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sábado, 9 de septiembre de 2017

PADRE E HIJO.- (SEGÚN TANIGUCHI Y....)






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EN LOS SESENTA, ESTO NO ERA MACHISMO.-






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miércoles, 6 de septiembre de 2017

JUAN BELMONTE SEGÚN CHAVES NOGALES .-


Biografía narrada en primera persona por el protagonista, hijo de un chamarilero de la Alameda de Hércules, más tarde trianero y postinero.
El retrato costumbrista de la Andalucia de un siglo atrás lo veo tan familiar como el ovalado de los rostros de los abuelos, en gris evanescente, que tuve frente a mí en el comedor durante años inolvidables. A mi hermano, sentado frente a mí, le tocaría memorizar la sagrada cena, en colorines, y supongo que seguirá viéndola cada vez que la gripe eleve su temperatura por encima del nivel alucinatorio.

Quizás nada diferente de lo que vivimos hasta hace bien poco, con los dos dos o tres hiatos sociales y económicos que han pulverizado la continuidad de las costumbres y el modo de vida y por tanto el de relacionarnos de los españoles. Hasta la tragedia aquella, la mera supervivencia resultaba milagrosa y ello era más acusado en el Sur y en la Raya, donde el retraso en muchos aspectos respecto al resto del país, era de varias décadas. No fue hasta los sesenta en que, con el advenimiento catódico y la oleada de la emigración con retorno periódico debido a las facilidades de los universalizados transportes por carretera, pudimos considerarnos realmente una unidad de destino en lo universal, para bien o para mal, como llevaban diciéndonos desde mucho tiempo atrás.

 Hasta entonces esa unidad era unicamente un acto de fe, por el que suponíamos que vascos o catalanes malvivían igual que nosotros y los chicos de la capital disfrutaban con nuestros mismos juegos, solo que algo más pálidos de piel, y más cercanos al dios unificador, al Real Madrid, que es quien supongo personalizaba y sigue justificando aquella unidad de destino en lo universal.

La infancia de Juan Belmonte, a principios del siglo pasado, tiene tantos puntos en común con la me tocó en suerte, cincuenta años después, que ese lapso de medio siglo, ese retraso forzoso por aquello de la autarquía de marras, me resulta una bendición a la hora de recuperar las figuras de caramelo rojo pinchadas en un palo, con forma de gallo o de pez, que tanto Belmonte como un servidor hemos disfrutado y que, nunca más.

Bueno, de este hombre conocía la leyenda, que incluía un triste final, desgraciadamente real, y su presunta y voluntaria adscripción al grupo de los “desafectos”, condición que curiosamente sigue presente en ciertas zonas donde el poder se eterniza durante generaciones en las mismas manos. En cualquier sistema totalitario debes pertenecer forzosamente al grupo de los “afectos” - el gallego pronunciaba “afeto”- o al de los “desafectos”, no hay termino medio, y los simpatizantes del Atleti siempre hemos sufrido la conmiseración de los auténticos creyentes en las dos españas, solamente dos.

Curiosamente, - la biografía del torero está llena de curiosidades que no son tales- el cacique de Sevilla en aquellos tiempos, quién auspiciaría, simplemente consintiendo, como todo cacique, la carrera del torerillo, se llamaba Rodriguez de la Borbolla, como su hijo o nieto - dinastias que se perpetúan- quién sería presidente democrático de la comunidad. Uno despachaba, y sigue despachando, en el casino de la calle Sierpes, y el otro en la sede del gobierno andaluz.

Hoy sin embargo no parece creible que ningún torero actual haya tenido que pasar hambre, invitado forzoso en las cárceles de los pueblos durante la capea, o mendigando, a veces malherido, por los cortijos. Desde hace tiempo, los padrinos son sus familiares, cuando no pertenecen directamente a una estirpe que les facilita el nombre y hasta la gloria por herencia, Alguna diferencia existe en el oficio y en su aprendizaje, naturalmente. Si bien curiosamente -otra vez- ya en tiempos de Belmonte los antitaurinos se movilizaban contra la sed de sangre por parte de las masas endomingadas. Nada nuevo en ruedo ibérico y, en todo caso, ineficaz manera de intentar cambiar esa faceta de la condición humana.

