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martes, 29 de diciembre de 2015

FELIZ AÑO. NOS LO MERECEMOS.-




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martes, 22 de diciembre de 2015

CUENTO DE NAVIDAD.-


Podeis elegir título. Es Navidad.



Esperando el cierzo.
El pupilo vasco. Martin.
El día más caluroso de un verano abrasador.

El prestigioso restaurante de la montaña navarra, había ganado el prefijo ex algún tiempo atrás, solo que nosotros desconocíamos que hubiese sucedido esa transición. En la seguridad de que un nombre, avalado por comensales de confianza, y un lugar apartado del torbellino estival – en lo alto de un monte, con acceso y señalización propios, para estimular el deleite de aquellos que necesitan la dificultad como acicate del placer- no podía decepcionarnos. Y así fue en lo gastronómico. Nada que objetar. Pero al segundo apercibimiento que hicimos al mesonero sobre la ineficacia del aire acondicionado, ya pudimos comprobar que el mando de potencia del susodicho, solo tenía acción sobre el ruido del ventilador. El compresor, y otros aditamentos  del otrora local lujoso, habían pasado a mejor vida.

Ni que decir tiene, aunque haya que decirlo para espantar las frases hechas, las pochas, excelentes,  también el vino de Olite y el sokoa vasco,  el temible pastel , aceleraron nuestro metabolismo lo suficiente para entrar en esa fase indistinguible de la fiebre, en la que el sudor y la obnubilación te obligan tras la sobremesa a buscar un lugar donde una brisa, por tímida que esta sea, y  con ella la disminución de un par de grados en el aire que respiras, te haga sentir la placentera sensación del náufrago cubierto por una manta, sentado estupefacto en la balsa de socorro. Esa vez lo logramos, seguíamos vivos.

Y en esta estábamos, sentados en un banco de granito adosado a una casamata, ocupando el lado exento de la luz directa del que todo lo alumbra. En esa hora del verano cuando comienza a disminuir la intensidad del sol radiante y el fuego concentrado en el suelo, inicia unas corrientes térmicas benévolas, que refrescan  saludablemente a las víctimas del infierno estival. Así, ligeramente reconfortados, descansando y digiriendo  aquello, sin duda.
No me apercibí de su aparición, hasta escuchar la pregunta de mi amigo a un extraño, a un amable y sonriente personaje que en otro lugar, y sin el evidente contacto verbal con alguien de confianza (otra vez la confianza, ese envoltorio cercano que a veces utiliza la fe) habría confundido con un bebedor solitario, en las horas perdidas entre las libaciones del mediodía y las del atardecer. Las manchas recientes en su camiseta y sus zapatillas deportivas así lo anunciaban.

-Tú no eres gallego. ¿Verdad?-

Supuse que la pregunta respondería -en realidad era una respuesta- a la forma franca en que aquel extraño se manifestaba. Luego advertí que realmente hacía referencia al acento inconfundible del vasco para quien la lengua castellana ha sido un hallazgo tan difícil como tardío – lo aprendió a medias, durante el servicio militar- y la expresión verbal queda reducida a un mínimo de palabras y a unos verbos limitados prácticamente al primer tiempo del infinitivo. A pesar de lo cual, el torrente de información, y de sabiduría, unidos a la sonrisa generosa -  que otra vez mi desconfianza, carencia de fe, intentaba distinguir entre la del bobo y la del sicópata, tan parecidas en ocasiones- unidos a ciertos micro elementos que las fabes suelen desprender en su fase gástrica, me hicieron sentir que contemplaba, extasiado, una aparición.
Aquello no podía ser verdad, la presencia de un ser sobrenatural. Cada frase una cita, cada silencio de suprema precisión, forzaba una remodelación de la estructura neuronal en el oyente, estupefacto.

