viernes, 31 de diciembre de 2021

ALGO ASÍ PARA TODOS.-

 


Antes eran los pioneros del Gran Timonel, utilizados como propaganda. Hoy, una bonita estampa con la que felicitar el año que asoma sin más temores que aquellos que dejamos atrás.-

Procede de la cubierta de una cinta cassette. Grabación pirata de algún artista dispensable. Mira por donde eligieron bien la carátula.

Los Hmbres G fusilaron un excelente poster de cine clásico para darnos otra expectativa sobre el año este de tantos doses y algún cero.



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martes, 9 de noviembre de 2021

Madrid gourmet.- Otoño 2021.


                        


El pueblo de todos los pueblos, la capital, no es más que una tira reactiva que comparada con el patrón de colores del frasco que todos llevamos dentro, nos confirma que lo subjetivo de nuestra impresión sobre costumbres y gentes, en un momento determinado, no resulta al final tan subjetivo ni dependiente del cristal con que miramos a nuestro alrededor. Tan solo darnos una vuelta por la capital nos constatará que esto es lo que hay.


                    

Los programas de inicio de temporada museistica, o musical, nos siguen dejando bastante distanciados respecto a otras capitales del sur de Europa. No hay ninguna exposición en perspectiva que justifique un viaje desde la España desolada y abandonada, llamada vacia para endulzar, aunque sus tesoros en los fondos permanentes de los dos museos punteros, invitan imperativamente a volver de modo recurrente a ellos. Me encontré fotografiando alguna obra alemana de cuando lo de Weimar, y sospechando mi estupidez, la de hacerlo por tercera o cuarta vez, en el Thyssen. Cosa que comprobé al pasar las imágenes al disco duro y observar idénticos archivos y sus fechas de registro, el 19 y el 17. Y lo peor no es repetir el gesto de macaco voluptuoso, hacerlo de manera ilimitada, no. Sin duda lo peor es la falta de contención y la seguridad de que volveré a hacerlo en la próxima visita. Ya lo estoy deseando. Otto Dix, Grosz, Nolde, Schad y otros expresionistas y objetivistas “degenerados ellos”. pueden ir preparándome el escenario. Y al lado tenían en esta ocasión un paisaje urbano de Schiele que exigía toda la pared, el paño, para él. No son los paisajes la especialidad de Egon Schiele, pero se agradece. Igual ocurrió con el Tio Paquete de Goya, ese retrato negro y minimalista que se queda grabado entre los rostros de amigos que hay que volver a visitar para que el tiempo no borre las pisadas sobre la hierba que marcan el camino.


                     

Mal el Prado esta vez, maltrato a sus dueños y visitantes, que somos nosotros, los del pueblo más o menos lejano. Horarios y normas escritas que cambian al verbalizarse por cuidadores y taquilleras y que dejan compungido el bolsillo y la paciencia de quien hace cola durante horas por volver, volver, a verlo otra vez.

Al menos divertida, por sus efectos colaterales, resultó la visita al Centro Centro, nombre tan idiota como el de “Museo Nacional Centro de Arte” del Reina Sofia, la redundancia de llamar centro de arte a un museo, dice mucho de sus pretensiones, y la del de los bajos del palacio municipal de Cibeles, ya lo anuncia Centro Centro. Allí está el objeto, presunto, de mi viaje, la exposición “Japón una historia de amor y guerra” o “El mundo flotante de ukiyo-e” para los eruditos en las estampas japonesas. Ya, en esa dualidad del título encontramos el eco de las películas que atesoramos en la memoria con el nombre cambiado por motivos comerciales , o quizás paternalistas. No supimos que “El crepúsculo de los dioses” se llamaba en realidad “Sunset Boulevard” hasta que aprendimos a leer el cine, y también el arte, y a comprender que ukiyo-e como los artistas japoneses de entonces no necesitan envoltorios semejantes.

Las estampas tienen siempre la llave de la nostalgia, de una infancia donde los santos y las imágenes religiosas quedaron grabadas en ese formato coloreado y apaisado que incluso llenaría algún álbum de cromos de la época aquella en que no llegué a salirme del seminario porque nunca estuve dentro, era absolutamente innecesario, toda España era un seminario. Ahora encuentro alguna de aquellas imágenes en los museos, en el Thyssen, en el Prado, en el Louvre, y comprendo la fuente de inspiración, el corta y pega de los hacedores de cromos, sin necesidad de citar al autor original y a veces ni de cambiar el título de la pintura.

