viernes, 12 de abril de 2019
SIN PALABRAS.-
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martes, 9 de abril de 2019
VICTORIA SOBRE EL SOL.- REDESCUBRIENDO A MALEVICH.-

¿Quién es Casimiro Malévich y por
qué me dice esas cosas a mí?
En poco más de seis meses, el acoso a
que me ha sometido Kazimir Malevich, me ha hecho reconsiderar muchas
cosas respecto al arte, los artistas, y sus parásitos. De hecho me
habría gustado ser comisario de exposiciones varias – lo de ser monja
ya lo he dejado por imposible- un cargo, usualmente bien remunerado y
cuya titulación es gratuita e inexistente, al menos de altura similar a la detentada por ciertos ministros y directores generales de la cosa.
Comenzó casi sin querer, en el camino
de Damasco, ahora llamado Ronda de Atocha, donde se ubica el único
museo español que no tiene esa denominación, llamado Centro
de Arte R.S.: Exhibición antológica sobre "El dadaísmo ruso". Durante
la década prodigiosa en la que los vanguardistas antifuturistas
pusieron patas arriba el arte, con permiso de Duchamp, vanguardia que permaneció
hasta que llegó el comandante y mandó "aparar", el comandante Joseph, unos treinta
años antes de que lo hiciese Fidel, según guaracha de Carlos
Puebla.
Para cualquier observador sensato, y en
grado superlativo si es de pueblo como el que esto suscribe, resulta
una agresión extraordinaria el contemplar la obra de esta pandilla
de pintores revolucionarios para los que todo arte anterior a ellos,
era pura basura como intentaron demostrar con su arte mecanicista y,
ciertamente, provocador. Aquí surge el asunto de la fe en los tratados de arte, que eclipsa
las observaciones pueblerinas y el vade retro posterior, merecido o
no, de todas la vanguardias que se quedaron en eso, en meras
vanguardias.
Reconozco que, una vez agotadas las
entendederas, y antes de repetir la indigestión que me aconteció en
la filmoteca, aquella tarde que me dio por contemplar la obra
completa de McLaren , el cineasta experimental canadiense, (quien ya
me hizo sospechar sobre los tratados de historia del arte, sean de
cine o, ahora, pintura) estaba realmente cansado de comulgar con
aquellas píldoras indigestas en el museo. Cuando me detuve ante una
pantalla – algo obligado para aquellos que la consideramos nuestro
chupete intelectual - en la que estaban exhibiendo una ópera:
“Victoria sobre el Sol”, con música de Matiushin, figurines de
Malevich, libreto de Kruschonij en lengua transracional con palabras
de solo vocales o solo consonantes, y creo que Maiakovski andaba
también por allí. Algo fascinante, a pesar de su extraordinario parecido con todas las operas, donde los gorgoritos también son discutibles, los textos ininteligibles y, en el caso de que estén subtitulados, soporíferos. Si les añadimos la duración habitual de tres horas corridas, salvo en las wagnerianas donde el tiempo se detiene indefinidamente hasta que adquieres la categoría de superviviente, y hasta que comienza todo el mundo a aplaudir de la manera más molesta e interminable que nadie pueda imaginar. Si hemos pagado la entrada pienso que, los que deberían aplaudir son ellos, desde el escenario. En fin…
En esta ocasión, me sentí bajo un
influjo hipnótico, como frente a una cortina de chapas de botellín
encendida por el sol y acariciada por el viento, o quizás como los
espejitos que cubren la bola luminosa en las discotecas de antes. Uno
de esos días en que el segundo cubata pone en evidencia su
procedencia del infame garrafón y dejas de intentar seguir los haces
luminosos para evitar entrar en trance o incluso males mayores
avisado por cierto cosquilleo en el estomago, manteniendo la vista
fija en aquella luna móvil y craquelada que consuela mi tristeza y
alivia los embates sonoros de músicas infernales. Y solo de pensar
que alguien cobra también por atormentarme así, incrementa el
nivel de la nausea, que en este caso no es sartriana, creo. Menos mal
que allí no suelen aplaudir al finalizar cada acto, sería horroroso
en grado sumo.
