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lunes, 30 de octubre de 2017

CUADERNO DE BITÁCORA DEL 27 DE OCTUBRE.-


 
Al pairo.-

Navegar al pairo, o hacerlo con un velero en calma chicha.
Términos náuticos que aprendimos gracias a D. Emilio Salgari, y sus “Tigres de Mompracem”.

Lo primero es difícil, mantener inmóvil tu navío en medio de una corriente. Hay que tener alguna dote como navegante, y medios técnicos auxiliares con capacidad de compensar la fuerza de la corriente, además de resultar estos de limitada o nula eficacia cuando la fuerza del caudal supera ciertos límites, los tuyos.
Lo segundo es ciertamente imposible, sin viento el barco de vela se convierte en un mero flotador y sus ocupantes solo pueden intentar sobrevivir hasta donde les sea posible, implorando a los dioses, al cielo en su primera acepción, e incluso a la generosa corriente del golfo, siempre que esta se encuentre cercana del barco inmóvil, y siempre que el golfo sea aquel más conveniente para nuestros intereses.

Son dos palabras que inducen la risa a pesar de su inequívoco y contundente significado, al pairo, usado despectivamente para cualquier asunto que dejamos de lado, y sobre el que afirmamos no tener el menor interés en inmiscuirnos. Y la de chicha, adjetivando a calma, dos bisílabos, con su ch repetida, que tanto inducen al chiste fácil. Si bien nos coloca esta última calma en el desasosiego y la frustración al no depender de nuestra voluntad la capacidad de salir de ella. Aquí el libre albedrío no ha lugar alguno. Tan solo el llanto.

Estas inefables consideraciones surgidas del conocimiento infantil, atesorado a través de las malas lecturas – si hubiese tenido a Heidegger a mano, o mejor a Camus, otro gallo me hubiese despertado por las mañanas - se convierten en la luz cegadora y celestial que ilumina la mente más tenebrosa –de tinieblas- como es el caso.
Sirven para definir con precisión absoluta la situación política en la que se encuentra el país, y la de sus afectados- que no desafectos- ciudadanos.

Jerarcas navegando al pairo, temerosos de que la corriente de los tiempos, que es la del progreso de la historia, del devenir imparable del día después que, suele venir siempre a continuación del actual, se los lleve hacia al desagüe del fregadero, o de la bañera, donde los niños traviesos juegan con sus barcos a regatas ficticias, haciendo trampas inocentes, empujando el barco con la mano, o sujetándolo para que no escape, situaciones inconcebibles en el mar o en la mar, que es como dicen los poetas.

Curiosamente los niños no juegan ahora, supongo, a batallas marinas, ignorantes de lo que sucedió en Salamina y afortunadamente alejados por la distancia de siete décadas, de las batallas navales de “la Gran Guerra Patriótica” como fue llamada en el mundo soviético la II WW. Hechos bélicos que tanto placer dieron a los charcos de mi infancia, enriquecidos por las heroicidades de Sandokán, y las de los portaviones yanquis.

Curiosamente, también por aquello de mantenerse al pairo, a nadie se le ocurre asociar el juego de un niño en la bañera con las “aventuras” de los cayucos y de las pateras donde perecen, ahora mismo, miles de personas en situación de desamparo absoluto, y no solo de la literatura, de los noticiarios, y por supuesto también de la fantasía de los niños y de otros que parece que no han dejado de serlo.

Todo el mundo al pairo, y aquí no paga nadie como pregonaba Darío Fo, que fue otro escritor que me pilló a continuación de Salgari, con sus humanidades ficticias o fantásticas que no son sinónimas, o quizás si.

En el mientras, en el gerundio infinito de la calma chicha, nos encontramos todas las victimas, conscientes e inconscientes, pero en todo caso responsables por inacción de habernos dejado llevar a un cuadrante del mar donde el horizonte solo muestra agua y más agua –y sigue sin llover- y los medios disponibles para salir del punto muerto son nulos.
Esperando que el viento reanude su labor, la ayuda externa quizás de barcos de otros países, y temerosos de que la única salvación procede otra vez del golfo o golfos que, intentarán convencernos de la suerte para nosotros de ser llevados a sus puertos, para seguir otra vez en idéntico punto donde nos dejaron, momentáneamente desesperados, en previsión de que volvamos a pedir socorro, a ellos, a los golfos, a los nuestros.

Cuarenta años gastados para convencernos de que aquello no existió jamás, ni sus causas, ni sus artífices, ni sus ejecutores y beneficiarios. Y cuando casi lo habían -habíamos-conseguido resulta que nanai. Que “aquello” sigue vivo y que, sorprendentemente, somos nosotros, las victimas, los culpables del mal que estábamos en trance de negar, de ignorar, al menos de olvidar. Que dos generaciones completas, no pueden heredar el rencor, ni mucho menos el horror, sufrido por una tercera. Aunque sirva la memoria para recordar los baches del camino, los lugares donde hubo un desprendimiento, o los senderos que no llevan a ninguna parte, cualquier cosa que pueda evitar el dolor, el peor de todos, el que se acompaña del recuerdo de idéntico dolor, algo que lo hace insoportable.
Continuamos siendo acusados de …istas, no importan las primeras letras, tan solo que enfrente tenemos otro equipo de otra variedad de …istas, y que estamos obligados a jugar hasta vencer o perecer en el intento. O eso, o mantenernos al pairo que, seguramente es un método de navegación en absoluto gratuito, imprescindible en ciertas ocasiones y, en todo caso asumido, igual que dejarse llevar por la corriente, o en subir río arriba hasta reventar la caldera, igual que el Tramp Steamer de Álvaro Mutis, como parte consciente, informada, motivada y voluntariamente enrolada, en la tripulación del barco que va a iniciar una maniobra arriesgada.
Una calma chicha de cuarenta años, precedida de otros cuarenta, debería ser razón más que suficiente para que regresemos a los filósofos griegos, o a donde sea necesario, para encontrar soluciones a problemas tan viejos como ellos.


“Porque cada una de ellas es muchísimas ciudades.
Como mínimo dos, enemigas entre sí, la de los pobres y la de los ricos”.

