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jueves, 31 de octubre de 2013

PROVERBIO CHINO.-


Llora el que puede, ríe el que quiere.


(Proverbio chino)


Así comienza Lola 1961, de Jacques Demy, y eso pone manifiesto que el manual del perfecto guionista encierra algunos errores de bulto, o de abulto (1).

Si bien un comienzo poderoso e impactante resulta conveniente para atraer, e incluso secuestrar, la atención del espectador, debería aconsejar la progresión ininterrumpida del crescendo en la exposición argumental, durante noventa minutos o más, cosa que hace, aconsejarlo, otra bien distinta es que el guionista y el montaje puedan conseguirlo. Pero iniciar así una historia, puede dejar en trance a quien se dispone a disfrutarla, arruinando lógicamente lo que viene después, casi todo, en este caso.

No voy a contar la película, entre otras cosas porque todavía no la he visto. Después de la primera frase, anonadado y estupefacto, en mi estado habitual casi, he tenido que detener el reproductor de video. El Media Player, que es gratuito, para que veáis que se puede ser respetuoso con la propiedad ajena a la vez que me acostumbro a vivir con menos, a ir sin prisas por la vida y me acomodo a esta nueva corriente filosófica que de nueva no tiene nada, sospecho. Lo low y lo slow, que son buenísimos por más que el consumo se resienta y los economistas sostengan que si dejamos de gastar su negocio se viene abajo. Ingenuos ellos, como si se tratase de querer y no de poder.

Alguno debería leer más proverbios, más sentencias morales, como las que cada día, en negrita cerraban las hojas de aquellos calendarios de hojas volanderas, arriba el santo, debajo la sabiduría.


Lo siento por Anouk Aimée, que la tengo ausente en la fototeca de la memoria y que, sin embargo, es una deuda que le debo, y se la tengo que pagar, como la de José Isbert, el buen alcalde de Bienvenido Mister Marshall, aunque sea únicamente por haber sido el gran amor - platónico, o sea verdadero- de Alfonso Sánchez, el gran corruptor de menores de mi generación, a la que inoculó el virus cinéfilo para el que todavía no han encontrado tratamiento. Y mira que en la cartelera encuentro todos los días auténticos revulsivos y rubefacientes, verdaderos antiretrovirales que detienen la enfermedad pero, afortunadamente para los enfermos, sin llegar a curarla.

Putada le hicieron a Alfonso los graciosos de Donosti, cuando lo sentaron, sorpresivamente, junto a Lola (Anouk) en cierta cena gala del festival. No abrió la boca ni para comer, no movió la vista del frente, de ese lugar en ninguna parte donde uno quiere refugiarse cuando no es avestruz ni encuentra un agujero, tan solo se ruborizó, dicen, y sin duda sufrió un deterioro importante de sus parámetros hemodinámicos, que unido a su patología de base – el tabaco, ya sabéis- aceleraron su final.

Una putada, ya digo, o una buena muerte, según otros.


Yo sigo dándole vueltas al párrafo inicial y maravillándome con su traducción, nada fácil.

Si vamos a sufrir, querámoslo o no, dejémoslo para cuando podamos hacerlo con propiedad, cuando tengamos motivo para ello. Estos no nos van a faltar y, a poco corazón que tengamos, este se va a desangrar cuando pueda hacerlo. Verdad tan obvia como dolorosa, que deberemos dejar para quien (todos) puede.

Ahora bien, la segunda parte, la tesis, el fundamento de del aforismo, resulta realmente benefactora para espíritus enclenques y caquécticos como los nuestros, asolados por tiempos tan terribles – pobres ingenuos – que aquellos del oscurantismo medieval y los estragos propios de la peste, nos parecen entrañables al lado de las amenazas que nos desasosiegan, la probable eliminación de partidos de futbol en abierto para la próxima temporada, por ejemplo.

Nos está insinuando que si queremos, si nos ponemos a ello, la risa, la alegría y el efecto multiplicador de estos sobre nuestra actividad cotidiana y sobre aquellos que nos rodean, nuestro reino como diría el principito – a veces uno sueña con monarcas como él – puede cambiarnos la vida, a mejor. Y esta parte es afortunadamente, voluntaria, lo tengo comprobado.
Ríe quien quiere.




