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martes, 30 de junio de 2015

Los mozos de Monleón.-





Los mozos de Monleón  ( Nostalgia del aprendizaje).

Era uno de los textos con que aprendí a leer, romances. cuentos, poemas, hasta un artículo sobre el Simplón al que quizás llegue a conocer este verano, el túnel del Simplón, mira por dónde.
El libro era Rueda de Espejos, impreso justo al lado, al lado del pueblo descrito en el Alfanhui de Ferlosio, aventuras de Alfanhui que sucedieron por aquel entonces. 
Y entre el antes y el después siempre está el ahora, cuando allí mismo acaba de morir otro mozo corneado por el toro infinito, igual que el chico cadáver que los mozos de Monleon llevaban a su madre, los restos del hijo único a la viuda absoluta, arrastrando la carretilla a través de aquella prosa poética en la que casi todo era inescrutable para el lector de diez años, quizás tan solo nueve. Hoy vuelven los mozos a dejarse matar y la memoria me hace revivir el drama de aquel poema y el de otro coetáneo para mí, El Embargo de Gabriel y Galán.

Desconocía entonces qué embargo es sinónimo de desahucio, y  guardaba grabado el poema de Gabriel y Galán, con el ritmo de unos versos dramáticos cuyo sentido resultaba incomprensible para quien lo memorizaba, obligado a su declamación con boina, camisa blanca y la cara tiznada. Han tenido que cambiar el envoltorio del suceso, eterno,  para que comprenda que ni el embargo ni el desahucio han desaparecido de nuestro ritual de la pobreza, y que los mozos siguen muriendo de idéntica estúpida manera, la de mezclar el alcohol con el desprecio a la vida. 

Evidentemente que hemos mejorado mucho, muchísimo, y que todo tiempo pasado fue más triste y paupérrimo en muchos aspectos, no voy a contradecir a los que atribuyen el mérito del progreso del tiempo, el de los años,  a la presunta transición, a las décadas o las dinastías, que así se mide la historia. Desde luego que, como el protagonista de la novela de Chirbes que estoy leyendo, he pasado del Dos Caballos al Simca Mil y luego al Toyota, aunque no me importa haberme detenido ahí y no emular a quien continuaba con el Mercedes de segunda, luego de primera, los dos o tres Bmw y la inevitable coca que, en los tiempos de la rueda de espejos también la coca era otra cosa, eran orugas, las procesionarias eran regueros de cocas.
Pero las similitudes terminan ahí, en el eco atenuado de la memoria que insiste en que eso ya lo has visto otra vez, para dejar que el juicio te haga saber que no quiere volver a verlo, que no le gustaría repetir la escena, el drama, la tragedia, aunque estas sean, aparentemente, ajenas.

Ambas situaciones, el desnudar justiciera y autoritariamente a un pobre, o el dejarlo morir desangrado en la plaza del pueblo, tienen ahora otra connotación que los hace superlativamente indeseables, que los coloca en una dimensión desconocida, la de los medios de comunicación, el gran hermano orweliano que proyecta instantánea e incansablemente la escena más cruel hasta convertirla en banal. Y aquí aparece Hanna Arendt y su denuncia del espectáculo en que convirtieron el juicio del asesino nazi. 
La banalización del mal estaba implícita presuntamente en la autodefensa del acusado, centrada en su obligación como funcionario de ejecutar las ordenes, y por qué no también, insinúa Arendt, en el montaje audiovisual sobre algo tan íntimo y abstracto como es el proceso que lleva a un hombre a la horca. Véase la reciente y esclarecedora película, The Eichmann Show  (2015), sobre este asunto.

Sobre los mozos de Monleón acarreando el cadáver del amigo, mucho más, y poco nuevo, hay que decir. La banalización de la muerte ajena, casi en directo, con la sangre todavía húmeda en la arena del suelo de Coria no me distrae del asunto principal.
 ¿En que hemos realmente progresado durante todo este tiempo interminable? 

Yo, además de cultivar primorosamente mi sordera, adquirida probablemente gracias a la bienintencionada dosis de estreptomicina durante aquellos años de pana y esparto, me niego a malgastar la incipiente presbicia,  en intentar contemplar y recrear visualmente  inexistentes escenas de progreso y marcha triunfal.
Los hechos, obstinados, me retrotraen a una España perenne, los desahucios, el maltrato a la mujer, y los jóvenes muertos en la tradicional fiesta local, por más etiqueta de patrimonio inmaterial de la humanidad que, infructuosamente, quieran adosarle a este cuadro inmemorial  de los mozos empujando la carretilla, no me permiten ver otra cosa que el emperador desnudo.
El vestido invisible de un país que puede reconocer su actualidad, y seguramente la del mañana, en los Nodos y las películas de la primera mitad del siglo pasado.  Surcos, La busca, La Venganza, los Rovira Beleta, Nieves Conde o Benito Perojo, igual da.