Al parecer los figurantes todos, los
personajes principales, los tradicionales tenor, soprano, barítono,
bajo y por supuesto el coro celestial, simulaban ser robots
primitivos, -estamos en los albores del XX, y Asimov no había
descrito todavía su supuesta encarnadura metálica- vestidos con
elementos cubistas, de ese periodo del arte abstracto que a todos nos
gustaría que nos gustase, pero ni modo, como diría Aceves Mejía, y
a pesar de todo, los minutos se me hicieron segundos, el resto de la
exposición quedó aplazado sine die, es decir para jamás, y no pude
moverme hasta que el amable vigilante me indicó la puerta de salida.
“Creo que la van a llevar al Museo Ruso” me susurró, aliviando
mi desazón.
Y allá me fui. Donde Kazimir Malevich
me vuelve a mostrar el paso desde el suprematismo geométrico hacia
formas figurativas que, sin renegar de la abstracción, ya
anunciaban el supronaturalismo. Ahí es nada.
Afortunadamente “Victoria sobre el
Sol”, la opera bufa según los comisarios -etiqueta
tranquilizadora- me esperaba en la sala de proyecciones en sesión
continua, con la gran suerte de que resultaba indiferente, dentro
de la historia, el momento en que me incorporase a la misma. Ya
convertido en hábito saludable el permanecer el necesario tiempo
postprandial en la sala oscura, tras la dosis dominical de cerveza y
pescaito en el chiringuito más cercano. No descubro nada si digo que
los domingos es gratis la entrada al museo, y el aparcamiento en el solar
adyacente también. No resultó sin embargo tan placentero como
entrar sin pagar en el Centro de Arte R.S. presentando una de las
innumerables tarjetas que llevo en el bolsillo y que siempre creí
que no servían para otra cosa que agujerear el forro de este. No
resulta tan divertido porque en el ruso “todos” entran gratis y
se pierde ese plus de exclusividad tan imprescindible para ciertos
egos de los aficionados a las artes.
Me quedo en esta ocasión con ganas de ver el telón
inicial del musical, el famoso cuadro negro sobre fondo blanco,
metáfora evidente, incluso en su ausencia, de los prejuicios
burgueses identificados con el sol, por supuesto. Uno que es de miras
cortas.
Y otra vez el azar acude a socorrer mi
destino. Un mes después inauguran en Fundación Mapfre: “De
Chagall a Malevich, el arte en revolución", y allí me tenéis
absorto ante la grandiosidad del cuadro negro sobre fondo blanco, que
sin ser realmente tan estrepitosamente grande, neutro y mudo, como otros
lienzos monocromáticos de vanguardistas mas actuales y occidentales,
es decir no comunistas, debo reconocer que me dio cierto yuyu, y que
volví varias veces a mirarlo de reojo, sin que los espectadores,
sospechosos habituales ellos, se fijasen demasiado en mi abducción y
llegasen a preguntarme que es lo que veía en él, poniéndome en el
compromiso de soltar, mas bien declamar, ciertas paginas memorizadas de la
enciclopedia cien veces abjurada.
No tenían la peli, una lastima, pero
si los figurines, todavía más osados, que los seguidores de este
apóstol, habían preparado para sucesivas reposiciones. Debo decir
que no se acercaban ni remotamente a la vistosidad de los originales.
Quizás sea esta, la mejor de las tres
exposiciones, cuasi monográficas, en la que además de cierto
clásico lienzo de Chagall en el que la novia flota en el cielo mientras
el novio estira distraidamente su brazo – inmediatamente fui
advertido del machismo explicito en aquella obra, e inútiles fueron
mis comentarios sobre las innumerables veces que Chagall hizo flotar
al chico- y otro Chagall: “Judío meando” quedasen grabados en
mi pinacoteca mental, a pesar de que había que buscar al susodicho
en el angulo inferior izqdo del paisaje urbano. Tuve que ir
forzosa y urgentemente al mingitorio, después de contemplar el generoso chorro
del borrachín sobre el albañal. Y lo curioso es que quien murió de
cáncer de próstata, y joven, fue Malevich, quien al menos evitó
asistir a la gran purga patriótica de los años treinta.
Chagall y la mayoría de coetáneos,
fueron tomando el camino venturoso de la gloria unos, o de la
supervivencia otros, una vez que se dictó la necesidad social de
terminar con los pintores de caballete, y también con los
sospechosos caballetes, para girar hacia el realismo soviético, del
que hemos contemplado imágenes maravillosas en el museo ruso. Nuevos tiempos para el arte, más en consonancia, para el espectador, con los pintores clásicos, que los subversivos estos del supremacismo. Al fin y al cabo la supremacía terminó ejerciéndola una sola persona a quien, incluso, llegó a compararse con el sol y como él, por supuesto, resultó abrasador. Véase “Quemado por el sol” de Nikita Mikhalkov, obra maestra del cine.
