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miércoles, 30 de noviembre de 2016

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (78)


ESTREÑIMIENTO PERTINAZ.-





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sábado, 26 de noviembre de 2016

EN EL OTOÑO.... PELÍCULAS.-


BLUE VELVET.-





LA NIÑA DE LUTO.-





UNA HABITACIÓN CON VISTAS.-





DE ENTRE LOS MUERTOS.-




LAS JOYAS DE LA FAMILIA.-




DE AQUI A LA ETERNIDAD.-





TU Y YO.- 




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lunes, 21 de noviembre de 2016

JAPÓN. CRÓNICAS DE UN VIAJERO ENAJENADO.- (2)




Aunque ya estaba avisado -meses de preparación aportaron tanta información que corría el riesgo del deprimente  “deja vu” cotidiano- escenas sorprendentes me aguardaban tras cada esquina. 
Y con ellas  el placer de descubrir lo inesperado, siempre que este descubrimiento resulte agradable, una de las motivaciones de cualquier viaje. Aquello que figura en la hoja de ruta, los obligatorios ¡OH! ante las maravillas previstas, rara vez te ocasionan otra sensación diferente a la del deber cumplido. 
Sin embargo ciertas cosas, incluso aparente pequeñeces fuera de carta, te resultan tan gratificantes como el hallazgo de piedras mas o menos preciosas, pero siempre que estén descatalogadas. 
Una sensación positiva que, en este caso no termina hasta que inicias la vuelta a casa.
Conste que he visto turistas, varios, con una hoja de ruta desplegable en la que figuraban “todos” los monumentos que debían visitar, y un cuadradito al margen para ir marcando su asistencia .y, uno que es curioso e impertinente, no ha podido evitar el comprobar que todos-suelen ir en grupo- habían colocado ya la X en casi todos sus objetivos. Profesionalidad nipona y no el diletantismo del no se si, o del hoy va a ser que no.

Los tópicos sobre amabilidad, seguridad y extremada limpieza solo confirman su esencia, fidedignos y comprobables.  El ritual saludo de bienvenida y despedida, las reverencias y la perenne sonrisa no llegan a agobiarte cuando te acostumbras a ellos, y aun no siendo tan diferentes de nuestros hola y adiós, de las gracias y las disculpas de las relaciones humanas, te hacen sospechar enseguida su influencia en la génesis de las espaldas congeladas en los ancianos. 
Tanta reverencia y el sentarse en el suelo en la posición de loto, sobre las piernas cruzadas, algo incomodísimo para los profanos, sin duda tiene mucho que ver con las patologías lumbares. 
Los comparo con las observadas en los países árabes donde, a pesar de estar sobre el suelo, lo hacen en posición semi o descaradamente yacentes, como en las escenas de patricios en la Roma imperial. 
Obviamente no he podido adaptarme a mantener la cintura más allá de los noventa grados de flexión. 

Cosa bien diferente del uso de palillos, esa amenaza pavorosa que se cierne cuando  entras en algún comedor oriental y temes quedarte sin poder cumplir con la misión que llevas, cuando no el verte obligado a solicitar vergonzosamente un tenedor “fork” a la geisha de turno, y es que todas te lo parecen, esa dedicación a la amabilidad y a la sonrisa, a hacer sentir bien a los demás, aunque sean clientes.

Los palillos no esconden ningún secreto en su manejo, más allá del ridículo intento de aprender a usarlos mediante esquemas gráficos o lecciones personales, su uso resulta simplemente algo instintivo, el necesitar comer y tener esa herramienta a tu alcance. Si bien el concepto necesidad deja  paso enseguida al del placer de tener al alcance tu boca tantas cosas ricas y comprobar que solo los palillos las pueden llevar a ella. Reconozco que algunos, finísimos, torneados y puntiagudos, llegan a inducirte a pedir el comodín metálico, que la mitad de las veces te suele ser suministrado sin necesidad de hacer ningún ademán, ante tu evidente incapacidad.

La mayoría de las veces  sin embargo, se presentan con contorno rectangular, gruesos, de madera vista, y son realmente amables para el comensal inexperto, quien puede atreverse con ellos a pinzar, cortar, separar bocados e ingerirlos, sin necesidad de – horror- introducirlos en la boca, además en este último caso de aparentar su esencia de instrumento de un solo uso, que ofrece cierto apaciguamiento a la inevitable e infundada sospecha que te embarga en lugares desconocidos. 