Su insistencia en invitarnos a unas cervezas, y nuestra rendición ante alguien de una categoría humana, desconocida y probablemente superior, terminó por conducirnos a aceptar la bebida, a pesar de que a esa hora tan solo su valor como refresco, tenía lugar en nuestros hábitos de bebedores modestos.
En diez minutos hubo desnudado toda su vida, pasado, presente y futuro, ante nosotros y de un modo magistral. El presente era para él, su coche, un pequeño y flamante todoterreno que estaba a sus espaldas, ante el que se presentaba orgulloso como el que estrena chalet y está  en su porche con los brazos en jarra, su perro, que le había dado el dia libre (a él, según refirió), y su escopeta. Su futuro, la jubilación en un par de años, de la cantera, donde trabajaba junto a una máquina  peligrosa, la tolva trituradora de áridos que, hasta ahora había podido dominar sin incidentes,  y la promesa de una auto caravana que le permitiese la huida interminable de su soledad.

Soledad únicamente sospechada por el oyente, ya que no parecía asumirla como algo negativo, ni tampoco  razón alguna para entender la vida como algo que no fuese placentero, y merecedor de esa su sonrisa permanente. No descartaba la posibilidad de encontrar una “cocinera” que lo acompañase en lo quedaba del viaje, a pesar también, de que su relación con las mujeres, y con los hombres, había sido supuestamente tan lejana e imposible como la de los ángeles. Y solo un ángel podía mantener aquella conversación, frente a nosotros, con el sol en la cara y sin que pudiese afectarle, en modo alguno, la terrible temperatura de la intentábamos escondernos. Y si era humano, que todo es posible, para mi resultaba insólito.

Su mutis en el viaje por las cervezas, que estaban en otro plano, me hizo ver la necesidad de grabar aquella escena, de recoger la imagen y el sonido de aquella situación extraordinaria. No encontré nada útil para ello, salvo el teléfono móvil, y cuando quise darme cuenta tenía en la mano la botella fresquita de Cruzcampo. -Gracias- fue la primera palabra que le dije.
Continuó hablando, y ya con la familiaridad, supongo que mayor, sin las limitaciones del que intenta ocultar ciertas cosas a sus desconocidos. Mientras sus dardos continuaban clavándose en nosotros, seres ingenuos, extraños y débiles en un mundo que se extingue.

Tras la muerte de su madre, con siete años, en la edad puñetera en la que la consciencia y la fijación de los recuerdos se instalan para siempre en tu persona; su padre lo llevó junto a sus cinco hermanos a una feria, “Donde tratar con bestias y con personas” según Martin, y donde tuvo lugar la transacción, como pupilo, por la que pasó a pertenecer y a trabajar para una familia desconocida. Desconozco si su primer padre cobró o pagó por ello. No me atreví a preguntárselo, anonadado por lo que estaba escuchando. Tampoco he encontrado en los textos de esa época, la mía, nada que aclare la realidad de la transacción con seres humanos en mi país, durante el último tercio del siglo veinte, y menos en Euskadi. Ni quiero encontrarlo.

Nos mostró la ropa que se había comprado aquella mañana en un mercadillo  alejado del lugar donde nos encontrábamos. Tres camisas, una para regalo, que tras un ligero ajuste en la traducción automática que íbamos haciendo conseguimos entender que una era “de” regalo.
Los lugares, las ciudades, algunas conocidas por nosotros, y su ubicación en el mapa, suponían un conflicto mayor. Las distancias y la orientación eran algo abstracto. Hasta el arriba y el abajo dependía exclusivamente de su situación en la montaña, donde estábamos, y del valle de origen, más al norte, y sin embargo más abajo, obviamente.
No pudo comprarse pantalones porque no podía probárselos en público – risas- , y Con risas nos contaba los quince años que había estado trabajando en la papelera, ocho horas diarias con la motosierra – no quiso creerme cuando le expliqué que ahora las venden de usar y tirar, sin posibilidad de rectificar el motor, callé esa estupidez de llamarlo obsolescencia programada -  y en el caserío otras ocho, dieciséis al día, para pagar el alojamiento y la manutención, el pupilaje recibido. Solo con una de las hermanas había mantenido contacto ocasional, el resto, perdidos en la nada.

Su ilusionante fin de semana estaba centrado en “pegar unos tiros”, y en unas costillas y  tomates que traía en el coche para cocinarlos con sus amigos, cazadores como él, en el local social sobre cuya tapia estábamos resguardados.- “Yo asar bien”- nos dijo,  pero reconocía que las mujeres tienen mejor mano en los detalles.
No sé todavía cómo no tuve un corte de digestión, como la sangre que se agolpaba en mi cabeza no dejó seco al resto de órganos. El cómo una persona a la que la vida había tratado así no guardaba el menor rencor a nadie.

