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lunes, 21 de mayo de 2018

MICHEL HOUELLEBECQ EN EL MANUAL DE USO CULTURAL Nº 37.-


 


Reconozco que interrumpir asqueado la lectura de “Las partículas elementales” fue un acto compulsivo, hoy manifiestamente erróneo.

El prestigioso título, superventas aclamado por la crítica francesa y orgullosamente editado por Anagrama en 1999, me pareció un compendio de literatura de bragueta, drogas y rocanrol; respuesta europea a los excesos del post hipismo imperante. Una apología del mal gusto revestida con pretensiones sociológicas y futuristas por alguien que aparentaba conocer de primera mano el ambiente que estaba retratando. 

Pero, la presencia constante del autor en los ecos culturales franceses, literarios al principio, políticos después, me hizo pensar si esta condena a la oscuridad no había sido precipitada e injusta. La aparición de “Sumisión” simultanea al acmé de los atentados islamistas en París, y la lectura de su primera novela “ Ampliación del campo de batalla” confirmaron mi error.
No obstante lo adictivo de su lectura, y la calidad documental de su obra, esta queda sobrepasada, trascendida, por la personalidad del autor. Como los grandes maestros de los dos siglos anteriores, sus opiniones sobre cualquier asunto político o social de cierta trascendencia, han sido repetidamente requeridas y públicamente expuestas, con la convicción para muchos, de la necesidad de escuchar atentamente a este oráculo.
 
Los matices de sexualidad obsesiva, para cuya descripción no parece estar especialmente dotado, y que impregnan cada vez más esporádicamente sus novelas, solo son el rescoldo de la transgresión primaria, superada con creces con otras etiquetas más descaradas e inmorales.
Así la xenofobia, negros y musulmanes de momento, chinos en reserva, la misoginia explicita en sus personajes femeninos, y la misantropía de sus protagonistas que, siempre en primera persona, con matices autobiográficos incluidos, nos retratan un mundo contemporáneo, el nuestro, donde el humanismo ha pasado a mejor vida, quedando secuelas religiosas o políticas que no son otra cosa que costras de viejas heridas, a punto de desprenderse definitivamente.

Aparte del egocentrismo, ganado con su meritorio esfuerzo, y de que cualquier entrevista suya tenga hoy la categoría de catecismo para creyentes del porvenir. Aparte de lo apabullante de sus razonamientos, sólidamente fijados en la historia de la cultura occidental-francesa- y alambicados por un presente ciertamente preapocaliptico, según Houellebecq, lo cierto es que la lectura de “Sumisión” te hace sentir como asquerosamente probables, como terriblemente reales y cercanas, elecciones del 17 o del 22, las inevitables consecuencias de la degeneración moral y política de la sociedad que retrata.

Comparado con Aldous Huxley, con Orwell y su 1984, de los que no reniega, añade a sus profecías la terrible cercanía del Armagedón. Los clásicos nos lo fiaban lejano, y ese decalaje temporal alentaba la esperanza de ver en que erraban sus advertencias. Las de Houellebecq no te dan esa opción de esperar a ver que ocurre, son absolutamente implacables, te describe aquello que está sucediendo ya, ahora.

Como profeta, estimable sin duda para los creyentes, la reencarnación que estaría dispuesto a aceptar de manera incondicional, es la de su antecesora Casandra, a quien los dioses le dieron el poder de adivinar el futuro y castigaron con la incredulidad forzosa de quienes la escuchaban. 

La incorrección política de un intelectual que nos ofrece con su obra, y con su testimonio personal, un catalogo de los errores de la sociedad actual- la francesa, pueblo regicida- y su pronostico sobre el devenir inmediato de la historia europea, lo convierten en algo más que un entretenimiento para lectores aburridos. Su diagnóstico del mal, parece harto acertado, si bien el pronóstico está por confirmarse, y el tratamiento, como hombre inteligente, aparenta desconocerlo. El sociólogo sabio prioriza su supervivencia y evita la critica ad personam de los centenares de personajes reales que aparecen en sus diatribas, a la vez que resalta los errores, y los horrores, de los grupos que protagonizan la actualidad. 

Desconozco cuanto pueda haber de imprescindible en Houellebecq, obra y figura, y no me gustaría volver a equivocarme. Pero sí me atrevo a decir que habrá que tenerlo en cuenta.

 

lunes, 14 de mayo de 2018

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (92)






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jueves, 3 de mayo de 2018

FREAKS Y EL PEOR DE LOS MONSTRUOS.-


FREAKS.


“Es solamente un espectáculo propio de barraca de feria, destinado a ignorantes y desocupados”

Lapidaria definición de cierto aristócrata francés sobre el cine, allá en los albores de la industria. Era ciertamente una incipiente industria exclusivamente dedicada al entretenimiento, que ascendió a salas especificas para su disfrute por la burguesía, amplió temática argumental, y aprovechó avances técnicos hasta un limite que, como el del universo, todavía no puede afirmarse, ni el mismísimo Hawking lo hizo, si es finito o infinito.
Lo cierto es que nuestro ciertamente limitado conocimiento sobre los espectáculos ofrecidos en aquellas barracas , y sobre la verosimilitud o incluso legalidad del producto que producían, pertenece al limbo literario, periodístico y también cinematográfico, recogido en ciertos relatos, la mayoría de las veces basados más en la imaginación, que en las vivencias de quienes llegaron a disfrutarlos.

Paradojicamente es el cine quien nos ofrece la recreación aproximada de aquello, tanto sobre el exterior como sobre el contenido de la caseta, que podía contemplarse brevemente a cambio de unas pocas monedas. Pero el cine, drama, va mucho más allá del mero documental y nos presenta seres humanos, pasiones, y a la vez llega a cuestionar al espectador, a veces sin proponerselo, el nivel de sus valores humanos, de la moral social en una época determinada. Paradójico resulta que que nos muestre precisamente una película, Freaks, de Tod Browning 1932, el mundo interior de aquellas barracas de feria en los años treinta del siglo pasado. Un circo del terror, un desfile de monstruos reales, que explotaban la morbosa necesidad del público de contemplar, e incluso tocar para dar fe de su veracidad, las deficiencias físicas o rarezas de otras personas que lo eran tanto como ellos.