                              


Estas japonesas, admiradas y coleccionadas por Van Gogh entre otros muchos, son absolutamente hipnóticas y subyugantes, te hacen quedar extasiado en cualquier paisaje donde el único inmóvil es el espectador, incapaz de separar la mirada de sus cielos, de su vegetación, su montaña sagrada y su agua, siempre su agua. Son estos grabados coloreados, apaisados y monotemáticos, Hiroshige y Hokusai, los que atraen mi atención, aunque sean los retratos de cortesanas y escenas galantes los que hayan trascendido como cima del arte japonés, Utamaro maestro, y sus viñetas pornográficas que en todos los museos son denominadas eróticas por vaya usted a saber. Quizás por la misma razón que se cambiaba el título a las películas, arte shunga lo llaman en Japón. Comprendes que el manga y el cine de animación japonés, Ghibli frente a Hollywood, han tenido sus orígenes en este arte de la acuarela y el grabado mitad minucioso, mitad expresionista, y que son deudores al fin de un país, de una cultura y de un espíritu quizás, remoto y puede que inaccesible para nosotros.

La expo bastante limitada, a pesar de las tropecientas láminas y los muñecos de guardarropía teatral de todo a cien, que simulaban ser armaduras o caretas de samuráis y demás . El fondo de la exposición, alquilado a coleccionistas italianos, queda así hinchado suficientemente para justificar el cobro de la entrada en en un lugar municipal y antes de acceso gratuito.


                     


Aquí, en la taquilla comienza la parte más interesante, por involuntaria e inesperada de la exposición.

Según me explica la amable taquillera, la limitación de aforo, obliga a espaciar el acceso, y el próximo disponible implica una demora de treinta minutos.

-Pero no espere usted en la cola, heladora , dese un paseo por la parte soleada de la Castellana-

No solo agradecí su consejo, también el que existieran personas generosas cuidadoras del bienestar ajeno, aunque sea en algo solo aparentemente intrascendente como el hecho de estar al sol o a la sombra. (Véase “Milagro en Milan” Vittorio De Sica 1951).

                 

Cruzo la avenida y observo que, los peatones no respetan los semáforos, hasta que comprendo que la capital tiene otros hábitos, exóticos para los pueblerinos. Docenas de vehículos policiales atravesados y numerosos policías de uniforme negro y dotados de chalecos protectores , me ocultan lo que está detrás de ellos. Una manifestación en la hora del mediodía de un sábado otoñal que , evidentemente, tiene autorización para suspender el trafico rodado desde Neptuno hasta sabe dios donde. Un espectáculo, nada habitual para mis ojos que me hace acercarme y disfrutar, con la intención de solidarizarme con su motivación, cualquiera que sea esta.

La primera imagen que me desubica en el planteamiento es la composición de los manifestantes, las, son exclusivamente chicas, niñas según me voy aproximando, y sus pancartas me parecen tan incomprensibles como espeluznantes. Piden, la abolición de la prostitución y el anatema a los puteros, en las de mayor tamaño. Cosa que el presidente de gobierno ya había planteado un par de días antes en el parlamento, con la exigencia sin respuesta de alguna interpelación: ”Concrete Ud., por favor”.

Resulta fácil el exigir abolir, derogar, demoler la estación del tren, como cantaban Los Saicos, precursores del punk, en su mejor canción. Loable la intención de esas, y de casi todas las pancartas que iban detrás. Chicas venidas de bastante lejos que, educadamente, demasiado quizás, y sospechosamente coincidentes con las de su, mal llamado, ministerio de igualdad., a la vez que pedían la dimisión de su ministra. No consigo ubicar la directriz principal, el origen de la convocatoria ni la intención de la movida. Al no ver las banderas del sindicato, me pierdo. No obstante lo bien intencionado del mensaje, pienso que insiste en frivolizar de tantas formas y maneras en que la mujer es injustamente vejada y, también, en reducir las manifestaciones, sin adoquines en las manos, y bajo protección policial, a la nada. Otra herramienta democrática perdida. 

Me hizo pensar en la ausencia de chicos entre las manifestantes y en la inexistencia de motivaciones que les muevan a ellos a la protesta, a esta y a cualquier otra para las que encuentro cien razones. Por cierto que en la sala principal del museo estaban un par de chaperos anunciando su articulo, en exclusiva también para señores, y totalmente ignorados, invisibles en medio de lo políticamente correcto. Lástima que las manifestantes no los tuviesen a tiro.

                             


Y en todo caso, excursión que supuso un estupendo aperitivo para sumergirme en el ukiyo-e y su mundo flotante, y es que esto de flotar en medio de la meseta, de la estepa castellana, polvo sudor y hierro.... queda bastante a trasmano.

Pero el mundo y el tiempo que nos ha tocado es este. Por más que nos sorprendamos de lo absurdo e irracional de esto y aquello, tenemos que seguir adelante como el Cid, y dada la hora, buscar un mesón que no esté cerrado a piedra y lodo como en el poema, donde comer en el centro de Madrid un sábado a la hora en que miles de turistas colapsan los locales del barrio de las letras. Compruebo que el de la esquina aquella de otras veces está cerrado y pido ayuda a Google. Me indica otro cercano con puntuaciones de 4,8/5, es decir extraordinario, como son los comentarios que insisten en su cocina casera y tal. El que estuviese prácticamente vacío debió servirme de aviso evidente, de vade retro que no escuché por eso que llaman hambre y por la supuesta dificultad de encontrar otro disponible en una calle larga y cuesta arriba. Siempre están cuesta arriba cuando necesitas algo y cuesta abajo a la vuelta, cuando te resulta indiferente.

