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miércoles, 16 de agosto de 2017

CUENTOS DE LA MALÁ STRANA .-

Cuentos de la Malá Strana

A veces me he preguntado por los motivos de mi afición a los rastros, los mercadillos de viejo, esos destellos de luz que me dirigen compulsiva e inexorablemente a cualquier lugar donde se reúna un grupo de mercaderes aficionados y displicentes, abandonando casi, con cierto desprecio propio de su oficio, su mercancía sobre el suelo. Difícil buscar las causas de un sentimiento, de la espontaneidad del impulso que te orienta hacia alguien o algo, como en este caso.

Busco razones, y las encuentro, al comparar el contraste entre esos artículos usados, es decir vividos por otros seres humanos, deseados por otras personas y disfrutados por ellas, conservando quizás el aura de sus dueños anteriores y recibiendo gustoso en mis manos la contaminación con esos restos del espíritu ajeno, humanidad compartida.
Su reverso será la imagen vistosa de artículos impecables de escaparate, a estrenar, y a veces destinados a la basura inmediata sin siquiera haberlos liberados de sus etiquetas, la banalidad del consumo irreflexivo en el que paulatinamente nos hemos encaramado.

Cuando una adicción como esta lleva tanta tiempo dándome satisfacción, llenándome la casa de cachivaches tan maravillosos como inútiles, y obligándome a un lavado extra de manos, los domingos y fiestas- y viajes- de guardar, no es cosa de entonar mea culpa alguna ni de anotarla en la lista de problemas a resolver con el terapeuta de cabecera, que antes era el confesor, al menos en las novelas de cien años atrás, y que ahora es un mero figurante, a extinguir, en las películas americanas con visos de intelectualidad. 

Sea como fuere, no me arrepiento señor de los balazos infligidos, como el jinete de la ranchera, la de Jorge Negrete, y a la vez descubro las ventajas de convivir y descubrir objetos que encierran secretos verdaderos, es decir eternos, sobre sus anteriores estancias al lado de quienes los recibieron, los usaron y quizás, los disfrutaron.

Además he aprendido lecciones de incalculable interés sobre el valor real de las cosas, extrapolable a las personas, la suma de justiprecio y las ganas, el deseo de posesión que aporta el posible comprador y que inevitablemente distorsiona las cifras y termina por convertir en desafortunada cualquier adquisición.
Otra lección, de tipo puramente administrativo es la de diferenciar lo antiguo de lo viejo. Si bien algún familiar en tiempos dedicado a esto de la chamarilería me ha insistido varias veces en no confundir lo antiguo –más de cien años- con lo bueno, ni lo viejo – menos- con algo carente de valor.

Admitimos que la antigüedad, literaria en este caso, suele ser sinónimo de clasicismo, y permite a los autores y sus obras acceder al estante privilegiado donde los libros nunca correrán el riesgo de ser seleccionados para alimentar la chimenea, la lareira portuguesa, según costumbre, absolutamente sostenible y ecosaludable instaurada por Vázquez Montalbán.
Hay una zona intermedia, de sombras evanescentes, donde el material impreso te hace dudar de la actitud a seguir con ellos. Y es lo que me ha sucedido ante los Cuentos de la Malá Strana, de Jan Neruda. Primero en su primera lectura en tiempos de la dictadura, y ahora en la revisión de la misma obra como lector experimentado, clásica para muchos, y simplemente vieja para otros, como los pétalos descoloridos y sin el menor atisbo oloroso, de la rosa que fue, en tiempos.

Jan Neruda es un clásico indiscutible de la literatura praguense, la cara amable, lírica y costumbrista de Kafka, y su influencia ha llegado hasta prestar su apellido a su gran admirador, el chileno de la canción desesperada, e incluso a la calle de Praga que atraviesa el barrio que da nombre a los cuentos recogidos en “Cuentos de la Malá Strana”.

Quiero recordar que hasta esta reciente relectura lo he tenido archivado en la memoría como un adjetivo calificativo: “mala”, que sugería algo de maldad y desventura en los relatos, y que yo suponía un mero artilugio del autor para incitar a su lectura. Cuando he descubierto, y comprobado, el acento en la segunda vocal, Malá, y que es el nombre propio de cierto barrio, he cambiado el anzuelo del argumento trágico por el del exotismo, al que he añadido inconsciente y otra vez erradamente, el asociar al autor y sus personajes, con el judaísmo, tópico no siempre justificado sobre Chequia en general y Praga en particular.