Supongo que el azar, y no otra cosa, ha
reunido estas tres exposiciones en salas tan cercanas y en el corto
intervalo de seis meses. Pero sigo sin comprender la feroz
y cercana insistencia de los antifuturistas, esa cualidad inherente a los mentecatos, quienes no dudamos
en volver a ver una y otra vez la misma película, por la única
razón de que no la hemos entendido. Buñuel debe estar riéndose
todavía, mientras buscamos el sentido de su ángel exterminador.
Yo,
por mi parte, prometo dejar de preocuparme por lo que ha querido
decirme Malevich. La vida debe seguir.
lunes, 1 de abril de 2019
ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA (99).-
EN LA LENGUA DE BABEL.- (No necesita traducción).
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jueves, 14 de marzo de 2019
EL HORROR PREELECTORAL.-
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lunes, 11 de marzo de 2019
BERTOLUCCI EN EL MANUAL DE USO CULTURAL Nº 41 .-
Bertolucci.-
El hombre que ascendio desde la llanura
padana -La estrategia de la araña, Novecento, El conformista- a la
Ciudad prohibida, en El ultimo emperador. El chico que pasó de
ayudante de Pasolini a convertirse en un icono del cine europeo y
situarse entre los grandes de todos los tiempos.
Del marxismo antifascista de su
juventud, inevitablemente inducido por las secuelas de los camisas
negras en su tierra, sin llegar a los excesos revolucionarios de su
admirado y amigo Godard, pasa a centrar sus esfuerzos en retratar la
ambigüedad moral de sus personajes, victimas y a la vez verdugos, y
lo hace con la inestimable ayuda de escritores prestigiosos que le
facilitan la labor con sus novelas. Borges en su tema del traidor y
del heroe, que le permite denunciar la inexistencia de limites eticos
cuando la la estrategia del poder – Gramsci o Berlinguer- está por
medio.
Todo vale, incluida la mitificación del heroe, necesario para
los ciudadanos de Tara -homenaje a la otra Tara- aunque ellos no
tuviesen claro dicha necesidad. El partido velaba por cubrir esos
deseos ocultos o inexistentes que servirían de motor al cambio.
Esclarecedora al respecto la reciente Cold War. En la película de
Bertolucci aparece Alida Valli, lujo de actriz que llena la pantalla,
conviertiendo en color el blanco y negro, y también ya estaba allí
Storaro detrás de la camara, iniciando un tandem fundamental. Su
travelling circular en la pista de baile ya era la precuela del que
veriamos en El último tango, dos años y muchos millones despues.
En la novela de Moravia, Il
Conformista, busca, sin encontrarlas, justificaciones a la
podredumbre historica y social que convierte a cualquier personaje
anodino o indiferente, en aspirante a integrarse en las legiones
fascistas, a convertirse en el repugnante Achille de Novecento, a la
vez que nos lo muestra absolutamente perdido en su particular
universo personal. Aqui además, nos descubre Bertolucci que existen jovenes
actrices, Sandrelli, y Sanda, que aportan sensualidad a la pantalla,
un nuevo estereotipo sexista que las exuberantes maggioratas del cine
italiano habian mantenido en exclusiva ante la perfección de sus
figuras, representantes quizas de la proporción aurea de un Fidias
neorrealista., y que nos revelaba la atracción femenina en la
cercanía donde habia estado siempre, en las chicas de al lado.
Pero
es el clima de la historia el que la hace intemporal, los escenarios
de un itinerario vital que visten a la perfección el viaje hacia
ninguna parte de ese conformista, de todos los que consintieron
aquello con su colaboración o su abulia.
La tercera novela que llevó a la
pantalla, El Cielo Protector de Paul Bowles, un borrador
autobiográfico de aquella pareja de escritores en el Marruecos de los
años cincuenta, nos vuelve a presentar a los protagonistas perdidos
en un ambiente absolutamente transgresor, del que ellos disfrutaron a
lo largo de sus desdichadas vidas. Autor que, al menos, estuvo en
contacto con todas las generaciones de literatos norteamericanos que
llenaron el siglo pasado, la generación perdida, la beat y la gai, y
nos dejó documentos vividos sobre el mito del Tanger como residencia
de cadaveres exquisitos, mito y faro que ellos ayudaron a crear.
