martes, 14 de mayo de 2019

VIAJANDO POR LA RAYA (2).-


En Castelo da Vide no llegué a probar la repostería kosher. Ni su aspecto ni los ingredientes me resultan familiares o atractivos. Otra vez será.

  Sin embargo la semana del cabrito y el borrego me ofreció uno de esos momentos cumbres para un estómago desagradecido. 

Magnífico Marvao, en su emplazamiento celestial, con sus murallas intactas y su castelo increíble, tanto que la subida a la última torre puso de manifiesto un demonio que creí enterrado, el vértigo, que me impidió arrastrarme por los los escalones mas elevados, avergonzado de que alguien me viese en circunstancias tan lamentables como las de James Stewart en “Vértigo” que volvimos a ver la semana pasada, y sin que mi Kim Novak estuviese dispuesta a cambiar el color de su pelo para rematar mis sentidos. Di por excelente el paseo y , aconsejado por el guia que todo lo ve, desde la pantalla del teléfono, acudí a la Pousada para degustar el plato de la temporada, con el resultado ya referido, la alternativa de esperar cuarenta minutos viendo comer asiáticas, jóvenes y guapas por cierto, o buscar otro restaurante antes de que la hora tardía nos dejase fuera de la ementa.


Allí al lado en “Casa do Povo” nos estaban esperando en una sala con aspecto de antiguo granero habilitado para colocar el mayor numero de comensales en el menor espacio disponible, con un servicio, femenino portugués, tan eficaz como invisible. Y al fin sucedió el milagro, el cabrito se les había terminado, lo que no parecía buen augurio, cuando estábamos justo en la mitad de la temporada publicitada, pero cuando escuché afirmativamente la respuesta a mi alternativa -aconsejable llevarla siempre preparada, la alternativa ante la hipotetica negativa, ya que en su ausencia uno puede caer en las peores trampas- el ensopado de borrego, que figuraba con letras cursivas en el catálogo de la casa, ya quedé más esperanzado.
El vino de la casa, un tinto excelente en jarras de cuartillo, y el pan bregado junto al queso de cabra en el aperitivo, nos tuvo entretenidos hasta que sucedió lo que tenia que suceder. La cazuela de barro con el guiso humeante y el aroma inconfundible de la hierbabuena, o menta, o como quiera que la llamen, marcando la diferencia con el perejil portugués, el cilantro, imprescindible en su cocina, a la vez que abre la espita de la memoria olfativa y gástrica de mi infancia. La hierbabuena y el cordero, y los aditivos de la sabiduría encerrada en esas cocinas centenarias, consiguieron casi hacerme llorar, cosa mal vista en un idoso – sin s- y que solo el cine, en su oscuridad y presunta soledad, me hace disfrutar. 
Tres vuelcos di al puchero, tres platos rebosantes de ambrosía, idéntica sin duda a la que disfrutaron ocasionalmente Sancho y Alonso, bajo la reconvención a partir del segundo, de que aquello iba a hacerme daño. Imposible que la felicidad te resulte dañina, incluso cuando intentas prolongarla con los medios a tu alcance, con el último barquito de pan en los restos de la salsa. Tarde feliz y sensación de bienestar, de haber comido otra vez en la mesa de mi madre, que me duró un par de días.

Con la ventaja añadida de escuchar las noticias locales en un televisor cercano, al que prudentemente ubiqué a mis espaldas: Un anciano -idoso- había sido maltratado en un hospital lisboeta, mientras que otro – reformado, o sea jubilado- desapareció misteriosamente en medio de la plaza del Rossio. Noticias de alcance nacional que, a falta de otras, me hicieron pensar en la conveniencia de vivir alejado de la capital. Menosprecio de corte y alabanza de aldea o arte de marear de Fray Antonio de Guevara.

Hasta que me hicieron volver a la realidad en Coria, en el tradicional restaurante de la calle de las monjas – se llama así porque “toda” la calle es de las monjas, fachada del convento, sin otra justificación necesaria- donde sirvieron unas lentejas apaelladas, grano seco y redondo, demasiado oscuro para un arroz bomba y demasiado insípido para un guiso viudo, sin tropezones. A pesar de lo desafortunado del primer plato, llegué a vaciarlo en un sesenta por ciento y a enfrentarme con el secreto ibérico, y ahí ya me negué a continuar sufriendo; seco, frio, y con sabor a esos cadáveres que guardamos en la nevera hasta que decidimos enviarlos a la basura, convencidos de que no vamos a darles otra oportunidad. Ofrecieron calentarlo -léase recalentarlo-. Cosa que decliné tan fríamente como sentí el bocado, y entonces escuché la palabra mágica: “Duroc”, ya que al parecer se les había terminado el bellotero fetén, el de las dehesas infinitas que rodean la villa – aquí puede usarse villa sin riesgo-y lo habían sustituido por su sucedáneo, universal en los fogones patrios, donde lo venden como cruce ideal entre el ibérico y el norteamericano duroc, que se venga de esta forma del daño que los extremeños hicimos en el nuevo mundo, según dicen ellos.
Una experiencia poco afortunada, salvada exclusivamente por la excelente ración de boletus al ajillo y porque nos descontaron sin rechistar los errores en la cuenta, a su favor, curiosamente, como casi siempre. Dice Trapiello que los gitanos del rastro se mienten, pero nunca se engañan. Y nosotros nos dejamos engañar porque pensamos que nadie nos miente. De ahi la conveniencia de revisar al factura, siempre.

Día aciago en Coria, a pesar de sus murallas romanas y su castillo ducal; la catedral cerrada durante las horas en que figuraba explícitamente su apertura, familias sentadas frente a su puerta, en una tarde ventosa y gélida, esperando que se acercase el momento del cierre imposible, para dar por terminado el intento.

