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miércoles, 29 de mayo de 2013

Breve apunte gastronómico. (En tres capítulos y medio).- 2


No hay para mi, perdiz que los iguale. (Los nabos, según Quevedo).-




No tuvimos que esperar, afortunadamente, a que preparasen la mesa desocupada pocos segundos antes. Y digo afortunadamente, porque veinte minutos después continuábamos esperando la puesta en marcha del ritual. Mantel, cubiertos, y carta.
El panorama visual  era tan extraordinario que hasta olvidamos el motivo de principal de nuestra visita. Las sombras de las nubes bailando en la superficie del lago, y la banda de patos desplazándose lentamente hacia el Sur, nos tuvo entretenidos dilucidando si eran empujados por la brisa o si los palmípedos, ellos, ayudaban y dirigían el trayecto con sus motorcitos subacuáticos. 

Llegó el platillo de aceitunas, y transcurrió tiempo suficiente para devorarlas sin esperar la bebida, un quinto de Cruzcampo que hace siglos no he visto sobre la mesa de un restaurante.
La carta tan inútil como la que he escrito a los magos los últimos cincuenta años – me dicen que son los padres, aunque mi sobrino insiste, bien informado, que no, que son el ayuntamiento- mientras  el resto de ausencias hacen rápidamente presencia, por contradictorio que parezca.

La perdiz en escabeche, especialidad de, solamente la tienen en temporada, y pone el camarero un gesto adusto cuando pregunto por la fecha de la temporada. Para ayudarnos en la elección, nos aclara que de pescados solo tiene trucha, del octeto que figura en la hoja correspondiente, y viendo la ensalada que acaba de servir en la mesa de al lado, dos hojas de lechuga coronadas por el contenido de una lata de atún que conserva todavía la forma geométrica de su continente, abreviamos la agonía del que ve rechazados sus deseos de modo sucesivo e inmisericorde, inquiriendo por sus existencias reales. Nos confiesa, de buen grado que lo único que tienen son huevos fritos con jamón  o guiso de venado, a elegir libremente por los comensales.

La verdad es que me hizo ilusión lo del guiso, y más de caza mayor. Tengo la certidumbre de que no hay dos guisos iguales, y probar las particularidades de cada artista ya merece correr el riesgo. 

Pasó otra media hora en la que solo pude observar la cabeza del camarero en una aparición fugaz tras el arco de entrada a la terraza, y no comprendí su significado, ni la tardanza. Quizás mostraba su decepción porque todavía no nos hubiésemos marchado, o quizás era una muestra de conmiseración y agradecimiento a quienes disfrutábamos de la cualidad humana que mantenía aquel lugar con vida, la paciencia.

Finalmente apareció el venado, casi frio, y semicubierto por una salsa anodina, si bien en cantidad suficiente para permitirme realizar una selección previa del, digamos 30% de los trozos de ciervo que aparentaban  ser más considerados con el comensal. 
Una vez deglutidos sin mucha fiesta por mi parte, me dediqué a explorar las piezas que había marginado antes, y observé la extraordinaria dureza, pétrea, de algunos fragmentos,  presuntos bocados que en parte parecían digeribles, y que en ciertas zonas, marcadas por una línea claramente nítida, se convertían en  piedras negras, absolutamente incomestibles.
Conste que uno es profano en los fogones, hasta cierto punto, pero también  habitual de la paranoica deducción sobre lo absurdo de las motivaciones que tienen nuestros políticos para seguir buscando infatigablemente un puesto en el infierno, soslayando el hecho de que lo tienen asegurado tiempo ha, y que las indulgencias, más o menos plenarias, de sus socios en la cosa, no les van a servir para nada. 

Deduciendo  una solución para aquel misterio, di en pensar que,  raciones aisladas de aquel guiso, elaborado sin duda meses o años atrás, en los tiempos inciertos de la temporada perdiguera, probablemente, fueron congelados con el suficiente desprecio y la inevitable impericia, para dejar unos trozos sumergidos en la salsa y otros sobrenadando, de modo que la parte expuesta a la oxidación y a la desecación forzada, había adoptado aquel aspecto de carbunco invasor en la carne del venado. 

