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jueves, 28 de enero de 2010

MI TIO DE AMERICA


----------------------------------------------------------------------------------------------Mi tío de América

A Alain Resnais solía escribirle los guiones Jorge Semprún. Y antes de nada, debo retractarme de ambos. El primero un pedante en el reino de los pedantes, que era el de la inteligencia francesa de los sesenta, lo que ya es digno de merito, el segundo aparte de suministrarle libretos que rimaban con panfletos, que también lo eran, no pasó de de ejercer la impostura en toda su carrera de presunto escritor, desde arrogarse la gloria, mas que sospechosa, de superviviente de los campos de exterminio, hasta terminar como el primer ministro aristócrata de un gobierno socialista.
Como podéis comprobar, aparte de lo de pedante, en grado menor, nada tengo que ver con ellos. Si acaso con el autor del afiche, Enki Bilal, poco afortunado en esta ocasión, y que nos regaló media docena de comics para adultos, cosa que no tiene nada que ver con el erotismo, de los que gusto de volver a hojear de vez en cuando.
El asunto es que tengo un tío en América. Y aunque ese era el sueño de millones de europeos que crecieron en países de posguerras, también llamados en vías de desarrollo, fueron pocos, de hecho somos muy pocos, los que podemos afirmarlo con propiedad.
Otra cosa es que realmente ya no lo tengo, lo tuve. Y que ahora no solo no pretenda reclamar su herencia, magra como veremos enseguida, sino mas bien adoptarlo como tal, si es posible el que alguien, un presunto sobrino, pueda adoptar a un tío, por lo demás difunto.

Se llamaba Bienvenido Julián Gutiérrez, y ya lo he mencionado en estas pantallas, concretamente como autor de “El Huerfanito” que además cerraba la ultima selección musical, como recordareis.

Y ahí tuve la primera corazonada, los apellidos del mulato cubano, coinciden con los míos familiares, concretamente con los del tío de mi abuelo que fue a la guerra de Cuba, de donde jamás regresó, y del que conservo una foto en sepia evanescente en la que solo puede distinguirse el final de una dedicatoria …ido. , y el anagrama del fotógrafo que ahorraba fijador tras el revelado.

Poco puede aprovecharse de la búsqueda sobre la existencia de Bienvenido, sobre las huellas bibliograficas que son las que al final perduran, aunque no suceda lo mismo con la sombra del artista, que suele tender a la eternidad, ni con el aprovechamiento que de ello puedan hacer los vampiros de la SGAE, mal leído esgae, que dejan en mantillas a los de la Habana, esa es de Juan Padrón y magnífica por cierto.(Vampiros en la Habana).

Se sabe que era coetáneo del siglo pasado, nació en 1900, de carnes breves y baja estatura, piel oscura, bohemio, sin estudios y medio indigente por su manera descuidada en el vestir y en el vivir, considerado en ocasiones por muchos como un loco sublime porque iba hablando solo por las calles. Mas o menos mi perfil. No hace falta recurrir al ADN. Ni posibilidad de ello, porque desapareció sin dejar mas huella que su nombre en la letra de una decena de canciones, arrastrado hacia los cielos por un remolino de ron y de son, del que además dicen que fue inventor.
La mas extraordinaria, y todas lo son, resulta ser “Convergencia” que me causó estupor, por su ininteligible barroquismo y por su exceso de miel y melancolía, lo que para un bolero ya es el colmo, hasta que pude escucharla en el dúo de Pablo Milanes con Miguelito Cuni, y desde entonces, desde entonces crece sin cesar mi orgullo de sobrino imposible.
Hay otra, que es mi favorita, y con cuya letra tampoco quiero castigar, que guarda en su último verso el resumen, el compendio y la esencia de todos los boleros que en el mundo han sido:
…no lloraré.