(Platón. La Républica. libro IV).




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jueves, 26 de octubre de 2017

ESTUPEFACTO Y EXHAUSTO, ME TIENEN.-






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lunes, 23 de octubre de 2017

DI MÁS, BAGHEERA, DI MÁS.-


                                      

Hay sueños recurrentes, que aparecen periódicamente, sin frecuencia fija, que te hacen sentir como un personaje dentro de tu propia historia. Suelen estar compuestos de elementos que te resultan familiares y estar relacionados con algún aspecto de tu vida real. Aun sin cuidar ciertos detalles descriptivos con precisión, el decorado y la secuencia del episodio, te hacen ver que la situación es momentáneamente apacible o desapacible, según toque ese día en la cartelera, pero que, en todo caso, estás dentro de tu película.

Los desagradables, a pesar de que por su esencia de manifestaciones mentales en un durmiente, quedan difuminados como las nubes que se deshilachan y desaparecen antes de que consigas aclarar si son cirros o nimbos, son motivos esplendidos para guardar en una carpeta y ofrecérsela después al psiquiatra. En mi caso, entiendo que debo disponer de una cabeza borradora tan inadvertida como inconsciente cuya misión es anularlos antes de que queden grabados, en esa fuga hacia la consciencia que suelen efectuar ellos antes del despertar. Ello me priva del placer de las pesadillas, de alimentar el sadomaso que todos llevamos dentro, oculto sin duda, y que tanta inspiración ha generado a los autores románticos o góticos, o incluso del género de terror. 

Hay otros neutros, en tanto que las sensaciones quedan en un segundo plano y se limitan a llevarte por caminos trillados y ambientes cotidianos. Pertenecen estos a la categoría de despreciables por su falta de interés emocional, y te hacen reflexionar sobre la perdida de tiempo en que puede llegar a convertirse el tiempo perdido de los sueños. En todo caso no tienen suficiente entidad para guardarlos en carpeta alguna, ni mucho menos para llevarlos al psiquiatra, bajo riesgo de que este se predisponga instantáneamente contigo o, lo que es peor, te califique rápidamente como alguien tan simple que es incapaz de hacerse daño. Y de eso tratan en parte, los sueños y supongo, los psiquiatras.

El caso es que los míos, desde hace algún tiempo, han entrado en una fase de sesión continua de sábado por la tarde, en horario juvenil, calificación 1, aptos para todos los públicos, o quizás 2, tolerado jóvenes. Sueños amables, repetidos con tal insistencia que uno llega a confundirlos con la realidad cercana, quizás por venir, pero en todo caso posible y, afortunadamente, amable.

Este, que os cuento, es el de un cachorrillo que lleva tiempo dándome la alegría de acompañarme en las horas difusas de la fase REM del sueño. Un cachorro color canela, con pocas semanas de vida, quizás meses -que no se lo he preguntado- , y que no hace más que brincar a mi lado y dejarse acariciar mientras leo en los ratos que me permite su insaciable deseo de juego. 
Os lo puedo describir con todo detalle y lo único que voy a conseguir es que me digáis la marca y el modelo, incluso la seguridad del pedigrí por ciertos rasgos definitorios. Pero más allá de la suavidad de su pelo, corto, del color inequívoco de perro soñado, y del calorcito que desprende en mi mano su piel de bebé en ciernes de dejar de serlo, creo que no tiene sentido intentar retratar una sensación que, al fin y al cabo, es la que surge, tomando forma en las imágenes de mi perrito.

Obviamente, se ha repetido varias veces, quizás muchas, y al ser una experiencia benefactora, no he tenido en cuenta el numero de ellas, hasta el incidente de esta última vez, la semana pasada.

En la mitad del sueño, en pleno momento de satisfacción rascándole la tripa al animalito, o quizás intentando que suelte el mordisco del cordón de mi zapato, algo con lo que suele disfrutar y que tanto me cuesta después liberar, he tenido un instante de lucidez, un indicio de preocupación, de responsabilidad sobre el cachorro, y una duda me ha invadido, siempre dentro del sueño, una tremenda duda que me hace pensar si no estaré malcriandolo y, lo que es peor, si podré educarlo más tarde con la necesaria autoridad, después de los mimos prodigados durante tanto tiempo.

El despertar ha sido una doble revelación, por un lado el descubrir que los sueños pueden plantearte con nitidez cuestiones que en la vida real te pasan desapercibidas, y ciertamente cargadas de fundamento, como es el caso. Por otro, y esta es peor, rayando con lo terrorífico, la incapacidad que, presumo, voy a tener, para modificar el desarrollo de esta historia , absolutamente personal, en las sucesivas e inevitables proyecciones de esta secuencia. No puedo saber si seguiré repitiendo el apacible intercambio cariñoso, con la ausencia de disquisiciones de indole moral o filosófica, como figura irresponsable en la educación de un perro en crecimiento inevitable, o si esta progresión en su madurez me será ofrecida en el programa cinematográfico pre-despertar y llegaré a poder convertirlo en un perro de pro, un responsable y fiel amigo de su amo. Prometo contároslo si ha lugar.

Pobre perro, donde ha ido a caer.




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viernes, 13 de octubre de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (88)


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martes, 10 de octubre de 2017

CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR, O NO.-




Le escuché decir a alguien que, para conocer una ciudad, o un pueblo, resultaba imprescindible observar con detenimiento un par de escenarios, el cementerio y el mercado. No hubo mas explicaciones, y el aforismo que parecía harto sensato no aclaraba su fundamento, que a poco que reflexionemos se desvela con la luz cegadora de la sabiduría milenaria de sus inventores. El pasado, el camposanto, dice mucho sobre cualquier comunidad, tanto en su ornamentación más o menos florida, en la pluralidad de los apellidos, descartando endogamias excluyentes, y en el estado de conservación de sus instalaciones que refleja el buen gobierno municipal, en el caso de que así sea.
La otra parte, el mercado, quizás sea absolutamente definitoria de la realidad local, del presente económico de sus ciudadanos. La variedad de productos y su nivel de calidad son un reflejo certero sobre el grado de bienestar de la población.

