder
volver a ver la película, la sensación de que solo existía en mi imaginación como un
sueño reiterado e irreal, no hizo otra cosa que magnificar a lo largo del
tiempo este dilema moral que se encerraba en un argumento cinematográfico.
Claro que ese concepto, dilema moral, aparrcería mucho después, igual que
sucedería con la etiqueta de neorrealismo que, también falsamente, le había asociado.
Han pasada cincuenta años, que para un inmortal no son nada,
lo reconozco, pero para muchos toda una vida, y de pronto, casi sin esfuerzo
adicional a la búsqueda pretérita, a los fracasos de ayudantes cualificados como
Spade o Marlowe, Maigret o Roberto Alcázar, se ha hecho la luz. Como en el caso
reciente de Aliki, que tanta polvareda ha levantado, al constatar que la chica
también era real, que no era invención mía, ni de Morel, todo ha quedado aclarado, o casi.
Resulta que mi primer error en el método de búsqueda estaba
en el título, “Amor con amor se paga”, entendido equivocadamente en su sentido
irónico o incluso sarcástico, o como lo que debería haber sucedido a la pareja,
el perdón, y no la muerte.
Y este es el auténtico: “El amor se paga con la muerte” “Am Galgen hängt die Liebe” de Edwin Zbonec, película alemana de 1960 ,
es decir de la RFA, negando la paternidad al cine italiano, y basada en la
mitología griega – tan oculta y pecaminosa, y por tanto proscrita para
nosotros, como la mismísima Biblia- concretamente en la leyenda, donde Júpiter (Zeus) busca
hospitalidad entre los humanos y solo la encuentra en el hogar de unos ancianos
griegos – La peli está ambientada y rodada en Corfú - a los que en
agradecimiento les concede un único deseo, que estos inmediatamente formulan,
el de morir juntos. El dios, que es muy suyo, los convierte en árboles que
entrelazan sus ramas para siempre. En el film, lo había olvidado, la venerable
dama pide un favor, al jefe de los partisanos, que le es concedido de
inmediato, morir junto a su marido.
La película tiene añadidos otros tintes harto beneficiosos
para el espíritu. Los desastres de la xenofobia, del enfrentamiento étnico
entre los isleños, que van a condicionar el disparate final. La nueva imagen,
lavado de, de los soldados alemanes en el cine de postguerra. No son tan malvados
como aparecen en el cine americano, aunque como en él, y como en la propia
historia, pierden, y mueren al final. Quizás Júpiter, dios de dioses y de la
guerra, tenga algo que ver con todo ello, y la visión primeriza, propia de un
niño, fue incapaz de apreciar lo que se escondía detrás de cada capa de la
cebolla.
De la que me ha quedado el olor, lacrimógeno o al menos exasperante,
la reflexión sobre el hecho de que los responsables del cine en el internado
religioso fuesen capaces de traumatizar de esta manera a una criatura de once
años. Por mucho que la peli hubiese obtenido el premio Dom Bosco, en el
festival de cine religioso de Valladolid que, ahora obviamente no se denomina
así, el premio, ni el festival que ha pasado a llamarse “De los valores humanos”
por aquello de intentar dejar de confundir el culo con las témporas.
Buena me la hicieron. Aguijón clavado bajo la piel durante
medio siglo. Estoy por dejarlo ahí dentro. De todas formas tampoco, a pesar de
Internet, podemos volver a verla todavía,
me temo. Am Galgen hängt die Liebe, ya digo.
P.D.- La chica era Marisa Mell, pero entonces todavía no estaba yo enamorado de ella, que fue mucho despues...
