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domingo, 10 de diciembre de 2017

LA MIRADA ATENTA.-


 

De alguna manera la relación del lector ante un texto que va a leer, o la del espectador ante una película, es muy parecida a la habitual relación entre los humanos. Esperamos hablar y  escuchar, ser escuchados cuando exponemos nuestra opinión o nuestros deseos.
En el instante en que se rompe la interactuación de ambos, incluyendo  a aquellos que exigen una comunicación bidireccional, reciproca, la relación desaparece. Al menos lo hace en el sentido fundamental de la misma, la que se entiende sucede entre iguales, humanos libres.
Esta ruptura es más frecuente, me temo, de lo que sería deseable, no solo para mantener las normas sociales, sino para el desarrollo mutuo de los individuos que hablan y escuchan, bien diferentes de aquellos que hablan o escuchan, y nunca ambas cosas alternativamente.
En el ambiente coloquial entre amigos, compañeros de trabajo, y por supuesto el familiar, esta regla no escrita resulta de vigencia fundamental. Aquellos que tienen tendencia a perorar indefinidamente, sin ofrecer la menor ocasión, ni interés, por la opinión del interlocutor, suelen tener un futuro social donde la auto marginación suele aliarse exclusivamente con las benzodiacepinas, a medio o a largo plazo.

Curiosa e inexplicablemente, ofrecemos nuestra servidumbre incondicional, como meros oyentes, mudos vasallos de quien expone ante nosotros su versión de la vida, siempre que lo veamos escrito en un texto o proyectado en una pantalla.
Este flujo unidireccional permanente no nos enriquece en absoluto, no fuerza nuestro intelecto más allá de la aceptación gozosa o del rechazo sobre la obra y la consecuente búsqueda o censura de la próxima del autor que nos haya satisfecho con su historia, que casi nunca es la nuestra.
Ese todo fluye ante nuestra retina se convierte en una perdida irremediable de nuestro preciado tiempo -que es finito- y lo que es peor, en un embotamiento intelectual, una renuncia a poner nuestras ideas a la altura de las del escritor o del cineasta.
Parece algo irremediable, el tu das y yo tomo, y además pago; pero existe la capacidad de discriminar la calidad y la cantidad -no menos importante a la hora de disponer de una meditada respuesta- de aquello que vamos a digerir día tras día.
Extrapolar la lectura o la cinefilia a las inevitables e interminables horas televisivas, y la exposición ante mensajes de ínfima categoría moral e intelectual, parece obvio. El que esa exposición , unidireccional, mantenga y perpetue la incapacidad de respuesta por parte del espectador, también.

Por ello, uno busca, infructuosamente casi siempre, el milagro que sabe oculto, entre centenares y millares de libros, de películas, aquel o aquella que necesita de su participación, de su reacción, imprescindible para establecer esta relación bidireccional de la que hablaba al principio.
Y a veces sucede, te hace creer en los prodigios cuyo eco proveniente de lugares insospechados y tiempos pretéritos, resuenan en tu cabeza, haciéndote ver con claridad algo que habías intuido pero que estaba semioculto esperando la ayuda de la linterna en mano ajena, para esclarecer ese concepto, esa idea que te hace más rico espiritualmente y que te va a acompañar desde ese día luminoso.

Everything is iluminated” 2005 de Liev Schreiber. Comedia dramática donde un joven judío americano intenta encontrar en Ucrania a una mujer que salvó a su abuelo durante la II Guerra mundial, ayudado por por un excéntrico local.

Las virtudes de la road movie son innegables, la historia de un periplo en el que la búsqueda de El Dorado se encuentra enriquecida por todos los paisajes y personajes que van apareciendo en el trayecto. Fluyen las imágenes, bellisimas a veces, bajo el humor, propio del choque entre dos mundos diferentes.
Pero sucede después algo especial, algo que hacía tiempo no había experimentado este espectador.
Hay películas que terminan al poco tiempo de comenzar, te invitan a mirar el reloj repetidamente buscando el consuelo de comprobar que el soportar esa banalidad tiene una duración decreciente.
Otras, la mayoría de las que pasaron el filtro de la crítica y gastaron en su promoción el doble o triple que en su producción, te dejan sentado esperando su final, sin más daño ni beneficio que el de las dos horas que les has dedicado.
Pero es que hay algunas, excepcionales, tanto como el contemplar el rayo verde en la puesta de sol sobre el horizonte marino, en las que la película comienza realmente cuando ha terminado la proyección.
Cuando al poco rato de acabar los títulos de crédito, me doy un manotazo en la frente, y me digo:

!Huy lo que me ha dicho! !Lo que me ha dicho!.