Comprenderéis que después de algo así, no pueda menos que estar agradecido con esas raíces lejanas en el tiempo y en los meridianos, pero a las que, como bien nacido, no puedo renunciar.
Y que este sea un homenaje necesario, pero no suficiente, como tantas otras veces.
Porque todos los beneficios que su música, su propiedad intelectual como dicen, ha generado y genera desde entonces, los están recogiendo y repartiendo unos mangantes que, lamentablemente desconocen el nombre de los herederos, los derechohabientes de Bienvenido para enviarles el montante y los réditos que para ellos deberían haber ido recogiendo y guardando a lo largo de todo este tiempo.
Lamentablemente hasta hoy, en que ha aparecido su sobrino y les puede indicar el nombre y la residencia de sus beneficiarios. No tienen más que buscar mulatos, bisnietos de los esclavos y esclavas con los que fornicaron los primos y los tios de nuestros abuelos, y aprovechar el momento tan extraordinario que tienen para cubrir sus necesidades. Se llaman haitianos, y aunque ellos no lo sepan, además de las tragedias naturales, están condenados a sufrir otras tan injustas como el que una sociedad española fantasma, con el beneplácito de las autoridades, descendientes de sus antiguos colonizadores, les estén privando, también, otra vez, de algo que es suyo. De la herencia del tío Bienvenido.

Me parece realmente injusto. Y no es ya la sospecha de que la ayuda que aporten los pobres del primer mundo sirva, via ong, para engordar a los ricos del tercero. Es también la certeza de que ricos del primero siguen, cien años despues, robando a los pobres del tercer mundo.
Mal vamos.
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domingo, 24 de enero de 2010

POTEMKIN


---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Potemkin.-(Y las "Aldeas felices").

“La película”. Como dicen para diferenciarla de la novela que inspiró el guión. Ambas, película y novela, suelen ser la misma papilla predigerida que se sirve como alimento universal en la seguridad de que calmará el hambre colectiva, al menos hambre de entretenimiento.
Luego lo llamaron arte, y mas tarde se reunieron los sumos sacerdotes y eligieron las diez mejores, como los mandamientos diez. Esto fue en Paris creo, y a finales de los años cincuenta. Después no hubo asociación, cineclub o medio de comunicación que no elaborase una lista de sus “mejores” de la “historia”, con criterios, tan respetables como el de los sabios de Sión que vimos antes. Tan falsos y pueriles como los protocolos antisemitas de Sión o como el plebiscito sobre la bondad o maldad de cualquier obra cinematográfica.
En la lista inicial, cuya vigencia fue de unos treinta años, mas o menos, hubo títulos como “Der blau angel”, El Angel Azul, que inmediatamente perdieron la gloria celestial para caer al inframundo, cosa que han hecho los ángeles azules desde siempre, mientras otras mantuvieron el tipo entre las cuatro o cinco primeras. Jean Renoir, indiscutible con “Las reglas del juego” y “La gran ilusión”, y neorrealistas como Rai u Ozu, que en aquellos años enseñaban desde el lejano oriente como crear y extender una corriente cultural, una etiqueta al fin y al cabo, a los europeos, teóricos de la cosa. Hubo algunas que, inexplicablemente, gozaban, e incluso siguen gozando de una injustificada reputación, véase “Ciudadano Kane” donde el artificio, el truco y la prestidigitación lo es todo, o casi.
Pero siempre, a la cabeza estaba la misma. “El Acorazado Potemkim”, cuyo merito marginal y posiblemente el que mejor argumentase tal honor, fuese el representar un movimiento político y social que por entonces era la esperanza de la humanidad, mas exactamente de media humanidad, -que por cierto no andaba muy encaminada a la vista de los resultados-, aunque en el terreno este de las esperanzas, de las grandes esperanzas, ya hemos visto que queda mucho por decir.
Para nosotros era simplemente una película prohibida, y por tanto mítica. Suponíamos que estaba prohibida precisamente por eso, por ser la mejor película de todos los tiempos, razón mas que suficiente para que se nos prohibieran tantas cosas. Luego nos fuimos enterando de que su autor Eisenstein, que confundíamos con el Einstein de la pizarra y las formulas ininteligibles, era ruso como la película, ¡Oh La La! Y que representaba esa obra, nada menos que la génesis de la revolución, la versión en imágenes del manifiesto comunista, o algo que, en todo caso podría hacernos dudar de nuestro destino en lo universal, que era entonces lo que se llevaba.
Cuando pudimos verla, veinte años después, cuando pasó a ser regalada en el quiosco junto a los suplementos dominicales, no pudimos terminarla. Y no por su duración, que es mas bien prudente en ese aspecto, o por el exagerado brillo de sus secuencias, primigenias de la cinematografía mundial, sino porque el panfleto ya no estaba de moda. Ya habíamos visto, y leído, e incluso crecido, y ya preferíamos aquellas obras que nos hicieran pensar, sobre otras que habían excluido lo mas divertido de la actividad mental, el discernir quienes son los buenos y quienes los malos, e incluso ir un poco mas lejos y cuestionarse si la bondad, y la maldad, existen realmente. Por tanto, y salvo en el cine infantil que, prácticamente monopoliza la cartelera para adultos hasta nuestros días, nunca podremos prestar interés artístico a un folleto, o a un cartel de propaganda, sin menospreciar la utilidad que pueda haber tenido en su momento y para el fin que fue concebido, cuando prime en su contenido la maldición o el anatema, o cuando nos ofrezcan el irreal final feliz en el que los “malos” siempre pierden.
¿Obra menor, por tanto? ¿Iconoclastia reincidente?. Es posible.

