miércoles, 25 de abril de 2018

Gracias, querido Stalin, por una infancia feliz.



Gracias, querido Stalin, por una infancia feliz.

Negro sobre rojo en mayúsculas, y en ruso, naturalmente.
(Escrito en una de las banderas de la exposición sobre el realismo socialista en el Museo Ruso).

Exposición imprescindible, a pesar de que desconfíen en la entrada cuando les digo que tengo derecho a la tarifa reducida, por aquello que os contaba el otro día. Tuve que mostrar el carnet del partido, al que dan mayor verosimilitud que el DNI. Es broma (lo del partido).
Demasiados retratos del padrecito, el padre de todas las naciones, el maestro, el amigo. Demasiada insistencia a riesgo de banalizar asuntos de una importancia vital.

Y además es que, hace nada pude ver, que no visionar, “La muerte de Stalin”, intento desafortunado de parodia sobre la transición de la CCCP a la CCCP, de la URSS a Rusia. Algo muy socorrido, lo de cambiar el nombre a la rosa.
Solo que, no se puede, ni se debe llevar al género bufo un asunto de tal trascendencia, al menos para los que lo sufrieron. A pesar de que la limitada vis cómica de los actores, incluidos Steve Buscemi y Michel Palin, y la presumible fidelidad a la historia de aquel suceso, solo consiguen repetir nombres, caracteres, y el relato archisabido de la muerte del dictador y la apertura de su testamento apócrifo. Beria cayó en el tumulto y Kruschev tomó el mando, mientras los suspiros de alivio de los soviéticos se escucharon en el mundo entero.


La historia oficial repite el eterno esquema donde los perdedores como Trotsky -o fallecidos, bienaventurado Kirov- se convierten de pronto en origen y causa de todas las maldades. Diez años antes sucedió algo parecido con el bunker berlinés y todavía nos siguen vendiendo el nauseabundo olor moral que se desprendía de la Alemania de aquellos años, y que parece haber impregnado la pituitaria de la humanidad para varios siglos. No hay más que leer la prensa española escrita entre el 38 y el 44 para comprobar que no era así la cosa, modelos de cultura y progreso, adalides de un mundo nuevo y tal y tal. 

No es hasta el colapso de una y otra dictaduras cuando nos damos cuenta de que lo eran, si bien en algunos casos ni colapsan ni cambian sus valores humanitarios para sus presuntas victimas. Al menos durante una generación completa, a veces dos, la hábil continuación del sistema mediante herederos que usan el aforismo de Lampedusa, o a veces simplemente mantienen alimentados los intereses de una mayoría, consiguen que no se perciban en el panorama cambios más allá de las palabras que identifican el paso sincopado de la yenka, izquierda, derecha, delante, detrás, para regresar al punto de partida.
Algo similar a lo que sucede en el baile del ladrillo donde la pareja no logra rebasar sus limites-los de la baldosa, claro- durante la danza, a la que además enriquece con un valor añadido, el cheek to cheek. Yo prefiero esta última, aunque para gustos los colores, y los que dan por buena la progresión de un país hasta su punto inicial, los movimientos circulares a los que llaman progresión constante, tienen sus razones, aunque no las necesiten, simplemente tienen el poder necesario, para sostenerla y no enmendarla.

El radiante porvenir del realismo socialista no puede ni debe reducirse a la bagatela abandonada y polvorienta del mercadillo callejero dominical, para consuelo nostálgico o solaz hilarante de los viandantes. Y no debe hacerlo porque, aparte de la descomunal magnitud de la catástrofe humana, nos ha dejado unas lecciones extraordinarias sobre nuestra propia historia, la del día de hoy que, sin duda, se reescribirá mañana con vaya usted a saber que verosimilitud e intencionalidad.

Contemplo los líderes, los héroes, desde el politburó al komsomol, pasando por los pioneros revolucionarios, y aprendo el nuevo y fidedigno por tanto, significado del termino pionero, son o eran entonces, el equivalente a nuestra OJE, a nuestros flechas y pelayos, a cualquiera de las organizaciones juveniles de los partidos que gobiernan, alevines de los clubes políticos alejados del mundo laboral real, de los koljoses y fábricas, de los obreros de choque, o del arduo trabajo de conseguir un titulo universitario, que más tarde encontrarán misteriosamente bajo la almohada. Colocados desde la cuna en un plano virtual , lo suficientemente distante para no embarrarse con el suelo de la madre patria, de la madre de todas las naciones, en la nomenclatura soviética. Los pioneros eran los chicos sanos y sonrientes, con sus imprescindibles ejercicios saludables y su pañuelo anudado al cuello, de ellos y ellas, como cabe suponer. 

 
Esta analogía con la otra dictadura, una de tantas, puede percibirse en los maravillosos documentales exhibidos en el museo, de donde los realizadores del NODO deberían haber aprendido que la propaganda se digiere mejor en color y con fondo exclusivamente musical, sin necesidad de que la voz de Matias Prats nos repita interminablemente lo del marco incomparable del teatro de la zarzuela. Además de que a las victimas de allí se la vé más felices, mucho más, que las que podemos contemplar en los noticiarios cinematográficos de obligada exhibición antes de la película. Cuando estos desaparecieron, fueron temporalmente sustituidos por los cortos de Tom y Jerry,  el cambio fue traumático para un servidor, a mejor, solo comparable al que supuso para otros la muerte de Stalin, veinte años antes.

