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lunes, 27 de abril de 2009

SAME OLD SONG







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Résiste

Prouve que tu existes

Cherche ton bonheur partout, va,

Refuse ce monde égoïste

Résiste

Suis ton cœur qui insiste

Ce monde n'est pas le tien,

viens,Bats-toi, signe et persiste

Résiste

"France Gall "

Hoy ponen:

SIEMPRE LA MISMA CANCION.


Pelicula de Alain Resnais de 1979 con la que, entre otras cosas nos pide disculpas a los cinéfilos francófilos, por todos los malos ratos que nos hizo pasar durante casi toda su vida anterior, como cineasta a caballo entre el existencialismo y la nouvelle. De pronto el hombre se dio cuenta de que menos, a veces, es más, y de que olvidando el pasado, el de Marienbad, el de Hiroshima, el de la guerra que se acabó, y el del blanco y negro en el que ambientaba sus lúgubres guiones el, luego ministro de cultura, Semprun, se podía volver al amor, que no es mala cosa. Así firmó este delicioso pastiche rosa en el que la ruptura del cineasta sigue presente y… no hay una sola frase en la pelicula que no sea cantada.

Dos docenas de huevos puso en la cesta, hace falta valor, y los fue moviendo en el aire con manos de malabarista consumado de manera que no llegáramos a distinguir el comienzo de una ni el final de la otra, ni mucho menos cuantas veces se repite esta o aquella canción. El final, de la aventura, feliz, -magnifica pelicula para volver a ver al dia siguiente-, el de los enamorados no tanto, como debe ser...
Mañana se repite:

SIEMPRE LA MISMA CANCION

Sucede a menudo que en una cesta de cerezas, por grande que sea, y por hermosas que aparezcan las susodichas, siempre hay una que nos está mirando, nos damos cuenta enseguida y la mano, claro está, no hace otra cosa que lo que le mandan. Aunque no pretendamos que sea la mejor, ni tampoco podemos comprobarlo, -hay centenares ocultas-, si es la que va a iniciar la degustación que, en caso satisfactorio, facilitará el camino a las demás.
Pero de la canción de las cerezas ya hemos hablado, concretamente en la recopilación 2008, y hoy de la que estoy hablando es de “Resiste” de France Gall que además de usarse con profusión durante el desarrollo del musical en cuestión, resulta ser aquella cuyo titulo, para los que no dominamos idiomas ajenos, es idéntico al que tendría aquí, en Mongo, o sea “Resiste”. Bueno, para ser sinceros, en francés, en el original, hay un acento o vírgula sobre la primera e que, en todo caso no afecta a la pronunciación. Pueden ver la peli para comprobarlo.
Pero es que hay más, siempre aparece un hilo en la costura del dobladillo del pantalón que aunque no moleste, ni lo afee excesivamente, llega a obsesionarnos con su obstinada presencia y nos obliga a tirar de él con la suficiente determinación hasta hacernos ver que detrás de esa banalidad había otra cosa, que el dobladillo que ya no lo es, simplemente una pernera resulta ser unos centímetros mas larga que la otra, y que, de paso, nos encontramos con una pelusilla que , a saber, cuantos momentos de felicidad y amargura ha compartido junto a nosotros.

Ya ven que tirar del hilo es fácil pero a veces, sin que Ariadna nos eche una mano, puede conducir nuestra alma a situaciones inesperadas, a conflictos emocionales para los que no estábamos dispuestos.

Esto es lo que sucedió, sin duda, cuando la memoria trajo a mi mente la cancioncilla en cuestión y, detrás, todos aquellos mensajes morales que, aparte del de la indiscutible supervivencia que sigue a la resistencia, comienzan con la palabrita en cuestión. “Resiste” y continúan la frase al gusto de cada uno, según sus propias necesidades.
Si es por amor, no hay nada que hacer. Nada más frágil e inconstante. Pero no es de eso.
Si continúa: Y serás tal, y serás cual…mal camino llevamos. Promesas que exigen medios ilimitados, a quien no los tiene, para un premio incierto.
Si bien, sigue aquello de: Hijo mío.. Hay que echar a correr. Alguien que se ha percatado de nuestra inmadurez, y quiere dirigirla hacia donde a él le convenga.
Pero si nos basamos en las máximas, -dos veces máximas, una porque no hay otras mas grandes, y otra porque se llaman así- de Rochefoucauld, de Montaigne, de Baltasar Gracian o incluso de Nicolás, el Maki, y llegamos a la conclusión de que por mal que hagamos las cosas, el mejor consejo que tienen para los poderosos, la única manera de evitar que los lanceros bengalíes les pasen por encima, es la de aguantar, la de resistir, hasta que llegue la primavera, primero, hasta que los vecinos de la escalera decidan venir a echar una mano con el problema del desagüe, y si es preciso, si es necesario, hasta que llegue una epidemia fetén, de esas medievales en la que salen bubones y la gente se caga las patas abajo, y esperar, resistir hasta ese momento en que nuestro querido- valientes ingratos- y últimamente crispado publico, comprenda que ha llegado el elemento que mas une, que mas aglutina y reafirma a un colectivo. El del miedo.