P.D.- La chica era Marisa Mell, pero entonces todavía no estaba yo enamorado de ella, que fue mucho despues...
jueves, 6 de febrero de 2014
ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (45)
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martes, 4 de febrero de 2014
GALERIA DE SIMPÁTICOS.-(O QUE A MI ME LO PARECEN).- 14
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jueves, 30 de enero de 2014
SEÑAS DE IDENTIDAD III .- EL LAMENTO BORINCANO.-

La botella medio llena.-
No significa solamente, o al menos no debería significar, el
enfoque optimista de una situación en la cual, afortunadamente, disponemos
todavía de algunos tragos por delante. Supongo que una actitud más realista, e
incluso más inteligente, sería la de entender que, el nivel del vino a lo largo
de su envase translúcido, no es estático, si no algo dinámico, y que, además, no
tiene ningún sentido la valoración del volumen de un licor si nos limitamos a
su exclusiva contemplación. Esa imagen inmediata, nos está denunciando la
evolución, el descenso de nuestras reservas, e incluso, si hemos estado
atentos, la velocidad de esa caida, el tiempo en suma, que nos resta antes de
agotarlas.
Nos está pidiendo a gritos que nos apartemos de las imágenes
metafóricas y vacías, del palabrerío inútil, para buscar con urgencia la manera
de evitarlo, de impedir que llegue a vaciarse completamente cuando,
probablemente, seamos incapaces, carezcamos de los medios suficientes para
volver a llenarla.
Viene a cuento de tantas situaciones en nuestro país, del
falso estado de bienestar que, lógicamente se cae a pedazos, como todo ídolo
con pies de barro – otra figura retórica para los bobos – de tanta parafernalia
falsa sustentada en la ficticia igualdad de oportunidades, que no soy capaz de
decantarme por una sola, una de tantas.
Quizás la más reciente, la de ayer mismo, en la que la
comunidad autónoma madrileña -las minúsculas
son merecidas – renunciaba heroicamente a privatizar, o externalizar, la
gestión de la sanidad pública, sin reconocer expresamente que es el tribunal de
justicia el que lo ha impedido. Sin olvidar el eco exagerado de la victoria de la “ciudadanía” madrileña,
súbditos ellos y nosotros, según consta en la constitución – todos en
minúsculas- y de los grupos políticos de la oposición que la han motivado con
sus mareas blancas y demás.
Magnífico NO a todo
lo que venga del otro lado, sin aportar solución alguna al deterioro
imparable de esa pata fundamental del
estado del bienestar, la sanidad pública.
Magnífico “vivan las caenas” otra vez, y tremendo motín de Esquilache
por un quítame allá los chambergos, cuando la copla no ha cambiado desde el
siglo de oro, y mirad que ha llovido, solo que no ha sido vino, licores o
ambrosias, tan solo agua que, al paso que vamos también nos la van a cobrar – la
lluvia, que la del grifo, ya lleva tiempo-, y no deja de resonar la música en
mi cabeza cada vez que miro la botella:Tanto vestido blanco,
tanta parola,
y el puchero en la lumbre
con agua sola.
Y el país, desde entonces casi, con el “y tu más”, dividido
estúpidamente en dos bandos que se culpan mutuamente de los males patrios, a la
vez que se niegan a toda solución no solo que venga del contrario, sino que le
suponga individualmente el aporte imprescindible, o el cese en el disfrute –que
es lo que nos toca como deudores- de cualquier privilegio, por inasumible que
sea.
Que no lo es precisamente, la sanidad pública, ni
privilegio, ni inasumible, tan solo es la tercera parte del gasto público de
un país que ha multiplicado por dos su
deuda en los últimos siete años, que gasta en pagar los intereses de esa deuda,
gran parte de sus ingresos, y que se muestra ufano de presentar un crecimiento futuro
inferior al 1%, cuando todo el mundo –viene en los libros- sabe que por debajo
del 3% se continuará destruyendo empleo. Ese empleo que ha hecho disminuir el
pasado año, en 60.000 el número de parados mientras reconoce, simultáneamente,
la pérdida de 200.000 puestos de trabajo. Demasiado elocuente como para tener
que explicarlo.
No a la privatización, vale, estamos de acuerdo.
