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sábado, 9 de septiembre de 2017

PADRE E HIJO.- (SEGÚN TANIGUCHI Y....)






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EN LOS SESENTA, ESTO NO ERA MACHISMO.-






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miércoles, 6 de septiembre de 2017

JUAN BELMONTE SEGÚN CHAVES NOGALES .-


Biografía narrada en primera persona por el protagonista, hijo de un chamarilero de la Alameda de Hércules, más tarde trianero y postinero.
El retrato costumbrista de la Andalucia de un siglo atrás lo veo tan familiar como el ovalado de los rostros de los abuelos, en gris evanescente, que tuve frente a mí en el comedor durante años inolvidables. A mi hermano, sentado frente a mí, le tocaría memorizar la sagrada cena, en colorines, y supongo que seguirá viéndola cada vez que la gripe eleve su temperatura por encima del nivel alucinatorio.

Quizás nada diferente de lo que vivimos hasta hace bien poco, con los dos dos o tres hiatos sociales y económicos que han pulverizado la continuidad de las costumbres y el modo de vida y por tanto el de relacionarnos de los españoles. Hasta la tragedia aquella, la mera supervivencia resultaba milagrosa y ello era más acusado en el Sur y en la Raya, donde el retraso en muchos aspectos respecto al resto del país, era de varias décadas. No fue hasta los sesenta en que, con el advenimiento catódico y la oleada de la emigración con retorno periódico debido a las facilidades de los universalizados transportes por carretera, pudimos considerarnos realmente una unidad de destino en lo universal, para bien o para mal, como llevaban diciéndonos desde mucho tiempo atrás.

 Hasta entonces esa unidad era unicamente un acto de fe, por el que suponíamos que vascos o catalanes malvivían igual que nosotros y los chicos de la capital disfrutaban con nuestros mismos juegos, solo que algo más pálidos de piel, y más cercanos al dios unificador, al Real Madrid, que es quien supongo personalizaba y sigue justificando aquella unidad de destino en lo universal.

La infancia de Juan Belmonte, a principios del siglo pasado, tiene tantos puntos en común con la me tocó en suerte, cincuenta años después, que ese lapso de medio siglo, ese retraso forzoso por aquello de la autarquía de marras, me resulta una bendición a la hora de recuperar las figuras de caramelo rojo pinchadas en un palo, con forma de gallo o de pez, que tanto Belmonte como un servidor hemos disfrutado y que, nunca más.

Bueno, de este hombre conocía la leyenda, que incluía un triste final, desgraciadamente real, y su presunta y voluntaria adscripción al grupo de los “desafectos”, condición que curiosamente sigue presente en ciertas zonas donde el poder se eterniza durante generaciones en las mismas manos. En cualquier sistema totalitario debes pertenecer forzosamente al grupo de los “afectos” - el gallego pronunciaba “afeto”- o al de los “desafectos”, no hay termino medio, y los simpatizantes del Atleti siempre hemos sufrido la conmiseración de los auténticos creyentes en las dos españas, solamente dos.

Curiosamente, - la biografía del torero está llena de curiosidades que no son tales- el cacique de Sevilla en aquellos tiempos, quién auspiciaría, simplemente consintiendo, como todo cacique, la carrera del torerillo, se llamaba Rodriguez de la Borbolla, como su hijo o nieto - dinastias que se perpetúan- quién sería presidente democrático de la comunidad. Uno despachaba, y sigue despachando, en el casino de la calle Sierpes, y el otro en la sede del gobierno andaluz.

Hoy sin embargo no parece creible que ningún torero actual haya tenido que pasar hambre, invitado forzoso en las cárceles de los pueblos durante la capea, o mendigando, a veces malherido, por los cortijos. Desde hace tiempo, los padrinos son sus familiares, cuando no pertenecen directamente a una estirpe que les facilita el nombre y hasta la gloria por herencia, Alguna diferencia existe en el oficio y en su aprendizaje, naturalmente. Si bien curiosamente -otra vez- ya en tiempos de Belmonte los antitaurinos se movilizaban contra la sed de sangre por parte de las masas endomingadas. Nada nuevo en ruedo ibérico y, en todo caso, ineficaz manera de intentar cambiar esa faceta de la condición humana.

El género biografía impone sus condiciones, más allá de los paralelismos que una época establezca sobre otra. Es la historia de un personaje trasmutado en persona por obra y gracia de Manuel Chaves – curiosidades sin fin, nombres repetidos – quien nos va describiendo el progreso de un chiquillo de arrabal hacia la persona excepcional en que llegó a convertirse, hacia esa figura a quien la fama ni el dinero privan de humildad en ningún momento, y quien, con la mayor humanidad, nos va descubriendo paises, amigos, y toda la parafernalia que rodea a ese mundo donde la gloria estaba al alcance de muy pocos.

Nos descubre a Valle Inclán toreando en cierto tentadero, sin el riesgo de que nadie le llamase paratorero, por aquello del brazo único, y su arraigada amistad con Belmonte a quien llego a alabarle con aquella frase de leyenda; “Ya lo has hecho todo en el mundo de los toros Juan. Solo te falta morir en la plaza” y la servicial respuesta del torero: “Se hará lo que se pueda, Don Ramón”.
Quién si lo hizo fue su pareja de baile durante muchas temporadas, Joselito.

El maletilla convertido en señor latifundista, el Don Juan que sufre desde su cortijo la antipatía hacia los señoritos y la acometida de los primeros y últimos intentos de socialización de los bienes de producción agraria, como explicaban los mesías de aquella revolución que nunca fue.

Lástima de finalizar la novela de una vida en la mitad, justo en medio de la niebla que aleja al escritor hasta su inmediata desaparición en el exilio, devolviendo al torero a su mundo interior y a la peor de las censuras, la de la ignorancia, el ostracismo de quién no conviene tener cerca, quizás por impertinente, quizás por disponer de una presunta audiencia popular que convertiría en peligrosas sus declaraciones. Nunca lo sabremos. Para mi es solo un fantasma de la época del blanco y negro.

El que se quitase la vida cuando yo estaba haciendo la primera comunión, ya lo sitúa en una galaxia pretérita, el que lo hiciese en su finca de Utrera, donde cuarenta años antes había llamado a la puerta para pedir un poco de pan y unas gotas de aceite, escuchando el revulsivo “Perdona por Dios” que a punto estuvo a convertirlo en un pordiosero vitalicio, son anécdotas que asemejan círculos que se cierran sobre la vida de cada cual. Curiosidades que te aproximan y te alejan a la fortuna de una figura estimable de la que lamentaremos desconocer sus ideas y opiniones durante la última mitad de su vida. La primera resultó excepcional si creemos a Chaves Nogales.

–“Pue... pue entonces –decía, ante cualquier problema– no queda má solución que er tiro; er tiro y ermontoncito de tierra... er montoncito...