Supongo que el criptograma inicial tendrá otras interpretaciones que, pueden poner la mía en entredicho o directamente en apartarla en el cajón de lo erróneo, de lo cual me alegraría, siempre que no profundicen en el lado oscuro del ser humano, que el pobre más que oscuro tiene un lado realmente negro, pero que únicamente debería manifestarlo cuando “pueda”, dejando el resto de su tiempo entregado a “querer” lo contrario. Insisto.



Y vaya putada que le hicieron al pobre Alfonso esos malajes (2), no me la quito de la cabeza.


(1).- abulto. Se refiere a persona poco despierta o que dice cosas poco coherentes o sin sentido.


(2).- malaje. 1. adj. And. Dicho de una persona: Desagradable, que tiene mala sombra



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martes, 29 de octubre de 2013

GALERIA DE SIMPÁTICOS.-(O QUE A MI ME LO PARECEN).- 5 (HOY, DOS) -

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domingo, 27 de octubre de 2013

TIEMPOS ACIAGOS.-

En una semana se fueron Manolo Escobar y Lou Reed.
Y por si fuese poco, mañana es lunes.





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jueves, 24 de octubre de 2013

ERASE UNA VEZ... LA LLUVIA.-



 Jeremías Capítulo 33 Versículo 3.
!Clama a mi y te responderé!



Primero perdimos olvidadas, las palabras, luego olvidamos su significado para siempre. Nos quedamos sin ambos, cuando durante siglos, la actividad, los sentimientos humanos y la naturaleza que nos rodean han estado presentes y han necesitado ciertos vocablos para ubicarnos dentro y, lo que resulta imprescindible, para entendernos.

Por eso no me atrevo a llamar imprevisible al otoño, ni a la lluvia que lo acompaña. Puede que en ocasiones se retrase un poco, o precipite su aparición, y puede que la lluvia no caiga con la intensidad ni con la frecuencia habitual, pero no por ello estaremos haciendo otra cosa que equivocarnos al usar las palabras habitual o imprevisibles refiriéndonos a las estaciones del ciclo anual o los riesgos a que nos somete el agua que cae del cielo, por exceso o por defecto, nunca a gusto de todos, a veces para desgracia de algunos, pero siempre, absolutamente previsible. Es su condición, como lo es el mojar todo lo que toca.

Resulta que, en el caserón donde habito, he observado las primeras goteras de la temporada, la mancha húmeda que se extiende por el techo, intentando confluir con otra nueva, de reciente aparición, dejándome en la incertidumbre de si logrará hacerlo o no, si el estuco del cielo raso soportará el peso de tanta agua absorbida o si las gotas que caen sobre el suelo lo harán en el mismo lugar y con la misma fuerza que el año pasado. Si servirán nuestras medidas pasivas e indolentes, el colocar los barreños, los cubos y las orzas en los sitios de costumbre, y si serán suficientes para esperar el previsible cambio estacional, la llegada del invierno, en el que el peligro se haya conjurado nuevamente.

De arreglar el tejado no se habla en casa. Como un tabú intocable y centenario, el padre, senil, solo representa la autoridad heredada  que algún día tuvo activa. Como la casa en si, procede de varias generaciones atrás, la costumbre de vivir en ella sin otros deberes inminentes en su mantenimiento es el estar allí, el estar vivos, ignorando la fecha de construcción, e incluso el nombre del tatarabuelo que la levantó, y lo que es mucho peor, la fecha de caducidad, el carácter efímero de las construcciones que el hombre levanta sobre la tierra.
La madre intenta mantener el núcleo familiar unido, y a duras penas lo consigue. Sus conocimientos de albañilería han sido tradicionalmente nulos. Bastante esfuerzo, autentica piedra de Sisifo le supone el alimentar, vestir y amar a todos los suyos. Además, las últimas cosechas han sido parcas cuando no ruinosas, y la despensa flaquea,  escasez que ha debido mantener a escondidas del grupo, como tarea adicional y necesaria para no empeorar la situación, en la esperanza de que las cosas cambien, que cambien solas.
Los hijos mayores tienen en el alcohol y en el fútbol la distracción placentera que les hace ignorar el peligro que emerge sobre sus cabezas, los pequeños inevitablemente, piensa la madre, tendrán que buscar acomodo en casas ajenas, si continúa lloviendo.

