sábado, 7 de mayo de 2022

KAFKA DESMITIFICADO.-

 



Kafka desmitificado.-

Leyendo a Camus en su ensayo sobre El mito de Sísifo, aprende uno que no hay penalidad tan grande para el hombre – el tal Sisifo, como todos los grandes personajes universales son solamente un alias, una imagen postiza del hombre corriente-- como el bajar la montaña para recoger otra vez el pedrusco vital, y tener que hacerlo sin alegría, sin la satisfacción que te produce el volver a empezar, a sabiendas de que el esfuerzo resultará interminable, tanto como la propia vida.

Camus le da la vuelta, reinterpreta la tragedia, descubriéndonos que es la libertad de volver a hacerlo lo que da grandeza al héroe, mostrada esta mediante la alegría y presteza en su descenso para reiniciar su pena, que puede que no sea tal.

Uno acaba reconciliándose con esos extraños personajes mitológicos, tan cercanos a las pesadillas de ciertos escritores adictos a licores, estupefacientes y otros venenos domésticos, de manera que entre pavorosos relatos y grabados de Doré, los dioses y semidioses -ahora abundan estos últimos, son plétora- se han convertido en figuras familiares, de las que situaríamos sobre el televisor, si saliesen ellos como regalo sorpresa en los huevos Kinder, y las teles fuesen como antes, de prominente trasero.


Camus y sus compinches existencialistas, al menos los que renunciaron al carnet del partido, nos aclaran la importancia del gerundio para aplicarnos a sobrevivir con la mayor dignidad posible, que no es tarea desdeñable. Usar héroes extraídos de la literatura primitiva, y elegir aquellos caídos en desgracia, como el tal Sísifo, no hace otra cosa que acercarlos al personaje que contemplamos cada mañana en el espejo. Si además te vuelves a lastimar la cara al afeitarte, estás viendo al mismísimo Sísifo, harto de pasar por idéntico trance una y otra vez.


Por aquello de rellenar el volumen, y justificar de esta manera el precio de la tan brillante como breve disquisición de Camus sobre la importancia del optimismo bajo las mas adversas circunstancias, añaden los editores ciertos artículos del autor que tienen cierta afinidad con el del título, y que no poseen envergadura suficiente para publicarse de forma individual.

Uno de estos figura como apéndice: La esperanza y lo absurdo en la obra de Kafka, y resulta ser el que vuelve a descubrirme otro personaje, detrás o quizás delante, seguramente superpuesto, al que veo en el espejo.

Dice Camus que leer a Kafka es releerlo, es volver a atrás varias veces necesariamente, para intentar encontrar el significado al simbolismo que envuelve a sus historias.

Busca elementos comunes en ellas, reflejos evidentes de la condición humana de sus protagonistas, asociaciones con los filósofos influyentes en aquella época, Kierkegaard, Nietzsche, e incluso referencias religiosas detrás de actitudes difícilmente comprensibles de otro modo, y nos desvela los argumentos de las más famosas: El Proceso, El Castillo, y ese cuento que se ha convertido en el apellido complementario y universal de Kafka, por encima de Kafka: La Metamorfosis. Y lo hace sin miedo a desvelar sus finales, sin evitar en el lector la actual actitud infantil de abortar el argumento en el punto previo a donde termina, a sabiendas de que la imprescindible relectura de sus obras, y de la obligada reflexión sobre lo que se ha leído, van a conducir al lector a unas interpretaciones que nunca serán univocas ni lineales.


Afirma la imposibilidad de incluirlo dentro de la literatura del absurdo, en tanto que sus personajes conviven con él mismísimo absurdo, asumiendo su normalidad, a la vez que con su principal virtud, la humildad, evitando que el sentido trágico de sus vicisitudes, se imponga al normal acatamiento de sus destinos. Volvemos a ver a Sísifo bajando raudo la montaña a recoger su piedra para repetir infinitamente la tarea asignada.

Habla Camus de esperanza, del motor oculto que mueve al ser humano a soportar situaciones que parecen aplastarlo, y que no pocas veces consiguen, confiando en que la noche mas oscura sea unicamente el heraldo de otra oportunidad, de la supervivencia quizás.

-Como un perro- es la última frase pronunciada por el protagonista de El Proceso en busca de lo imposible. Tampoco llegaremos a conocer si el agrimensor de El Castillo llega a consumar su propósito, la novela quedó inconclusa. Y sobre el destino del buen Samsa, el viajante convertido en insecto en La Metamorfosis, solo nos resta dar la vuelta a la historia, para descubrir la maravilla que encierra el que uno llegue a aceptar como propia del lector la visión que sobre él infeliz Samsa impone su entorno, el acoso de un medio hostil a partir de un determinado instante, antes cálido y familiar, y como esto llega a empequeñecer su autoestima convirtiéndolo en un insecto insignificante, al que la humildad no va salvar de un fin inevitable para el personaje, salvo que el el lector intuya, que despierte, que entienda la necesidad de empezar de nuevo, escapar por cualquier rendija y buscar otro ambiente humano donde su imagen sea aceptada sin prejuicios y ello le permita mirarse en el espejo sin ver insecto alguno.


Y ahí nos vemos, nos encontramos todos protagonizando supuestamente la cucaracha de Kafka, comprobando que en su percepción sobre la persona, sobre cualquiera, la fantasía no era tal, y que de absurdo no tenía nada. Quizás hasta que uno no ha vivido una situación similar, y ojalá no la vivas nunca, no llegue a a descifrar el simbolismo de la historia. Pero al menos puede comprender que la esperanza, la escapatoria, que Kafka no le ofrece al Samsa insecto, la tenemos todos a nuestro alcance.


Otro enigma fundamental, también apuntado en el mundo literario kafkiano, es el adivinar, identificar ese instante en el que cambiase de modo radical la imagen que dábamos a nuestro circulo, y que este nos devolvió convirtiéndonos en el ser repugnante que llegamos a creer como propio. Este es el asunto principal que nos muestra en El Proceso. La frustrada búsqueda de lo intangible y lo ininteligible, el punto de no retorno que tan imprescindible resulta conocer para no volver a cometer el error, entonces desconocido, ahora pretérito y siempre imperdonable al parecer de los otros. Aquí, renacidos, solo la humildad y la esperanza, otra vez, son las que nos permitirán seguir caminando, una vez hayamos escapado por la hendidura de la ventana que la vida ha puesto a nuestro alcance, y nos encontremos dispuestos a volver a recoger la piedra en la base de la montaña, a volver a empezar.


Hasta aquí una de la relecturas de estos dos clásicos. Con seguridad que tienen otras, pero no están disponibles por ahora para un lector a quien faltan todavía años de experiencia vital para encontrarlas. Habrá que dejar transcurrir otro puñado de años para que afloren en su limitado conocimiento, ocultas en el mismo texto que leyó como cuento absurdo en su adolescencia, para que asomen, para que se dejen entrever sobre la arena del desierto de su ignorancia, y bajo el la neblina matutina que difumina la linea del horizonte.

Le quedan el tiempo y la esperanza. No es poco.



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