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domingo, 31 de marzo de 2013

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (23).






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martes, 26 de marzo de 2013

La colina del adiós.- (El Pere Lachaise).- (2)




 

Arquitectura de bolsillo, y otra no tanto, esculturas innumerables extraídas de un catalogo tan vasto que excede la capacidad de la imaginación más exagerada, y senderos de piedra, caminos de hierba, musgo, árboles, esqueletos arbóreos en una selecta variedad de caducifolios que , supongo, invitan a los residentes a , de alguna manera,  repetir el anual ciclo vital de la naturaleza. En estas fechas toca réquiem, evidentemente. Ramas altas y desnudas, cubriendo el horizonte visual con una trama  persuasiva, que nos obliga a contemplar la ciudad viva, a través de un saco de arpillera con los nudos separados lo justo para hacernos comprender que allá abajo existe otro mundo, pero que es inaccesible.
 
Lo curioso es que ese adiós, no me resulta evocador de ese tiempo finito, al que llamamos vida, que antecede a la muerte. Ese adiós es a la vanidad humana, a la temeridad de creer que con un mausoleo lujoso se puede desafiar, e incluso vencer, nuestro destino insignificante. Los barrios, ciudades enteras de criptas, panteones, templos votivos dedicados a los semidioses allí enterrados, están cubiertos de esa pátina inevitable que marcan el momento indefinido en que las antigüedades – más de cien años según los comerciantes de la cosa- dejan de serlo. El instante ese en que pasan de ser objeto de admiración, y en mi caso de reflexión, a la más pura y estricta nada.

Templos individuales, o familiares, en piedra, con figuras en mármol, en bronce, y abarcando todos los estilos  recogidos en cualquier enciclopedia del arte universal. Todos ellos, o casi todos, en estado semirruinoso, arrumbados sobre el vecino, a punto de hundirse en un terreno blando bajo el que ningún postulante de la eternidad, pensó la conveniencia de establecer una cimentación mínima que soportase diligentemente el peso de la vanidad y el paso de los siglos, de un par de ellos al menos.

Recuerdo la sentencia que establece la duración de la vida justo en el tiempo que permanecen  sobre la tierra nuestros seres queridos, aquellos a los que precedimos, mientras nuestro recuerdo permanece en ellos, y ni un minuto más. Una vez desaparecidos los portadores de la memoria, del afecto, sobre el individuo, este se diluye entre las gotas de lluvia, por más que estos pretendan con costosos y faraónicos chalets en miniatura y sin adosar, pagar las deudas afectivas, y de las otras, con sus ancestros.  Ruinas inminentes, las de Itálica famosa, -Ay Fabio, que dolor-

Yo añadiría el corolario intuido ante el presente aspecto del Pere Lachaise; mueres realmente cuando tus deudos, siguiendo la inevitable vía del calatraveño, la de las estrellas, han seguido tu camino y, necesariamente han dejado de cuidar estos templos de la memoria, estas muestras de la soberbia humana que mas pronto que tarde terminaran confundiéndose con la superficie natural del terreno, desapareciendo en esta colina del adiós, del más definitivo de los adioses.

Figuraos hasta donde puede llegar la arrogancia, la fachenda, como diría  Pla, de nuestra civilización ( y hablo de la ciudad que presta sentido a esa palabra durante los tres, o cuatro últimos siglos, París) que todavía pueden leerse en gran cantidad de estas construcciones en trance de dejar de serlo, el cartel, la leyenda, a veces metálica, a veces tallada en piedra “Concession perpetuelle”, es decir concesión a perpetuidad que, supongo, está relacionada exclusivamente con el desembolso que los seres queridos – leed “The loved one” de Evelyn Waugh, para mejor comprender, y disfrutar, que de todo tiene- aportaron a la autoridad competente en el asunto este de la inmortalidad. Hay otra concesión menos onerosa, que es prácticamente invisible, por rara, en este cementerio,  la “Concessión perenne” que limita la duración de la infinitud a treinta o a cincuenta años, según la generosidad de los derechohabientes. Por más que el concepto que yo tengo, o tenia hasta ahora, de eterno y de perpetuo era el de sinónimos, pero nunca es tarde para aprender. 