"Subhumanos" usados colectivamente como esclavos, entonces y hoy, allí – negritud- y aquí en Europa, -pureza de sangre mediante-, o usados individualmente cuando la rareza permite catalogar al espécimen de “monstruo” y exhibirlo como negocio.
Y aparecen otros actores en el programa, sobre los que veo necesario explayarme. Los que hacen dinero con la explotación del deficiente, del raro, o del corto, como benevolentemente llama Antonio Rico al adicto a los emoticonos del móvil, y sus introductores ante el publico, embajadores de la miseria, o animadores según el termino especifico para esta labor, sea en el circo, dentro de la barraca, o voceando fuera de ella, o sea universalmente en los programas televisivos ad hoc.
Sobre los primeros no es necesario insistir. El dinero no tiene alma, su función primordial es crecer ilimitadamente. No cree en tabúes, y tanto las leyes como la ética son así considerados para él, y esto es perceptible desde los comienzos de la civilización, tal y como la entendemos.
“Pecunia non olet” respuesta de Vespasiano, hace 2000 años, a los reparos suscitados por su impuesto sobre la mierda.

Los vendedores de este articulo, sin embargo, merecen una consideración aparte, son exclusivamente intermediarios, y suelen hacer carrera personal y conseguir con ello un ascenso económico y social basados en su necesaria función mediática, la de presentar incansablemente estos “monstruos” a un público mayoritario necesitado de contemplar los defectos, cuando no el dolor, ajenos. En la imagineria literaria del género -que lo es- o cinematográfica, suelen desempeñar el rol de malvados, aunque dudo que en la real del día de hoy, y en su versión televisada deban ser considerados como otra cosa que, al menos, cómplices necesarios, y por tanto personificación de la perversión. Podría citar una docena, habituales en el cabaret cuando este existía, pero no debo olvidar el personaje de Gig Young en “¿Acaso no matan a los caballos?”     novela de Horace McCoy llevada al cine y titulada aquí “Danzad, danzad, malditos1969 Sidney Pollack, centrada en una maratón de baile donde las parejas inscritas lo hacen hasta la muerte si es necesario, y el publico disfruta pagando, otra vez, con la contemplación de la miseria humana. El presentador, interpretado por Gig Young, no necesita bailar para vivir de su oficio, si bien cobra en especie algunos servicios extra. Ambientada la película en el mismo año que se estrenó “Freaks” 1932, con el supuesto atenuante moral, dada la crueldad que nos muestra, de la Gran Depresión de los años 30. Como anécdota, el actor se suicidaría poco después, tras asesinar a su esposa, si bien entonces no sabían que cosa absurda era eso de la violencia de género.


Los actuales especialistas en vender la mezquindad, las deficiencias, o simplemente el aspecto bizarro del artista que aparece tras la cortina televisiva, gozan de inmensa popularidad a la vez que tienen garantizado su futuro en otros subgeneros de su especialidad, a saber el teatro, los libros- a veces escritos por otros-, o incluso la política, donde siempre son bien recibidos en tanto que, cual flautistas de Hamelin, suelen llevar detrás miles de seguidores, es decir votantes, que pretenden seguir disfrutando la fetidez, el halo de la desgracia ajena que tan bien suelen suelen mantener estos artistas, halo al que llaman fragancia, por cierto. Podría, pero no quiero, dar nombres propios de los culpables , de los colaboradores necesarios para esta indignidad, pero es tan fácil identificar los dos o tres programas de mayor audiencia en todas y cada una de las cadenas televisivas que, quien quiera puede poner rostro a estos bellacos reales de los tiempos que nos tocan. Los veo sonreír, con idéntica actitud que las hienas, mostrando la alegría que puede producir el bocado inminente, y los dientes, colmillos afiladisimos que no soltarán su presa de carroña, hasta que llegue la publicidad. Sonrisas de tamaño variable, emparejada con el caché de cada cual, como afirmaba Jack Nicholson sobre los actores de Hollywood. Igualitos.

“Vacas flacas, hombres flacos, banquete pa los chimangos” cantaba Larralde, pero era una milonga. Ahora me temo que la delgadez, la anorexia es moral, y colectiva, y las milongas no se llevan.

Pero, sin lugar a dudas, la parte más importante, imprescindible, de esta triada del mal, está constituida por el público, la audiencia anónima, sedienta de sangre y dolor pretendidamente ajenos. La demanda infatigable e inmortal de las vísceras y sus contenidos.
Las carnicerías especializados en “despojos” han desaparecido de los mercados, y ello es debido, curiosamente, a que el requerimiento de callos, de casquería en general, ha convertido en articulo de primera algo que siempre ha estado destinado a las barracas de feria.
Por otra parte, culturalmente la historia ha atribuido siempre culpas ocultas a cualquiera que tuviese la desgracia de parecer diferente a los demás. Cuando esa diferencia era una deficiencia física, o incluso mental, el sujeto se convierte inevitablemente en reo. Ciertamente que los lisiados, los amputados de ambas piernas, no deben tener motivos para compartir su impostada felicidad, ciertamente ausente, con el resto del mundo, pero lo cierto es que siempre se han buscado motivos, nimios incluso, para achacarles pecados de los cuales su deficiencia es evidente penitencia.

Personaje paradigmático son el tullido del carrito y el ciego de “Los olvidados “ de Buñuel 1950, de como forzadamente son los malos de la película y consecuentemente pagarán su culpabilidad comme il faut. La necesidad de mantener la leyenda de que la desgracia está siempre justificada por la culpabilidad de sus portadores, cuando no por mandato divino. Los albinos en ciertas culturas, los de tamaño excesivamente grande, o pequeño, los creyentes en religiones diferentes, los automarginados, cualquier pretexto es bueno para apedrearlos, mostrarlos en la barraca o sacarlos en la tele. Cuando no someterlos al mayor espectáculo del mundo que, como es sabido, consiste en su ejecución pública.
Nunca en la historia han acontecido sucesos que atraigan a mayor audiencia, deseosa de contemplar en directo, la muerte ajena. Hace poco leí el relato de un escritor -motivado supuestamente por su afán de cronista- sobre su experiencia como espectador durante la última ejecución con guillotina, en 1977. Crónica de los desfallecimientos del respetable en el momento supremo, y de como rompieron la barrera policial para tocar, mojar sus pañuelos, y supongo que algunos chupar, la sangre del ajusticiado. La locura colectiva, la peor de las maldades, igual que la de los teleespectadores, la anónima que queda sin castigo y, lo que es peor, sin consciencia alguna de sus consecuencias, de estar irremisiblemente poseídos por la estupidez de quien cree que no hay nadie al otro lado del espejo.