Para rematar, la amable y parlanchina encargada del centro de interpretación local – media hora cronometrada de explicaciones a cada grupo de visitantes, mientras los privados de conocimientos, aplazábamos sucesivamente la premura informativa para mejor ocasión, me atendió en la sesión vespertina para aclararme que: 

“La casa de ese señor -Rafael Sánchez Ferlosio, fallecido hace bien poco- estaba en ruinas frente a la catedral, como todo el mundo sabe y que no tenia conocimiento alguno de que tuviese otro domicilio en Coria, ni de que hubiese aparecido por allí durante los últimos veinte años”.
Ante mi insistencia, y los datos cutres o cotillas que pude aportarle -del nivel de los que algunos guiás turísticos suelen regalar a sus victimas- dijo quedar intrigada y me prometió consultar con el director del museo que, al parecer, era docto en el personaje. Rogó volver otro día, y me confirmó el desprecio tan grande que casi todo el país, incluidas instituciones culturales de la nación, o las del pueblo de su infancia, han manifestado por nuestro premio nobel de literatura “in pectore”, aquel que murió hace unos días, solo, en un  hospital madrileño y a quien tanto le debemos los que disfrutamos con los textos y con la inteligencia ajena.
Inexplicable que haya pasado tan desapercibida la desaparición de Sánchez Ferlosio, quien solo por el pasaje de los babuinos mendicantes en El Testimonio de Yarfoz. merecería figurar en los altares de las letras. Ingratos.

Por cierto que, las ruinas mas o menos cercanas, del palacio de La Camisona, antaño del Duque de Alba, y la cuantiosa herencia dilapidada por la familia Sánchez en tan solo dos generaciones, solo acentúa la sensación de terminal abandono en que se encuentra este territorio donde tengo las raíces.
La monja de la calle de las monjas, quien nos enseño el patio del convento, e intentó vendernos sus dulces monásticos, se mostró más preparada en relaciones publicas, y en humanidad compartida, que la profesional del centro interpretativo, y me explicó, franciscana terciaria ella, que el santo solía ir con frecuencia a Garrovillas, y yo en la inopia del conocimiento – indigencia,, pobreza, escasez, según DRAE-.
Aclaro que el santo, San Pedro de Alcántara, (nacido Juan Garabito) anduvo por allí a mediados del siglo XVI, y que su estancia en el convento más pequeño del mundo “El Palancar” ha convertido este en centro de peregrinación turística que no pudimos pasar por alto.
Un jardín y una huerta preciosos, al lado del Puerto de los Castaños, y donde un joven fraile, con aspecto de haber pasado una, o varias, malas noches, nos indicó que volviésemos en otra ocasión, si queríamos ver donde y como se mortificaba el santo, que esto del morbo tiene sus seguidores, al parecer. 

Una vida harto interesante para cualquier interesado en la historia, hombre relacionado con papas y emperadores, y consejero de Santa Teresa. A tener en cuenta, y a “poner en valor” su relación con mi pueblo que, entonces era ciudad. Lo que son las cosas.



viernes, 10 de mayo de 2019

VIAJANDO POR LA RAYA (1).-



Viajando por La Raya.-


Faltan cuatro días, o así, para que el Gran Hermano me envie el resumen mensual sobre las ciudades que he visitado en el último mes, los paises, dos, y los kilómetros en coche o andando. Todo lo detalla el amigo invisible, Google, incluso los lugares donde he comido o pernoctado. Exhaustivo cuaderno de viajes donde incluso tengo marcado en el mapa el trayecto en el que me ha fijado el ojo que todo lo ve. 

Supongo que lo próxima extensión de tan molesta e inútil aplicación, será el reflejar también hacia donde he mirado y por cuanto tiempo. De los pensamientos ni me preocupo, es lo primero que me ha calado a través de los escasos efluvios emitidos por el lóbulo cerebral correspondiente, lo doy por hecho. Resignación ante lo inevitable y actitud risible ante aquellos que todavía creen en la virginidad de sus “datos”, como si estos pudiesen ocultarse en este mundo de bits que se intercambian en los mercados etereos. Aunque esto del eter resulta ser muy literario, pero nada real; hoy circulan de disco duro a disco duro via PTP, mañana quien sabe. 

Lo del cuaderno de bitácora escrito por este amanuense sin alma, al menos las referencias a altitud, latitud y desplazamientos, lo doy por bueno si de paso me permite recordar ciertos lugares sobre los que no está de más elaborar una reseña que los fije algo en esta memoria cada día mas evanescente, la pobre.
Siete ciudades, siete, excluyendo el sobrero, que es la mía natal, hecho que el espia desconoce al parecer, y que no le pienso detallar.

Lo primero que he aprendido es que no puedes preguntar información sobre un pueblo cualquiera a la responsable – lo siento, todas han sido la – del centro de interpretación local, con la pregunta terminada en “...este pueblo”. No volveré a hacerlo jamás, salvo que esté haciendo un estudio sobre malos modos en respuestas súbitas y generalmente vociferadas.

-!Ciudad querrá usted decir!. Incluso en aquella aldea a la que el amigo de la pantallita le atribuye cincuenta almas en el el registro de habitantes.
-!Fue una gran ciudad en tiempos de Roma! Me aclara la señorita, o señora, condescendiente con mi ignorancia, ya sin gritar.

Esta situación la he vivido repetidamente, sufriéndola al llamar erróneamente pueblo a la nueva capital autonómica de esto o de lo otro.
Tal es mi irracional desazón al respecto que, el otro día cometí la grosería al contestar a unos turistas interesados sobre los sitios donde solemos ir a comer los paisanos de mi ciudad. Espero que ellos me perdonen; los muy considerados y prudentes, usaron el termino ciudad.

-!Eso me lo tendrían que decir ustedes que son realmente aquí los paisanos y los que comen fuera todos los días!

Realmente no me pude contener, y lo siento. Pero es que como las plagas de palomas urbanas o como las ratas que Nosferatu llevaba con su mensaje pestilente -de peste- a las ciudades que desaparecerían poco después. 250.000 invasores el pasado año, la mayoría coreanos, a los que encontré un día de estos saturando la pousada de Marvao e impidiéndome probar el hojaldre de cabrito que anunciaban en el día del ídem. 
Esto de las invasiones barbaras, que puede parecer divertido para unos y harto lucrativo para otros, está ciertamente fuera de control y no hace otra cosa que marginar, cuando no expulsar, a los auténticos viajeros entre los que obviamente me incluyo, en primera persona, del plural, que tampoco hay que ser excluyente en grado absoluto. !Já!