Hoy día, el viajero tiene poco o ningún interés por conocer cualquier aspecto del lugar visitado, aparte de aquellos imprescindibles reseñados en su guía de viajes. Si bien hasta hace bien poco la información sobre un lugar concreto de nuestro país –todavía país – solo podía encontrarse en El Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar (1846-1850) de Pascual Madoz, algo tan incierto como anacrónico, desfasado por la inexorable realidad sometida al transcurso de los años, siglos. El tiempo otra vez.

Y lo que ahora asumimos como prescindible y falto de interés, resultaba vital para cualquier funcionario nómada que tuviese que elegir destino, para cualquier aspirante a sedentario que necesitase establecer su negocio o vivienda, o incluso para los circos que fijaban las paradas de sus itinerarios circulares basándose en la rentabilidad de sus etapas. De todo ha habido en la vida de los transeúntes forzosos, y el tener ojeadores analizando mercados y cementerios no resultaba en absoluto gratuito.

Hoy quedan totalmente obsoletas estas referencias, los mercados, desaparecidos forzosamente, engullidos por los centros comerciales y por las compras semanales o quincenales, cuando no por las entregas a domicilio; los cementerios condenados a la inanidad de quien ya no es necesario, pudiendo los dolientes tener el muerto en casa, guardando sus cenizas en una discreta urna junto al televisor.

Sin embargo –siempre hay un sin embargo – podemos observar, a poco que prestemos atención a lo que ven nuestros ojos, aunque sea de pasada, sin necesitar mucha intencionalidad en ello, algunos indicios sobre la realidad de los lugares por donde pasamos, y el como esos indicios, esos hologramas semiocultos nos están presentando evidencias sobre el nivel cultural y económico, y lo que es más importante, sobre su reciente evolución. Si le añadimos su ubicuidad, la repetición de esos fenómenos que denuncian la transformación, lamentablemente negativa, de los hábitos sociales, en cualquier ciudad por la que deambules, por muy alejadas que estén unas de otras, y sin limitarlas a un país o continente, el reflejo que nos llega resulta grotescamente aterrador.

Paso por ver en las calles comerciales, la calle mayor de cualquier ciudad, la proliferación de los locales que compran oro, la reaparición de los prestamistas que a lo largo de la historia se han beneficiado de la pobreza colectiva, estando el oficio historica e injustamente asociado a determinada etnia religiosa, aunque hoy sea dogma de fe no aceptar la existencia de etnias y menos religiosas. Supongo que eso fue en otra época y en otra historia y que, incluso, realizaban una labor social, como la elevada a nivel institucional en nuestros montes de piedad de infausto final. Y también supongo que ese es uno de los oficios, el de prestamista, más viejos del mundo, si no el que más, aunque..
Aunque no me asombra esta nueva versión del oficio, ni su traslado desde las callejuelas oscuras de las novelas hasta los mejorados locales, las esquinas de cualquier calle mayor.

 

Lo que me ha sorprendido, por lo novedoso, y por el cambio moral en el colectivo que representa, es la externalización de otro viejo monstruo social, la puesta en evidencia sin reparos de tipo alguno, la ocupación masiva en cualquier ciudad de aquellos lugares privilegiados, locales enormes, antaño bancos de postín, o incluso palacios o templos culturales como el ejemplo de la foto que tomé la semana pasada en Palermo. El Gran Teatro Nazional, convertido en… un local de juego. Ni siquiera en la sala de un casino, que también tienen su historia, su corazoncito, y su hueco en la literatura dramática.

Sencillamente convertidos, todos ellos, en locales representativos de franquicias dedicadas al vicio del juego, la ludopatía, y en su forma actual, juegos deportivos. Les falta el segundo apellido, el de benéfícos, como tenían las quinielas y los montepíos de las cajas de ahorro, pero no han prescindido del comodín, de la pantalla, del disfraz, deportivos. Desconozco si el asunto deportivo hace referencia a los partidos de fútbol, y sus resultados, sobre los que a menudo efectúan las apuestas, o si realmente la actividad deportiva es el apostar en las taquillas, parecidas a las de los hipódromos que salen en las películas, que también los potros y los galgos han sido usados como pretexto.
En todo caso no se han atrevido con la etiqueta de benéfico y si han debido contar, miserablemente, con la tolerancia de las instituciones responsables, que por algún sitio andarán sus responsabilidades, a la hora de transformar un teatro esplendido, o miles, en lugares de perdición, que nos muestran el declive, la degeneración, la decadencia moral, no solo visual, de los lugares que habitamos.

Vale, hemos desmitificado, y corregido, el injusto error de nuestros conceptos sobre Sodoma, que falta hacia. Ahora nos hemos quedado solos ante Gomorra, y solo nos queda esperar el asunto de la sal, que no se si será como flor, escamas , o sal maldon. Yo por si acaso no pienso mirar hacia atrás.

No estoy recreándome en la melancolía de quien ve el paisaje deteriorándose ante sus ojos. Ni mucho menos amparándome en las doctrinas morales, o en sus restos, para recrearme en el vade retro del diabólico mal. Al menos no solo eso. Mi irritación inicial ha sido producida al ver como una actividad que no aporta absolutamente nada positivo al bien común, al PIB, o al progreso social, va ocupando paulatinamente una porción cada vez mayor de la tarta económica de nuestro país - ¿nuestro?-. Loterías, casinos, casas de juego, están apartando para su beneficio una parte significativa del capital humano y económico, sin dejarnos otra cosa que la imagen de un negocio de manos muertas, no productivas, dedicado a la distribución de otra droga legal, además del alcohol y el tabaco, ahora el juego.