Me insiste la mesera en las ventajas de los platos de la abuela, y en el menú de plato único, además a un precio ridículo, según la pizarra apoyada en el quicio de la puerta, como en el tango aquel. Me siento, con lo cual asiento, en su acepción verbal, y me someto a los criterios de los usuarios de Google, segundo aviso que debía haber escuchado, sobre todo porque soy un inveterado colaborador de esos comentarios, y me conozco. En fin.

Un guiso corriente en textura y sabor, pardinas ellas, acompañadas de trozos de zanahoria, al dente, y unos cuadrados de patatas a los que le faltaban al menos cinco o diez minutos de cocción. Supuse que eso del plato del día, obligaba a la cocinera, bastante mona ella al asomar por el torno, a demorar el punto final de cocción para que estuviese aceptable para los últimos comensales, pero que a los madrugadores, como era mi caso, los obligaba a masticar con fruición unas patatitas que debían haberse deshecho entre la legua y el paladar con el menor esfuerzo. La mesera, amable y maternal, por la marca de la cocina casera, y quizás porque me vio solitario e ignorante del mundo gastronómico, me ayudó a sobrellevar el rato con comentarios laudatorios sobre sus ancestras en la cocina y, lo único sorprendentemente positivo, el café que me puso, estaba estupendo. Un café solo americano, esa es otra, de marca, que me reconcilió con las cafeteras madrileñas.

La factura me hizo ver que por ese precio habría dispuesto de comida con dos platos, postres y bebida, cosas que no dispuse, en cualquiera de los diez o quince restaurantes que festonean esa calle con nombre de escritor del siglo de oro. Al final me sirvió para cuestionar seriamente las puntuaciones de Google y, sobre todo, mi credulidad.

Aunque es de comidas de lo que quería escribir y estoy en el preámbulo, me temo.



(El Tio Paquete)

Ya he contado que los guisos de callos y resto de casquería han desaparecido de la capital, salvo que estés dispuesto a viajar, reservar, y someterte al dictado de críticos gastrónomos que afirman diferenciar los guisos de bote de los de caldero. Por cierto que, acaban de cerrar el templo de las gallinejas y entresijos de la calle Embajadores, y es que llevaban tiempo provocando a la parroquia con el famoso lecho de patas panaderas primero, sencillamente fritas después, que ocultaban la escasez del producto que ibas a disfrutar. Después culparán a la pandemia aquellos que desde antes estaban en el punto de no retorno. RIP.

Ahora me escandalizo cuando compruebo que los buñuelos de este año, en casi todos lados, no han visto la sartén. Son bolitas de masa que crecen en el horno y gozan de un exterior pardo amarillento que no tiene nada que ver con la jugosidad y el brillo del aceite de oliva. Para colmo los venden rellenos de sabores y colores totalmente alejados del único y tradicional.

Aquí hay que dar un giro a la fortuna y justicia a quien la merece. Los que hizo este año la panadería de mi barrio en Ronda, magistrales, y los que comimos como postre obsequio en “Las Aguzaderas” cerca de Valdepeñas, inolvidables. Buñuelos de viento auténticos, rellenos de.... viento. Enormes y sabrosos gracias a su masa ligera y discretamente especiada y a algo imprescindible, la sartén. Lo único negativo fue la vergüenza que pasé al aparcar y salir del restaurante en medio de porsches, jaguares y enormes mercedes. Mirando de reojo al entrar y salir del vehículo propio hasta asegurar el anonimato. Menos mal que el aparcacoches estaba ausente a esa hora tardía y pudimos pasar discretamente el control. Hay tanto rico nuevo que atenúa mi envidia el hecho de que no viajaban, aparentemente, con chófer que, como dice Fernán Gómez, es el único estatus de inicio de grandeza. El resto es un quiero y no puedo. Como el cartel que tienen sobre la puerta exterior: ”Aquí no tenemos menú”.

Otras experiencias culinarias han sido de mucho agradecimiento, de hecho casi todas. Con la inmensa suerte de poder comer en terraza en muchos casos y de hacerlo sin reserva previa, algo que par un conspicuo itinerante no deja de ser un engorro.

Muy recomendable el Terramundi, o algo así, en el inicio de la calle de las lentejas, donde gracias a la hora tardía, apenas tuvimos que esperar para conseguir mesa y donde la cocina gallega y los extras opcionales al menú, nos hicieron disfrutar de la merienda. Hasta el vino estaba bueno, y las filloas rellenas de queso de tetilla adictivas. Volver, volver. En el recuerdo.