Desde este momento y gracias a la gripe porcina, la crisis porcuna- y hay puercos, créanme- pasa a un segundo plano, y las lanzas se tornarán adargas que homenajearan de nuevo.
Que sí, que el que resiste gana, o al menos mientras resiste no pierde, que es lo que parece suceder. Ahora bien, el que tengan que venir estos fenómenos medievales a despertar el miedo a lo desconocido, el mentarnos a la parca, el fomentar el pánico a la inseguridad fuera del paraguas protector de la eficiencia de nuestros gobernantes, me parece excesivo.


Bien es verdad que he mencionado a Viriato, en más de una ocasión, como tiempos lejanos que no me gustaría volver a revivir, pero el que asome en lontananza, otra vez, este buen señor con su coetánea peste negra, ya me parece excesivo. Casi me dan ganas de irme al cine.
Y por cierto. creo recordar que además de ser un castigo por los pecados y tal y tal, esa era una enfermedad transmitida por las pulgas y atesorada en las ratas. Va a ser eso.
Si les queda sangre en el cuerpo vean Nosferatu, cualquiera de las dos, y si en lugar de sangre tienen otra cosa, mejor vean “On connait la chanson”, desde luego, es mas divertida.

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miércoles, 22 de abril de 2009

DEL SALÓN EN EL ANGULO OSCURO..




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De su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase la lira.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las mias..


Lucio Domitio Claudio Nerón. Emperador romano, último de su dinastía, embarcado en un despotismo delirante, cometió toda clase de atrocidades y extravagancias: se dedicó a hacerse adular como poeta, músico, bailarín y deportista en actuaciones públicas; hizo arder la ciudad de Roma para reconstruirla a su gusto. Escribe Suetonio que Nerón se puso a tocar la lira y cantar el Iliupersis mientras veía arder Roma a sus pies
Desató persecuciones contra los cristianos acusándoles de ser los culpables del incendio; intentó ganarse al pueblo con espectáculos y regalos con los que arruinó el tesoro imperial
Tres años después se rebelaban contra él los gobernadores de las Galias (Julio Vindex), la Hispania Citerior (Galba) y Lusitania (Otón)”.
(De copia y pega)