Aquí no ha sido, ni sigue siendo, tan diferente. Hoy continúan discutiendo y peleando, con réditos electorales, por quitar o poner nombres propios a las calles, condenando al silencio a los héroes, o pioneros de su ayer, del de ellos, mientras leo que han dejado en manos de los jueces, de lo contencioso supongo, las lapidas que quieren poner en el cementerio de la Almudena, por si se cuela algún nombre inconveniente entre los fusilados, que hasta para eso, para ser fusilado, hay que tener fortuna, que las balas saben mucho de la catadura de quien las recibe. 

Los millones de muertos, con juicios ficticios o inexistentes, hasta la ejecución de Lavrenti Beria, la de este sin mayor preámbulo, como aparece en la película, los miles de asesinados en Katyn, o los todavía hoy silenciados y tergiversados aquí, por ambas partes, montescos y capuletos, no hacen más que insistir en el absurdo de ignorar las enseñanzas del siglo pasado, demasiado reciente quizás, necesidad de seguir comprando exclusivamente las verdades de los vencedores, y de soslayar erróneamente las ideologías que subyacen bajo los tsunamis – hoy danas- de la historia. El riesgo que corremos es el de dejarnos arrastrar por los seguidores de la yenka, derecha izquierda, delante detrás, o los del baile del ladrillo. Que en el fondo son bailes de salón, de donde jamás deberían haber salido.
Mi única pena es que la pérdida auditiva, propia de mi condición de idoso, aparte de otras pérdidas que no es necesario referir, (el pelo, no seáis malpensados), me van a hacer perder el compás inevitablemente.

 
!Ay José, que así no es!, como cantan Machito y Graciela en el disco del 19, si la censura consiente. (Pinchen y disfruten. Es gratis).




The Death of Stalin. 2017, Armando Iannucci.

Prohibida en Rusia (que ya no es URSS) por aquello de:
"The film desecrates our historical symbols -- the Soviet hymn, orders and medals, and Marshal Zhukov is portrayed as an idiot "
Malenkov y Molotov reciben, sin embargo, idéntico tratamiento.
A Zhukov, auténtico vencedor de la Gran Guerra Patriótica (World War II  para nosotros), podemos verlo en la exposición con el torso cubierto de medallas, a pesar de que las que ocultaba la zarina bajo su corpiño, ya demostararon ser inútiles ante las balas.

Radiante porvenir. El arte del realismo socialista

10/02/2018 — 03/02/2019 Colección del Museo Ruso, San Petersburgo / Málaga 
 

miércoles, 18 de abril de 2018

LAS BODAS DE CAMACHO, Y OTRAS CONSIDERACIONES.-

                 

Las bodas de Camacho y Basilio, y de como Quiteria casose con su mozo, y para hacer una fiesta no fue necesario casar a nadie.

(Todo esto en El Quijote, para quien tenga interés en aprender de ello.)

A mi me han oficiado la boda propia con la doncella más esquiva, para algunos, y a la vez más placentera, según la mayoría, la vida.
Este es un sacramento laico, para el que la iglesia de Roma no fue especialmente previsora, el paso de la vida laboral a la otra, a la vida pasiva del que dedica todo su tiempo restante sobre la tierra, a ir apartando el peso de las innumerables e infructuosas tareas, en su mayoría inútiles, que ha ido acumulando sobre sus hombros. El hacerlo con fuerzas menguantes, tanto físicas como intelectuales se convierte en un desafió cotidiano, en unos deberes escritos en el libro de horas, donde prioriza la presunta importancia de cada ítem a la vez que esta es enfrentada a las no menos presuntas energías residuales para llevarlo a cabo. Algo ciertamente divertido.
Ya el hecho de considerarlo como desposorios con el imprevisible pretérito, se convierte en un interesantísimo thriller del que eres protagonista forzoso.

Las novicias se casan con Dios al realizar ese paso en la vida, no menos trascendente que el del jubilado quien, ademas, no necesita  evocar la voluntariedad ni mucho menos realizar otros votos que no sean los cuatrienales, a Bríos probablemente. Me gusta el paralelismo con estas buenas chicas, a la vez que me resulta inevitable compensar sus madrugones con mis siestas de película -90 minutos o así- y sus oraciones musicales con las maldiciones que mi declinante audición me provoca y donde Glenn Gould y Chet Baker se llevarán la peor parte.
                 

Esto del falansterio individual tiene no pocas ventajas, sin ir mas lejos has abandonado para siempre, cuando la palabra siempre tiene pleno sentido, los deberes externos, horarios rígidos y preocupaciones sobre terceros que, hasta ahora te han mantenido incorporado a esa congregación numerosa que por otro lado ha compensado sobrada y cariñosamente tus modestos desvelos. Vaya lo uno por lo otro y, el balance, desgraciadamente a mi favor. Quedo ya al otro lado del torno, incorporándome de modo paulatino a la invisibilidad, el mejor de los destinos, mas que nada porque es el más seguro y definitivo.

Los portugueses nos llaman idosos y reformados. Lo de idoso lo entiendo por aquello de la edad y su insistencia, pero lo de reformado no termina de convencerme, si bien su aplicación exclusiva a los funcionarios que dejan de serlo por esta razón, queda harto justificada si entendemos  que ya no pueden hacer mas maldades, estando por tanto reformados. Va a ser por eso.
Tienen nuestros vecinos otras consideraciones de mayor calado para aquellos que han cruzado le frontera de los años. Sin ir más lejos, permiten continuar la actividad laboral sin perder por ello el derecho a recibir la prestación correspondiente a su cotización previa, siendo además reciprocas las prestaciones y cotizaciones, sin límite alguno. Claro que, aquello desgraciadamente es una república y que, por tanto, jamás van a conseguir su inclusión en la utópica Iberia unida, por más que insistan en repudiar y temer semejante idea. Me sigue resultando sorprendente como viviendo tan cercanos podemos ser tan diferentes. Ellos festejan el 25 de abril cantando Grándola vila moreena, y nosotros desconocemos cual es el día de la fiesta nacional y lo que es peor la canción que lo identifique.
             

