Dean
Martin - Memories Are Made Of This
(Los
recuerdos están hechos de esto).
Vine
a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro
Páramo. (Juan Rulfo).
Cuesta
al lector hacerse a la idea de que Comala sea el autentico
protagonista de la historia. No tanto como que el tal Pedro Páramo
sea un sosias de su propio hijo, o quizás lo sea el lector. No
desvelo el final, en caso de que lo hubiese, dado que, en cada una de
sus páginas está encerrado el milagro del realismo fantástico que
desde entonces ha constituido el maná de los escritores que quieren
serlo.
Parecen
razonables los intentos de encontrar las coordenadas reales de ese
lugar mítico, las investigaciones mediáticas y doctas que intentan
ubicar caminos, calles y hasta personajes asociados a la realidad de
la imaginación del autor. Algo tan absurdo que solo provocaba la
hilaridad de este, cuando le apremiaban a que diese pistas para la
investigación, o confirmase la presencia real de este o aquel
personaje, ubicados todos exclusivamente en la mente de Rulfo.
Dudosa
la parte de veracidad que pueden tener los recuerdos de uno cuando el
tiempo los va alejando del momento en que los sentidos y los
sentimientos de quien sufre o disfruta estos recuerdos, se fijaron en
su memoria. Y cuan diferente de lo indeleble puede resultar esa
fijación. Tanto que el trampantojo inicial ha ido degenerando en un
estarcido interminable y borroso, obstinado en repetir aquellos
buenos, o no tanto, momentos que acaban elaborando la personalidad
final, la que adquiere mayor persistencia, en el individuo.
Al
final, tanto Comala, el lugar de su origen, como el padre, la figura
ancestral en la que uno quiere, y no puede, llegar a convertirse, van
a transformarse en el principal estuche donde van a encerrarse las
ideas, que van a obstaculizar la entrada a todas las ajenas a estos
dos elementos, a casi todas.
Encontrar
tu Comala, resulta al final tan fácil como cerrar los ojos.
Reencontrarte con ella, tan difícil como doloroso. Tan inevitable
como estar vivo.
Te
toca haber nacido, y vivido, en un país donde el realismo fantástico
forma parte inseparable de su historia y de sus ciudadanos, donde el
silencio de varias generaciones convierte los hechos pretéritos en
inexistentes, y donde las crónicas son tan efímeras que se las
lleva el viento durante las tardes de agosto. Entonces comprendes la
dificultad de recuperar ese lugar y esas personas junto a las que has
crecido y a los que has querido, tanto como reconocerlos puntales de
esa arquitectura evanescente a la que llamamos recuerdo.
En
esa situación tienes que agarrarte a cualquier fleco en el suelo, a
cualquier hilo literario, a cualquier imagen borrosa, en blanco y
negro que es como se graban los recuerdos, para intentar reconstruir
aquello, aquella Comala, corriendo el riesgo de que cualquiera de sus
personajes, coautores contigo de esta historia, vuelvan a reírse de
tu despropósito como hiciera Rulfo con los que pretendían recrear
en la tierra sus sueños, su mundo onírico.
Dada
la penuria de documentos minimamente fiables sobre los sucesos
acontecidos a tu alrededor durante los últimos ochenta o noventa
años, una sobrevida optimista, no queda otra opción que fijarte en
las imágenes, un recurso inestimable a la hora de asomarnos al
tiempo de existencia de la técnica fotográfica, filtrando con los
restos de esos tatuajes desdibujados que se obstinan en seguir en las
neuronas, junto a los testimonios vitales de aquellos que estuvieron
cerca de ti, y afortunadamente sigan estando.
Hay
que reinterpretar pues, esas imágenes fotográficas, procedentes
quizás de un tiempo en que el ciclo económico fuese venturoso, y
comprender que ni antes, ni después, Comala volvería a ser la de
los días dorados.
Jóvenes
felices, exultantes de vitalidad, vestidos con ropas festivas durante
un soleado domingo de primavera, y presumiendo de la incipiente
madurez que cambiará su actitud, sus modales y vestimenta en muy
poco tiempo, aparte de alegrar la memoria de quien los contempla, le
hacen pensar que después de aquel instante, dejaron de ser lo que
aparentaron entonces. Y tienes que intentar buscarlos, encontrarte
con su presente, y comprobar que muchos de ellos solo tienen pasado,
mientras que, algunos, se perdieron para siempre en el camino hacia
no se sabe donde... La vida.
Esas
imágenes, fotografías, son los únicos documentos fiables que
tenemos de nuestro pasado.
Hubo
un tiempo que vimos la prohibidisima “Tierra sin Pan” de
Buñuel (1) y era lo más parecido a la Comala que conocíamos.
Después descubrimos las fotogénicas trampas de D. Luis y la
orillamos en el cajón de dudosas.