Era, y es, cine histórico, y como la novela histórica, adolece en primer lugar del desconocimiento, llamémoslo incultura, del espectador-lector, sobre la época en cuestión, y del interés sobre el gusto de estos, del control de la taquilla- cajero sobre las expectativas del negocio, o de la intencionalidad didáctica, propagandística del productor de la obra, en este caso del emperador.
Del realismo, de la credibilidad y de la trascendencia de algunas escenas, basta con citar al crítico de cine Roger Ebert «no existió la masacre zarista en las escaleras de Odessa... es irónico que [Eisenstein] lo haya hecho tan bien que en la actualidad muchos creen que en realidad ocurrió» .
Lejos de que parezca anticomunista, anti cinéfila, ni antinada la reflexión anterior. Que no lo es en absoluto. “Si no todo lo contrario”, como diría Castro. Me quedo con el pie, con la nota final que necesitaba para continuar con la siguiente. Ese de que “muchos creen que en realidad ocurrió”.
De hecho Potemkim no era solo el nombre de una película, ni de un acorazado ruso, al menos no era solo eso. Ambos lo habían tomado del mariscal duque Grigori Alexandrovich Potemkin, que además de ser un hombre de estado en la corte de Catalina la Grande, y amante de esta, ha pasado a la historia por ser el creador del “Pueblo Potemkin” o “Aldeas felices” con las que amenazaba yo un par de paginas atrás.
Algo se define como Pueblo de Potemkin cuando se quiere describir una cosa muy bien presentada para disimular su desastroso estado real. A primera vista parece muy bien acabado y deja a todos impresionados, sin embargo le falta la sustancia principal.
Antes de una visita de su soberana, Potemkin, el favorito, hizo edificar bastidores/fachadas pintadas a lo largo de la ruta de Catalina la Grande, para presentar pueblos idílicos en la recién conquistada Crimea, pero para encubrir la verdadera situación catastrófica de la región.
Potemkin mostraba desde lo alto de una colina a la zarina una aldea de nueva construcción en la que supuestamente vivía gente. El pueblo visto desde cierta distancia tenía un aspecto idílico e impecable. El verlo desde la lejanía se hacía para que la zarina no se mezclara con la gente o también por cuestiones de seguridad. La realidad era que el supuesto pueblo no era más que un bastidor (como los que se emplean en la filmación de muchas películas), nada se había hecho para las gentes del pueblo, que además vivían en la más completa miseria.
Así pues, durante la visita de Catalina la Grande, recorrieron varios de estos pueblos de ficción, que además siempre era el mismo, pues al terminar la visita el pueblo ficticio era desmontado y se volvía a montar en otro emplazamiento distinto que sería visitado después.
La zarina regresó engañada ¿? y convencida de que se estaban haciendo políticas correctas para llevar bienestar a su pueblo.
Eso al menos es lo que dicen en Wikipedia. Igualmente dicen que este asunto pertenece mas bien a la leyenda , aunque Kapuscinski, y Vasily Grossman, y por tanto un servidor, seamos libres de pensar que no es que la historia pudo ser, o fue, real, sino que sigue siéndolo doscientos cincuenta años después, mas o menos.
¿Ustedes que opinan?. ¿Fantasía o realidad?.
Se admiten digresiones, reflexiones, e incluso adaptaciones al tiempo presente en el que Catalina seriamos todos nosotros, y Potemkim, el malvado Potemkim..