No podía dar crédito a semejante torpeza.  Si hasta Walt, el trampero de “Doctor en Alaska” extraía del hielo mamuts enteros y aprovechaba su carne, congelada miles de años antes, para disfrutar del manjar durante todo un invierno, o dos.  No podía comprender como un restaurante cuya única herramienta culinaria era un microondas y una sartén, podía permitirse semejante desliz.

Las patatas a lo pobre, que ahora confunden con las panaderas en algunos sitios, completaron  el festín.
Gracias a ellas, y a que la comida no tiene otro valor que el de la costumbre, cuando  no queda otro remedio, di por buena la aventura.  

Ni postre ni café, si bien en  hora  avanzada  abandonamos el local, donde  la deducción no hizo falta para comprobar que el camarero, el jefe de sala, el cocinero y el señor que atendía la barra eran  una única persona. Comprensible el resultado. Y el televisor  que, encendido, coronaba el retablo barroco en el que oficiaba el buen hombre, mostraba unas imágenes fantasmagóricas, con unos colores, pocos, mezclados en manchas abstractas, como pidiendo un relevo a pantallas más jóvenes, y a la vez presumiendo de su categoría aristocrática, era, creo, un Trinitron.


 

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lunes, 27 de mayo de 2013

Breve apunte gastronómico. ( En tres capítulos y medio).-

1.- Entre la gutapercha y la baquelita.-

Ahí me encontraba yo. Teniendo que decidir cuál de las dos me gusta más, como en las coplas de Don Hilarión. Y todas las decisiones son difíciles, aunque alguna pretenda disimularlo.
Por aquello de los avatares, que no son los muñecos con que algunos firman sus chorradas minimalistas, y considerando al minimalismo como adjetivo peyorativo, que también lo es. En mi caso, las circunstancias, me hacen interrumpir el trayecto del sísifo de todos los días, que más propiamente sería la reencarnación de la divinidad del escarabajo pelotero haciendo rodar incansablemente su bola de fino estiércol hacia no se sabe dónde. 
Tampoco he tenido nunca claro si identificarme con el coleóptero, ahora en riesgo de exterminio, dado su valor como bocado sublime, para algunos, o reconocerme  en la bosta genuina, al fin al cabo reencarnado en uno de esos pequeños prodigios de la naturaleza, donde los ciclos de la materia y la energía ponen a cada uno en su sitio en tan solo una millonésima del tiempo que el universo lleva dándonos cuerda. Haced la cuenta vosotros.

Me pilla la parada en medio de los pueblos blancos, que vienen a ser algo así como el condado de Yoknapatawpha faulkeriano en versión sureña, que en la norteña, ya tenemos la Región de Juan Benet que tantas alegrías y dolor de estómago  - pena  nostálgica sobre tiempos desgraciados– nos ha proporcionado.

 
Al ser una comarca virtual, una entelequia que no viene en los mapas, quizás tan solo una leyenda urbana convertida en trampa para viajeros que todavía buscan, siguen buscando el paraíso, puedo con toda propiedad creerme en su centro, aunque realmente me encuentre más perdido que otra cosa.
No queremos creer a nuestro inglés adoptivo (1), el del cielo protector, cuando nos dice que los viajeros dejaron de existir cuando desaparecieron los porteadores en los aeropuertos, cuando nuestra media docena de baúles quedó reducida a la maletita “de cabina” o a la mochila postadolescente, donde el viajero ya no puede guardar lo más necesario para el camino, sus libros, su correspondencia… Ni quedan viajeros, ni paraísos, por más que el dominical pretenda convencernos, para vendernos, lo contrario.
Claro que peor fue lo que le hicieron, le hicimos, a Gerald Brenan(2), cuyos últimos días aquí,  e inmediatamente después los primeros de la eternidad suya, serían lo más parecido a los círculos que Dante relata en verso, solo que aquí fue prosaico y en cutre. Diría que en paz descanse, pero podría confundirse con sarcasmo. Dejémoslo así.