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sábado, 7 de octubre de 2017

OTRA MUESCA EN LA CULATA. TOM PETTY.-





Resisten en O.K Corral, Doc Holliday y Wyatt Earp. La peli no ha terminado.-



miércoles, 4 de octubre de 2017

EL TUNEL DEL TIEMPO EXISTE. YO HE ESTADO ALLÍ .-




Congelar el tiempo, recuperarlo cuando se ha perdido, o intentar introducirse en aquel momento imposible, anterior o posterior a la proia existencia individual. Esas son algunas de la claves de su uso, la cuarta dimensión omnipresente siempre para los artistas, a vueltas con ese imparable movimiento continuo que escapa a cualquier intento de detenerlo, aunque sea únicamente por un instante. ¿Cuánto dura un instante?.



Hay otros factores indirectos, más allá del reloj o el calendario, que abundan sobre la necesidad de tomarlo en consideración como parte de nuestra propia existencia, espejo imprescindible sobre el que se proyectan el transcurso de los días y los años pasando sobre los otros, y también sobre las cosas, ciudades, paisajes.



Me viene esa sensación, de innegable inicio de agostamiento, justo a la entrada de la exposición, de esa y de todas. Desde hace poco, indefinido el cuanto del poco, siento las piernas cansadas, incluso doloridas al comenzar, incluso antes de hacerlo, cualquier visita a un museo o sala de exposiciones. Asumo el subjetivismo de quien comienza fresco físicamente la sesión, y presume que un par de horas después las piernas van a protestar al permanecer erguido ante una deambulación prácticamente inexistente. Es una anticipación tan psicológica como real que me hace incomoda la asistencia a cualquier evento expositivo, sin llegar a convertirse en disuasoria, afortunadamente.



En esta ocasión encuentro enseguida, justo después de las dos primeras salas, las de los antipasti y los contorni, los rellenos inevitables que justifican el apellido “antológica”, al llegar al espacio principal tanto por sus dimensiones como por el fundamento de su  contenido, un banco largo y mullido, quiero recordar, justo enfrente del panel prodigioso.



Tampoco me atrevería a afirmar si la inmediata sedestación fue debida al alien que se había adueñado de mis piernas desde la puerta de entrada, o a aquel retrato multidimensional cuya contemplación me había impelido a situarme frente a el para ignorar la duración de esta actividad gozosa.


El caso es que permanecí así, sentado y absorto contemplando el misterio que se desvelaba ante mis ojos. El paso del tiempo año tras año, durante más de cuarenta, en los retratos de las hermanas Brown. De las cuñadas en realidad, porque son las tres hermanas junto a la esposa del fotógrafo, la que no cuenta, como tampoco lo hace el artista detrás de la cámara, a los que ignoras a pesar de su obstinados autorretratos con objetivos macro, intentando demostrar que un poro de la piel o un pelo del bigote pueden definir un rostro, y que, en todo caso, solo sirven para reconducir nuestra mirada hacia el de las cuñadas, desde 1975 hasta 2017, o lo que es igual, pero más importante, desde los 17 años hasta los…



Terrible contemplar el transcurso de una vida entera, de múltiples vidas, incluyendo la tuya, y de volver insistentemente diez o veinte años atrás, fotos en una o dos hileras más altas de las que se acercan a la actualidad. No son únicamente las arrugas, indefectibles, la transformación facial cuando los músculos van debilitándose y la grasa de la piel va rellenando oquedades y borrando pómulos y otras prominencias. También el cabello perdiendo en parte su brillo primigenio, y su color, autentico o impostado por los colorantes, nos permite verlo escasear y cobrar una fuerza robusta, la del superviviente, generando la sensación de estar contemplando una transformación temible a la vez que misteriosa, hipnotizado por esos ojos cuya luz han dejado de reflejar las esperanzas que tenían delante hace cuarenta años, y que van paulatina e inexorablemente transportándote hacia la placidez de quienes vuelven de un largo festival, probablemente satisfechos y ciertamente cansados, muy cansados.



Te ves en ellos, te ves en ellas, en su indumentaria, cuya observación nos situaría en la fecha aproximada de cada instantánea, sin apenas necesidad de fijarte en el año que fecha cada imagen. Y vuelves a retroceder, a mirar los rostros juveniles de aquellas chicas, en un tiempo en que tu tenias su misma edad, y luego avanzas hacia lo que te espera, sin temor, y sin la certeza de que hayas llegado todavía a aparecer en la cercanía de sus últimos retratos.



Realmente hace un rato que ha dejado de importarte, aun sabiendo que estas allí, con ellas. Vuelves a mirar sus rostros, una por una, tan parecidas y tan diferentes, y te resbalas por el tobogán de la vida sin necesidad de comprar el billete en la estación de salida, y sin importarte lo que vas a encontrar tras cada curva, sin saber si ellas vienen detrás o van delante de ti, ahora solo importa sentir el movimiento de esa dimensión inaprensible, el tiempo.



Magia absoluta la que exhibe ante nuestra mirada el fotógrafo que probablemente se ha limitado a aprovechar el cumpleaños de alguna de ellas para inmortalizar repetidamente el instante para el recuerdo, maravilloso recuerdo.



Nicholas Nixon.




  
 

  
  


 

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En Fundación MAPFRE hasta el 7 de enero. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

PADRE E HIJO.- (SEGÚN TANIGUCHI Y....)






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EN LOS SESENTA, ESTO NO ERA MACHISMO.-






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miércoles, 6 de septiembre de 2017

JUAN BELMONTE SEGÚN CHAVES NOGALES .-



Biografía narrada en primera persona por el protagonista, hijo de un chamarilero de la Alameda de Hércules, más tarde trianero y postinero.
El retrato costumbrista de la Andalucia de un siglo atrás lo veo tan familiar como el ovalado de los rostros de los abuelos, en gris evanescente, que tuve frente a mí en el comedor durante años inolvidables. A mi hermano, sentado frente a mí, le tocaría memorizar la sagrada cena, en colorines, y supongo que seguirá viéndola cada vez que la gripe eleve su temperatura por encima del nivel alucinatorio.