Lamentablemente, a esas alturas Bernardo ya habia perdido la gracia
del mar, como el marino de Yukio Mishima, y como lo hizo el cine que
conocimos,en general, a partir de los años setenta.
Su obra más compleja, y ciertamente la
más valiosa, no fueron Novecento, que nos contaba en ocho horas lo
mismo que Lazzaro felice en dos, ni tampoco la multipremiada del
último emperador, peliculas que hoy pierden empaque al carecer de
salas y pantallas adecuadas a su formato.
Entiendo que su película
capital es El último tango en Paris, donde Brando, a su pesar,
renació para el cine en tres o cuatro escenas magistrales: el
monólogo inolvidable frente al cadaver de su mujer, el duo
compartido con el amante de la esposa suicida, batines identicos
incluidos, y el final, antológico. Esfuerzo actoral exigido por el
director que supondria una enemistad de muchos años y que los
cinefilos no dudamos en amortizar e incluso aplaudir.
Le sobran un
par de detalles para ser considerada una pelicula de las que marcan
un antes y un despues, el anticlimax de la presencia de Jean Pierre
Leaud, y el escandalo mediatíco de sus supuestas escenas de sexo,
motivo que llevaba los espectadores españoles a peregrinar
Perpignan, cuando aquí no podia verse. Y hoy si puede verse, y
volver a hacerlo en un formato ideal para nuestras pantallas caseras,
comprobando que el buen cine no muere nunca y que Bertolucci merece,
y agradece, una revisión de muchas de sus películas.
Eso, y seguir escuchando a Verdi,
Morricone, Sakamoto o Gato Barbieri, rubrica musical de excepción.
P.D.-
Paul Bowles retrató sagazmente al último viajero:
"Han desaparecido los mozos de andén, los porteadores, de los aeropuertos. Nadie acarrea mis maletas, mis libros".
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lunes, 4 de marzo de 2019
VALLE (INTEMPORAL).-

Las tribulaciones de Don Ramón.-
Contábame el Reverte hace unos días
en su “Otoño romano” las vicisitudes de Valle Inclán durante su
estancia en la Academia de España en Roma como director, nombrado a
instancias de Azaña con el presumible objeto de aminorar su
descalabro económico después del divorcio y de la necesidad de
mantener una familia numerosa con los exiguos ingresos como autor, en
tiempos durante los cuales eran escasos los autores que podían vivir
de sus méritos.
En Roma no encontró apoyos para sacar
a flote su cometido, ni presupuesto para levantar una actividad
cultural en plena crisis política, en una Italia recién incorporada
a la ruta del precipicio imperial. Tampoco para mitigar el hambre
atrasada de Valle, ni la de los miembros de su equipo. Su regreso en
busca del “puñadito de tierra” que glosaría Belmonte poco antes
de reclamarlo para el, no se demoró en demasía, hasta el punto de
permitir disfrutarlo justo antes del fatídico (o glorioso, según)
julio del 36.
Escasas diferencias con el Max Estrella
de su “Luces de bohemia”, personaje con quien debió
identificarse como si fuese el espejo, uno de ellos, de su propia
historia, por más que Sawa el poeta real se hubiese adelantado en
sufrir el viacrucis que a tantos escritores termina incluyendo en sus
estaciones.
Demasiados paralelismos para ubicar en
la ficción de la transcomedia y del esperpento, géneros inventados
por el autor, los sucesos que se relatan en las dos horas de la
función teatral. Donde la cutrez de los ambientes en que las escenas
se desarrollan, lo único que consiguen es distraer al espectador con
la premisa ingenua de que eso afortunadamente era allí y entonces, y
dado que la miseria de sus protagonistas hace muchísimo tiempo que
dejó de interesar a la audiencia, parece destinada esta pieza a la
sección de clásicos de la literatura, subseccion raros y malditos.
Vuelves a participar en el espectáculo,
como espectador, y vuelves a compadecerte de Max Estrella,
alcoholizado, paupérrimo y ciego, de su imagen especular y por tanto
real del inefable manco, Valle, y a recrearte en el brillo de sus
diálogos, replicas, y sentencias, como si estuvieses escuchando la
conferencia magistral de un filosofo fuera de su tiempo, de aquel y
de este.