Curiosamente en el cine, hace tiempo que los monstruos son elaborados por ordenador, mediante la imagineria digital, siendo innecesaria y obsoleta la obscenidad inhumana de mostrar a “monstruos” reales, gracias también al filtro de la corrección política-algo bueno tenia que tener- que insiste en llamar semejantes a los que tenemos al lado.
En los medios desgraciadamente no es así. Los crímenes siguen alimentando el morbo, tanto más cuando las victimas son más indefensas, en edad, en género, o en número. Su eco es estirado incansablemente por los vendedores de sangre, y no pocas veces, las victimas adheridas, familiares generalmente, consiguen una notoriedad que dura años, y sostienen voces que resuenan periódicamente, reatroalimentando la audiencia de siempre. Y suelen ser los políticos quienes aprovechan el tirón en la popularidad del crimen en cuestión para ofrecer sus servicios, aquellos generalmente incapaces siquiera de encender un pitillo sin brazos ni piernas, como el protagonista de Freaks, que de liarlo ya ni os cuento, cuando no adquieren la personalidad del “monstruo” en primera persona, enriqueciendo la cartelera, siendo con excesiva frecuencia reos de esos crímenes que tanto gustan a la chusma como diría Fernán Gómez, quien vivió razonablemente bien del negocio este del espectáculo, bien entendido como otra cosa diferente de la exhibición de aquello que provoca falso “desagrado” a los espectadores no menos falsos masoquistas, deseosos de pagar por ello.


Conste que he olvidado las figuras negras de Goya, las brujas y sus aquelarres, y también el calcular cuanto daría un servidor por asistir a un buen aquelarre, no digo ya a un auto de fe.
Lo único que me queda claro de esta cuestión es que los presuntos monstruos no lo son ni lo fueron jamás, y que para la triada del mal, exhibidores, intermediarios y sobre todo, el público, ese término es el que resulta más apropiado. Son, somos, monstruos.
Me rindo.

miércoles, 25 de abril de 2018

Gracias, querido Stalin, por una infancia feliz.



Gracias, querido Stalin, por una infancia feliz.

Negro sobre rojo en mayúsculas, y en ruso, naturalmente.
(Escrito en una de las banderas de la exposición sobre el realismo socialista en el Museo Ruso).

Exposición imprescindible, a pesar de que desconfíen en la entrada cuando les digo que tengo derecho a la tarifa reducida, por aquello que os contaba el otro día. Tuve que mostrar el carnet del partido, al que dan mayor verosimilitud que el DNI. Es broma (lo del partido).
Demasiados retratos del padrecito, el padre de todas las naciones, el maestro, el amigo. Demasiada insistencia a riesgo de banalizar asuntos de una importancia vital.

Y además es que, hace nada pude ver, que no visionar, “La muerte de Stalin”, intento desafortunado de parodia sobre la transición de la CCCP a la CCCP, de la URSS a Rusia. Algo muy socorrido, lo de cambiar el nombre a la rosa.
Solo que, no se puede, ni se debe llevar al género bufo un asunto de tal trascendencia, al menos para los que lo sufrieron. A pesar de que la limitada vis cómica de los actores, incluidos Steve Buscemi y Michel Palin, y la presumible fidelidad a la historia de aquel suceso, solo consiguen repetir nombres, caracteres, y el relato archisabido de la muerte del dictador y la apertura de su testamento apócrifo. Beria cayó en el tumulto y Kruschev tomó el mando, mientras los suspiros de alivio de los soviéticos se escucharon en el mundo entero.


La historia oficial repite el eterno esquema donde los perdedores como Trotsky -o fallecidos, bienaventurado Kirov- se convierten de pronto en origen y causa de todas las maldades. Diez años antes sucedió algo parecido con el bunker berlinés y todavía nos siguen vendiendo el nauseabundo olor moral que se desprendía de la Alemania de aquellos años, y que parece haber impregnado la pituitaria de la humanidad para varios siglos. No hay más que leer la prensa española escrita entre el 38 y el 44 para comprobar que no era así la cosa, modelos de cultura y progreso, adalides de un mundo nuevo y tal y tal. 

No es hasta el colapso de una y otra dictaduras cuando nos damos cuenta de que lo eran, si bien en algunos casos ni colapsan ni cambian sus valores humanitarios para sus presuntas victimas. Al menos durante una generación completa, a veces dos, la hábil continuación del sistema mediante herederos que usan el aforismo de Lampedusa, o a veces simplemente mantienen alimentados los intereses de una mayoría, consiguen que no se perciban en el panorama cambios más allá de las palabras que identifican el paso sincopado de la yenka, izquierda, derecha, delante, detrás, para regresar al punto de partida.
Algo similar a lo que sucede en el baile del ladrillo donde la pareja no logra rebasar sus limites-los de la baldosa, claro- durante la danza, a la que además enriquece con un valor añadido, el cheek to cheek. Yo prefiero esta última, aunque para gustos los colores, y los que dan por buena la progresión de un país hasta su punto inicial, los movimientos circulares a los que llaman progresión constante, tienen sus razones, aunque no las necesiten, simplemente tienen el poder necesario, para sostenerla y no enmendarla.

El radiante porvenir del realismo socialista no puede ni debe reducirse a la bagatela abandonada y polvorienta del mercadillo callejero dominical, para consuelo nostálgico o solaz hilarante de los viandantes. Y no debe hacerlo porque, aparte de la descomunal magnitud de la catástrofe humana, nos ha dejado unas lecciones extraordinarias sobre nuestra propia historia, la del día de hoy que, sin duda, se reescribirá mañana con vaya usted a saber que verosimilitud e intencionalidad.

