sábado, 3 de septiembre de 2022

DE TRIPAS CORAZÓN.-

 PUBLICADO EN LA REVISTA NAC CER DE LA ASOCIACIÓN NACIONAL DEL CANCER EN SU 50 ANIVERSARIO


Llevamos tres años envueltos en una espesa niebla que al principio creímos resultarÍa breve, liviana e inofensiva, ya sabemos que no lo era. Y hasta que muchos no fueron envueltos por ella y conducidos a las tinieblas que preceden al rio Estigio, aquel que limita el mundo de los vivos del de los que dejaron de serlo, no valoramos la certeza de una realidad que nos retrotraía a las grandes epidemias, en una época lejana, cuando los recursos para sobrevivir ante una naturaleza adversa que se rebelaba contra la humanidad, no iban más allá de las creencias religiosas, de culpar a Gomorra, ahora Vuhan, y de huir en cualquier dirección, como intentase Lot ante la inminente destrucción de su ciudad.


Tan perdidos como ellos nos encontramos, comprobando que el barquero de la leyenda, Caronte, no puede llevar en su barco a todos los que súbita y masivamente pretenden cruzar el Hades. Demasiado sugerente la imagen de los féretros amontonados sobre el hielo, a la espera de una cristiana sepultura, y su comparación con los grabados sobre las catástrofes medievales, e incluso sobre la gripe que, un siglo atrás, inició la contabilidad de sus fallecidos por millones, rivalizando con el jinete del caballo rojo, la guerra. Con la particularidad de que hace un siglo, los niños y los jóvenes no se diferenciaban de los ancianos a la hora de considerarlos vulnerables, palabra que hemos adjudicado a los mayores para reservar al resto la categoría de inmortales, tal es nuestra ingenua osadía.


La historia nos confirma que no resulta novedoso el contemplar la humanidad, a la que pertenecemos, sometida a un mal desconocido, por más que la ciencia intente convencernos de su esencia natural, algo realmente familiar y de previsible corta duración. Evidentemente algo que la historia repite como la aparición del cometa Halley, o las tormentas solares, y que, a pesar de la fortuna de vivir en tiempos infinitamente mas confortables que los pretéritos, no puede ni debe alejarnos de la idea de nuestra finitud e insignificancia. De lo azaroso que resulta ser un individuo que sobrevive, como miembro de un grupo que no deja de perder componentes, en medio de la niebla que no nos deja ver hacia donde nos lleva el barco, si a las rocas o a un mar calmo, siendo además personas de tierra adentro, de secano, a los que ciertos discursos apaciguadores hace tiempo que dejaron de suponer consuelo alguno.


Nos queda la ilusión de salir de este atasco, mas pronto que tarde, y el aprovechar este tiempo de oscuridad como sociedad para renacer en mejores condiciones, o al menos no caer en los errores de aquella penúltima vez, la depresión mundial tras la gripe española, que condujo al mayor desastre del siglo pasado, y que no fue causado por un virus, ni por un arrebato de la naturaleza, tan solo por el egoísmo, o su sinónimo, la estupidez colectiva.

Aunque sea solo un sueño esperar, tengamos fe en que esta vez resulte diferente y sepamos convertir la necesidad en virtud, haciendo de tripas corazón. No nos queda otra alternativa.


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lunes, 1 de agosto de 2022

A VECES, LA MEMORIA DE LA INFANCIA NO RESULTA TAN INFANTIL.-

 Victor Mora escribió los guiones de El Capitan Trueno y El Jabato en los primeros años sesenta.

Esta viñeta está en la contraportada del Nº 49 de El Jabato.

Ahora comprendo por qué en aquel entonces ya querían quemarme los tebeos, cuentos los llamaban.

También, que algunas tropelias de los poderosos les son necesarias para continuar siéndolo.




PD.- Ni entonces Victor Mora podía establecer el paralelismo con los años de Paz y Victoria, ni ahora un servidor, se atreve a mentar la memoria democrática, memoria histórica, o cualquier otra.

Olvidar y callar, y de leer nada, dice mi médico, no vaya a ser que Nerón se enfade.

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lunes, 11 de julio de 2022

LA ILIADA.-

 

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domingo, 3 de julio de 2022

VERANO LLEGÓ.-


 

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martes, 14 de junio de 2022

MUERE MERCUCIO.-

 






Mercucio muere.-

Era un provocador brillante y divertido, un personaje renacentista que además de pandillero, atrae inevitablemente  sobre él la atención de los espectadores. Hoy una figura en las redes, ayer elemento fundamental en la tragedia skakesperiana, el que pone a girar en sus primeras vueltas, el bombo de la lavadora en el que después se incluirían las vidas, y la sangre de Romeo y Julieta.

Una historia de amor eterno, eso  parece siempre en una primera lectura, con elementos góticos propios de la época en que fue escrita, y otros románticos ciertamente posteriores, mezclados con algunos mas de autores especializados en la moda del romance y la necrofilia. Todo eso es parte de la historia que nos quiere contar William Shakespeare, y que invariablemente lo confirma como gran profeta, como alguien que cuenta situaciones pasadas que se repiten interminablemente a lo largo de los tiempos. Otro Homero que también recogía, recortaba y embellecía las noticias de El Caso, las más chocantes para las almas sensatas, y engrandecíendolas  con sus versos fijándolas en las piedras miliares de los caminos para aviso de viajeros confiados en exceso.



Mercucio muere atravesado por la espada de Teobaldo, que es primo de Julieta, y por tanto "capuleto", y que será a su vez muerto por Romeo para vengar a su amigo Mercucio, poniendo en marcha la espiral del terror y de la violencia, de la guerra entre montescos y capuletos que termina en el drama con ciertos gemidos suicidas en la cripta funeraria sin que falten frailes, ayas, ni alcahuetas, condicionando la negociación postrera de paz por aquellas dos familias, que llegan a la conclusión de la inutilidad sobre el llevar alforjas en ciertos viajes, y también sobre sacrificar vidas para volver al principio, a mantener otra vez el estado de guerra fría entre ambos, suficiente para mantener el miedo, el terror entre sus súbditos y el recuerdo familiar sobre el funesto resultado de esta reciente estupidez.