Y de pronto la comedia, que no lo es, la aventura del joven viajero y su colega ucraniano, el recorrido semi turístico por un país y un paisaje que nunca vas a visitar, se convierten en una carga de profundidad que, no llega a hundir el decrépito submarino donde guardas tus ideas adoptadas o compradas en los interminables mercadillos callejeros, en los rastros donde las antiguallas de toda índole han ido rellenando los cajones de los recuerdos. Pero la sacudida es tan terrible que muchos de esos cachivaches salen de sus escondrijos y se reubican en una nueva disposición, de la historia, de la moral, de la vida, y sobre todo del presente, de ese tiempo cuya actualidad reconoces que ya lo era en tiempo de tus abuelos, de los tuyos y de los ajenos. Ese es el descubrimiento de la realidad que nunca lo fue, de las creencias ficticias que te hacen sospechar de tu incapacidad como espectador, de tu escucha irreflexiva ante quien hablaba solo, de la necesidad de reflexionar sobre todo lo que te llega a través de los libros, de la imagen, de las noticias, y la revelación de que sin tu parte del dialogo, la que diriges a ti mismo, la historia que has contemplado va a quedar incompleta.

Diálogos terribles, cortos e inconexos entre dos jóvenes que desconocen el lenguaje ajeno, que relacionan con dificultad sus mundos tan diferentes, el primero que lleva camino de dejar de serlo, y el tercero que por momentos no lo es. Diálogos que horas después de escucharlos, retumban en tu cabeza con la precisión de un guión de Billy Wilder, donde nada sobra, donde nada falta.
Situaciones extrañas, solo en apariencia, y personajes esperpénticos, que no lo son en absoluto. Solo sirven para que medites por qué actúan así, tan diferente a como lo haríamos nosotros, y sobre todo que pienses sobre quien lo hace correctamente, si tu, el protagonista, o quizás ellos.

El asunto sugerido como principal, nunca dejará de serlo, el maldito holocausto, pero queda en un hábil y discreto segundo plano, haciendo de telón de fondo sobre lo que te quieren contar, lo que tienes que descubrir, la ignorancia de los hechos por aquellos que estaban allí, o al menos sus padres y abuelos. tan cercanos que, la inexistencia de ello en su memoria te hace sospechar sobre la capacidad del ser humano para ignorar involuntariamente situaciones tan terribles que se convierten en no sucedidas por la mera necesidad de supervivencia.

Y no trata de eso la película, o al menos solo de eso. Trata de la herencia de esas vicisitudes y de sus consecuencias, por tremendas que hayan sido. De la asunción por cualquier etapa en las generaciones familiares, de los pecados y virtudes de quienes les precedieron.
Tantas cosas más que no dejan de enriquecer las posibilidades de un modo de vida, el nuestro, sobre el que estamos empeñados en su artificial deterioro.
Tantas costumbres absurdas que hemos adoptado contagiados por la moda imperial, y por esa relación de oyente sumiso que nos impide cuestionarnos su sentido. Tanto es así que, no puedo ni citarlas por aquello de no acabar lapidado por los creyentes en esto o aquello, en cosas y hábitos que solo por pertenecer a ese todavía primer mundo, consideramos perfectamente razonables, o razonablemente perfectas, siempre y cuando no razonemos en absoluto.

Ciertamente puede verse, y disfrutarse, como una comedia amable que termina con su final habitual. En mi caso, agradezco que además haya resultado ser una película memorable.




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jueves, 30 de noviembre de 2017

NOTICIARIO CINEMATOGRÁFICO.- (LUTHIERS)



Ayer volví a Manderley. ¿O quizás fue a Tralfamadore?.-


Una copia pata negra de Dr. Strangelove sobre la versión de su cuarenta aniversario, me pareció el plato adecuado para rematar la cena en un día otoñal donde el frio y el agua se hicieron patentes.
El blanco y negro de la época gloriosa de Kubrick, y de Sellers, me invitaban a repetir el visionado de una obra casi olvidada, cuyo título siempre me pareció excesivamente largo y desafortunado:
¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú . Por no hablar del original: Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb. (Como aprendí a dejar de preocuparme y comencé a desear la Bomba).

Con lo fácil que es referirnos a ella como Dr. Strangelove, aunque tengamos que sufrir la traducción en el subtitulado como Dr. Extrañoamor. Es lo que tiene ser testigo, como diría aquel personaje de Almodovar.

La película conserva idéntica frescura a la de la fecha en que la filmaron, 1964, manteniendo perfectamente las apetencias sobre el ritmo o la credibilidad en los personajes propios del espectador de hoy. Esta, la intemporalidad, es la definición justificativa de cualquier clásico del cine.
Película bélica, misógina en apariencia y en el fondo también, supongo, por aquello de que el humor y su habitual doble o triple sentido no están al alcance de la intención o los prejuicios de todos los espectadores. Al igual que su finalidad evidentemente pacifista, que queda en segundo plano, encubierta por la parodia y por el final fogoso y feliz, al menos para los amantes del cine bélico.