Era la hora del regocijo, la de buscar el lugar donde, la de la cervecita y la mesa dispuesta a hacer disfrutar del mediodía de un día primaveral cons su cielo, “nubes de evolución” según la mandanga verbal de los profetas televisivos, presagiaban un extraordinario espectáculo vespertino.
Y la ausencia de biblioteca portable, los libros de viaje de lectura previa imprescindible antes de enfrentarse uno a lo desconocido, al sorprendente y a veces peligroso mundo exterior al utilitario que conduce, queda compensada con cierta pretenciosa suficiencia por el navegador con conexión 3G que me indica  el mejor sitio para comer, según los foreros de Tripadvisor, el nº uno, de un total de un restaurante – no hay más-  está especializado en cocina creativa, de autor, y que, como todos los que figuran en lugar preeminente en sus listas goza del premio “Choices award” o algo así, que no dudo sus buenas perras les habrá costado a los autores creativos.
Es decir que las pistas, la orientación culinaria virtual, me resulta inservible y bajo del vehículo a buscar otras alternativas, escuchando a otro conductor apremiando a la familia a subir al coche:


-Daos prisa, que son casi las tres y tenemos que ver otros dos antes de las cinco.

 
Supongo que se refiere a otros dos pueblos, de los blancos, y confirmo la persistencia de salvajes, de salvajes de nuevo cuño en el condado de Yoknapatawpha.


Encuentro carteles indicadores en la dirección del recomendado para dummies, que insisten en que son especialistas en cocina mediterránea de fusión. Afortunadamente ya no me quedaba duda alguna que despejar y eché a andar por el lado bueno de la calle donde tú vives, donde luce el sol de tu presencia – esa es de Jay Lerner, perdonad – y voy mirando en los salones el porcentaje de ocupación y las vistas al exterior hasta que, voilá, encuentro una terraza con una situación prometedora, panorámica sobre el lago, totalmente abarrotada. Es la mía, me dije.
Y aquí un inciso, o dos.

 
Primero lo de la manía de llamar lago a los pantanos, las ganas de embaucar al respetable, confundiendo lago con lago artificial que es lo mismo que pantano. Claro que el adjetivo artificial no vende, y el pantano menos, así que, vale, vistas al lago.
La segunda es otra manía, de la que reconozco mi  adicción, la de considerar mejor el local que tiene más clientes en su interior. Mantra: si está  lleno por algo será.  Y esa duda positiva suele pasar por alto los criterios usados, o incluso la identidad de sus ocupantes. Si fuesen paisanos vale, seguro que ellos conocen como nadie el mejor lugar de su pueblo, pero los de pueblo rara vez comemos en un restaurante…  de nuestro pueblo. Estricta lógica hogareña.  Por tanto hay que considerar que esos extraños, guiris entre los que me integro, son absolutamente desconocedores de los méritos del local elegido y su abundancia puede deberse , con frecuencia, al hecho de que constituyan un grupo familiar, numeroso, en una celebración menor, o a alguna decena de victimas vendidas al ventero por un guía codicioso.
Sirve el apunte para romper la falsa norma. Donde hay más clientes, no siempre es el lugar más adecuado. 

Como se verá a continuación.
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miércoles, 22 de mayo de 2013

QUIZÁS LA VIDA SEA SOLO UNA GALLETA.-



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domingo, 19 de mayo de 2013

UN CALEIDOSCOPIO.- (DESENLACE).



             Y no es hasta la tercera vez que contemplo la proyección  de “2001”, en su formato original, es decir lo que ahora llamaríamos impropiamente en pantalla gigante, cuando encuentro la secuencia prodigiosa que me reafirma en el camino, en la certeza de haber encontrado las fuentes del Nilo. 
Es aquella larguísima, dura minutos, en la que, la visión que aprecia el viajero espacial, o la que cree observar  en su velocísimo desplazamiento entre las estrellas, donde Kubrick nos muestra los limites del universo, el desconocido, y que están obviamente dentro de una pupila humana. 