Al entierro no fue mucha gente. A sus funerales, nadie. La Iglesia pasó por alto el suicidio. A muchos les pareció, el acto de Juan, una cobardía; a otros, un acto de entereza, digno de Belmonte. La gente joven no se emocionó: siguió hablando de fútbol.
(Andrés Martínez de León)

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jueves, 31 de agosto de 2017

REVISTA ALCONETAR. EN SU ANIVERSARIO.-



La Última Película del Cine Colón.- 

(Sic transit gloria mundi).




Vendrá un tiempo, dentro de nada, en que la memoria de los que recuerden el cine siga idéntico camino, el del olvido, que el de los rollos del celuloide y las salas extintas donde se realizaba la función. Que así se llamaba, función de cine.



Junto a La Laguna, que tampoco es ahora una laguna, hubo una venta que un siglo atrás se convirtió en cine, nuestro Cine de Ligero, y hay que mencionar a su promotor, el industrioso sevillano sin el que no habríamos disfrutado de este invento. Hubo otro cine complementario, el de verano, en un huerto cercano, y entre ambos, con sus pipas y sus gaseosas nos tuvieron entretenidos durante medio siglo.

La importancia que ello tuvo para las generaciones que lo disfrutamos fue tremenda. Era la única ventana disponible hacia el mundo de la imagen y en cierto modo al de la cultura, cuando la radio estaba limitada a tres emisoras y la televisión, su depredadora natural, quedaba muy lejos. Allí se ejecutaba el ansiado ritual de fin de semana. Entramos como niños y salimos adolescentes en la sala oscura, en un blanco y negro que se extendía fuera hacia la calle, durante unos años terribles en los que los chicos de mi edad desaparecían paulatinamente sin avisar, con el exilio laboral forzado de sus padres que poco a poco nos alcanzaría a casi todos. El cine era el consuelo que nos quedaba, la droga inofensiva de la ensoñación que nos ofrecían las películas, junto a los momentos de convivencia, que nos regalaban los largos e innumerables descansos entre bobina y bobina. Una válvula de esperanza hacia tiempos mejores o, en todo caso, hacia el titulo del siguiente domingo.

Nuestro folclore dominaba la cartelera. El cine de toreros y de copla, que se complementaba con los discos que el pick up del local repetia hasta grabarlos para siempre en nuestra cabeza: “El Emigrante” de Valderrama o el “Soy minero” de Molina, a los que veríamos en películas repuestas incansablemente año tras año y, con suerte, en actuaciones en vivo durante sus giras de viejas glorias, mostrando una decadencia tan imparable como la del número de habitantes de nuestro pueblo, o como la del cine en general.

Llegamos no obstante, a disfrutar los estertores de su edad de oro, y nombres como Tony Curtis o Burt Lancaster se convirtieron en iconos para nosotros, llegando a la cumbre con las películas programadas en las fiestas locales, los toros y la feria, en la que ambos locales rivalizaban con títulos realmente inolvidables. Carteles colgados en sus paredes durante semanas y que nos excitaban en la espera. Cartelera de cuadros sueltos en cierta fachada de La Laguna, hacia donde sigue desviándose mi mirada cada vez que entro en ella.

Y es que he visto en ese cine cosas que no podréis creer, y no son naves en llamas más allá de Orión, no. Son redadas de la policía en el gallinero y peleas para llevar a la gente a los cursos obligatorios de alfabetización para adultos que, mira por donde, eran a la misma hora.
He visto al proyeccionista bajar hacia el público después de ver el "FIN" en aquella película tan corta, para escucharlo gritar: “No os vayáis, que me he equivocado con los rollos, y ahora os pongo el comienzo de la película”.
He visto suspender la proyección para invitar a los varones a subir a los camiones para apagar algún incendio, y los he visto escabullirse hábilmente.
He visto el intento de reclutar espectadores entre los paseantes de la carretera, para poder realizar la última proyección, al menos con ocho entradas, y no conseguirlo. En lo que se presumía final de una época y de un entretenimiento que pasaría años después a otro estado y otro lugar, la gran ciudad.
He visto hundirse una desvencijada silla de madera con su ocupante entrado en carnes, en el cine de verano, y las risas del publico felizmente recompensado al encontrar respuesta a la pregunta que realmente justificaba la hilaridad: ¿Quién ha sido?


Pero hay infinidad de recuerdos, algunos ni siquiera vividos allí que afloran, y enriquecen los propios de aquellos dos modestos locales. Locales sencillos que eran una extensión transitoria de nuestra propia casa y de los que siguen emanando esporádicamente, pistas que me aclaran claves sobre los años de esplendor en la hierba de los niños que fuimos y de nuestro entorno prodigioso.
He vuelto a ver “Surcos” hace poco, y he descubierto en ella, y en otras de aquellos años, la razón del mote de algún paisano al que sin duda encontraron parecido con el personaje que desde entonces le prestaría el nombre.

 

He disfrutado, no hace mucho, de un tinto garnacha de cepas viejas, y su olor... mira por donde era el de la mistela. Aquella bebida, licor, que solo vi y pude oler a veces, en el ambigú del cine Colon en mi tiernos años. Algo que nunca probé, obviamente, y que en ningún otro lugar del pueblo, ni de otra parte, he vuelto a encontrar. El olor persistía en el recuerdo, devolviéndome con su prodigiosa reaparición , a un lugar y a un tiempo felices que seguirán existiendo en la memoria.

Curiosamente, estas sensaciones, y estas vivencias añoradas, se han repetido con seguridad en aquellos lugares para los que el cine tuvo la misma importancia que para nosotros. Hemos participado en una experiencia que nos ha marcado de alguna manera en el desarrollo personal, en la manera de madurar ante la vida, y ello ha sucedido también y a la vez en otros sitios del planeta. Quizás viendo “La última película” de Bodganovich, o las italianas “Cinema Paradiso” o “Esplendor”, podamos comprobarlo.

-¿Como es la del domingo que viene, señor Manolo?

-!Buenísima! Le escuchábamos entre risas torpemente disimuladas, ya que conocíamos con antelación la inevitable y ritual respuesta del buenazo de Manuel Ligero. A sabiendas de que seguramente era otro tostón u otra “java” la que le iban y nos iban a colocar los distribuidores.



P.D.- La foto de las ruinas es de Ribadeo.

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lunes, 28 de agosto de 2017

CITANDO A JOHNSON.-

Citando a Johnson




Propiamente citando: “La vida de Samuel Johnson” de James Boswell. O quizás citando a aquellos que lo llevan citando durante años, y que me han inducido a sumergirme en el libro de horas –malas, del enfermo o el insomne, supongo- que tantos sabios han situado como fetiche del pensamiento.