Acometer obra de mayor envergadura que mover la palangana detrás del chorrito errante, parece impensable. La cubierta no existe, vista desde dentro, las tejas rotas y la podredumbre que las sustentan solo son intuidas después de tres días de lluvia, todos los otoños.
The Fall llaman en ingles al periodo en que caen las hojas de los árboles. Desde dentro del hogar, con la única ventana abierta, el televisor, la belleza  que transmiten los árboles de hoja caduca al desvestirse por estas fechas,  está ausente y la otra caída, la de la casa Usher (Allan Poe), o los presagios de hundimiento de “La casa tomada” de Cortazar, son solo eso, ficciones pasadas de moda. Metáforas repetidas sobre idéntica situación, la del pusilánime que sigue esperando, si no es rematadamente estúpido, que se hunda “solo” parte del techo, mejor en aquella zona donde no entrañe peligro alguno para los ocupantes, y que de paso, ponga inmediatamente en marcha el rescate a cargo de los vecinos. Como aquel que espera tener solo “un poco” de infarto, un aviso celestial para acudir al cardiólogo y realizarse el cateterismo.

De hábitos saludables ni hablar, de considerar los factores de riesgo, tabaco, colesterol, hipertensión, antecedentes familiares, aún menos. De correr los tejados previsoramente, antes de las lluvias de Ranchipur, monzónicas las de Negulesco, nada de nada, y menos aún con “la crisis”, que más que un acicate para superarla y evitar repeticiones, se ha convertido en un amuleto, en un comodín que justifica el quedarse quieto, viendo llover, para no hacer nada, esperando a que escampe. Confiando como ilusos en el aviso milagroso que nos conceda una segunda oportunidad. Mal asunto.

Que la lluvia es imprevisible, por escasa o torrencial, es la misma tontería que la negación de que la tierra da una vuelta anual alrededor del sol. Mantenerla puede suponer una actividad verbal muy entretenida en los foros del poder, e incluso divertida para los que se benefician de ellos, pero parece poco prudente el seguir sin mirar hacia arriba y el seguir sin tomar medidas para evitar los daños. El agua es lo que tiene.

P.D.- El cuento de los tres cerditos es otra versión sobre el mismo tema. Quizás si lo hubiese comprendido en la infancia, ahora sería más sabio, o al menos dejaría las lamentaciones para otros.

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martes, 22 de octubre de 2013

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.-(37)

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domingo, 20 de octubre de 2013

GALERIA DE SIMPÁTICOS.-(O QUE A MI ME LO PARECEN).- 4






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jueves, 17 de octubre de 2013

CALENDARIO PAGANO.-



Llegan las tradicionales fiestas de Halloween y no se que ponerme.

 
A la fiesta de los difuntos, todos los santos, y la visita ritual al camposanto hemos mantenido la fecha, los buñuelos y los huesos –de santo, por supuesto- pero le hemos incorporado una liturgia radicalmente diferente, impuesta por la costumbre imperial de sacar a la calle la habitual fiesta escolar de disfraces a que los niños de todo el mundo son sometidos para escarnio de familiares y profesorado.
Aclaro, los niños que tienen profesorado y familiares dispuestos. El resto también son niños pero, evidentemente, son de otro mundo.

Como la fuente de inspiración es la televisión norteamericana, se han seguido fielmente sus patrones rituales en los que las brujas  han dado paso a los fantasmas y estos últimamente a los muertos vivientes, a los zombis. Que son también difuntos que siguen con nosotros - idéntico el mensaje - y además se hace felices a los pequeños. Nada que objetar.
Si bien la parafernalia se ha extendido durante cierto tiempo al resto del año, gracias a la moda mal llamada “gótica”, mediante la cual los adolescentes han intentado mantener el estatus infantil a través de eso que llaman look, y que no es básicamente más que otra forma de aflorar la personalidad de aquellos que se niegan a madurar, demostrándolo de esta forma ostensible. El que lo hagan remedando el aspecto de cadáveres es o ha sido tan normal como los pantalones de la campana o el minipull para la generación de sus padres. Tampoco me parece nada censurable, y si una forma saludable de ir tomando consciencia de lo que les espera. 