 -Ya ves, tener cuatro padres y no tener ninguno-.

El cómo fue compasivo y esperanzador sobre el comentario de la probable suspensión del AVE a Portugal, en  mi tierra. Como si la anécdota casual fuese un problema vital  que quisiera hacer desaparecer para mí. Con que serenidad explicó la pretendida cuestión vasca y los que se habían beneficiado de ella. Como respondió a mi irreprimible afirmación –Tú eres sabio Martin-. Como si la respuesta la hubiese tenido que dar cientos de veces.

–No. Solo que he sufrido mucho-

Y lo decía sonriendo, con una sonrisa sincera, de esa que no produce dolor en las mejillas por mucho que la prolongues. Sin impostura.

Me encontraba ante un guion brillante de un drama con final feliz, una comedia dramática, el calificativo que aparece  junto a la sinopsis de una película. Solo que era real.

Llegué a sospechar si no sería un actor que hubiesen contratado mis amigos para gastarme una broma. Si no era solo el monólogo perfecto del que lo ha repetido cien veces. Y cada frase que salía de su boca desdentada, cada mirada sincera borraba cualquier sospecha.
Y así hasta la despedida, en cuanto llegaron los compañeros de aspecto patibulario a los que resultó que estaba esperando, y sobre los que inmediatamente alejé cualquier sombra de desconfianza, de juicios precoces, seguramente erróneos.
Se despidió con otra sonrisa, angelical e insistiendo en que anotase su número de teléfono. Es la primera vez que veo en un móvil el numero fijado con una cinta transparente, una idea estupenda.
Guardo en mi guía su nombre y su número, y solo cuando llego a casa y lo compruebo encuentro solo letras, nueve letras, junto a su nombre. Y no ha sido un sueño, ni el calor, ni las pochas.

Recuerdo el relato de sus viajes, el de su primera borrachera, orujo gallego mediante, y la ventana del cuarto que cambiaba de lugar de la noche a la mañana, su excursión excepcional al mercadillo de Vilar Formoso, por donde yo había pasado una semana antes, y volvía a sorprenderme de cómo podía seguir valorando los mercadillos, las ferias de pueblo, como algo digno de disfrute y de recuerdo. La feria, el mercado, la vida.

Mis mejores, e inútiles, deseos para todos los Martin del mundo. Ojalá que no desaparezcan.



P.D.- He intentado escuchar la grabación de este encuentro, cosa que hice a través del teléfono móvil, algo sucio y traicionero, el grabar la conversación de alguien sin su consentimiento, intentando justificar, atenuar, minimizar mi falta, debido a la excepcionalidad del encuentro, a la copiosidad del almuerzo, o a cualquier hilo al que pueda asirme para escapar al pecado, y tan solo he encontrado un consuelo inesperado y definitivo, el ruido del cierzo, el silbido sobre el micrófono del aparato, hacen absolutamente inaudibles los cincuenta, o quizás sesenta, minutos. Como si aquello solo hubiese sucedido en mi imaginación, y las voces lejanas y metálicas, entrecortadas que llego a oír, provengan de un mundo mágico al que solo he tenido este acceso transitorio y, presumo, irrepetible.

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martes, 8 de diciembre de 2015

ALEGORIA PERENTORIA.-


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lunes, 30 de noviembre de 2015

ME TEMO QUE LA SANIDAD NO VA A ACTUAR EN ESTA FUNCIÓN.- (NO TOCA).


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jueves, 26 de noviembre de 2015

MARCHAR ES TAN SOLO UNA MANERA DE LLEGAR.-


Ahora está junto a OZU y NARUSE, y en nuestra memoria.
SETSUKO HARA








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lunes, 23 de noviembre de 2015

CUANDO DESPERTÉ, ELLA YA NO ESTABA ALLÍ. (CHANTAL AKERMAN).-




 

Te vas, aunque sea el tiempo que dura una noche de sueño reparador, o esos cuatro días de vacaciones en los que desconectas de casi-todo, vaciando la mente de basura, y de malas intenciones acumuladas inevitablemente a lo largo de todo el año.
Resulta que vuelves con la neuronas, y el alma, descongestionadas, con todo el poder que te ofrece la recarga física y moral del breve descanso, pero con una hipoteca oculta e inevitable, la de haberte perdido algo o mucho, importante o no, sucedido durante tu ausencia.