Estaba hablando y no de otra cosa, de haber pasado a mejor vida, mejoría indiscutible después de los parabienes y efusivas felicitaciones recibidas. Otra de las ventajas de este cambio de plano social es el saber que no cuesta nada dar la razón, por discutible que esta sea, a quien insiste con sus mejores intenciones. Mejor vida.
Y para coronar oficialmente el sacramento, hubo banquete y danzas populares, por aquello de no dejar a Sancho otra vez con el disgusto de renunciar al festín de Camacho, aunque su corazón, vinculado al del caballero a quien sirve, estuviese con el Basilio y la Quiteria. Maravillosa muestra de cariño, de amistad, de hermandad y de reforzar los lazos de toda una vida con nudos gordianos que no podrán desatarse. Siento no estar capacitado para transcribir emociones que, además, deben quedar dentro de quien las disfruta, como es el caso.

Si bien tuve la osadía de castigar el final de la fiesta con cierta perorata que os adjunto, respuesta a los previsibles y encomiásticos vituperios que hube de oir, lectura que soportaron en silencio a sabiendas de que sería lo penúltimo que habrían de soportar-me.

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“Son calumnias”, como diría Borges cuando mencionaban su genialidad. Y es que, casi todos los elogios recibidos aquí son pura calumnia que...,por cierto, no pienso desmentir, ni discutir. Hoy no es día de llevar la contraria a nadie, y además, como el oso Balú en El Libro de la Selva y después de escuchar las hermosas palabras que dice la pantera Bagira en su sepelio – esto de hoy es un sepelio, por si no os habíais dado cuenta - abre un ojo sonriendo y dice aquello de: “Di más Bagira, di más”.
No estoy, aunque lo parezca, insinuando parentescos felinos de nadie, y sí ubicando el lugar, la maravillosa selva en la que pasamos la vida plácida y milagrosamente, como el niño de la historia de Kipling, a salvo de incontables peligros.

Quizás sea mas apropiado, y modesto, como la vida misma, pasar de la selva al civilizado bosque, e imaginarme como una discreta rama de un frondoso árbol, roble, o quizás alcornoque por el abrigo recibido, del que todos formamos parte. Una rama que ha tenido épocas de un verde intenso, y de una exposición mas evidente, a la que ahora le queda la función de soportar bajo la sombra a otras mas jóvenes que son las que van a mantener y hacer crecer en hermosura el arbolito. Ramas desde donde hemos visto pasar, convertidos en nubes veloces, a muchos de los que plantaron el árbol, a los que lo hicieron frondoso, a los que a lo largo de los años han constituido su armazón, innumerables e inolvidables compañeros. Satisfechos de cumplir con la tarea de cuidar de las criaturas que corretean por abajo, y de las que anidan y se reproducen más arriba. Contentos siempre de ver pasar las vidas, propias y ajenas y dispuestos a confortarlas con su discreta presencia.

Despues, cuando ya no tienes la obligación de captar la luz del sol ni de generar clorofila para la vida del bosque, cuando la savia comienza a circular con cierta lentitud dentro de ti, te viene a la memoria todo ese tiempo feliz del roce con otras ramas cercanas, con los sonidos, el murmullo constante de las más alejadas, el viento y lluvia, las impertinencias a que el tiempo ha tenido a bien someternos, y las alegrías de cada primavera, en ella estamos, cuando los nuevos brotes, y las hojas recién llegadas vuelven a rejuvenecer el paisaje. Sucede entonces que los sinsabores, pocos, si los hubo, pasan al olvido y son transformados en experiencias enriquecedoras. Queda la sensación de pertenecer para siempre a un colectivo feliz, de atesorar recuerdos que no te van a abandonar, al menos hasta que te conviertas en humus, líquenes, musgo, y quien sabe si en sabrosas setas en otra vida de esas que dicen que haylas.

Y es ahí, en el suelo, en la tierra donde penetran las raíces, donde uno continua la experiencia maravillosa del esplendor de las flores entre la hierba, donde encuentra soporte, amigos para siempre -eso es de otra película, me temo- y la generosidad de la gente- al menos hasta que nos cortaron el puente- y que no hace otra cosa que confirmar la suerte que tuvo aquel día que el viento lo trajo hasta aquí, hasta este árbol del que se resiste a ser separado.

Me queda dar las gracias, a todos, por todos estos años de compañía, de amistad, a veces de aparente pero siempre valiosísima presencia, que todo ello es una forma de amor, para el que el agradecimiento mediante palabras viudas no tiene ningún valor. Contad conmigo, aunque sea para que el día de mañana cuando necesitéis una ramita seca para encender la estufa, os acordéis de esta.

Un abrazo, o dos, o los que tengáis a bien recibir.
(Después nos vemos en la barra, a vuestra disposición, y en la pista de baile, de donde nunca deberíamos salir. Disfrutemos el ahora, por nuestro bien).