Que Halloween ha tomado carta de asiento, ha reservado un palco, y lo ha hecho para quedarse toda la temporada, no me sorprende. Ya que tenemos una fiesta nueva, de esas que se han celebrado “desde siempre”;  y  el que cada año sea más ostentosa y prolongada tampoco es motivo de asombro.
Aunque su superposición a esas dos tradicionales, tolosantos y el día de los difuntos, me deje sin argumentos para la reivindicación que pretendo.

En un mundo sin fronteras y a punto de Armagedon, de lo que estaba convencido al haber comenzado a escuchar las trompetas del Apocalipsis- una de ellas- hasta que el otorrino me ha desilusionado, diciéndome que son acúfenos, pitidos de sordo que no tienen nada que ver con las susodichas trompetas, que no me haga ilusiones.
En este mundo de aflicción uno ve, sin embargo, otras señales celestiales -en mi país sin ir mas lejos- de las que te inducen a echar a correr y a disfrutar a tope el tiempo que te queda, antes de que llegue el cataclismo o al menos sus consecuencias, el hedor de la podredumbre. Y llegas a sitios lejanos y singulares donde la moneda  muy rara y el idioma incomprensible, te hacen sentir a salvo, o al menos en  el limbo.
Y en uno de esos paseos lejanos, más allá de Orión, me he encontrado el mes pasado con festividades ajenas que, a priori solo sirven para dejar con un palmo al extraño, un servidor, por aquello del todo cerrado.
 

Hoshana Raba 25 septiembre 7º día de Sucot, una manzana en la sinagoga la noche antes. Pan con miel como celebración.

Shmini Atzeret 26 sep 8º día de Sucot (o asamblea solemne).

Simjat Tora 27 sep ultimo día de la Torá (y 1º). A los niños se les regalan dulces y fruta.

Aunque bien pensado - la botella medio llena siempre- he sentido una nostalgia súbita por la religión de mis ancestros y además he visto una laguna inexplicable, una ausencia festiva en el mes de septiembre de nuestro calendario. Algo intolerable que podría mitigarse volviendo a recuperar la festividad. Como además el calendario hebreo no coincide con el romano y nuestros gestores consideran una de sus funciones de mayor brillo y trascendencia, el mover las festividades, y sus significados a su albedrío, podríamos disfrutar de una nueva semana vacacional (tres días los son, a esos efectos) que al ser móvil, incluiría un motivo de diversión adicional.

Creo que estas cosas ahora se consiguen juntando firmas. La gente firma en un papel, sin mayor esfuerzo ni gasto, y pide lo que se le ocurre, generalmente cosas menos importantes y que, en todo caso no haría falta reclamar si todos ellos animasen al resto a, sencillamente, cumplir con sus obligaciones, deberes, responsabilidades, todo eso que figura en la Torá y que el rabino lee a lo largo de todo el año hasta que termina, volviendo a comenzar, en la Simjat Torá.

Todavía no tengo clara la estrategia para conseguirlo, estoy en ello. Si bien después de asumirla como propia, intentaré hacer lo mismo con la celebración del nuevo año chino, que en Londres se lo pasan genial con ello, y de otra no menos nuestra como es la del Cordero, Aid el Kebir, la del sacrificio que cae el 10 del mes lunar Du al Hija y que, en todo caso es tan propia como la que me impidió entrar en la Gran Sinagoga; pero sobre todo, son fiestas que no debimos perder nunca, ni mucho menos dejar usurpar su lugar por aquellas bastardas, salidas de la pequeña pantalla. Lástima de templos.
 
Que conste que mi intención no es suprimir ninguna, todo lo contrario. Seguro que a los turistas -nuestros patrocinadores, padrinos y mecenas del futuro- les encantará un país donde la fiesta sea algo cotidiano. Además, el desempleo desaparecerá, carecerá de sentido, si el ocio y el asueto se universalizan.