Más o menos, debió ser así.
Ya, de entrada, en la pelicula, en versión original- a saber que fue lo que nos colaron en Mongo- figuraba una etiqueta roja en la que podía leerse “Not suitable for children”, No apta para niños. O sea que la cosa debió ser realmente gorda.
No hace mucho tiempo, unos eones atrás, tuve que escuchar a una compañera progresista gritar espantada:
- ¡Dios mío. Caligula! ¡Es Caligula!. Refiriéndose al entonces presidente progresista del gobierno mongiano.
Un servidor, de natural pacífico y algo bovino, lo primero que hizo fue sorprenderse de ver que alguien tan próximo, por primera vez en su vida de espectador, se cayese del caballo escuchando la voz de “!Saulo, Saulo!, ¿Por qué me persigues?, y lo segundo fue agarrarse la obra de Camus, D. Alberto, que para mas inri es teatro escrito, y eso es como beber el vino con gaseosa, y adentrarse en el tenebroso mundo de Junia Claudia,- que luego se liaría con El Jabato-, y de Incitatus o Impetuoso, el caballo que, miren por donde es la marca de mis calzoncillos, y de las barbaridades que el poder puede provocar cuando está al servicio de una mente enferma.
Comprendí y asentí en la afirmación de mi colega izquierdista, a la vez que me admiré de las barbaridades, de la machacona insistencia, del deja vu, del erre que erre con que la historia se obstina en golpearnos.
Luego de Claudio, el pájaro por excelencia, se me ocurrió revisar la figura de Nerón y lo más cercano que encontré fue la pelicula. La versión del Hollywood de los cincuenta,- década de oro de sus estudios-, que no pasaba de ser la historia de romanos y cristianos, al gusto del cardenal norteamericano que, entonces, mandaba en el orbe y que fue quien nos impuso el rosario, radiado, de media tarde, entre el sagrado corazón que estaba en la puerta, sobre la mirilla, y la estampa de la sagrada cena que adornaba el zaguán. Un argumento propio de cuaresma, cuando para nosotros era cuaresma todo el año.
Por eso sabíamos que los romanos eran malos y que sus gobernantes estaban locos.
La pelicula era de Mankiewick, creí recordar, -y es que recordaba mal-, la que era de Sienkiewicz, de otro Mankiewick era la novela , legado del abuelo en una edición de dos pesetas, de la colección Novelas y Cuentos, que, afortunadamente se salvó de las llamas, ignorando los dictados del Índice, que no era un dedo acusador, sino la lista de libros malditos – prácticamente todos los libros- condenados por el sumo tribunal eclesiástico, a los que había que purificar a través del fuego, o romper, o incluso enterrar. Hasta ahogarlos llegó a proponerme mi director espiritual, con escaso interés y ninguna convicción por su parte-, algo así como que con decirlo con la boca pequeña, muy pequeñita, ya quedaba el asunto zanjado. De tal modo que, gracias al poco ardor guerrero del soldado de Cristo pude conocer otra versión, mucho mas edificante, como pueden suponer, de la historia del señor de la lira, y señor de Roma, que lo fue también.
La novela es otra cosa bien distinta de la pelicula, a pesar de que la línea argumental está preservada. Se extiende todo lo que quiere, y mas, en el retrato sociopolítico de una epoca en la que Roma y sus avatares tuvo un estrecho paralelismo con la Polonia de Henrik Sienkiewicz, el autor Nóbel, que acababa de salir mas que crucificada de los restos del imperio austrohúngaro, gracias a las virtudes del ultimo de sus divinos emperadores. Con lo que muchos lectores habrán despejado de una puñetera vez sus malévolas e infundadas sospechas de que “¿Adonde vas?” o sea “Quo Vadis” tenga alguna relación con el aquí y el ahora nuestro. Supongo que aquel dispuesto a pecar con el pensamiento no solo es libre sino que además quedará impune al hacerlo, y seguirá haciéndolo. Pero por si quedase alguna duda tengo que reseñar que el personaje mas entrañable- aparte del tío gordito de la lira, al que seguí viendo con el rostro de Peter Ustinov a lo largo de toda la novela- sea Chilon Chilonides, el mas indigno, falaz y fementido traidor, dispuesto a sacrificar a miles de inocentes a cambio de eso que todos imaginan. Sin embargo, a la hora de la verdad tambien se cae del caballo y termina en la cruz por defender a aquellos que fueron sus victimas. O sea que de paralelismos nada.
Sucede que una infancia tan mortificada como la de los niños de Mongo, ilustrada con historias tan edificantes como esta, acababa teniendo ciertas válvulas de escape, sin las cuales nos hubiésemos vuelto locos o incluso célibes, -y no se que cosa es peor-, y que gracias a ellas, a estas escapatorias mentales en forma de tebeos trivializadores de la historia universal en general y de la imperial – tuvimos un Imperio. Snif, Snif – en particular, pudimos introducir una pizca de humor liberador que nos permitió crecer en el mundo real al descontextualizar los fantasmas y convertirlos en eso, en fantasmas. Bastantes tuvimos, tenemos, y tendremos, si Dios nos concede larga vida para ello.
Como, al igual que el cine americano, no quiero dejar fleco alguno para que sea rellenado por la imaginación del lector, me permito exponer algunos reflejos del párrafo anterior advirtiendo, como siempre, que el orden no importa.

















P.D.- Al final Fideo de Mileto siempre terminaba bien. Y, aunque nunca soltase la lira, esta era de papel. Como todas las historietas de Bruguera.
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lunes, 20 de abril de 2009