Mercucio es Ucrania, como los mas sagaces ya han supuesto. Montescos y capuletos los estados belicosos que tienen poder para destruir toda Italia, Europa si fuese preciso, y no solo Verona,

Caen Mercucio y Teobaldo, y decenas de miles de soldados y civiles interpretando los papeles de Romeo y Julieta, en una guerra sin sentido en la que en el mejor de los casos quedarán las fronteras con cambios tan limitados que no justificarán el horror y el exterminio de ciudades enteras, aunque si los lamentos plañideros de la iglesia ortodoxa y de la otra, así como el boyante negocio de los medios de comunicación, las alcahuetas del cuento, sobre el que se inspiró aquella historia de amor. ¿De amor?.



Todavía el rearme colectivo está en sus albores, pero las fabricas de armas vuelven engrasar su maquinaria y los dividendos de sus accionistas, mientras vuelven a contarnos la cantinela de los beneficios de las guerras para el progreso social, la investigación científica y hasta para la sanidad.


Cuando creímos desarmado y cautivo el ejercito de los jinetes del Apocalipsis, haber derrotado a la peste, superada la última epidemia, y el hambre en el primer mundo, el de los montescos y capuletos, resulta que el jinete de la guerra sigue azuzando su caballo, curiosamente el caballo rojo, para que su pezuñas continúen provocando la destrucción y el terror. El cuarto caballo, el negro, es afortunadamente el que menos debe asustarnos, representa a la muerte y esta no suele sorprender a nadie, resulta infalible.

No recuerdo si el autor del Apocalipsis fue anterior o posterior a Homero, ni creo que importe. Tampoco que las tragedias de Shakespeare dejen de tener vigencia en nuestro tiempo, en el telediario de hoy, del que somos aparentemente simples espectadores, totalmente irresponsables de las tragedias que nos ofrecen los informativos, tanto casi como las que nos ponía en verso Shakespeare. Otro asunto será pagar los daños, el seguro a terceros que no suele cubrirlos en su letra pequeña, y el cargar con la losa anímica, solo pesada para los pensantes, la perdida de esos valores intangibles que han intentado vendernos infructuosamente a lo largo de los siglos, la dignidad, la solidaridad...y tantas otras ...dad  

Los demás, tienen asegurados grandes festivales veraniegos y playas cercanas con o sin, medusas, como el relleno de los pasteles playeros portugueses, con crem o sin crem. !Boliñas! !Boliñas!. Con dulce de leche, o kinder huevo, el domingo pasado en Torremolinos.


Ya digo que viene el Apocalipsis y que este no es unicamente el nombre de una de las mejores canciones de The Doors, su versión de “Riders on the storm”. Escuchadla con el volumen a tope, la única forma en que los sordos podemos hacerlo.


Pobre Mercucio. Pobre Ucrania. Pobres nosotros.


PD.-   Sí. La cripta sugiere el poderoso e indestructible bunker de la cancilleria berlinesa. Tampoco les sirvió de mucho. Tan solo para volver a interpretar la última escena de Romeo y Julieta.



domingo, 15 de mayo de 2022

DEAN MARTIN - MEMORIES ARE MADE OF THIS .-

 

Dean Martin - Memories Are Made Of This

(Los recuerdos están hechos de esto).


Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. (Juan Rulfo).

Cuesta al lector hacerse a la idea de que Comala sea el autentico protagonista de la historia. No tanto como que el tal Pedro Páramo sea un sosias de su propio hijo, o quizás lo sea el lector. No desvelo el final, en caso de que lo hubiese, dado que, en cada una de sus páginas está encerrado el milagro del realismo fantástico que desde entonces ha constituido el maná de los escritores que quieren serlo.

Parecen razonables los intentos de encontrar las coordenadas reales de ese lugar mítico, las investigaciones mediáticas y doctas que intentan ubicar caminos, calles y hasta personajes asociados a la realidad de la imaginación del autor. Algo tan absurdo que solo provocaba la hilaridad de este, cuando le apremiaban a que diese pistas para la investigación, o confirmase la presencia real de este o aquel personaje, ubicados todos exclusivamente en la mente de Rulfo.


Dudosa la parte de veracidad que pueden tener los recuerdos de uno cuando el tiempo los va alejando del momento en que los sentidos y los sentimientos de quien sufre o disfruta estos recuerdos, se fijaron en su memoria. Y cuan diferente de lo indeleble puede resultar esa fijación. Tanto que el trampantojo inicial ha ido degenerando en un estarcido interminable y borroso, obstinado en repetir aquellos buenos, o no tanto, momentos que acaban elaborando la personalidad final, la que adquiere mayor persistencia, en el individuo.

Al final, tanto Comala, el lugar de su origen, como el padre, la figura ancestral en la que uno quiere, y no puede, llegar a convertirse, van a transformarse en el principal estuche donde van a encerrarse las ideas, que van a obstaculizar la entrada a todas las ajenas a estos dos elementos, a casi todas.

Encontrar tu Comala, resulta al final tan fácil como cerrar los ojos. Reencontrarte con ella, tan difícil como doloroso. Tan inevitable como estar vivo.

Te toca haber nacido, y vivido, en un país donde el realismo fantástico forma parte inseparable de su historia y de sus ciudadanos, donde el silencio de varias generaciones convierte los hechos pretéritos en inexistentes, y donde las crónicas son tan efímeras que se las lleva el viento durante las tardes de agosto. Entonces comprendes la dificultad de recuperar ese lugar y esas personas junto a las que has crecido y a los que has querido, tanto como reconocerlos puntales de esa arquitectura evanescente a la que llamamos recuerdo.