El género biografía impone sus condiciones, más allá de los paralelismos que una época establezca sobre otra. Es la historia de un personaje trasmutado en persona por obra y gracia de Manuel Chaves – curiosidades sin fin, nombres repetidos – quien nos va describiendo el progreso de un chiquillo de arrabal hacia la persona excepcional en que llegó a convertirse, hacia esa figura a quien la fama ni el dinero privan de humildad en ningún momento, y quien, con la mayor humanidad, nos va descubriendo paises, amigos, y toda la parafernalia que rodea a ese mundo donde la gloria estaba al alcance de muy pocos.

Nos descubre a Valle Inclán toreando en cierto tentadero, sin el riesgo de que nadie le llamase paratorero, por aquello del brazo único, y su arraigada amistad con Belmonte a quien llego a alabarle con aquella frase de leyenda; “Ya lo has hecho todo en el mundo de los toros Juan. Solo te falta morir en la plaza” y la servicial respuesta del torero: “Se hará lo que se pueda, Don Ramón”.
Quién si lo hizo fue su pareja de baile durante muchas temporadas, Joselito.

El maletilla convertido en señor latifundista, el Don Juan que sufre desde su cortijo la antipatía hacia los señoritos y la acometida de los primeros y últimos intentos de socialización de los bienes de producción agraria, como explicaban los mesías de aquella revolución que nunca fue.

Lástima de finalizar la novela de una vida en la mitad, justo en medio de la niebla que aleja al escritor hasta su inmediata desaparición en el exilio, devolviendo al torero a su mundo interior y a la peor de las censuras, la de la ignorancia, el ostracismo de quién no conviene tener cerca, quizás por impertinente, quizás por disponer de una presunta audiencia popular que convertiría en peligrosas sus declaraciones. Nunca lo sabremos. Para mi es solo un fantasma de la época del blanco y negro.

El que se quitase la vida cuando yo estaba haciendo la primera comunión, ya lo sitúa en una galaxia pretérita, el que lo hiciese en su finca de Utrera, donde cuarenta años antes había llamado a la puerta para pedir un poco de pan y unas gotas de aceite, escuchando el revulsivo “Perdona por Dios” que a punto estuvo a convertirlo en un pordiosero vitalicio, son anécdotas que asemejan círculos que se cierran sobre la vida de cada cual. Curiosidades que te aproximan y te alejan a la fortuna de una figura estimable de la que lamentaremos desconocer sus ideas y opiniones durante la última mitad de su vida. La primera resultó excepcional si creemos a Chaves Nogales.

–“Pue... pue entonces –decía, ante cualquier problema– no queda má solución que er tiro; er tiro y ermontoncito de tierra... er montoncito...

Al entierro no fue mucha gente. A sus funerales, nadie. La Iglesia pasó por alto el suicidio. A muchos les pareció, el acto de Juan, una cobardía; a otros, un acto de entereza, digno de Belmonte. La gente joven no se emocionó: siguió hablando de fútbol.
(Andrés Martínez de León)

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jueves, 31 de agosto de 2017

REVISTA ALCONETAR. EN SU ANIVERSARIO.-



La Última Película del Cine Colón.- 

(Sic transit gloria mundi).




Vendrá un tiempo, dentro de nada, en que la memoria de los que recuerden el cine siga idéntico camino, el del olvido, que el de los rollos del celuloide y las salas extintas donde se realizaba la función. Que así se llamaba, función de cine.