Contemplo los líderes, los héroes, desde el politburó al komsomol, pasando por los pioneros revolucionarios, y aprendo el nuevo y fidedigno por tanto, significado del termino pionero, son o eran entonces, el equivalente a nuestra OJE, a nuestros flechas y pelayos, a cualquiera de las organizaciones juveniles de los partidos que gobiernan, alevines de los clubes políticos alejados del mundo laboral real, de los koljoses y fábricas, de los obreros de choque, o del arduo trabajo de conseguir un titulo universitario, que más tarde encontrarán misteriosamente bajo la almohada. Colocados desde la cuna en un plano virtual , lo suficientemente distante para no embarrarse con el suelo de la madre patria, de la madre de todas las naciones, en la nomenclatura soviética. Los pioneros eran los chicos sanos y sonrientes, con sus imprescindibles ejercicios saludables y su pañuelo anudado al cuello, de ellos y ellas, como cabe suponer. 

 
Esta analogía con la otra dictadura, una de tantas, puede percibirse en los maravillosos documentales exhibidos en el museo, de donde los realizadores del NODO deberían haber aprendido que la propaganda se digiere mejor en color y con fondo exclusivamente musical, sin necesidad de que la voz de Matias Prats nos repita interminablemente lo del marco incomparable del teatro de la zarzuela. Además de que a las victimas de allí se la vé más felices, mucho más, que las que podemos contemplar en los noticiarios cinematográficos de obligada exhibición antes de la película. Cuando estos desaparecieron, fueron temporalmente sustituidos por los cortos de Tom y Jerry,  el cambio fue traumático para un servidor, a mejor, solo comparable al que supuso para otros la muerte de Stalin, veinte años antes.

Aquí no ha sido, ni sigue siendo, tan diferente. Hoy continúan discutiendo y peleando, con réditos electorales, por quitar o poner nombres propios a las calles, condenando al silencio a los héroes, o pioneros de su ayer, del de ellos, mientras leo que han dejado en manos de los jueces, de lo contencioso supongo, las lapidas que quieren poner en el cementerio de la Almudena, por si se cuela algún nombre inconveniente entre los fusilados, que hasta para eso, para ser fusilado, hay que tener fortuna, que las balas saben mucho de la catadura de quien las recibe. 

Los millones de muertos, con juicios ficticios o inexistentes, hasta la ejecución de Lavrenti Beria, la de este sin mayor preámbulo, como aparece en la película, los miles de asesinados en Katyn, o los todavía hoy silenciados y tergiversados aquí, por ambas partes, montescos y capuletos, no hacen más que insistir en el absurdo de ignorar las enseñanzas del siglo pasado, demasiado reciente quizás, necesidad de seguir comprando exclusivamente las verdades de los vencedores, y de soslayar erróneamente las ideologías que subyacen bajo los tsunamis – hoy danas- de la historia. El riesgo que corremos es el de dejarnos arrastrar por los seguidores de la yenka, derecha izquierda, delante detrás, o los del baile del ladrillo. Que en el fondo son bailes de salón, de donde jamás deberían haber salido.
Mi única pena es que la pérdida auditiva, propia de mi condición de idoso, aparte de otras pérdidas que no es necesario referir, (el pelo, no seáis malpensados), me van a hacer perder el compás inevitablemente.

 
!Ay José, que así no es!, como cantan Machito y Graciela en el disco del 19, si la censura consiente. (Pinchen y disfruten. Es gratis).




The Death of Stalin. 2017, Armando Iannucci.

Prohibida en Rusia (que ya no es URSS) por aquello de:
"The film desecrates our historical symbols -- the Soviet hymn, orders and medals, and Marshal Zhukov is portrayed as an idiot "
Malenkov y Molotov reciben, sin embargo, idéntico tratamiento.
A Zhukov, auténtico vencedor de la Gran Guerra Patriótica (World War II  para nosotros), podemos verlo en la exposición con el torso cubierto de medallas, a pesar de que las que ocultaba la zarina bajo su corpiño, ya demostararon ser inútiles ante las balas.

Radiante porvenir. El arte del realismo socialista

10/02/2018 — 03/02/2019 Colección del Museo Ruso, San Petersburgo / Málaga 
 

miércoles, 18 de abril de 2018

LAS BODAS DE CAMACHO, Y OTRAS CONSIDERACIONES.-

                 

Las bodas de Camacho y Basilio, y de como Quiteria casose con su mozo, y para hacer una fiesta no fue necesario casar a nadie.

(Todo esto en El Quijote, para quien tenga interés en aprender de ello.)

A mi me han oficiado la boda propia con la doncella más esquiva, para algunos, y a la vez más placentera, según la mayoría, la vida.
Este es un sacramento laico, para el que la iglesia de Roma no fue especialmente previsora, el paso de la vida laboral a la otra, a la vida pasiva del que dedica todo su tiempo restante sobre la tierra, a ir apartando el peso de las innumerables e infructuosas tareas, en su mayoría inútiles, que ha ido acumulando sobre sus hombros. El hacerlo con fuerzas menguantes, tanto físicas como intelectuales se convierte en un desafió cotidiano, en unos deberes escritos en el libro de horas, donde prioriza la presunta importancia de cada ítem a la vez que esta es enfrentada a las no menos presuntas energías residuales para llevarlo a cabo. Algo ciertamente divertido.
Ya el hecho de considerarlo como desposorios con el imprevisible pretérito, se convierte en un interesantísimo thriller del que eres protagonista forzoso.

Las novicias se casan con Dios al realizar ese paso en la vida, no menos trascendente que el del jubilado quien, ademas, no necesita  evocar la voluntariedad ni mucho menos realizar otros votos que no sean los cuatrienales, a Bríos probablemente. Me gusta el paralelismo con estas buenas chicas, a la vez que me resulta inevitable compensar sus madrugones con mis siestas de película -90 minutos o así- y sus oraciones musicales con las maldiciones que mi declinante audición me provoca y donde Glenn Gould y Chet Baker se llevarán la peor parte.
                 

Esto del falansterio individual tiene no pocas ventajas, sin ir mas lejos has abandonado para siempre, cuando la palabra siempre tiene pleno sentido, los deberes externos, horarios rígidos y preocupaciones sobre terceros que, hasta ahora te han mantenido incorporado a esa congregación numerosa que por otro lado ha compensado sobrada y cariñosamente tus modestos desvelos. Vaya lo uno por lo otro y, el balance, desgraciadamente a mi favor. Quedo ya al otro lado del torno, incorporándome de modo paulatino a la invisibilidad, el mejor de los destinos, mas que nada porque es el más seguro y definitivo.