En esa situación tienes que agarrarte a cualquier fleco en el suelo, a cualquier hilo literario, a cualquier imagen borrosa, en blanco y negro que es como se graban los recuerdos, para intentar reconstruir aquello, aquella Comala, corriendo el riesgo de que cualquiera de sus personajes, coautores contigo de esta historia, vuelvan a reírse de tu despropósito como hiciera Rulfo con los que pretendían recrear en la tierra sus sueños, su mundo onírico.

Dada la penuria de documentos minimamente fiables sobre los sucesos acontecidos a tu alrededor durante los últimos ochenta o noventa años, una sobrevida optimista, no queda otra opción que fijarte en las imágenes, un recurso inestimable a la hora de asomarnos al tiempo de existencia de la técnica fotográfica, filtrando con los restos de esos tatuajes desdibujados que se obstinan en seguir en las neuronas, junto a los testimonios vitales de aquellos que estuvieron cerca de ti, y afortunadamente sigan estando.

Hay que reinterpretar pues, esas imágenes fotográficas, procedentes quizás de un tiempo en que el ciclo económico fuese venturoso, y comprender que ni antes, ni después, Comala volvería a ser la de los días dorados.

Jóvenes felices, exultantes de vitalidad, vestidos con ropas festivas durante un soleado domingo de primavera, y presumiendo de la incipiente madurez que cambiará su actitud, sus modales y vestimenta en muy poco tiempo, aparte de alegrar la memoria de quien los contempla, le hacen pensar que después de aquel instante, dejaron de ser lo que aparentaron entonces. Y tienes que intentar buscarlos, encontrarte con su presente, y comprobar que muchos de ellos solo tienen pasado, mientras que, algunos, se perdieron para siempre en el camino hacia no se sabe donde... La vida.


Esas imágenes, fotografías, son los únicos documentos fiables que tenemos de nuestro pasado.

Hubo un tiempo que vimos la prohibidisima “Tierra sin Pan” de Buñuel (1) y era lo más parecido a la Comala que conocíamos. Después descubrimos las fotogénicas trampas de D. Luis y la orillamos en el cajón de dudosas.

Más tarde llegó, también por vías indirectas, el reportaje que sobre Deleitosa, hiciese Eugene Smith en 1950, mira por donde, bajo el título de “Spanish Village” (2) para la revista LIFE. Véase el documental “El americano” de 2006, o cualquiera de sus fotos, para comprender que estuvo bastante cerca de nuestra Comala.

Después la nada, la fotografía en colores y e incluso la transición aquella, ese vocablo extraordinario al que los creyentes han aplicado la tercera acepción que figura en el diccionario de Maria Moliner: “Proceso político por el cual España dejó atrás el régimen de Franco, para convertirse en un estado democrático”. El pacto de silencio, la cabeza borradora, más dañina y terrorífica que la “Erase Head” de David Lynch.

Ello ofuscó primero, y borró después cualquier vestigio en blanco y negro sospechoso de retratar personas o ambientes nada convenientes para soñar en technicolor, si es que esto fuese posible.

Con la llegada de la cámara incorporada al teléfono, y este al bolsillo, la desaparición de la fotografiá en papel, y no digamos las diapositivas, llevó a que la mayoría de ellas terminasen en la basura, el lugar de los sueños rotos, y perdiésemos, y sigamos perdiendo, estos maravillosos rastros que la vida nos hace sembrar a nuestro alrededor.

Estos avances de la tecnología popularizada hasta extremos impensables, nos han ofrecido, sin embargo, la posibilidad a través de las denostadas redes sociales, de compartir los restos de aquella batalla interminable, la de la infancia y adolescencia perdidas y ahora reencontradas. Quizás no en Comala, o aquella que imaginase Juan Rulfo, pero si en otra bastante más parecida a la autentica.

Hemos perdido los gloriosos claroscuros de Eugene Smith, los deslumbrantes blancos de La Chanca de Pérez Siquier, (3) el arrabal almeriense donde me imagino crecer entre el 56 y el 62. y a cambio nos podemos reconfortar con los vídeos de las imágenes de toda la vida de un fotógrafo rural, subidas a Youtube por su hijo Modesto. Son grises, evidentemente, y lo mas parecido a los recuerdos de una época que también lo fue.

Maravillosa posibilidad que ni Verne, ni el mismísimo Rulfo, excelente fotógrafo también, pudieron imaginar.

Conste que no me busco ni tampoco me encuentro en ellas, pero así ha sido la vida, mirar hacia fuera y enriquecernos con lo que vemos y sobre todo con aquellos a quienes vemos. Y ahí aparecen casi todos, afortunadamente.

Agradecidos a quien guardó y a quien lo hizo público. Escocidos con los reparos hacia esta exposición urbi et orbe de la presunta intimidad ajena , y sus vulnerados derechos, con esta bendita autocensura que nos invade. Quizás algunos deberían mirar hacia atrás y compararlo con el presente, con el respeto a las vidas y haciendas, que no es poco.

También Virxilio Vieitez desde su Galicia profunda, e incluso Carlos Saura como sociólogo con cámara fotográfica, se han acercado bastante a Comala. La que llevamos dentro cada uno, como la de Juan Rulfo, permanece obviamente inaccesible para los demás.


Y es que, como cantaba Dean Martin:


No olvides un pequeño rayo de luna

Dóblalo ligeramente al soñar

Dos sorbos de vino

Algo de dolor, algo de dicha

Remueve con cuidado a través de los dias

¿Puedes ver como el sabor se queda?

Los recuerdos están hechos de esto.


(1).- “Las Hurdes” o “Tierra sin pan” de Luis Buñuel resultó ser el documental extraoficial sobre Extremadura, a pesar de que sus trampas, y la explotación morbosa de la miseria ya ofreciese dudas sobre las intenciones, siempre provocadoras de D. Luis. Por cierto que le costó un sopapo en plena Gran Vía, no recuerdo si de Marañón o de Ortega.

(2).- Maravilloso reportaje de Eugene Smith que estuvo unos meses en Deleitosa haciendo funcionar su Leica hasta que las sospechas sobre su actividad de cronista extranjero, seguramente a sueldo de los conspiradores judeo masónicos, le obligó a alejarse presurosamente. No solo son imágenes para la historia, son realmente la historia versionada por el arte, Goya y El Greco andaban por Deleitosa.