Un viaje interminable por las recovecos maravillosos encerrados en el iris, el que encierra todos los colores del arco y todas las imágenes bellas que cualquier mortal ansia a contemplar incansablemente. Quizás esa era la proyección que esperaba al anciano de Soylent Green, antes de convertirse en papilla verde, para alimento de sus congéneres. Quizás no sea un final tan terrible como para poner en marcha la furia apocalíptica de Charlton Heston y estropearnos la historia. 

En cierto modo, la Odisea en el espacio de Kubrick estaba respondiendo a mi pregunta, y esos minutos en forma de clip musical, los he vuelto a contemplar, decenas de veces, intentado reconstruir la escena vislumbrada desde el castillo donde me tienen, nos tienen, encerrados. Realmente es bastante parecido, y resulta balsámico para el espíritu en los momentos de desesperación en que crees no poder desplazar la piedra ni un solo centímetro más. No es la panacea, pero al menos te hace sentir reconfortado por algo parecido a lo que buscas.


Pero no ha sido hasta comentar mis cuitas, los dos primeros actos de este enigmático drama, a alguien, De la Boetie quizás, que perdió la visión en un intento propio de un semidios, el atrapar el rayo verde durante todas las puestas de sol en el que el astro estuvo presente, y sobre el horizonte de su tierra natal. 
El amigo ciego que sonríe ante mis desvelos, y deja que termine la exposición con los motivos de mi desesperación. Si no lo conociese desde hace tanto, desde los tiempos en que ambos aunábamos nuestras miradas para apreciar detalles que un par de ojos no podrían jamás llegar a percibir, si no supiese que es real y no un personaje extraído de esos lugares donde creemos se atesora la sabiduría milenaria, sean conventos de cartujos o templos tibetanos, ignorando que esta está bastante mas cerca, más al alcance de cada uno, aunque el atraparla resulte tan difícil como recuperar la imagen perdida, o quizás simplemente soñada, como la de Segismundo.

El invidente, solo hacia fuera de sus gafas oscuras, me vuelve a sonreír, y me lo espeta, aunque sea a modo de amable sugerencia.

-          Tu lo que necesitas es un caleidoscopio.

Un caleidoscopio (del griego kalós bella éidos imagen scopéo observar) es un tubo que contiene tres espejos, que forman un prisma triangular con su parte reflectante hacia el interior, al extremo de los cuales se encuentran dos láminas traslúcidas entre las cuales hay varios objetos de colores y formas diferentes, cuyas imágenes se ven multiplicadas simétricamente al ir girando el tubo mientras se mira por el extremo opuesto. Dichos espejos pueden estar dispuestos a distintos ángulos. A 45º de cada uno se generan ocho imágenes duplicadas. A 60º se observan seis duplicados y a 90º cuatro.

Y ante mi silencio, que sin duda interpreta como muestra de placentero asombro, y con toda propiedad era lo que estaba sintiendo, añade.
 

-          Mejor dos. Son similares pero siempre diferentes. Y no lo tienes fácil, aunque creo que antes de que deba regalarte uno de mis bastones, debes intentarlo.

Y aquí me tenéis.






 

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viernes, 17 de mayo de 2013

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (27).


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miércoles, 15 de mayo de 2013

SORBETE QUE SE SIRVE ENTRE DOS PLATOS PRINCIPALES.-(ESTE ES DE ERLICH).-


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lunes, 13 de mayo de 2013

UN CALEIDOSCOPIO.- (NUDO).