ENTILDADOS




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GRACIAS POR LOS BUENOS RATOS.-
En una de las bibliotecas literario-musicales donde habitual, y compulsivamente a veces, me prestan la música que suelo descargar- y mal vamos si la música hay que descargarla en lugar de escucharla- suelen encabezar el cotidiano enlace, con excesiva frecuencia, con un latinajo lapidario “In memoriam” para hacernos participes del dolor por la perdida del santo del día. Y ya saben que la santidad, el carisma del artista no se confirma, jamás, hasta después de su fallecimiento.
Esta regla, como todas las eternas, es sagrada. Si quieres triunfar, muérete.
O bien, si quieres que tu pupilo- mecenazgo- pase a la posteridad en loor de éxitos de ventas y el consiguiente rebosamiento de tus arcas, mátalo.
Esto último no llegan a hacerlo en sensu estricto, no seria ético en un mundo en el que la falsa ética, la aparente moral lo es todo, lo impregna todo. Pero sibilinamente, estos promotores musicales o de lo que sea, invierten sus monedas en fichajes mas o menos depauperados en los que al magro coste de la exclusiva y al previsible valor oculto del autor, se asocia cierta enfermedad incurable, cierto aura maldito-de maldición- que acorte la expectativa en la supervivencia hasta extremo tal que la parquedad de la espera se vea cuantitativamente invertida en el “inesperado” éxito de ventas post mortem, fajado con letreros en los que figuren las palabras “póstuma” “Inédita” “In memoriam” etc.
Si a ello le añadimos el factor carencial,- vaya mierda de generación de escritores, tenga usted puesta sus esperanzas en el baby boom para esto-, o en el mas controlable “de moda”- a la derniere- hábilmente auspiciado por los medios de comunicación asociados al editor, el negocio suele ser redondo. Al menos para la industria del dinero, que es la que mueve al mundo, no lo olvidemos.
Y nuevamente, nos encontramos ante otra, la enésima joven promesa, arrebatada para menor gloria de las artes a la temprana edad de cincuenta años. Y es igual, para el negocio, que resulte temprana a los veinte o a los cincuenta, porque siempre habrá dejado atrás una obra “inagotable” que irá saliendo de cajones ocultos, de carpetas extraviadas, de legados insospechados, y de cartas más o menos apócrifas o bastardas, al ritmo que marque la demanda del lector, sobre el santo en cuestión.
Y aunque estamos sobrados de fe en los asuntos del arte y de la política, lo cierto es que en los otros no. Nunca estamos sobrados.
Sin ir mas lejos, estuve releyendo el otro día, entre cuento y cuento de Bolano, que es de quien quiero hablar, un episodio bíblico recreado por la pluma de Thomas Mann “Las tablas de la ley” donde interpreta en clave posibilista, dentro de la normalidad mas consuetudinaria para la especie humana, los presuntamente mas que probables sucesos sobre los que se ha construido, y seguimos construyendo, eso a lo que llamamos civilización. Es decir: El pueblo elegido. El mago que hace creer que todo lo bueno sale de sus manos – y hay que pagarle- y todo lo malo es culpa nuestra – y hay que pagarlo-. El asunto de las dinastías. Que mira Inés, que al niño le quede el riñón cubierto. Que no importa quien es mi padre, pero mejor que creáis que es el Faraón, y si cuela mejor. Y sobre todo, que aquí hay que poner orden, porque si no luego se va a liar gorda y es mejor dejarlo todo atado, y… Ale Hop: Las tablas de la ley.
Todo esto mucho peor escrito que aquí, mas farragoso, y sujeto a otras interpretaciones que, además de erróneas, no son las mías. Y aunque ni Thomas ni yo estuvimos entonces allí, lo cierto es que estamos hablando de lo mismo.
Hablo de que un escritor de raza, -valiente majadería-, debe ser ante todo una persona ídem, un ser humano que haya vivido lo suficiente, en experiencia = dolor, no en tiempo, y que se limite, con mayor o menor fortuna, a contarnos su vida. Y esta tarea tan grande, por sencilla, son muy pocos los que lo han hecho, los que lo han escrito.
Uno de estos pocos afortunados posiblemente sea Roberto Bolano.
Ya de entrada, ha cargado durante toda su vida, corta o larga ha sido toda, con el estigma, con la cruz, con la tilde de la maldita eñe que lo condena a la marginación, como el augur del buitre que persigue incesante la sombra de la precariedad física desde el momento para ti imperceptible en que la naturaleza trueca tu vitalidad en el aroma de la comida desestructurada con la que el mejor chef del universo regalará el paladar del gourmet mas exigente, el carroñero editor. Ya saben lo del mustio collado que fueron un tiempo la Itálica famosa. No insistiré.
Pero la letra ausente en el teclado, la entildada, te persigue, te oprime el espíritu en la convicción de tu inexistencia, en la premonición de que tu exilio no va a ser exclusivamente terrenal, y en la revelación de que nunca mas serás Buñuel ni serás Bolaño, y que así tendrás que aprender una no vida de escritor mutilado, y que tendrás que distraerla primero, ahogarla después, con licores extraños, con alcoholes lejanos que van a aliñar tu hígado hasta convertirlo en algo parecido a un mi cuit al calvados, en algo que a tu carroñero editor le va a saber a gloria. Aunque quizás las hienas lleguen a desplazar a los buitres en medio del banquete, cuando tu ya no estés para contarlo.
Arturo, perdón, Roberto, Belano o Bolano, perdón, Bolaño, cuenta pocas cosas, aunque las cuenta muchas veces. Y dos de ellas ya las conocemos, que es un apátrida victima del alambique; pero con ser tan escasos los temas sobre los que va a bordar uno, dos, y hasta cien relatos, no dejan de ser una base extraordinaria, vivida y doliente, mas que suficiente para construir el edificio del prestigio literario sobre el que su figura se erigirá, se yergue, sonriente.
Una de esas cosas es la amistad, la generosa aceptación de todos los innumerables, pero perfectamente nombrables, y nombrados, sujetos que han ido compartiendo su vida en retazos de tamaño variable, e incluso aquellos que compartieron solamente la de sus amigos, tanto importa, y que serán retratados a lo largo de centenares, millares de páginas con la óptica del escritor optimista, la visión del poeta generoso, en la versión minuciosa de sus pequeños quehaceres y sinsabores cotidianos. Chejov quizás. O mejor, Chejov también.
Otra de ellas es el picor que produce la cicatriz, por antigua que esta sea, la marca de fuego en la historia del hombre, y la pequeña porción que de ella, toca sufrir a cada uno. La tragedia. La colectiva, la nacional, la de la raza, la del genero, la de los mil nombres distintos y un solo ser verdadero. La del exterminio del hombre por el hombre. Las armas como evangelio. El poder como iglesia verdadera. Y el desprecio al valor de la vida ajena, del diferente, del extraño, como cima y objetivo de la incultura universal.
Quizás esta última sea la motivación “artística” que a mayor número de lectores atraiga, a pesar de que el autor no insista ni abunde explícitamente en ella. Quizás solo sea una referencia lejana pero constante en su vida y este, una y otra vez, no haga otra cosa que contárnosla, la suya propia.
Pero no deja de transmitirnos su sabiduría, la del desahuciado, mucho antes de serlo, del que sabe que el azar, y solo eso, permite que sigamos aquí, mientras el resto, probablemente, haya sido exterminado. La sabiduría del que acepta como hecho natural el mal sobre el que se rompen una y otra vez las palancas de la historia, intentando apartarlo del camino. La sabiduría del que conoce a los que manejan esas palancas y sabe que, ellos también. Sí, ellos también están contaminados.
Y no es el de las profundidades sociológicas o metafísicas su terreno natural. Es más bien el del cronista, del apuntador meticuloso a lo largo de una vida llena de intensa lectura. Es la del poseedor de toda una colección de anécdotas, aparentemente triviales, que solo le suceden a aquel que sabe, que es consciente de que el mismo es solo una anécdota.
Por el desparpajo con el que nos lo relata y por la efervescencia a que debió estar sometida su mente, reflejada en todas y cada una de sus paginas, nos resulta inevitablemente simpático, acreedor de nuestro cariño, familiar incluso, y nos hace sentir la necesidad, asumiendo el engaño de la fantasía, de que nos hubiese gustado, mejor, nos gustaría, tener un amigo así. Locuaz, brillante y humano.
Un amigo inteligente a quien acercarnos de vez en cuando, aleatoriamente, sin la premura de la frecuencia establecida, y que al hacernos cómplices de sus experiencias, mas o menos terribles, de sus juicios inconclusos sobre la gente que lo/nos rodea, y sobre sus pequeños desvaríos mentales, nos reconforta con algo tan sencillo, y tan necesario, como el saber que hay alguien cerca de nosotros, y que este alguien siente y piensa, vive.