Pero es que su asunto, su denuncia sobre la incompetencia de políticos y militares, resulta hoy de tanta actualidad, como pueda serlo el clima prebélico y apocalíptico del que gozamos ahora.

Cuarenta años del aviso, sesenta si nos extendemos a los orígenes de la rivalidad entre paises poseedores del arma definitiva, y la enormidad de recursos empleados y desperdiciados en la “defensa” que es la manera sarcástica con que los poderosos llaman a las armas y a sus profesionales.

Los comunistas siguen amenazando al mundo “libre” con sus bombas atómicas. Ahora desde Pyongyang entonces desde Moscú, y tan serio es y era el asunto como hilarantes los personajes que protagonizan la historia, la real que nos asuela y la desternillante del guión de Kubrick.
Te asombra la persistencia de que el poder que rige los destinos del planeta esté en manos inadecuadas, una y otra vez.

Te sonríes sal ver el histriónico nazi reconvertido en asesor presidencial norteamericano y recuerdas el documental “ El enemigo de mis enemigos” sobre la doble vida de Klaus Barbie en su exilio boliviano bajo la sombra protectora de los enemigos de sus enemigos, gracias a la complicidad entre nazis y norteamericanos para frenar a los soviéticos. Kevin McDonald nos explica esta paradoja y otras varias en su película de 2007. No puedo dejar de aconsejarla.

Por si fuese solamente la insistencia en grado menor sobre el renacer de los tentáculos de la pérfida medusa, reseñar que, hoy mismo se ha suicidado un criminal de guerra bosniocroata, al estilo de los condenados en Nuremberg, con un veneno que nadie se explica como pudo llegar a su boca.

También aparece en los titulares la condena a perpetua de “Alfredo Astiz” el “Ángel rubio”, marino heroico argentino acusado de participar en la solución final de la dictadura militar, consistente en arrojar desde el aire a aquellos jóvenes contestatarios que incomodaron a la plana mayor. Aquí la referencia se hace literaria, la novela de Bolaño “Estrella distante” que nos cuenta como el héroe puede ser a la vez un verdugo. Leyes de punto final y obediencia debida (el comodín eterno), el terrorismo de estado y la protección de Margaret Tatcher como prisionero de guerra, que impide otra vez, como a Barbie, entregarlo a Francia. A releer ese texto prodigioso las veces que sea necesario, como la película de Kubrick, de la que podría haberse convertido el angelito en un personaje harto divertido, o como el documental de McDonald, repetirlos hasta convencerme de que no es verdad lo del interminable y obsesivo bucle del tiempo este en el que me encuentro, que no es precisamente el del cordón umbilical intrautero donde las repeticiones eran siempre gozosas.

En todo caso siempre será más divertido sumergirse en la ficción, reincidir en los autores que tienen algo que decir, aun a riesgo de que nos estén contando siempre cosas parecidas, la impertinente insistencia de los sabios que nos avisan sobre la piedra del camino, (Camino y piedra era de Yupanqui, que también nos avisaba el pobre con aquello de que las penas y la vaquitas iban por la misma senda). Cualquier cosa antes que perder el tiempo y la bilis contemplando los noticiarios.
Que, aunque el argumento sea idéntico, al menos la ficción presume de irreal, y nos permite ir a la cama convencidos de que el horror que desfila ante nuestros ojos es ciertamente falso, dejando a nuestra voluntad el soñar esta noche con las penas de Manderley (Rebeca) o el placentero Tralfamadore (el paraíso creado por Vonnegut para algo tan necesario como la supervivencia).

PD.-

Recuerdo la soberbia desafiante de Kubrick al iniciar los títulos de crédito de Espartaco con el nombre de su guionista, Dalton Trumbo, condenado al ostracismo por los fascistas del otro lado. Y es que los genios son soberbios o no lo son, genios.
Avisado de los riesgos de reivindicar la figura de un comunista norteamericano, sonrió exclamando:
  • !No olvidéis que Espartaco soy yo!.
La pena es que ahora Espartaco correría el riesgo de ser acusado de populista y de asuntos peores. Todo es cosa de esperar que la esclavitud llegue a las cotas de otras veces, algo que, supongo, no desea nadie, ni tampoco hace nada para impedirlo.

PD 2.-


Cuando busco en Google la palabra Espartaco, sale un torero.
Y, ni se os ocurra preguntar ante vuestras hijas por Barbie. La respuesta será desoladora.
Estamos perdidos.