(3).- Carlos Pérez Siquier tiene un museo sobre fotografía en su pueblo, pero además figura su obra en la correspondiente sección fotográfica del Museo Reina Sofía, perdón: Centro de Arte Reina Sofía, y su deslumbrante trabajo sobre “La Chanca” nos permite reconocernos deambulando descalzos en sus calles sin pavimentar y en sus vecinos asustados por la cámara del fotógrafo. Los niños y la luz del Mediterráneo.























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sábado, 7 de mayo de 2022

KAFKA DESMITIFICADO.-

 



Kafka desmitificado.-

Leyendo a Camus en su ensayo sobre El mito de Sísifo, aprende uno que no hay penalidad tan grande para el hombre – el tal Sisifo, como todos los grandes personajes universales son solamente un alias, una imagen postiza del hombre corriente-- como el bajar la montaña para recoger otra vez el pedrusco vital, y tener que hacerlo sin alegría, sin la satisfacción que te produce el volver a empezar, a sabiendas de que el esfuerzo resultará interminable, tanto como la propia vida.

Camus le da la vuelta, reinterpreta la tragedia, descubriéndonos que es la libertad de volver a hacerlo lo que da grandeza al héroe, mostrada esta mediante la alegría y presteza en su descenso para reiniciar su pena, que puede que no sea tal.

Uno acaba reconciliándose con esos extraños personajes mitológicos, tan cercanos a las pesadillas de ciertos escritores adictos a licores, estupefacientes y otros venenos domésticos, de manera que entre pavorosos relatos y grabados de Doré, los dioses y semidioses -ahora abundan estos últimos, son plétora- se han convertido en figuras familiares, de las que situaríamos sobre el televisor, si saliesen ellos como regalo sorpresa en los huevos Kinder, y las teles fuesen como antes, de prominente trasero.


Camus y sus compinches existencialistas, al menos los que renunciaron al carnet del partido, nos aclaran la importancia del gerundio para aplicarnos a sobrevivir con la mayor dignidad posible, que no es tarea desdeñable. Usar héroes extraídos de la literatura primitiva, y elegir aquellos caídos en desgracia, como el tal Sísifo, no hace otra cosa que acercarlos al personaje que contemplamos cada mañana en el espejo. Si además te vuelves a lastimar la cara al afeitarte, estás viendo al mismísimo Sísifo, harto de pasar por idéntico trance una y otra vez.


Por aquello de rellenar el volumen, y justificar de esta manera el precio de la tan brillante como breve disquisición de Camus sobre la importancia del optimismo bajo las mas adversas circunstancias, añaden los editores ciertos artículos del autor que tienen cierta afinidad con el del título, y que no poseen envergadura suficiente para publicarse de forma individual.

Uno de estos figura como apéndice: La esperanza y lo absurdo en la obra de Kafka, y resulta ser el que vuelve a descubrirme otro personaje, detrás o quizás delante, seguramente superpuesto, al que veo en el espejo.

Dice Camus que leer a Kafka es releerlo, es volver a atrás varias veces necesariamente, para intentar encontrar el significado al simbolismo que envuelve a sus historias.

Busca elementos comunes en ellas, reflejos evidentes de la condición humana de sus protagonistas, asociaciones con los filósofos influyentes en aquella época, Kierkegaard, Nietzsche, e incluso referencias religiosas detrás de actitudes difícilmente comprensibles de otro modo, y nos desvela los argumentos de las más famosas: El Proceso, El Castillo, y ese cuento que se ha convertido en el apellido complementario y universal de Kafka, por encima de Kafka: La Metamorfosis. Y lo hace sin miedo a desvelar sus finales, sin evitar en el lector la actual actitud infantil de abortar el argumento en el punto previo a donde termina, a sabiendas de que la imprescindible relectura de sus obras, y de la obligada reflexión sobre lo que se ha leído, van a conducir al lector a unas interpretaciones que nunca serán univocas ni lineales.


Afirma la imposibilidad de incluirlo dentro de la literatura del absurdo, en tanto que sus personajes conviven con él mismísimo absurdo, asumiendo su normalidad, a la vez que con su principal virtud, la humildad, evitando que el sentido trágico de sus vicisitudes, se imponga al normal acatamiento de sus destinos. Volvemos a ver a Sísifo bajando raudo la montaña a recoger su piedra para repetir infinitamente la tarea asignada.

Habla Camus de esperanza, del motor oculto que mueve al ser humano a soportar situaciones que parecen aplastarlo, y que no pocas veces consiguen, confiando en que la noche mas oscura sea unicamente el heraldo de otra oportunidad, de la supervivencia quizás.

-Como un perro- es la última frase pronunciada por el protagonista de El Proceso en busca de lo imposible. Tampoco llegaremos a conocer si el agrimensor de El Castillo llega a consumar su propósito, la novela quedó inconclusa. Y sobre el destino del buen Samsa, el viajante convertido en insecto en La Metamorfosis, solo nos resta dar la vuelta a la historia, para descubrir la maravilla que encierra el que uno llegue a aceptar como propia del lector la visión que sobre él infeliz Samsa impone su entorno, el acoso de un medio hostil a partir de un determinado instante, antes cálido y familiar, y como esto llega a empequeñecer su autoestima convirtiéndolo en un insecto insignificante, al que la humildad no va salvar de un fin inevitable para el personaje, salvo que el el lector intuya, que despierte, que entienda la necesidad de empezar de nuevo, escapar por cualquier rendija y buscar otro ambiente humano donde su imagen sea aceptada sin prejuicios y ello le permita mirarse en el espejo sin ver insecto alguno.


Y ahí nos vemos, nos encontramos todos protagonizando supuestamente la cucaracha de Kafka, comprobando que en su percepción sobre la persona, sobre cualquiera, la fantasía no era tal, y que de absurdo no tenía nada. Quizás hasta que uno no ha vivido una situación similar, y ojalá no la vivas nunca, no llegue a a descifrar el simbolismo de la historia. Pero al menos puede comprender que la esperanza, la escapatoria, que Kafka no le ofrece al Samsa insecto, la tenemos todos a nuestro alcance.