“El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad”.
(Aforismo de Ferlosio)


lunes, 2 de abril de 2018

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (91)






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miércoles, 7 de marzo de 2018

BANALIZACIÓN DE LA FOTOGRAFÍA Y ENCOMIO DE ROBERT CAPA.-









Todavía me asombro de que el compact disc musical no haya desaparecido, cuando se acerca la vigésima edición de las recopilaciones anuales en las que intento reunir la memoria musical de mi generación y su ubicación en un lugar determinado, que hoy vendría establecido por las coordenadas de GPS y que, todos los avances tecnológicos-que en realidad no lo son, tan solo cambia su envoltorio – no pueden enterrar, muy a su pesar. Obviamente estos discos compactos tienen sus días contados por una razón puramente crematística, enmascarada como avance del continente musical, virtual ahora en la nube, sin soporte físico, pero siempre de pago. Es lo que tiene estar al día.

Me hago la idea de que este año será quizás el penúltimo de esta tarea, si no quiero convertirme en el niño que intenta vaciar el mar en su charquito sobre la arena. Al igual que hemos arrojado al contenedor adecuado las casetes musicales, las cintas VHS y los discos microsurco, no tardaremos en deshacernos de estas antiguallas de aluminio cubierto de plástico y tostadas con el rayo láser. Por cierto que me plantean una disyuntiva nada baladí a la hora de arrojarlos a la basura, no se si donde el plástico o quizás donde el metal. Esto del reciclaje está basado supongo en la fe absoluta del ciudadano perfecto en que quieren convertirnos, y cuando digo perfecto estoy diciendo sumiso.

Inevitable su futuro, el del CD, como inevitable que nuestra capacidad de adaptación a los nuevos formatos también resulte finita, y sobre los contenedores que recogerán las cenizas de los sísifos que insisten en acarrear esta pesada piedra, mejor ni os cuento.
Y es que los sonidos cuando están registrados, igual que las imágenes fotográficas, tienen la virtud de sobrevivir a aquellos que los han grabado y disfrutado. Por ello es natural encontrar todavia esos pequeños escaparates en la ciudades, emparedados entre los que compran oro o los que venden teléfonos, en los que resaltan su oferta de pasar de analógico a digital cualquier recuerdo que quieras conservar hasta, al menos, la próxima versión del soporte que, incompatible con las anteriores-maravilloso truco- te obligará a volver al puestecito donde antes cambiaban las novelas y los tebeos por unos céntimos. En el fondo viene a ser algo parecido, donde solo hay que cambiar la pasión por la lectura por aquella de atesorar tu infancia o la de los tuyos. Y en esas estamos.

Desgraciada, o afortunadamente, la superficie de la vivienda se sigue reduciendo con el mismo ímpetu que se incrementa el número de personas. Eso hace impensable que los diógenes, que también somos, guardemos todo aquello de lo que no queremos desprendernos, en el ahora inexistente sobrado de la abuela, para que dentro de cien años alguien se sorprenda, se maraville, o quizás se limite a terminar la labor inacabada de arrojarlo a la basura. Los “vide greniers” franceses se han convertido en algo tan simple y descorazonador como arrojar sobre la acera los escasos cachivaches que encuentran en el altillo del armario o en los minúsculos trasteros de cuatro metros cuadrados -si tienen seis se convierten en apartamento o solución habitacional- y es que resulta evidente que no es país para viejos, ni este ni aquel, y menos para cachivaches.

Pero hay que tener en cuenta el factor humano, siempre, y su intento, imprescindible para la supervivencia, de conservar los momentos felices, muchos o pocos, que se hayan disfrutado.
De ahí la tarea de recuperar, de restaurar, de digitalizar, y de lo que haga falta, aquellas imágenes fotográficas en las que uno se ha reflejado desde que tiene uso de razón, incluso desde antes.
Que a punto han estado de desaparecer en el sumidero de la inutilidad, donde estaría sin duda, el lugar de los negativos que jamás se positivaron o cuyas copias en papel pasaron a mejor vida. Algo así como la prodigiosa maleta de Chim sobre la guerra -ya sabéis cual- si no hubiese habido milagro mejicano por medio.
En este caso también los santos se han acordado de un servidor, de hecho han vuelto a acordarse, porque no entiendo de otra manera la suerte de que he disfrutado hasta llegar aquí.
Gracias a un amigo benefactor -suelen serlo los amigos- que me ha prestado su escáner profesional y me ha obligado a bucear entre el polvo acumulado en la buhardilla de la que antes hablaba.
Negativos en blanco y negro, en color, y diapositivas, miles. De los que he podido seleccionar, gracias al prodigioso artefacto mágico que positiva las imágenes antes de procesarlas, cerca de dos mil. Labor hercúlea, la de estar sentado casi dos semanas salvando en formato digital, aquellas escenas congeladas en el tiempo que creí perdidas.

Aquí vuelvo a comprobar la evolución paralela de los dos planos, simultáneos e incompatibles, el de la evolución técnica de ese invento convertido en arte, la fotografía, y la personal desde el niño que aparece en brazos hasta el que ahora se cuestiona su satisfacción sobre el camino recorrido.

La calidad de la primera época del blanco y negro, resulta bastante inferior que la obtenida por cualquier móvil modesto de hoy. Si bien, resulta harto probable que casi todas las realizadas por los móviles de gatillo fácil, desaparezcan sin dejar huella, por aquello tan manido de la infravaloración de su abundancia. Tan banales y despreciadas como tantos otros valores que hoy día, sencillamente han dejado de serlo.
Algunas craqueadas, muchas rayadas, desenfocadas en su origen y definitivamente inservibles.
Otras, autenticas perlas negras, muestran el destello de los que aparecen frente a la cámara, en un tiempo que la memoria habría borrado para siempre, de no haber sido por este pequeño milagro.