Junto a La Laguna, que tampoco es ahora una laguna, hubo una venta que un siglo atrás se convirtió en cine, nuestro Cine de Ligero, y hay que mencionar a su promotor, el industrioso sevillano sin el que no habríamos disfrutado de este invento. Hubo otro cine complementario, el de verano, en un huerto cercano, y entre ambos, con sus pipas y sus gaseosas nos tuvieron entretenidos durante medio siglo.

La importancia que ello tuvo para las generaciones que lo disfrutamos fue tremenda. Era la única ventana disponible hacia el mundo de la imagen y en cierto modo al de la cultura, cuando la radio estaba limitada a tres emisoras y la televisión, su depredadora natural, quedaba muy lejos. Allí se ejecutaba el ansiado ritual de fin de semana. Entramos como niños y salimos adolescentes en la sala oscura, en un blanco y negro que se extendía fuera hacia la calle, durante unos años terribles en los que los chicos de mi edad desaparecían paulatinamente sin avisar, con el exilio laboral forzado de sus padres que poco a poco nos alcanzaría a casi todos. El cine era el consuelo que nos quedaba, la droga inofensiva de la ensoñación que nos ofrecían las películas, junto a los momentos de convivencia, que nos regalaban los largos e innumerables descansos entre bobina y bobina. Una válvula de esperanza hacia tiempos mejores o, en todo caso, hacia el titulo del siguiente domingo.

Nuestro folclore dominaba la cartelera. El cine de toreros y de copla, que se complementaba con los discos que el pick up del local repetia hasta grabarlos para siempre en nuestra cabeza: “El Emigrante” de Valderrama o el “Soy minero” de Molina, a los que veríamos en películas repuestas incansablemente año tras año y, con suerte, en actuaciones en vivo durante sus giras de viejas glorias, mostrando una decadencia tan imparable como la del número de habitantes de nuestro pueblo, o como la del cine en general.

Llegamos no obstante, a disfrutar los estertores de su edad de oro, y nombres como Tony Curtis o Burt Lancaster se convirtieron en iconos para nosotros, llegando a la cumbre con las películas programadas en las fiestas locales, los toros y la feria, en la que ambos locales rivalizaban con títulos realmente inolvidables. Carteles colgados en sus paredes durante semanas y que nos excitaban en la espera. Cartelera de cuadros sueltos en cierta fachada de La Laguna, hacia donde sigue desviándose mi mirada cada vez que entro en ella.

Y es que he visto en ese cine cosas que no podréis creer, y no son naves en llamas más allá de Orión, no. Son redadas de la policía en el gallinero y peleas para llevar a la gente a los cursos obligatorios de alfabetización para adultos que, mira por donde, eran a la misma hora.
He visto al proyeccionista bajar hacia el público después de ver el "FIN" en aquella película tan corta, para escucharlo gritar: “No os vayáis, que me he equivocado con los rollos, y ahora os pongo el comienzo de la película”.
He visto suspender la proyección para invitar a los varones a subir a los camiones para apagar algún incendio, y los he visto escabullirse hábilmente.
He visto el intento de reclutar espectadores entre los paseantes de la carretera, para poder realizar la última proyección, al menos con ocho entradas, y no conseguirlo. En lo que se presumía final de una época y de un entretenimiento que pasaría años después a otro estado y otro lugar, la gran ciudad.
He visto hundirse una desvencijada silla de madera con su ocupante entrado en carnes, en el cine de verano, y las risas del publico felizmente recompensado al encontrar respuesta a la pregunta que realmente justificaba la hilaridad: ¿Quién ha sido?


Pero hay infinidad de recuerdos, algunos ni siquiera vividos allí que afloran, y enriquecen los propios de aquellos dos modestos locales. Locales sencillos que eran una extensión transitoria de nuestra propia casa y de los que siguen emanando esporádicamente, pistas que me aclaran claves sobre los años de esplendor en la hierba de los niños que fuimos y de nuestro entorno prodigioso.
He vuelto a ver “Surcos” hace poco, y he descubierto en ella, y en otras de aquellos años, la razón del mote de algún paisano al que sin duda encontraron parecido con el personaje que desde entonces le prestaría el nombre.