Desgraciadamente, cuando la noticia ignorada es alguna estupidez, queda rebotando en los medios durante semanas o meses, y a tu vuelta sigue fresquísima, ocupando la atención y el espacio en los titulares que serían necesarios, al menos para plegarias, si es que las agencias no disponen en esos instantes de otra mercancía que ofrecer.

Pero hay otros sucesos de supuesto interés limitado que nunca ocupan titulares en primera página, y figuran con esos caracteres de tamaño modesto que solamente lectores expertos en lectura rápida, en vislumbrar más que leer, párrafos  sin sentido, resultan afortunados al descubrir un nombre propio familiar, al que tienen la suficiente simpatía para obligarse a volver atrás, rebobinar y leer detenidamente la corta, brevísima a veces, pincelada  informativa debida a esa persona.
En esos casos, la ausencia  del viajero,  que se somete a estos nuevos ejercicios espirituales  que huye del mundanal ruido, lleva aparejada la perdida, la ignorancia de aquello que realmente sucedió y que, sin embargo, para el ausente jamás tuvo lugar, en su forzada ignorancia al menos.

Ayer ocurrió con Chantal Akerman, cineasta belga que falleció durante esos días de octubre en los que tuve desconectada toda fuente de conocimiento exterior, y gracias a los cuales recuperé las ganas de volver a enfrentarme con el eterno piélago de calamidades, e icluso albergar cierta esperanza de sobrevivirlas.
Un nombre propio solamente, uno de tantos, de esos que bailan en tu memoria esperando que te pregunten por él algún día en el concurso  “Saber y ganar”, nuestro “Quiz” para loros de biblioteca a los que algún día soltaron de la jaula, quizás para que podamos presumir de un discreto grado de conocimiento inútil.

Chantal Akerman se marchó uno de esos días, y lo descubro con retraso en alguna página de cinéfilos, la de Solaris en este caso, leyendo hacia atrás, como debe ser, dedicando el suficiente tiempo al tiempo que el escritor emplease durante los días, semanas o meses anteriores. Lo bueno de los blogs que no están centrados en  las noticias - para eso ya está la prensa digital-, es que el valor de sus páginas suele aumentar leyendo hacia atrás, como estuve haciendo en este caso.
Se quitó la vida, dicen en los noticiarios serios, falleció en París según Wikipedia, y me admira la limpieza, la pulcritud, el respeto para con la vida ajena, si no van más allá del hecho, y porque los detalles sobran, al menos cuando alguien toma y ejecuta semejante decisión.

No tiene sin duda quien le cante versos como los dedicados a Alfonsina Storni,  ni a una Mercedes Sosa que le preste voz a su despedida, pero en cierto modo, también Chantal era una poetisa, una feminista sin necesidad de presumir de su condición femenina, una cineasta europea lo suficientemente interesante para los de mi generación  como para no olvidar su obra, su trabajo tras la cámara, que al fin es lo que trasciende a la persona, el oficio dedicado a los demás.
Una pesimista muy optimista, como ella se retrataba, que a través de la observación y de la reflexión, nos deja una docena de películas estimables, con un estilo personal y amable para intentar hacernos comprender el entorno que nos ha tocado en suerte.

Quizás sea su imagen de chica moderna, sus ojos tan especiales , así como su provechosa madurez dedicada en  la enseñanza cinematográfica, los que repiquetean en el recuerdo del admirador y me inducen a dedicarle esta merecida lagrima.
Sobre todo si considero lo injusto que he sido con ella al no estar aquí, en el mundo, en ese su momento.
Si bien dudo en quien sufre más, si los que marchan sin despedirse, o aquellos a los que les gusta despedir a los que marchan y penan por no poder hacerlo. Un autentico sinvivir, admirada Chantal.
( Por cierto que para ojos, también  los de  Chantal Goya, otra de mi quinta).
Buñuel se fijaba en los zapatos, en los pies y no en los ojos, y es que que hay gente pa tó.
Fetichistas irredentos.