Siguieron cámaras mejores, réflex, y revelados artesanos por un servidor que, sorprendentemente, conservan la nitidez y los tonos de cuando fueron procesados.
Las diapositivas son desgraciadamente irrecuperables en cuanto a luces y colores, salvo que quizás alguna marca de película en concreto haya resistido mejor su estancia en los archivadores, pero en general resultan decepcionantes.
Sin embargo los negativos en color me han sorprendido, a pesar de la leyenda sobre la capa naranja que supuestamente resulta difícil de eliminar y que, gracias a la caja mágica de este escáner no resulta perceptible en absoluto. Si observo en la “digitalización” de los laboratorios supuestamente profesionales que los han revelado, innumerables huellas dactilares en negativos a medio revelar o fijar, que han dejado la marca individual del chapuzas de turno. Reflexiono sobre la diferencia entre trabajar para uno y para los demás, y la incongruencia de que quien lo hace por un salario no se moleste en usar guantes cuando trabaja con productos químicos y material sensible para otros.

Fotos familiares, celebraciones, siempre con niños, que van desapareciendo en cada carrete para convertirse en otros diferentes en el siguiente. La magia de la vida, la infancia como hecho imparable, como el agua de la lluvia, tan diferente de la de ayer, y tan vital como ella.
Labor monótona e interminable, pero satisfactoria al corregir las pequeñas imperfecciones del soporte, raspaduras y arañazos en las zonas nobles, el rostro de los retratados, y hacerlo tan sencillamente como pueda ser el aplicar el filtro infrarrojo correspondiente. Nuevos encuadres, eliminando al patoso que pasaba por allí, y la recuperación definitiva en una calidad básica que permita verlas en la pantalla -adiós al papel- con cierta dignidad y enviarlas por whatsapp a algunos interfectos.
Ahora vendrá otra tarea no menos extenuante, la de clasificarlas de alguna manera, haciendo manejable el gigantesco archivo que las atesora. Los niños con los niños y las niñas con las niñas, entre otras. Sin prisas esta vez.

Las sensaciones que ha experimentado este escaneador autosuficiente durante esta tarea darían para una novela larga, muy larga.
Quizás lo más sorprendente es la aparición de fantasmas, personas cuya identidad ignoro ahora, pero que aparecen conmigo en una o en diez fotografías. Podría indagar entre los testigos disponibles de cada época, sobre quienes eran y que hacían a mi vera, pero prefiero no hacerlo. Imagino también el suceso recíproco, que seguramente ellos pensarían lo mismo de mi si viesen estas fotos, un fantasma en el que uno se convierte sin darse cuenta. Miras hacia delante, necesariamente, y apenas a tu lado, a la gente que te acompaña ahora en tu recorrido, pero no nos está permitido mirar hacia atrás, a sabiendas de que no vamos a ver nada, a nadie junto a los que anduvimos ayer, y a los que la memoria se va encargando de cubrir con infinitos velos. Nuestro procesador cerebral es tan extraordinario en la multitarea, como limitado en sus capacidades de archivador. Llena una carpeta y tiene que vaciarla después par guardar nuevos datos. Los que desaparecen se convierten en fantasmas.

Siento no aparecer con demasiada frecuencia en las fotos recuperadas, por un lado la característica del necesario enfoque, debió ser no tan necesaria para los amables espontáneos que se ofrecieron a ponerse al otro lado de la cámara, y por otro, agradezco la limitación de las 35 imágenes por carrete y la incomodo de la minúscula mirilla de las cámaras analógicas, que me invitaban a dedicar pocos minutos al aspecto técnico y el resto de ellos a disfrutar de la escena. Justo al revés de lo que sucede ahora cuando observo la infinidad de viajeros que viajan sin mover su mirada de la pantalla que recoge la película, las imágenes, de lugares donde ellos nunca estuvieron, de viajes que nunca hicieron.
Cuando llegó la fotografía digital, las tarjetas de memoria que pueden recoger decenas de miles de imágenes, la locura de los móviles con cámaras cada vez más sofisticadas y procesadores que hacen innecesaria la labor del fotógrafo y los dispendios exagerados en ópticas y sensores de postín, ello condujo a la universalización de la fotografía, y también al menosprecio de la misma. Ninguna vida tiene tiempo suficiente para contemplar ni una sola vez los miles de fotos que atesora el mortal que la contiene.


Digo banalización y me quedo corto. Esta inmersión exagerada de las imagenes en nuestras vidas hace que se conviertan en realidad, en la única realidad, momentos que estaban hechos, donados por la vida, para ser disfrutados desde el otro lado de la pantalla y que, gracias a la malinterpretación de los prodigios tecnológicos, en la fotografía y en tantas otras facetas de la vida -la red sin ir más lejos- nos puede llegar a convertir en seres absolutamente banales.
Estamos a tiempo de centrar el objetivo, y enfocar con precisión aquello que merece la pena. Dejar el dedo indice tabletear compulsivamente sobre el disparador es una perdida de tiempo, una necedad de la que no estaremos nunca exentos.

P.D.- Si teneis ocasión, daos una vuelta por la exposición del trabajo de Robert Capa en color. Ahora en Sevilla,más tarde en Madrid. 








miércoles, 14 de febrero de 2018

INGMAR BERGMAN EN EL MANUAL DE USO CULTURAL Nº 36.- (Y el testimonio de Jaime)

                              

Parece ser que, al menos para los creyentes en el mundo científico, las estrellas no son lo que parecen, son tan solo la luz que viaja en el espacio regalándonos el recuerdo de aquellas extintas hace millones de años. Para hacerlo todavía más sorprendente, nos quedamos sin conocer la fecha del futuro y definitivo apagón de cada una de ellas. En todo caso, algunos eones después de que la humanidad se haya marchado.