Los portugueses nos llaman idosos y reformados. Lo de idoso lo entiendo por aquello de la edad y su insistencia, pero lo de reformado no termina de convencerme, si bien su aplicación exclusiva a los funcionarios que dejan de serlo por esta razón, queda harto justificada si entendemos  que ya no pueden hacer mas maldades, estando por tanto reformados. Va a ser por eso.
Tienen nuestros vecinos otras consideraciones de mayor calado para aquellos que han cruzado le frontera de los años. Sin ir más lejos, permiten continuar la actividad laboral sin perder por ello el derecho a recibir la prestación correspondiente a su cotización previa, siendo además reciprocas las prestaciones y cotizaciones, sin límite alguno. Claro que, aquello desgraciadamente es una república y que, por tanto, jamás van a conseguir su inclusión en la utópica Iberia unida, por más que insistan en repudiar y temer semejante idea. Me sigue resultando sorprendente como viviendo tan cercanos podemos ser tan diferentes. Ellos festejan el 25 de abril cantando Grándola vila moreena, y nosotros desconocemos cual es el día de la fiesta nacional y lo que es peor la canción que lo identifique.
             

Estaba hablando y no de otra cosa, de haber pasado a mejor vida, mejoría indiscutible después de los parabienes y efusivas felicitaciones recibidas. Otra de las ventajas de este cambio de plano social es el saber que no cuesta nada dar la razón, por discutible que esta sea, a quien insiste con sus mejores intenciones. Mejor vida.
Y para coronar oficialmente el sacramento, hubo banquete y danzas populares, por aquello de no dejar a Sancho otra vez con el disgusto de renunciar al festín de Camacho, aunque su corazón, vinculado al del caballero a quien sirve, estuviese con el Basilio y la Quiteria. Maravillosa muestra de cariño, de amistad, de hermandad y de reforzar los lazos de toda una vida con nudos gordianos que no podrán desatarse. Siento no estar capacitado para transcribir emociones que, además, deben quedar dentro de quien las disfruta, como es el caso.

Si bien tuve la osadía de castigar el final de la fiesta con cierta perorata que os adjunto, respuesta a los previsibles y encomiásticos vituperios que hube de oir, lectura que soportaron en silencio a sabiendas de que sería lo penúltimo que habrían de soportar-me.

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“Son calumnias”, como diría Borges cuando mencionaban su genialidad. Y es que, casi todos los elogios recibidos aquí son pura calumnia que...,por cierto, no pienso desmentir, ni discutir. Hoy no es día de llevar la contraria a nadie, y además, como el oso Balú en El Libro de la Selva y después de escuchar las hermosas palabras que dice la pantera Bagira en su sepelio – esto de hoy es un sepelio, por si no os habíais dado cuenta - abre un ojo sonriendo y dice aquello de: “Di más Bagira, di más”.
No estoy, aunque lo parezca, insinuando parentescos felinos de nadie, y sí ubicando el lugar, la maravillosa selva en la que pasamos la vida plácida y milagrosamente, como el niño de la historia de Kipling, a salvo de incontables peligros.

Quizás sea mas apropiado, y modesto, como la vida misma, pasar de la selva al civilizado bosque, e imaginarme como una discreta rama de un frondoso árbol, roble, o quizás alcornoque por el abrigo recibido, del que todos formamos parte. Una rama que ha tenido épocas de un verde intenso, y de una exposición mas evidente, a la que ahora le queda la función de soportar bajo la sombra a otras mas jóvenes que son las que van a mantener y hacer crecer en hermosura el arbolito. Ramas desde donde hemos visto pasar, convertidos en nubes veloces, a muchos de los que plantaron el árbol, a los que lo hicieron frondoso, a los que a lo largo de los años han constituido su armazón, innumerables e inolvidables compañeros. Satisfechos de cumplir con la tarea de cuidar de las criaturas que corretean por abajo, y de las que anidan y se reproducen más arriba. Contentos siempre de ver pasar las vidas, propias y ajenas y dispuestos a confortarlas con su discreta presencia.

Despues, cuando ya no tienes la obligación de captar la luz del sol ni de generar clorofila para la vida del bosque, cuando la savia comienza a circular con cierta lentitud dentro de ti, te viene a la memoria todo ese tiempo feliz del roce con otras ramas cercanas, con los sonidos, el murmullo constante de las más alejadas, el viento y lluvia, las impertinencias a que el tiempo ha tenido a bien someternos, y las alegrías de cada primavera, en ella estamos, cuando los nuevos brotes, y las hojas recién llegadas vuelven a rejuvenecer el paisaje. Sucede entonces que los sinsabores, pocos, si los hubo, pasan al olvido y son transformados en experiencias enriquecedoras. Queda la sensación de pertenecer para siempre a un colectivo feliz, de atesorar recuerdos que no te van a abandonar, al menos hasta que te conviertas en humus, líquenes, musgo, y quien sabe si en sabrosas setas en otra vida de esas que dicen que haylas.

Y es ahí, en el suelo, en la tierra donde penetran las raíces, donde uno continua la experiencia maravillosa del esplendor de las flores entre la hierba, donde encuentra soporte, amigos para siempre -eso es de otra película, me temo- y la generosidad de la gente- al menos hasta que nos cortaron el puente- y que no hace otra cosa que confirmar la suerte que tuvo aquel día que el viento lo trajo hasta aquí, hasta este árbol del que se resiste a ser separado.

Me queda dar las gracias, a todos, por todos estos años de compañía, de amistad, a veces de aparente pero siempre valiosísima presencia, que todo ello es una forma de amor, para el que el agradecimiento mediante palabras viudas no tiene ningún valor. Contad conmigo, aunque sea para que el día de mañana cuando necesitéis una ramita seca para encender la estufa, os acordéis de esta.

Un abrazo, o dos, o los que tengáis a bien recibir.
(Después nos vemos en la barra, a vuestra disposición, y en la pista de baile, de donde nunca deberíamos salir. Disfrutemos el ahora, por nuestro bien).