Y es que no es solo la belleza del
texto con que el escritor nos recrea aquellos monstruos con quienes
pretende, y consigue, identificarnos; resulta ser también el retrato
de la esencia intemporal de un país y de un paisanaje que perdura
liquenificado un siglo después.
Cien años no son nada, al menos
para “Luces de bohemia” y para los que reptamos, como Max,
esperando el puñadito de tierra, en un medio hostil donde la
corrupción política, la iglesia ajena, la prensa envilecedora , los
gintonics y la ultima esperanza puesta en el décimo de lotería, en
el capicua 5775, resulta ser idéntico al de los personajes de Valle
Inclán, de hace cien años exactamente.
Creo que la genialidad, que para D.
Ramón es solamente eso que trasudamos hacia el cuello de la camisa
dejándolo asqueroso, no reside en la profecía certera al retratar
una sociedad siglos después de los eventos narrados, no. A menos no
es solamente eso. También es la valentía de la denuncia social , la
de intentar poner patas arriba la mesa de esa actualidad intemporal,
la que no puede cambiar, como el personaje atrapado en el tiempo,
esperando que salga la marmota, o quizás que lleguen los
extraterrestres. Cualquier motivo es bueno para justificar la
inacción, el seguir dando vueltas en la era de piedra donde hace
tanto tiempo la mies esta ausente, poseídos por el miedo colectivo a
mirar hacia el horizonte, y a intentar encontrarnos con él.
Al
parecer otros lo han hecho, si la historia no nos miente hasta ese
extremo, y las magníficas plañideras del 98 ya deberían ser agua
pasada, la que no mueve molino. Solo que Valle insiste, la primavera
está al caer, el torrente ruge atronador como es su oficio, y aunque
podamos limitarnos a seguir escuchándolo, a continuar disfrutando
con las penalidades de Max Estrella, que son las nuestras, también
deberíamos reflexionar sobre cuanto tiempo debemos dedicar a tan
esteril quehacer.
¿Para cuando joven, para cuando? Es el
título y el argumento de cierta canción de los sesenta -tan solo
poco más de medio siglo- donde el padre de la novia insiste en
preguntar al muchacho sobre algo que este no quiere escuchar. Palito
Ortega, otro filósofo.
1.- El esperpento no es exclusivamente
un género literario, inventado por Don Ramón. Desde mucho antes ya
era la definición de la RAE: Persona o “cosa” que destaca por
su fealdad, desaliño o apariencia ridícula o grotesca. Quizás este
mundo solo sea esa “cosa”, el esperpento.
2.- La última plañidera, llorona de
mi infancia, desapareció hace décadas, se llamaba “Pestañita
blanca” como aquellos nombres que los sioux y los apaches usaban en
las películas. Solo que esta película y la llorona eran reales, y
ahora resulta innecesario, e incluso actual, el que la sibila o su
barquero, deslicen discretamente las cenizas de Max en las aguas,
eludiendo la inmortalidad, si ese era su deseo.
3.- El Reverte citado es, obviamente,
Javier Martinez, al que no debemos confundir con Jorge, ni mucho
menos con Antonio, el torero. Una historia sin fin.
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jueves, 28 de febrero de 2019
ACTUALIDAD (INTEMPORAL).-
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lunes, 25 de febrero de 2019
MICROMACHISMOS.-

Consecuencias de omitir un acento en castellano:
Polvora y polvera. En inglés ni eso: Powder y powder.
Una crisis -bélica- y la necesidad de
implicar a “todo” el mundo.
Propaganda de guerra y propaganda
electoral, dirigida a las de siempre.
Un hombre, un voto. Frase del antiguo
testamento.
“Confia en Dios, y mantén la pólvora
seca. (El por si acaso de Cromwell).

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lunes, 18 de febrero de 2019
EL EBRO NACE EN FONTIBRE...