PD 3.-

Manderley es hoy un bed and breakfast en Milwaukee. Puntuación 4,6 sobre 5.
Me rindo.

 

lunes, 30 de octubre de 2017

CUADERNO DE BITÁCORA DEL 27 DE OCTUBRE.-


 
Al pairo.-

Navegar al pairo, o hacerlo con un velero en calma chicha.
Términos náuticos que aprendimos gracias a D. Emilio Salgari, y sus “Tigres de Mompracem”.

Lo primero es difícil, mantener inmóvil tu navío en medio de una corriente. Hay que tener alguna dote como navegante, y medios técnicos auxiliares con capacidad de compensar la fuerza de la corriente, además de resultar estos de limitada o nula eficacia cuando la fuerza del caudal supera ciertos límites, los tuyos.
Lo segundo es ciertamente imposible, sin viento el barco de vela se convierte en un mero flotador y sus ocupantes solo pueden intentar sobrevivir hasta donde les sea posible, implorando a los dioses, al cielo en su primera acepción, e incluso a la generosa corriente del golfo, siempre que esta se encuentre cercana del barco inmóvil, y siempre que el golfo sea aquel más conveniente para nuestros intereses.

Son dos palabras que inducen la risa a pesar de su inequívoco y contundente significado, al pairo, usado despectivamente para cualquier asunto que dejamos de lado, y sobre el que afirmamos no tener el menor interés en inmiscuirnos. Y la de chicha, adjetivando a calma, dos bisílabos, con su ch repetida, que tanto inducen al chiste fácil. Si bien nos coloca esta última calma en el desasosiego y la frustración al no depender de nuestra voluntad la capacidad de salir de ella. Aquí el libre albedrío no ha lugar alguno. Tan solo el llanto.

Estas inefables consideraciones surgidas del conocimiento infantil, atesorado a través de las malas lecturas – si hubiese tenido a Heidegger a mano, o mejor a Camus, otro gallo me hubiese despertado por las mañanas - se convierten en la luz cegadora y celestial que ilumina la mente más tenebrosa –de tinieblas- como es el caso.
Sirven para definir con precisión absoluta la situación política en la que se encuentra el país, y la de sus afectados- que no desafectos- ciudadanos.

Jerarcas navegando al pairo, temerosos de que la corriente de los tiempos, que es la del progreso de la historia, del devenir imparable del día después que, suele venir siempre a continuación del actual, se los lleve hacia al desagüe del fregadero, o de la bañera, donde los niños traviesos juegan con sus barcos a regatas ficticias, haciendo trampas inocentes, empujando el barco con la mano, o sujetándolo para que no escape, situaciones inconcebibles en el mar o en la mar, que es como dicen los poetas.

Curiosamente los niños no juegan ahora, supongo, a batallas marinas, ignorantes de lo que sucedió en Salamina y afortunadamente alejados por la distancia de siete décadas, de las batallas navales de “la Gran Guerra Patriótica” como fue llamada en el mundo soviético la II WW. Hechos bélicos que tanto placer dieron a los charcos de mi infancia, enriquecidos por las heroicidades de Sandokán, y las de los portaviones yanquis.

Curiosamente, también por aquello de mantenerse al pairo, a nadie se le ocurre asociar el juego de un niño en la bañera con las “aventuras” de los cayucos y de las pateras donde perecen, ahora mismo, miles de personas en situación de desamparo absoluto, y no solo de la literatura, de los noticiarios, y por supuesto también de la fantasía de los niños y de otros que parece que no han dejado de serlo.

Todo el mundo al pairo, y aquí no paga nadie como pregonaba Darío Fo, que fue otro escritor que me pilló a continuación de Salgari, con sus humanidades ficticias o fantásticas que no son sinónimas, o quizás si.

En el mientras, en el gerundio infinito de la calma chicha, nos encontramos todas las victimas, conscientes e inconscientes, pero en todo caso responsables por inacción de habernos dejado llevar a un cuadrante del mar donde el horizonte solo muestra agua y más agua –y sigue sin llover- y los medios disponibles para salir del punto muerto son nulos.
Esperando que el viento reanude su labor, la ayuda externa quizás de barcos de otros países, y temerosos de que la única salvación procede otra vez del golfo o golfos que, intentarán convencernos de la suerte para nosotros de ser llevados a sus puertos, para seguir otra vez en idéntico punto donde nos dejaron, momentáneamente desesperados, en previsión de que volvamos a pedir socorro, a ellos, a los golfos, a los nuestros.