Estaba intrigado un servidor, por la obstinadamente reiterada mención del consagradisimo autor, y por la curiosidad. Motivado a comprobar personalmente la existencia de este arcano de la cultura universal. Los nombres propios y la senectud de los escritores en castellano que hacen gala de abrevar en esa fuente, hacían inevitable la excursión campestre al pilar de la eterna sabiduría.



Los críticos coinciden en el género: biografía, que no consigo ubicar entre las citas mencionadas, de donde resultaba fácil situarlo como el tradicional ensayo de ensayos, compendio moral de una época que tiende a servir de espejo para las venideras. Algo así como las obras de Voltaire, Montaigne o La Rochefoucauld, autores de máximas intemporales, cuya lectura iterativa nos puede hacer más lúcidos, si no mejores. Obviando lamentablemente el género: biografía del genio por su amigo Boswell, a quién visten como vago, libidinoso, borracho y snob, para acrecentar el atractivo del autor mediante el morbo que se supone imprescindible para el lector.



“Un compendio de lucidez y sabiduría, una lección de amistad y un volumen que solo con su presencia, parece mentira, nos hace mejores.”
Xosé Carlos Caneiro, La Voz de Galicia



Entresacado de los comentarios de prensa ofrecidos por la editora. Y quizás el más preciso de todos ellos: “su sola presencia” la del libro, nos hace mejores. Y ello sin aclarar que la mejoría sea en primera, o ante tercera, persona, al contemplarlo en nuestra librería o esquinado quizás, al descuido, sobre el centro de mesa, jamás en la mesilla del dormitorio, el sancta sanctorum donde las visitas no van a entrar, y donde, presumo, no tiene mucho sentido el intento de mejorar nuestra apariencia, con la “sola presencia del volumen”.



El volumen que he podido disfrutar, la 3ª e impecable edición de “El Acantilado” tiene un precio –no confundir con valor- de 60 euros que, a pesar de suponer un dispendio considerable, su presencia no nos va a mejorar tanto ante los ajenos como sería de esperar, supongo.

Un absoluto disparate el asunto.



Quizás el error sea no haber accedido directamente a los textos del Dr. Johnson, concretamente a su obra magna, A Dictionary of the English Language, cuyo interés resulta despreciable, o casi, para nosotros.

Como moralista del siglo dieciocho, debió resultar excepcional, y lo sigue siendo para la literatura inglesa. Para un lector actual, aun con la excelente traducción de esta edición, no deja de constituir un elemento histórico del pensamiento moderno, envuelto en siete u ocho, velos de autocensura o si nos hacemos cómplices de su sinceridad, de las limitaciones religiosas y sociales que impone a todas y cada una de sus ideas, antes de trasladarlas al público.

Nos quejamos de las inconveniencias de “lo políticamente correcto”, más bien de las funestas consecuencias de transgredirlo, y olvidamos las que deben haber soportado a lo largo de la historia, todos aquellos que temerariamente la han transgredido, sin necesidad de haber discrepado, sobre temas diferentes a aquellos bendecidos por el nihil obstat oficial.

No se me ocurriría infravalorar la importancia del pensamiento de este buen señor, que la tiene, pero si lamentarme de que esta aparezca esporádicamente, con cuenta gotas de microgotero, en el texto extensísimo de sus dos mil páginas.



Sin necesidad de de recurrir a la osada comparación con los refranes y chascarrillos populares que, en todo caso reflejan a veces la idiosincrasia de “lo peor” de la cultura, o incultura populares, rememoro las divertidísimas máximas de La Rochefoucauld, y reivindico nuestros moralistas del siglo de oro, Baltasar Gracián y su “Oráculo manual y arte de prudencia”, para volver siempre a los ensayos de Miguel de Montaigne, quien sabe aportar el equilibrio entre el conocimiento de los pensadores latinos y griegos, y su puesta al día en la sociedad del siglo dieciséis y en la Francia de entonces, y que sigue siendo sospechosamente válida en el veintiuno y en un entorno absolutamente globalizado.



Existe otra edición abreviada, es decir castrada todavía más, prologada por Fernando Savater, que resulta válida como introducción a la canónica; algo así como “Johnson para Dummies”, palabra de la que desconozco su preciso significado, pero que resulta muy frecuente en esos manuales compendiados del conocimiento, sea musical o informático, que suelen aparecer junto a los cajeros de los centros comerciales (culturales).

"Era el reverso del progresismo de la Ilustración francesa, un conservador, misógino y ridículo", según Savater. (Opinión compartida).

Habría que añadir:
 ¿Cuantas citas, en su mayoría apócrifas, son recordadas y valoradas principalmente por el nombre de su supuesto y afamado autor, más allá que por su auténtico valor intrínseco? .
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sábado, 26 de agosto de 2017

ETERNIDADE.-

Viñeta de 2014, 2015, 2016, 2017....



Click en la imagen para verla en pantalla completa.

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jueves, 24 de agosto de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (86)






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martes, 22 de agosto de 2017

EL AJEDREZ, ESA DROGA ANTIGUA.-



 

Desconozco , y reconozco no tener gran interés en descubrir, la pasión colectiva que va a sustituir a la sucesora de la que fue acaparadora de titulares, aficionados y hasta nacionalistas, hasta hace medio siglo, el ajedrez.



Pocos paises habrá que no tengan entre su panoplia de glorias patrias, uno o dos nombres de campeones locales que demostraron al mundo, aunque fuese de modo más o menos breve o evanescente, el extraordinario nivel de la inteligencia autóctona, personificada en un individuo. Si bien, como atribuyen a Ortega, o quizás a Einstein, es bien sabido que este juego, elevado a deporte de competición, estimula el intelecto exclusivamente para ello, para jugar al ajedrez.



Capablanca en Cuba tuvo eclipsado al nombre del poeta fundador de la nación José Martí, , junto al de su antagonista, su rival ruso Alekhine, el odioso y cruel verdugo que le arrebatase el campeonato del mundo y, lo que es peor, negándole la revancha, que como suele acontecer en cualquier hipótesis interesada, hubiese en caso de haberse realizado, situado a la figura local en la cima universal con el añadido imprescindible de: “de todos los tiempos”.



Lo veo tan lejano como la moda del bombín en la cabeza varonil, pero no deja de sorprenderme el encontrarlo, a veces con molesta insistencia, en películas, novelas, e incluso obras de teatro.

Aquí hemos olvidado los nombres –Pomar, Vallejo, Pastor, ...- de aquellos maestros que fueron orgullo nacional propio: al menos de los gobiernos que suelen beneficiarse con este asunto del orgullo patriótico, e incluso olvidado aquellos niños y niñas prodigio -prodigios exclusivamente para jugar a esto- igual que hicimos con otros grandes héroes, campeones del mundo durante diez o quince años consecutivos en deportes tan populares como por ejemplo el ciclismo tras moto, donde Guillermo Timoner, en su Mallorca natal se proclamaba campeón del mundo año tras año. 
Lástima que los zagales de mi pueblo no pudiésemos competir con él, carentes de motos y ... casi de bicicletas. Pero es que además nos tenían todo el año practicando en la era otro deporte “oficial” en el baldío secano, el concurso de saltos de ski que cada dos de enero, como siempre sin tarjeta, nos retransmitía la tele oficial, para que no nos sintiesemos extraños en un mundo que se extingue, simplemente obligados a reconocer que eramos y quizás seamos extraterrestres.