Y las palmeras, en el desierto, los Bardem y Berlanga, fueron solo eso, un espejismo que intentaba ofrecernos un paisaje surrealista en el que poder mirarnos a través de ese humor o el horror agridulce que parece ser la única manera con que aceptemos la cucharada de la denuncia, el basta ya de Landa en su Montesa Impala ante el torerillo que se negaba morir, “El Puente” de Bardem. La foto magnífica de Sanz Lobato, que puede ser de mañana, de cualquier día de julio en cualquier plaza improvisada.

Ahora en colores, vale, telediario a las tres, vale, y los paladines electos por las urnas, los del tercio municipal o sindical, el familiar sigue en manos de los de siempre, interpretando  la escenificación inversa del desahucio que no cesa.
En mi monólogo tenía enfrente, y en contra, al juez con quien comienza el primer verso, y ahora tengo a mi favor al alcalde y los concejales  oponiéndose  al ejercicio de la justicia y, muy fotogénicamente, intentando impedir lo inevitable, que los pobres vuelvan a ser los del Plácido de Berlanga.

Me disculpareis que prefiera volver a ver Calle Mayor, Plácido, o la unamuniana de Picazo, y que las identifique con nuestro presente, con la ventaja de que sus guiones, Baroja o Galdós mediante, son infinitamente mejores que los cutres asesinos de hoy y los crímenes familiares que nos siguen ofreciendo en la pantalla que, eso sí, es innegable, ya no puedo llamar pequeña pantalla.
Ni en el peor de los sueños podía imaginar  tener que volver al principio, media vida atrás, como en el Juego de la Oca, caer en la calavera y encontrarme otra vez en la primera casilla, la de mi primera lectura.

No es que tenga tentaciones heroicas de romper este círculo infernal, o el del primer cuento que escuché a los abuelos, el de Juan Pimiento, entre otras cosas porque la sabiduría siempre ha estado ahí, incluso en su presentación más somera y divertida, pero a veces tengo la sospecha de que la resignación a cargar con esta piedra, no incluye la responsabilidad del medio que me rodea, esos "los demás", que a la razón postrera son los que me tienen subido a esa noria, demasiado acelerada para intentar saltar al suelo, a la bendita realidad.

¿Quieres que te cuente el cuento de Juan Pimiento, de Juan Pizarra, el que nunca se acaba, y ya se acabó?

La primera vez debí contestar afirmativamente, la segunda, la tercera... la numero cien, gritaría que no.
Era igual, el cuento continuaba así:

Yo no te digo que si ni que no, solo te digo que si quieres que  te cuente cuento de Juan.....

Y continúa el tormento repitiéndose hasta hoy.

Al menos la memoria agradecida guarda también la sonrisa del abuelo divertido ante la perplejidad y el fastidio del nieto, quizás el primero consciente, condenado de por vida a escuchar el cuento que nunca se acaba. En esas estamos.


                             

"Los mozos de Monleón"
Los mozos  de Monleón
se fueron a arar temprano,
ay, ay,


para ir a la corrida,
y remudar con despacio,
ay, ay.

Al hijo de la "Velluda",
el remudo no le han dado,
ay, ay.

—Al toro tengo que ir
aunque vaya de prestado,
ay, ay.

Permita Dios, si lo encuentras,
que te traigan en un carro,
las albarcas y el sombrero
de los siniestros colgando.
Se cogen los garrochones,
se van las navas abajo,
preguntando por el toro,
y el toro ya está encerrado.
A la mitad del camino,
al mayoral se encontraron,
—Muchachos que vais al toro:
mirad que el toro es muy malo,
que la leche que mamó
se la di yo por mi mano.

Se presentan en la plaza
cuatro mozos muy gallardos,
ay, ay.

Manuel Sánchez llamó al toro;
nunca lo hubiera llamado,
ay, ay,

por el pico de una albarca
toda la plaza arrastrando;
ay, ay.

Cuando el toro lo dejó,
ya lo ha dejado sangrando,
ay, ay.

—Amigos, que yo me muero;
amigos, yo estoy muy malo;
tres pañuelos tengo dentro
y este que meto son cuatro.

—Que llamen al confesor,
pa que venga a confesarlo.
Cuando el confesor llegaba
Manuel Sánchez ha expirado.