Viajero eres hasta llegar a un lugar tan exprimido por el boom turistico como el tuyo, donde te conviertes obligado en otro turista más, sometido a las consabidas vejaciones.
Aqui suele ser de utilidad seguir los consejos negativos del ojo que todo lo ve, para no caer en las trampas donde otros insectos hermanos lo hicieron. Aceptar con cierto reparo los comentarios positivos y alejarse si fuese necesario de lugares tóxicos donde solo eres visto como un euro con patas. Me sucedió en Monsanto, y me arrepentí de no haber reservado una mesa en Penha Garcia.
Consejos doy y, para mi no tengo.

Se agradece, no obstante, el garito de la interpretación local, de donde sales con un puñado de estupendos planos y programas gastro culturales, cuando no directamente la invitación para una inolvidable jornada de senderismo. Sin ir mas lejos, en Marvao, a donde debo regresar otro día que no sea fiesta local, algo realmente difícil en el país vecino – observen que el país vecino es uno solo, al parecer- estaba programada la ruta del contrabando de café para primeros de mayo.

 
!Ahí es nada!, me imagino con una mochila de treinta kilos de café a la espalda y atravesando arroyos y riscos hasta poder depositar la preciada mercancía al otro lado de la raya.
Cultura cafetera marcada a agua y fuego, con algo de leche para los infantes, a lo largo de décadas de autarquia dictatorial, y que nos ha dejado deformado el gusto por esa magnifica infusión, dado el monopolio del grano negro -torrefacto a su pesar- y pequeño que, paradojicamente pertenece a la variedad robusta y que se cultivaba en las colonias del vecino, Angola y Mozambique.
Ha sido tan prolongada y exclusiva la provisión de este café de matute a lo largo de toda la frontera que todavía es esta variedad, y la marca de la etiqueta del tío del sombrero, la preferida. Siendo difícil encontrar otro tipo de café en las tiendas de los pueblos -ciudades- limítrofes.

 Sin duda que hubiese disfrutado en la excursión, cual emulo contrabandista, sabedor de que los cuarteles de uno y otro lado están desiertos y abandonados, igual que el resto de edificios fronterizos y un gran porcentaje de viviendas semi ruinosas en cualquier núcleo urbano. Es difícil escribir que esta tierra languidece, difícil y falso, porque no languidece, sencillamente agoniza, que es bien diferente. Y el tópico de la España o el Portugal vacíos, pierde su significado por el uso interesado que algunos puedan hacer y por el absoluto desconocimiento de la realidad, dantesca la señora.

Me ha servido de consuelo, al perder la posibilidad de convertirme en porteador de mi droga favorita, después de la patatera – paté tera , si me hacen caso los innovadores de la cosa - el hecho de que ciertamente la variedad robusta no ha sido nunca de mi agrado, y más en su tueste con azúcar quemada, que aglutina los granos en un ladrillo cilíndrico que había que romper con martillo, en mis recuerdos. Es lo que tiene el viajar, y probar el arábica colombiano en la Feria del Campo, un antes y un después, una raya en estas cosas del vicio.

Castelo de Vide, donde apenas pude tomar un café de estos, de los suyos, en trago corto y negrisimo, acompañado del imprescindible pastel de nata que, sorprendentemente a lo largo de esta zona tiene la textura y frescor de los recién hechos en la Belem lisboeta, demostrando que la repostería industrial canallesca a la que nos tienen habituados las grandes superficies, tiene alternativas ocultas o secretas, pero que existir existen..
Esta ciudad conmemoraba con su gastronomía tradicional de origen judío, a pesar de los siglos de discreta ausencia, y con homenajes varios, algún aniversario de cuando entonces.

Me sorprende que guarden con cierto esmero su judería y su estupenda sinagoga. Recuperada por aquellos que mantienen la hermandad entre ellos y nosotros, semitas todos, con sus inscripciones pétreas del presidente portugués pidiendo disculpas, y otras de agradecimiento israelí por la acogida de los expulsados del paraíso adonde presumiblemente íbamos a llevar el café, al otro lado, donde por cierto el tema sigue siendo tabú, como tantos otros, y tan solo los dirigentes políticos mencionan, con la boca pequeña aquello, de las tres culturas, nada menos que tres, mientras algunos lloramos la inexistencia de al menos, aunque sea solo una, de ellas.

Bien es cierto que de allí partieron los padres de Spinoza para dejar en los Países Bajos, la gloria de la filosofía sefardí cuya procedencia cercana no era otra que el otro lado del arroyo. Baruch Spinoza, expulsado del judaismo por librepensador, es decir por malo malísimo, nos dejó perlas dentro de ese bivalvo oculto al que llamamos razón, y tan solo tenemos que entreabrir su obstinado caparazón para: “He procurado diligentemente no reírme de las acciones humanas, ni llorarlas, ni abominar de ellas, sino comprenderlas”. “No queremos algo porque sea bueno, sino al revés, decimos que algo es bueno porque lo deseamos”. “La actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre”.
-Baruch Spinoza-
Si añadimos que el héroe local, y bastante más cercano en el tiempo, fue Maia Salgueiro, y que este se jugó todo lo que alguien puede jugarse el 25 de Abril al escuchar la canción de Grandola Vila Morena, y dirigir la insurrección incruenta que devolviese la democracia al país después de una larguísima dictadura, vuelvo a comparar, y es algo nefasto eso de comparar cuando te tumba la moral, con aquellos otros militares que, al otro lado de la raya hicieron justamente lo contrario. Me alegro de la suerte y el destino de los vecinos, a la vez que me admiro de su considerable ayuda con aquel exilio forzoso de hace quinientos años, y que, curiosa e inevitablemente,vuelve a repetirse otra vez. Los miro, los admiro, y sigue sin gustarme el café torrefacto. Envidia cochina que me atormenta.
 