Aunque reconozco que la sopa, la dichosa sopa, el miso no los necesita, pero la subyacente en los ramen, los udon, los inevitables fideos, termina originando un chorrito oscilante e incontrolable en cada bocado, y raro resulta el que tu camisa no resulte duramente afectada en el mientras. Dras hubo que llegué a hacer lo que resulta familiar por idénticas razones, en los italianos ante los espaguetis, la servilleta a modo de babero que, aunque resulte llamativa, llega a ser imprescindible durante el aprendizaje. Además el temor a llamar la atención lo pierdes enseguida, cuando compruebas que la llamas pero no viene.

La comida dicen que es, quizás, una razón más que suficiente para hacer un viaje a Japón, y dicen bien. Y ello sin tener en cuenta el pescado crudo o marinado, moda en Occidente que espero efímera, como todas, y que no supone más que una novedad relativa para un país como el nuestro donde el pescado reina y gobierna en cualquier mesa. Fideos y pescados aparte, y es mucho apartar, resulta imprescindible olvidar tus hábitos gastronómicos occidentales, cosa fácil salvo en el desayuno, cuando suplicas a google que te oriente hacia el lugar más cercano donde hallar una tostada y un café, manjares de difícil acceso. Eso si, llegando siempre a un cierto acuerdo entre ambas partes, no te ponen sopa, pescado o encurtidos en el desayuno, pero el huevo duro…. Inevitable.

Aprendes a comer sentado en el tatami, que no tiene nada que ver con el tataki de los bares españoles, es otra cosa,  a cocinarte tu propia comida en planchas y en esos estupendos recipientes donde hierves o fríes, según, la increíble carne de ternera de Hida, demasiado parecida en textura, incluso sabor, a nuestro excelso gorrino de bellota, o incluso la guarnición de verduras, en el punto invisible ese donde la comida cruda se transforma en sofisticado y exquisito bocado, solo o acompañado de la salsa correcta elegida obviamente por el azar del desconocimiento, entre la media docena de ellas a tu alcance.
Los fritos, el rebozado de tempura son un acierto seguro, aun teniendo la impresión, la sospecha maledicente de que te estén sirviendo algo precocinado, propio de lugares de comida rápida. Incluso rapidísima en mi experiencia, es uno de los platos que voy a echar de menos, con esa mezcla juiciosa entre verduras y pescado, marisco crujiente y dulce, y sin una gota de grasa, junto al platillo de encurtidos que los palillos intercalan con la fritura. Aquí debo honrar comparativamente la cocina malagueña y gaditana que tanto en común y en calidad tienen con los  restaurantes de tempura japoneses. Con su vaso de shake, la cena perfecta.

Si hasta de los pinchitos de toda la vida han hecho una especialidad, el yakitori que pasa desde la sencilla brocheta de pollo a la comida mas sorprendente que puedas imaginar, la semilla del ginko biloba, ahora en temporada, o el gusano de la cañailla, he probado entre un montón de alimentos insospechados, ensartados siempre en el palillo, aliñado con la apropiada y extraña salsa para cada variedad. Doy fe de que han hecho, también, una delicatessen de la banderilla, en su imprescindible parrilla y el calor del carbón a “la portuguesa”. 

Y también aprendes, asocias y compruebas que el mejor pastel de Lisboa, el “de nata” que te espera  calentito con su canela recién molida junto al muelle de Alcántara, lo han importado de allí los marinos del país vecino, hace un par de siglos, como tantas otras cosas. Aunque si escucho a los portugueses, resulta que fue justo al revés, ya que ellos introdujeron sus dulces, su cocina…Y como los tengo más cerca, no me importa cambiar de opinión si es menester y aceptar su versión, por aquello de adoptar actitudes saludables.
En todo caso, influencias ultramarinas que nos enriquecen con sus mezclas de especias, guisos, y por tanto de sabores. 
Mestizaje afortunado que te hace recordar la frase aquella del viajar como antídoto contra la xenofobia y… los nacionalismos.