Quizás nada diferente de lo que vivimos hasta hace bien poco, con los dos dos o tres hiatos sociales y económicos que han pulverizado la continuidad de las costumbres y el modo de vida, y por tanto, el de relacionarnos de los españoles. Hasta la tragedia aquella, la mera supervivencia resultaba milagrosa y ello era más acusado en el Sur y en la Raya, donde el retraso en muchos aspectos respecto al resto del país, era de varias décadas. No fue hasta los sesenta en que, con el advenimiento catódico y la oleada de la emigración con retorno periódico debido a las facilidades de los universalizados transportes por carretera, pudimos considerarnos realmente una unidad de destino en lo universal, para bien o para mal, como llevaban diciéndonos desde mucho tiempo atrás.

 Hasta entonces esa unidad era unicamente un acto de fe, por el que suponíamos que vascos o catalanes malvivían igual que nosotros y los chicos de la capital disfrutaban con nuestros mismos juegos, solo que algo más pálidos de piel, y más cercanos al dios unificador, al Real Madrid, que es quien supongo personalizaba y sigue justificando aquella unidad de destino en lo universal.

La infancia de Juan Belmonte, a principios del siglo pasado, tiene tantos puntos en común con la me tocó en suerte, cincuenta años después, que ese lapso de medio siglo, ese retraso forzoso por aquello de la autarquía de marras, me resulta una bendición a la hora de recuperar las figuras de caramelo rojo pinchadas en un palo, con forma de gallo o de pez, que tanto Belmonte como un servidor hemos disfrutado y que, nunca más.

Bueno, de este hombre conocía la leyenda, que incluía un triste final, desgraciadamente real, y su presunta y voluntaria adscripción al grupo de los “desafectos”, condición que curiosamente sigue presente en ciertas zonas donde el poder se eterniza durante generaciones en las mismas manos. En cualquier sistema totalitario debes pertenecer forzosamente al grupo de los “afectos” - el gallego pronunciaba “afeto”- o al de los “desafectos”, no hay termino medio, y los simpatizantes del Atleti siempre hemos sufrido la conmiseración de los auténticos creyentes en las dos españas, solamente dos.

Curiosamente, - la biografía del torero está llena de curiosidades que no son tales- el cacique de Sevilla en aquellos tiempos, quién auspiciaría, simplemente consintiendo, como todo cacique, la carrera del torerillo, se llamaba Rodriguez de la Borbolla, como su hijo o nieto - dinastias que se perpetúan- quién sería presidente democrático de la comunidad. Uno despachaba, y sigue despachando, en el casino de la calle Sierpes, y el otro en la sede del gobierno andaluz.

Hoy sin embargo no parece creible que ningún torero actual haya tenido que pasar hambre, invitado forzoso en las cárceles de los pueblos durante la capea, o mendigando, a veces malherido, por los cortijos. Desde hace tiempo, los padrinos son sus familiares, cuando no pertenecen directamente a una estirpe que les facilita el nombre y hasta la gloria por herencia, Alguna diferencia existe en el oficio y en su aprendizaje, naturalmente. Si bien curiosamente -otra vez- ya en tiempos de Belmonte los antitaurinos se movilizaban contra la sed de sangre por parte de las masas endomingadas. Nada nuevo en ruedo ibérico y, en todo caso, ineficaz manera de intentar cambiar esa faceta de la condición humana.

El género biografía impone sus condiciones, más allá de los paralelismos que una época establezca sobre otra. Es la historia de un personaje trasmutado en persona por obra y gracia de Manuel Chaves – curiosidades sin fin, nombres repetidos – quien nos va describiendo el progreso de un chiquillo de arrabal hacia la persona excepcional en que llegó a convertirse, hacia esa figura a quien la fama ni el dinero privan de humildad en ningún momento, y quien, con la mayor humanidad, nos va descubriendo paises, amigos, y toda la parafernalia que rodea a ese mundo donde la gloria estaba al alcance de muy pocos.

Nos descubre a Valle Inclán toreando en cierto tentadero, sin el riesgo de que nadie le llamase paratorero, por aquello del brazo único, y su arraigada amistad con Belmonte a quien llego a alabarle con aquella frase de leyenda; “Ya lo has hecho todo en el mundo de los toros Juan. Solo te falta morir en la plaza” y la servicial respuesta del torero: “Se hará lo que se pueda, Don Ramón”.
Quién si lo hizo fue su pareja de baile durante muchas temporadas, Joselito.

El maletilla convertido en señor latifundista, el Don Juan que sufre desde su cortijo la antipatía hacia los señoritos y la acometida de los primeros y últimos intentos de socialización de los bienes de producción agraria, como explicaban los mesías de aquella revolución que nunca fue.

Lástima de finalizar la novela de una vida en la mitad, justo en medio de la niebla que aleja al escritor hasta su inmediata desaparición en el exilio, devolviendo al torero a su mundo interior y a la peor de las censuras, la de la ignorancia, el ostracismo de quién no conviene tener cerca, quizás por impertinente, quizás por disponer de una presunta audiencia popular que convertiría en peligrosas sus declaraciones. Nunca lo sabremos. Para mi es solo un fantasma de la época del blanco y negro.

El que se quitase la vida cuando yo estaba haciendo la primera comunión, ya lo sitúa en una galaxia pretérita, el que lo hiciese en su finca de Utrera, donde cuarenta años antes había llamado a la puerta para pedir un poco de pan y unas gotas de aceite, escuchando el revulsivo “Perdona por Dios” que a punto estuvo a convertirlo en un pordiosero vitalicio, son anécdotas que asemejan círculos que se cierran sobre la vida de cada cual. Curiosidades que te aproximan y te alejan a la fortuna de una figura estimable de la que lamentaremos desconocer sus ideas y opiniones durante la última mitad de su vida. La primera resultó excepcional si creemos a Chaves Nogales.

–“Pue... pue entonces –decía, ante cualquier problema– no queda má solución que er tiro; er tiro y ermontoncito de tierra... er montoncito...

Al entierro no fue mucha gente. A sus funerales, nadie. La Iglesia pasó por alto el suicidio. A muchos les pareció, el acto de Juan, una cobardía; a otros, un acto de entereza, digno de Belmonte. La gente joven no se emocionó: siguió hablando de fútbol.
(Andrés Martínez de León)

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jueves, 31 de agosto de 2017

REVISTA ALCONETAR. EN SU ANIVERSARIO.-



La Última Película del Cine Colón.- 

(Sic transit gloria mundi).