Hay otro tipo de estrellas, para los creyentes en el mundo artístico que, además de tener mucho en común con las celestiales, como su evolución dentro de la cuarta dimensión, nos producen cierto tipo de prudente y reverente temor al acercarnos a ellas, a su brillo majestuoso. Es el caso de Ingmar Bergman, director teatral sueco que llevó sus obras y sus actores al estudio de cine para iluminar desde allí, durante medio siglo el panorama cinematográfico. Continuó haciéndolo después de desaparecer, a través de guiones y obras de teatro inéditos, gracias a la maestría en la dirección, heredada por su actriz favorita, Liv Ullmann. Su luz sigue brillando, cegadoramente , y como la de las estrellas del firmamento, podemos precisar el momento de su origen pero nos resulta imposible, e inconcebible, poner una fecha a la duración del destello.



Cineasta auspiciado por otros directores, Víctor Sjostrom –inefable protagonista de “Fresas salvajes” y Alf Sjober; inspirado por los dramaturgos Ibsen y Strindberg, iluminado por la cámara de Steven Nyvist, y vestido con las máscaras de actores como Gunnar Bjornstrand, Max Von Sydow, Ingrid Thulin, Bibi Andersson, Harriet Anderson y Erland Josephson. Nombres exóticos convertidos en rostros familiares de nuestro universo cercano. 


La impronta religiosa de todos sus motivos, absolutamente humanos, inequívocamente marcados por la metafísica luterana que impregnaría su infancia de hijo de pastor protestante, se inmiscuye como base teatral en películas de temática similar y de estética y planteamiento dramático comunes. El hombre, su relación con otros semejantes cercanos, y la muerte. La desdicha y los escasos medios de que disponemos para afrontarla.

El séptimo sello, 1957, y su partida de ajedrez del caballero contra la muerte, establecen que hay algo peor que el diablo y que el pecado, alguien que gana todas las partidas.



Simultáneamente llegaron sus “Fresas Salvajes” y con ella la consagración del director, a la vez que el comienzo de la orientación de su obra hacia un público exigente y adulto, ansioso de disfrutar historias que transmitiesen, al espectador la necesidad de una reflexión sobre las vicisitudes de los protagonistas y su extensión inevitable sobre las propias. Obra cumbre sobre la mirada atrás de un anciano y su balance del pasado. Esperanzadora y optimista meditación, magistral lección del profesor al recomendarnos no marchar sin dar antes las gracias y pedir disculpas por nuestros errores.




Después, sus películas no cesan de ganar en intensidad dramática y en calidad visual. Los primeros planos y los silencios generosamente intercalados en todas sus historias crean una marca de fábrica que hace germinar innumerables e insensatos imitadores. Obras de enorme densidad emocional, con evidentes sobreactuaciones de actores prodigiosos. El rostro, El silencio, Los comulgantes, Persona, La vergüenza, Pasión, Gritos y Susurros, Secretos de un Matrimonio, o Cara a Cara, son títulos tan aparentemente secos e impasibles como las historias que encierran, tan lentos en su exposición como generosos en la psicología de sus personajes.

Desgraciadamente limitadas a circuitos especiales, a disposición de un público que se hace adicto a ellas, o que las rechaza por aquello de que “el mensaje” no quedaba suficientemente explicito o, quizás, no sienta necesidad de mensaje alguno.



Inevitable compararlo con Faulkner, dos genios que “solo” se atreven a contarnos aquello que mejor conocen, su entorno cercano y sus recuerdos personales, que son la arcilla que todo artista modela a lo largo de su vida. En ambos casos gozan de un territorio propio creado por ellos. Sin embargo la isla de Fárö no pertenece a ningún universo ficticio, es real, donde vive y trabaja hasta su final Ingmar Bergman, y desde donde sigue brillando su luz.

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El testimonio de Jaime (Ahora Jaume, léase Yauma).-



Hubo un tiempo, de cuyas hogueras todavía quedan rescoldos, en los que la película continuaba un rato largo después de que se encendiesen las luces de la sala. Comenzaba el debate propio del cine forum. Algún experto documentado se erigía en moderador e iniciábamos una discreta, a veces apasionada, tormenta de ideas sobre la película que habíamos visto, la exquisitez de la fotografía o de los actores, o en ciertos casos como el que relato, sobre el significado del guión, sobre el mensaje que el director, Bergman, había intentado transmitirnos infructuosamente.

La película era “La vergüenza” “Skammen”, de 1968, y la reunión, en la sala de actos del colegio mayor, un ensayo a las asambleas preconstitucionales que nos entrenaban para pergeñar ideas propias y defenderlas a cualquier precio, algo que pocos años después ya no haría falta, ni defenderlas, ni mucho menos tener ideas propias.



El argumento era bastante deprimente, en el sentido clásico de la tragedia, creo recordar, y su comprensión presuntamente fácil dentro de la dramaturgia propia del teatro filmado en blanco y negro. Los subtítulos todavía no habían hecho acto de presencia en el cine comercial y los diálogos eran tan parcos que nos pareció ciertamente normal su desaparición en los minutos finales, mientras la barca se mueve lentamente entre la bruma, con algún plano intercalado de los personajes supervivientes a una guerra abstracta. Solo la contumacia del director al omitir cualquier ruido ambiental, los remos, el fulgor lejano de explosiones, también silentes, hasta la música incidental propia de cualquier fin de fiesta. El silencio absoluto, que ya había dado título a otra película suya en el 63.



