martes, 12 de enero de 2010

GRANDES ESPERANZAS II



--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------El título de la novela de Dickens “Grandes esperanzas”, induce a error. Y el que la traducción fuese mas literal y cambiase esperanzas por expectativas no arreglaría en absoluto el desliz. Porque no se trata de semántica, sino de algo mas profundo.
Quizás si hubiesen puesto “Grandes decepciones” o mejor “La gran desilusión” habría resultado mas acertado, y sobre todo mas honesto. Solo que se habrían cargado parte del desenlace, al menos en la primera lectura, la mas simple del argumento, en la que el niño pobre, junto a su lectores, espera “toda su vida” a recibir la herencia del magnifico y misterioso tutor cuya generosidad le permite conseguir aparentemente el dar el salto a una, o varias, clase sociales por encima de la suya propia, ínfima ella.
Ganas me dan de contarles el final, sin remordimientos, al tener la seguridad de que la lectura ya es un hábito tan maldito como obsoleto y que las narraciones escritas llegarán a conocerse únicamente gracias a las versiones deterioradas de aquellos que, dicen que, las leyeron alguna vez.
Lo cierto es que el giro final del argumento me dejó tan decepcionado como perplejo, a la vez que sorprendido por como los personajes de Dickens no se mueven solo por el dinero. Además existen la salud y el amor. Ya saben.
Para los de siempre, los que solo saben leer con la cabeza ligeramente levantada, (en la pantalla), pensando en ellos, se hicieron varias películas sobre el tema, de las que solo recomendaré la mejor, “Great expectations” 1946, en la que un jovencísimo John Mills ,-¡ Si, si!. El retrasado mental , Oscar en 1970, de “La hija de Ryan”, también dirigida por David Lean - encarna perfectamente el espíritu de la sensación vital que hoy quiero glosar.
No es otra que la de aquellos que, viviendo a través de intermediarios, en un fantástico mundo paralelo interpuesto entre ellos y la realidad, y convencidos de que en la vida no hay que hacer otra cosa que mirar al cielo, y creer ciegamente en la verdad oficial, y en la magnanimidad del Papá Estado. Mientras mantienen su hogar con los restos del sudor de sus padres esperando que los hijos sigan sudando para ellos. Y no solo se ausentan de sus responsabilidades cotidianas personales y colectivas, sino que además se permiten la mayor de las pretensiones, la de aspirar a que les toque la lotería, a heredar al tío de América, o al menos a que nombren concejal al cuñado. A aquel tan listo que tan buena mano tiene para los negocios. Y de esa forma emular al personaje de ficción que mas admiran, el de la casita en Malibú con el testarrossa en el garaje y con su chica, la de los senos ingrávidos, esperándolo sonriente, en un mundo ignaro y por tanto feliz.
Hombre. Miren ustedes. No seré yo quien pretenda convencer a nadie de que el confort, el bienestar y el estado de embriaguez moral en el que vivimos, resulta y resultará excesivamente costoso a corto y a medio plazo. (Del largo ni les cuento, como dicen los buenos economistas, no existe. Para entonces todos muertos). De cómo esa carestía ignota para los nuestros, es una autentica losa que pesa hasta la extenuación sobre los que imperceptible e inevitablemente van pasando del todo a la nada, del confort a la estrechez primero y a la pobreza después. Y de cómo una sociedad, un país entero puede cambiar de categoría económica, de la noche a la mañana y por el mismo sistema por el que salió del subdesarrollo, por un simple decreto, volver a él.
El personaje de Dickens no desaprovechó ni una sola oportunidad, léase estudio y trabajo, que le ofertó la vida, y su único error, su único pecado, venial, fue el mortal nuestro, el de esperar que estuviese a su alcance el lograr todo a cambio de nada. Ya digo que llegó a ese punto con las espaldas cubiertas, y me parece a mi que, ahí nuestra situación comienza a divergir seriamente con la de Pip, el protagonista.
Pero lo peor es la fe en la hipotética suerte, en el azar que de alguna manera puede cambiar ocasionalmente el destino de un individuo, y el llegar a pensar que eso puede suceder todos los días y para todos a la vez. Ni en la mas fantástica de las novelas se ha planteado nunca algo semejante. Ni mucho menos el delegar ciegamente el destino propio y el colectivo, en seguir confiando en una institución que sigue prometiendo pan y circo a cambio de casi nada, de mirar hacia el balcón cada cuatro años para escuchar a Pepe Isbert diciendo aquello de:
“Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación y esa explicación que os debo, como alcalde vuestro que soy, os la voy a dar”
En la escena siguiente se aprecia como, en ausencia de explicación convincente tuvo que pagarse entre todos la deuda que , al parecer, no era propiamente del alcalde, sino común. Pero esa era otra película. Y otro país bien distinto de este, del reino de fantasía del que estoy hablando.
En el que hasta los superhéroes comienzan a dar síntomas preocupantes de que algo no va como debiera, de no estar a la altura de las circunstancias, ligeramente distraídos, que quizás hayamos apostado por ellos mas de lo que hubiese sido prudente, y que por tanto tendremos que buscar un titulo mas correcto para la novela de Dickens, que es la nuestra, “Falsas esperanzas”, quizás.

Léase:
Sudor ajeno = Subvención
Padres e hijos magnánimos = Europeos en general y Contribuyentes en particular.
Explicaciones de alcalde = Promesas electorales incumplidas . “ Los programas electorales son para que los cumplan los votantes” ( Tierno dixit)
Cuñado concejal = Cuñado concejal
Ignaro = Inculto, ignorante.
Ignota = Desconocida ( Ya hablaremos de ello)
Pip = Chico valeroso que ante una disyuntiva moral, especialmente difícil, acertó en la elección. ( Igual pudo haberse equivocado).
Ficción = Ficción
Realidad = Realidad
Grandes esperanzas = Falsas esperanzas.
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