Además , con sus 160 de altura, Catalina no era tan grande como para pasar a la historia así “La Grande”. Mas bien corrientita. Y es que no puede uno fiarse. No puede ni debe bajar la guardia.
Por cierto que, el tataranieto de Catalina y su estirpe con él, acabo de la manera por todos conocida, sin que se pongan de acuerdo los historiadores sobre la influencia que sobre ello tuvo, la exacerbada credibilidad, o improbable "ingenuidad", en todo lo que veia la dama de tan alta cuna y de tan baja cama. Pero esa es de Cecilia.(Y no quiero distraer).
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lunes, 18 de enero de 2010

GRANDES ESPERANZAS III


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-¡ Señor Conde!. ¿Qué queréis ca gamos
Con los moros ca garramos?.
-Ca galeras los mandéis.
-¿Sabéis Conde lo que hacéis?
¡Se lo ca go y ca go bien!.


Representación infantil políticamente incorrecta, (en varios sentidos), donde los pequeños pueden pronunciar , y sus papas escuchar, ciertas expresiones malsonantes, inapropiadas para un estricto código de buenas costumbres. Uniendo la trasgresión verbal de primer nivel, ya saben, caca, culo, pedo, pis, fundamento moral de nuestra sociedad, a la reiteración de ciertos fundamentos pertenecientes a las tradiciones milenarias , a las raíces históricas y populares que sin la crueldad, o la xenofobia, perderían bastante sustancia en sus postulados.
El cuento, de probable transmisión oral, (Don Mendo no se hubiese atrevido) tiene su gracia y su encanto, al menos escuchándolo a unos niños que apenas distinguen la j de la g, y la erre de la ege, aparte de servir como introducción didáctica a la formación del espíritu. Bien está.
Tiene mas lecturas la historieta, muchas mas. La primera, que suele recordarme con cierta frecuencia estos versos, es la de la actitud de sostenella y no enmendalla del Sr. conde, la de esa respuesta que escuchamos al prócer de turno cada vez que la evidencia pone su actuación en solfa, y que es la mismita del principio, la de “Se lo ca go, y ca go bien”.
Acompañada de la nula perplejidad del recadero, del periodista, o del subalterno que se limita a aceptar la decisión del superior. El orden jerárquico es la base intocable de todo el tinglado este del ordeno y mando. Solo me queda la duda de si habremos cambiado tan poco desde los tiempos de la Reconquista, (esa es otra falacia que inculcamos, la de añadir erres a la historia con total impunidad) para seguir manteniendo la actitud servil del súbdito mudo en la aldea feliz. Bien está también.
Pero es que ahora, no dejo de escuchar voces, proclamas casi, invitando al personal a incorporarse a la vida publica, a participar en la movilización ciudadana, dentro de un orden, para mantener un sistema en el que todo siga igual.
Prácticamente, viene a resultar que el señor conde y sus edecanes acusan al personal de su escaso interés por la cosa política; por la escasa ayuda que reciben de sus electores a la hora de asumir responsabilidades sobre unas erróneas, presuntamente, decisiones en las que el publico, mudo por normativa impuesta, no ha hecho otra cosa que sufrir las consecuencias tras escuchar, sordo no es, por enésima vez aquello de “Se lo ca go, y ca go bien”.