En Cuba, al menos mantuvieron, y mantienen el binomio, la parejita de dioses entre el ajedrecista  local y el soviético fundador de la revolución que nunca existió. Tan solo han cambiado los nombres de los titulares del poster, la dedicación y, la presumible e inexistente comunión política entre ellos. Y en cuanto al juego intelectual, este continúa abierto a la participación de todo el mundo, siempre que sea dentro de, es decir con, y jamás fuera de, es decir sin.(antaño denominados afectos o desafectos en lenguaje vernáculo).



Aqui no ha sido muy diferente la evolución de los santos populares, si bien la dirección la han determinado las masas- otra vez Ortega- con el beneplácito del poder que sigue beneficiandose de la conducción de las pasiones colectivas hacia juegos triviales y deportivos -elevados a la categoria de intelectuales – como el fútbol, donde la dedicación y progresión familiar del individuo se limita a comprar a sus vástagos el mejor balón y el acompañarlos los domingos a la celebración religiosa en el estadio, el bar, o en el salón, por los sacerdotes del equipo de “sus amores”.



Sociologicamente, el parecido, y la intencionalidad, resultan elocuentes. Ahora bien, a la espera de contemplar la próxima e inevitable modalidad circense – panem hay para todos, de momento- me deleito con las antigüedades, con las deliciosas bagatelas encontradas en los mercadillos de brocantes, en los graneros del abuelo y sus artículos obsoletos puestos a la venta en el rastrillo del barrio, el tablero de ajedrez y su juego de piezas, siempre incompleto, inútil, ante la carencia del alfil negro o la reina blanca, y que me hacen pensar como pudo tener entretenido a medio mundo, y llegar a ser, también durante la guerra fría, la transposición metafórica de la rivalidad entre soviéticos y americanos. Los Karpov y Kasparov haciendo sandwich de Fisher, la gran esperanza blanca. Debido, sin duda, al poder de los medios y de las modas, aunque esta lleve vigente diez o quince siglos, si creemos a sus historiadores.



Dostoiewski, Nabokov, Zweig... hasta los divertidos, e inteligentes, autores de las doce sillas, Ilf y Petrov, han considerado el ajedrez como un leiv motif, como argumento principal de alguna obra intemporal, o como un color insustituible en su caja de pinturas, para encontrar al menos un movimiento de alfil en el angulo azul y solitario dentro de una vidriera coloreada, o imaginar jugadas geniales con tan solo contemplar las losas blancas y negras, del suelo de alguna celda. Cualquier motivo es válido dentro de la ficción para recordarnos que entonces y allí era un referente obligado, un lugar común.



Y es aquí tampoco era tan diferente, insisto. Me basta bucear en el desván de los recuerdos del abuelo, para verlo jugar con sus compañeros de prisión, en las cárceles franquistas – los gulag los campos, que tuvimos, aunque insistan algunos que solo es una invención interesada de los de siempre- donde unas migas de pan humedecidas terminaban convertidas en todas y cada una de las figuras, permitiendo evadirse del tiempo y de la enfermedad a aquellos que necesitaban disponer de la única evasión posible, la de la imaginación.



Vuelvo a contrastar la compasión que hemos ofrecido a las victimas de dictaduras ajenas y la negación absoluta hacia las propias. La cubana por ejemplo, donde “Cine o sardina” era la opción que la noche ofrecía a su autor, Cabrera Infante, la disyuntiva cruel de quedarse sin cenar y a cambio disfrutar de la evasión de la sala oscura. Opción que no era tal, el cine siempre ganaba. Como debió suceder entre los cautivos de una dictadura nuestra que nunca existió, no lo olvidemos por nuestro bien, a los que imagino apartando de la exigua porción de pan disponible, aquel bocado que se convertiría en caballo o en torre.




Nostalgia de aquello que no has vivido, incluido el ajedrez, es algo que debería conducirme a la consulta del sicoterapeuta, del psiquiatra el diván, para recorrer caminos borgianos orlados de flores freudianas o lacanianas que podrían resolver ciertos enigmas mentales que incluso ignoro padecer.


Afortunadamente sigo el consejo que ofrece otro abuelo, este sin nietos, Machado -el bueno- al final casi, de su hilarante tratado de filosofía doméstica Juan de Mairena: "Reconducir tus emociones a sentimientos, convertir estos en ideas y transmitirlas escribiéndolas, no dejar jamás que se te pudran en el alma". 
En ello estamos.

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miércoles, 16 de agosto de 2017

CUENTOS DE LA MALÁ STRANA .-

Cuentos de la Malá Strana

A veces me he preguntado por los motivos de mi afición a los rastros, los mercadillos de viejo, esos destellos de luz que me dirigen compulsiva e inexorablemente a cualquier lugar donde se reúna un grupo de mercaderes aficionados y displicentes, abandonando casi, con cierto desprecio propio de su oficio, su mercancía sobre el suelo. Difícil buscar las causas de un sentimiento, de la espontaneidad del impulso que te orienta hacia alguien o algo, como en este caso.

Busco razones, y las encuentro, al comparar el contraste entre esos artículos usados, es decir vividos por otros seres humanos, deseados por otras personas y disfrutados por ellas, conservando quizás el aura de sus dueños anteriores y recibiendo gustoso en mis manos la contaminación con esos restos del espíritu ajeno, humanidad compartida.
Su reverso será la imagen vistosa de artículos impecables de escaparate, a estrenar, y a veces destinados a la basura inmediata sin siquiera haberlos liberados de sus etiquetas, la banalidad del consumo irreflexivo en el que paulatinamente nos hemos encaramado.

Cuando una adicción como esta lleva tanta tiempo dándome satisfacción, llenándome la casa de cachivaches tan maravillosos como inútiles, y obligándome a un lavado extra de manos, los domingos y fiestas- y viajes- de guardar, no es cosa de entonar mea culpa alguna ni de anotarla en la lista de problemas a resolver con el terapeuta de cabecera, que antes era el confesor, al menos en las novelas de cien años atrás, y que ahora es un mero figurante, a extinguir, en las películas americanas con visos de intelectualidad. 

Sea como fuere, no me arrepiento señor de los balazos infligidos, como el jinete de la ranchera, la de Jorge Negrete, y a la vez descubro las ventajas de convivir y descubrir objetos que encierran secretos verdaderos, es decir eternos, sobre sus anteriores estancias al lado de quienes los recibieron, los usaron y quizás, los disfrutaron.