Son relatos amables sobre le humanidad viviente, no necesariamente doliente, de allí y de entonces, y que, sin conservar la estructura tradicional de los cuentos, más bien parece una novela de viajes en las que el lector no necesita cambiar de paisaje, te introduce en una época realmente desaparecida para siempre, donde resulta difícil ubicar a personajes que gocen con suficiente entidad, como la de sus coetáneos rusos con idénticos gabanes, y limitaciones anacrónicas, para conservarlos en la sección de ilustres protagonistas de novelas imprescindibles.

Agradezco la traducción impecable, asumiendo que de checo no conozco ni el significado de strana, y que posiblemente esté escrita originalmente en alemán, pero entiendo que la labor del traductor es la de recrear la belleza de un texto, haciéndolo inteligible y, quizás, conservando el espíritu original del autor.
He pasado unas horas agradables en su lectura pero temo que no guardaré su recuerdo durante el tiempo suficiente para evitar el volver a leerla. Aunque con esto de la memoría convertida en chapapote, no puedo asegurarlo. 

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viernes, 21 de julio de 2017

EN EL MUNDO DE FERLOSIO.-


El testimonio de Yarfoz.- (y de Ferlosio).

Resulta ser un apéndice o compendio de las guerras berciales, aquellas infinitas e inmemoriales que a buen seguro el autor ha escrito y reescrito innumerables veces para asegurarse de que una obra de tal magnitud no irá a publicarse de cualquier manera.
Presumo que, lamentablemente, seguirán inéditas, al menos hasta la irreversible ausencia del escriba que, esperemos suceda con idéntica demora que la de ofrecer al público este brillante resumen de nuestra historia ficticia, suponiendo que todas lo son.
“La historia me absolverá” proclamaba Fidel, y sus victimas le devolvían la pelota. “Pero la geografía no lo hará jamás”.

Y es de geografía, tan real como inventada, de donde surge la trama del bordado de Ferlosio. Desconozco si es anterior este territorio presuntamente ficticio, o quizás simultaneo a la Región de Juan Benet, su amigo y cómplice supongo en esta revelación de la verdad a través de la palabra, en tiempos en que había que disfrazarla con ficciones inteligibles para el lector inteligente, y solo para este. El resto solo encontraría una disertación brillante pero tediosa de unos sucesos históricos que se repiten con un bucle infinito en el país titular de la lengua de Cervantes, mira por donde. La lengua, la sin hueso de Quevedo, y la inestimable fortuna de aquellos herederos que todavía son capaces de darle un uso adecuado durante centenares, miles de páginas, en las que el verbo certero se adorna con la riqueza propia del idioma en el que nos expresamos. Si le añadimos que detrás de estos artistas hay unos tremendos intelectuales, y que estos siempre han antepuesto la ética, la moral personal, por encima de la peligrosa ingratitud de la política, y han desdeñado la insufrible amenaza, para un escritor, del presunto y probable desdén de la mayoría de los lectores, nos encontramos con unos especimenes humanos, dedicados a la escritura y al pensamiento, algunos a tiempo completo como Ferlosio, a los que hay que cuidar como receptáculos vivientes, como vasos canopeos donde se guardan las vísceras de nuestro país.

Algo de esta divinidad literaria se aprecia como aura evidente cuando uno se acerca a una obra menor ¿? Como El testimonio de Yarfoz. Testimonio como el de aquel escriba morisco o judío que le relataba a Cervantes la historia de Alonso Quijano, para que él, simplemente la trascribiera. Testimonio monumental, de una historia que a buen seguro los editores, ávida dolars, publicarán con sus correspondientes borradores, en cuanto el nombre del autor cobre la viralidad oportuna, por aquello del nunca más. Después de leer el último Pla, sus diarios anotados en calendarios publicitarios, estoy preparado para cualquier cosa, aberraciones crematísticas incluidas.

Para ello se inventaron el artefacto literario de las obras completas, todavía abierto en el caso de Sánchez Ferlosio, hijo del otro Sánchez (Mazas), y consorte ocasional de Martín Gaite, amén de hermano de Chicho, En todo caso fruto el Yarfoz de cierta época en la que las anfetaminas colocaban a su generación en la dirección y la necesidad de la dedicación a los altos estudios eclesiásticos. Si bien el hombre siempre ha insistido en que ese era el eufemismo bajo el que los obispos ocultaban a los párrocos conflictivos, convictos de aquel pecado imperdonable de entonces, el escándalo.