Una autentica desgracia, el hecho de que ante una probable situación de emergencia nacional, tenga que surgir la evidencia de un desastre largamente anunciado, como es el de la consecuencia del monopolio político en la gestión de un país por dos partidos distintos, y un solo poder verdadero. De la exclusión legal de la participación directa, mas allá del día cuatrienal en el que la mayoría de los adultos acuden a los centros docentes para, durante escasos minutos, sentir el miedo de estar en una lista mientras una docena de ojos observan, como en los mejores tiempos. De la nula, imposible opción que tiene el ciudadano, de los súbditos no hablo, frente al aparato del poder sostenido por unos cientos de miles de militantes, menos del 2% de la población que mantienen la legitimidad de que un partido, el suyo, imponga y mantenga sus criterios a sangre y fuego, como hacia El Capitán Trueno en su primer episodio, y donde los otros, casi siempre los sarracenos, los moros al fin y al cabo, llevábamos y seguimos llevando la peor parte.
Esta reflexión ya la hice, tiempo ha, con los sindicatos, ahora que tan necesaria nos va a ser una estructura laboral donde la defensa al trabajador comience por el fomento del empleo productivo y termine por la ayuda directa al currante, al afiliado, en situación de necesidad. Otro 1 o 2 % de intermediarios que van a regir, y a cobrar por ello, al 98% de la clase trabajadora. Claro que esto es un lapsus. En el libro que sustenta la legalidad de dichos grupos, no existe referencia alguna a la clase trabajadora, como tampoco la hay de ningún medio de participación que no sea el legítimo de la cofradía, o de la asociación deportiva del equipo campeón.
Afortunadamente , hemos crecido en un ambiente donde los milagros son algo cotidiano, no hay mas que comprobar el aluvión laboral romano, que no rumano, en la ingente tarea de santificar beatos y viceversa. Hemos crecido en el entorno de buenos creyentes y las cifras que nos dan desde arriba, las digerimos sin mucha dificultad, al menos las mas sencillas, cuatro millones de parados, seis millones de inmigrantes en situación precaria, veinte por ciento de economía sumergida, o sea dinero negro, o sea defraudación, etc.
Hasta los mismos predicadores de la esperanza sostienen la existencia de un caldo de cultivo, magnifico, para las semillitas de ultras de un signo o del contrario. Algo así como vivir en un polvorín, en las calles de cualquier ciudad lejana, protegida por las tropas de los buenos, con el único salvoconducto del “detente” bordado en la camisa a la altura del pecho.
Mi única incógnita, es la de desconocer el santo a quien debo encomendarme. Cual es la imagen que debo bordar y quien es el oráculo del Sr. conde a quien debo creer, para esperar confortablemente, cruzado de brazos, el milagro salvador.
Para la mayoría ,( podrán ustedes comprobar en su día si me equivoco), se trata tan solo de esperar el tiempo litúrgico en el que vayamos todos juntos para dar la vuelta al disco. Al single único de nuestra discoteque y que aparte de estar rayado en demasía, (de hecho ya lo estaba cuando nos lo dieron, sin siquiera preguntarnos el tipo de música que nos gustaba), que aparte de estar rayadísimo, tiene, como todos los singles un extraordinario parecido entre las canciones de ambas caras, no en vano son del mismo interprete. Pero la ilusión colectiva es lo que tiene, fascinados por el “nuevo” tema musical, igual nos lanzamos frenéticos a la pista a ver si esta vez pillamos algo.
Los musicólogos serios no apuestan mucho por la pervivencia del baile en esas condiciones, y los tiburones que viven de la comisión de los derechos de autor, léase intermediarios de la nada en general, no van a permitir ninguna alegría si antes no hemos pasado por caja a cancelar cierta deuda.