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miércoles, 8 de mayo de 2019

APRENDÍ A DESCONFIAR-INTERPRETAR LA PALABRA ESCRITA.-






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viernes, 3 de mayo de 2019

BAKUNIN SUBIÓ A LOS CIELOS.-



Los idus de mayo
El flashback y el porvenir ciego, el que tienes frente a tus ojos abiertos mientras tu cerebro se niega a aceptar cualquier realidad diferente a la que lleva forjando durante toda la vida.
Nunca nos contaron si Adán lo vio venir con antelación, si al menos tuvo algún amago de sospecha sobre lo que podía llegar a sucederle, o si bien resultó ciertamente sorpresivo, el juicio y la condena en acto único e instantáneo, un instante incomprensible, ejecutado además por alguien que resultaba ser la antítesis de la violencia, de la severidad, y de la crueldad, el portador de la espada flamígera, la que corta y quema, el ángel, ese ser etéreo y bondadoso que flota en los nimbos que decoran el paraíso.

Ni mucho menos pudo imaginar que además, tras la expulsión llegaría la factura por los servicios recibidos, aquellos que siempre creyó gratuitos y que sin embargo no resultaron serlo, materializándose al terminar aquello que resultó ser tan solo un sumarísimo crucero de placer y no otra cosa. Factura además, vitalicia para todos sus descendientes. No pudo imaginar algo tan cruel. Creyó que el libre albedrío solo tenia sentido si era realmente usado, una herramienta que le dieron para utilizar y que resultó ser solamente una clave oculta del sarcasmo divino. No lo vio venir.

Tampoco la noticia del fallecimiento del gato, el pobre Bakunin. Ni tan siquiera la forma en que sucediese, en las fauces del perro lobo de los vecinos, el perro policía, el pastor alemán. Como hecho consumado, mi amigo,no le dio la menor importancia al suceso; algo inevitable y en tiempo pretérito, sin posible modificación, un pasado mas o menos cercano, solo lamentó realmente las miradas de los niños temerosos del disgusto que la noticia iba a producir a quien les había regalado, y bautizado, el gatito hacia pocos meses.

!Bakunin ha muerto!. Pero aquello no iba con él, como la muerte de Dillinger en la película de Ferreri, que no tenia más relación con ella que el prestarle el titulo. “Dillinger e morto”.
Y sin embargo era una advertencia, una premonición que cualquier observador sensato no habría pasado por alto, desde la distancia en que suelen situarse los observadores, absolutamente diferente de la apreciada por quien vive los sucesos en primera persona. 

Cuando Cesar tiene su pensamiento secuestrado por el discurso que debe dar, por las replicas a los senadores de la oposición, no puede prestar la menor atención a los idus, ni al libelo delator que le han introducido en el bolsillo de la túnica. Absorto, no ve que la ausencia de Bakunin presagia la suya, y que las miradas lastimeras de los chicos no son la respuesta a la perdida de su mascota, sino a la inminente de su amigo. Ángeles que saben más de lo que aparentan, pero que no tienen capacidad para evitar aquello que sucederá a su lado, ni para evitar ser portadores de la espada de fuego cuando reciban la orden de blandirla. Parece que a Cesar lo apuñalaron casi todos, los cuarenta de Ayete, todos a una, generando unos lazos de sangre cuyas manos se encargaron de enlazar y compartir. Hermanos de sangre...ajena.

Los oráculos habían avisado con antelación, los niños lo hicieron a su manera, avisados sin duda por los rumores, los comentarios que escaparían a su mayores, mientras el pobre Adán seguía ajeno al cambio, al cielo que iba a derrumbarse sobre su cabeza por los siglos de los siglos. “Y no te vayas de rositas sin pagar lo que debes so pringao”.

Entiendo que lo del primer hombre, que no era el de Camús, y si el de barro que cantaba Enrique Guzmán, pertenece al mundo de los creyentes en un dios cruel y justiciero, y solo a ellos, aunque el episodio siga provocándome estupor e indignación. Diferente a lo de Cesar, que no El Cesar, que eso vino después cuando todos los navajeros quisieron ser sus herederos y se apropiaron el sustantivo convirtiéndolo en adjetivo, todo lo contrario a nuestros próceres que han heredado al generalísimo y a sus ángeles guardianes pero se cuidan muy mucho de usar su excelencia en vano. 

Lo de Cesar parece que fue desgraciadamente cierto y tan solo nos queda la sospecha de la veracidad sobre la parte de leyenda que pueda tener el asunto de los idus. De la muerte de Bakunin y de la expulsión de mi amigo del paraíso aquel puedo dar fe. Ciertamente premonitorio el cadáver de la mascota, tanto como que el sujeto no fue consciente del aviso, como Cesar, aunque al final el resultado no fuese tan diferente, después de todo.

Tengo otra lectura del suceso aquel; al fin y al cabo, la expulsión del paraíso , sin necesidad de violencia ni torturas anejas, no fue otra que el paso de la ingenuidad adolescente, de la ilusión revolucionaria del tal Bakunin, a la madurez imperfecta o como sea que la llamen, del estado anímico en el que das por perdidos ciertos sueños de justicia, por inalcanzables, y comienzas a sentir en tu carne, a aprender en el estricto sentido de todo aprendizaje, doloroso e imperecedero, el mensaje atribuido a la sabiduría oriental, de que si a los veinte años no tienes corazón, a los cuarenta ni te digo....

Ahora comprendo que el destino de Bakunin gato no pudo ser otro que el de servir a alimentar la nostalgia de aquellos años, y que tenemos que estar agradecidos a que, a pesar de soslayar el aviso de esta Casandra, a la que acusamos de afónica más de una vez, el cambio que vino a continuación, no fuese tan definitivo como el de Julio Cesar, ni tan eterno como el de Adán. Al fin y al cabo una vida no da para tanto lamento, suele ser mas breve que cualquier siglo con sus pesares, y casi tanto, en brevedad como la del gato en cuestión. Si tiene otras seis escondidas, presumo que serán tan breves y felices como las del Francis Macumber del cuento de Hemingway, aquel iluso marido accidentalmente abatido por el rifle de su esposa durante una cacería de leones, o de gamusinos, en presencia del experto cazador, el macho alfa, quien iría después a prisión acompañando a la autora material de su viudez. Menos mal que allí, y entonces, no existía todavía la violencia de género y el cuento terminaba con el triunfo de la justicia.