Alternativa – imprescindible, ya que no nos van a seguir
fiando vino en el colmado- no hay otra
que un cambio radical en la gestión pública. Pero esta es obviamente una
gestión política, monopolizada por el partido en el poder, por la dictadura de
los partidos que señalaba Camus - nadie le ha mandado flores por primavera, y
fue su aniversario- en su discurso de Estocolmo, como culpables de usurpar en
beneficio propio, de utilizar pro domo sua, la rebelión de las masas (ese es
Ortega, y Flaubert, y Montaigne, y Emerson…).
Supongo que el nivel seguirá bajando, vistas las
circunstancias, y vista la satisfacción de los responsables, los beneficiados, al
parecer casi todos, menos alguno que pensaba aparecer en la lista Forbes de
años venideros, y satisfecho el pueblo llano cuyas movilizaciones creen ellos que
han resultado exitosas, y que continúan, inconscientemente, sin mirar todos los
días el nivel de la pobre botella, de la frasca del tendero y del odre
manchego, del pellejo al que pronto, si no lo remediamos, solo podremos extraer
las pocas gotas de liquido amargo que nos indican que solo le resta dentro la
pez.
Si, y además, cuando la pez se seca, como en la bota, el
pellejo ya no sirve para nada, irremisiblemente.
Solo existen soluciones, que haberlas haylas, que pasan por
disminuir las prestaciones sanitarias, activa o pasivamente, empobreciendo la
asistencia a la vez que cobrando por ella. Los pobres no tenemos otra opción. Y
ningún político, de los que solo pretenden llegar y quedarse, a cambio de los
votos cuatrienales, va a acometer ni a plantear nada parecido si con ello
pierde los votos que le son tan necesarios a su partido.
Cambiar el modelo de gestión, optimizarlo según otros,
implicaría arrancarlo de las manos que lo han conducido hasta la extenuación
durante décadas y décadas, y aparte de que ellas no estarán dispuestas a
cederlo gratuitamente, no hay vía legal para hacerlo.
Tan solo, pues, esperar a ver la extinción del líquido
elemento, de la sanidad para todos, y a que otro barrio burgalés, llegue a
ponerlo todo patas arriba con los inconvenientes dolorosísimos que eso
conlleva.
Por cierto que ellos también han conseguido que NO se haga
nada, que todo siga igual, que como país conservador, o reaccionario a los
cambios, perdamos nuestras energías en el “No nos moverán”, el no a la república,
el no a la reforma – mejor contrarreforma -, el no a todo.
Tengo en mente al personaje que mejor nos define como
pueblo, en los últimos doscientos años al menos - aunque yo suelo llegar hasta
Viriato-, el que da nombre al mejor cuento de Chaves Nogales, en “A sangre y
fuego”, el que se deja la piel en el intento a pesar de contemplar como los
demás retroceden ante el enemigo, y lo hacen a sabiendas de que ese retroceso
significa su muerte segura y el hacer frente al menos les da una oportunidad de
seguir vivos, una probabilidad, y la
seguridad de haberlo intentado. La renuncia colectiva a asumir nuestras
responsabilidades individuales para dejarlas en manos ajenas. La tragedia infinita
de esos dos siglos perdidos y de la que ahora tan solo estamos sufriendo una de
sus innumerables consecuencias.
El apostar sobre cuando nos llegará otra oportunidad, o
sobre cuál será el resultado de la apuesta, ya lo dejo para viciosos que, en
todo caso van a tener la botella absolutamente yerma, inútil. Eso seguro.
La parte optimista, que la hay, está por llegar. Está en la
respuesta de los de Gamonal, de los indignados de hace poco, y de los de mañana,
a la pregunta que sigue en el aire:
¿Y ahora qué?
P.D.- La letra de “Lamento borincano” aparte de ser otro
lamento, viene a decir lo mismo, a través de una canción preciosa. . Si, claro que si, el lamentarse esterilmente es otra de nuestras señas de identidad.
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