Esplendida saga de tronos y sus herederos, de caballeros andantes, y del reflejo de un tiempo cuando la concordia entre príncipes les otorgaba el sobrenombre de “Concordantes” a la vez que aseguraba la paz a sus pueblos. Paz que podía desvanecerse tras algún incidente fortuito, con el añadido de la inestimable colaboración de la concatenación de circunstancias que transformarían un resbalón en el pavimento en un traumatismo craneoencefálico fatal.

A veces me recordaba a Frodo y sus compis de los tiempos de los anillos, si bien es de otras guerras y otros tiempos más cercanos, y reales, de que nos estaba hablando Ferlosio. Pero no es el fondo de la historia, ni su desarrollo lo que justifica la publicación de Yarfoz, en todo caso. 
Los críticos expertos hablan del pasaje de “Los babuinos mendicantes” como algo absolutamente genial y sobre lo que quizás la generosidad de Ferlosio tenga a bien extenderse en sus guerras berciales, al dejar al lector con la sensación de que esa brillante parábola quede reducida a tan escaso número de páginas. El lector, que esto suscribe, encuentra más adelante otra tribu urbana “Los hijos del Rey” al menos tan estimable como el episodio de los babuinos, y que te explica perfectamente, el devenir social y moral de gran parte de la sociedad de aquí y de ahora. Tan mendicantes y tan desnortados como los babuinos de aquel camino, para los que siempre han previsto los dirigentes, ciertos sacos de mendrugos.

El buen Yarfoz, el tusitala del cuento, circula por regiones, a través de cierto estado plurinacional, muchas décadas antes de volvieran a darnos la lata con aquello del independismo, a sabiendas de que uno, como los personajes de Ferlosio, es, será y seremos, metecos en la Galia, charnegos en Cataluña y, lo que es mucho peor, en nuestro propio país, donde el trato recibido desde nuestros gobernantes, a través de sus democráticas amnistías fiscales, y de sus irrisorias condenas – libertad condicional- previas a cualquier veredicto, sean cada vez más similares a las que observa Alicia en la justicia de la reina de corazones.
No tiene tanta profundidad como Alicia, el testimonio de Yarfoz, aunque quizás tenga otro tipo de profundidad no tan evidente; pero la brillantez del texto, lo atractivo del viaje –película on the road, siempre adictiva- y el canto a la palabra, al verbo, la madre del pensamiento, justifican plenamente el tiempo que le he dedicado, y su permanencia en mi cartera de valores: D. Rafael Sánchez Ferlosio, uno de los últimos sabios vivos de nuestro país.




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jueves, 20 de julio de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (85)






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sábado, 15 de julio de 2017

CANADÁ .-


Canadá” de Richard Ford.-

La mejor novela publicada en el 15 y posiblemente en la década, no importa en cual, según todas las listas de los consejeros espirituales en los que, todavía, fiamos los adictos a este vicio de vampirizar el pensamiento o la palabra ajena, a través de sus escritos.
Reconozco que la he leído entera, a pesar de mi reticencia inicial, y de un par de intentos de autoflagelación repitiéndome aquello de que no es bueno perder mi tiempo, precioso y finito, con historias que no me van a dar dividendos ni ampliación de capital, ni enriquecer lo más mínimo mi pensamiento.

Bien. Pudo conmigo y llegué hasta el final, previsible por avisado, con esos spoiler que algunos autores colocan estratégicamente para soplarte desde el principio los puntos cumbres del relato provocando tu morbo, va a haber atracos y asesinatos, y el final no te va a dejar mal sabor de boca “como luego se verá”, y en el mientras te vas situando en ese entorno tan familiar y cercano, la pequeña y decadente ciudad del medio oeste, o del alto este, es igual, americano, donde la descripción de los personajes , absolutamente anodinos e intrascendentes, te van a tener arrebatadamente entretenido, casi tanto como lo han hecho con el autor, en las innumerables horas, días y semanas transcurridas en alguna hemeroteca local revisando la prensa de aquellos años relatados después, y extrayendo notas, tópicos locales, políticos o económicos, que embadurnaran de verosimilitud la crónica de un suceso menor extendida hasta una superficie equivalente a los billetes que componen el premio Pulitzer, mejor en billetes pequeños, que cunden más. Si el autor ya ha recibido el prestigioso talón por alguna obra anterior, mejor. 