Y es precisamente esa imagen, ese paisaje enmarcado en el portal de John Ford, en el que vemos alejarse al tío Ethan, o en el rostro inmaculado de aquella joven cuya sonrisa te hizo soñar con el horizonte que presumiste existía oculto tras los árboles, intuido al fondo del valle que se iniciaba tras las rocas que cerraban el sueño.
Es esa diapositiva, a la que ya no puedes despojar de sus manchas, partículas de polvo, o de la degradación de sus colores originales, sin correr el riesgo de que se pierda para siempre, de que su ropaje impresionista vaya acentuándose hasta limitarse a representar tonos ocres y azulados tras la niebla, un Turner inacabado en un viaje de vuelta hacia el lugar de la pared en que ahora las sombras parecen mas estáticas, más siniestras y fantasmagóricas que nunca.

El moderno protagonista de esta vida soñada, tiene la libertad de elegir. A pesar del delito cometido contra vosotros naciendo, los dioses son magnánimos, en caso contrario no lo serían –dioses-, y permiten a Segismundo que, desde su torre para unos, cueva para otros, decidan si continuar con la contemplación de la vida falsa y ajena proyectada en la pantalla de su salón, o bien intentar asomarse una vez más a la ventana, intentar recuperar, o recomponer el juego de luces y sombras, de figuras y colores en los que una vez basó su afán.  

El libre albedrío según Calderón, la incapacidad humana para discernir entre apariencia y realidad según Platón, nada nuevo aparentemente. Pero si continuamos vivos es porque seguimos empujando la piedra cuesta arriba, y la esperanza de seguir haciéndolo, de poder hacerlo, es la que nos sugiere continuamente ideas para intentar una escapatoria, seguir creyendo que podremos conseguirla, y poder conjurar la evanescencia con que nuestra memoria ha guardado aquella imagen nítida de entonces y que ahora solo parece un fantasma pixelado de difícil reconstrucción.
Aceptamos, que nuestros ojos no son los mismos de entonces y que difícilmente lo será el panorama perdido, el Shangri-La de nuestras fantasías adolescentes;  pero no nos rendimos, como no lo hace el Sísifo de Camus, ni nadie que pretenda seguir vivo. Y si bien las fuerzas, el deposito de combustible ya no está lleno,  no podemos pretender tampoco subirnos en el tren de largo recorrido – Long train runnin, me encanta la canción de The Doobie Brothers - tampoco cerraremos el mapa.
Supongo que las soluciones no figuran en manual alguno. Y que probablemente no exista una guía de supervivencia para estúpidos, "Survival for dummies", por lo que será valido e impagable cualquier intento individual al respecto. 

Aquí como en gran parte de las circunstancias vitales, no sirven las soluciones colectivas, al fin y al cabo el trabajo, las necesidades fisiologicas y afectivas, y la lucha cotidiana contra el piélago de calamidades, son absolutamente intransferibles, por más que Segismundo, Sísifo, o el mismísimo príncipe de Dinamarca pretendan arrogarse la exclusiva y que la generalicemos con sus nombres.
Afortunadamente, y no por desgracia, las penas son de los hombres, las vaquitas son ajenas, como bien cantaba Yupanqui.
Y como no me rindo, repito para intentar convencerme de ello, llevo tiempo buscando una solución, a mi alcance, para este tremendo problema.


 Comencé, intentando seleccionar ciertas secuencias, extraídas  de la cinemateca universal en las que pude imaginar el intento del autor de encontrar el talismán que yo buscaba, la piedra filosofal que podía convertir la proyección de una película sobre una pantalla rectangular en la imagen perseguida por tantos. Ya en Soylent Green  - traducida como “Hasta que el destino nos alcance”, demostrando que no solo nos alienamos con las imágenes, también con las palabras - vemos a Edward G. Robinson entrar en la sala donde pasaría sus últimos minutos contemplando el paisaje ante el que desaparecen todos los temores, y el suyo, el de su final, era absoluto. Pero no nos permiten entrar con él, y solo intuimos que existe el santo grial que andamos persiguiendo y que su búsqueda es, en cierto modo, si no universal, al menos compartida. 

 


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martes, 7 de mayo de 2013

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (26).


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sábado, 4 de mayo de 2013

UN CALEIDOSCOPIO.- (PRESENTACIÓN).