Vuelvo a la feria del libro antiguo
-léase usado y de ocasión.- y a mantener la mirada perdida de quien
busca reencontrarse con algún amor de aquellos que nunca tuvo, que
son, obviamente, los de reencuentro mas difícil, por no decir
imposible. Perdido entre constelaciones de títulos de otras épocas,
de las suyas, modas de autores, géneros y hasta ediciones, que hoy
me resultan vergonzantes por su aspecto, cubiertas, portadas y sobre
todo vejez, que no ancianidad. Los libreros los mantienen limpios y
perfectamente ordenados, exentos de polvo y de las miasmas que se
adhieran a los dedos y, quien sabe, al olfato. Pero a pesar de ello
me invade la melancolía, el peso de un tiempo evidentemente parco en
literatura de otros lugares, de autores imprescindibles de los que
podíamos gozar un solo titulo, a veces ninguno, en colecciones
dirigidas a kioscos, y ausentes en librerías que dispensaban
unicamente las versiones canónicas de la media docena de escritores
patrios consagrados. Las listas de ventas y sus best sellers
aparecían como algo incipiente en el mundo editorial y sus
consecuencias son las que tengo ahora ante mi mirada, libros, y
arboles, condenados a la basura desde mucho antes de su tala e
impresión.
Pero surge la sorpresa otra vez, el
flash back de la película de la vida, cuando el amodorramiento ante
esa ilimitada biblioteca horizontal, me hace dudar de si la ecuación
entre el placer y la consciencia del tiempo perdido, han invertido su
nivel cabal. Un susurro en mi oído, el bueno, y una visión fugaz al
girar la cabeza. Alguien estaba ofreciéndome un articulo prohibido,
u obsceno, vaya usted a saber; con toda seguridad algo que no estaba
expuesto legalmente al publico en ninguna caseta. La memoria me situó
inmediatamente en los años del contrabando, del estraperlo, del
matute, en esas escenas vistas en el cine neorrealista , donde la
estilográfica, el falso reloj o los duros de plata adulterada podían
justificar el argumento de cualquier película.
- Tengo ex libris- volvió a decirme
en un susurro casi inaudible, mostrando un pequeño catalogo
plastificado de garabatos con los que algunos viciosos de la lectura
marcan sus libros como si fuesen reses de su ganadería, imitando
quizás a James Stewart o a Kirk Douglas en algún rancho de
celuloide.
Mi negativa instantánea, refleja ante
lo desconocido o inesperado, que no pocas perdidas me ha ocasionado,
me liberó del acoso y me dio la entrada a la memoria de ese
submundo, que creí desaparecido, de la venta personalizada, a través
de cauces tan viejos y en desuso como la mayoría de los libros
expuestos.
Conste que algunos de ellos gozaban de la marca de su
anterior dueño en la primera pagina, algunas de un barroco subido, y
no pocos incluyendo nombres y apellidos. Conste también que uno ha
pasado por la debilidad de elegir cierto día un tampón con
caracteres góticos y el grabado de un diablillo con guadaña, y
sellar con tinta bermeja algunas victimas de la estantería, de
cuando hubo una estantería, hoy toda la casa es un estante, a la vez
que la ingenua pretensión de registrar en propiedad algo tan
inasible, y afortunadamente perdurable, como los libros. Este pecado
venial me vuelve compasivo con la vanidad de aquellos que insisten en
trasvasar todo el agua del mar a su charquito en la playa. Vanitas
vanitatis.
Especial por su exagerado tamaño y por
añadir en filigrana el nombre de su ex, enriquecía cierto exlibris,
aquellos tres tomos con las obras completas -de momento, hasta que
surjan los inéditos- de Kafka, en cuidada encuadernación, ubicados
en alto, a la derecha del altar donde esperaba el termo y el
bocadillo del almuerzo. Pregunté, obviamente interesado por ellos, a
sabiendas de que serian unas segundas nupcias, en las que persistiría
el anillo de bodas inicial, del que no dudaba en desprenderme después
cortando el dedo anular, la hoja en cuestión, al llegar a casa.
Ante la estupefacción que me produjo
escuchar el precio que me pedía, seguramente incrementado
irracionalmente por el interés que el probable comprador estaba
manifestando – error que no me canso de repetir- el librero se vio
obligado a explicarme sus presuntos motivos:
-Es que ya vienen subrayados, como
usted puede comprobar- y un rápido movimiento del pulgar sobre las
hojas del ejemplar que tenia en mis manos, a modo de amoroso abanico
me confirmó el horror: lineas, párrafos y hasta paginas enteras,
sometidas a la violencia sexual, al estupro indecente del rotulador
verde, del marcador en manos de quien odiaba los libros, las mujeres
y, seguramente, la humanidad. Alguien que ha pretendido resumir,
limitar, digerir para un tercero inesperado, la prosa de Kafka. Otro
desengaño para mi pobre corazón, ya acostumbrado a boleros mucho
mas hirientes y desesperanzados y, por tanto, preparado para olvidar,
por aquello de que la distancia es el olvido y de que entonces me
daré la media vuelta, cosa que hice.