Cuarenta años gastados para convencernos de que aquello no existió jamás, ni sus causas, ni sus artífices, ni sus ejecutores y beneficiarios. Y cuando casi lo habían -habíamos-conseguido resulta que nanai. Que “aquello” sigue vivo y que, sorprendentemente, somos nosotros, las victimas, los culpables del mal que estábamos en trance de negar, de ignorar, al menos de olvidar. Que dos generaciones completas, no pueden heredar el rencor, ni mucho menos el horror, sufrido por una tercera. Aunque sirva la memoria para recordar los baches del camino, los lugares donde hubo un desprendimiento, o los senderos que no llevan a ninguna parte, cualquier cosa que pueda evitar el dolor, el peor de todos, el que se acompaña del recuerdo de idéntico dolor, algo que lo hace insoportable.
Continuamos siendo acusados de …istas, no importan las primeras letras, tan solo que enfrente tenemos otro equipo de otra variedad de …istas, y que estamos obligados a jugar hasta vencer o perecer en el intento. O eso, o mantenernos al pairo que, seguramente es un método de navegación en absoluto gratuito, imprescindible en ciertas ocasiones y, en todo caso asumido, igual que dejarse llevar por la corriente, o en subir río arriba hasta reventar la caldera, igual que el Tramp Steamer de Álvaro Mutis, como parte consciente, informada, motivada y voluntariamente enrolada, en la tripulación del barco que va a iniciar una maniobra arriesgada.
Una calma chicha de cuarenta años, precedida de otros cuarenta, debería ser razón más que suficiente para que regresemos a los filósofos griegos, o a donde sea necesario, para encontrar soluciones a problemas tan viejos como ellos.


“Porque cada una de ellas es muchísimas ciudades.
Como mínimo dos, enemigas entre sí, la de los pobres y la de los ricos”.

(Platón. La Républica. libro IV).




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jueves, 26 de octubre de 2017

ESTUPEFACTO Y EXHAUSTO, ME TIENEN.-






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lunes, 23 de octubre de 2017

DI MÁS, BAGHEERA, DI MÁS.-


                                      

Hay sueños recurrentes, que aparecen periódicamente, sin frecuencia fija, que te hacen sentir como un personaje dentro de tu propia historia. Suelen estar compuestos de elementos que te resultan familiares y estar relacionados con algún aspecto de tu vida real. Aun sin cuidar ciertos detalles descriptivos con precisión, el decorado y la secuencia del episodio, te hacen ver que la situación es momentáneamente apacible o desapacible, según toque ese día en la cartelera, pero que, en todo caso, estás dentro de tu película.

Los desagradables, a pesar de que por su esencia de manifestaciones mentales en un durmiente, quedan difuminados como las nubes que se deshilachan y desaparecen antes de que consigas aclarar si son cirros o nimbos, son motivos esplendidos para guardar en una carpeta y ofrecérsela después al psiquiatra. En mi caso, entiendo que debo disponer de una cabeza borradora tan inadvertida como inconsciente cuya misión es anularlos antes de que queden grabados, en esa fuga hacia la consciencia que suelen efectuar ellos antes del despertar. Ello me priva del placer de las pesadillas, de alimentar el sadomaso que todos llevamos dentro, oculto sin duda, y que tanta inspiración ha generado a los autores románticos o góticos, o incluso del género de terror. 

Hay otros neutros, en tanto que las sensaciones quedan en un segundo plano y se limitan a llevarte por caminos trillados y ambientes cotidianos. Pertenecen estos a la categoría de despreciables por su falta de interés emocional, y te hacen reflexionar sobre la perdida de tiempo en que puede llegar a convertirse el tiempo perdido de los sueños. En todo caso no tienen suficiente entidad para guardarlos en carpeta alguna, ni mucho menos para llevarlos al psiquiatra, bajo riesgo de que este se predisponga instantáneamente contigo o, lo que es peor, te califique rápidamente como alguien tan simple que es incapaz de hacerse daño. Y de eso tratan en parte, los sueños y supongo, los psiquiatras.

El caso es que los míos, desde hace algún tiempo, han entrado en una fase de sesión continua de sábado por la tarde, en horario juvenil, calificación 1, aptos para todos los públicos, o quizás 2, tolerado jóvenes. Sueños amables, repetidos con tal insistencia que uno llega a confundirlos con la realidad cercana, quizás por venir, pero en todo caso posible y, afortunadamente, amable.

Este, que os cuento, es el de un cachorrillo que lleva tiempo dándome la alegría de acompañarme en las horas difusas de la fase REM del sueño. Un cachorro color canela, con pocas semanas de vida, quizás meses -que no se lo he preguntado- , y que no hace más que brincar a mi lado y dejarse acariciar mientras leo en los ratos que me permite su insaciable deseo de juego. 
Os lo puedo describir con todo detalle y lo único que voy a conseguir es que me digáis la marca y el modelo, incluso la seguridad del pedigrí por ciertos rasgos definitorios. Pero más allá de la suavidad de su pelo, corto, del color inequívoco de perro soñado, y del calorcito que desprende en mi mano su piel de bebé en ciernes de dejar de serlo, creo que no tiene sentido intentar retratar una sensación que, al fin y al cabo, es la que surge, tomando forma en las imágenes de mi perrito.

