viernes, 3 de marzo de 2017

COMO TE ESTABA DICIENDO... (Y 3).- CD 2017



Una cosa te lleva a la otra, y vas dando saltos como liebre alborotada en un mundo sin podencos. Te acuerdas de Amarcord, y de la polenta que nunca has probado, esa sopa que, a pesar de su exotismo jamás podrá igualarse a la tuya, la de tomate que hacia tu madre.
Hasta que tu incursión en la cocina como algo más que un visitante molesto e intempestivo, tu necesario contacto con las sartenes y las especias, imprescindible para la supervivencia,  te hacen descubrir que el color no era debido al tomate, ausente, sino al inevitable pimentón.  Descubrimiento y comparaciones, siempre ventajosas para tus raíces.

Das otra vuelta por los recuerdos de la película de Fellini, probablemente “La película” de Fellini por antonomasia, esa palabra atroz, para volver a su música. Y con ella a su autor, sus interminables recreaciones de marchas, bailables italianos, que siguen sonando y alegrando a quien las escucha. No tiene nada extraño que iniciemos el viaje acompañados por Nino Rota y la orquesta de Franco Farrara que dejan gentilmente su lugar a Fausto, el proscrito Fausto Pappetti, que solía estar más escondido que la cajetilla de los preservativos, por aquello de que su música era el equivalente a la yohimbina y a otros fantásticos e inverosímiles afrodisiacos femeninos como el pipermín, que buenas vomiteras nos ocasionase, con sus correspondientes dolores de cabeza. “Que anoche dicen que te vieron…con un tremendo vacilón. ¿Quién te lo dijo René?. Me lo dijo Adela, que mañana no me quita usted la muela, aunque me muera de dolor”. 

Quizás sea lo más cerca que hayamos estado a las experiencias lisérgicas de los modernos de entonces y lo más alejados de alcanzar nuestros pretendidos  fines iniciales. Fausto  se aparta aquí de su línea musical exclusiva para amantes feroces, en la que llegase a grabar un centenar de compilaciones imprescindibles, ya digo, y aquí lo tenemos bordando a Nino Rota, demostrando que cuando había que soplar, podía hacerlo como nadie.

Y no deja de ser una introducción engañosa, casi pérfida, haciendo creer al oyente que las cosas van a seguir por ese patrón de calidad, de arreglos perfectos sobre un tema inmejorable. Inmediatamente bajaremos varios niveles en el  infernal purgatorio de Dante, para encontrar el nivel del oscuro bar de húmedas paredes, donde el calorcito humano y las copas servidas por Emilio, el otro, nos harán sentirnos felices en nuestra madriguera, a pesar de que la selección de su sinfonola, tampoco fuese primorosa. Recuerdo haberle cambiado discos horrorosos por otros míos, con la intención de poder escuchar algo aceptable. En esas tardes que tan bien  describe Marsé en su barrio de El Guinardó., tan bien que no tiene sentido el emularlo, aunque los músicos que siguen sonando en nuestra selección, hayan crecido allí precisamente. El azar.

Y aparece también la más espeluznante escena que podáis imaginar. El terror de las películas de Santo El Enmascarado de Plata contra los Vampiros, en el cine de verano, es tan solo un instante de risas que se hiela en nuestra mente cuando contemplamos el porte, y los rostros, de nuestros artistas de entonces. Surgiendo inevitable la pregunta que el subconsciente, que a veces puede parecer despistado pero tonto jamás, nos espeta a bocajarro:
Si ellos están así, entonces…¿Nosotros…?.

Nosotros seguimos descendiendo a los infiernos hasta llegar a esos recodos irrespirables, cargados de miasmas, manando sangre y cieno, que impida el respirar. Esta del paisano Espronceda, el romanticismo de otro planeta, el literario. Cuando nuestras, interminables en número, cartas de amor, ocupaban un folio a dos caras, y resultaron ser finitas como nuestra adolescencia, terminando con aquella nunca enviada, a sabiendas de que su viaje al buzón correría el riesgo de convertirse en el “Return to sender” de Elvis, por aquello de ya sé que tienes novio, ya sé que no me quieres…(bolero de Antonio Machín, que no era de Machín ) para quedar como aquella  “Letter never sent”, en el original: “Neotpravenloe pismo”, de Kalatzov 1960, de cuyo nombre solo recuerdo lo de pismo, y cuya revisión , medio siglo después, me ha permitido comprobar que los jóvenes rusos de entonces parecían ser una imagen especular nuestra en la que solo había que cambiar el vodka por el pipermín. (Es broma, lo de la peli).

Las cartas, que es donde estábamos, no llegaban tan lejos como ahora lo hace la dispersión mental que me posee. A lo sumo aquello de “Una carta quiero escribir, y quisiera no llorar, son recuerdos que tengo de ti, y quisiera no olvidar” esa era de…Formula V señores, y ya nos vamos acercando al abismo. Donde sí nos asomamos,  veremos a Joselito, a Los Centellas, a la Paquita, y a tantos personajes idolatrados-por otros, que tampoco hay que pasarse- que nos parece estar repasando el álbum de cromos sepia, orlados con arabescos, donde siempre hay un hueco sin rellenar, o dos, en alguna página , poniendo a prueba la memoria lejana que, curiosamente, todavía nos funciona. 

Aparecieron luego otras colecciones en el quiosco, hasta con cromos en inglés, el we skipped a light fandango, con que se iniciaban las noches de blanco satén, o los gemidos en francés de la Birkin, cuya pronunciación jamás fue explicada por los libros de texto del bachillerato, el je t´aime moi non plus, más acordes con las hormonas que, por entonces, ponían a prueba nuestra virginidad, que de todo hubo.

Hay cromos viejos, a dos tintas,  que jamás conseguí encontrar y bien que puedo asegurar su existencia, en alguna parte de los estuches de 45 RPM que aparecían en los guateques. “Aline” cantada en español – conditio sine qua non, ya sabéis- por su autor, o mismamente “Monia” por su ídem. Tantas veces escuchada que me parece imposible no poder  encontrar una miserable copia, infelice de mí, y resignarme a contemplar este álbum, vuestro y mío, incompleto, quizás para siempre. De Monia, siempre pensé que ese era el título exclusivo para la versión española, impuesto por la censura, y que el original no podía ser otro que “Monja”.  Os estoy haciendo , suplicando, una petición desesperada, por si alguno está en condiciones de ofrecernos alguna Aline, o alguna Monia castellanocantadas, más que nada para ir completando páginas del álbum que, al pobre se le van a caer las cubiertas de puro sobadas, sin tener la satisfacción del deber cumplido.

Lo de haberlo forrado en su día con aquel papel celofán transparente tan difícil de doblar, una de esas cosas que no hiciste a su debido tiempo, y que luego compruebas que de haberlas realizado, mejor te habría ido después, de las que te originan arrepentimiento insincero, contrición no verdadera, sin amor por Dios, ni por las cosas bien hechas,  sin el menor propósito de la enmienda, (El Concilio de Trento definió la contrición como "un intenso dolor y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante") algo que descubrimos, y asumimos, demasiado tarde. La otra contrición, la del presunto dolor al comprobar el estado de aparente decrepitud que presenta esta compilación, se rebela contra las condiciones impuestas por los escolásticos y los predicadores, mostrando el esplendor  de las flores en la hierba, lirios en febrero, pero esplendidos lirios salvajes.  Los que no deberían faltarnos jamás.


 Y así ha quedado el álbum, aparentemente escondido en el fondo del cajón, para que  uno pueda recrear y recordar la parte feliz de la infancia, la otra, que es la que nos ha hecho lo que somos.


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