No obstante los libros, ellos, iban
llenando las bolsas, y ellas, dos, tres, en su incesante gravidez,
cortaban paulatinamente el riego sanguíneo en los dedos de mis manos
provocando el dolor físico y mental, intolerable para el adicto que
se encuentra incapacitado para decidir entre perder algún dedo, una
mano quizás, y el poder seguir husmeando, oliendo cubiertas y
oteando títulos en dosis ilimitadas para el vicioso que no
terminaría su adquisición compulsiva hasta escuchar como el cierre
sucesivo de las persianas metálicas le anunciaban la despedida hasta
el próximo año. Esplendida cosecha la del 19.
Y gris presagio para la lectura
venidera. Un nuevo autor se ha encaramado en el retablo, y a punto ha
estado de derribar a otros que creí imperecederos. No los ha
desplazado con malicia alguna, todo lo contrario, al encuadrarse
dentro del club de aquellos que te hacen leer a otros, de los que
disfrutan con la buena literatura y lo comparten contigo. Sucede que
es uno sobre el que apenas había frecuentado su lectura y, además,
lleva tiempo el hombre escribiendo sin la menor moderación. Estoy
refiriéndome a alguien que supongo tiene por lema aquello de “A la
cama no te irás, sin escribir otro relato más”. Aunque él los
llame "El salón de los pasos perdidos" y sean apuntes de un
diario que edita todos los años con el suficiente decalage
temporal, imprescindible para reelaborar ciertos pasajes y para
deslumbrar al lector con hechos y lugares que creía perdidos en el
tiempo. He perdido la cuenta de cuantos lleva publicados, de las
novelas y artículos que llevan intercalados, y mi única desgracia
es que tendré que leerlos todos, los vivos, los muertos, gracias a
su persistencia en el mundo del libro usado, y los futuros que vayan
apareciendo. Se trata de Andrés Trapiello, y figura, ya digo, en ese
lado del santoral donde se juntan las los afluentes mas caudalosos
del Nilo.
Uno se imaginaba feliz y satisfecho
habiendo leído “todo” de alguno de sus favoritos, Monterroso, o
Juan Rulfo, aquel mejicano que buscaba a su padre en el desierto de
su memoria, quizás también el chico de la cebada, contemplando
satisfecho las obras completas del trío en el rinconcito aquel de la
estantería. Asumiendo la imposibilidad de rascar poco mas de la
superficie visible de la obra de Zweig, de Borges, e incluso de mis
penúltimos proveedores, Pla o Ferlosio, imposibles por inabarcables.
Y ahora me sale otro de la misma estirpe. Otro vicio extenuante del
que se me amontonan los títulos por leer y me aterra pensar los que
tiene por publicar e incluso por escribir. Prometo, privado de la
voluntad, devoción absoluta al nuevo icono junto al sagrario.
Pocas veces encontramos a una persona
inteligente y honesta, hasta un momento al menos en que resulta
difícil dejar de serlo, por aquello de la condición humana, y que
comparte contigo esa visión de la vida que te produce bienestar. No
creo que en las farmacias ni en el camello de la esquina, pueda
encontrarse un estimulante mejor. Bienvenido,Trapiello.
...CERCA DE REINOSA. (Son el santo y seña que te permite la entrada al circulo del conocimiento. Si desconoces que cerca de Reinosa es el lugar donde nace el Ebro, dificilmente podrás comprender las motivaciones políticas del pueblo español de hoy). Claro que hoy no se llama pueblo, es el público nomás, y lo de español...
P.D.- Si. En Aligre todavía hay dias que te cobran un euro por libro. Si bien, lo normal es que puedas elegir dos libros por un euro, elegir entre miles, con la única limitación de su peso y la del vuelo low cost.
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jueves, 14 de febrero de 2019
! YA ESTÁ, YA ESTÁ !.-
Ya está, ya está.
Lo último de Kiko Veneno, que sigue
dando gloria a la nueva y vieja copla, referido a las yemas de la
higuera anunciándonos eso, la primavera.
(Iluminación de Alex Raymond).
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