Además he aprendido lecciones de incalculable interés sobre el valor real de las cosas, extrapolable a las personas, la suma de justiprecio y las ganas, el deseo de posesión que aporta el posible comprador y que inevitablemente distorsiona las cifras y termina por convertir en desafortunada cualquier adquisición.
Otra lección, de tipo puramente administrativo es la de diferenciar lo antiguo de lo viejo. Si bien algún familiar en tiempos dedicado a esto de la chamarilería me ha insistido varias veces en no confundir lo antiguo –más de cien años- con lo bueno, ni lo viejo – menos- con algo carente de valor.

Admitimos que la antigüedad, literaria en este caso, suele ser sinónimo de clasicismo, y permite a los autores y sus obras acceder al estante privilegiado donde los libros nunca correrán el riesgo de ser seleccionados para alimentar la chimenea, la lareira portuguesa, según costumbre, absolutamente sostenible y ecosaludable instaurada por Vázquez Montalbán.
Hay una zona intermedia, de sombras evanescentes, donde el material impreso te hace dudar de la actitud a seguir con ellos. Y es lo que me ha sucedido ante los Cuentos de la Malá Strana, de Jan Neruda. Primero en su primera lectura en tiempos de la dictadura, y ahora en la revisión de la misma obra como lector experimentado, clásica para muchos, y simplemente vieja para otros, como los pétalos descoloridos y sin el menor atisbo oloroso, de la rosa que fue, en tiempos.

Jan Neruda es un clásico indiscutible de la literatura praguense, la cara amable, lírica y costumbrista de Kafka, y su influencia ha llegado hasta prestar su apellido a su gran admirador, el chileno de la canción desesperada, e incluso a la calle de Praga que atraviesa el barrio que da nombre a los cuentos recogidos en “Cuentos de la Malá Strana”.

Quiero recordar que hasta esta reciente relectura lo he tenido archivado en la memoría como un adjetivo calificativo: “mala”, que sugería algo de maldad y desventura en los relatos, y que yo suponía un mero artilugio del autor para incitar a su lectura. Cuando he descubierto, y comprobado, el acento en la segunda vocal, Malá, y que es el nombre propio de cierto barrio, he cambiado el anzuelo del argumento trágico por el del exotismo, al que he añadido inconsciente y otra vez erradamente, el asociar al autor y sus personajes, con el judaísmo, tópico no siempre justificado sobre Chequia en general y Praga en particular.

Son relatos amables sobre le humanidad viviente, no necesariamente doliente, de allí y de entonces, y que, sin conservar la estructura tradicional de los cuentos, más bien parece una novela de viajes en las que el lector no necesita cambiar de paisaje, te introduce en una época realmente desaparecida para siempre, donde resulta difícil ubicar a personajes que gocen con suficiente entidad, como la de sus coetáneos rusos con idénticos gabanes, y limitaciones anacrónicas, para conservarlos en la sección de ilustres protagonistas de novelas imprescindibles.

Agradezco la traducción impecable, asumiendo que de checo no conozco ni el significado de strana, y que posiblemente esté escrita originalmente en alemán, pero entiendo que la labor del traductor es la de recrear la belleza de un texto, haciéndolo inteligible y, quizás, conservando el espíritu original del autor.
He pasado unas horas agradables en su lectura pero temo que no guardaré su recuerdo durante el tiempo suficiente para evitar el volver a leerla. Aunque con esto de la memoría convertida en chapapote, no puedo asegurarlo. 

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viernes, 21 de julio de 2017

EN EL MUNDO DE FERLOSIO.-


El testimonio de Yarfoz.- (y de Ferlosio).

Resulta ser un apéndice o compendio de las guerras berciales, aquellas infinitas e inmemoriales que a buen seguro el autor ha escrito y reescrito innumerables veces para asegurarse de que una obra de tal magnitud no irá a publicarse de cualquier manera.
Presumo que, lamentablemente, seguirán inéditas, al menos hasta la irreversible ausencia del escriba que, esperemos suceda con idéntica demora que la de ofrecer al público este brillante resumen de nuestra historia ficticia, suponiendo que todas lo son.
“La historia me absolverá” proclamaba Fidel, y sus victimas le devolvían la pelota. “Pero la geografía no lo hará jamás”.

Y es de geografía, tan real como inventada, de donde surge la trama del bordado de Ferlosio. Desconozco si es anterior este territorio presuntamente ficticio, o quizás simultaneo a la Región de Juan Benet, su amigo y cómplice supongo en esta revelación de la verdad a través de la palabra, en tiempos en que había que disfrazarla con ficciones inteligibles para el lector inteligente, y solo para este. El resto solo encontraría una disertación brillante pero tediosa de unos sucesos históricos que se repiten con un bucle infinito en el país titular de la lengua de Cervantes, mira por donde. La lengua, la sin hueso de Quevedo, y la inestimable fortuna de aquellos herederos que todavía son capaces de darle un uso adecuado durante centenares, miles de páginas, en las que el verbo certero se adorna con la riqueza propia del idioma en el que nos expresamos. Si le añadimos que detrás de estos artistas hay unos tremendos intelectuales, y que estos siempre han antepuesto la ética, la moral personal, por encima de la peligrosa ingratitud de la política, y han desdeñado la insufrible amenaza, para un escritor, del presunto y probable desdén de la mayoría de los lectores, nos encontramos con unos especimenes humanos, dedicados a la escritura y al pensamiento, algunos a tiempo completo como Ferlosio, a los que hay que cuidar como receptáculos vivientes, como vasos canopeos donde se guardan las vísceras de nuestro país.

Algo de esta divinidad literaria se aprecia como aura evidente cuando uno se acerca a una obra menor ¿? Como El testimonio de Yarfoz. Testimonio como el de aquel escriba morisco o judío que le relataba a Cervantes la historia de Alonso Quijano, para que él, simplemente la trascribiera. Testimonio monumental, de una historia que a buen seguro los editores, ávida dolars, publicarán con sus correspondientes borradores, en cuanto el nombre del autor cobre la viralidad oportuna, por aquello del nunca más. Después de leer el último Pla, sus diarios anotados en calendarios publicitarios, estoy preparado para cualquier cosa, aberraciones crematísticas incluidas.

Para ello se inventaron el artefacto literario de las obras completas, todavía abierto en el caso de Sánchez Ferlosio, hijo del otro Sánchez (Mazas), y consorte ocasional de Martín Gaite, amén de hermano de Chicho, En todo caso fruto el Yarfoz de cierta época en la que las anfetaminas colocaban a su generación en la dirección y la necesidad de la dedicación a los altos estudios eclesiásticos. Si bien el hombre siempre ha insistido en que ese era el eufemismo bajo el que los obispos ocultaban a los párrocos conflictivos, convictos de aquel pecado imperdonable de entonces, el escándalo.