El titular de la foto inicial es punto y aparte. Tenía una deuda con él desde hace tiempo. Quizás el penúltimo restaurante superviviente de aquellos de barrio que poblaban calles más céntricas hasta no hace tanto, lugares donde comíamos los que no podíamos hacerlo en casa, por la distancia o el trabajo, y donde pillabas el asiento caliente del anterior comensal. Aunque entonces no tenia escrito menú alguno y te ofrecían lo de siempre, o lo que iba quedando cuando tu llegabas, sin que faltase nunca el pescado fresco, la carne modesta o incluso la media cabeza de cordero rebozada, otra exquisitez perdida

Los hermanos siguen siéndolo, pero presumo que son nietos también de los hermanos originales.

La atención exquisita e inesperada en un local que no tenga estrellas michelín, El vino con gaseosa consistente en una botella de tinto de Mentrida, y otra de Casera, que abren para ti y la dejan a tu disposición, sin la incomodidad del espia a tus espaldas, poniendo en tu vaso un dedo de vino cada vez que lo bebes.

Todos los clientes, absolutamente, nos saludaban al entrar y al salir con el “Buen provecho” de cortesía, hasta un ciego de mi quinta y aspecto que daba gusto verlo comer, pagar, y marcharse sin necesitar el bastón blanco para desplazarse en su medio de olor y sabor.

La comida estupenda y generosa, la propuesta de repetir plato antes de retirarlo y la invitación que acepté del aguardiente de hierbas tras el postre, aunque me quedó la sensación de que estaba abusando de ellos. El arroz con leche era el mejor que he comido en años.

Este lugar es ya una leyenda, reconozco que estaba necesitado de comprobar que todavía quedan sitios así, y aprovechando que la mejor ferretería de la zona me había llevado a su cercanía, sucumbir a la tentación. Apartar los prejuicios sobre el portal o el cartel resultó fácil.

Puntuación 4,9/5, en Google, baremo que solo resulta útil y creible cuando la la cifra negativa del suspenso categórico te obliga certeramente a buscar otro sitio, pero los 716 comentarios, sin incluir todavía el mio, indican sobre todo lo improbable de que los donantes de calificación extraordinaria sean los amigos y parientes de la empresa. Nadie tiene tantos, aunque ese es un truco, timo, muy bajo y frecuente que desprestigia a los que te aconsejan alojamientos y merenderos. Allá ellos y sus creyentes.




Fue algo así como cuando en el cine sientes que estas dentro de la película, que no eres un mero espectador pasivo, y lo cierto es que aquí vuelvo a confundir realidad y ficción. La mejor película, o al menos la que más me he impactado de las que he visto durante el encierro, es la historia de cuatro amigos que se encuentran habitualmente en una modesta trattoria romana. Allí pugnan con el camarero para conseguir que la media ración sea siempre lo más grande posible ante el sarcasmo de este, que no entiende por qué nadie pide raciones completas que sean pequeñas. También suelen pedir uno de los platos más económicos, del que no pueden prescindir ni presumir, aunque si compartir. Volveré a verla para averiguar la consistencia de aquel bocado, que el subtitulado no llega a traducir, aunque sospecho que en casquería no nos ganan italianos ni portugueses. Estamos a la par.


C´eravamo tanto amati (Nos habíamos amado tanto) Ettore Scola 1974, con Nino Manfredi, Vittorio Gassman, Stefania Sandrelli, Aldo Fabrizi, Stefano Satta ...

Me reconcilió con el cine y me hizo añorar lugares como el que estoy glosando. Me atrevo a aconsejar cualquiera de los dos escenarios, a sabiendas de que lo de consejos doy que para mi no tengo quede convertido en un aforismo absolutamente mendaz.

https://www.theguardian.com/film/2011/dec/11/daniel-auteuil-film-changed-life

Dice Daniel Auteil que fue el film que cambió su vida.


                                 


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martes, 12 de octubre de 2021

MANUAL DE USO CULTURAL Nº 43.- Stefan Zweig

 

                                          



Hoy, más que nunca, el lector impenitente debe ser cuidadoso con la carnaza que cuelga del anzuelo que cimbrea ante sus ojos. Disponer de la biblioteca universal al alcance de un par de clics solo puede conducir al hastío del bibliofobo, al deleite de engullir una buena presa, o simplemente a la locura.

Lee uno Madame Bovary y descubre el placer de la lectura, la adicción al autor, y la necesidad de continuar en su caladero. Así, vuelve a maravillarse con Salambo, y a recapacitar sobre la paupérrima historia de los manuales escolares que obviaron Cartago quizás por ser unicamente una de las lunas del sol de aquella época, Roma. Curiosamente, algún tiempo después, historiadores que han intentado escribir sobre Cartago, no han encontrado mejor documentación que la que plasmase Flaubert, el novelista, en su Salambo.