P.D.1.- El antes y el después. La primera obra suya que leí,”Amberes” lo fue gracias al préstamo gratuito y desinteresado de la pagina web citada al principio.
Desde el cielo seguro que Roberto estará orgulloso de que sus lectores hagamos algo de lo que siempre presumió: usar las librerías para llevarse libros de otros. Bendito trasgresor.
P.D.2.- Lecturas aconsejables de Roberto Bolaño: ¡Todo!. Dos veces.
P.D.3.- Si buscan en Internet por Roberto Bolano, encontrarán al actor que interpreta al Chapulín Colorado. Usen la tilde. Es nuestra.

sábado, 4 de abril de 2009

!QUE LÁSTIMA DE FUNCIÓN!



--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- EMILIO Y LOS CARACOLES III.-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Calma chicha y barco a la deriva no son estrictamente términos contradictorios, son solo incompatibles.
Mientras en la primera la desesperación es absoluta y el transcurso del tiempo se mide como algo ominoso, tanto la ausencia de viento que condena el velero al colapso, como el descuento inexorable de las reservas limitadas con las que los navegantes contabilizan los días y las horas que pueden seguir esperando hasta que suceda el milagro. En las novelas de Salgari y en el cine americano, este no suele hacerse esperar, ya saben que al espectador la tragedia y la inacción le gustan solo como aderezo puntual y breve en las historias de aventuras, y así:

-! Capitán. El foque (amurado en el bauprés y sus botalones) comienza a moverse!
Y el capitán, que los había llevado hasta allí, y llevaba varias semanas recelando de las torvas miradas de la tropa, y de sus cuchillos, dice aquello de:
-Rapido. Izad la vela mayor y el trinquete y os sacaré de esta. ! Voto a Neptuno!- y..
-¡Timonel, quiero escuchar el canto de esas bisagras!- O algo parecido.

