lunes, 11 de junio de 2018

DE SICA EN EL MANUAL DE USO CULTURAL Nº 38.-

                    

         Tengo la impresión de que cada vez que me sumerjo en la nostalgia del cine en blanco y negro en general, y en el neorrealismo en particular, estoy introduciéndome en el desván de la abuela, apartando telarañas a manotazos y preguntándome que maravillas voy a encontrar bajo el montón de trastos acumulados en el rincón menos trillado de la buhardilla. 
La ultima vez fue una silla Thonet, diseñada hace ciento cincuenta años, realizada con tiras de haya curvada al vapor, y sobre la que hoy me encuentro sentado. Ahora resulta un comodisimo y ligero elemento vintage, aparte de indudable precursor del sistema de Ikea, diez tornillos y dos tuercas.
Algo similar sucede con el cine en formato 4.3 y dudosa definición de imagen, donde el color abarca todos las tonalidades de...gris, y con múltiples etiquetas espurias adheridas. Afortunadamente su restauración digital y la permanencia de su capacidad para seguir haciéndonos reír, llorar, y pensar, no hacen necesaria la insistencia sobre su vigencia como joyas fílmicas.

A pesar de que, encuadrar en el neorrealismo a películas absolutamente surrealistas como “Milagro en Milán” o comedias geniales como “El oro de Nápoles” y “Matrimonio a la italiana”, solo genere confusión entre los buscadores de piezas únicas en el desván.
Otros tres títulos dirigidos por Vittorio Domenico Stanislao Gaetano Sorano De Sica, son la base, la estructura y fundamento del estilo en cuestión. Obras maestras como “Ladrón de bicicletas”, “El limpiabotas” y sobre todo “Umberto D”, nos sumergen en idéntico material que Chaplin o Kurosawa expresaban con éxito en la pantalla, el melodrama, la absoluta indefensión del ser humano en circunstancias donde la adversidad pretende, y a veces consigue, derrotar a la supervivencia. 

Afortunadamente el ingenio de los cineastas, la magia de los hacedores de historias en general y de los guionistas en particular, logran dar la vuelta , casi siempre, a situaciones desesperadas, dejando al espectador el mejor regalo que pueden llevarse a casa, la esperanza. Sea a través del cariño de un niño hacia su padre, o de un perro a su dueño. 
Como todos los directores de esa etapa gloriosa del cine italiano, De Sica ha sido servido por una docena de escritores, no más, que han desarrollado historias ajenas o propias, afinando los personajes y su diálogos hasta lograr la perfección que suele exigir la posteridad. Nada distinto de lo que hoy hacen los autores de series televisivas exitosas, comedias de situación, donde la fruta del humor se ha exprimido hasta la última gota. Giuseppe Marota, Cesare Zavattini, Eduardo de Filippo, Alberto Moravia, Renato Castellani, Tonino Guerra, Suso Cecchi D'Amico, y tantos otros, novelistas, músicos y actores, dotados de la gracia de Talia, diosa de la comedia y de la plenitud del carácter italiano, han compartido durante décadas lugares de privilegio con los directores, en los letreros iniciales de sus películas.

La labor de dirección de De Sica, y su indiscutible paternidad sobre el neorrealismo, ha quedado un tanto oscurecida por el protagonismo de otros directores que lo fueron en exclusiva, los Rossellini, Visconti, Lattuada o Fellini; mientras Vittorio compaginaba esta faceta de cineasta con su condición de actor protagonista, de galán en más de ciento sesenta películas, de las que no conviene ignorar “El general de la Rovere”, o su labor en el teatro y los espectáculos de variedades donde comenzaría su carrera.

  
Pero es que, además, Sofia, Marcelo, Silvana, incluso Totô, no habrían brillado igual, no formarían parte de los fondos de nuestra caja fuerte de la memoria, donde guardamos las joyas rescatadas del trastero del cine. Nunca lo habrían conseguido sin De Sica.
Quien por cierto estuvo casado con María Mercader (prima de Ramón, ejecutor de Trotsky), hizo también su aporte al cine político en “El Delito Matteotti” o “El jardín de Finzi Contini”, y llegó a emular la heroicidad de Schindler, alargando exageradamente el rodaje de “La puerta del cielo”donde figuraban más de trescientos extras judíos, hasta la llegada de los aliados en 1944.

Todo un personaje de leyenda, de quien no me cansaré de ver, una y otra vez las seis historias contenidas en “El oro de Nápoles”. Comedias, tragedias, la risa y el llanto, la lluvia y el fuego. 



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