Constatas que la historia está fijada con alfileres sobre media docena de nombres propios, cuyo merecido brillo ensombrece a centenares de astros, de personajes imprescindibles para cualquier interesado en la historia de la humanidad. Y ahí, en esa estantería de la literatura histórica, emerge la figura de Stefan Zweig, de quien se ha dicho que fuera el biógrafo de cabecera de muchos de esos astros en la sombra. Nos descubre que la biografia, ajustada a una documentación exhaustiva y a la verosimilitud del relato, puede y debe enriquecer el conocimiento del lector más allá de fechas y hechos atribuidos al personaje, y lo hace novelando en cierto modo, episodios de la historia universal velados, inexplicablemente, en los manuales de cultura general.

Así sus monografias, indudables obras maestras sobre: Fouché, Montaigne, Maria Antonieta, Erasmo, Maria Estuardo, junto a otra docena de figuras ilustres, resultan imprescindibles. Sin conocer a Fouché, no podremos entender la revolución francesa, ni la figura de Napoleón o la historia de Francia Sin el relato sobre Bizancio, incluido en “Momentos estelares de la humanidad”, seriamos absolutos ignorantes sobre el fin de un imperio y el advenimiento de otro que perdura todavía. La póstuma “El mundo de ayer”, donde recorre Europa en su siglo más convulso y reciente, hasta los últimos días de su vida, cuando la caída de Singapur ante los japoneses y el despertar del fascismo en el Brasil donde se había refugiado, lo convencieron de que no existía futuro para aquel que era judío en Alemania, y alemán en Inglaterra o Estados Unidos. Un genio apátrida y errante en un mundo cruel que le invitaba a seguir los pasos autodestructivos de Kleist, y de sus amigos: Walter Benjamin, Freud, Joseph Roth, entre otros.

Curiosamente las biografiás son solamente el señuelo, el primer y excelente bocado de la literatura de Zweig, publicada esmeradamente por editorial Acantilado, Siendo además autor teatral de éxito hasta la anexión de Austria por el Reich, poeta y, sobre todo, novelista, cuyas historias darán lugar a películas extraordinarias, Amok, Carta de una desconocida, o 24 horas en la vida de una mujer. Destacando siempre el conocimiento de la psicología femenina a unos niveles excepcionales.

A pesar del brillo de su obra, y de su intemporalidad, su figura ha queda ofuscada por los excesos y la tragedia de la época que le tocó vivir. Su Viena natal e imperial, y sus años de fulgor literario en Salzburgo, en su villa de la colina de Kapuzinerberg, desde donde pudo contemplar la cima que luego se convertiría en “El nido del águila”, la que Martín Bormann regalase a Hitler, sin sospechar que comenzaba una desgraciada huida sin rumbo, hasta el final de su exilio durante una siesta en Petropolis, Brasil, a la que sigo comparando, por resultarme igual de artificiosa, con la Metropolis de Superman, donde Clark Kent trabajaba como periodista, en sus horas libres de titan, de superheroe, en un mundo ficticio e infantil donde no hay lugar, solo metáforas, para intelectuales como Zweig, salvo en las estanterías polvorientas de alguna biblioteca olvidada.

Afortunadamente sus libros-anzuelo continúan desprendiendo multitud de nombres, enlaces al conocimiento cada vez que abres uno de ellos, y te ves obligado a seguir el rastro de su carnaza, el olor de la sabiduría ajena, a caer en su bendita trampa.


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martes, 28 de septiembre de 2021

LIBROS O NABOS.-

 



¿Nabo hay? No hay para mí perdiz que se le iguale: coman, que me huelgo de verlos comer.

(Quevedo)

¿Libros hay? No hay para mí serie que los igualen: lean, que me huelgo de verlos leer..

(versión apócrifa)


Querido amigo, me pillas leyendo “El tiempo amarillo”, las memorias de D. Fernando Fernán Gómez, hijo de madre soltera arropado por su abuela Carola. Una historia de cómicos, hijos y nietos de cómicos. Todavía no comprendo el menosprecio de estos por parte del vulgo y de sus dirigentes. Jamás hicieron el menor daño a nadie, no como otras estirpes y, en todo caso, nos proporcionaron inestimables horas de felicidad, o algo que se parece bastante.


!Querido amigo!, repite de vez en cuando a lo largo del texto, Erasmo a Tomás Moro, a quien dedica su “Elogio de la estulticia”, que figura con un título mostrenco en los anales de la literatura, “Elogio de la locura”. Al fin y al cabo Tomás tampoco era tan moro como para que exhibieran su cabeza en el cesto en la pica, igual que en sus manos hicieron los vengadores de nuestros conscriptos masacrados en el norte de África, hace ahora cien años.