 

He disfrutado, no hace mucho, de un tinto garnacha de cepas viejas, y su olor... mira por donde era el de la mistela. Aquella bebida, licor, que solo vi y pude oler a veces, en el ambigú del cine Colon en mi tiernos años. Algo que nunca probé, obviamente, y que en ningún otro lugar del pueblo, ni de otra parte, he vuelto a encontrar. El olor persistía en el recuerdo, devolviéndome con su prodigiosa reaparición , a un lugar y a un tiempo felices que seguirán existiendo en la memoria.

Curiosamente, estas sensaciones, y estas vivencias añoradas, se han repetido con seguridad en aquellos lugares para los que el cine tuvo la misma importancia que para nosotros. Hemos participado en una experiencia que nos ha marcado de alguna manera en el desarrollo personal, en la manera de madurar ante la vida, y ello ha sucedido también y a la vez en otros sitios del planeta. Quizás viendo “La última película” de Bodganovich, o las italianas “Cinema Paradiso” o “Esplendor”, podamos comprobarlo.

-¿Como es la del domingo que viene, señor Manolo?

-!Buenísima! Le escuchábamos entre risas torpemente disimuladas, ya que conocíamos con antelación la inevitable y ritual respuesta del buenazo de Manuel Ligero. A sabiendas de que seguramente era otro tostón u otra “java” la que le iban y nos iban a colocar los distribuidores.



P.D.- La foto de las ruinas es de Ribadeo.

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lunes, 28 de agosto de 2017

CITANDO A JOHNSON.-

Citando a Johnson




Propiamente citando: “La vida de Samuel Johnson” de James Boswell. O quizás citando a aquellos que lo llevan citando durante años, y que me han inducido a sumergirme en el libro de horas –malas, del enfermo o el insomne, supongo- que tantos sabios han situado como fetiche del pensamiento.



Estaba intrigado un servidor, por la obstinadamente reiterada mención del consagradisimo autor, y por la curiosidad. Motivado a comprobar personalmente la existencia de este arcano de la cultura universal. Los nombres propios y la senectud de los escritores en castellano que hacen gala de abrevar en esa fuente, hacían inevitable la excursión campestre al pilar de la eterna sabiduría.



Los críticos coinciden en el género: biografía, que no consigo ubicar entre las citas mencionadas, de donde resultaba fácil situarlo como el tradicional ensayo de ensayos, compendio moral de una época que tiende a servir de espejo para las venideras. Algo así como las obras de Voltaire, Montaigne o La Rochefoucauld, autores de máximas intemporales, cuya lectura iterativa nos puede hacer más lúcidos, si no mejores. Obviando lamentablemente el género: biografía del genio por su amigo Boswell, a quién visten como vago, libidinoso, borracho y snob, para acrecentar el atractivo del autor mediante el morbo que se supone imprescindible para el lector.



“Un compendio de lucidez y sabiduría, una lección de amistad y un volumen que solo con su presencia, parece mentira, nos hace mejores.”
Xosé Carlos Caneiro, La Voz de Galicia



Entresacado de los comentarios de prensa ofrecidos por la editora. Y quizás el más preciso de todos ellos: “su sola presencia” la del libro, nos hace mejores. Y ello sin aclarar que la mejoría sea en primera, o ante tercera, persona, al contemplarlo en nuestra librería o esquinado quizás, al descuido, sobre el centro de mesa, jamás en la mesilla del dormitorio, el sancta sanctorum donde las visitas no van a entrar, y donde, presumo, no tiene mucho sentido el intento de mejorar nuestra apariencia, con la “sola presencia del volumen”.



El volumen que he podido disfrutar, la 3ª e impecable edición de “El Acantilado” tiene un precio –no confundir con valor- de 60 euros que, a pesar de suponer un dispendio considerable, su presencia no nos va a mejorar tanto ante los ajenos como sería de esperar, supongo.