Olvidaba, y no es justo, la bebida, el shake, servido en pequeñas botellas en los restaurantes callejeros y, curiosamente, a granel, en vaso de cristal, en cualquier sitio elegante. Reconozco haber probado especialidades locales, afrutados o secos, mejores los últimos, y siempre con la peligrosa sensación de que no me habría importado pedir otra dosis que, con sus 25 grados, puede  reconfortar a estómagos y mentes compungidas, pero también ante tu insistencia enviarte directamente  al añorado sofá que, también  reconozco haberlo echado de menos. 

Curioso, y divertido, el que te pregunten si lo quieres frio o caliente y la probabilidad incierta de que atiendan tus deseos, el hot y el cold les debe sonar similar, y el shake está tan rico que al final su temperatura azarosa me sirvió para hacer risas. Si hace calor lo tomas frio y sediento, algo peligroso, y si hace frio lo tomas caliente, realmente muy caliente, y sientes la sensación de que el primer trago lleva instantáneamente el alcohol a tu cerebro. Me rio yo de los escritores drogatas de la generación perdida, con lo fácil que es colocarse con un simple carajillo en este mundo nuestro, sin necesidad de jugarse la vida para ello.

Filmografía y bibliografía esenciales para enfrentarse a la comida japonesa:

-How to cook your life  o “Encuentra el nirvana en la cocina” 2007 Doris Dorrie

-Jiro, dreams of sushi 2011  David Gelb. 

 -El Gourmet solitario   Jiro Taniguchi
  (Realmente fuera de carta. Imprescindible).
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miércoles, 16 de noviembre de 2016

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (77)


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domingo, 13 de noviembre de 2016

HIKAWA MARU.- El venerable paquebote.