La decapitación del bueno de Tomás Moro fue por otra razón, razón de estado, y le supuso martirio y santidad, santo desde hace bien poco. Aunque como a tantos otros, no le dieron a elegir entre los altares o la compañía hasta la ancianidad y más allá, entre amigos tan juiciosos y brillantes como Erasmo de Holanda.

También citaba con frecuencia Miguel de Montaigne a su amigo del alma, es decir de las convicciones compartidas, Etienne de la Boétie, ambos fueron presentados y ensalzados en magníficos ensayos biográficos por Estefan Zweig, el de pronunciación imposible para un servidor. Este último murió sin amigos y de mala, malisima manera, convencido de que la estulticia criminal lo perseguiría hasta cualquier lugar del mundo en que se escondiese, como judío ya era reo, y sin el menor futuro de santidad oficial, que la oficiosa resultó ser otra cosa, gracias a dios. Tampoco el sitio donde intentó esconderse Zweig, Petrópolis, le sirvió de mucho, y mira que era y es difícil de encontrar.


Viene a cuento este embarullado preámbulo, para justificar mi ausencia en la feria del libro, que se ha clausurado con los parabienes oficiales tras recaudar nosecuantos millones de denarios en sus casetas. Colocando al libro en general, y a sus adictos consumidores en el lugar último donde deberían estar, en el del gasto, del consumo, del dinero que todo lo ensucia, que lo he leído en las sagradas escrituras, o eso dicen otros que dicen que los han leído.


Uno huye de los mercaderes de casi todo, y de los libreros en particular, de las promociones literarias a través de los medios de comunicación con intereses explícitos en editoriales y de autores que intentan colarnos como los grandes genios del pasado mañana, de corrientes literarias que suelen tener un origen tan natural y tan olvidado como el de la paternidad de FFG. Va a ser que la tontería estulta, esta del heteropatriarcado, tampoco se sostiene. De FFG tengo una canción, pendiente de hacerla sonar en la tierra de mis ancestros, que es obviamente la de mi infancia, la única patria, que debería llamarse matria, por razones obvias, que existe, llamada “Allamerde” creada por Los Coronas y donde se escucha al barbas diciendo aquello de “Sí. Soy un maleducado ¿Y qué?”. Consistiendo el estribillo, en su expresión favorita, o sea en el título citado.


Cada vez hay más libros en el anaquel y, cada vez el tiempo que nos queda , finito él, disminuye proporcionalmente a la colada libresca que fluye del volcán de la Cumbre Vieja, Gutenberg.

Así que estoy cancelando deudas con aquellos que figuraban en los libros de bachillerato junto a otros citados tantas veces por esos escritores, todos queridos amigos, que me condicionan a una selección precisa y limitada de clásicos pendientes de leer, no siempre de disfrutar.

Me van a perdonar los paisanos del siglo de oro, pero he dejado a medias criticones de Gracián e incluso vidas de buscón llamado Pablo, de Quevedo, uno por ininteligible y el otro por marrano en el genuino significado de la palabra, sin segundas, cosa que se evidencia una vez terminado el glorioso primer capítulo del que se pueden memorizar páginas enteras para convertirnos en divertidos cómicos de los que antes hablaba.


Después de varias decepciones me encuentro con una maravilla de colores, que en Sevilla es una maravilla hiperbólica, como ha resultado ser “El elogio de la estulticia”.

Supongo que el prologo de José Antonio Marina ha tenido algo que ver, como esas tapas de jamón cortado con la precisión y el saber milenario de quien lo pone de manifiesto. Adornadas con un par de arregañás secas y crujientes que te van abriendo, que no tapando, el apetito de ese menú largo y estrecho en la terraza del bar. También la traducción habrá tenido que ver en el asunto de la excelencia, el equivalente al servicio del gastrobar. -ya está aquí la estulticia. como si existiese un bar que no fuese gastro - y el menospreciar la importancia de esa parte fundamental de la restauración que es el servicio. En este caso parece que el traductor, Pedro Voltes Beu, quería facilitar la reconciliación del lector con esta cumbre de la literatura que, a pesar de figurar en los textos de bachillerato, le ha sido esquiva hasta ahora. Ese es otro asunto fundamental, el disponer de la edad mental adecuada para acercarse a ciertas obras. Me produce cierta risa sofocada cuando escucho a algunos precoces lectores presumir de haber leído, o releido a Kafka, Joyce o incluso a Kierkegaard antes de los quince años. A pesar de la certidumbre o la confianza en ellos, no deja de de ser un despropósito, un desperdicio de tiempo y neuronas. Yo, que los estoy dejando para cuando me lleven a la residencia, junto a los discos de Mahler y de Wagner, puedo constatar que hay una edad a partir de la cual uno puede perderse dentro del universo de Faulkner o de Benet, sin riesgo de perder allí la razón, ni necesidad de presumir del asunto. La precocidad no puede servir como palanca a la vanidad, es unicamente una anomalía que generalmente pasa factura más tarde, con su correspondientes intereses.