Un absoluto disparate el asunto.



Quizás el error sea no haber accedido directamente a los textos del Dr. Johnson, concretamente a su obra magna, A Dictionary of the English Language, cuyo interés resulta despreciable, o casi, para nosotros.

Como moralista del siglo dieciocho, debió resultar excepcional, y lo sigue siendo para la literatura inglesa. Para un lector actual, aun con la excelente traducción de esta edición, no deja de constituir un elemento histórico del pensamiento moderno, envuelto en siete u ocho, velos de autocensura o si nos hacemos cómplices de su sinceridad, de las limitaciones religiosas y sociales que impone a todas y cada una de sus ideas, antes de trasladarlas al público.

Nos quejamos de las inconveniencias de “lo políticamente correcto”, más bien de las funestas consecuencias de transgredirlo, y olvidamos las que deben haber soportado a lo largo de la historia, todos aquellos que temerariamente la han transgredido, sin necesidad de haber discrepado, sobre temas diferentes a aquellos bendecidos por el nihil obstat oficial.

No se me ocurriría infravalorar la importancia del pensamiento de este buen señor, que la tiene, pero si lamentarme de que esta aparezca esporádicamente, con cuenta gotas de microgotero, en el texto extensísimo de sus dos mil páginas.



Sin necesidad de de recurrir a la osada comparación con los refranes y chascarrillos populares que, en todo caso reflejan a veces la idiosincrasia de “lo peor” de la cultura, o incultura populares, rememoro las divertidísimas máximas de La Rochefoucauld, y reivindico nuestros moralistas del siglo de oro, Baltasar Gracián y su “Oráculo manual y arte de prudencia”, para volver siempre a los ensayos de Miguel de Montaigne, quien sabe aportar el equilibrio entre el conocimiento de los pensadores latinos y griegos, y su puesta al día en la sociedad del siglo dieciséis y en la Francia de entonces, y que sigue siendo sospechosamente válida en el veintiuno y en un entorno absolutamente globalizado.



Existe otra edición abreviada, es decir castrada todavía más, prologada por Fernando Savater, que resulta válida como introducción a la canónica; algo así como “Johnson para Dummies”, palabra de la que desconozco su preciso significado, pero que resulta muy frecuente en esos manuales compendiados del conocimiento, sea musical o informático, que suelen aparecer junto a los cajeros de los centros comerciales (culturales).

"Era el reverso del progresismo de la Ilustración francesa, un conservador, misógino y ridículo", según Savater. (Opinión compartida).

Habría que añadir:
 ¿Cuantas citas, en su mayoría apócrifas, son recordadas y valoradas principalmente por el nombre de su supuesto y afamado autor, más allá que por su auténtico valor intrínseco? .
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sábado, 26 de agosto de 2017

ETERNIDADE.-

Viñeta de 2014, 2015, 2016, 2017....



Click en la imagen para verla en pantalla completa.

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jueves, 24 de agosto de 2017

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (86)






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martes, 22 de agosto de 2017

EL AJEDREZ, ESA DROGA ANTIGUA.-



 

Desconozco , y reconozco no tener gran interés en descubrir, la pasión colectiva que va a sustituir a la sucesora de la que fue acaparadora de titulares, aficionados y hasta nacionalistas, hasta hace medio siglo, el ajedrez.



Pocos paises habrá que no tengan entre su panoplia de glorias patrias, uno o dos nombres de campeones locales que demostraron al mundo, aunque fuese de modo más o menos breve o evanescente, el extraordinario nivel de la inteligencia autóctona, personificada en un individuo. Si bien, como atribuyen a Ortega, o quizás a Einstein, es bien sabido que este juego, elevado a deporte de competición, estimula el intelecto exclusivamente para ello, para jugar al ajedrez.