Otro enigma fundamental, también apuntado en el mundo literario kafkiano, es el adivinar, identificar ese instante en el que cambiase de modo radical la imagen que dábamos a nuestro circulo, y que este nos devolvió convirtiéndonos en el ser repugnante que llegamos a creer como propio. Este es el asunto principal que nos muestra en El Proceso. La frustrada búsqueda de lo intangible y lo ininteligible, el punto de no retorno que tan imprescindible resulta conocer para no volver a cometer el error, entonces desconocido, ahora pretérito y siempre imperdonable al parecer de los otros. Aquí, renacidos, solo la humildad y la esperanza, otra vez, son las que nos permitirán seguir caminando, una vez hayamos escapado por la hendidura de la ventana que la vida ha puesto a nuestro alcance, y nos encontremos dispuestos a volver a recoger la piedra en la base de la montaña, a volver a empezar.


Hasta aquí una de la relecturas de estos dos clásicos. Con seguridad que tienen otras, pero no están disponibles por ahora para un lector a quien faltan todavía años de experiencia vital para encontrarlas. Habrá que dejar transcurrir otro puñado de años para que afloren en su limitado conocimiento, ocultas en el mismo texto que leyó como cuento absurdo en su adolescencia, para que asomen, para que se dejen entrever sobre la arena del desierto de su ignorancia, y bajo el la neblina matutina que difumina la linea del horizonte.

Le quedan el tiempo y la esperanza. No es poco.



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lunes, 25 de abril de 2022

VIVO SIN VIVIR EN MI, Y TAN ALTA VIDA ESPERO.... (SOBRE HEROES Y TUMBAS).-

 








Que aprovecho cada abril como si fuese el último.

Aunque ya sabemos que los inmortales carecemos de ese envidiable tránsito al mas allá, no deja de entristecernos la ausencia definitiva de aquellos que tanto quisimos y a los que ahora no podemos hacérselo saber. Han sido años donde el goteo interminable y quemante de la jalea del membrillo, abrasa nuestras manos y nuestra boca, cuando escurre a través de la tela el delicioso sobrante de la carne compacta de esa fruta agridulce que nos regala siempre el otoño. Goteo que ha durado tanto como la penúltima epidemia, de la que nos hemos protegido huyendo del mundo, perdiendo la noción de los que han ido desapareciendo durante ese tiempo, tantos como esos meses inacabables y pletóricos del goteo de la jalea, de los buenos que se van primero, como siempre.


Recorro el Valle del Jerte, y aprendo que lo de Jerte no hace referencia a un rio solamente, también a un pueblo vecino del de Cabezuela y como él, sembrado de edificios a punto de desaparecer por aquello de que la madera casa mal junto a la humedad y los siglos, pero también junto a la política de conservación que impide cualquier imprescindible y costoso arreglo para su supervivencia a la vez que se niega a tomar las riendas para salvarlos, es decir sufragar su mantenimiento o su compra si fuese necesaria.

Mientras tanto, las tiendas de “productos típicos”, con semejante y paupérrimo reclamo, festonean la calle principal, ofreciendo idénticos manjares, aceite, queso y embutidos, que la capital de la provincia, Cáceres (1), donde los escaparates intentan atrapar el maná del turista, del rio humano que no cesa en recoger afluentes para llevarlos al mar, el mar de plástico y del todo a cien. Con las gloriosas excepciones de tanto vestido blanco, tanta parola, y el puchero en la lumbre...

Al menos en el valle tienen cerezas, tabaco, cerezas, castañas, y … cerezas, para evadirse de los azarosos riesgos de ese inevitable monocultivo que nos asola, el turismo.


Llego a Plasencia para reencontrarme con un lugar mágico y sorprendente que descubrí en anterior visita, librería “La puerta de Tannhauser”, con el reclamo en el cartel, de la actriz más bella del mundo de Blade Runner, Sean Young, quien nunca más volvió a hechizar a Rick Deckard, ni a nosotros, sus devotos admiradores. Ella solo es, obviamente, el reclamo comercial para los cinéfilos , ya que la autentica atracción aparece tras cruzar la dichosa puerta, aquella que te hace contemplar naves en llamas mas allá de Orión, una librería, es decir la librería. Cuando parecía que los lectores dejaron de hacerlo, de leer, puesto que la mayoría se dedicaba al infinito y absorbente quehacer de la escritura, como sospechaba José Luis Coll ante la consecuente escasez de editores y de libreros, aparecen algunos, gloria mundi, en lugares tan inesperados como este de la calle Zapatería de Plasencia. Tan solo conozco otro similar en cuanto a lo adictivo de su mercancía, como es la librería a dos calles en la Plaza Mayor de Burgos. Lugares de donde uno no puede salir sin que el peso de las asas que soportan los libros no te corte las manos. Tienes que ir cambiando las bolsas de derecha a izda y viceversa, intentando aprovechar el bálsamo que te ofrece la menos pesada, y presintiendo el placer de los autores que llevas contigo, en este caso Cela, el de la jofaina con agua templada, y Joyce, en su último compendio de obra menor, que suele ser bastante mayor, entre otros. Al llegar a casa se confirmó la sospecha de que alguno de ellos ya estaban en la estantería, quizás esperando a sus clones, como los de Blade Runner, aunque fuese en ediciones nuevas y casi siempre mejores que las anteriores. Aunque ya digo que con Sean Young esto no fue posible.


Uno camina calle arriba, calle abajo, y no deja de observar unas placas labradas en mármol a la altura de algunas puertas, de casi todas. Baja la vista y queda poseído por la novedad, el asombro, por la ficción que se ha escapado de la novela de Philip K. Dick; cada placa recoge un nombre judío, el del antiguo ocupante, y probable propietario de la vivienda, además de la fecha de su nacimiento, todas de mil cuatrocientos y pico, siglo quince. Entiendo que es un homenaje a las victimas del expolio y expulsión, otro, cuando las victimas no pueden ya utilizar esos homenajes en el inodoro para asuntos higiénicos como aquellos en que Cela usaba la palangana. 