Ya no se si reír o llorar, se me ha olvidado lo que debo hacer. Lo que tengo claro es que el respeto a los demás incluye a sus tradiciones, y respecto a las propias, aferrarme a las positivas, que son las más, y apartar las negativas que solo anulan la voluntad común  con pretextos medievales.

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sábado, 12 de octubre de 2013

DERECHOS TORCIDOS





Anoche me fui a la cama después de haber cenado un puñado de pistachos –mi mano es pequeña, y una vez cerrada, estimo que puede guardar quince o veinte frutos, no más- un yogur y un quinto de cerveza. Bagaje ideal para conciliar un descanso necesario y sin sobresaltos, a priori.

Pero una de las últimas imágenes, entrevista en los escasos segundos que el sueño presta a la tele, antes de apagarla, en el informativo-deformativo nacional, mostraba a un grupo vociferante, rebosando indignación furiosa, mediante rostros que -en plano medio- no aparentaban la menor sospecha de insinceridad, y repitiendo un grito unánime, que continuaba escuchándose incluso después de ser tapado por la voz del locutor. Podían leerse sus labios perfectamente: ¡Libertad! ¡Libertad!.(1)

La estaban pidiendo para los encarcelados por robar miles de millones de los fondos de empleo, de las ayudas sociales para los parados andaluces.
Esta mañana ya estaban en la calle.

Un proceso judicial, político y mediático que, aparentemente está dirigido por los representantes de la justicia, y que como otros similares, extenderá su instrucción durante décadas -lleva camino- permitiendo que se pierdan ciertos documentos claves, que fallezcan algunos testigos imprescindibles, y que cambien los colores de la bandera que ondea en el patio de Monipodio – no el patio mismo, claro está- para seguir avanzando inexorablemente a través de esos senderos torcidos que llevan al insomnio o a la peor de las pesadillas.

Ya, ya se que son solamente presuntos, y que ese adjetivo bien administrado se convierte en un prefijo que los filólogos terminaran por concluir que el sustantivo que acompaña no significa nada. Si los jueces los encarcelan, o la prensa los condena, es sin duda debido a errores de bulto – nadie es perfecto- y solo la sentencia, diferida, diluida, evanescente tras dos o tres lustros de divertidas entregas pre o post electorales, definirá la inocencia o culpabilidad de los encarcelados. Habeas corpus, presunción de inocencia, etc.

Para las víctimas, un país entero, no queda otro consuelo que el de pagar y callar. Deberes colectivos sofocan el incendio de los derechos privados.
Y aquí es donde no consigo cuajar la tortilla con la sartén al revés, asar la manteca, poner en orden las cuatro ideas que me quedan.

Resulta que de los derechos básicos que todo individuo tiene al nacer, aquellos sacrosantos que cualquier estado está obligado a respetar si quiere seguir siendo estado, llamados derechos humanos por unos, o derechos negativos por el malvado =  ultraliberal Ayn Rand - que no te maten, que no te violen, que no te roben- hemos pasado directamente a defender, a exigir directamente, la libertad de los que presuntamente te roban.
El estado, ausente- Como la masa silenciosa, ni está ni se le espera, diría Forges, y el interfecto un servidor, estupefacto.

Los hechos son evidentes, incuestionables, pero como decía algún personaje de Ettore Scola en “La terraza”, obra maestra, perfecto reflejo de esa cumbre intelectual europea que tuvo lugar a fines del siglo pasado, y cuyo descenso se nos está haciendo harto doloroso para piernas tan poco acostumbradas a bajadas tan abruptas. Como decía alguno de ellos: “Los hechos no tienen importancia, no son nada ante el estado de ánimo”

Va a ser eso, y tendré que acostumbrarme a dormir con la placidez de un bebé, sabiendo que el derecho a la libertad, incluso de los ladrones –presuntos- ha sido respetado, y que lo que es mejor-peor, que el exigirlo es algo real por habitual, y al que más me vale ir acostumbrando.