Hay que considerar el nuevo trabajo como una extensión del glorioso dia de la independencia, o del que vendrá después, de lectura obligada para medio planeta, el que cree todavía en que la novela de no ficción consiste en convertir el mulchin y estiércol viejo, que suele ser el bueno, en un inestimable abono para las neuronas poco exigentes, dosificando el corta y pega, y la perorata, en ese estilo tan brillantemente descriptivo del autor en cuestión.
Ciertamente, me ha recordado a Capote, y a su obra magna: “A sangre fría” desde la tercera página. Y la comparación, tan odiosamente inevitable, ha favorecido otra vez al maestro del crimen banal, a la tragedia local, la molesta avispa que, insensata ella, no tuvo en cuenta la alergia de que era portadora la familia aquella que estaba de picnic, y cuyo terrible final dio motivo suficiente al privilegiado atleta que encabezaba el equipo de cualquier editorial postinera, para vendernos, otra vez, el reflejo literario de la inanidad inherente a la sociedad de allí y de entonces. Nada por aquí y nada por allí.

Y veo mi error de jumento tropezando dos veces en la misma piedra, al recordar aquel titulo del autor, una de sus obras maestras, que me dejase tan perplejamente enganchado como para no dar importancia a haber perdido el libro cuando iba por la mitad, o mostrar signos de desinterés, es decir ingratitud, a quien lo recuperó para mi, colocándolo después en el lugar donde los condenados esperan que les llegue el día y la hora en que sus paginas se convertirán en ceniza mientras las letras ascienden hacia el cielo, el limbo de los inocentes en el mejor de los casos.

Realmente faulkeriano su estilo, maravillosas descripciones de lugares y personajes perfectamente olvidables, tan brillantes como intrascendentes para el lector. Este.
Por si tuviese alguna duda al respecto, veo que el autor ha sido también premiado con el Princesa de Asturias de las letras. Me rindo.

Siempre me vienen a la memoria las condiciones que imponía Oscar Wilde a cualquier escritor, el tener algo que decir y el hacerlo. Nada más.
Después he ido tomando conciencia de que son condiciones imprescindibles pero nunca suficientes. De ser ciertas, al menos uno de cada diez libros publicados se convertirían en dignos de lectura y de conservación. Y resulta que no.
Hace poco leí a un escritor español, quien añadía otra condición complementaria, perfeccionando el aserto de Wilde y convirtiéndolo en irrefutable, y es la de hacerlo bien. Si no está bien escrito, no hay nada que hacer, no merece la pena perder el tiempo en intentarlo, sea escribirlo o leerlo. Pero es que la inicial resulta fundamental, el tener algo que decir, una idea genuina del escritor que pueda servir, o al menos alegrar, el alma de sus lectores.

En este sentido, y suele suceder con demasiada frecuencia, novelas como Canadá te hacen pensar si realmente te han contado algo, y si ese algo puede tener para ti el mínimo interés que justifique su lectura. Aun asumiendo que está bien escrito, posiblemente excepcionalmente escrito y estructurado, a pesar de que los traductores hayan puesto sus palos en la rueda de la carreta, con el beneplácito de los intocables, los editores que supongo no se han rebajado a leer la obra en castellano, o al menos a consultar asesores expertos. Bien pensado, es algo prescindible, después de comprobar como se vende la enésima edición, en su versión rústica o de bolsillo, después de estar dos o tres años de ocupar los lugares superiores de superventas en su versión lujo o cartoné. 

Da un poco de rabia cuando el valor principal, y quizás único, de la novela sea esa tercera condición, la de estar presumiblemente bien escrita, y releer párrafos sin el menor sentido sintáctico, que convierten en ininteligibles, pasajes de un escritor poseedor de un estilo absolutamente limpio y transparente. 
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miércoles, 12 de julio de 2017

LECTIO INTERRUPTUS.- O RICOMINCIAMO (Según Pappalardo).




Como podría ser de otra manera- siempre lo es- y no fue, los libros quedan apilados en los meses fríos, durante los cuales el trabajo intenso y la escasa luminosidad de las cortas horas diurnas nos sitúan en la necesidad de envidiar e imitar en lo posible a la marmota Phil, guardando reposo-también mental- y atesorando energía para malgastarla a partir del momento en que la criatura tenga que anunciar el fin del invierno. Momento que coincide ineluctablemente con el comienzo del verano, aunque sigan culpando al periódico fenómeno del Niño los no creyentes, y al calentamiento global los fervorosos del cambio climático, el hecho de que las estaciones han quedado reducidos a dos, obviamente las más crudas y crueles, el invierno y el verano.