Y no es que deje de ser oportuno el recordar aquella salvaje injusticia que fundase en nuestra tierra el feo vicio de la xenofobia, no. Bienvenido el recuerdo de una barbaridad que ya no aparecerá en los libros de historia, iniciada en el mil ochocientos, y que al menos ha servido para que decenas de miles de rusos acomodados hayan conseguido el estatus de europeo por el viejo método de comprarlo en Portugal, acreditando su supuesta ascendencia sefardí,. Otra vez el vil metal, que en la pretérita escala portuguesa de hace cinco siglos, no sirviera para salvar la vida de la mayoría de ellos, masacrados tras pagar la consabida moneda de oro que prometía la libertad, el barco hacia la reunión familiar que nunca llegaría. Al menos ahora han encerrado al rabino que vendía las salvoconductos a los oligarcas de hoy. A saber que hicieron hace quinientos años con los que se enriquecieron con los refugiados de entonces, entre los que viajaba la familia de nuestro paisano mas ilustre, Spinoza. Son todas viejas historias de la historia vieja, o no tanto.

Me recordaron inmediatamente las pequeñas placas de bronce en el pavimento de tantas ciudades centro europeas, donde figura también el nombre hebreo, las fechas de nacimiento y muerte, ademas del nombre del campo de exterminio donde la imaginación no necesita nada mas. Y aquí la chispa vuelve a acalambrar mis pobres neuronas, residuales tras una vida de espanto: Las fechas son de los primeros años de la década de los cuarenta del pasado siglo. Menos de cincuenta del intervalo entre los asesinatos y la colocación de estos modestos y justicieros epitafios. Un intervalo suficientemente corto para que gran parte de los que circulen por esas calles recuerden, se disculpen, o quizás sufran por el dolor y las muertes ajenas, por aquello que jamás debíó suceder, por aquello que significaba, como bien dijo Primo Levi, la muerte de Dios, de todos ellos.

Craso error el mio, el enésimo. Las placas en el suelo placentino no hacen referencia a los desplazados por la fuerza sino a las ”casas” junto a las que se ubican, según información obtenida de las páginas oficiales de turismo, sefarad y tal y tal. Otra forma de separar el drama humano del magnífico legado que la historia de esa religión, convertida aquí en leyenda evanescente, ofrece gratuitamente a la oferta turística, juderías y sinagogas por doquier, separados de aquellos que las ocuparon, de estos solo quedan rastros en la salmodia de los guías turísticos. El sarcasmo, y esto lo es, tiene casi nombre de enfermedad, entre el sarcoptes de la sarna y el marasmo, la desnutrición moral que subyace en todo este asunto. Los expulsamos, los olvidamos durante quinientos años y ahora ponemos la mano cantando coplas de ciego.

Y es en la memoria donde tenemos la única herramienta para nuestro aprendizaje, para evitar la repetición de los errores que marcan al individuo y a la sociedad a la que pertenece.

Y también resulta que retrotraer los hechos de barbarie, los crímenes, a épocas tan lejanas como el siglo quince, justo el final de la edad media, cuando la otra memoria, la documental es tan escasa como poco fiable, no es otra cosa que pretender salir de la realidad vivida, de nuestras vidas y la de nuestros padres, que sufrieron una historia durante el siglo pasado, a la que se pretende ocultar, ignorar, borrar, con tanto recrear nuestro pasado en épocas gloriosas e imperiales de conquista y exterminio, por mas que estableciesen linajes y fortunas que todavía causan envidia y sirven de modelo a presentes y futuros hacedores de patrias.

No debería de ser de esta manera, no deberíamos recrearnos en las supuestas glorias medievales, cuando tenemos tan cercano todavía el recuerdo y las consecuencias de aquel maremoto en tierra de secano, que sucediese aquí hace tan solo ochenta años. Y sobre todo, no deberíamos hacerlo porque ello nos sitúa en un engaño colectivo que convierte en irreal el mundo donde vivimos. Amputada su historia cercana, nos situamos en una realidad virtual, mas propia de fanáticos de los medios digitales donde navegamos, absolutamente alejada de la tierra que pisamos.

Parece que tendremos que seguir manteniendo el silencio sobre unos hechos que reescribieron los vencedores, como siempre, y esperar a que transcurran otros cinco o seis siglos, el tiempo que todo lo cura, para que los arqueólogos del futuro hagan su trabajo en las fosas y los campos “lager ibéricos”, mas de trescientos, y que los turistas espaciales dejen sus criptomonedas en la bolcheta de los de siempre. Otra vez el sarcasmo.

Tampoco el confundir y dar preeminencia a los homenajes sobre la justicia debida a las victimas, no puede llevarnos a ningún sitio bueno.

Otra vez el homenaje preside las cruces, antaño de los caídos, y ahora loor a los héroes locales que vencieron en la ultima victoria, contra los invasores, del ejercito español. Resulta que casi todos los pueblos, villas y ciudades de nuestro país participaron, cuando no protagonizaron la derrota del tropas napoleónicas y de la ilustración, ambos salieron huyendo, sin cuya heroicidad en la batalla no hubiese sido posible la vuelta de El Deseado, y la penúltima contrarreforma hasta el día de hoy; la última no necesita mención. Otro gran disparate.

Sabiamente, y sin mayor dispendio por parte de las concejalías de obras, ha desaparecido en muchos lugares cualquier atisbo en ellas de cruzada religiosa. Mientras tanto olvidamos que los abuelos de unos masacraron a los de otros, y los que siguen enterrados en lugares ignotos, al menos descansan de mayores ignominias. De momento la historia de España queda delimitada desde la victoria sobre los franceses hasta la derrota frente a los rifeños, hace exactamente un siglo. Ni antes, ni despues ha sucedido nada digno de mención, mas allá de los fastos del medievo recreados por cronistas bienintencionados al servicio de la nostalgia imperial. Igualito que en el NODO.