En el caso de Julio, y en el del minino, los autores nos dan un destino dispar, tragedia inmortal la del romano, en versos de Shakespeare, y recuerdos nebulosos los del gatito en las fauces del perro de los vecinos fascistas (lo eran) en la memoria de un servidor. Del otro Bakunin no queda mas que la china en el zapato que fue lo que supuso para otra religión, el bolchevismo, en trance ahora de pasar a mejor vida, con un coste en vidas humanas discretamente mayor que el de la gripe española (que no lo era), y en almas, infinitamente menor que el causado por el pecado de Adán, cuya cuenta no ha terminado de incrementar su numero de victimas, todavía.
Y por cierto, también todavía sigo ignorando cual fue el pecado de Adán, y cual fue su magnitud para merecer semejante castigo, lo de la desobediencia no me sirve, y menos si considero que probablemente no originó consecuencia alguna irreversible, mas allá de la irritación-presumo temporal y transitoria- del poder de las fuerzas vivas.

Ahora el destino ha hecho otra de sus piruetas, y el alma de Bakunin, presumiblemente encarnada en otro felino de su especie, tropecientos siglos y kilómetros después, ha destripado a mi sapo, lo ha devorado sin dejarme otra cosa que las manchas de sangre en las losas del patio, como las de Cesar en el marmol del senado aquel; y vuelvo a sentir el aviso de algo que no puedo prever, y lo que es peor, en lo que no puedo creer. El presagio de los fanáticos llega a ocasionar que la maldición se haga realidad, como nos lo contaba García Márquez, y nos lo puso Alcoriza en pantalla. Pero es que ni siquiera tengo el titular de lo que va a venir. Ni entonces lo tuve, ni ahora cuando del sapo solo me queda el recuerdo de las manchas sobre el barro cocido, otra vez el barro.

P.D.-
1.- Los cuarenta de Ayete y el palacio de Ayete como testigo mudo de X (Veasé wikipedia que no estoy para que me rompan el espinazo otra vez).
2,. Quien a los veinte años no sea revolucionario es que no tiene corazón, quien contiua siéndolo a los cuarenta es que no tiene cabeza. A eso Houellebecq lo llama sumisión en su novela, pero en fin....
3.- Bakunin, uno de los padres del anarquismo, se enfrentó a los marxistas en la primera internacional y estos se vengaron durante la guerra española.
4.- He encontrado restos recientes en las losas del patio, cagarros inconfundibles con identico aspecto y tacto de esos cigarros que arden en el suelo completamente sin ser realmente fumados, prueba inequivoca de que otra generación de sapos sigue en la brecha. Hay futuro.
5.- Estos relámpagos del destino, epifanias dolorosas, no dejan de ser útiles, tanto los sufridos en carne propia, o próxima, como en esos hechos históricos, o ficticios, tanto da. Siempre que sepamos usarlos como enseñanza. Y ese es, sin duda, otro cantar.
6.- Hay avisos, hay Casandras y hay Jeremias que no cesan de avisarnos...con palabras. Los sordos tenemos un problema añadido, sin duda.

100 Kilos de Barro:

Con sólo barro lo formó
En su creación perfecta
Con sus dos manos modeló
Le dio la forma correcta

Y así fue que la creación
Llegó a su culminación
Ha creado a un hombre y de
Compañera a una mujer
Oh oh oh, una mujer
...
 (!Machista !)

viernes, 12 de abril de 2019

SIN PALABRAS.-






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martes, 9 de abril de 2019

VICTORIA SOBRE EL SOL.-




¿Quién es Casimiro Malévich y por qué me dice esas cosas a mí?
 
El título inspirador es: ¿Quién es Harry Kellerman y por qué va diciendo esas cosas de mi?. Posiblemente la peor película de Dustin Hoffman y de la que creo recordar que, difamador y difamado eran la misma persona, insinuando que, lo importante para aquellos que viven del escenario, suele ser que se hable de ellos, sin importar el como. Si además viene acompañado de la insistencia, el eco tiende a hacerse ilimitado.


En poco más de seis meses, el acoso a que me ha sometido Kazimir Malevich, me ha hecho reconsiderar muchas cosas respecto al arte, los artistas, y sus parásitos. De hecho me habría gustado ser comisario de exposiciones varias – lo de ser monja ya lo he dejado por imposible- un cargo, usualmente bien remunerado y cuya titulación es gratuita e inexistente, al menos de altura similar a la detentada por ciertos ministros y directores generales de la cosa.


Comenzó casi sin querer, en el camino de Damasco, ahora llamado Ronda de Atocha, donde se ubica el único museo español que no tiene esa denominación, llamado Centro de Arte R.S.: Exhibición antológica sobre "El dadaísmo ruso". Durante la década prodigiosa en la que los vanguardistas antifuturistas pusieron patas arriba el arte, con permiso de Duchamp, vanguardia que permaneció hasta que llegó el comandante y mandó "aparar", el comandante Joseph, unos treinta años antes de que lo hiciese Fidel, según guaracha de Carlos Puebla.


Para cualquier observador sensato, y en grado superlativo si es de pueblo como el que esto suscribe, resulta una agresión extraordinaria el contemplar la obra de esta pandilla de pintores revolucionarios para los que todo arte anterior a ellos, era pura basura como intentaron demostrar con su arte mecanicista y, ciertamente, provocador. Aquí surge el asunto de la fe en los tratados de arte, que eclipsa las observaciones pueblerinas y el vade retro posterior, merecido o no, de todas la vanguardias que se quedaron en eso, en meras vanguardias.