Capablanca en Cuba tuvo eclipsado al nombre del poeta fundador de la nación José Martí, , junto al de su antagonista, su rival ruso Alekhine, el odioso y cruel verdugo que le arrebatase el campeonato del mundo y, lo que es peor, negándole la revancha, que como suele acontecer en cualquier hipótesis interesada, hubiese en caso de haberse realizado, situado a la figura local en la cima universal con el añadido imprescindible de: “de todos los tiempos”.



Lo veo tan lejano como la moda del bombín en la cabeza varonil, pero no deja de sorprenderme el encontrarlo, a veces con molesta insistencia, en películas, novelas, e incluso obras de teatro.

Aquí hemos olvidado los nombres –Pomar, Vallejo, Pastor, ...- de aquellos maestros que fueron orgullo nacional propio: al menos de los gobiernos que suelen beneficiarse con este asunto del orgullo patriótico, e incluso olvidado aquellos niños y niñas prodigio -prodigios exclusivamente para jugar a esto- igual que hicimos con otros grandes héroes, campeones del mundo durante diez o quince años consecutivos en deportes tan populares como por ejemplo el ciclismo tras moto, donde Guillermo Timoner, en su Mallorca natal se proclamaba campeón del mundo año tras año. 
Lástima que los zagales de mi pueblo no pudiésemos competir con él, carentes de motos y ... casi de bicicletas. Pero es que además nos tenían todo el año practicando en la era otro deporte “oficial” en el baldío secano, el concurso de saltos de ski que cada dos de enero, como siempre sin tarjeta, nos retransmitía la tele oficial, para que no nos sintiesemos extraños en un mundo que se extingue, simplemente obligados a reconocer que eramos y quizás seamos extraterrestres.



En Cuba, al menos mantuvieron, y mantienen el binomio, la parejita de dioses entre el ajedrecista  local y el soviético fundador de la revolución que nunca existió. Tan solo han cambiado los nombres de los titulares del poster, la dedicación y, la presumible e inexistente comunión política entre ellos. Y en cuanto al juego intelectual, este continúa abierto a la participación de todo el mundo, siempre que sea dentro de, es decir con, y jamás fuera de, es decir sin.(antaño denominados afectos o desafectos en lenguaje vernáculo).



Aqui no ha sido muy diferente la evolución de los santos populares, si bien la dirección la han determinado las masas- otra vez Ortega- con el beneplácito del poder que sigue beneficiandose de la conducción de las pasiones colectivas hacia juegos triviales y deportivos -elevados a la categoria de intelectuales – como el fútbol, donde la dedicación y progresión familiar del individuo se limita a comprar a sus vástagos el mejor balón y el acompañarlos los domingos a la celebración religiosa en el estadio, el bar, o en el salón, por los sacerdotes del equipo de “sus amores”.



Sociologicamente, el parecido, y la intencionalidad, resultan elocuentes. Ahora bien, a la espera de contemplar la próxima e inevitable modalidad circense – panem hay para todos, de momento- me deleito con las antigüedades, con las deliciosas bagatelas encontradas en los mercadillos de brocantes, en los graneros del abuelo y sus artículos obsoletos puestos a la venta en el rastrillo del barrio, el tablero de ajedrez y su juego de piezas, siempre incompleto, inútil, ante la carencia del alfil negro o la reina blanca, y que me hacen pensar como pudo tener entretenido a medio mundo, y llegar a ser, también durante la guerra fría, la transposición metafórica de la rivalidad entre soviéticos y americanos. Los Karpov y Kasparov haciendo sandwich de Fisher, la gran esperanza blanca. Debido, sin duda, al poder de los medios y de las modas, aunque esta lleve vigente diez o quince siglos, si creemos a sus historiadores.