Más
tarde llegó, también por vías indirectas, el reportaje que sobre
Deleitosa, hiciese Eugene Smith en 1950, mira por donde, bajo
el título de “Spanish Village” (2) para la revista
LIFE. Véase el documental “El americano” de
2006, o cualquiera de sus fotos, para comprender que estuvo bastante
cerca de nuestra Comala.
Después
la nada, la fotografía en colores y e incluso la transición
aquella, ese vocablo extraordinario al que los creyentes han aplicado
la tercera acepción que figura en el diccionario de Maria
Moliner: “Proceso político por el cual España dejó atrás el
régimen de Franco, para convertirse en un estado democrático”. El
pacto de silencio, la cabeza borradora, más dañina y terrorífica
que la “Erase Head” de David Lynch.
Ello
ofuscó primero, y borró después cualquier vestigio en blanco y
negro sospechoso de retratar personas o ambientes nada convenientes
para soñar en technicolor, si es que esto fuese posible.
Con
la llegada de la cámara incorporada al teléfono, y este al
bolsillo, la desaparición de la fotografiá en papel, y no digamos
las diapositivas, llevó a que la mayoría de ellas terminasen en la
basura, el lugar de los sueños rotos, y perdiésemos, y sigamos
perdiendo, estos maravillosos rastros que la vida nos hace sembrar a
nuestro alrededor.
Estos
avances de la tecnología popularizada hasta extremos impensables,
nos han ofrecido, sin embargo, la posibilidad a través de las
denostadas redes sociales, de compartir los restos de aquella batalla
interminable, la de la infancia y adolescencia perdidas y ahora
reencontradas. Quizás no en Comala, o aquella que imaginase Juan
Rulfo, pero si en otra bastante más parecida a la autentica.
Hemos
perdido los gloriosos claroscuros de Eugene Smith, los deslumbrantes
blancos de La Chanca de Pérez Siquier, (3) el
arrabal almeriense donde me imagino crecer entre el 56 y el 62. y a
cambio nos podemos reconfortar con los vídeos de las imágenes de
toda la vida de un fotógrafo rural, subidas a Youtube por su hijo
Modesto. Son grises, evidentemente, y lo mas parecido a los
recuerdos de una época que también lo fue.
Maravillosa
posibilidad que ni Verne, ni el mismísimo Rulfo,
excelente fotógrafo también, pudieron imaginar.
Conste
que no me busco ni tampoco me encuentro en ellas, pero así ha sido
la vida, mirar hacia fuera y enriquecernos con lo que vemos y sobre
todo con aquellos a quienes vemos. Y ahí aparecen casi todos,
afortunadamente.
Agradecidos
a quien guardó y a quien lo hizo público. Escocidos con los reparos
hacia esta exposición urbi et orbe de la presunta intimidad ajena ,
y sus vulnerados derechos, con esta bendita autocensura que nos
invade. Quizás algunos deberían mirar hacia atrás y compararlo
con el presente, con el respeto a las vidas y haciendas, que no es
poco.
También
Virxilio Vieitez desde su Galicia profunda, e incluso Carlos
Saura como sociólogo con cámara fotográfica, se han acercado
bastante a Comala. La que llevamos dentro cada uno, como la de Juan
Rulfo, permanece obviamente inaccesible para los demás.
Y
es que, como cantaba Dean Martin:
No
olvides un pequeño rayo de luna
Dóblalo
ligeramente al soñar
Dos
sorbos de vino
Algo
de dolor, algo de dicha
Remueve
con cuidado a través de los dias
¿Puedes
ver como el sabor se queda?
Los
recuerdos están hechos de esto.
(1).-
“Las Hurdes” o “Tierra sin pan”
de Luis Buñuel resultó ser el documental extraoficial sobre
Extremadura, a pesar de que sus trampas, y la explotación
morbosa de la miseria ya ofreciese dudas sobre las intenciones,
siempre provocadoras de D. Luis. Por cierto que le costó un sopapo
en plena Gran Vía, no recuerdo si de Marañón o de Ortega.
(2).-
Maravilloso reportaje de Eugene Smith que estuvo unos meses en
Deleitosa haciendo funcionar su Leica hasta que las
sospechas sobre su actividad de cronista extranjero, seguramente a
sueldo de los conspiradores judeo masónicos, le obligó a alejarse
presurosamente. No solo son imágenes para la historia, son realmente
la historia versionada por el arte, Goya y El Greco
andaban por Deleitosa.
(3).-
Carlos Pérez Siquier tiene un museo sobre fotografía en su
pueblo, pero además figura su obra en la correspondiente sección
fotográfica del Museo Reina Sofía, perdón: Centro de Arte Reina
Sofía, y su deslumbrante trabajo sobre “La Chanca” nos
permite reconocernos deambulando descalzos en sus calles sin
pavimentar y en sus vecinos asustados por la cámara del fotógrafo.
Los niños y la luz del Mediterráneo.
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