Por la blanda arena
que lame el mar
su pequeña huella
no vuelve más
un sendero solo
de pena y silencio llegó
hasta el agua profunda
un sendero solo
de penas mudas llegó
hasta la espuma.
Sabe dios qué angustia
te acompañó
qué dolores viejos
calló tu voz
para recostarte
arrullada en el canto
de las caracolas marinas
la canción que canta
en el fondo oscuro del mar
la caracola.
Te vas alfonsina
con tu soledad
¿qué poemas nuevos
fuiste a buscar?
una voz antigua
de viento y de sal
te requiebra el alma
y la está llevando
y te vas hacia allá
como en sueños dormida,
alfonsina vestida de mar. 





 


PD.-  Marie Laforet, por aquello de los ojos... Escuchad, mirad y a sufrir.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

CERRANDO LA MURALLA...






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viernes, 13 de noviembre de 2015

ORSON WELLES EN EL MANUAL DE USO CULTURAL.-

                                  


                                                                
                                                                Orson “Das wunderkind”

Welles, el chico prodigio, quien desde sus comienzos en el teatro shakesperiano hasta alcanzar la cima del cine universal a los 25 años, solo necesitó un breve lapso de tiempo y la confianza preñada de arrepentimiento, una y no más, de ciertos magnates de la RKO que se expusieron a producir ” Ciudadano Kane” en 1942. Un gran salto cualitativo para el cine universal, fusionando la puesta en escena expresionista con los mejores  medios técnicos y  artesanos de su época, los punteros en el oficio de lo que acababa de convertirse en arte, el séptimo.

Nunca sabremos, ni querremos saber, si  es en realidad una película de detectives, una road movie que enlaza sucesivos ambientes y personajes o, quizás solamente un melodrama, donde el último suspiro del presunto protagonista nos muestra en maravilloso flashback, escenas que siguen siendo paradigma del mejor cine setenta y cinco años después.

Un guion perfecto, actores de lujo,  secundarios que no lo son, entre ellos el primer y único español que haya brillado en el Hollywood clásico, Fortunio Bonanova, sin olvidar a un tal Joseph Cotten, cuya carrera no habría existido sin el apoyo de Welles , protagonista de la apócrifa “The magnificent Amberson” 1942, aquí titulada "El  cuarto mandamiento", por aquello de las témporas, y actor principal de "El tercer hombre" 1949 Carol Reed, donde el Welles actor, su memorable Harry Lime le roba a todo el mundo la función, igual que volvería a hacer en “Sed de mal” 1958 donde,  también como director, vuelve a asombrar, creando otro malvado imprescindible para el cine negro, el inspector Quinlan.

Su personaje , el predicador de “Moby Dick”,  John Huston 1956, sin cuya homilía inicial no puede comprenderse plenamente la historia de Herman Melville, fue suprimida por la censura  española, abundando en la interminable serie de destrozos que exhibidores y productores ejercieron sobre la carrera de Welles.
Fracasos en taquilla, boicoteado por el todopoderoso  Hearst, unido a la sombra de izquierdismo y la fama, merecida, de director caprichoso y extravagante, le obligan a trasladarse a Europa, donde su prestigio le facilitó suficiente crédito para estirar este declive de manera continuada hasta el fin de sus días.

Realiza media docena de películas, algunas para televisión, que, sitúan al borde de la ruina a otros tantos creyentes en el cine como arte, entre ellos Emiliano Piedra. Dejando inconclusos otros tantos borradores, escenas sueltas de películas que nunca llegaron a nacer, y que sus admiradores irredentos proyectan intermitentemente en exhibiciones para cinéfilos.
 Recuerdo como hipnóticas, ciertas secuencias de su inimitable Falstaff, aquí titulada “Campanadas a medianoche” 1965, por razones citadas con anterioridad. Espero impaciente la restauración digital de este clásico, donde los exteriores de la Castilla medieval cubren con creces las limitaciones del presupuesto.
Falstaff es, indudablemente, uno de los personajes preferidos de Shakespeare, por su humanidad. Su ambigüedad y su fatalismo, y no pudo interpretarlo nadie más fielmente que, Orson Welles, actor, productor y cineasta absoluto. De su larga época crepuscular, ciertamente inmerecida para un director de su talla, es esta la película a rescatar. Y con ella, toda la parafernalia de su rodaje, su milagroso making off  en la España de los primeros sesenta.