Para aquellos navegantes de secano, como yo, la navegación solo podía ser mental o literaria, hasta que a algún geniecillo perverso y pervertidor se le ocurrió la idea de subvertir y expandir el lenguaje, y permitirnos navegar por la Red, sin riesgo alguno de mareo o de naufragio, y llegar a confinar el concepto de calma chicha al lugar de la memoria donde guardamos los chistes poco afortunados -lo de chicha siempre sonó a chiste- y los peligros ficticios, inventados por los libros de aventuras que tanto daño hicieron al ingenioso.
Lo del barco a la deriva no es mas halagüeño, pero sin embargo permite un resquicio a la esperanza, ligado como el anterior a la bondad que se le atribuye a la madre naturaleza y que hace que el aire vuelva a moverse o a que las corrientes nos dirijan a un punto que, aunque no sea el destino proyectado de nuestro viaje, si al menos nos permita llegar vivos a un lugar mas o menos seguro, donde podamos replantarnos el “¿Hacia donde vamos?", si es que tenemos medianamente claro el ¿Quiénes somos? Por que de donde venimos ya está en los libros de historia, que como todo el mundo sabe, son infalibles y omniscientes.
Deriva: “Situación en la que se encuentra una embarcación o un objeto cualquiera que flota sin gobierno a merced del viento y las corrientes”. Es la definición que nos presta el Diccionario Náutico, al que yo otorgo todo el crédito del mundo, al menos en estos temas.
El símil ultimo, aparte de mas benevolente y entretenido, ya que al fin y al cabo el barco se mueve, como el planeta de Galileo, el nuestro, si bien el capitán, por muy escondido que esté en la sentina o por muy perfecto que sea su primoroso disfraz de odalisca facilona, corre un riesgo mucho, muchísimo mayor que en la situación inicial donde, una vez traspasadas las puertas sin retorno del Dante, aquello de “Voi che intrate, lasciate ogni speranza” ya no tiene sentido buscar culpable o pedir justicia. Solo necesita respuestas aquel que tiene preguntas, y en ciertas situaciones resultan absurdas y gratuitas las unas y las otras.
Aquí, en la versión optimista, a merced de las corrientes de superficie, situación previa a que la nao se transforme en pecio, el marinero busca la supervivencia suya, y la del resto, en cualquier signo, cualquier señal que aparezca en el horizonte, en el mas descabellado subterfugio del mas inútil de los miembros de la tripulación si es preciso, en la patata perdida entre las mondaduras - una patata = un dia de vida, según los supervivientes del exterminio- y en el recuerdo del guiso de caracoles aquel que fue la ultima comida caliente y placentera en el puerto.
Aquí hay vida todavía, y con ellas ganas de seguir y de buscar los errores, y las responsabilidades y la falta de previsión del armador si es que las hubo.

Y luego pasa lo que pasa, que los que aguantaron a bordo de “La Medusa”(15 de 150) fueron inmortalizados por Gericault en la foto que les hizo al ser rescatados, primero, y confortados después por la condena al capitán por negligencia y abandono de la tripulación. “Por el egoísmo de la oficialidad aristocrática, que llegaría hasta el extremo de convertirse en un símbolo de denuncia de la corrupción borbónica” según Wikipedia (Esto fue en Francia y en 1816, nada que ver con lo nuestro).

Pero estábamos hablando de caracoles y no tiene sentido que nos pongamos a reflexionar sobre hechos que sucedieron siglos atrás, allende fronteras, y en lo mas profundo de una historia donde no había lugar para Porsches Cayenne, Touranes , o para X5 full, que es lo que hay aquí y ahora. Fuera con las penas y las telarañas. “Las telarañas pa los burgaños”. (Son arácnidos, en mi tierra, nada que ver con los bígaros, y mucho menos con los búlgaros).