Reconozco que, una vez agotadas las entendederas, y antes de repetir la indigestión que me aconteció en la filmoteca, aquella tarde que me dio por contemplar la obra completa de McLaren , el cineasta experimental canadiense, (quien ya me hizo sospechar sobre los tratados de historia del arte, sean de cine o, ahora, pintura) estaba realmente cansado de comulgar con aquellas píldoras indigestas en el museo. Cuando me detuve ante una pantalla – algo obligado para aquellos que la consideramos nuestro chupete intelectual - en la que estaban exhibiendo una ópera: “Victoria sobre el Sol”, con música de Matiushin, figurines de Malevich, libreto de Kruschonij en lengua transracional con palabras de solo vocales o solo consonantes, y creo que Maiakovski andaba también por allí. 

Algo fascinante, a pesar de su extraordinario parecido con todas las operas, donde los gorgoritos también son discutibles, los textos ininteligibles y, en el caso de que estén subtitulados, soporíferos. Si les añadimos la duración habitual de tres horas corridas, salvo en las wagnerianas donde el tiempo se detiene indefinidamente hasta que adquieres la categoría de superviviente, y hasta que comienza todo el mundo a aplaudir de la manera más molesta e interminable que nadie pueda imaginar. Si hemos pagado la entrada pienso que, los que deberían aplaudir son ellos, desde el escenario. En fin…


En esta ocasión, me sentí bajo un influjo hipnótico, como frente a una cortina de chapas de botellín encendida por el sol y acariciada por el viento, o quizás como los espejitos que cubren la bola luminosa en las discotecas de antes. Uno de esos días en que el segundo cubata pone en evidencia su procedencia del infame garrafón y dejas de intentar seguir los haces luminosos para evitar entrar en trance o incluso males mayores avisado por cierto cosquilleo en el estomago, manteniendo la vista fija en aquella luna móvil y craquelada que consuela mi tristeza y alivia los embates sonoros de músicas infernales. Y solo de pensar que alguien cobra también por atormentarme así, incrementa el nivel de la nausea, que en este caso no es sartriana, creo. Menos mal que allí no suelen aplaudir al finalizar cada acto, sería horroroso en grado sumo.


Al parecer los figurantes todos, los personajes principales, los tradicionales tenor, soprano, barítono, bajo y por supuesto el coro celestial, simulaban ser robots primitivos, -estamos en los albores del XX, y Asimov no había descrito todavía su supuesta encarnadura metálica-  vestidos con elementos cubistas, de ese periodo del arte abstracto que a todos nos gustaría que nos gustase, pero ni modo, como diría Aceves Mejía, y a pesar de todo, los minutos se me hicieron segundos, el resto de la exposición quedó aplazado sine die, es decir para jamás, y no pude moverme hasta que el amable vigilante me indicó la puerta de salida. “Creo que la van a llevar al Museo Rusome susurró, aliviando mi desazón.





Y allá me fui. Donde Kazimir Malevich me vuelve a mostrar el paso desde el suprematismo geométrico hacia formas figurativas que, sin renegar de la abstracción, ya anunciaban el supronaturalismo. Ahí es nada.


Afortunadamente “Victoria sobre el Sol”, la opera bufa según los comisarios -etiqueta tranquilizadora- me esperaba en la sala de proyecciones en sesión continua, con la gran suerte de que resultaba indiferente, dentro de la historia, el momento en que me incorporase a la misma. Ya convertido en hábito saludable el permanecer el necesario tiempo postprandial en la sala oscura, tras la dosis dominical de cerveza y pescaito en el chiringuito más cercano. No descubro nada si digo que los domingos es gratis la entrada al museo, y el aparcamiento en el solar adyacente también. No resultó sin embargo tan placentero como entrar sin pagar en el Centro de Arte R.S. presentando una de las innumerables tarjetas que llevo en el bolsillo y que siempre creí que no servían para otra cosa que agujerear el forro de este. No resulta tan divertido porque en el ruso “todos” entran gratis y se pierde ese plus de exclusividad tan imprescindible para ciertos egos de los aficionados a las artes.


Me quedo en esta ocasión con ganas de ver el telón inicial del musical, el famoso cuadro negro sobre fondo blanco, metáfora evidente, incluso en su ausencia, de los prejuicios burgueses identificados con el sol, por supuesto. Uno que es de miras cortas.


Y otra vez el azar acude a socorrer mi destino. Un mes después inauguran en Fundación Mapfre: “De Chagall a Malevich, el arte en revolución", y allí me tenéis absorto ante la grandiosidad del cuadro negro sobre fondo blanco, que sin ser realmente tan estrepitosamente grande, neutro y mudo, como otros lienzos monocromáticos de vanguardistas mas actuales y occidentales, es decir no comunistas, debo reconocer que me dio cierto yuyu, y que volví varias veces a mirarlo de reojo, sin que los espectadores, sospechosos habituales ellos, se fijasen demasiado en mi abducción y llegasen a preguntarme que es lo que veía en él, poniéndome en el compromiso de soltar, mas bien declamar, ciertas paginas memorizadas de la enciclopedia cien veces abjurada.


No tenían la peli, una lastima, pero si los figurines, todavía más osados, que los seguidores de este apóstol, habían preparado para sucesivas reposiciones. Debo decir que no se acercaban ni remotamente a la vistosidad de los originales.


Quizás sea esta, la mejor de las tres exposiciones, cuasi monográficas, en la que además de cierto clásico lienzo de Chagall en el que la novia flota en el cielo mientras el novio estira distraidamente su brazo – inmediatamente fui advertido del machismo explicito en aquella obra, e inútiles fueron mis comentarios sobre las innumerables veces que Chagall hizo flotar al chico- y otro Chagall: “Judío meando” quedasen grabados en mi pinacoteca mental, a pesar de que había que buscar al susodicho en el angulo inferior izqdo del paisaje urbano. Tuve que ir forzosa y urgentemente al mingitorio, después de contemplar el generoso chorro del borrachín sobre el albañal. Y lo curioso es que quien murió de cáncer de próstata, y joven, fue Malevich, quien al menos evitó asistir a la gran purga patriótica de los años treinta.