Vendrá un tiempo, dentro de nada, en que la memoria de los que recuerden el cine siga idéntico camino, el del olvido, que el de los rollos del celuloide y las salas extintas donde se realizaba la función. Que así se llamaba, función de cine.




Junto a La Laguna, que tampoco es ahora una laguna, hubo una venta que un siglo atrás se convirtió en cine, nuestro Cine de Ligero, y hay que mencionar a su promotor, el industrioso sevillano sin el que no habríamos disfrutado de este invento. Hubo otro cine complementario, el de verano, en un huerto cercano, y entre ambos, con sus pipas y sus gaseosas nos tuvieron entretenidos durante medio siglo.



La importancia que ello tuvo para las generaciones que lo disfrutamos fue tremenda. Era la única ventana disponible hacia el mundo de la imagen y en cierto modo al de la cultura, cuando la radio estaba limitada a tres emisoras y la televisión, su depredadora natural, quedaba muy lejos. Allí se ejecutaba el ansiado ritual de fin de semana. Entramos como niños y salimos adolescentes en la sala oscura, en un blanco y negro que se extendía fuera hacia la calle, durante unos años terribles en los que los chicos de mi edad desaparecían paulatinamente sin avisar, con el exilio laboral forzado de sus padres que poco a poco nos alcanzaría a casi todos. El cine era el consuelo que nos quedaba, la droga inofensiva de la ensoñación que nos ofrecían las películas, junto a los momentos de convivencia, que nos regalaban los largos e innumerables descansos entre bobina y bobina. Una válvula de esperanza hacia tiempos mejores o, en todo caso, hacia el titulo del siguiente domingo.



Nuestro folclore dominaba la cartelera. El cine de toreros y de copla, que se complementaba con los discos que el pick up del local repetia hasta grabarlos para siempre en nuestra cabeza: “El Emigrante” de Valderrama o el “Soy minero” de Molina, a los que veríamos en películas repuestas incansablemente año tras año y, con suerte, en actuaciones en vivo durante sus giras de viejas glorias, mostrando una decadencia tan imparable como la del número de habitantes de nuestro pueblo, o como la del cine en general.



Llegamos no obstante, a disfrutar los estertores de su edad de oro, y nombres como Tony Curtis o Burt Lancaster se convirtieron en iconos para nosotros, llegando a la cumbre con las películas programadas en las fiestas locales, los toros y la feria, en la que ambos locales rivalizaban con títulos realmente inolvidables. Carteles colgados en sus paredes durante semanas y que nos excitaban en la espera. Cartelera de cuadros sueltos en cierta fachada de La Laguna, hacia donde sigue desviándose mi mirada cada vez que entro en ella.



Y es que he visto en ese cine cosas que no podréis creer, y no son naves en llamas más allá de Orión, no. Son redadas de la policía en el gallinero y peleas para llevar a la gente a los cursos obligatorios de alfabetización para adultos que, mira por donde, eran a la misma hora.

He visto al proyeccionista bajar hacia el público después de ver el "FIN" en aquella película tan corta, para escucharlo gritar: “No os vayáis, que me he equivocado con los rollos, y ahora os pongo el comienzo de la película”.

He visto suspender la proyección para invitar a los varones a subir a los camiones para apagar algún incendio, y los he visto escabullirse hábilmente.

He visto el intento de reclutar espectadores entre los paseantes de la carretera, para poder realizar la última proyección, al menos con ocho entradas, y no conseguirlo. En lo que se presumía final de una época y de un entretenimiento que pasaría años después a otro estado y otro lugar, la gran ciudad.

He visto hundirse una desvencijada silla de madera con su ocupante entrado en carnes, en el cine de verano, y las risas del publico felizmente recompensado al encontrar respuesta a la pregunta que realmente justificaba la hilaridad: ¿Quién ha sido?





Pero hay infinidad de recuerdos, algunos ni siquiera vividos allí que afloran, y enriquecen los propios de aquellos dos modestos locales. Locales sencillos que eran una extensión transitoria de nuestra propia casa y de los que siguen emanando esporádicamente, pistas que me aclaran claves sobre los años de esplendor en la hierba de los niños que fuimos y de nuestro entorno prodigioso.

He vuelto a ver “Surcos” hace poco, y he descubierto en ella, y en otras de aquellos años, la razón del mote de algún paisano al que sin duda encontraron parecido con el personaje que desde entonces le prestaría el nombre.



 

He disfrutado, no hace mucho, de un tinto garnacha de cepas viejas, y su olor... mira por donde era el de la mistela. Aquella bebida, licor, que solo vi y pude oler a veces, en el ambigú del cine Colon en mi tiernos años. Algo que nunca probé, obviamente, y que en ningún otro lugar del pueblo, ni de otra parte, he vuelto a encontrar. El olor persistía en el recuerdo, devolviéndome con su prodigiosa reaparición , a un lugar y a un tiempo felices que seguirán existiendo en la memoria.



Curiosamente, estas sensaciones, y estas vivencias añoradas, se han repetido con seguridad en aquellos lugares para los que el cine tuvo la misma importancia que para nosotros. Hemos participado en una experiencia que nos ha marcado de alguna manera en el desarrollo personal, en la manera de madurar ante la vida, y ello ha sucedido también y a la vez en otros sitios del planeta. Quizás viendo “La última película” de Bodganovich, o las italianas “Cinema Paradiso” o “Esplendor”, podamos comprobarlo.



-¿Como es la del domingo que viene, señor Manolo?



-!Buenísima! Le escuchábamos entre risas torpemente disimuladas, ya que conocíamos con antelación la inevitable y ritual respuesta del buenazo de Manuel Ligero. A sabiendas de que seguramente era otro tostón u otra “java” la que le iban y nos iban a colocar los distribuidores. Y es que nadie es perfecto, cosa que también aprendimos allí.







P.D.- La foto de las ruinas es de Ribadeo.