Esta, y también un extraordinario documental-legado, una sincera confesión de despedida, en la que, usando como pretexto la exhibición de ciertos impostores, falsificadores, que en el mundo han sido, “Fake” 1973, esboza mediante un primer plano de su rostro, en la sonrisa del pícaro bonachón, del gordito cariñoso que siempre fue, el guiño de complicidad con el espectador a quien va dirigida. Algo así como: " Ese falsificador soy yo. Así es el cine, y así ha sido la vida de este chico prodigio. Mirad la bengala cuando cae, y oled su brillo, continuad disfrutando el aroma de la pólvora, después de los fuegos de artificio" 

                            

  Magnifica despedida y estupendo epitafio, en el que no debe faltar
 "Rosebud",  la palabra iniciática de cualquier aficionado al cine.


                                                   

martes, 10 de noviembre de 2015

ALEGORÍA FACILONA.-


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jueves, 5 de noviembre de 2015

APARTA DE MI ESTE CÁLIZ.-


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domingo, 1 de noviembre de 2015

VIAJE A PORTUGAL III.- (Un país para golosos)




Resulta arriesgado sentarse a comer en un país del que desconoces el idioma. Más aún si te crees capaz de adivinarlo, de interpretarlo alocadamente.

Quizás en alguna de las primeras visitas, buscando  un sitio donde comer, en la época cuando allí estos todavía se denominaban “casa de pasto”, el vislumbrar el cartel de alguna de ellas con la modalidad “casa de fados”, justificase que el temerario interprete que llevo dentro, lo ubicase, al fado, como una especialidad gastronómica tan lejana como inaccesible. Pasaron largos años en que aquellos que hablaban de la excelencia de los fados, se convertían para mí en auténticos gurús, en aventajados viajeros que sin duda, habían llegado más lejos, mil metros más alto, que yo, en esa aventura del conocimiento que es desvelar platos y sabores lejanos.

Luego vendría la estúpida moda de identificar al fado como lo que era, debido en parte al hundimiento de la casa Usher, entendiendo como tal a las discográficas del mundo entero, y la necesidad de buscar constantemente etiquetas que rentabilizasen el otrora negocio que los hizo crasos durante un tiempo, tanto como para considerar la industria musical como  porcentaje influyente de ciertos PIB anglosajones. Por otra parte el fenómeno o ecuación pijo/consumo, ha inducido a los emprendedores a ofrecerles periódicamente alguna novedad exclusiva que genere esa riqueza súbita y evanescente a que nos tienen acostumbrados.

Así los expertos sibaritas de quienes aprendí tantas cosas inútiles, aparentaron resultar familiarizados hace un par de años con Carlos do Carmo o con la mismísima Amalia, y me hicieron comprender lo absurdo de la espera, por mi parte, de comerme un fado, un buen fado portugués, al que suponía  con toques de FAbada y de estofaDO.
Este paralelismo entre la comida portuguesa, vista desde el nombre de sus platos, y sus contenidos, como el de los sobres sorpresa de mi infancia, no ha cesado de emocionarme.

Lo del fado fue posterior a la estupefacción que supuso  ver ante mi cuchillo, el "entrecosto", a quien había tomado por un entrecot en la carta y, resulto ser que tampoco, que el entrecosto es la parte más innoble del costillar, con su osamenta incluida.
 Ni que decir que la sugerente "entremeada" que figuraba en aquel menú del dia, y a la que de inmediato me dirigí para desvelar su misterio, quedó en el limbo después de que mis acompañantes me disuadieran de pedir algo sin la menor información previa. Y la información es fuente de sabiduría, pero también de grandes decepciones, la entremeada resultó ser nuestra humilde panceta, y derivó mi elección hacia otro elemento que tampoco, mire usted.