Aunque yo siga prefiriendo para héroe local a Viriato, el pastor lusitano. Total, para fantasías cada uno tiene las suyas, y a la historia que le den.


La copla terminaba: ...y el puchero en la lumbre con agua sola.


Teresa continuaba su poema: ….Y tan alta vida espero....que muero porque no muero.


Sarcasmo: Burla o ironía con que se burla, desprecia, humilla o ridiculiza cruelmente a alguien.= Befa, escarnio, mofa. (María. Moliner).


(1).- En Cáceres, maravilloso museo el de Helga de Alvear. Visita fantástica obligada si queremos mirar a través de la puerta de Tannhauser. Absolutamente fuera de la realidad también. Un mecenazgo inesperado para los ciudadanos..


El mes de mayo, se barrunta especialmente florido, vamos a disfrutarlo.


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martes, 4 de enero de 2022

EL MEJOR LIBRO DEL AÑO

 


El mejor libro del año.-

 


Eso dicen por todas partes. Unanimidad entre los críticos en sus homilías semanales. Incluido, supongo, cierto periodista de ascendencia vascuence que fuese en vida del autor su acérrimo denostador. Si bien Chirbes reconocía la maestría de los artículos del crítico literario, llegó a plantearse si ellos, los que pontificaban, eran realmente los arquitectos de la cosa, mientras los novelistas eran simples amanuenses, los albañiles del edificio libresco.

Esa observación aparece, repetida como tantas otras, en los diarios póstumos de Chirbes. En este caso no deja de ser una muestra de esa ironía para la que el autor demuestra en ellos estar sobradamente dotado.


Falsos diarios, en todo caso. Tan falsos como el apellido de póstumo. Escritos con la estructura de un relato vital, con la medida justa de no provocar en exceso, algo impensable en quien escribe para si, y a quien la opinión ajena o la censura de los poderosos, no va a perseguirlo más allá de ese punto de no retorno que suele existir en la puerta del velatorio.


Acostumbrados a la novela docudramática, al documental novelado, tan habitual durante, al menos, la última década, no nos puede extrañar que ahora las memorias de alguien pertenezcan también a ese género, a esa categoría donde el lector puede constatar que las crónicas de los hechos, de los tiempos y de los nombres propios que le son familiares, coinciden curiosamente con aquello conocido, cuando no tangencialmente vivido. Si además llevan el correspondiente aliño de discreta rebeldía y suficientes escenas sexuales – dudo que estos asuntos pertenecientes a la intimidad puedan ni deban figurar en el testamento de nadie- tiene posibilidades de convertirse en gran éxito editorial, dada la unanimidad de público y crítica, aunque  que una vez sufridos, o disfrutados, esos pasajes de caca culo pedo pis, llegan a apreciarse plenamente las virtudes del autor, de Chirbes, protagonista de esta falsa novela y personaje, ser humano, que nos deja media docena de textos muy placenteros para lectores de una época huérfana de literatos de enjundia. Entre estos textos ellos no debería figurar este compendio de apuntes, pertenecientes a dos de los seis cuadernos que recogen sus presuntas memorias. Son evidentemente otra cosa, algo entre el morbo de supermercado y un libro de horas de los fanáticos de la literatura.


Se aprende mucho en ellos, sobre la vida ajena y, sobre todo sobre la literatura. Albacea de su amiga y mentora, Martín Gaite, y depositario de incontables cajas de fichas que recogían la materia prima para el trabajo de cualquier escritor, los ladrillos imprescindibles para levantar cualquier novela, que Chirbes reconoce como aquellas citas ajenas que como lector ha ido acumulando a lo largo de su vida. Citas brillantes, todas lo son si merecen ser anotadas, con las que va a trufar, también era un periodista gastronómico, sus escritos y con las que nos hace disfrutar de sus diarios. Imprescindible el pie de cada cita, los autores a quienes hacen referencia, y sobre los que va a extenderse la reflexión interminable de Chirbes sobre la historia propia y la búsqueda de la perfección, la excelencia que persigue a la hora de escribir una novela.

Así aparecen los clásicos una y otra vez en estas paginas, y el lector se encuentra obligado a incluir además a futuros objetos de deseo, Musil, Hermann Broch, Junger, Balzac, Martín Gaite, a la vez que coincide o discrepa con sus opiniones sobre Marsé, Vázquez Montalbán, Benet y muchos otros.

Es valiosísimo disponer de alguien que te ilumine la lectura, el tiempo es finito y aunque los diarios de este hombre me han gastado una semana, la doy por bien empleada, y me pongo con otro de sus recomendados, Joseph Roth y su Marcha Radetzky, alimentación suficiente para calmar el vicio otra temporada.

                  


Reconozco que “En la orilla” me pareció una estupenda novela, aún dentro de ser la crónica social de los males de la época y del país que nos han tocado en suerte. El ascenso y enriquecimiento hasta niveles inconcebibles, así como la ruina de los incautos que persiguieron el Dorado del frenesí inmobiliario sin tener consciencia de los trileros de siempre y de la existencia de estafas piramidales que periódicamente ponen a cero el contador de haberes de muchas familias. Nos cuentan la crisis financiera de hace cien años, incluso la de los tulipanes de siglos mas alejados, y lo vemos como si fuesen documentales televisivos ajenos y lejanos. Ha tenido que suceder esta mañana en el jardín, la caza de un ratón por Rayas, el gato, que no ha hecho otra cosa diferente de aquella que los grandes felinos hacen en los documentales, matarlo y devorarlo, intentando esconder los restos para la cena. Es un depredador, mamífero como nosotros y como su victima, ignorarlo es cometer idéntico error que el de la locura colectiva de invertir en viviendas u hoy en monedas virtuales, aquello que contaba Chirbes en La Orilla o en Crematorio, sobre la parte mas agraciada del festival, de aquella que lleva el ratón en las fauces.