Por lo demás la impresión, que se viene conmigo, es la del dolor de estómago, esa comezón gástrica propia de los cambios de estación climática, aunque intente atribuirla  al resultado de los excesos del estilo remordimiento sobre el esquema estético previsto para un lugar que, por otra parte, derramaba paz , en verdad infinita esta vez, sobre los escasos caminantes que ejercitábamos las piernas -y el corazón- a lo largo de esos senderos circulares que conducen irremediablemente , y afortunadamente, a la puerta de entrada.
 
Si la vanidad y la soberbia, la fatuidad del ser humano es la idea que me sugieren aquellos que se niegan a aceptar lo inevitable, no resulta más caritativa la idea que me inspiran la mayoría de sus visitantes, los grupos organizados, las visitas guiadas, o los mitómanos desenfrenados que , en días propicios para ello, recogen en la entrada el listado de celebridades allí alojadas, y hacen el protocolario recorrido en el que no falta el bolígrafo en la mano, ni el aspa en cada nombre, en cada cuadro, en cada sala de este museo de los horrores, donde el terror no está en las obras de arte, ni en lo pacifico de sus habitantes, que algunos lo fueron, en vida, sino en la interminable hilera de esa especie odiosa en la que, todos nos hemos convertido, inmisericordes turistas.

 

Pensé en Simone Signoret (2), en sus ojos pequeños y achinados, como los del Valderrama,  y en el esbozo de sonrisa que puede todavía - milagro del cine, mediante -  hacer perder la cabeza, y el corazón, al espectador.
Pensé en el macabro muro de los mártires, justo en la cima de la colina, donde fusilaron a los centenares de supervivientes, de entre los millares de ejecutados durante el epílogo de la comuna parisina. Héroes o terroristas, da igual, no les faltan flores, supongo. Y la historia no les puede negar el merito de intentar cambiar las condiciones de vida, el contrato social hecho trizas por los responsables de mantenerlo. Podemos aprender, siempre podremos aprender de la experiencia ajena.




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domingo, 24 de marzo de 2013

COSAS MIAS.-






-Anda, ponme este disco de Adamo, que quiero bailarlo contigo- Dijo ella.
Yo puse
 “Mis manos en su cintura.. pero mírame con dulzor  
porque tendrás la aventura , de ser tu mi mejor canción”
 

Y cuando desperté, todavía deliraba. Cuarenta grados de fiebre, las sabanas empapadas, y lo que es peor, Marilyn ya no estaba.

He decidido no volver a vacunarme contra la gripe, igual vuelve. Quién sabe.

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sábado, 23 de marzo de 2013

La colina del adiós.- (El Pere Lachaise).- (1)




La colina del adiós.- (El Pere Lachaise).-

 

Película de 1955, Henry King, cuyo título original es “Love is a Many-Splendored Thing” o sea “El amor es algo maravilloso” como siempre hemos llamado a la inolvidable canción, motivo principal del filme y tema musical obligado para cualquier cristiano (es decir, humano) nacido después de esa fecha. La versión de los Indios Tabajaras es la que suena  interminablemente en el hilo musical de mi memoria, y no la flash, pendrive o harddisk precisamente, aunque si afirmo que habrá otras doscientas igualmente encomiables e inolvidables, no pecaré de exagerado, en absoluto.
Pero dejad que yo prefiera.. la hoguera. (1).

Es un asunto muy delicado
el de la pena capital,
porque además del condenado,
juega el gusto de cada cual.

Empalamiento, lapidamiento,
inmersión, crucifixión,
desuello, descuartizamiento,
todas son dignas de admiración.