“El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad”.
(Aforismo de Ferlosio)


lunes, 2 de abril de 2018

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (91)






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miércoles, 7 de marzo de 2018

BANALIZACIÓN DE LA FOTOGRAFÍA Y ENCOMIO DE ROBERT CAPA.-









Todavía me asombro de que el compact disc musical no haya desaparecido, cuando se acerca la vigésima edición de las recopilaciones anuales en las que intento reunir la memoria musical de mi generación y su ubicación en un lugar determinado, que hoy vendría establecido por las coordenadas de GPS y que, todos los avances tecnológicos-que en realidad no lo son, tan solo cambia su envoltorio – no pueden enterrar, muy a su pesar. Obviamente estos discos compactos tienen sus días contados por una razón puramente crematística, enmascarada como avance del continente musical, virtual ahora en la nube, sin soporte físico, pero siempre de pago. Es lo que tiene estar al día.

Me hago la idea de que este año será quizás el penúltimo de esta tarea, si no quiero convertirme en el niño que intenta vaciar el mar en su charquito sobre la arena. Al igual que hemos arrojado al contenedor adecuado las casetes musicales, las cintas VHS y los discos microsurco, no tardaremos en deshacernos de estas antiguallas de aluminio cubierto de plástico y tostadas con el rayo láser. Por cierto que me plantean una disyuntiva nada baladí a la hora de arrojarlos a la basura, no se si donde el plástico o quizás donde el metal. Esto del reciclaje está basado supongo en la fe absoluta del ciudadano perfecto en que quieren convertirnos, y cuando digo perfecto estoy diciendo sumiso.

Inevitable su futuro, el del CD, como inevitable que nuestra capacidad de adaptación a los nuevos formatos también resulte finita, y sobre los contenedores que recogerán las cenizas de los sísifos que insisten en acarrear esta pesada piedra, mejor ni os cuento.
Y es que los sonidos cuando están registrados, igual que las imágenes fotográficas, tienen la virtud de sobrevivir a aquellos que los han grabado y disfrutado. Por ello es natural encontrar todavia esos pequeños escaparates en la ciudades, emparedados entre los que compran oro o los que venden teléfonos, en los que resaltan su oferta de pasar de analógico a digital cualquier recuerdo que quieras conservar hasta, al menos, la próxima versión del soporte que, incompatible con las anteriores-maravilloso truco- te obligará a volver al puestecito donde antes cambiaban las novelas y los tebeos por unos céntimos. En el fondo viene a ser algo parecido, donde solo hay que cambiar la pasión por la lectura por aquella de atesorar tu infancia o la de los tuyos. Y en esas estamos.

Desgraciada, o afortunadamente, la superficie de la vivienda se sigue reduciendo con el mismo ímpetu que se incrementa el número de personas. Eso hace impensable que los diógenes, que también somos, guardemos todo aquello de lo que no queremos desprendernos, en el ahora inexistente sobrado de la abuela, para que dentro de cien años alguien se sorprenda, se maraville, o quizás se limite a terminar la labor inacabada de arrojarlo a la basura. Los “vide greniers” franceses se han convertido en algo tan simple y descorazonador como arrojar sobre la acera los escasos cachivaches que encuentran en el altillo del armario o en los minúsculos trasteros de cuatro metros cuadrados -si tienen seis se convierten en apartamento o solución habitacional- y es que resulta evidente que no es país para viejos, ni este ni aquel, y menos para cachivaches.

Pero hay que tener en cuenta el factor humano, siempre, y su intento, imprescindible para la supervivencia, de conservar los momentos felices, muchos o pocos, que se hayan disfrutado.
De ahí la tarea de recuperar, de restaurar, de digitalizar, y de lo que haga falta, aquellas imágenes fotográficas en las que uno se ha reflejado desde que tiene uso de razón, incluso desde antes.
Que a punto han estado de desaparecer en el sumidero de la inutilidad, donde estaría sin duda, el lugar de los negativos que jamás se positivaron o cuyas copias en papel pasaron a mejor vida. Algo así como la prodigiosa maleta de Chim sobre la guerra -ya sabéis cual- si no hubiese habido milagro mejicano por medio.
En este caso también los santos se han acordado de un servidor, de hecho han vuelto a acordarse, porque no entiendo de otra manera la suerte de que he disfrutado hasta llegar aquí.
Gracias a un amigo benefactor -suelen serlo los amigos- que me ha prestado su escáner profesional y me ha obligado a bucear entre el polvo acumulado en la buhardilla de la que antes hablaba.
Negativos en blanco y negro, en color, y diapositivas, miles. De los que he podido seleccionar, gracias al prodigioso artefacto mágico que positiva las imágenes antes de procesarlas, cerca de dos mil. Labor hercúlea, la de estar sentado casi dos semanas salvando en formato digital, aquellas escenas congeladas en el tiempo que creí perdidas.

Aquí vuelvo a comprobar la evolución paralela de los dos planos, simultáneos e incompatibles, el de la evolución técnica de ese invento convertido en arte, la fotografía, y la personal desde el niño que aparece en brazos hasta el que ahora se cuestiona su satisfacción sobre el camino recorrido.

La calidad de la primera época del blanco y negro, resulta bastante inferior que la obtenida por cualquier móvil modesto de hoy. Si bien, resulta harto probable que casi todas las realizadas por los móviles de gatillo fácil, desaparezcan sin dejar huella, por aquello tan manido de la infravaloración de su abundancia. Tan banales y despreciadas como tantos otros valores que hoy día, sencillamente han dejado de serlo.
Algunas craqueadas, muchas rayadas, desenfocadas en su origen y definitivamente inservibles.
Otras, autenticas perlas negras, muestran el destello de los que aparecen frente a la cámara, en un tiempo que la memoria habría borrado para siempre, de no haber sido por este pequeño milagro.

Siguieron cámaras mejores, réflex, y revelados artesanos por un servidor que, sorprendentemente, conservan la nitidez y los tonos de cuando fueron procesados.
Las diapositivas son desgraciadamente irrecuperables en cuanto a luces y colores, salvo que quizás alguna marca de película en concreto haya resistido mejor su estancia en los archivadores, pero en general resultan decepcionantes.
Sin embargo los negativos en color me han sorprendido, a pesar de la leyenda sobre la capa naranja que supuestamente resulta difícil de eliminar y que, gracias a la caja mágica de este escáner no resulta perceptible en absoluto. Si observo en la “digitalización” de los laboratorios supuestamente profesionales que los han revelado, innumerables huellas dactilares en negativos a medio revelar o fijar, que han dejado la marca individual del chapuzas de turno. Reflexiono sobre la diferencia entre trabajar para uno y para los demás, y la incongruencia de que quien lo hace por un salario no se moleste en usar guantes cuando trabaja con productos químicos y material sensible para otros.