Y ello es ahora -voy retrasado- cuando la hojarasca y los restos de la poda apilados en el patio, esperan el fuego de San Juan, la purificación de los detritus domésticos de los últimos seis meses en su versión tradicional, haciendolo mansamente acumulados, cubiertos de hierba y ramas todavía frescas, para otorgar a la luminaria su humareda complementaria que la hará visible e incluso olible, por parte de los servicios antiincendios que no permiten semejante riesgo sin estar asociado a la barbacoa de rigor o a la tradición medieval de ahuyentar los demonios con el medio que ellos creen de su exclusiva propiedad, el fuego.



Los libros participan inevitablemente en el evento, saben que fueron fabricados para ese fin, entre otros, y que los inquisidores, los nacionalsocialistas, y los directores espirituales, siempre han tenido a bien, exterminarlos en la pira, por un quítame allá titulo, autor o estilo inconvenientes, sin olvidar el necesario aclaramiento de las estanterías- Billy- para liberarlas de esos indeseables ocupas que han ido colonizando imperceptible e incansablemente los lugares donde su obstinada presencia los hace reos de hoguera.



Afortunadamente, el hecho de espigar entre las semillas de centeno, con o sin cornezuelo, que se han colado en el trigal, me hace enfrentarme a libros que he ido acumulando, objetos de deseo lector, que van ubicándose en la interminable lista de espera donde guardan cola rigurosa, llegando a perderse como los últimos campesinos de las hileras que mostraba Einsenstein en los paisajes rusos, trasladadas después por Malraux a la Sierra de Teruel, serpientes zigzagueantes que se pierden en el punto de fuga de la imagen, y que te vienen a recordar aquello de que el tiempo será todo lo infinito que quieran los físicos, pero la vida es corta, según se mira desde dentro, y el deber del lector es el de mantener viva la llama que no arde, la del conocimiento.



Así que vuelvo a extraer algunos cuya próxima obsolescencia los coloca en riesgo de caducidad inminente, y otros cuya deuda contraída los hace acreedores de un interés compuesto que me va a llevar a la cárcel –la del juego de la Oca- vebigratia la saga del señor de la magdalena en el jardín de su tía, o la interminable y circular ruta, con un riñón en el bolsillo, del epígono irlandés de nuestro Quijote. Novelitas al fin y al cabo, de relectura tan aconsejable como sea de largo el tiempo transcurrido desde la anterior. Al fin y al cabo ahora soy otro lector totalmente diferente de aquel que acarició sus hojas con una edad no apta para su completo aprovechamiento.



Comienzo la temporada con títulos que se han consagrado durante los últimos años como lo mejor de lo publicado, a criterio de los críticos -error- para comprobar que mis sospechas sobre su relación pecaminosa con las editoriales suelen ser absolutamente ciertas, concretamente las referidas al noveno mandamiento, adúlteros irremisos, por más que me jurasen amor eterno e imparcialidad en sus falaces comentarios sobre literatura ajena, que la propia queda reducida a esos sueltos en la paginas culturales y a las reseñas de las fajas y solapas con las que terminan embaucando a ciertos incautos, como un servidor.



Y conste que el espanto de los que figuran en las listas de superventas ya me hace dar un rodeo cuando tengo que soportarlos en los estantes del súper, o de las librerías convertidas en supermercado de libros, donde te pasas horas dando vueltas, buscando ideas, conocimiento, cultura o incluso arte, y solo encuentras columnas de tochos de papel, candidatos a las hogueras de San Juan, y vendedores amables que solo saben decir “no”, en cinco idiomas, sonriendo, después de estar un rato hurgando en la pantalla del PIC, la que les confirma que no hay ediciones recientes, ni honestas, de este o de aquel. (Cliente este, raro y molesto, de los que te dan trabajo y no compran nada, y te dejan sin despedirse y sin facilitarte los datos, su filiación completa, cuenta bancaria y número de la taquilla del campamento militar inclusive, para que le tengamos informado de los próximos lanzamientos, cosa que tampoco está dispuesto a creer, por la mueca sardónica que esboza en su rostro, antes de perderse en la lejanía, quizás para siempre. Snif).