Dicen que lo más doloroso de recordar es aquello que se ha perdido. Y seguramente dicen bien, sin tener en cuenta otro aforismo que insiste en que hay excepciones que confirman reglas.
No encuentro otra razón aparte de su excepcionalidad, que justifique mi flechazo inesperado ante el Hikawa Maru, este amor a primera vista desde alguien de tierra adentro, alguien para el cual el mar, y sus barcos, deberían ser exclusivamente personajes irreales y ficticios, al pertenecer a ese mundo de fantasía propio de las lecturas infantiles, la saga de Emilio Salgari y sus piratas malayos, y otras historias leídas y releídas en el inicio perpetuo de la madurez, eso que llamamos adolescencia, el ballenero de Moby Dick, o el vapor que sube y baja el Rio Congo, descubriéndonos el horror que se esconde en el corazón de las tinieblas.
Ficciones literarias, y como tales, absolutamente prescindibles para cualquier poblador de la España profunda, quién no podrá sino corroborar la respuesta que da el falso Martin Guerre a su invocado parecer sobre España, donde presuntamente había guerreado antes de aparecer como impostor en el lugar donde sería juzgado, y ejecutado : « Seca ». Ciudadano in pectore de esta España que combate la ausencia de lluvias con rogativas a la patrona, y para quien los lagos son siempre pantanos, es decir artificiales, y una bañera llena es seguramente el lugar más peligroso del mundo.
Por eso su sorpresa ante la aparición en un muelle de Yokohama, tras cruzar el parque Yamashita, en el lado opuesto a donde instintivamente se dirige la mirada, el skyline, el perfil futurista horizontal de una urbe moderna, donde la arquitectura se convierte en un síntoma del progreso.
Allí, varado en un muelle propio, amarrado con cadenas de tamaño ciclópeo estaba, esperándome sin duda, el Hikawa Maru.
 Difícil describir este bellísimo barco , « La Reina del Pacífico Norte », para alguien que lo más cerca que ha estado de uno, ha sido ante aquellos que con la navaja, recortaba y esculpía desde la corteza del pino, y que tan desastrosamente imitaban a los destructores y portaaviones que aparecían en los tebeos de « Hazañas Bélicas » dibujados por Boixcar.
Quizás fuese la inesperada confirmación de que ese mundo marino, fingido hasta entonces, había existido realmente, y aparecía ante mí como el ángel con la espada flamígera, diciéndome : « Lo creas o no, esto es lo que hay ».
Como un niño, deslumbrado ante la popa encadenada, y su nombre y apellido « Yokohama » fantásticos, recorriendo el muelle de popa a proa y de proa a popa, ante el modelo que tantas veces habría sin duda inspirado a los dibujantes de los héroes infantiles, desde Roberto Alcázar hasta Tintín, pasando por los detectives Blake y Mortimer, y comprobando que él estaba allí, mirándome y dejándose acariciar agradecido, como el perro abandonado que busca dueño a quien servir.
Supongo que la emoción suscitada por una obra maestra suele ser individual y por tanto indescriptible, algo sentimental considerando además su historial de superviviente de rutas transoceánicas de nunca jamás.
Leo al pie de su costado, el cartel que intenta algo tan absurdo como intentar compendiar en tres o cuatro líneas, fechas, lugar de nacimiento, carrera e incluso, alguna anécdota estúpida, de esas que se colocan para llamar la atención de los pusilánimes, como que Charlie Chaplin o la familia imperial habían sido pasajeros habituales.
Construido allí al lado, en 1930, con técnicas de seguridad muy estrictas y sobredimensionadas para la época, cuando la sombra del Titanic y la pretensión de crear barcos insumergibles, obligó a incorporar el concepto de « compartimientos estancos » bajo la línea de flotación (algo incomprensible para quién, desde el secano, los estancos eran otra cosa) ya sugerido en el memorándum que presentase Joseph Conrad, en su ingeniosa demostración de la resistencia a los desastres de las latas de té pequeñas, dentro de otra más grande. Compartimientos estancos pues, y chapas de acero protectoras del enemigo invisible, iceberg o arrecifes, y que servirían después para salvar el barco este, al menos en las tres ocasiones en que las minas estallaron en sus costados.
Barco de pasaje y de carga, 350 viajes entre Yokohama u Osaka, y Seattle, centenares de miles de pasajeros, y solo en sus comienzos.
Barco hospital durante la segunda guerra mundial, después barco escoba para recoger, decenas de miles de soldados, los restos del ejército imperial, para reiniciar en la postguerra sus singladuras comerciales, hasta el advenimiento imparable de la aviación civil. Más tarde hotel y restaurante, albergue juvenil, bar de copas y ahora museo flotante.
Hoy, declarado Propiedad de Interés Histórico o algo así, permanece anclado en el puerto que lo vio nacer hace casi un siglo, después de haber sido útil para salvar miles de vidas y de haber dado satisfacción, y arruinado a sucesivos propietarios, a los que ha sobrevivido para hablarnos sobre el pathos, el destino , y el romanticismo aventurero que seguimos atribuyendo a los hombres del mar.
Acepté como algo inevitable la imposibilidad de visitarlo por dentro, al ser un museo de temporada estival. El haber descubierto, más tarde, que le han retirado las hélices, supongo que para convertirlo en un barco que no pueda escapar a través de la niebla, me pareció una crueldad injustificable.
Siento no disponer de otra vida, para regresar y recorrer su cubierta y asomarme al mar desde ella, aunque supongo que no dejaría de ser doloroso, al ser consciente de que La reina del Pacifico Norte, es solamente un animal que ha sido castrado y disecado, aunque siga presumiendo de hermosura intemporal.
Espero que esta buena gente siga considerándola, al menos, como algo más que un pecio flotante.
Sic transit gloria mundi, dicen.





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miércoles, 9 de noviembre de 2016

JAPÓN. CRÓNICAS DE UN VIAJERO ENAJENADO.- (1)

                             




Cuando subes una colina solo puede suceder una cosa nada insólita, y es que al descender por el lado contrario vuelvas a encontrarte en el nivel del terreno donde comenzaste, el tuyo propio.
El afán del viajero, ahora que puede desplazarse a cualquier lugar del globo con relativa facilidad, queda en entredicho al constatar que a partir de una determinada distancia de tu casa, solo puedes volver a acercarte a ella. Quizás sea ese límite, por el este y el oeste, por el norte y por el sur, el que te prueba lo insignificante de tu ambición de viajero, por muy lejano que pretendas tu destino. Japón en este caso.

Un lugar tan diferente que, inmediatamente, debes  olvidar cualquier intento de compararlo con tu entorno cultural o humano. Hasta el paisaje, teñido del verde interminable de los arces, del discretamente más oscuro del gingco, de los cambiantes tonos pastel de los campos de arroz, junto al rumor perenne del agua corriendo a tu lado, arroyos , a veces torrenciales, atravesando ciudades, jardines y cualquier templo que se precie, con sus barbos multicolores diciéndote en sus silentes bocazas que no eres más que un guiri, un gaijin extraño y siempre bienvenido. Inevitable la añoranza del agua, y su ominosa ausencia en tu tierra, donde tienes que ascender ochocientos o mil kilómetros hacia el norte, para poder comprobar lo agradable que resulta su proximidad  –la vida- acariciando la tierra , alimentándola.