Esplendida saga de tronos y sus herederos, de caballeros andantes, y del reflejo de un tiempo cuando la concordia entre príncipes les otorgaba el sobrenombre de “Concordantes” a la vez que aseguraba la paz a sus pueblos. Paz que podía desvanecerse tras algún incidente fortuito, con el añadido de la inestimable colaboración de la concatenación de circunstancias que transformarían un resbalón en el pavimento en un traumatismo craneoencefálico fatal.

A veces me recordaba a Frodo y sus compis de los tiempos de los anillos, si bien es de otras guerras y otros tiempos más cercanos, y reales, de que nos estaba hablando Ferlosio. Pero no es el fondo de la historia, ni su desarrollo lo que justifica la publicación de Yarfoz, en todo caso. 
Los críticos expertos hablan del pasaje de “Los babuinos mendicantes” como algo absolutamente genial y sobre lo que quizás la generosidad de Ferlosio tenga a bien extenderse en sus guerras berciales, al dejar al lector con la sensación de que esa brillante parábola quede reducida a tan escaso número de páginas. El lector, que esto suscribe, encuentra más adelante otra tribu urbana “Los hijos del Rey” al menos tan estimable como el episodio de los babuinos, y que te explica perfectamente, el devenir social y moral de gran parte de la sociedad de aquí y de ahora. Tan mendicantes y tan desnortados como los babuinos de aquel camino, para los que siempre han previsto los dirigentes, ciertos sacos de mendrugos.

El buen Yarfoz, el tusitala del cuento, circula por regiones, a través de cierto estado plurinacional, muchas décadas antes de volvieran a darnos la lata con aquello del independismo, a sabiendas de que uno, como los personajes de Ferlosio, es, será y seremos, metecos en la Galia, charnegos en Cataluña y, lo que es mucho peor, en nuestro propio país, donde el trato recibido desde nuestros gobernantes, a través de sus democráticas amnistías fiscales, y de sus irrisorias condenas – libertad condicional- previas a cualquier veredicto, sean cada vez más similares a las que observa Alicia en la justicia de la reina de corazones.
No tiene tanta profundidad como Alicia, el testimonio de Yarfoz, aunque quizás tenga otro tipo de profundidad no tan evidente; pero la brillantez del texto, lo atractivo del viaje –película on the road, siempre adictiva- y el canto a la palabra, al verbo, la madre del pensamiento, justifican plenamente el tiempo que le he dedicado, y su permanencia en mi cartera de valores: D. Rafael Sánchez Ferlosio, uno de los últimos sabios vivos de nuestro país.




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jueves, 20 de julio de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (85)






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sábado, 15 de julio de 2017

CANADÁ .-


Canadá” de Richard Ford.-

La mejor novela publicada en el 15 y posiblemente en la década, no importa en cual, según todas las listas de los consejeros espirituales en los que, todavía, fiamos los adictos a este vicio de vampirizar el pensamiento o la palabra ajena, a través de sus escritos.
Reconozco que la he leído entera, a pesar de mi reticencia inicial, y de un par de intentos de autoflagelación repitiéndome aquello de que no es bueno perder mi tiempo, precioso y finito, con historias que no me van a dar dividendos ni ampliación de capital, ni enriquecer lo más mínimo mi pensamiento.

Bien. Pudo conmigo y llegué hasta el final, previsible por avisado, con esos spoiler que algunos autores colocan estratégicamente para soplarte desde el principio los puntos cumbres del relato provocando tu morbo, va a haber atracos y asesinatos, y el final no te va a dejar mal sabor de boca “como luego se verá”, y en el mientras te vas situando en ese entorno tan familiar y cercano, la pequeña y decadente ciudad del medio oeste, o del alto este, es igual, americano, donde la descripción de los personajes , absolutamente anodinos e intrascendentes, te van a tener arrebatadamente entretenido, casi tanto como lo han hecho con el autor, en las innumerables horas, días y semanas transcurridas en alguna hemeroteca local revisando la prensa de aquellos años relatados después, y extrayendo notas, tópicos locales, políticos o económicos, que embadurnaran de verosimilitud la crónica de un suceso menor extendida hasta una superficie equivalente a los billetes que componen el premio Pulitzer, mejor en billetes pequeños, que cunden más. Si el autor ya ha recibido el prestigioso talón por alguna obra anterior, mejor. 

Hay que considerar el nuevo trabajo como una extensión del glorioso dia de la independencia, o del que vendrá después, de lectura obligada para medio planeta, el que cree todavía en que la novela de no ficción consiste en convertir el mulchin y estiércol viejo, que suele ser el bueno, en un inestimable abono para las neuronas poco exigentes, dosificando el corta y pega, y la perorata, en ese estilo tan brillantemente descriptivo del autor en cuestión.
Ciertamente, me ha recordado a Capote, y a su obra magna: “A sangre fría” desde la tercera página. Y la comparación, tan odiosamente inevitable, ha favorecido otra vez al maestro del crimen banal, a la tragedia local, la molesta avispa que, insensata ella, no tuvo en cuenta la alergia de que era portadora la familia aquella que estaba de picnic, y cuyo terrible final dio motivo suficiente al privilegiado atleta que encabezaba el equipo de cualquier editorial postinera, para vendernos, otra vez, el reflejo literario de la inanidad inherente a la sociedad de allí y de entonces. Nada por aquí y nada por allí.

Y veo mi error de jumento tropezando dos veces en la misma piedra, al recordar aquel titulo del autor, una de sus obras maestras, que me dejase tan perplejamente enganchado como para no dar importancia a haber perdido el libro cuando iba por la mitad, o mostrar signos de desinterés, es decir ingratitud, a quien lo recuperó para mi, colocándolo después en el lugar donde los condenados esperan que les llegue el día y la hora en que sus paginas se convertirán en ceniza mientras las letras ascienden hacia el cielo, el limbo de los inocentes en el mejor de los casos.

Realmente faulkeriano su estilo, maravillosas descripciones de lugares y personajes perfectamente olvidables, tan brillantes como intrascendentes para el lector. Este.
Por si tuviese alguna duda al respecto, veo que el autor ha sido también premiado con el Princesa de Asturias de las letras. Me rindo.

Siempre me vienen a la memoria las condiciones que imponía Oscar Wilde a cualquier escritor, el tener algo que decir y el hacerlo. Nada más.
Después he ido tomando conciencia de que son condiciones imprescindibles pero nunca suficientes. De ser ciertas, al menos uno de cada diez libros publicados se convertirían en dignos de lectura y de conservación. Y resulta que no.
Hace poco leí a un escritor español, quien añadía otra condición complementaria, perfeccionando el aserto de Wilde y convirtiéndolo en irrefutable, y es la de hacerlo bien. Si no está bien escrito, no hay nada que hacer, no merece la pena perder el tiempo en intentarlo, sea escribirlo o leerlo. Pero es que la inicial resulta fundamental, el tener algo que decir, una idea genuina del escritor que pueda servir, o al menos alegrar, el alma de sus lectores.