Obviamente, se ha repetido varias veces, quizás muchas, y al ser una experiencia benefactora, no he tenido en cuenta el numero de ellas, hasta el incidente de esta última vez, la semana pasada.

En la mitad del sueño, en pleno momento de satisfacción rascándole la tripa al animalito, o quizás intentando que suelte el mordisco del cordón de mi zapato, algo con lo que suele disfrutar y que tanto me cuesta después liberar, he tenido un instante de lucidez, un indicio de preocupación, de responsabilidad sobre el cachorro, y una duda me ha invadido, siempre dentro del sueño, una tremenda duda que me hace pensar si no estaré malcriandolo y, lo que es peor, si podré educarlo más tarde con la necesaria autoridad, después de los mimos prodigados durante tanto tiempo.

El despertar ha sido una doble revelación, por un lado el descubrir que los sueños pueden plantearte con nitidez cuestiones que en la vida real te pasan desapercibidas, y ciertamente cargadas de fundamento, como es el caso. Por otro, y esta es peor, rayando con lo terrorífico, la incapacidad que, presumo, voy a tener, para modificar el desarrollo de esta historia , absolutamente personal, en las sucesivas e inevitables proyecciones de esta secuencia. No puedo saber si seguiré repitiendo el apacible intercambio cariñoso, con la ausencia de disquisiciones de indole moral o filosófica, como figura irresponsable en la educación de un perro en crecimiento inevitable, o si esta progresión en su madurez me será ofrecida en el programa cinematográfico pre-despertar y llegaré a poder convertirlo en un perro de pro, un responsable y fiel amigo de su amo. Prometo contároslo si ha lugar.

Pobre perro, donde ha ido a caer.




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viernes, 13 de octubre de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (88)


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martes, 10 de octubre de 2017

CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR, O NO.-




Le escuché decir a alguien que, para conocer una ciudad, o un pueblo, resultaba imprescindible observar con detenimiento un par de escenarios, el cementerio y el mercado. No hubo mas explicaciones, y el aforismo que parecía harto sensato no aclaraba su fundamento, que a poco que reflexionemos se desvela con la luz cegadora de la sabiduría milenaria de sus inventores. El pasado, el camposanto, dice mucho sobre cualquier comunidad, tanto en su ornamentación más o menos florida, en la pluralidad de los apellidos, descartando endogamias excluyentes, y en el estado de conservación de sus instalaciones que refleja el buen gobierno municipal, en el caso de que así sea.
La otra parte, el mercado, quizás sea absolutamente definitoria de la realidad local, del presente económico de sus ciudadanos. La variedad de productos y su nivel de calidad son un reflejo certero sobre el grado de bienestar de la población.

Hoy día, el viajero tiene poco o ningún interés por conocer cualquier aspecto del lugar visitado, aparte de aquellos imprescindibles reseñados en su guía de viajes. Si bien hasta hace bien poco la información sobre un lugar concreto de nuestro país –todavía país – solo podía encontrarse en El Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar (1846-1850) de Pascual Madoz, algo tan incierto como anacrónico, desfasado por la inexorable realidad sometida al transcurso de los años, siglos. El tiempo otra vez.

Y lo que ahora asumimos como prescindible y falto de interés, resultaba vital para cualquier funcionario nómada que tuviese que elegir destino, para cualquier aspirante a sedentario que necesitase establecer su negocio o vivienda, o incluso para los circos que fijaban las paradas de sus itinerarios circulares basándose en la rentabilidad de sus etapas. De todo ha habido en la vida de los transeúntes forzosos, y el tener ojeadores analizando mercados y cementerios no resultaba en absoluto gratuito.

Hoy quedan totalmente obsoletas estas referencias, los mercados, desaparecidos forzosamente, engullidos por los centros comerciales y por las compras semanales o quincenales, cuando no por las entregas a domicilio; los cementerios condenados a la inanidad de quien ya no es necesario, pudiendo los dolientes tener el muerto en casa, guardando sus cenizas en una discreta urna junto al televisor.