No pudimos encontrar mejor motivo para elevar aquel epílogo al corolario argumental que rubricaba la intencionalidad del mensaje. Intencionalidad sobre la que disponíamos de varias interpretaciones, razonadas, discrepantes, y justificadas durante largos minutos, hasta el paroxismo y más allá, por aquellos que veíamos clara la advertencia apocalíptica bergmaniana.



Estábamos a punto de concluir el mitín, del que saldríamos como casi siempre con ideas divergentes sobre la cuestión, pero reforzadas las propias dentro de la cabeza de cada ponente, cuando apareció Jaime.

Perdón, Yauma, que era físicamente parecido al Woody Allen de aquellos años, si bien algo más bajito y quizás con gafas más discretas. Pertenecía al grupo de estudiantes de telecomunicaciones, quienes habían asumido por principios de lógica difusa, la responsabilidad técnica de la sala de proyecciones. Era pues el proyeccionista que nos había servido el espectáculo.

Tímidamente se acercó desde atrás y tras varios intentos por hacerse oír en medio de las últimas parrafadas estentóreas, pudimos escuchar su versión. Definitiva.



-Quería pediros disculpas, me temo que sin querer, he dado con el codo a la palanca del sonido, y os he dejado sin oír los cinco o diez últimos minutos. Si os parece, rebobino y os los vuelvo a poner.



No hizo falta, ni de aceptar sus disculpas, ni de comprobar la veracidad del mensaje que habíamos inventado.

Marchamos cabizbajos, y aleccionados sobre la incapacidad del ser humano para interpretar sensaciones que escapan a sus sentidos. Ver más allá que tus ojos u oír cosas que no escuchan tus oídos. Dejarte guiar por una mente que fía en la intuición, en la agudeza y arte de ingenio -exclusiva de Gracián- aquello que solo puede sostenerse con datos fidedignos.

Enseñanzas que, como podéis comprobar, tampoco nos han servido de nada.



        
                          

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jueves, 8 de febrero de 2018

POPURRÍ DE CARNAVAL.-


Hay años malos, indudablemente, en los que la oferta musical o cinematográfica nos hacen añorar el anteayer, y nos obligan a seguir soñando con las obras maestras que traerán los venideros. Algunos sabios dicen que el presente es solamente el tiempo entre esos dos sentimientos, la nostalgia y la esperanza.

Este no ha comenzado con un brillo deslumbrante precisamente. Las candidatas a la pamplina de las estatuillas son de lo más flojo que se ha visto en décadas. Cine aséptico o infantiloide, géneros manidos que ni por asomo reviven el nivel de algunos títulos del cine de sesión continua de los sesenta, que hoy pueden darnos más satisfacciones que la pléyade de futuros oscarizados.

Está bien “The Post”, como todas las de M. Streep, actriz que saca a flote cualquier proyecto en que se involucre. Comparo la película con "The Fog of War - Eleven Lessons from the Life of Robert S McNamara" de 2003, Errol Morris, y compruebo que nos hacen perder tiempo y dinero con la mala imitación del actor sobre el personaje, real, de la primigenia.

En cuanto a las aventuras o el entretenimiento que nos pueda ofrecer “The Shape of Water”, no niego que pueda servirnos de distracción, vista en la tele, algún sábado por la tarde, pero muy lejos, far away, de cualquier western clásico o incluso de las comedias de Jerry Lewis, tan infravalorado el pobre clown que te obliga a compensarlo con los restos de cariño que encuentras en los bolsillos, entre pelusas ellos. 

Por cierto que la original, la del monstruo acuatico que se enamora de la guapa bañista, le da cien vueltas a la de Guillermo del Toro, si bien hoy parecerá politicamente inadecuada, ciertamente machista. Eso de que la chica sea guapa y la bestia enloquezca por ella, no debe parecer ahora nada justo ni conveniente. Mejor darle la vuelta al argumento y todos contentos.
Veasé “Creature from the Black Lagoon” de Jack Arnold 1955, “La mujer y el monstruo”.

Pero es que los carnavales – si no son los de Cadiz, no son carnavales – también insisten en que las fuentes se han secado, las azucenas están marchitas, y que el dispendio que derrochan en escenografía y vestuarios, sospechosamente procedentes de idéntico sastre y diseñador, seguramente vaya incluido en los excedentes monetarios que el FLA regala a las autonomías infieles, las fieles ya se lo cobran de otra manera. Ni el Selu ni el Canijo me hacen reir, del Love solo nos queda el recuerdo. Un desastre de temporada, con la pechá de motivos religiosos que tienen para reventarlos, con el pais efervescente de sicópatas y emperadores de pacotilla. Se les fue la alcaldesa y han quedado huérfanos de dragón a quien vilipendiar. Un aburrimiento.

 
Hasta los Baobab, en su gira europea después de diez años de ausencia, se presentan con sus homenajes a los ausentes, lógicamente sin los ausentes, y con alguno de ellos mirando de reojo la silla de ruedas, priorizando la kora como instrumento solista; cuando nosotros esperábamos el saxo y la guitarra eléctrica, o incluso la voz mágica del vocalista senegalés versionando boleros. Y ello, a pesar de que los titulares de la gloria, sean los hijos o nietos de los fundadores, no importa la transmisión hereditaria cuando lo siguen haciendo bien, tan bien como sus abuelos. Algo completamente inverso a lo que sucede con muchos de nuestros políticos, tan inútiles como ya lo fueron sus ancestros, a quienes deben el cargo, que a nosotros no nos deben nada, como podemos comprobar.
Lo cierto es que los Baobab, tampoco son ya lo que fueron, y aquí no queda esperar que vayan a mejorar mañana, ya que eso del futuro tiene limites infranqueables para los mortales.