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sábado, 8 de julio de 2017

!QUE TE VOY A CONTAR... QUE TU NO SEPAS!


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martes, 6 de junio de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (84)

Y si lo piensas... no solamente de la sanidad.-





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martes, 30 de mayo de 2017

HOY MELANCÓLICO.(PARA VARIAR).-





Nada que hacer



Es una canción de Salvatore Adamo que, como casi todas las suyas cuenta una historia con principio y final, añadiendo incluso algún mensaje moralizante o divertido, como en este caso, con moraleja.

La verdad es que, este hombre tuvo además  suerte al disponer de un traductor bastante correcto que, conservando el fondo de la letra original las versionaba al castellano con la fortuna de hacerlas creíbles y memorizables. Creo recordar que el  traductor figuraba en los discos a veces como coautor,  y que solía trabajar para muchos de los que publicaban en nuestro país, cantantes o grupos, ingleses, franceses o italianos. No recuerdo su nombre, y supongo que será otra de esas figuras anónimas que tampoco pasarán a la historia.



Lo cierto es que el optimista de Adamo, al igual que hizo en la divertida  “Mi gran noche”, intenta contarnos el resultado de bucear entre las chicas de sus recuerdos, sus novias juveniles durante una iniciativa algo retrasada que le permitió comprobar los estragos que el tiempo hacen en las relaciones de pareja, no solo en las sentimentales. Hay un machismo implícito y persistente que perdura todavía en cuanto das la vuelta a las canciones, o a las noticias, y que en este caso, queda reflejado en la no disponibilidad de la chica cuando está ubicada en otra relación. Algo así como el precinto que el chico cuelga a su pareja para asegurar su pertenencia. Poco ha cambiado este rol en cincuenta años.



El cantante sugiere estar libre y supuestamente necesitado de afecto en ese momento, e intenta recuperar asuntos inconclusos de los que no nos cuenta otra cosa nada más allá del nombre de la chica o del amigo en su agenda sentimental. El resultado de su pesquisa, el final de la aventura, ya viene incluido en el título. Nada que hacer.

Y el caso es que lo asocio a la búsqueda de aquellos amigos de la infancia, compañeros de colegio, o vecinos de portal, cuya lejana desaparición  los hace acreedores de la posible y temible calificación con la etiqueta de la inexistencia.



Por una parte me aterroriza pensar en tal posibilidad, y por la otra, la amenaza de la certeza, el presagio de la sospecha, al completar la indagación infructuosa sobre sus nombres y apellidos en el libro –digital- donde figura el inventario de todas las personas y cosas, la red donde todos estamos atrapados de alguna manera, y su ausencia en cualquier referencia oficial, registros judiciales incluidos, boletínes oficiales, o las popularísimas redes sociales donde cabe esperar que quien no  figura en ellas es porque seguramente no exista.



Contemplo esas fotos colectivas, esos grupos afines, y los rostros de amigos o conocidos que busco, y que necesito contrastar ante la afortunada presencia de alguno de ellos, de allí y de entonces, que me notifica la más aciaga de las confirmaciones sobre el destino de unos y la peor de las noticias sobre otros, el “No se que habrá sido de él o de ella”, el paso inevitable al mundo de la inexistencia, el desconocimiento del estado y el lugar a donde la vida lo ha conducido, la distancia esa que el bolero identifica con el olvido, y la sospecha de que ese tiempo que has vivido junto a ellos ha pasado, ya, ahora mismo, a convertirse en pura ficción, en un recuerdo que la memoria va a ir borrando paulatinamente hasta que el azar te reúna con otro superviviente de los que figuran en la fotografía y tu respondas con el terrible “No se que habrá sido…” a su pregunta sobre este o sobre aquel.



Pero lo que me resulta terrorífico no es que esto suceda, algo que se supone natural, como la caída del fruto maduro desde las ramas del árbol de la vida, es más bien el que cada vez supuestamente tengo más posibilidades de extender esta búsqueda a través de medios inimaginables hace diez o veinte años, y  en cada ocasión en que la abundancia de datos, y su nitidez, hacen renacer la esperanza y confiar en su probable localización, el resultado vuelve a ser el del boleto de la tómbola, el no premiado, y la irónica invitación a seguir buscando, a seguir intentándolo.



Escucho la canción sin necesidad de encender el aparato de música, la llevo grabada dentro de mi desde hace tiempo, y me repite una y otra vez su verso culminante, el “Nada que hacer” que no me sirve en absoluto, ya que hacerle caso supondría negar mi presencia en la vida en aquellos años, allí y entonces, y quizás  convertirme en otro fantasma.