Sin embargo –siempre hay un sin embargo – podemos observar, a poco que prestemos atención a lo que ven nuestros ojos, aunque sea de pasada, sin necesitar mucha intencionalidad en ello, algunos indicios sobre la realidad de los lugares por donde pasamos, y el como esos indicios, esos hologramas semiocultos nos están presentando evidencias sobre el nivel cultural y económico, y lo que es más importante, sobre su reciente evolución. Si le añadimos su ubicuidad, la repetición de esos fenómenos que denuncian la transformación, lamentablemente negativa, de los hábitos sociales, en cualquier ciudad por la que deambules, por muy alejadas que estén unas de otras, y sin limitarlas a un país o continente, el reflejo que nos llega resulta grotescamente aterrador.

Paso por ver en las calles comerciales, la calle mayor de cualquier ciudad, la proliferación de los locales que compran oro, la reaparición de los prestamistas que a lo largo de la historia se han beneficiado de la pobreza colectiva, estando el oficio historica e injustamente asociado a determinada etnia religiosa, aunque hoy sea dogma de fe no aceptar la existencia de etnias y menos religiosas. Supongo que eso fue en otra época y en otra historia y que, incluso, realizaban una labor social, como la elevada a nivel institucional en nuestros montes de piedad de infausto final. Y también supongo que ese es uno de los oficios, el de prestamista, más viejos del mundo, si no el que más, aunque..
Aunque no me asombra esta nueva versión del oficio, ni su traslado desde las callejuelas oscuras de las novelas hasta los mejorados locales, las esquinas de cualquier calle mayor.

 

Lo que me ha sorprendido, por lo novedoso, y por el cambio moral en el colectivo que representa, es la externalización de otro viejo monstruo social, la puesta en evidencia sin reparos de tipo alguno, la ocupación masiva en cualquier ciudad de aquellos lugares privilegiados, locales enormes, antaño bancos de postín, o incluso palacios o templos culturales como el ejemplo de la foto que tomé la semana pasada en Palermo. El Gran Teatro Nazional, convertido en… un local de juego. Ni siquiera en la sala de un casino, que también tienen su historia, su corazoncito, y su hueco en la literatura dramática.

Sencillamente convertidos, todos ellos, en locales representativos de franquicias dedicadas al vicio del juego, la ludopatía, y en su forma actual, juegos deportivos. Les falta el segundo apellido, el de benéfícos, como tenían las quinielas y los montepíos de las cajas de ahorro, pero no han prescindido del comodín, de la pantalla, del disfraz, deportivos. Desconozco si el asunto deportivo hace referencia a los partidos de fútbol, y sus resultados, sobre los que a menudo efectúan las apuestas, o si realmente la actividad deportiva es el apostar en las taquillas, parecidas a las de los hipódromos que salen en las películas, que también los potros y los galgos han sido usados como pretexto.
En todo caso no se han atrevido con la etiqueta de benéfico y si han debido contar, miserablemente, con la tolerancia de las instituciones responsables, que por algún sitio andarán sus responsabilidades, a la hora de transformar un teatro esplendido, o miles, en lugares de perdición, que nos muestran el declive, la degeneración, la decadencia moral, no solo visual, de los lugares que habitamos.

Vale, hemos desmitificado, y corregido, el injusto error de nuestros conceptos sobre Sodoma, que falta hacia. Ahora nos hemos quedado solos ante Gomorra, y solo nos queda esperar el asunto de la sal, que no se si será como flor, escamas , o sal maldon. Yo por si acaso no pienso mirar hacia atrás.

No estoy recreándome en la melancolía de quien ve el paisaje deteriorándose ante sus ojos. Ni mucho menos amparándome en las doctrinas morales, o en sus restos, para recrearme en el vade retro del diabólico mal. Al menos no solo eso. Mi irritación inicial ha sido producida al ver como una actividad que no aporta absolutamente nada positivo al bien común, al PIB, o al progreso social, va ocupando paulatinamente una porción cada vez mayor de la tarta económica de nuestro país - ¿nuestro?-. Loterías, casinos, casas de juego, están apartando para su beneficio una parte significativa del capital humano y económico, sin dejarnos otra cosa que la imagen de un negocio de manos muertas, no productivas, dedicado a la distribución de otra droga legal, además del alcohol y el tabaco, ahora el juego.




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sábado, 7 de octubre de 2017

OTRA MUESCA EN LA CULATA. TOM PETTY.-





Resisten en O.K Corral, Doc Holliday y Wyatt Earp. La peli no ha terminado.-



miércoles, 4 de octubre de 2017

EL TUNEL DEL TIEMPO EXISTE. YO HE ESTADO ALLÍ .-




Congelar el tiempo, recuperarlo cuando se ha perdido, o intentar introducirse en aquel momento imposible, anterior o posterior a la proia existencia individual. Esas son algunas de la claves de su uso, la cuarta dimensión omnipresente siempre para los artistas, a vueltas con ese imparable movimiento continuo que escapa a cualquier intento de detenerlo, aunque sea únicamente por un instante. ¿Cuánto dura un instante?.