Y ya digo que no quiero comparar, por absurdo, por no  declinar en el inevitable juicio del mejor o peor, cuando el único dictamen válido es la diferencia, es casi todo distinto, o así parece al observador cuyo asombro se agota tres o cuatro veces en cada jornada.
Son muy religiosos, o al menos lo aparentan, y tanto budistas como sintoístas me muestran unos ritos harto familiares, bastante cercanos a los practicados desde mi infancia, el agua bendita a la entrada del templo- ellos la beben, además- y su circunloquio bastante más sofisticado que el hacer con ella en los dedos el signo de la cruz. El incienso aromático y purificador al albedrío del feligrés que aporta su cartucho, y lo enciende en la vasija comunitaria, las bujías , pequeñas velas que recoges del estante, previa limosna, y enciendes junto a la hornacina, del santo de tu devoción.

 Quizás esta sea la primera gran diferencia, aparte de la ausencia de injerencias por parte de un clero invisible, el que las figuras de las divinidades sean discretamente antropomorfas, pero sin rostros precisos o diferenciados, tan solo las que representan animales, enviados celestes, muestran el detalle y el diseño del artista que las ha forjado, garzas, monos y zorros, rodeados por ciervos auténticos, te acompañan con insistencia a lo largo de tus visitas. Las procesiones festivas, los matsuris en los que las carrozas, y los tronos ostentosos, con decenas de costaleros, te hacen sentir aquello del principio, que has dado la vuelta al planeta para volver a encontrar algo idéntico a lo que dejaste en casa. Tan solo echo de menos algo, en este revival  politeista, las monjitas. No tienen.
Más de lo mismo en la calle, estatura similar a la nuestra, casi nuestro color,  al menos  el de los que somos del sur, y un pelo liso, oscuro y resistente, hasta el punto de que el exotismo de mi calva fuese motivo de hilarante diversión para adolescentes, en alguna ocasión, No habían visto nunca un calvo.

No se les ve tan apresuradamente estresados como imaginaba, salvo quizás en las entradas y salidas de la estaciones de metro, donde su  elevadísimo número los impulsa a dejarse llevar por el torbellino benefactor. Limpios siempre, ausentes de quienes les rodean, silenciosos, y con el aspecto feliz de quien acepta la jornada, larga, que tiene por delante. Habitual el aspecto semicomatoso, de los que regresan al anochecer,  a pesar de los subterfugios usados para disimular que realmente están durmiendo, el móvil junto a la cabeza y las extremidades dislocadas  en una verticalidad imposible, te confirman la paliza que han recibido ese día, y seguramente todos los demás.

Hay algo que me sorprende y extraña, la presencia frecuente de ancianos, la mayoría mujeres, deambulando con la columna curvada y rígida, una anquilopoyesis feroz que  convierte la verticalidad de la columna espinal en un recuerdo lejano. Prosiguen su camino con la mayor naturalidad, cargados con bolsas, o empujando el carrito de la compra o el propio de su oficio. Y ahí es cuando aterrizo, cuando extrapolo a los octogenarios y nonagenarios europeos, a los que no suelo ver en la calle, porque no trabajan con esas edades y menos con esas limitaciones físicas. Supongo que en Japón trabajan hasta el fin de sus días, que no existe la jubilación tal como la entendemos, y que ese destino siempre será mejor que el de convertirse en comida como en Soylent Green, la peli donde Edgar G. Robinson se despedía de todos, en el cine y en la vida. Inevitable la imposibilidad de establecer cualquier tipo de comparación, tan solo asumir la diferencia.

Llegué a ver una pareja joven agarrados del brazo. Él, alto fuerte y ciego, ella , espástica, colgada  del codo de su pareja, y evidente lazarillo de esa simbiosis. Más que sociedad espontanea supuse aquello fruto de una esmerada organización en la que a veces la suma de deficiencias puede llegar a anularlas. Aquí los imaginaba individuos independientes e imposibilitados, aunque probablemente entrenados para conseguir alguna medalla en los paralímpicos. Por cierto que no he visto a nadie, corriendo por las calles, haciendo footing o running, o cualquier otra alteración del orden, salvo el domingo en el parque imperial, entrenando para el maratón.