Me alejo de aquello que quiero contaros, pero si estuvieseis contemplando al escribano montesino que suele llegar a esta hora a almorzar en los restos semivacios de las granadas que sobreviven a febrero, y si tuvieseis unos prismáticos a mano, dejaríais el teclado, y las ideas, al menos hasta que el mirlo lo aparte del frutero, al menos.

Siempre nos quedará París, aunque nunca nos dijeron que sucedió entre ellos en París, para que el recuerdo imborrable, ese que siempre define la nostalgia, les sirva de bálsamo en aquel presente infausto, en aquel final doloroso que, sin embargo, dejaba satisfechos a los espectadores. La magia del cine, del buen cine.

Aquí, más abajo de Paris, o más arriba de Casablanca, a nuestro lado, siempre podremos decir aquello de “Menos mal que nos queda Portugal”, cuyo mensaje, aparte de la rima, nunca he llegado a comprender, y que me vuelve a producir prurito, picor en el alma, que hasta Portugal tiene la mitad de la tasa de paro que nuestro país, el 8%, siendo más pobres, y dicen que más tristes, y el hecho de que hayan ganado Eurovisión los viene a situar social y economicamente en los tiempos adversos de Massiel y Raphael, cuya adversidad no parece que se haya movido de aquí, doblando el porcentaje de parados y desanimando a los que tienen trabajo con sueldos de infra supervivencia. Eso de que menos mal que nos queda Portugal, debe ser por otra razón, que desconozco. Por lo de que sean republicanos tampoco creo que sea, al fin y al cabo nos guardaron en Estoril el eslabón perdido todo el tiempo que fue necesario. Si bien aquello fue anterior al 25 de abril que como todos sabéis fue solo un pretexto para ubicar en el calendario la fiesta nacional, y de paso recordarme el cumpleaños de mi hija. Los caminos del señor son infinitos, casi.

Vuelvo a preguntarme, pregunta retórica y por tanto estúpida, como podemos tener tantísimos millones de parados, vayan bien o mal las cosas, la economía y demás, y a quien puede beneficiar el continuar con esa farsa inhumana que nos sigue alejando del resto de europeos, hasta de los portugueses, ya digo.

Ha vuelto el escribano, con su plumaje sedoso y su boina azabache, se introduce dentro del caparazón de la granada y selecciona los mejores granos, como cafetero colombiano, despreciando los que aparentan el menor deterioro. Un pájaro elegante.

Hablaba de cine y de música, por no mentar el bache editorial en que continuamos inmersos, refritos de extractos, de artículos o cartas, lo nunca visto, como aquellas reediciones , combinaciones de temas de doce en doce, en los cuarenta compactos publicados, hasta el día de la fecha, basados en los dos únicos discos que los CCR. Creedence Clearwater Revival grabaron en los sesenta, si, en los sesenta. Grandes éxitos, lo mejor de, antología definitiva, etc. Ahora también con los escritores, a sufrir la venta por capítulos, hasta por párrafos, de aquellas obras que tenemos integras en la estantería y, lo que es peor, en la memoria.

Por ello insisto en pasar pagina de la actualidad, no pudiendo adelantar el reloj, esa trampa todavía no está inventada y, manteniendo viva la llama del por llegar, de las maravillas que vendrán, vuelvo la mirada atrás, y me consuelo leyendo las aventuras del Maestro Martínez, el bailarín flamenco, que viviese en primera persona la revolución aquella de hace cien años, que también bailan las fechas, no es lo mismo la de la toma del palacio de invierno, que la del amanecer del imperio bolchevique. 

Esto de recuperar la historia a través del relato de quienes la vivieron, resulta al menos divertido. No importa la impostura ni la fantasía interesada de los que intentan recrear su propio pasado, endulzándolo con adornos ficticios, bendita nostalgia la suya, solo comprobar que aquello que ciertamente sucedió, quedando contrastado en innumerables ensayos, tuvo millones de protagonistas, no meros espectadores, que se dignan a contarte su versión. 

Acababa de terminar “Ligeramente desenfocado”, las memorias de Robert Capa sobre las andanzas de un fotógrafo de guerra junto a los aliados en la parte aquella de la segunda guerra mundial en la que ganan los buenos. Y me produjo idéntica sensación, la ausencia de un literato, de un experto en atrapar al lector con la belleza de sus párrafos, y la presencia de un amigo que te deja mirar por la ventana, te la abre y dice: mira.

Y las dos palomas turcas tan unidas, cheek to cheek, en la rama pelada del cercis. Nunca las habia visto tan enamoradas, o quizas tan ateridas, puede que ambas cosas. Con arrimo y sin arrimo, todo me voy consumiendo, que diría Silvio cantando a San Juan de la Cruz.

Sin arrimo y con arrimo,
sin luz y ascuras viviendo
todo me voy consumiendo.

Mi alma está desassida
de toda cosa criada
y sobre sí levantada
y en una sabrosa vida
sólo en su Dios arrimada.

Por esso ya se dirá
la cosa que más estimo
que mi alma se vee ya
sin arrimo y con arrim
o.






Notas.-
  • Lo de arrimada no tiene nada que ver con quien estais pensando.
  • Tampoco el McNamara es el que recordais de vuestros años mozos y lisérgicos, de cuando la movida.
  • “El Maestro Juan Martinez que estaba allí” es la transcripción de un relato vital entrañable que escribió en el 34 Manuel Chaves, que tampoco es el que lo aparenta.
  • Continuará, era la última palabra del cuadernillo, anunciando que el próximo capítulo se llamaba: La muerte del Capitan Trueno. Aqui os espero.

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