Dostoiewski, Nabokov, Zweig... hasta los divertidos, e inteligentes, autores de las doce sillas, Ilf y Petrov, han considerado el ajedrez como un leiv motif, como argumento principal de alguna obra intemporal, o como un color insustituible en su caja de pinturas, para encontrar al menos un movimiento de alfil en el angulo azul y solitario dentro de una vidriera coloreada, o imaginar jugadas geniales con tan solo contemplar las losas blancas y negras, del suelo de alguna celda. Cualquier motivo es válido dentro de la ficción para recordarnos que entonces y allí era un referente obligado, un lugar común.



Y es aquí tampoco era tan diferente, insisto. Me basta bucear en el desván de los recuerdos del abuelo, para verlo jugar con sus compañeros de prisión, en las cárceles franquistas – los gulag los campos, que tuvimos, aunque insistan algunos que solo es una invención interesada de los de siempre- donde unas migas de pan humedecidas terminaban convertidas en todas y cada una de las figuras, permitiendo evadirse del tiempo y de la enfermedad a aquellos que necesitaban disponer de la única evasión posible, la de la imaginación.



Vuelvo a contrastar la compasión que hemos ofrecido a las victimas de dictaduras ajenas y la negación absoluta hacia las propias. La cubana por ejemplo, donde “Cine o sardina” era la opción que la noche ofrecía a su autor, Cabrera Infante, la disyuntiva cruel de quedarse sin cenar y a cambio disfrutar de la evasión de la sala oscura. Opción que no era tal, el cine siempre ganaba. Como debió suceder entre los cautivos de una dictadura nuestra que nunca existió, no lo olvidemos por nuestro bien, a los que imagino apartando de la exigua porción de pan disponible, aquel bocado que se convertiría en caballo o en torre.




Nostalgia de aquello que no has vivido, incluido el ajedrez, es algo que debería conducirme a la consulta del sicoterapeuta, del psiquiatra el diván, para recorrer caminos borgianos orlados de flores freudianas o lacanianas que podrían resolver ciertos enigmas mentales que incluso ignoro padecer.


Afortunadamente sigo el consejo que ofrece otro abuelo, este sin nietos, Machado -el bueno- al final casi, de su hilarante tratado de filosofía doméstica Juan de Mairena: "Reconducir tus emociones a sentimientos, convertir estos en ideas y transmitirlas escribiéndolas, no dejar jamás que se te pudran en el alma". 
En ello estamos.

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miércoles, 16 de agosto de 2017

CUENTOS DE LA MALÁ STRANA .-

Cuentos de la Malá Strana

A veces me he preguntado por los motivos de mi afición a los rastros, los mercadillos de viejo, esos destellos de luz que me dirigen compulsiva e inexorablemente a cualquier lugar donde se reúna un grupo de mercaderes aficionados y displicentes, abandonando casi, con cierto desprecio propio de su oficio, su mercancía sobre el suelo. Difícil buscar las causas de un sentimiento, de la espontaneidad del impulso que te orienta hacia alguien o algo, como en este caso.

Busco razones, y las encuentro, al comparar el contraste entre esos artículos usados, es decir vividos por otros seres humanos, deseados por otras personas y disfrutados por ellas, conservando quizás el aura de sus dueños anteriores y recibiendo gustoso en mis manos la contaminación con esos restos del espíritu ajeno, humanidad compartida.
Su reverso será la imagen vistosa de artículos impecables de escaparate, a estrenar, y a veces destinados a la basura inmediata sin siquiera haberlos liberados de sus etiquetas, la banalidad del consumo irreflexivo en el que paulatinamente nos hemos encaramado.

Cuando una adicción como esta lleva tanta tiempo dándome satisfacción, llenándome la casa de cachivaches tan maravillosos como inútiles, y obligándome a un lavado extra de manos, los domingos y fiestas- y viajes- de guardar, no es cosa de entonar mea culpa alguna ni de anotarla en la lista de problemas a resolver con el terapeuta de cabecera, que antes era el confesor, al menos en las novelas de cien años atrás, y que ahora es un mero figurante, a extinguir, en las películas americanas con visos de intelectualidad. 