Chagall y la mayoría de coetáneos, fueron tomando el camino venturoso de la gloria unos, o de la supervivencia otros, una vez que se dictó la necesidad social de terminar con los pintores de caballete, y también con los sospechosos caballetes, para girar hacia el realismo soviético, del que hemos contemplado imágenes maravillosas en el museo ruso. 
Nuevos tiempos para el arte, más en consonancia, para el espectador, con los pintores clásicos, que los subversivos estos del supremacismo. Al fin y al cabo la supremacía terminó ejerciéndola una sola persona a quien, incluso, llegó a compararse con el sol y como él, por supuesto, resultó abrasador. Véase “Quemado por el sol” de Nikita Mikhalkov, obra maestra del cine.


Supongo que el azar, y no otra cosa, ha reunido estas tres exposiciones en salas tan cercanas y en el corto intervalo de seis meses. Pero sigo sin comprender la feroz y cercana insistencia de los antifuturistas, esa cualidad inherente a los mentecatos, quienes no dudamos en volver a ver una y otra vez la misma película, por la única razón de que no la hemos entendido. Buñuel debe estar riéndose todavía, mientras buscamos el sentido de su ángel exterminador. 
Yo, por mi parte, prometo dejar de preocuparme por lo que ha querido decirme Malevich. La vida debe seguir.

 

lunes, 1 de abril de 2019

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA (99).-


EN LA LENGUA DE BABEL.- (No necesita traducción).


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jueves, 14 de marzo de 2019

EL HORROR PREELECTORAL.-



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lunes, 11 de marzo de 2019

BERTOLUCCI EN EL MANUAL DE USO CULTURAL Nº 41 .-




Bertolucci.-

 

El hombre que ascendio desde la llanura padana -La estrategia de la araña, Novecento, El conformista- a la Ciudad prohibida, en El ultimo emperador. El chico que pasó de ayudante de Pasolini a convertirse en un icono del cine europeo y situarse entre los grandes de todos los tiempos.

Del marxismo antifascista de su juventud, inevitablemente inducido por las secuelas de los camisas negras en su tierra, sin llegar a los excesos revolucionarios de su admirado y amigo Godard, pasa a centrar sus esfuerzos en retratar la ambigüedad moral de sus personajes, victimas y a la vez verdugos, y lo hace con la inestimable ayuda de escritores prestigiosos que le facilitan la labor con sus novelas. Borges en su tema del traidor y del heroe, que le permite denunciar la inexistencia de limites eticos cuando la la estrategia del poder – Gramsci o Berlinguer- está por medio. 

Todo vale, incluida la mitificación del heroe, necesario para los ciudadanos de Tara -homenaje a la otra Tara- aunque ellos no tuviesen claro dicha necesidad. El partido velaba por cubrir esos deseos ocultos o inexistentes que servirían de motor al cambio. Esclarecedora al respecto la reciente Cold War. En la película de Bertolucci aparece Alida Valli, lujo de actriz que llena la pantalla, conviertiendo en color el blanco y negro, y también ya estaba allí Storaro detrás de la camara, iniciando un tandem fundamental. Su travelling circular en la pista de baile ya era la precuela del que veriamos en El último tango, dos años y muchos millones despues.

En la novela de Moravia, Il Conformista, busca, sin encontrarlas, justificaciones a la podredumbre historica y social que convierte a cualquier personaje anodino o indiferente, en aspirante a integrarse en las legiones fascistas, a convertirse en el repugnante Achille de Novecento, a la vez que nos lo muestra absolutamente perdido en su particular universo personal. Aqui además, nos descubre Bertolucci que existen jovenes actrices, Sandrelli, y Sanda, que aportan sensualidad a la pantalla, un nuevo estereotipo sexista que las exuberantes maggioratas del cine italiano habian mantenido en exclusiva ante la perfección de sus figuras, representantes quizas de la proporción aurea de un Fidias neorrealista., y que nos revelaba la atracción femenina en la cercanía donde habia estado siempre, en las chicas de al lado.  
Pero es el clima de la historia el que la hace intemporal, los escenarios de un itinerario vital que visten a la perfección el viaje hacia ninguna parte de ese conformista, de todos los que consintieron aquello con su colaboración o su abulia.

La tercera novela que llevó a la pantalla, El Cielo Protector de Paul Bowles, un borrador autobiográfico de aquella pareja de escritores en el Marruecos de los años cincuenta, nos vuelve a presentar a los protagonistas perdidos en un ambiente absolutamente transgresor, del que ellos disfrutaron a lo largo de sus desdichadas vidas. Autor que, al menos, estuvo en contacto con todas las generaciones de literatos norteamericanos que llenaron el siglo pasado, la generación perdida, la beat y la gai, y nos dejó documentos vividos sobre el mito del Tanger como residencia de cadaveres exquisitos, mito y faro que ellos ayudaron a crear. Lamentablemente, a esas alturas Bernardo ya habia perdido la gracia del mar, como el marino de Yukio Mishima, y como lo hizo el cine que conocimos,en general, a partir de los años setenta.

Su obra más compleja, y ciertamente la más valiosa, no fueron Novecento, que nos contaba en ocho horas lo mismo que Lazzaro felice en dos, ni tampoco la multipremiada del último emperador, peliculas que hoy pierden empaque al carecer de salas y pantallas adecuadas a su formato.

Entiendo que su película capital es El último tango en Paris, donde Brando, a su pesar, renació para el cine en tres o cuatro escenas magistrales: el monólogo inolvidable frente al cadaver de su mujer, el duo compartido con el amante de la esposa suicida, batines identicos incluidos, y el final, antológico. Esfuerzo actoral exigido por el director que supondria una enemistad de muchos años y que los cinefilos no dudamos en amortizar e incluso aplaudir. 