Una vez que aceptemos el hecho de que durante años he sufrido la frustración de no haberme comido un fado, comprenderéis como algo absolutamente normal, es decir racional, el que si me haya comido "un marqués", y nada menos que de Pombal. Y conste que, a punto he estado de comerme también a "Dom Rodrigo", excepcional postre, supongo, ya que los dulces portugueses son casi todos excepcionales  a mí entender. Quizás disuadido por su presentación, en atadillo figiforme de aluminio, a veces coloreado, con un aspecto excesivamente escrotal, sobre todo cuando los sirven en parejas.  Aunque tampoco descarto la idea de su probable indigesto componente calórico, al estar compuesto de huevo dulce hilado y almendras, lo que obliga al comensal a continuar bebiendo líquidos coadyuvantes, Ginja o Amarguinha, quizás Beirao, en momentos en los que su estomago sobrepasa la capacidad para la que fue diseñado.
Sea como fuere el Dom Rodrigo queda a la espera de un próximo viaje en el que intentaré averiguar también el origen de su denominación.

Lo del marqués, en cambio, ha sido otra cosa, son hechos consumados, nos hemos comido un marqués, o quizás dos, y a sabiendas de que nuestra cultura da por bueno el que nos zampemos los huesos de santo, o las yemas de Santa Teresa, sin incurrir en antropofagia alguna, y no como en la peli de Nelson Pereira Dosantos, que también. Este buen marqués, el Pombal, reconstruyó media Lisboa después del Big One, creando un estilo propio, el pombalino, con el que ha pasado a la historia del urbanismo.

Con los restos, despojos, y bocetos perdidos, se permitió edificar un pueblo modelo, donde no  había más que un par de casas de pescadores y una playa cuando todavía las calas arenosas no eran tales. El lugar se llama, Porto Covo, y es un ejemplo, entre miles, del daño que el turismo y los depredadores que le acompañan, pueden hacer a cualquier lugar con encanto real, y no con la etiqueta de encanto que acompaña hoy a cualquier anuncio vacacional.

Este pueblo, que fue, antaño precioso, de pescadores con casitas adosadas y pintadas con ese azulón, casi cobalto, que antes era característico de los pueblos manchegos, y que tan solo intentaba evitar el encalado continuo de las partes más expuestas de sus fachadas a la vez que repeler insectos y otras alimañas que se suponen sensibles a semejante color.  Urbanizado al modo de aquellos españoles poblados de colonización de los planes de desarrollo de hace casi un siglo, de cuando los regadíos y los pantanos, pueblo de recortable, de idílico e inmaculado trazado con que los niños dibujábamos el plano de lo que suponíamos el hábitat ideal del ser humano. Hoy, naturalmente es la demostración de cómo las hordas de viajeros , entre las que se incluye un servidor, pueden convertir en cutre-parque temático a cualquier lugar, y Porto Covo es un ejemplo para no olvidar.

Lo cierto es que el dulce local, los bolos o pasteis, son denominados, naturalmente, marqueses; y no pude menos que catarlos, caníbalmente disfrutarlos, y asignarles un 9 en la escala de dulzura portuguesa, que no es poco.
Continente en la línea del volován de finísimo hojaldre de los pastéis de nata – mantequilla generosa y verdadera- y contenido sabia y moderadamente horneado con una mezcla de cabello de ángel, almendra y quizás una pizca de miel, lo suficientemente escueta para no quitar protagonismo a la gloria de la calabaza alentejana.
Otra muesca más en la lista de favoritos de cualquier goloso, el “Marqués de Porto Covo”.

Si bien , también en la lista de deseos insatisfechos figuran entre otros el  misterioso “Morgado”,  que figuraba en la lista de postres del mejor restaurante donde he comido desde hace años, y que también por excesos obligados, culpa del porco preto que nos pusieron delante, quedarán para otra, inevitable visita. Del lugar y la experiencia os relataré en otra ocasión, sin temor alguno de que se convierta en lugar de peregrinación que eche a perder ese, todavía paraíso.

 
Nadie es capaz de leer antes “El desierto de los tártaros”, de ver “Como era gostoso o meu francés” y hacerse quinientos kilómetros por carreteras secundarias, sin la suficiente vocación para ello, para encontrar  El Dorado de la gastronomía ibérica, doblemente ibérica.

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