Hay otros factores indirectos, más allá del reloj o el calendario, que abundan sobre la necesidad de tomarlo en consideración como parte de nuestra propia existencia, espejo imprescindible sobre el que se proyectan el transcurso de los días y los años pasando sobre los otros, y también sobre las cosas, ciudades, paisajes.



Me viene esa sensación, de innegable inicio de agostamiento, justo a la entrada de la exposición, de esa y de todas. Desde hace poco, indefinido el cuanto del poco, siento las piernas cansadas, incluso doloridas al comenzar, incluso antes de hacerlo, cualquier visita a un museo o sala de exposiciones. Asumo el subjetivismo de quien comienza fresco físicamente la sesión, y presume que un par de horas después las piernas van a protestar al permanecer erguido ante una deambulación prácticamente inexistente. Es una anticipación tan psicológica como real que me hace incomoda la asistencia a cualquier evento expositivo, sin llegar a convertirse en disuasoria, afortunadamente.



En esta ocasión encuentro enseguida, justo después de las dos primeras salas, las de los antipasti y los contorni, los rellenos inevitables que justifican el apellido “antológica”, al llegar al espacio principal tanto por sus dimensiones como por el fundamento de su  contenido, un banco largo y mullido, quiero recordar, justo enfrente del panel prodigioso.



Tampoco me atrevería a afirmar si la inmediata sedestación fue debida al alien que se había adueñado de mis piernas desde la puerta de entrada, o a aquel retrato multidimensional cuya contemplación me había impelido a situarme frente a el para ignorar la duración de esta actividad gozosa.


El caso es que permanecí así, sentado y absorto contemplando el misterio que se desvelaba ante mis ojos. El paso del tiempo año tras año, durante más de cuarenta, en los retratos de las hermanas Brown. De las cuñadas en realidad, porque son las tres hermanas junto a la esposa del fotógrafo, la que no cuenta, como tampoco lo hace el artista detrás de la cámara, a los que ignoras a pesar de su obstinados autorretratos con objetivos macro, intentando demostrar que un poro de la piel o un pelo del bigote pueden definir un rostro, y que, en todo caso, solo sirven para reconducir nuestra mirada hacia el de las cuñadas, desde 1975 hasta 2017, o lo que es igual, pero más importante, desde los 17 años hasta los…



Terrible contemplar el transcurso de una vida entera, de múltiples vidas, incluyendo la tuya, y de volver insistentemente diez o veinte años atrás, fotos en una o dos hileras más altas de las que se acercan a la actualidad. No son únicamente las arrugas, indefectibles, la transformación facial cuando los músculos van debilitándose y la grasa de la piel va rellenando oquedades y borrando pómulos y otras prominencias. También el cabello perdiendo en parte su brillo primigenio, y su color, autentico o impostado por los colorantes, nos permite verlo escasear y cobrar una fuerza robusta, la del superviviente, generando la sensación de estar contemplando una transformación temible a la vez que misteriosa, hipnotizado por esos ojos cuya luz han dejado de reflejar las esperanzas que tenían delante hace cuarenta años, y que van paulatina e inexorablemente transportándote hacia la placidez de quienes vuelven de un largo festival, probablemente satisfechos y ciertamente cansados, muy cansados.



Te ves en ellos, te ves en ellas, en su indumentaria, cuya observación nos situaría en la fecha aproximada de cada instantánea, sin apenas necesidad de fijarte en el año que fecha cada imagen. Y vuelves a retroceder, a mirar los rostros juveniles de aquellas chicas, en un tiempo en que tu tenias su misma edad, y luego avanzas hacia lo que te espera, sin temor, y sin la certeza de que hayas llegado todavía a aparecer en la cercanía de sus últimos retratos.



Realmente hace un rato que ha dejado de importarte, aun sabiendo que estas allí, con ellas. Vuelves a mirar sus rostros, una por una, tan parecidas y tan diferentes, y te resbalas por el tobogán de la vida sin necesidad de comprar el billete en la estación de salida, y sin importarte lo que vas a encontrar tras cada curva, sin saber si ellas vienen detrás o van delante de ti, ahora solo importa sentir el movimiento de esa dimensión inaprensible, el tiempo.



Magia absoluta la que exhibe ante nuestra mirada el fotógrafo que probablemente se ha limitado a aprovechar el cumpleaños de alguna de ellas para inmortalizar repetidamente el instante para el recuerdo, maravilloso recuerdo.



Nicholas Nixon.




  
 

  
  


 

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En Fundación MAPFRE hasta el 7 de enero. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

PADRE E HIJO.- (SEGÚN TANIGUCHI Y....)






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