En este sentido, y suele suceder con demasiada frecuencia, novelas como Canadá te hacen pensar si realmente te han contado algo, y si ese algo puede tener para ti el mínimo interés que justifique su lectura. Aun asumiendo que está bien escrito, posiblemente excepcionalmente escrito y estructurado, a pesar de que los traductores hayan puesto sus palos en la rueda de la carreta, con el beneplácito de los intocables, los editores que supongo no se han rebajado a leer la obra en castellano, o al menos a consultar asesores expertos. Bien pensado, es algo prescindible, después de comprobar como se vende la enésima edición, en su versión rústica o de bolsillo, después de estar dos o tres años ocupando los lugares superiores de superventas en su versión lujo o cartoné. 

Da un poco de rabia cuando el valor principal, y quizás único, de la novela sea esa tercera condición, la de estar presumiblemente bien escrita, y releer párrafos sin el menor sentido sintáctico, que convierten en ininteligibles, pasajes de un escritor poseedor de un estilo absolutamente limpio y transparente. 
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miércoles, 12 de julio de 2017

LECTIO INTERRUPTUS.- O RICOMINCIAMO (Según Pappalardo).




Como podría ser de otra manera- siempre lo es- y no fue, los libros quedan apilados en los meses fríos, durante los cuales el trabajo intenso y la escasa luminosidad de las cortas horas diurnas nos sitúan en la necesidad de envidiar e imitar en lo posible a la marmota Phil, guardando reposo-también mental- y atesorando energía para malgastarla a partir del momento en que la criatura tenga que anunciar el fin del invierno. Momento que coincide ineluctablemente con el comienzo del verano, aunque sigan culpando al periódico fenómeno del Niño los no creyentes, y al calentamiento global los fervorosos del cambio climático, el hecho de que las estaciones han quedado reducidos a dos, obviamente las más crudas y crueles, el invierno y el verano.



Y ello es ahora -voy retrasado- cuando la hojarasca y los restos de la poda apilados en el patio, esperan el fuego de San Juan, la purificación de los detritus domésticos de los últimos seis meses en su versión tradicional, haciendolo mansamente acumulados, cubiertos de hierba y ramas todavía frescas, para otorgar a la luminaria su humareda complementaria que la hará visible e incluso olible, por parte de los servicios antiincendios que no permiten semejante riesgo sin estar asociado a la barbacoa de rigor o a la tradición medieval de ahuyentar los demonios con el medio que ellos creen de su exclusiva propiedad, el fuego.



Los libros participan inevitablemente en el evento, saben que fueron fabricados para ese fin, entre otros, y que los inquisidores, los nacionalsocialistas, y los directores espirituales, siempre han tenido a bien, exterminarlos en la pira, por un quítame allá titulo, autor o estilo inconvenientes, sin olvidar el necesario aclaramiento de las estanterías- Billy- para liberarlas de esos indeseables ocupas que han ido colonizando imperceptible e incansablemente los lugares donde su obstinada presencia los hace reos de hoguera.



Afortunadamente, el hecho de espigar entre las semillas de centeno, con o sin cornezuelo, que se han colado en el trigal, me hace enfrentarme a libros que he ido acumulando, objetos de deseo lector, que van ubicándose en la interminable lista de espera donde guardan cola rigurosa, llegando a perderse como los últimos campesinos de las hileras que mostraba Einsenstein en los paisajes rusos, trasladadas después por Malraux a la Sierra de Teruel, serpientes zigzagueantes que se pierden en el punto de fuga de la imagen, y que te vienen a recordar aquello de que el tiempo será todo lo infinito que quieran los físicos, pero la vida es corta, según se mira desde dentro, y el deber del lector es el de mantener viva la llama que no arde, la del conocimiento.



Así que vuelvo a extraer algunos cuya próxima obsolescencia los coloca en riesgo de caducidad inminente, y otros cuya deuda contraída los hace acreedores de un interés compuesto que me va a llevar a la cárcel –la del juego de la Oca- vebigratia la saga del señor de la magdalena en el jardín de su tía, o la interminable y circular ruta, con un riñón en el bolsillo, del epígono irlandés de nuestro Quijote. Novelitas al fin y al cabo, de relectura tan aconsejable como sea de largo el tiempo transcurrido desde la anterior. Al fin y al cabo ahora soy otro lector totalmente diferente de aquel que acarició sus hojas con una edad no apta para su completo aprovechamiento.



Comienzo la temporada con títulos que se han consagrado durante los últimos años como lo mejor de lo publicado, a criterio de los críticos -error- para comprobar que mis sospechas sobre su relación pecaminosa con las editoriales suelen ser absolutamente ciertas, concretamente las referidas al noveno mandamiento, adúlteros irremisos, por más que me jurasen amor eterno e imparcialidad en sus falaces comentarios sobre literatura ajena, que la propia queda reducida a esos sueltos en la paginas culturales y a las reseñas de las fajas y solapas con las que terminan embaucando a ciertos incautos, como un servidor.



Y conste que el espanto de los que figuran en las listas de superventas ya me hace dar un rodeo cuando tengo que soportarlos en los estantes del súper, o de las librerías convertidas en supermercado de libros, donde te pasas horas dando vueltas, buscando ideas, conocimiento, cultura o incluso arte, y solo encuentras columnas de tochos de papel, candidatos a las hogueras de San Juan, y vendedores amables que solo saben decir “no”, en cinco idiomas, sonriendo, después de estar un rato hurgando en la pantalla del PIC, la que les confirma que no hay ediciones recientes, ni honestas, de este o de aquel. (Cliente este, raro y molesto, de los que te dan trabajo y no compran nada, y te dejan sin despedirse y sin facilitarte los datos, su filiación completa, cuenta bancaria y número de la taquilla del campamento militar inclusive, para que le tengamos informado de los próximos lanzamientos, cosa que tampoco está dispuesto a creer, por la mueca sardónica que esboza en su rostro, antes de perderse en la lejanía, quizás para siempre. Snif).

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sábado, 8 de julio de 2017

!QUE TE VOY A CONTAR... QUE TU NO SEPAS!


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martes, 6 de junio de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (84)

Y si lo piensas... no solamente de la sanidad.-





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martes, 30 de mayo de 2017

HOY MELANCÓLICO.(PARA VARIAR).-





Nada que hacer



Es una canción de Salvatore Adamo que, como casi todas las suyas cuenta una historia con principio y final, añadiendo incluso algún mensaje moralizante o divertido, como en este caso, con moraleja.