De la degustación, guarda y maridaje, del guiso de caracoles.-

He visto tantas y tan bellas imágenes de la gastronomía malacófila, que han sembrado en mi la duda- ¡otra más no, por favor!- de si cualquiera de esas presentaciones en papel cuché y de evidente y abundante retoque con el photoshop, no supondrían un resultado mas suculento que el mió, y he tenido que alejarla con decisión. Categóricamente no. Es absolutamente imposible que sean más guapos ni más sabrosos, ni tantos, como los míos.
Tan solo queda un resquicio para la posible mejora del plato, el perfeccionamiento que el transcurso del tiempo, unos días bastan, suele asignar a los guisos en general sobre todo a los de caza en particular. ¿Es esto caza? Ciertamente, caza ínfima que no llega a menor, pero nadie puede negar el origen cinegético ni la pertenencia al reino animal de los susodichos.
El tiempo ha confirmado la norma y la mejoría que, al principio parecía improbable, se ha consumado.
Por tanto, aconsejamos lo que ha sido bueno para nosotros y deseamos que lo sea para los demás.
Cuatro días después de su elaboración, guardados en la nevera, entre 5 y 7 grados, son separados en raciones individuales y calentados hasta un punto en el que resulte agradable al paladar, sin quemar los labios al succionar ni la lengua al intentar dejar seco el orificio de entrada a la casita do habitaban, o sea unos dos minutos al 4 en el microondas. Siendo aconsejable su extracción con el uso de palillos por pares, es decir de dos en dos palillos de los llamados higiénicos, mejor de los cilíndricos que son mas resistentes y si tienen dos puntas, una en cada extremo, muchísimo mejor, porque , dandoles la vuelta, se podrán usar dos veces sin perder tiempo en limpiarse y/o lavarse los dedos en cada manipulación fuera del plato, ya que este es un menester ciertamente pringoso, aunque muy satisfactorio. De este modo, con el punzón pareado salen siempre enteros, sin perdida de su parte terminal y oscura, mas contundente y sabrosa que el cartílago inicial e, incluso, pueden sujetarse al modo japonés y mezclarse con los restos de jamón que asoman en la salsa, antes de llevarlos a la boca. Allí no está por demás acompañarlos, o en todo caso ayudarlos con un tinto crianza, por lo menos, de la tierra donde uno more, que siempre es el mejor vino de todos, y prescindir del pan y su consiguiente uso como cuchara virtual rebaña salsas que, aparte de estar mal visto en una comida tan elegante, la tengo proscrita por mi cardiólogo, y ya digo que, lo que no quiero para mi, no lo quiero para los demás.
Aún me queda otra opción de cuyo resultado les mantendré conveniente informados. Para un pretérito no muy lejano, pero no tan cercano como para que llegue a aburrirme de ellos, cual es aprovechar la ultima mitad del ultimo tuper, que es donde está concentrado el guiso, para hacer un arroz con caracoles que suele ser ya el acabose, el culmen, de esta experiencia primaveral. Esta es la parte más sencilla de la aventura novelada. Se apartan ellos del resto del guiso que servirá como sofrito. A este se añade agua y punto de sal y cuando rompa a hervir: ¡Bomba! (el arroz), a los diez minutos incorporamos los caracoles y ponemos el fuego al mínimo otros diez. Reposar y comer. No se les ocurra ponerles azafrán o cualquier aditivo amarillento que impida disfrutar de los colores, la textura y los matices de sus conchas helicoidales.
Buen provecho y que Simone Ortega- que está en el cielo- me perdone la injerencia.

P.D. Lo del título y la comida echada a perder de la chica del principio, es solo por provocar, ya saben. Aunque si quieren relacionarlo con alguna situación mas cercana, trascendente y dolorosa, no pienso hacer nada para impedirlo.-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

miércoles, 1 de abril de 2009

EL DILEMA COTIDIANO.-




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Empalamiento, lapidamiento,
inmersión, crucifixión,
desuello, descuartizamiento,
todas son dignas de admiración
Pero dejadme, ay, que yo prefiera
la hoguera, la hoguera, la hoguera.

Javier Krahe

Ya se que nos acercamos a unos días en los que el deicidio prima. Y no precisamente en la mente del iconoclasta librepensador que era Don Pio (ya empezamos) si no en la sublime manifestación colectiva de la tortura y la muerte ajena, la ejecución de un ser humano con el pretexto de que así se ha hecho siempre, y con el otro mucho mas absurdo todavía de “está escrito en los libros sagrados”. Como si los libros sagrados, tablas de la ley aparte, no hayan sido escritos por manos pecadoras, y como si el siempre nos obligase a mantener las costumbres bárbaras de los tiempos de Atila y a negar cualquier esbozo de progreso, sobre todo si es beneficioso para la salud colectiva, la salud mental, si es que un colectivo puede llamar así al entorno moral que lo define. En resumen, la glorificación de los sacrificios humanos.
Conste que soy, o quiero serlo, respetuoso con las aficiones de los demás, pero se me sobrecoge la pelusa del ombligo cuando veo crecer y madurar a una generación bajo los estímulos del espectáculo de la crueldad, en público y hasta la muerte. De esta periódica apología de la injusta condena y de la pena capital, tan alejada del espíritu de la ciudadanía, de cualquier ciudadanía que estime merecer dicho nombre.
Y el que suceda en sentido figurado no cambia las cosas, toda muerte ajena es siempre en sentido figurado querido lector, y algunas ni siquiera eso. O acaso ¿Creerían ustedes si les dijera que los representantes sindicales, los agentes sociales hoy de congreso, han denunciado el hecho de que tres mil obreros solo el año pasado, han muerto en su viaje al tajo europeo desde su pais natal, bajo el epígrafe: “desaparecidos en el mar”? Harían mal en creerme. No lo han hecho. Son muertos en sentido figurado, no son obreros, no son personas, no han existido nunca. Todo es cuestión de fe, cuestión de intereses, cuestión de circo, y el espectáculo debe continuar. Disfrutemos pues con las tradiciones, ellas son las raíces, y como los hijos, son parte de nuestro árbol, y este es sagrado, es el árbol de la. vida.
Asi que, sigamos con los caracoles.