Quizás me excedí con los pistachos, y no debí pasar de la docena. Como Serge Reggíani en la película, que muere por inanición después de suprimir la que iba a ser última cena, dos aceitunas, tres almendras y dos altramuces. Es lo que nos va a quedar en el etéreo platillo de la balanza que nos ha tocado. El de los otros, lleva tiempo pegado al suelo.

P.D.- Ya era un disparate, reconocido por los más acérrimos defensores del estado del bienestar, extender este, el de los derechos positivos, que son universales pero nunca gratuitos, alguien paga por ellos, hasta límites propios de las prestaciones privadas más exclusivas, es decir costosas. Disparate difícil de asimilar y con consecuencias dolorosas a medio plazo.
El dar la vuelta a los primeros, a los divinos, a los negativos, que no te roben, para transformarlos en derechos unilaterales de los que nos roban - y no tienen la exclusiva los hoy felizmente liberados, como es obvio - es el invertir la base,  los fundamentos de la convivencia. Y esto solo puede conducir a una situación indeseada y estúpida. Estúpidos porque estamos viendo como se acerca y no hacemos nada por alejarla.

 

(1). El PAIS 11-X-13:

El TSJA afirmó que el acoso en los juzgados "revela una falta de aceptación de las reglas básicas de un Estado de Derecho".
Para el fiscal general, con lo ocurrido este jueves en Sevilla "se sobrepasaron los límites".

 “Bla,bla,bla,bla”.

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jueves, 10 de octubre de 2013

GALERIA DE SIMPÁTICOS.-(O QUE A MI ME LO PARECEN).- 3


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lunes, 7 de octubre de 2013

EL DIA DEL BUITRE.-




The Day of the Vulture. 


Algo deben tener en común las avecillas del señor,  con nosotros, los inmortales bípedos, algo aparte de la bipedestación, que también.
San Antonio, siendo niño, encerró a todas en su casa para proteger el sembrado,  ocasionando el asombro de sus padres y hasta del señor obispo. (1)

Evidentemente hay algo más que una corriente de simpatía entre ambas especies, y de alguna manera la supervivencia de unos depende de la de los otros. Por no mentaros el canario que los mineros colocaban en la punta de la vara para detectar el grisú, el primer sensor o alerta conocido sobre la salubridad del aire que respiramos.

Los poetas, por su parte, no han dudado en usarlos como  símbolos o, en la cima de la imaginación, identificarlos con el más genuino de los despertadores, el ruiseñor o la alondra,  según la versión interesada de Romeo o de Julieta.
Poe situó a su cuervo en la ventana y aprovechó esa capacidad que algunas aves tienen para remedar la voz humana,  recibiendo el mensaje lapidario que testifica la perdida de la amada. El nunca más, en verso – ya de puestos – por el pájaro negro.

Personalmente, siempre he preferido a Jennifer, la cotorra del Dr. Jeckyll en la versión buena, la de Jerry Lewis. (El profesor chiflado).

-        No lo hagas Julius, no lo hagas – le grazna la encantadora cacatúa.
-         - Cállate, pájaro tonto de pico largo responde Julius, momentos antes de ingerir la poción mágica que lo convierte en líder (monstruo).

Y más cercano, tuvimos al señor de las golondrinas, D. Gustavo Adolfo, que  asocia el ciclo anual de las elegantes andorinas con el de las primaveras y los otoños de nuestras vidas. Magnifica metáfora naturalista, y rimas sobrecogedoras, de cuando sobrecogían y, sobre todo, rimaban.

Olvidados en los tiempos cercanos, cuya celeridad y premura nos ha impedido tener consciencia de la desaparición de ciertas especies junto a las que hemos crecido. La tórtola ha sido sustituida por la paloma turca, cuya imitación del cuco, encuentro por donde paso, ominosa e insistente como el nevermore, el nunca más del pájaro de mal agüero de Poe. Me da yuyu el pajarito, no puedo evitarlo.

Pero “La vida te da sorpresas, Ay Dios”, cantaba Rubén Blades, y mirad por donde, hoy al salir del trabajo, he encontrado, escondido tras un arbusto, a este pajarillo.
Cuando ha estirado el gañote y me ha mirado a los ojos, me ha sucedido como cuando una chica hermosa hace algo parecido, que soy incapaz de fijarme en ellos, en sus ojos. 