Sea como fuere, no me arrepiento señor de los balazos infligidos, como el jinete de la ranchera, la de Jorge Negrete, y a la vez descubro las ventajas de convivir y descubrir objetos que encierran secretos verdaderos, es decir eternos, sobre sus anteriores estancias al lado de quienes los recibieron, los usaron y quizás, los disfrutaron.

Además he aprendido lecciones de incalculable interés sobre el valor real de las cosas, extrapolable a las personas, la suma de justiprecio y las ganas, el deseo de posesión que aporta el posible comprador y que inevitablemente distorsiona las cifras y termina por convertir en desafortunada cualquier adquisición.
Otra lección, de tipo puramente administrativo es la de diferenciar lo antiguo de lo viejo. Si bien algún familiar en tiempos dedicado a esto de la chamarilería me ha insistido varias veces en no confundir lo antiguo –más de cien años- con lo bueno, ni lo viejo – menos- con algo carente de valor.

Admitimos que la antigüedad, literaria en este caso, suele ser sinónimo de clasicismo, y permite a los autores y sus obras acceder al estante privilegiado donde los libros nunca correrán el riesgo de ser seleccionados para alimentar la chimenea, la lareira portuguesa, según costumbre, absolutamente sostenible y ecosaludable instaurada por Vázquez Montalbán.
Hay una zona intermedia, de sombras evanescentes, donde el material impreso te hace dudar de la actitud a seguir con ellos. Y es lo que me ha sucedido ante los Cuentos de la Malá Strana, de Jan Neruda. Primero en su primera lectura en tiempos de la dictadura, y ahora en la revisión de la misma obra como lector experimentado, clásica para muchos, y simplemente vieja para otros, como los pétalos descoloridos y sin el menor atisbo oloroso, de la rosa que fue, en tiempos.

Jan Neruda es un clásico indiscutible de la literatura praguense, la cara amable, lírica y costumbrista de Kafka, y su influencia ha llegado hasta prestar su apellido a su gran admirador, el chileno de la canción desesperada, e incluso a la calle de Praga que atraviesa el barrio que da nombre a los cuentos recogidos en “Cuentos de la Malá Strana”.

Quiero recordar que hasta esta reciente relectura lo he tenido archivado en la memoría como un adjetivo calificativo: “mala”, que sugería algo de maldad y desventura en los relatos, y que yo suponía un mero artilugio del autor para incitar a su lectura. Cuando he descubierto, y comprobado, el acento en la segunda vocal, Malá, y que es el nombre propio de cierto barrio, he cambiado el anzuelo del argumento trágico por el del exotismo, al que he añadido inconsciente y otra vez erradamente, el asociar al autor y sus personajes, con el judaísmo, tópico no siempre justificado sobre Chequia en general y Praga en particular.

Son relatos amables sobre le humanidad viviente, no necesariamente doliente, de allí y de entonces, y que, sin conservar la estructura tradicional de los cuentos, más bien parece una novela de viajes en las que el lector no necesita cambiar de paisaje, te introduce en una época realmente desaparecida para siempre, donde resulta difícil ubicar a personajes que gocen con suficiente entidad, como la de sus coetáneos rusos con idénticos gabanes, y limitaciones anacrónicas, para conservarlos en la sección de ilustres protagonistas de novelas imprescindibles.

Agradezco la traducción impecable, asumiendo que de checo no conozco ni el significado de strana, y que posiblemente esté escrita originalmente en alemán, pero entiendo que la labor del traductor es la de recrear la belleza de un texto, haciéndolo inteligible y, quizás, conservando el espíritu original del autor.
He pasado unas horas agradables en su lectura pero temo que no guardaré su recuerdo durante el tiempo suficiente para evitar el volver a leerla. Aunque con esto de la memoría convertida en chapapote, no puedo asegurarlo. 

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