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lunes, 28 de agosto de 2017

CITANDO A JOHNSON.-

Citando a Johnson




Propiamente citando: “La vida de Samuel Johnson” de James Boswell. O quizás citando a aquellos que lo llevan citando durante años, y que me han inducido a sumergirme en el libro de horas –malas, del enfermo o el insomne, supongo- que tantos sabios han situado como fetiche del pensamiento.



Estaba intrigado un servidor, por la obstinadamente reiterada mención del consagradisimo autor, y por la curiosidad. Motivado a comprobar personalmente la existencia de este arcano de la cultura universal. Los nombres propios y la senectud de los escritores en castellano que hacen gala de abrevar en esa fuente, hacían inevitable la excursión campestre al pilar de la eterna sabiduría.



Los críticos coinciden en el género: biografía, que no consigo ubicar entre las citas mencionadas, de donde resultaba fácil situarlo como el tradicional ensayo de ensayos, compendio moral de una época que tiende a servir de espejo para las venideras. Algo así como las obras de Voltaire, Montaigne o La Rochefoucauld, autores de máximas intemporales, cuya lectura iterativa nos puede hacer más lúcidos, si no mejores. Obviando lamentablemente el género: biografía del genio por su amigo Boswell, a quién visten como vago, libidinoso, borracho y snob, para acrecentar el atractivo del autor mediante el morbo que se supone imprescindible para el lector.



“Un compendio de lucidez y sabiduría, una lección de amistad y un volumen que solo con su presencia, parece mentira, nos hace mejores.”
Xosé Carlos Caneiro, La Voz de Galicia



Entresacado de los comentarios de prensa ofrecidos por la editora. Y quizás el más preciso de todos ellos: “su sola presencia” la del libro, nos hace mejores. Y ello sin aclarar que la mejoría sea en primera, o ante tercera, persona, al contemplarlo en nuestra librería o esquinado quizás, al descuido, sobre el centro de mesa, jamás en la mesilla del dormitorio, el sancta sanctorum donde las visitas no van a entrar, y donde, presumo, no tiene mucho sentido el intento de mejorar nuestra apariencia, con la “sola presencia del volumen”.



El volumen que he podido disfrutar, la 3ª e impecable edición de “El Acantilado” tiene un precio –no confundir con valor- de 60 euros que, a pesar de suponer un dispendio considerable, su presencia no nos va a mejorar tanto ante los ajenos como sería de esperar, supongo.

Un absoluto disparate el asunto.



Quizás el error sea no haber accedido directamente a los textos del Dr. Johnson, concretamente a su obra magna, A Dictionary of the English Language, cuyo interés resulta despreciable, o casi, para nosotros.

Como moralista del siglo dieciocho, debió resultar excepcional, y lo sigue siendo para la literatura inglesa. Para un lector actual, aun con la excelente traducción de esta edición, no deja de constituir un elemento histórico del pensamiento moderno, envuelto en siete u ocho, velos de autocensura o si nos hacemos cómplices de su sinceridad, de las limitaciones religiosas y sociales que impone a todas y cada una de sus ideas, antes de trasladarlas al público.

Nos quejamos de las inconveniencias de “lo políticamente correcto”, más bien de las funestas consecuencias de transgredirlo, y olvidamos las que deben haber soportado a lo largo de la historia, todos aquellos que temerariamente la han transgredido, sin necesidad de haber discrepado, sobre temas diferentes a aquellos bendecidos por el nihil obstat oficial.

No se me ocurriría infravalorar la importancia del pensamiento de este buen señor, que la tiene, pero si lamentarme de que esta aparezca esporádicamente, con cuenta gotas de microgotero, en el texto extensísimo de sus dos mil páginas.



Sin necesidad de de recurrir a la osada comparación con los refranes y chascarrillos populares que, en todo caso reflejan a veces la idiosincrasia de “lo peor” de la cultura, o incultura populares, rememoro las divertidísimas máximas de La Rochefoucauld, y reivindico nuestros moralistas del siglo de oro, Baltasar Gracián y su “Oráculo manual y arte de prudencia”, para volver siempre a los ensayos de Miguel de Montaigne, quien sabe aportar el equilibrio entre el conocimiento de los pensadores latinos y griegos, y su puesta al día en la sociedad del siglo dieciséis y en la Francia de entonces, y que sigue siendo sospechosamente válida en el veintiuno y en un entorno absolutamente globalizado.



Existe otra edición abreviada, es decir castrada todavía más, prologada por Fernando Savater, que resulta válida como introducción a la canónica; algo así como “Johnson para Dummies”, palabra de la que desconozco su preciso significado, pero que resulta muy frecuente en esos manuales compendiados del conocimiento, sea musical o informático, que suelen aparecer junto a los cajeros de los centros comerciales (culturales).

"Era el reverso del progresismo de la Ilustración francesa, un conservador, misógino y ridículo", según Savater. (Opinión compartida).

Habría que añadir:
 ¿Cuantas citas, en su mayoría apócrifas, son recordadas y valoradas principalmente por el nombre de su supuesto y afamado autor, más allá que por su auténtico valor intrínseco? .
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sábado, 26 de agosto de 2017

ETERNIDADE.-

Viñeta de 2014, 2015, 2016, 2017....



Click en la imagen para verla en pantalla completa.

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jueves, 24 de agosto de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (86)






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martes, 22 de agosto de 2017

EL AJEDREZ, ESA DROGA ANTIGUA.-



 

Desconozco , y reconozco no tener gran interés en descubrir, la pasión colectiva que va a sustituir a la sucesora de la que fue acaparadora de titulares, aficionados y hasta nacionalistas, hasta hace medio siglo, el ajedrez.



Pocos paises habrá que no tengan entre su panoplia de glorias patrias, uno o dos nombres de campeones locales que demostraron al mundo, aunque fuese de modo más o menos breve o evanescente, el extraordinario nivel de la inteligencia autóctona, personificada en un individuo. Si bien, como atribuyen a Ortega, o quizás a Einstein, es bien sabido que este juego, elevado a deporte de competición, estimula el intelecto exclusivamente para ello, para jugar al ajedrez.