La verdad es que, este hombre tuvo además  suerte al disponer de un traductor bastante correcto que, conservando el fondo de la letra original las versionaba al castellano con la fortuna de hacerlas creíbles y memorizables. Creo recordar que el  traductor figuraba en los discos a veces como coautor,  y que solía trabajar para muchos de los que publicaban en nuestro país, cantantes o grupos, ingleses, franceses o italianos. No recuerdo su nombre, y supongo que será otra de esas figuras anónimas que tampoco pasarán a la historia.



Lo cierto es que el optimista de Adamo, al igual que hizo en la divertida  “Mi gran noche”, intenta contarnos el resultado de bucear entre las chicas de sus recuerdos, sus novias juveniles durante una iniciativa algo retrasada que le permitió comprobar los estragos que el tiempo hacen en las relaciones de pareja, no solo en las sentimentales. Hay un machismo implícito y persistente que perdura todavía en cuanto das la vuelta a las canciones, o a las noticias, y que en este caso, queda reflejado en la no disponibilidad de la chica cuando está ubicada en otra relación. Algo así como el precinto que el chico cuelga a su pareja para asegurar su pertenencia. Poco ha cambiado este rol en cincuenta años.



El cantante sugiere estar libre y supuestamente necesitado de afecto en ese momento, e intenta recuperar asuntos inconclusos de los que no nos cuenta otra cosa nada más allá del nombre de la chica o del amigo en su agenda sentimental. El resultado de su pesquisa, el final de la aventura, ya viene incluido en el título. Nada que hacer.

Y el caso es que lo asocio a la búsqueda de aquellos amigos de la infancia, compañeros de colegio, o vecinos de portal, cuya lejana desaparición  los hace acreedores de la posible y temible calificación con la etiqueta de la inexistencia.



Por una parte me aterroriza pensar en tal posibilidad, y por la otra, la amenaza de la certeza, el presagio de la sospecha, al completar la indagación infructuosa sobre sus nombres y apellidos en el libro –digital- donde figura el inventario de todas las personas y cosas, la red donde todos estamos atrapados de alguna manera, y su ausencia en cualquier referencia oficial, registros judiciales incluidos, boletínes oficiales, o las popularísimas redes sociales donde cabe esperar que quien no  figura en ellas es porque seguramente no exista.



Contemplo esas fotos colectivas, esos grupos afines, y los rostros de amigos o conocidos que busco, y que necesito contrastar ante la afortunada presencia de alguno de ellos, de allí y de entonces, que me notifica la más aciaga de las confirmaciones sobre el destino de unos y la peor de las noticias sobre otros, el “No se que habrá sido de él o de ella”, el paso inevitable al mundo de la inexistencia, el desconocimiento del estado y el lugar a donde la vida lo ha conducido, la distancia esa que el bolero identifica con el olvido, y la sospecha de que ese tiempo que has vivido junto a ellos ha pasado, ya, ahora mismo, a convertirse en pura ficción, en un recuerdo que la memoria va a ir borrando paulatinamente hasta que el azar te reúna con otro superviviente de los que figuran en la fotografía y tu respondas con el terrible “No se que habrá sido…” a su pregunta sobre este o sobre aquel.



Pero lo que me resulta terrorífico no es que esto suceda, algo que se supone natural, como la caída del fruto maduro desde las ramas del árbol de la vida, es más bien el que cada vez supuestamente tengo más posibilidades de extender esta búsqueda a través de medios inimaginables hace diez o veinte años, y  en cada ocasión en que la abundancia de datos, y su nitidez, hacen renacer la esperanza y confiar en su probable localización, el resultado vuelve a ser el del boleto de la tómbola, el no premiado, y la irónica invitación a seguir buscando, a seguir intentándolo.



Escucho la canción sin necesidad de encender el aparato de música, la llevo grabada dentro de mi desde hace tiempo, y me repite una y otra vez su verso culminante, el “Nada que hacer” que no me sirve en absoluto, ya que hacerle caso supondría negar mi presencia en la vida en aquellos años, allí y entonces, y quizás  convertirme en otro fantasma.

Algo para lo que espero estar  preparado cuando llegue el momento, pero que como dice otro título, el de la última peli de Kurosawa, “Madadayo”: ¡Espera un poco. Todavía no, compañeros!. Por ello, continuaré la búsqueda, esperaré la llegada de nuevas tecnologías, novísimas bases de datos que sin duda seguirán apareciendo, alejadas del archivo donde figura  la lista de “Todos los nombres” de Saramago, de aquella que aclara, y confirma la inexistencia de los seres que fueron queridos algún momento, y lo haré con la esperanza disfrazada de seguridad en que uno de los cartones del bingo que tengo entre las manos, al menos alguno de ellos, va a poder completarse con prontitud.





P.D.- Analogía divertida entre el bingo y la supervivencia. La vida es un juego también, y la diversión viene incluida en su equipamiento de fábrica.



Línea: Cuando otros jugadores, menos afortunados, quedan fuera de este premio secundario. Te sirve para creerte el rey del mambo, aunque los demás siguen todavía en la pista de baile.

Bingo: Cartón absoluto. Has rellenado todos los huecos, todas las incógnitas pendientes, y te das cuenta de que el baile ha terminado. No tiene ninguna gracia quedarte solo en la pista. Para bailar en soledad, mejor haberte quedado en casa.



Mucho mejor es hacerte a la idea de que no estas solo, ni en la vida ni en el bingo, y que todos tienen un cartón como el tuyo en el que puedes figurar, o no, como una de esas casillas a completar por los demás. Aparte de que la metáfora resulte más ajustada de esta manera, entiendo que la diversión está garantizada en un juego en el que participamos todos.



P.D.-(2) 

El único amigo al que los reyes magos le trajeron el juego del bingo, con sus cartones y sus bolitas de madera en el bombo de alambre era…hijo único. Un juego de salón para un jugador solitario. Para que no me  neguéis el sentido del humor, cruel a veces, que tiene la vida.





De mi alegre vida que fue ayer,
las alegres chicas volví a ver,
a Paula sonreí, y un dedo me enseñó,
al murmurar así: Nada que hacer,

ya tengo a quien querer,
soy la señora fiel,
ya no hay, lo ves bien,
nada que hacer.

Viejos compañeros me encontré,
y a una noche alegre yo invité,
a Juan cuando le vi.,
un dedo me enseñó,
y triste dijo así: Nada que hacer,
ya tengo a quien querer,
podré un whisky aceptar,
y luego hasta más ver,
nada que hacer.

Que los años pasan olvidé,
y que el tiempo vuela, recordé,
mis dedos que escondí,
vacíos, contemplé,
y me ruboricé,
adiós, adiós.

Yo no consideré,
que fue ilusión mi plan,
que un sueño era mi afán,
tan bello fue,
tan bello fue.





Dice Víctor Hugo que “la melancolía es la felicidad de estar triste”.

              

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