Algo para lo que espero estar  preparado cuando llegue el momento, pero que como dice otro título, el de la última peli de Kurosawa, “Madadayo”: ¡Espera un poco. Todavía no, compañeros!. Por ello, continuaré la búsqueda, esperaré la llegada de nuevas tecnologías, novísimas bases de datos que sin duda seguirán apareciendo, alejadas del archivo donde figura  la lista de “Todos los nombres” de Saramago, de aquella que aclara, y confirma la inexistencia de los seres que fueron queridos algún momento, y lo haré con la esperanza disfrazada de seguridad en que uno de los cartones del bingo que tengo entre las manos, al menos alguno de ellos, va a poder completarse con prontitud.





P.D.- Analogía divertida entre el bingo y la supervivencia. La vida es un juego también, y la diversión viene incluida en su equipamiento de fábrica.



Línea: Cuando otros jugadores, menos afortunados, quedan fuera de este premio secundario. Te sirve para creerte el rey del mambo, aunque los demás siguen todavía en la pista de baile.

Bingo: Cartón absoluto. Has rellenado todos los huecos, todas las incógnitas pendientes, y te das cuenta de que el baile ha terminado. No tiene ninguna gracia quedarte solo en la pista. Para bailar en soledad, mejor haberte quedado en casa.



Mucho mejor es hacerte a la idea de que no estas solo, ni en la vida ni en el bingo, y que todos tienen un cartón como el tuyo en el que puedes figurar, o no, como una de esas casillas a completar por los demás. Aparte de que la metáfora resulte más ajustada de esta manera, entiendo que la diversión está garantizada en un juego en el que participamos todos.



P.D.-(2) 

El único amigo al que los reyes magos le trajeron el juego del bingo, con sus cartones y sus bolitas de madera en el bombo de alambre era…hijo único. Un juego de salón para un jugador solitario. Para que no me  neguéis el sentido del humor, cruel a veces, que tiene la vida.





De mi alegre vida que fue ayer,
las alegres chicas volví a ver,
a Paula sonreí, y un dedo me enseñó,
al murmurar así: Nada que hacer,

ya tengo a quien querer,
soy la señora fiel,
ya no hay, lo ves bien,
nada que hacer.

Viejos compañeros me encontré,
y a una noche alegre yo invité,
a Juan cuando le vi.,
un dedo me enseñó,
y triste dijo así: Nada que hacer,
ya tengo a quien querer,
podré un whisky aceptar,
y luego hasta más ver,
nada que hacer.

Que los años pasan olvidé,
y que el tiempo vuela, recordé,
mis dedos que escondí,
vacíos, contemplé,
y me ruboricé,
adiós, adiós.

Yo no consideré,
que fue ilusión mi plan,
que un sueño era mi afán,
tan bello fue,
tan bello fue.





Dice Víctor Hugo que “la melancolía es la felicidad de estar triste”.

              

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viernes, 26 de mayo de 2017

ALEX RAYMOND.-





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domingo, 21 de mayo de 2017

JOAQUÍN COSTA, CASTELAO Y EL ÚLTIMO AÑO DEL PAGANISMO Y PRIMERO DE LO MISMO.-




Último día del paganismo y primero de ... lo mismo

Joaquín Costa



Hay títulos tan deslumbrantes que llegan a anular la obra que anuncian y representan, aquella que, de alguna manera, intentan compendiar.


Ello sucede con el que presagia la divertidísima historia de Numisio, el patricio romano que ya presumía de español, mucho antes de que nuestra nación pudiese ser considerada como tal.

Hoy nos queda idéntica sensación que la que induce el trabajo de Joaquín Costa, al leer entre líneas la trasposición que hace de las vicisitudes políticas y sociales de los tiempos de Roma, 300 a.c. y los del suyo propio. De ahí el título, revelador de aquello que el lector va a descubrir envuelto en brillantes trazos, citas y personajes de la literatura clásica, entendiendo como tal la que , en su latín o griego original, podían digerir los lectores cultos, es decir pudientes, de finales del XIX, Joaquín Costa y Castelao entre ellos.


Castelao es realmente quien ha provocado mi vuelta al túnel del tiempo con sus dibujos, fijados en mi infancia desde “Caras y Caretas” y precursor, sin saberlo, de los tebeos y comics (son cosas diferentes) que me siguen divirtiendo.