Te hace pensar, y lamentar, que este sea el mejor libro del año, aun considerando que ello no sea otra cosa que un eslogan. Si los otros no alcanzan la excelencia, ni se aproximan a ella, mal vamos.

Dicen que se publica más que nunca y no es cosa de dudarlo, pero también avisan de que no se lee tanto, algo evidente si todas las reseñas positivas son de un único libro.


Tiene similitudes anecdóticas o no, con otro excelso narrador que usa la misma técnica de recoger sus impresiones sobre su alrededor cotidiano y sobre el mundo de la literatura, en esos diarios que después se pasan a limpio, para publicarse más tarde. Me refiero a Trapiello y sus magnificas y divertidas crónicas desde el salón de los pasos perdidos. Si añadimos que muchas de ellas han sido escritas en un pueblo cacereño cercano a Trujillo en caso de Trapiello, o pacense, junto a Zafra en el de Chirbes, resulta más llamativa la analogía; y ello sin incluir a Cercas que no deja nunca de mencionar a la Yoknapatawpha extremeña de sus orígenes. Coincidencias que llevan a pensar la necesidad de huir del mundanal ruido, a la vez que disponer de un confortable refugio en una tierra acostumbrada a aceptar, sin preguntar demasiado, al que llega, y al que vuelve, como alguien de casa.

Otra cosa que tienen en común esos tres, es la irreductible necesidad de llamar a las cosas por su nombre, de no dejar de señalar que el vestido del emperador no es tal, que va en pelotas, y que la historia española de los dos últimos tercios del siglo pasado y del primero de este, está escrita con letras falsas, o al menos en clave suministrada por el aparato aquel, Enigma, para que solo los poderosos, nazis o sucedáneos, puedan continuar escribiéndola. Resulta curioso que la censura centenaria sobre dios patria y rey, y sus clones infinitos, siga vigente, a la vez que se haya hecho extensiva a cualquier versión del trio original, y siga atemorizando a la mayoría de plumíferos que prefieren escribir sobre otras cosas, menos o nada comprometidas. Después sucede que no hay libros, ni escritores interesantes que estén a la altura de un difunto reciente. Lástima.


Esto de las novelas fingidas, contadas en primera persona, tiene otras facetas que rondan la incoherencia entre los tiempos vitales del protagonista, así como la ideología política, cuando no la militancia del muchacho. Son de mi quinta, año mas año menos, y de similar procedencia, chicos de pueblo educados, snif, en colegio de curas. El que alguno de ellos haya pertenecido al partido y que haya devorado y digerido las obras completas de Marx, me resulta mas improbable que la ausencia de retortijones en las tripas de Rayas, acostumbrado a una excelente dieta de comida gatuna con sabor a salmón. El que alguno presuma de haber participado en la revolución francesa de mayo del 68, a sus 18 años, y Chirbes lo hace, me hace dudar de lo torpe y lo pobre que ha sido mi experiencia política. Todos estuvimos en París en el 68, en la Dirección General de Seguridad durante cuarenta años y en Wounded Knee cuando fue masacrada por el 7º de caballería. Afortunadamente no hemos tenido necesidad de aportar pruebas documentales, inexistentes o inventadas, para poder imitar a la mayoría de coetáneos, todos luchadores contra la dictadura y victimas de ella, prestos a exigir honores o reparación si hubiese lugar.


Cuenta Fernangomez en sus memorias, imprescindibles y divertidas, refiriéndose a la sacrosanta transición, que todos éramos intelectuales republicanos de izquierdas en esa fecha pero que, inopinadamente, amanecimos al día siguiente monárquicos y de derechas.


Chirbes, más categórico y con la impunidad que presta lo póstumo, lo llama simplemente estafa.


Cercas está vivo, y supongo que pretende seguir estandolo mucho tiempo, además de ejercer el prodigioso trabajo de escribir esas casi novelas en las que deja hilos de los que podemos tirar, sin romperlos, para descubrir verdades ocultas en esta realidad sospechosa con la que nos enfrentamos.

El único problema es la incapacidad de que gozamos algunos para comprender hechos tan evidentes para otros, evidentes sobre todo cuando han fallecido y ciertos velos se desvanecen, miedos y prejuicios que ellos ya no sufren, pero que los que aquí seguimos tenemos que seguir soportando.

                   


Me viene a la memoria el cuento de Los muertos, de la Dublineses de Joyce, cuando la esposa desvela al marido el secreto que guardaba, y el dolor oculto hasta entonces sobre el final de aquel amor juvenil frustrado. Me identifico con el esposo maduro, descubriendo estupefacto la vigencia de una realidad que siempre había sospechado y cuya confirmación aparece cuando ya no queda otra opción que la de asumir las lamentaciones.

La interprete, en la película, es Angelica Huston, hija del director, John Huston, de cuyas memorias recoge Chirbes una gloriosa cita en El viajero impenitente (sedentario), que tampoco es una novela, además de resultar un fallido libro de viajes, como casi todos, donde las vivencias que refleja un escritor en una ciudad y época determinadas resultan ficticias tan solo veinte o treinta años después Y los libros, afortunadamente, tienden a durar mucho mas.


Pensó el viajero en aquello que decía en sus memorias John Huston: haber vivido en un solo lugar, haber tenido una sola familia, una casa, una geografía, incluso un dios. Debe de ser hermoso.”


PD.- Sobre la intención del autor en escribir unos apuntes para su disfrute personal o la sospecha de que lo dejase dispuesto, incluso editado, para su publicación, me remito al comisario Maigret, con la frase que Simenón le adjudica y que por cierto está copiada de Dumas. Ante un asunto confuso, con dinero por medio: “Cherchez la femme”, que no hay que entender como un agravio machista, nada mas lejos del entorno chirbesco, sino como respuesta evidente al dilema, comprobando quienes se han beneficiado de las innumerables ediciones que esperan al mejor libro del año.


DIARIOS: A RATOS PERDIDOS 1 Y 2

RAFAEL CHIRBES



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