A veces la desesperación te conduce por caminos desconocidos por los cuales tú, ni probablemente nadie, habría osado deambular. Y no es que vayas buscando el peligro, que desees abreviar tu inminente final- todos lo son, justo un ratito antes- o que no te importe el daño que puedas sufrir en un agujero tan negro como proceloso, a priori, no.
Realmente buscas una salida, una rendija por la que poder escapar del peso insoportable que te aplasta contra el suelo. Esfuerzo que afrontas pacientemente durante años, como el buen-mal Sísifo (1), que todos llevamos dentro – casi todos, no hay que exagerar tampoco- y que ante la primera muestra de decadencia física, inevitable entre los mortales, te hace pensar que cualquier día la roca que empujas hacia la montaña va a caer sobre ti, laminándote contra la pendiente de duro asfalto sobre la que la has empujado toda tu vida. 


 

No solo es el temor a perderla, la vida, o el que las secuelas del cataclismo mutilen tus brazos  y quedes reducido al personaje de Ray, el padre bengalí que atraviesa trágicamente el rubicón que separa al hombre que sostiene una familia con su trabajo, de aquel que tiene que ser sostenido por ella, algo imposible cuando la pobreza es real, no como en la, hasta ahora, impostada del primer mundo.
Un Sísifo sin miembros superiores cuya única opción razonable, la única salida para los seres queridos, es la desaparición del otrora proveedor de alimento. En la película de Ray, Satyajit Ray, el protagonista se introduce mansamente en el Ganges, como Alfonsina Stormi en el mar, a sabiendas de que el destino ha puesto las cartas boca arriba, y estas son ineluctables.
Pero curiosamente, tampoco es el final, la mayor pena del que se encuentra en la encrucijada donde el riesgo fatal es algo más que una ostentosa premonición, el autentico final es la constatación de que todo el esfuerzo de su vida, su vida misma, queda incompleta al no poder continuar con su trabajo, con el cotidiano arrimar el hombro al enorme pedrusco y guiarlo cuesta arriba un día tras otro. Es alumbrar la consciencia de que la vida ha sido exclusivamente la posibilidad hecha realidad a través de ese magnifico esfuerzo y de que el momento en que se aparte para dejar caer la piedra, evitando lastimarse, solo habrá sido la fecha en que el reloj se ha parado para él. Indemne pero inerme.

Forzosamente vuelve la imagen de las sombras proyectadas en el fondo de la cueva, la realidad censurada que, nos obliga a sumergirnos en ella y sin embargo se muestra esquiva cuando queremos tocarla. Nos impide atrapar aquello que nos ofrece, y nos demuestra que el tacto es un sentido tan ilusorio como la vista.
Y si por fortuna, las cadenas consienten en que nos asomemos a la entrada, que vislumbremos la imagen fija del pequeño fragmento del mundo real que queda a nuestro alcance, el tiempo, aliado inmisericorde de los dioses, nos demostrará enseguida que la próxima ocasión en que podamos mirar aquello que el sol convierte en sombras chinescas, o en la pantalla de plasma, solo dejará en evidencia la impostura de una singladura con el mas terrible de los destinos, el azaroso puerto del paraíso, aquel que solo existe en nuestra imaginación.

Hasta esa posibilidad remota de que nuestra mirada vuelva a contemplar la maravilla intangible, la felicidad soñada, queda rápidamente yugulada por el amo del reloj, el que nos hace ver que lo que ves ahora ya no es lo que viste antes, que quizás solo haya sido un sueño aquello que recuerdas con fruición, los restos del mástil a los que te sujetas desesperadamente, a sabiendas de que ni tan siquiera este es de madera fetén, tan solo una pieza de plástico y aluminio que en cualquier momento se entregará dócilmente al fondo marino, haciéndote ver lo insignificante de tus pretensiones, eso que tu entiendes como supervivencia.

 




(1).- Aniversario de la marcha de Albert Camus. Quién tenía perfectamente conjurada la maldición/bendición de la piedra eterna, no contaba en absoluto con la presencia del arbol.

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