Y hablando de Edgar G. Robinson, la victima infinita de “La mujer del cuadro” aquel Fritz Lang recién aterrizado en Hollywood, he podido ver durante el interminable y mortificante vuelo de ida –el de vuelta fue peor, al carecer del factor sorpresa o novedad- la estupenda película “Trumbo”, donde descubro una faceta desconocida de este actor, la de comunista relapso, la de mecenas de la progresía y a la vez la de traidor en el infierno. “Usted puede seguir escribiendo y firmar con otro nombre” –le espeta a Dalton Trumbo, que había ganado el Óscar con “Vacaciones en Roma”, usando un hombre de paja- “Usted puede hacerlo, pero yo solo tengo esta cara, este rostro, y si  dejo de actuar, dejaré de comer”.
O algo así, que me descoloca la historia, puesto que siempre creí que fue Elia Kazan el único en delatar todo lo delatable. Parece ser que también Robinson, y que John Wayne estaban en el lado de los malos en la vida real, mientras que Kirk Douglas iba de héroe, por aquello de que era Espartaco. Muy bien la peli, estupendo personaje el de Trumbo, a pesar del maniqueísmo habitual, y de la cargante presencia de Helen Mirren, que también sale en “Eye in the sky”, infumable película bélica, de las guerras de ahora, y en “Hitchcock” , donde ya la tuve que apagar, menudo tostón. 
Comprendo que están en la cresta, pero media docena de películas al año no benefician a ningún actor, por muy bueno que sea. Al final parece que estas viendo una película española, donde los actores suelen interpretarse a si mismos, salvo rarísimas excepciones.

El hotel y las noticias de CNN o BBC. Vuelve la comparación de las miserias electorales norteamericanas y las patrias. Aquí el partido ha conseguido librarse del sánchez, y allí con un poco de suerte el trump puede acabar terminando con el partido. “El fracaso del bipartidismo” comentaba alguien, y yo me asombro otra vez, de que lo descubran ahora. Contemplo en la pantalla horrorosas manipulaciones vendidas con la más exquisita elegancia, los informativos de parte –la otra lo tiene crudo- y los elaboradísimos y convincentes documentales que intentan dar la vuelta a la realidad, a beneficio de sus productores, de los que sostienen el informativo gratuito. Durante una hora de magnifica puesta en escena y vistosas entrevistas con los protagonistas de la parte correcta, me explicaron, y hasta casi me convencieron, de lo genial que está resultando la iniciativa  de reclutar árabes palestinos como fuerza de ocupación del ejercito de Israel en Gaza. Puede parecer un disparate, pero una vez que te lo explican adecuadamente, lo entiendes. Algo así como los sonderkommand de los campos , las victimas de los nazis que pastoreaban a las otras victimas hasta el matadero. Algo así pero en colorines y con muy buen rollo. Los bucles de la historia son infinitos, lo son hasta en el sarcasmo más cruel. Judíos reinventando el holocausto, en este caso, ajeno.

Ciertos viajes como este me recuerdan a las motocicletas. Cuando ya tienes dinero para comprarla, la “Electra Glide” resulta que ya no tienes edad para disfrutarla. Ahora sucede lo mismo. Dispones del dinero para pasearte unos días por uno de los países más ricos, y caros, del mundo, pero adicionalmente necesitas una energía y un entrenamiento que ya está bastante lejos del que disfrutabas a los veinte años, cuando levantarte al amanecer, las cinco de la mañana en Tokyo, y patear la ciudad a lo largo de catorce horas te hubiese servido exclusivamente para lamentarte de que la jornada hubiese sido tan corta. Ahora descubres que la mochila es un invento genial e imprescindible si quieres disponer de libertad en los dos brazos, y descubres que aunque la batería se te agota en las primeras horas de la tarde, una vez recargada te dura cada día un rato más, entrenamiento físico que hace despreciable el gimnasio, cuando puedes mover las piernas y el corazón durante etapas que habrías considerado insalvables, quince días atrás. Aún así, la querencia de la hora de cenar y el agotamiento que conduce a la cama inconscientemente, te hacen añorar esa edad en la que los limites físicos quedarían conjurados sobradamente por el deseo, por las ganas de seguir adelante. Supongo que no se puede tener todo. Y no me quejo.

                                  

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