Pero dejadme, ay, que yo prefiera
la hoguera, la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene qué sé yo
que sólo lo tiene la hoguera.
(J. Krahe)



Y no me refiero expresamente a los arreglos de una determinada, entre las doscientas. Mas bien del tercer título (en castellano = gallego) de la película en cuestión, que no es otro que el argentino  “La angustia de un querer”, más explicito respecto a su melodramático contenido y que, dio lugar a un nuevo nombre para un determinado color , concretamente el del qipao de la protagonista , Jennifer Jones, que desde entonces allí se llama así , color “La angustia de un querer” , y que viene a ser algo como un intermedio entre un lila y un celeste, en palabras de quien, como un servidor, no entiende gran cosa de colores (tampoco de eso), y que además se ha convertido en el transcurso del tiempo, y si la tecnología no lo impide en un tono tornasolado que cambia con el paso de los años, si consideramos el efecto del dios Cronos sobre los originales fotografiados por León Shamroy  en el biodegradable Technicolor de nuestra filmoteca y cuya tendencia hacia el pastel, hace irreconocibles , marchitos como los de las flores – quizás era mas violeta que lila, a saber- colores tan inconfundibles como el color la angustia de un querer, ya digo.


Hay un documental sobre el asunto, “Glorious Technicolor” de 1988 de Peter Jones, que además de imprescindible para las ratas de filmoteca, puede resultar instructivo, e incluso divertido, para los interesados en el asunto, obviamente metafísico, como es el del filtro coloreado y cambiante con el que contemplamos nuestros sueños conscientes, es decir los cinematográficos, a los otros que les den. Si bien esta pincelada bibliografiílla  no es otra cosa que un sesgo exagerado, un oximorón sobre el conocimiento intangible que convierte en actitud viciosa, y por tanto pecaminosa, cualquier aproximación al séptimo arte. Que le vamos a hacer.



Y es que no es de cine, ni del exotismo holliwoodiense del Hong Kong de postguerra (de Corea), de lo que quiero hablar. Aunque añoro, e ignoro, el consejo del tío Oscar (Wilde), cuando me repite una y otra vez que escribir es algo tan sencillo como tener algo que decir y decirlo. -No tío, no es tan fácil-.

Pero esta colina del adiós es otra cosa, además. Es la definición mas ajustada que se me ocurre para representar la orografía, y a la vez la función, del cementerio “Pere Lachaise”, un museo al aire libre, donde la llovizna templada, y por ello amable, de una mañana en los estertores del invierno, produce una acción disuasoria sobre la turbamulta, la multitud en que nos convertimos los turistas, y afortunadamente estos quedan/mos reducidos a una docena, dispersos entre centenares de miles de metros cuadrados, de tal modo que llega a resultar reconfortante el contemplar algún ser vivo, aunque sea intuido en la lejanía, a través de la neblina, entre tanta, tantísima tumba.

jueves, 21 de marzo de 2013

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (22).



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martes, 19 de marzo de 2013

JEAN COCTEAU EN EL "MANUAL DE USO CULTURAL".-




Dios no habría alcanzado nunca al gran público sin ayuda del diablo.
 (Jean Cocteau).



Desconozco la presencia que la literatura en lengua no española pueda tener actualmente en los textos de bachillerato, y concretamente en el tronco, o más bien rama, de ciencias. En el que me tocó en suerte, figuraban autores clásicos extranjeros, incluyendo al final de cada capítulo, en caracteres medianos, en negrita, los escritores vivos, promesas a la espera de que la posteridad, eufemismo del tránsito, les otorgase la correspondiente pátina de genialidad.