Cocción de los caracoles.-

Al tercer dia de reclusión, después de soportar temperaturas bajo cero, impropias de estas fechas, y de superar la congelación in situ, tan apreciada por nuestros buques bacaladeros, que así llaman ahora a los esquilmadores del pescado oceánico, que, con el pretexto de que este no es de nadie, bien mostrenco lo llama la jurisprudencia, pues eso no siembro, no labro, no abono, pero recojo el resultado de la cosecha, y así ha sido siempre, también,- pero esto tiene un hasta cuando-, y como no es justo, y como no tengo nada contra los pescadores, volvemos a los caracoles que, miren por donde, es mas de lo mismo, no vayan a creer que los he plantado y criado uno a uno y con esmero, es solo que el mundo es injusto, y no se por que.
Al tercer dia los encuentro que se han comido toda la harina, que esta ha desaparecido, salvo por sus restos en forma de hilillos blanquecinos que cuelgan de la parte trasera del caracol, que por cierto ha despreciado la ramita de romero, ni siquiera la ha tocado, y esto, ¡Ay, Ay!, introduce sin duda un nuevo sesgo en el proceso culinario. Veremos en que queda esto.
Curiosamente en ninguna receta, oral o escrita, se habla para nada de matar a las criaturitas, dicen cocer sin mas, y se sobrentiende la alevosía. Aparte del ya visto modelo Titanic, de ahogamiento colectivo, también citado en el primer capitulo, nos encontramos con artimañas a cual mas ingeniosa al objeto de que el caracol salga de su concha, y saque sus cuernecillos de marciano despistado, para pasar a la posteridad en su forma reptante que, entre otras cosas facilitará la tarea del helicófago poco avezado que, de esta manera perderá unos de los placeres añadidos a su degustación, cual es el sacarlos de su cubiculo con un palillo o alfiler ad hoc y sorber el liquido restante en el caparazón, a la vez que rechupetear el palillo y liberar los espacios interdentarios de los restos de la victima anterior. O sea que se pierden la mitad de la función, pero a pesar de ello se esfuerzan con trucos variados, con el objetivo mencionado y que suelen entretener al cocinero/a al objeto de “engañar” al caracol, es decir, hacerle creer que va a salir de paseo en la madrugada cuando en realidad van a….(no se desvíen del argumento, por favor, el humor negro y la ideología política deben quedar siempre fuera de la cocina según Fourquet, que no sé quien es) y para ello recurren a:

1) Ponerlos al sol.
2) O en agua templada .
3) Ofrecerles comida que les guste, las hay variadas según las distintas creencias de los distintos grupos étnicos.
4) Un poco de vinagre.
5) Especias afrodisíacas, creo que ya hablamos de ello, y/o
6) Decirles que el Atlético de Madrid ha sido campeón de liga.

Cualquier cosa que los “engañe” sirve para ello. Y una vez que han comenzado su lento caminar, se los coge y…en fin, no quiero insistir.
A continuación viene el siguiente capitulo, que es el mismo, la cocción propiamente dicha. Y la consiguiente y repetida disparidad en los criterios culinarios. Veamos:
El agua con sal o sin sal, mucha o poca, fría o caliente, de todas las manera, al parecer sirve. Sobre el tiempo de cocción no quiero insistir, entre cinco y treinta minutos, aunque si se dejan otros veinte minutos más tampoco pasa nada. Yo solo transcribo.
Una vez superada la degeneración térmica de los tejidos, escurridos ellos, y ajustado un cierto nivel de salinidad, se procede sin mas a mezclarlos con la salsa previamente elaborada y someterlos a un ultimo y breve hervor antes de dejarlos en reposo hasta que llegue la hora de su degustación.
Sobre la elaboración y elección de la salsa en cuestión no voy a insistir, porque no haría más que repetirme sobre la incongruente disparidad de elección entre los distintos chefs/efs ( la segunda es el femenino). En nuestro caso ha sido un sofrito de cebolla con puntitas de jamón, chorizo, una guindilla., pimienta y pizca de harina. El tiempo de hervido en olla tradicional fue de treinta minutos, y los chicos estos tienen un aspecto y un sabor excelente, aunque me reservo el retrogusto del postprandio para dar la ultima opinión. Por cierto, pertenecían en vida a la casta de caracoles pardos de huerta, del tamaño de una nuez pequeña y de consistencia tal que no pueden estallarse con la mano pero si con un pisotón mediano. También llamados “serranos” y de gran valor gastronómico si juzgamos por los precios de mercado, en mi Boqueria local, antes de la deflación.
Aquí la masacre, la matanza colectiva, el intento de genocidio, ha sido motivada exclusivamente por el placer del que esto suscribe. Podría hablarles de las tradiciones mediterráneas, del consumo responsable, de la autogestión de recursos renovables, y de otras razones que no dudo serán del agrado de muchos, y que sin duda los acompañaran todas las noches hasta la cama. Pero ya ven como son las cosas, para hacer una tortilla hay que romper los huevos, y ello supone yugular la vida futura de dos polluelos nonatos, y así hasta el infinito. No es cosa de hacer sangre, solo de entender que si no tenemos en cuenta para casi nada a los semejantes de nuestra propia especie, vidas incluidas, no es honesto ponerse a rasgar vestiduras por un plato de caracoles.



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