Vuelvo a contemplar las estampas de Castelao, de hace más de un siglo, y el tiempo se me congela, cosa que casi sucede con el corazón. Son estampas gallegas amarillentas con los trazos de un dibujante excepcional que te llegan a hacer prescindible el pie, el mensaje, como en los Caprichos, Desastres y Disparates de Goya, o como en el libro de Costa cuyo título tan vistoso,  conveniente y falsamente referido al paganismo para evitar el fuego censor que todo lo purifica, lo ha mantenido cerrado en la estantería del abuelo hasta que la biblioteca virtual Cervantes, ha convertido en algo absolutamente innecesario el  sujetarlo con las manos o el abrirlo.


Tiempos duros de una crueldad que, afortunadamente, queda relegada a esa parte oscura de la historia cuya frontera con los tiempos oscuros de la edad media no llegan a estar claramente definidos. El regeneracionista Joaquín Costa llega a establecer su lema “Escuela y despensa” como bandera personal, al igual que “El abaratamiento rápido del pan y la carne” como programa político que nunca pudo realizar. Tampoco su personaje, o la interpretación sesgada que de él hacen los poseedores de la verdad genuina, desde el poder, lo hacen verosímil merecedor de figurar en las esquinas de calles principales de casi todas las ciudades y pueblos de España.

 O quizás sí lo sea, a pesar de su innegable ambigüedad. Al fin y al cabo tampoco resulta esta un adjetivo peyorativo, salvo en las eternas luchas entre buenos y malos, entre moros y cristianos, a las que somos tan aficionados. Nos quedaremos con la definición que le otorga A. Machado “Un conservador que quiso dejar de serlo sin poderlo lograr”.


“Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla (1901)”. Es la publicación que implica también en su autoría, además de Costa, a Pardo Bazán y a Unamuno, y  la que vuelve a evocarme uno de los motivos principales de Castelao y a retrotraerme a la actualidad, sin necesidad de volver a insistir en el título inmortal, o casi: “El último año del paganismo – tradúzcase por cualquier otro ismo- y el primero de lo mismo”.


Y es que además del neocaciquismo  hay otros paralelismos increíblemente actuales, la emigración, o la corrupción política, con la España de un siglo atrás. Pero quizás lo más sorprendente es la insinuación sobre la dudosa conversión democrática de un país en el que la incultura y el poder desdibujaban cualquier posibilidad de que esta democracia llegase a ser real. El cambio nominal de cacique a diputado resultaba sarcástico, igual que ahora el camino inverso resulta tan probable como certero. Este cambio resultó, entonces, ser otra herida abierta en un cuerpo que llegaría a convulsionar pocos años después. 


Mi duda es si el esquema político de que disponemos, heredero directo de aquel innombrable, porque seguramente nunca existió, de cuarenta años de duración, continuados en otros cuarenta, va a seguir intocado e intocable hasta superar el punto sin retorno que convierte el último año en el primero de lo mismo. 


Diferencias de alimentación, escolaridad, y televisión aparte, no encuentro otras entre los caciques de antes y ciertos responsables políticos de ahora. Elegidos por los notables del partido – banda-, y que al final resultan representar exclusivamente a quien los ha elegido. ¿Representan los caciques al gobierno, o el gobierno a los caciques? Se pregunta Castelao.

“Ganan dos mil y ahorran cinco mil” en otra. Para llegar a esbozar mensajes prerrevolucionarios como el de afeitarse la barba.


Hasta el nacionalismo gallego de Castelao, y el su versión de aldea, sigue cubriendo de esa terrible costra el lugar más recóndito de la nación, estando de actualidad otra vez. ¿Otra vez?

Esto sería motivo del más atroz de los aburrimientos, si no fuese realmente dañino.


En fin, seguiremos leyendo a Joaquín Costa, y exponiéndonos a que nos consideren inapropiadamente una cosa o la contraria, o incluso hacernos acreedores de la duda sobre si no seremos realmente defensores del paganismo, en el mejor de los casos.

 
Y se abre paso la sospecha de que el túnel del tiempo, ficticio o no, va ser circular, y su cadencia viene determinada exclusivamente por el olvido, la desmemoria de los sucesos de hace bien poco, de casi antesdeayer. Y es que nunca deja uno de aprender cosas. Otro asunto es que le resulten útiles para algo.




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