Entre ellos estaba un tal Jean Cocteau, del que hubiese sido incapaz de recordar su nombre o cualquiera de sus obras, de no haber sido por el concurso cultural que en aquellas fechas tenia movilizados a los bachilleres de todo el país; y en el que los representantes de mi colegio, alumnos de los últimos cursos, disponían de cierta audiencia radiofónica en la emisora provincial.
Allí escuché a uno de ellos romper en desconsolado llanto al mencionar el locutor el fallecimiento de “Yan Cotó”.  El condiscípulo en cuestión, es hoy Pedro Almodóvar y, entonces para mí, tan extraterrestre como los motivos de su llanto.
 Luego se inspiraría en “La voz humana” monólogo de Cocteau, para su mejor película, digamos la que perdurará en el recuerdo de los espectadores como las florecillas entre la hierba de Woodsworth, “Mujeres al borde de un ataque de nervios”.
Algo después, en la localización del rodaje de “La buena educación”, me impresionó el juicio acerado del manchego sobre aquella ciudad de adolescencia interminable: “Ciudad de mucho pijo y poco vicio”.

Revisando la ingente obra del vanguardista Cocteau, del artista consagrado en sus poemas, películas, obras de teatro, dibujos, escultura, tapices, cerámica, litografías…, reflexiono sobre el indudable valor que su personaje ha tenido, y tiene, en la cultura francesa, y en menor grado en la europea, y lo imprescindible que resultan ambos elementos, los pijos y los vicios en la génesis de figuras como Cocteau.
Semidioses en un olimpo lejano, sección evanescente de la cultura del siglo veinte,  esos autores cuyo compromiso personal termina en la línea de luces que separa el escenario, donde sus criaturas brillaban con cierto merecimiento, y el foyer, el resto de la humanidad, cuyas vicisitudes resultaban ajenas, por innecesarias para el entorno placentero del autor.
El cómo algunos genios consiguen transformar en arte sus excesos, sigue siendo para mí un misterio; pero la insistencia a lo largo de los siglos de dicho fenómeno, corrobora la sospecha sobre la existencia de tal maridaje.

Si bien, como en Orfeo, la necesidad de bajar a los infiernos para rescatar a tu amada,  y el riesgo de perder la vida ante el menor descuido, ante el deseo, que confunde a la razón sobre algo tan elemental como la presencia o ausencia de la luz del sol,  obligan a un contacto intenso con elementos del inframundo que, le aportarían sin duda el toque diabólico al que aspiran tantos artistas.
El caso es que Jean Cocteau llegó a conseguirlo; y no bastan sus orígenes aristocráticos -pijos- o su adicción temprana al opio – vicios-, o sus seis parejas oficiales, tres chicas y otros tantos chicos, para justificar en exclusiva el brillo, aun perceptible, de su teatro o de sus adaptaciones cinematográficas del mito de Orfeo. 
 


Desde este limitado observatorio, y ante la incapacidad de valorar juiciosamente la obra de un autor tan indefinible, no puedo menos que agradecerle el mérito que haya podido tener en acercar dos nombres propios a la panoplia cultural de los españoles de los sesenta.  María Casares, extraordinaria actriz, minusvalorada en su patria por motivos políticos, más que obvios, era la hija de Santiago Casares Quiroga, y sin cuya presencia, el cine y el teatro francés, habría salido bastante perjudicado. Y, last but not least, Jean Marais, la pareja más duradera de Cocteau, y cuyo alter ego en el cine de aventuras de aquellos años, el héroe espadachín por excelencia, para los niños espectadores, nos dejaría el recuerdo de las arrugas de su cara en su cabeza rubia y rectangular.
Gran actor, cuya breve aparición en “Noches blancas” de Visconti, me hizo pensar en que, si no  reconoces al artista en la pantalla es porque ha logrado dar vida propia al personaje.



Cocteau tuvo algunas cosas bastante claras:
“El éxito en el arte es saber hasta dónde se puede ir demasiado lejos”, autodefiniéndose como vanguardista. Y es que, según él: “El futuro no pertenece a nadie. No hay precursores, no existen más que rezagados”.
Si bien era consciente de que “La moda muere joven” y dedicó su vida a demostrar lo contrario.

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