Y es la vanidad una de las innumerables formas con que se disfraza la estulticia para poner de manifiesto nuestra irracionalidad, nuestra locura, según demuestra Erasmo a lo largo, poco, y ancho, enorme, de su tratado al respecto. Infinidad de capítulos, breves como el tiempo de que el escritor dispuso en su trayecto hacia la casa de su amigo, a veces desde el caballo, o dentro de ella, en la comodidad doméstica, que le presta Tomás Moro, a quien merecidamente le dedica este increíble catálogo de principios morales que vistos desde su negativo, a través de la estupidez humana, resulta un extraordinario revulsivo para el lector. 

Y no es solo que ponga boca abajo los fundamentos, las jerarquías y los vicios de la religión -de esta- y de la sociedad y sus gobernantes. Ya lo leí con Fernando Vallejo en “La puta de Babilonia” con la que tampoco consiguió este la ansiada excomunión, quizás porque el pecado era tan nefando que mejor fue no removerlo, por parte de la justicia romana, o vaticana o... En todo caso resulta increible que Erasmo llegase a morir “de viejo” tras escribir y publicar el elogio en medio de la lucha entre fanáticos de la reforma y la contrarreforma, con sus eficientes inquisidores.


Curiosamente, resulta muchísimo más elegante, digerible y seguramente perdurable, el repaso que había dado Erasmo a la institución eclesial, con una anterioridad de cinco siglos, al exabrupto de Vallejo. Y lo que le presta clasicismo y un lugar en la estantería de los imprescindibles es que el lector se siente aludido desde el primer capítulo, en primera persona, a quien va dirigida la retahíla de errores que va, inevitablemente supongo, a condicionar su vida. El como este sabio, en 1511, podía prever mi estupidez, y el como me la muestra, ahorrándome centenares de horas de divanes de psicólogos y siquiatras, para mi no deja de ser un misterio gozoso, de esos que uno no quiere despejar definitivamente, tan solo disfrutar con el hecho de que alguien como Erasmo vuelva transparentes la mitad de los velos que ocultan la visión real de los secretos de la vida. Algo muy necesario, una vez cruzado el equinoccio otoñal y antes de que lleguen las cataratas al cristalino, que para esas si tenemos soluciones o recetas. En cambio, para la tontuna, la necedad adquirida, solo me queda asumirla. Saber que no estas solo, que no es poco, y evitar la pretensión y el esfuerzo de intentar evadirte de ella. Es infinita.


Elogio de la locura o Encomio de la estulticia

Erasmo de Rotterdam




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lunes, 30 de agosto de 2021

CUANDO VOLVÍ, RAYAS SEGUIA ALLÍ.-

 

 

La cuestión que nos plantea Augusto Monterroso, en su mini ensayo de ficción científica, no es tanto la convivencia con un dinosaurio, algo perfectamente habitual para quien vive toda su vida en una dictadura donde el líder inventado deja todo atado y bien atado a su sucesor, no.

Más bien, el lector de aquellos dos renglones queda intrigado, sobre los antecedentes, la noche previa al despertar, y no sobre el devenir de la historia, francamente previsible para cualquier niño iniciado en las novelas de aventuras, novelas gráficas, por supuesto, ya que el teléfono movible al que permanece enganchado le ha disuadido de las lecturas, de cualquier lectura, mas allá de las dos o tres decenas de caracteres escritos en términos amables y digeribles. 

Siempre he pensado en como la pesadilla real de la presencia del monstruo pudo permitirle dormir, aun asumiendo el agotamiento corporal y mental del día o días anteriores al evento. El terror es un sentimiento que no te permite dormir, como tampoco te lo permite su hermano menor, el miedo, la ansiedad ante la posibilidad, también real, de que al despertar, al volver, Rayas no siga allí.


Rayas es un gato, callejero e inclusero, salvaje y ajeno, en una edad tan difícil de fijar como su procedencia, final de adolescencia o comienzo de madurez que para él supone atravesar el rubicón de la supervivencia. Desconozco cuantos miembros de su camada han llegado a su estatus, si bien alguna vez lo he visto acompañado de hasta tres de ellos. Probablemente alguna vecina alimentó a la pandilla en los días en que la gata madre terminó su tarea de proveedora de leche entera, sin pensar que alguno de ellos podría ser intolerante a la lactosa ni la posibilidad de producirla semi o desnatada, o directamente deslechada, esa cosa que venden en el super, cuya substancia desconozco pero que sin duda coloca a los humanos, otra vez, alejados si no enfrentados a la naturaleza.