Capablanca en Cuba tuvo eclipsado al nombre del poeta fundador de la nación José Martí, , junto al de su antagonista, su rival ruso Alekhine, el odioso y cruel verdugo que le arrebatase el campeonato del mundo y, lo que es peor, negándole la revancha, que como suele acontecer en cualquier hipótesis interesada, hubiese en caso de haberse realizado, situado a la figura local en la cima universal con el añadido imprescindible de: “de todos los tiempos”.



Lo veo tan lejano como la moda del bombín en la cabeza varonil, pero no deja de sorprenderme el encontrarlo, a veces con molesta insistencia, en películas, novelas, e incluso obras de teatro.

Aquí hemos olvidado los nombres –Pomar, Vallejo, Pastor, ...- de aquellos maestros que fueron orgullo nacional propio: al menos de los gobiernos que suelen beneficiarse con este asunto del orgullo patriótico, e incluso olvidado aquellos niños y niñas prodigio -prodigios exclusivamente para jugar a esto- igual que hicimos con otros grandes héroes, campeones del mundo durante diez o quince años consecutivos en deportes tan populares como por ejemplo el ciclismo tras moto, donde Guillermo Timoner, en su Mallorca natal se proclamaba campeón del mundo año tras año. 
Lástima que los zagales de mi pueblo no pudiésemos competir con él, carentes de motos y ... casi de bicicletas. Pero es que además nos tenían todo el año practicando en la era otro deporte “oficial” en el baldío secano, el concurso de saltos de ski que cada dos de enero, como siempre sin tarjeta, nos retransmitía la tele oficial, para que no nos sintiesemos extraños en un mundo que se extingue, simplemente obligados a reconocer que eramos y quizás seamos extraterrestres.



En Cuba, al menos mantuvieron, y mantienen el binomio, la parejita de dioses entre el ajedrecista  local y el soviético fundador de la revolución que nunca existió. Tan solo han cambiado los nombres de los titulares del poster, la dedicación y, la presumible e inexistente comunión política entre ellos. Y en cuanto al juego intelectual, este continúa abierto a la participación de todo el mundo, siempre que sea dentro de, es decir con, y jamás fuera de, es decir sin.(antaño denominados afectos o desafectos en lenguaje vernáculo).



Aqui no ha sido muy diferente la evolución de los santos populares, si bien la dirección la han determinado las masas- otra vez Ortega- con el beneplácito del poder que sigue beneficiandose de la conducción de las pasiones colectivas hacia juegos triviales y deportivos -elevados a la categoria de intelectuales – como el fútbol, donde la dedicación y progresión familiar del individuo se limita a comprar a sus vástagos el mejor balón y el acompañarlos los domingos a la celebración religiosa en el estadio, el bar, o en el salón, por los sacerdotes del equipo de “sus amores”.



Sociologicamente, el parecido, y la intencionalidad, resultan elocuentes. Ahora bien, a la espera de contemplar la próxima e inevitable modalidad circense – panem hay para todos, de momento- me deleito con las antigüedades, con las deliciosas bagatelas encontradas en los mercadillos de brocantes, en los graneros del abuelo y sus artículos obsoletos puestos a la venta en el rastrillo del barrio, el tablero de ajedrez y su juego de piezas, siempre incompleto, inútil, ante la carencia del alfil negro o la reina blanca, y que me hacen pensar como pudo tener entretenido a medio mundo, y llegar a ser, también durante la guerra fría, la transposición metafórica de la rivalidad entre soviéticos y americanos. Los Karpov y Kasparov haciendo sandwich de Fisher, la gran esperanza blanca. Debido, sin duda, al poder de los medios y de las modas, aunque esta lleve vigente diez o quince siglos, si creemos a sus historiadores.



Dostoiewski, Nabokov, Zweig... hasta los divertidos, e inteligentes, autores de las doce sillas, Ilf y Petrov, han considerado el ajedrez como un leiv motif, como argumento principal de alguna obra intemporal, o como un color insustituible en su caja de pinturas, para encontrar al menos un movimiento de alfil en el angulo azul y solitario dentro de una vidriera coloreada, o imaginar jugadas geniales con tan solo contemplar las losas blancas y negras, del suelo de alguna celda. Cualquier motivo es válido dentro de la ficción para recordarnos que entonces y allí era un referente obligado, un lugar común.



Y es aquí tampoco era tan diferente, insisto. Me basta bucear en el desván de los recuerdos del abuelo, para verlo jugar con sus compañeros de prisión, en las cárceles franquistas – los gulag los campos, que tuvimos, aunque insistan algunos que solo es una invención interesada de los de siempre- donde unas migas de pan humedecidas terminaban convertidas en todas y cada una de las figuras, permitiendo evadirse del tiempo y de la enfermedad a aquellos que necesitaban disponer de la única evasión posible, la de la imaginación.



Vuelvo a contrastar la compasión que hemos ofrecido a las victimas de dictaduras ajenas y la negación absoluta hacia las propias. La cubana por ejemplo, donde “Cine o sardina” era la opción que la noche ofrecía a su autor, Cabrera Infante, la disyuntiva cruel de quedarse sin cenar y a cambio disfrutar de la evasión de la sala oscura. Opción que no era tal, el cine siempre ganaba. Como debió suceder entre los cautivos de una dictadura nuestra que nunca existió, no lo olvidemos por nuestro bien, a los que imagino apartando de la exigua porción de pan disponible, aquel bocado que se convertiría en caballo o en torre.




Nostalgia de aquello que no has vivido, incluido el ajedrez, es algo que debería conducirme a la consulta del sicoterapeuta, del psiquiatra el diván, para recorrer caminos borgianos orlados de flores freudianas o lacanianas que podrían resolver ciertos enigmas mentales que incluso ignoro padecer.


Afortunadamente sigo el consejo que ofrece otro abuelo, este sin nietos, Machado -el bueno- al final casi, de su hilarante tratado de filosofía doméstica Juan de Mairena: "Reconducir tus emociones a sentimientos, convertir estos en ideas y transmitirlas escribiéndolas, no dejar jamás que se te pudran en el alma". 
En ello estamos.

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