 


Le sobran un par de detalles para ser considerada una pelicula de las que marcan un antes y un despues, el anticlimax de la presencia de Jean Pierre Leaud, y el escandalo mediatíco de sus supuestas escenas de sexo, motivo que llevaba los espectadores españoles a peregrinar Perpignan, cuando aquí no podia verse. Y hoy si puede verse, y volver a hacerlo en un formato ideal para nuestras pantallas caseras, comprobando que el buen cine no muere nunca y que Bertolucci merece, y agradece, una revisión de muchas de sus películas.
Eso, y seguir escuchando a Verdi, Morricone, Sakamoto o Gato Barbieri, rubrica musical de excepción.

  


P.D.-

Paul Bowles retrató sagazmente al último viajero:

 "Han desaparecido los mozos de andén, los porteadores, de los aeropuertos. Nadie acarrea mis maletas, mis libros". 



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lunes, 4 de marzo de 2019

VALLE (INTEMPORAL).-







Las tribulaciones de Don Ramón.-

Contábame el Reverte hace unos días en su “Otoño romano” las vicisitudes de Valle Inclán durante su estancia en la Academia de España en Roma como director, nombrado a instancias de Azaña con el presumible objeto de aminorar su descalabro económico después del divorcio y de la necesidad de mantener una familia numerosa con los exiguos ingresos como autor, en tiempos durante los cuales eran escasos los autores que podían vivir de sus méritos.

En Roma no encontró apoyos para sacar a flote su cometido, ni presupuesto para levantar una actividad cultural en plena crisis política, en una Italia recién incorporada a la ruta del precipicio imperial. Tampoco para mitigar el hambre atrasada de Valle, ni la de los miembros de su equipo. Su regreso en busca del “puñadito de tierra” que glosaría Belmonte poco antes de reclamarlo para el, no se demoró en demasía, hasta el punto de permitir disfrutarlo justo antes del fatídico (o glorioso, según) julio del 36.

Escasas diferencias con el Max Estrella de su “Luces de bohemia”, personaje con quien debió identificarse como si fuese el espejo, uno de ellos, de su propia historia, por más que Sawa el poeta real se hubiese adelantado en sufrir el viacrucis que a tantos escritores termina incluyendo en sus estaciones.
Demasiados paralelismos para ubicar en la ficción de la transcomedia y del esperpento, géneros inventados por el autor, los sucesos que se relatan en las dos horas de la función teatral. Donde la cutrez de los ambientes en que las escenas se desarrollan, lo único que consiguen es distraer al espectador con la premisa ingenua de que eso afortunadamente era allí y entonces, y dado que la miseria de sus protagonistas hace muchísimo tiempo que dejó de interesar a la audiencia, parece destinada esta pieza a la sección de clásicos de la literatura, subseccion raros y malditos.

Vuelves a participar en el espectáculo, como espectador, y vuelves a compadecerte de Max Estrella, alcoholizado, paupérrimo y ciego, de su imagen especular y por tanto real del inefable manco, Valle, y a recrearte en el brillo de sus diálogos, replicas, y sentencias, como si estuvieses escuchando la conferencia magistral de un filosofo fuera de su tiempo, de aquel y de este.
Y es que no es solo la belleza del texto con que el escritor nos recrea aquellos monstruos con quienes pretende, y consigue, identificarnos; resulta ser también el retrato de la esencia intemporal de un país y de un paisanaje que perdura liquenificado un siglo después.

Cien años no son nada, al menos para “Luces de bohemia” y para los que reptamos, como Max, esperando el puñadito de tierra, en un medio hostil donde la corrupción política, la iglesia ajena, la prensa envilecedora , los gintonics y la ultima esperanza puesta en el décimo de lotería, en el capicua 5775, resulta ser idéntico al de los personajes de Valle Inclán, de hace cien años exactamente. 

Creo que la genialidad, que para D. Ramón es solamente eso que trasudamos hacia el cuello de la camisa dejándolo asqueroso, no reside en la profecía certera al retratar una sociedad siglos después de los eventos narrados, no. A menos no es solamente eso. También es la valentía de la denuncia social , la de intentar poner patas arriba la mesa de esa actualidad intemporal, la que no puede cambiar, como el personaje atrapado en el tiempo, esperando que salga la marmota, o quizás que lleguen los extraterrestres. Cualquier motivo es bueno para justificar la inacción, el seguir dando vueltas en la era de piedra donde hace tanto tiempo la mies esta ausente, poseídos por el miedo colectivo a mirar hacia el horizonte, y a intentar encontrarnos con él. 
Al parecer otros lo han hecho, si la historia no nos miente hasta ese extremo, y las magníficas plañideras del 98 ya deberían ser agua pasada, la que no mueve molino. Solo que Valle insiste, la primavera está al caer, el torrente ruge atronador como es su oficio, y aunque podamos limitarnos a seguir escuchándolo, a continuar disfrutando con las penalidades de Max Estrella, que son las nuestras, también deberíamos reflexionar sobre cuanto tiempo debemos dedicar a tan esteril quehacer.


¿Para cuando joven, para cuando? Es el título y el argumento de cierta canción de los sesenta -tan solo poco más de medio siglo- donde el padre de la novia insiste en preguntar al muchacho sobre algo que este no quiere escuchar. Palito Ortega, otro filósofo.

1.- El esperpento no es exclusivamente un género literario, inventado por Don Ramón. Desde mucho antes ya era la definición de la RAE: Persona o “cosa” que destaca por su fealdad, desaliño o apariencia ridícula o grotesca. Quizás este mundo solo sea esa “cosa”, el esperpento.

2.- La última plañidera, llorona de mi infancia, desapareció hace décadas, se llamaba “Pestañita blanca” como aquellos nombres que los sioux y los apaches usaban en las películas. Solo que esta película y la llorona eran reales, y ahora resulta innecesario, e incluso actual, el que la sibila o su barquero, deslicen discretamente las cenizas de Max en las aguas, eludiendo la inmortalidad, si ese era su deseo.

3.- El Reverte citado es, obviamente, Javier Martinez, al que no debemos confundir con Jorge, ni mucho menos con Antonio, el torero. Una historia sin fin.


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