Fotos familiares, celebraciones, siempre con niños, que van desapareciendo en cada carrete para convertirse en otros diferentes en el siguiente. La magia de la vida, la infancia como hecho imparable, como el agua de la lluvia, tan diferente de la de ayer, y tan vital como ella.
Labor monótona e interminable, pero satisfactoria al corregir las pequeñas imperfecciones del soporte, raspaduras y arañazos en las zonas nobles, el rostro de los retratados, y hacerlo tan sencillamente como pueda ser el aplicar el filtro infrarrojo correspondiente. Nuevos encuadres, eliminando al patoso que pasaba por allí, y la recuperación definitiva en una calidad básica que permita verlas en la pantalla -adiós al papel- con cierta dignidad y enviarlas por whatsapp a algunos interfectos.
Ahora vendrá otra tarea no menos extenuante, la de clasificarlas de alguna manera, haciendo manejable el gigantesco archivo que las atesora. Los niños con los niños y las niñas con las niñas, entre otras. Sin prisas esta vez.

Las sensaciones que ha experimentado este escaneador autosuficiente durante esta tarea darían para una novela larga, muy larga.
Quizás lo más sorprendente es la aparición de fantasmas, personas cuya identidad ignoro ahora, pero que aparecen conmigo en una o en diez fotografías. Podría indagar entre los testigos disponibles de cada época, sobre quienes eran y que hacían a mi vera, pero prefiero no hacerlo. Imagino también el suceso recíproco, que seguramente ellos pensarían lo mismo de mi si viesen estas fotos, un fantasma en el que uno se convierte sin darse cuenta. Miras hacia delante, necesariamente, y apenas a tu lado, a la gente que te acompaña ahora en tu recorrido, pero no nos está permitido mirar hacia atrás, a sabiendas de que no vamos a ver nada, a nadie junto a los que anduvimos ayer, y a los que la memoria se va encargando de cubrir con infinitos velos. Nuestro procesador cerebral es tan extraordinario en la multitarea, como limitado en sus capacidades de archivador. Llena una carpeta y tiene que vaciarla después par guardar nuevos datos. Los que desaparecen se convierten en fantasmas.

Siento no aparecer con demasiada frecuencia en las fotos recuperadas, por un lado la característica del necesario enfoque, debió ser no tan necesaria para los amables espontáneos que se ofrecieron a ponerse al otro lado de la cámara, y por otro, agradezco la limitación de las 35 imágenes por carrete y la incomodo de la minúscula mirilla de las cámaras analógicas, que me invitaban a dedicar pocos minutos al aspecto técnico y el resto de ellos a disfrutar de la escena. Justo al revés de lo que sucede ahora cuando observo la infinidad de viajeros que viajan sin mover su mirada de la pantalla que recoge la película, las imágenes, de lugares donde ellos nunca estuvieron, de viajes que nunca hicieron.
Cuando llegó la fotografía digital, las tarjetas de memoria que pueden recoger decenas de miles de imágenes, la locura de los móviles con cámaras cada vez más sofisticadas y procesadores que hacen innecesaria la labor del fotógrafo y los dispendios exagerados en ópticas y sensores de postín, ello condujo a la universalización de la fotografía, y también al menosprecio de la misma. Ninguna vida tiene tiempo suficiente para contemplar ni una sola vez los miles de fotos que atesora el mortal que la contiene.


Digo banalización y me quedo corto. Esta inmersión exagerada de las imagenes en nuestras vidas hace que se conviertan en realidad, en la única realidad, momentos que estaban hechos, donados por la vida, para ser disfrutados desde el otro lado de la pantalla y que, gracias a la malinterpretación de los prodigios tecnológicos, en la fotografía y en tantas otras facetas de la vida -la red sin ir más lejos- nos puede llegar a convertir en seres absolutamente banales.
Estamos a tiempo de centrar el objetivo, y enfocar con precisión aquello que merece la pena. Dejar el dedo indice tabletear compulsivamente sobre el disparador es una perdida de tiempo, una necedad de la que no estaremos nunca exentos.

P.D.- Si teneis ocasión, daos una vuelta por la exposición del trabajo de Robert Capa en color. Ahora en Sevilla,más tarde en Madrid. 








miércoles, 14 de febrero de 2018

INGMAR BERGMAN EN EL MANUAL DE USO CULTURAL Nº 36.- (Y el testimonio de Jaime)

                              

Parece ser que, al menos para los creyentes en el mundo científico, las estrellas no son lo que parecen, son tan solo la luz que viaja en el espacio regalándonos el recuerdo de aquellas extintas hace millones de años. Para hacerlo todavía más sorprendente, nos quedamos sin conocer la fecha del futuro y definitivo apagón de cada una de ellas. En todo caso, algunos eones después de que la humanidad se haya marchado.



Hay otro tipo de estrellas, para los creyentes en el mundo artístico que, además de tener mucho en común con las celestiales, como su evolución dentro de la cuarta dimensión, nos producen cierto tipo de prudente y reverente temor al acercarnos a ellas, a su brillo majestuoso. Es el caso de Ingmar Bergman, director teatral sueco que llevó sus obras y sus actores al estudio de cine para iluminar desde allí, durante medio siglo el panorama cinematográfico. Continuó haciéndolo después de desaparecer, a través de guiones y obras de teatro inéditos, gracias a la maestría en la dirección, heredada por su actriz favorita, Liv Ullmann. Su luz sigue brillando, cegadoramente , y como la de las estrellas del firmamento, podemos precisar el momento de su origen pero nos resulta imposible, e inconcebible, poner una fecha a la duración del destello.



Cineasta auspiciado por otros directores, Víctor Sjostrom –inefable protagonista de “Fresas salvajes” y Alf Sjober; inspirado por los dramaturgos Ibsen y Strindberg, iluminado por la cámara de Steven Nyvist, y vestido con las máscaras de actores como Gunnar Bjornstrand, Max Von Sydow, Ingrid Thulin, Bibi Andersson, Harriet Anderson y Erland Josephson. Nombres exóticos convertidos en rostros familiares de nuestro universo cercano. 


