viernes, 28 de diciembre de 2018

2019.-




Otra vez el bucle melancólico.

Este título, perfecto para retratar las inconclusas aspiraciones juveniles del nacionalismo independiente – el otro es consustancial para cualquier grupo humano encerrado en su sinviajar, sinleer, sinpensar- corresponde al clásico ensayo de Jon Juaristi, de 1997 sobre los mitos, leyendas e incluso rumores que alimentaron la fantasía de los irreductibles galos, lusitanos y vascuences.
Y estaba en mis manos, en cierta caseta de la feria del libro, con su cubierta original  evocando la invitación de un viejo amigo, encantado de volver a verte. Total, veinte años no son nada, a la vez que otros vecinos suyos me sugerían tiempos bastante más alejados, tanto como la disminución de su valor al compás de su decrepitud, acercándose en ambos casos hacia el nivel de la nada, de la basura, donde los libros suelen terminar su ciclo vital, vírgenes en muchos casos, debido a al injustificado optimismo o incompetencia de sus editores o a la presumible abulia de sus destinatarios, si es que los tuvieron.

Lo cierto es que algunos se conservan con cierto empaque durante un cierto numero de años, aproximadamente los que sus coetáneos humanos suelen presumir de encontrarse en plena forma, libres de achaques y escondidos tras otras mentiras veniales que les permiten mantenerse lozanos en el testero de la vida, o de la librería de viejo, a la que ahora llaman de libros antiguos por la misma razón, la de aparentar disimuladamente aquello que se ha dejado de ser.

Encuentra uno en los estantes muchos viejos amigos, a pesar de que la agotadora búsqueda, el tiempo requisado a otros menesteres, y la lucha contra el polvo procedente de donde vaya usted a saber, imponen ciertas incomodidades soportadas por la esperanza de encontrar un nuevo amor, alguno perdido en la nostalgia de los desconocidos, la peor de todas, y en condiciones de compartir placeres efímeros con el lector, cuyas caricias, sensaciones orgiásticas, van a ser reciprocas gracias a la presumible buena literatura, y a su transmisión al papel gracias al tacto, ese sentido imprescindible para los amantes verdaderos.

En esas meditaciones trascendentales andaba este vicioso, cuando escuchó a su izquierda – a su derecha no habría podido hacerlo, por los rigores de la ausencia sensorial que, curiosamente, la del oído, también resulta imprescindible en la cosa amatoria- una vocecita preguntando a los libreros:

-¿Tienen la novela de Genoveva de Brabante?.

El desvio instantáneo de mi mirada hacia otra época, a otro mundo en blanco y negro de esos tiempos que los optimistas irredentos insisten en llamar preconstitucionales a ver si cuela, o a ver si acaban autoconvencidos de esa leyenda, de ese rumor, de ese mito, como los del libro de Juaristi, en los que Genoveva de Brabante era la heroína.
Arrastraba la anciana, minúscula y sonriente, otra amiga o hermana, clónica, a las que imaginé vestidas con su toca y escapadas subrepticiamente de cualquiera de los innumerables conventos que rodeaban aquel corral donde se reúnen los libros moribundos.
Ante la esperada negativa, que ya habría recibido en otros cuarenta o cincuenta de los setenta puestos tan clónicos- con libros idénticos, algo increíble- como ellas, se limitó a exponer su tesis, que es a lo que venia la pareja:

-Pues yo la leí hace mucho tiempo, y he visto también la película. Y es bien bonita.

Al fin y al cabo, manifestó su vanidad de lectora, en comunión con otros vanidosos que por allí merodeábamos, y que no llegó a provocar la risa de los libreros, gracias a que su profesionalidad les obligó a esconder la carcajada tras una sonrisa cómplice, mientras sostenían en sus manos otros ejemplares aparentemente alejados del drama inmortal de la santa, que aquí nunca fuera tal, porque su heroicidad no fue vista con buenos ojos por los chicos de la contrarreforma, aunque bien les hubiera gustado, ver desnuda sobre el blanco corcel a la rubia esposa del marido despechado. En el cine, y en el teatro pude verla, embutida en un buzo color carne y con una peluca inmensa que cubría el pijama prácticamente, para no dejar resquicio alguno al pecado. Hasta en televisión debieron pasarla, aclarando siempre en el titulo la versión correcta, aquí Genoveva, allí en Brabante, Santa, pero a sabiendas de que ellos son protestantes y para ellos la santidad... En fin.

Lo cierto es que los ejemplares que sostenían y sobre los que discernían ambos libreros, tan alejados de ser incunables o de joyas de bibliófilo como los que uno manoseaba, solo ponían en evidencia el mismo pecado que el de aquella buena mujer, la vanidad del lector que, pretende haber leído, es decir conocer a aquel autor, aquella obra que lo enriquece en primera persona y lo hace subir por la escalera de Jacob de la inmodestia, de la que todos terminamos cayendo. Alguno con el desdoro de la cojera del que esto suscribe. Cojera transitoria, espero, pero que va añadiéndose a las goteras de la uralita, que ahora también ha perdido la santidad y la marcan con el estigma de del mal, el amianto culpable de casi todo, como el gasoleo. Tiempos.

Volvemos al bucle, que es donde estábamos. Ahora igualmente temporal y melancólico, pero centrado en la actividad anual de reunir un ramillete de flores musicales secas y acartonadas, jazmines marchitos que la fantasía del oyente convierte en frescos y aromáticos, recién comprado al biznaguero de invierno, quien va a pretender que sirva para ahuyentar los mosquitos, que también, pero que en nuestro caso intentará algo mucho mas extraordinario, abrir la puerta del túnel del tiempo, y llevarnos de vuelta hacia esa luz que, dicen los que la han visto, es la que te hace sentir el retorno a la vida después de soportar la oscuridad y los numerosos piélagos de calamidades como dice Shakespeare, que esta vez viene en nuestra ayuda.. En eso estamos.



P.D.- El de la foto es José Alfredo. Y no hay photoshop por medio. Me limito a exponer con música probables causas de su prurito.



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