Si además tenemos en cuenta que ha avanzado unos pasos hacia mí, y ha desplegado a medias la arboladura de sus alas, comprenderéis que mi timidez habitual se ha convertido en pavor. Aun aceptando que sus intenciones, como las de la hermosa ragazza del elevatore (esta de Silvio viene este año en el CD), son cariñosas, me produce una sensación de parálisis , de necesitar tiempo para pensar, para reaccionar ante estos imprevistos milagrosos que, desafortunadamente, solo suceden una vez en la vida – lo de la rapariga también- y termino convertido en una figura inmóvil que, junto ave que tiene enfrente, constituye una estampa digna del mejor espectáculo, contemplado y jaleado incluso por el personal  que transita alrededor. 

Intento convencerlo sobre la conveniencia de marchar de allí, inmediatamente, - él, que puede hacerlo- y solo consigo un par de intentos de despegue, abortados por quien está perfectamente capacitado para planear decenas de kilómetros, pero es totalmente nulo a la hora de iniciar el vuelo sin una pista adecuada, libre de obstáculos en,  al menos, diez metros, algo imposible, rodeado por un montón de curiosos.
Intento alejarme, por aquello de la timidez que no sé si será más bien una muestra de agorafobia reprimida o directamente una declaración de manifiesta misantropía, y el animalito me sigue, intuyendo que de  aquella masa vociferante no puede esperar nada bueno.

Surge inevitable el simbolismo, el sarcasmo inmediato, la cruel comparación entre aquel que nos libra de la carroña –esa es su misión- y aquellos que la producen. El uso y el abuso torticero del nombre de un ave inefable, para designar a los innombrables, los pertenecientes a la clase extractiva que paradójicamente, consiguen más beneficio matando la gallina –la de los huevos de oro, que es otra avecilla del señor- que dejándola picoteando en el campo, libre de estrés y de hambre. 

La clase gallinácea es –somos-tan silenciosa como indefensa, tan vulnerable como sufrida. Y aquí estamos, otra vez con la metáfora de los pajaritos y los pajarracos, Uccelaci e Uccellini, la de Pasolini, en la que el infravalorado Totó, daba una maravillosa vuelta de tuerca, interpretando el fraile que sabe más por viejo que por sabio, insistiendo en la necesidad e incapacidad de los gorriones de unirse frente al cuervo. 

Me quedo con la impresión de lo inesperado, de lo increíblemente extraño, de volver a ver, casi a tocar, este animal; cosa que no hacía desde los tiempos de mi primera comunión, allá en el muladar patrio, también llamado matadero de los burros. Y de la metáfora injusta que le ha tocado representar, la de aquellos animales que no dejan de sugerirnos la indefensión del ciudadano ante el largo brazo de la codicia.
Cuervos, buitres, carroñeros varios, cualquier icono que sirva para prestar su atractivo envoltorio –comen cadáveres – y distraernos de lo primordial, del peligro cotidiano para la supervivencia de los vivos.
Nada nuevo


(1)    Canción de los pajaritos (San Antonio Abad).-
Abrieron ventanas, 
puertas a la par, 
por ver si las aves 
se querían marchar. 
Antonio les dijo a todos: 
Señores, nadie se agravie, 
los pájaros no se marchan 
hasta que yo los mande.
Se puso a la puerta 
y les dijo así: 
Vaya, pajaritos, 
ya podéis salir.

“Salgan cigüeñas con orden 
águilas, grullas y garzas, 
gavilanes y avutardas, 
lechuzas, mochuelos y grajas.
Salgan las urracas, 
tórtolas, perdices, 
palomas, gorriones 
y las codornices.
Salgan el cuco y el milano, 
burla pastor y andarríos 
canarios y ruiseñores, 
tordos, gafarrón y mirlos. 
Salgan verderones, 
y las corderinas, 
y las cogujadas, 
y las golondrinas.”

Podeis escucharla - droga dura, aviso- en la versión de Cecilio.
Clic abajo.

http://www.youtube.com/watch?v=oiQAQkO_1s8 
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