La impronta religiosa de todos sus motivos, absolutamente humanos, inequívocamente marcados por la metafísica luterana que impregnaría su infancia de hijo de pastor protestante, se inmiscuye como base teatral en películas de temática similar y de estética y planteamiento dramático comunes. El hombre, su relación con otros semejantes cercanos, y la muerte. La desdicha y los escasos medios de que disponemos para afrontarla.

El séptimo sello, 1957, y su partida de ajedrez del caballero contra la muerte, establecen que hay algo peor que el diablo y que el pecado, alguien que gana todas las partidas.



Simultáneamente llegaron sus “Fresas Salvajes” y con ella la consagración del director, a la vez que el comienzo de la orientación de su obra hacia un público exigente y adulto, ansioso de disfrutar historias que transmitiesen, al espectador la necesidad de una reflexión sobre las vicisitudes de los protagonistas y su extensión inevitable sobre las propias. Obra cumbre sobre la mirada atrás de un anciano y su balance del pasado. Esperanzadora y optimista meditación, magistral lección del profesor al recomendarnos no marchar sin dar antes las gracias y pedir disculpas por nuestros errores.




Después, sus películas no cesan de ganar en intensidad dramática y en calidad visual. Los primeros planos y los silencios generosamente intercalados en todas sus historias crean una marca de fábrica que hace germinar innumerables e insensatos imitadores. Obras de enorme densidad emocional, con evidentes sobreactuaciones de actores prodigiosos. El rostro, El silencio, Los comulgantes, Persona, La vergüenza, Pasión, Gritos y Susurros, Secretos de un Matrimonio, o Cara a Cara, son títulos tan aparentemente secos e impasibles como las historias que encierran, tan lentos en su exposición como generosos en la psicología de sus personajes.

Desgraciadamente limitadas a circuitos especiales, a disposición de un público que se hace adicto a ellas, o que las rechaza por aquello de que “el mensaje” no quedaba suficientemente explicito o, quizás, no sienta necesidad de mensaje alguno.



Inevitable compararlo con Faulkner, dos genios que “solo” se atreven a contarnos aquello que mejor conocen, su entorno cercano y sus recuerdos personales, que son la arcilla que todo artista modela a lo largo de su vida. En ambos casos gozan de un territorio propio creado por ellos. Sin embargo la isla de Fárö no pertenece a ningún universo ficticio, es real, donde vive y trabaja hasta su final Ingmar Bergman, y desde donde sigue brillando su luz.

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El testimonio de Jaime (Ahora Jaume, léase Yauma).-



Hubo un tiempo, de cuyas hogueras todavía quedan rescoldos, en los que la película continuaba un rato largo después de que se encendiesen las luces de la sala. Comenzaba el debate propio del cine forum. Algún experto documentado se erigía en moderador e iniciábamos una discreta, a veces apasionada, tormenta de ideas sobre la película que habíamos visto, la exquisitez de la fotografía o de los actores, o en ciertos casos como el que relato, sobre el significado del guión, sobre el mensaje que el director, Bergman, había intentado transmitirnos infructuosamente.

La película era “La vergüenza” “Skammen”, de 1968, y la reunión, en la sala de actos del colegio mayor, un ensayo a las asambleas preconstitucionales que nos entrenaban para pergeñar ideas propias y defenderlas a cualquier precio, algo que pocos años después ya no haría falta, ni defenderlas, ni mucho menos tener ideas propias.



El argumento era bastante deprimente, en el sentido clásico de la tragedia, creo recordar, y su comprensión presuntamente fácil dentro de la dramaturgia propia del teatro filmado en blanco y negro. Los subtítulos todavía no habían hecho acto de presencia en el cine comercial y los diálogos eran tan parcos que nos pareció ciertamente normal su desaparición en los minutos finales, mientras la barca se mueve lentamente entre la bruma, con algún plano intercalado de los personajes supervivientes a una guerra abstracta. Solo la contumacia del director al omitir cualquier ruido ambiental, los remos, el fulgor lejano de explosiones, también silentes, hasta la música incidental propia de cualquier fin de fiesta. El silencio absoluto, que ya había dado título a otra película suya en el 63.



No pudimos encontrar mejor motivo para elevar aquel epílogo al corolario argumental que rubricaba la intencionalidad del mensaje. Intencionalidad sobre la que disponíamos de varias interpretaciones, razonadas, discrepantes, y justificadas durante largos minutos, hasta el paroxismo y más allá, por aquellos que veíamos clara la advertencia apocalíptica bergmaniana.



Estábamos a punto de concluir el mitín, del que saldríamos como casi siempre con ideas divergentes sobre la cuestión, pero reforzadas las propias dentro de la cabeza de cada ponente, cuando apareció Jaime.

Perdón, Yauma, que era físicamente parecido al Woody Allen de aquellos años, si bien algo más bajito y quizás con gafas más discretas. Pertenecía al grupo de estudiantes de telecomunicaciones, quienes habían asumido por principios de lógica difusa, la responsabilidad técnica de la sala de proyecciones. Era pues el proyeccionista que nos había servido el espectáculo.

Tímidamente se acercó desde atrás y tras varios intentos por hacerse oír en medio de las últimas parrafadas estentóreas, pudimos escuchar su versión. Definitiva.



-Quería pediros disculpas, me temo que sin querer, he dado con el codo a la palanca del sonido, y os he dejado sin oír los cinco o diez últimos minutos. Si os parece, rebobino y os los vuelvo a poner.



No hizo falta, ni de aceptar sus disculpas, ni de comprobar la veracidad del mensaje que habíamos inventado.

Marchamos cabizbajos, y aleccionados sobre la incapacidad del ser humano para interpretar sensaciones que escapan a sus sentidos. Ver más allá que tus ojos u oír cosas que no escuchan tus oídos. Dejarte guiar por una mente que fía en la intuición, en la agudeza y arte de ingenio -exclusiva de Gracián- aquello que solo puede sostenerse con datos fidedignos.

Enseñanzas que, como podéis comprobar, tampoco nos han servido de nada.



        
                          

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