Terrores irreales y lejanos, más que nada por ajenos. Y es que, aunque nos muestren los noticiarios las masacres anunciadas que tendrán lugar en fechas próximas, estás serán siempre en lugares tan alejados que no servirán para algo diferente a la distracción del lector, del espectador a quien no le sulibeya en absoluto la heroicidad de unos soldados, nuestros dicen, que han regresado de un país ajeno, dejándolo peor que cuando llegaron, y con mas de un centenar de compañeros fallecidos en combate. Para heroicidad la de los políticos que los enviaron, en nuestro nombre, y que además de compartir la gloriosa gesta, así la cuentan, siguen en su sillón dispuestos a continuar su encomiable labor, como la gata del barrio. Solo que esta no tiene otra opción, ni nos pide el voto cuatrienal.

Ahora es Afganistan, y mira que me ha costado evitar el pronunciar Agfanistan, sin duda influido por el material fotográfico Agfa, que tan buenas ratos me proporcionase en mi juventud, en esa edad de libertad en la que se encuentra Rayas.

He leído el titular contumaz, en varias publicaciones, donde se insinuá la posibilidad de evacuar las miles de mascotas que han quedado abandonadas en Kabul, para evitarles una muerte dolorosa, o quizás gloriosa, si sirven para evitar la muerte de algún humano en las postrimerias del día de autos. Occidente se muestra esquizoide, o algo peor.


Este gato , que no es mio, y dudo que lo sea de nadie, apareció en el jardín hace un par de meses, y lo hizo con la convicción felina de quien conoce cual es su territorio y los limites que paulatinamente va descubriendo y estableciendo.

Un buen día lo encontré bajo el piano, en el centro de la casa y le expliqué torpemente, como hacemos los humanos con ellos, que ese no era su sitio, indicándole la puerta entreabierta por donde había entrado, y bien porque no debí hacerlo muy bien o porque estaba todavía su comprensión en la fase prueba error de toda ciencia infusa, se levantó inmediatamente y caminó lentamente hasta el salón para tumbarse en la alfombra.

Me vi obligado a reconvenirle su actitud y aumentar el volumen de voz, agriando el tono, a sabiendas de que los gatos no son ni tan sordos, ni tan tontos como un servidor, si bien conseguí alejarlo del lugar anhelado, quizás desde su nacimiento, el de dueño y señor del hogar y de la familia que tenia mas a mano, o a garra mas bien. Gané esa batalla pero estimo que la guerra será mas larga y de final incierto, al menos para este lado de la trinchera.

Desde entonces no le ha faltado el cuenco de leche en el desayuno ni el pescado que antes iba a la bolsa de orgánica, y al que deja las espinas inmaculadas y primorosas, mostrando además cuales son su preferencias alimenticias y sus fobias dejando a veces el plato sin tocar, de donde es fácil colegir que debe tener una o varias fuentes adicionales de suministro, y que vuelve tan solo por cariño, o eso prefiero pensar. Tal es la ingenuidad del alma que me tocó en el reparto.


La hecatombe que ha causado en el jardín su presencia, y probablemente la de sus hermanos, ha sido terrible. Los mirlos este año no han podido procrear, ni siquiera anidar presumo, ante el puñado de plumas negras esparcidas entre la hierba y la ausencia de las habituales conversaciones de la, seguramente extinta, pareja.

Pero lo más grave,detectado hasta el momento, y con consecuencias irreversibles y dolorosas, ha sido la desaparición de la barrera antiaérea, anti mosquitos, que tenia desplegada en el patio, la docena de cañones de 80 mm, los sapos, que engordaban y se reproducían sin la menor molestia creando un muro protector que este año ha desaparecido, ocasionándome además la epifanía de mi desconocimiento sobre el asunto, la perdida de la fe en todos y cada uno de los artilugios que han inventado para hacerme creer, incauto de mi, que puedo evitar sus picaduras, sus habones pruriginosos, sus ronchas semanales, he observado que esa es su duración media, y la medida del tiempo de presumible descanso nocturno, no por el reloj, si no por los horarios que manejan esos anopheles maculipennis del diablo.

El gato se comió a los sapos, y los mosquitos y el gato, son ahora los dueños de ese lugar donde me refugiaba en el verano. El equilibrio de la naturaleza se ha roto, y me rio yo del pobre planeta y su previsible destino apocalíptico. Para cambio climático el que me ha infligido Rayas, a quien no obstante me hace feliz ver que a mi vuelta sigue tan esplendido y tan fiel, en su distancia, como cuando lo abandoné.

En la Odisea es el único que reconoce a Odiseo en su regreso – spoiler- su mascota, y es también una forma de comenzar a entender los clásicos y al más viejo de todos ellos, la naturaleza.


Otro día os cuento la historia del avispero y la lata de cerveza, que también me ha resultado educativa.

 

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domingo, 15 de agosto de 2021

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