No obstante. “Nihil obstat” figuraba en el inicio de todos los libros libres de pecado, no obstante esperamos el milagro sin importarnos a que santo se lo tendremos que anotar a cuenta. No podemos hacer otra cosa. Eso y repetir hasta la extenuación aquello de que Haití mucho peor. Mucho peor. Donde va a parar.


P.D.- Otro día explicaré con mas detalle lo del detente y lo de la aldea feliz. Hoy la verdad, es que no se como vestirme para ir a la fiesta – a la que no me han invitado- y de ahí lo da. No se que ponerme.
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martes, 12 de enero de 2010

GRANDES ESPERANZAS II



--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------El título de la novela de Dickens “Grandes esperanzas”, induce a error. Y el que la traducción fuese mas literal y cambiase esperanzas por expectativas no arreglaría en absoluto el desliz. Porque no se trata de semántica, sino de algo mas profundo.
Quizás si hubiesen puesto “Grandes decepciones” o mejor “La gran desilusión” habría resultado mas acertado, y sobre todo mas honesto. Solo que se habrían cargado parte del desenlace, al menos en la primera lectura, la mas simple del argumento, en la que el niño pobre, junto a su lectores, espera “toda su vida” a recibir la herencia del magnifico y misterioso tutor cuya generosidad le permite conseguir aparentemente el dar el salto a una, o varias, clase sociales por encima de la suya propia, ínfima ella.
Ganas me dan de contarles el final, sin remordimientos, al tener la seguridad de que la lectura ya es un hábito tan maldito como obsoleto y que las narraciones escritas llegarán a conocerse únicamente gracias a las versiones deterioradas de aquellos que, dicen que, las leyeron alguna vez.
Lo cierto es que el giro final del argumento me dejó tan decepcionado como perplejo, a la vez que sorprendido por como los personajes de Dickens no se mueven solo por el dinero. Además existen la salud y el amor. Ya saben.
Para los de siempre, los que solo saben leer con la cabeza ligeramente levantada, (en la pantalla), pensando en ellos, se hicieron varias películas sobre el tema, de las que solo recomendaré la mejor, “Great expectations” 1946, en la que un jovencísimo John Mills ,-¡ Si, si!. El retrasado mental , Oscar en 1970, de “La hija de Ryan”, también dirigida por David Lean - encarna perfectamente el espíritu de la sensación vital que hoy quiero glosar.
No es otra que la de aquellos que, viviendo a través de intermediarios, en un fantástico mundo paralelo interpuesto entre ellos y la realidad, y convencidos de que en la vida no hay que hacer otra cosa que mirar al cielo, y creer ciegamente en la verdad oficial, y en la magnanimidad del Papá Estado. Mientras mantienen su hogar con los restos del sudor de sus padres esperando que los hijos sigan sudando para ellos. Y no solo se ausentan de sus responsabilidades cotidianas personales y colectivas, sino que además se permiten la mayor de las pretensiones, la de aspirar a que les toque la lotería, a heredar al tío de América, o al menos a que nombren concejal al cuñado. A aquel tan listo que tan buena mano tiene para los negocios. Y de esa forma emular al personaje de ficción que mas admiran, el de la casita en Malibú con el testarrossa en el garaje y con su chica, la de los senos ingrávidos, esperándolo sonriente, en un mundo ignaro y por tanto feliz.
Hombre. Miren ustedes. No seré yo quien pretenda convencer a nadie de que el confort, el bienestar y el estado de embriaguez moral en el que vivimos, resulta y resultará excesivamente costoso a corto y a medio plazo. (Del largo ni les cuento, como dicen los buenos economistas, no existe. Para entonces todos muertos). De cómo esa carestía ignota para los nuestros, es una autentica losa que pesa hasta la extenuación sobre los que imperceptible e inevitablemente van pasando del todo a la nada, del confort a la estrechez primero y a la pobreza después. Y de cómo una sociedad, un país entero puede cambiar de categoría económica, de la noche a la mañana y por el mismo sistema por el que salió del subdesarrollo, por un simple decreto, volver a él.
El personaje de Dickens no desaprovechó ni una sola oportunidad, léase estudio y trabajo, que le ofertó la vida, y su único error, su único pecado, venial, fue el mortal nuestro, el de esperar que estuviese a su alcance el lograr todo a cambio de nada. Ya digo que llegó a ese punto con las espaldas cubiertas, y me parece a mi que, ahí nuestra situación comienza a divergir seriamente con la de Pip, el protagonista.
Pero lo peor es la fe en la hipotética suerte, en el azar que de alguna manera puede cambiar ocasionalmente el destino de un individuo, y el llegar a pensar que eso puede suceder todos los días y para todos a la vez. Ni en la mas fantástica de las novelas se ha planteado nunca algo semejante. Ni mucho menos el delegar ciegamente el destino propio y el colectivo, en seguir confiando en una institución que sigue prometiendo pan y circo a cambio de casi nada, de mirar hacia el balcón cada cuatro años para escuchar a Pepe Isbert diciendo aquello de:
“Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación y esa explicación que os debo, como alcalde vuestro que soy, os la voy a dar”
En la escena siguiente se aprecia como, en ausencia de explicación convincente tuvo que pagarse entre todos la deuda que , al parecer, no era propiamente del alcalde, sino común. Pero esa era otra película. Y otro país bien distinto de este, del reino de fantasía del que estoy hablando.
En el que hasta los superhéroes comienzan a dar síntomas preocupantes de que algo no va como debiera, de no estar a la altura de las circunstancias, ligeramente distraídos, que quizás hayamos apostado por ellos mas de lo que hubiese sido prudente, y que por tanto tendremos que buscar un titulo mas correcto para la novela de Dickens, que es la nuestra, “Falsas esperanzas”, quizás.

Léase:
Sudor ajeno = Subvención
Padres e hijos magnánimos = Europeos en general y Contribuyentes en particular.
Explicaciones de alcalde = Promesas electorales incumplidas . “ Los programas electorales son para que los cumplan los votantes” ( Tierno dixit)
Cuñado concejal = Cuñado concejal
Ignaro = Inculto, ignorante.
Ignota = Desconocida ( Ya hablaremos de ello)
Pip = Chico valeroso que ante una disyuntiva moral, especialmente difícil, acertó en la elección. ( Igual pudo haberse equivocado).
Ficción = Ficción
Realidad = Realidad
Grandes esperanzas = Falsas esperanzas.
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