Al rico de Monleón
le piden los bues y el carro,
ay, ay,

pa llevar a Manuel Sánchez,
que el torito lo ha matado.
ay, ay.

A la puerta de la "Velluda"
arrecularon el carro,
ay, ay.

—Aquí tenéis, vuestro hijo
como lo habéis demandado.
ay, ay.

(Musicada por F.G.Lorca).

domingo, 21 de junio de 2015

Concierto de verano.- (En la residencia).

                            


Conste que no voy a negar que los dioses sean inmortales. Están en su derecho. Y aclaro que el uso de legítimo precediendo a derecho, no siempre es correcto. Hace poco leía que algunos condenados están en su legítimo derecho de usar cualquier medio para defenderse y, aquí, chocan los conceptos de moral individual con el de la colectiva, las leyes y la legitimidad de su aplicación, chocando con el, al parecer legítimo, derecho de los culpables a impedir que cumplan su pena. Trivialidades.

Esto de ahora es mucho más serio. B.B. King is dead, y bien que lo lamento, pero el hecho de que hasta antesdeayer estuviese dando conciertos interminables en los tórridos veranos de nuestro país, a la provecta edad de noventa y… me tuvo en un tris de perder los nervios.
Más años tenía, en la misma fecha y lugar Sonny Rollins, ídolo al que me negué a escuchar también, por la misma razón y porque me quedaba lejos, como la zorra del cuento. Ni que decir tiene de los conciertos de Leonard Cohen, Bob Dylan…hasta el último y caótico de Frank Sinatra en cierta plaza de toros, infausto para los espectadores y para el voluntarioso mecenas que aprendió que no se debe confundir la afición con el oficio.

Todos ellos con algo en común, igual que puedan ser los de John Mayall, Los Rolling, Los Shadows, Ginger Baker y aquellos que puedan presumir de sesenta años on the road. Lo de Aznavour este verano, con 92 recién cumplidos, es más de lo mismo, gerontofilia, muertos vivientes o todo por la pela, que el final resulta ser la única razón de semejante disparate.

Disparate que siempre se puede empeorar, al fin y al cabo, todos los citados nos han ofrecido momentos gloriosos y docenas de canciones, cada uno, entre las que nos va a resultar difícil escoger la que sonará en nuestro funeral que, sin duda será antes que los de ellos y que, al menos en las películas americanas, resulta un tema recurrente, bodas y funerales… más que a un tonto un lápiz.

El redoble del más difícil todavía, es que las chicas también se han unido al club. Y no todas han seguido el camino plagado de bisturís de Cher, otras muchas, con infinitamente menos méritos musicales, apoyadas únicamente en la imagen de su belleza juvenil, la que se nos quedó grabada, como la de la primera novia, a la que seguimos viendo con sus quince maravillosos años, for ever, habiendo sido en algún momento iconos de la moda. Aunque cuyo paso por el mundo del pop-rock fuese el de meros acompañantes, de cama también, que eso vende y sigue vendiendo, de los auténticos reyes del mambo, Mick Jagger y Lou Reed en el caso que hoy nos ocupa.

Son muchísimo más jovenas que los arriba citados, quizás diez o quince años menos, pero contemplar la flor ajada en el florero resulta deprimente. Comprendo que el dinero apriete y que haya intermediarios desalmados, pero esto no se hace sin pasar al gabinete de los horrores.

Marianne Faithfull, a la que he visto hace unos días en los carteles parisinos anunciando el comienzo del tour 2015, lo hace con una foto de cuando ella era Marianne, aunque no fuese la destinataria del “So Long Marianne” de Cohen, méritos no le faltaban, y el que dos días antes de comenzar la gira se fracturase la cadera, con prótesis incluida, no es sino la confirmación de que las abuelas, y los abuelos, tienen otro lugar predilecto, diferente al de los escenarios del guiñol, lugar más adecuado a su edad, la hamaca a la sombra y el orange juice entre las manos..
De Patti Smith también tengo que quejarme. La imágen resulta elocuente, aterradora.
Tampoco iré a verlas, a ninguna de ellas, lo de escucharlas es otra cosa, aunque las razones serán las mismas del principio, no pienso participar en el escarnio de mis seres queridos y, además, me queda lejos. Quizás sea solo lo último, la lejanía, y la rabieta de no poder gritar bravos sin abusar del inhalador de corticoides, que así pierden mucho de espontaneidad  los vítores.

 Vida perra, bonitas mías.

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jueves, 18 de junio de 2015

ERLICH NOS DABA LOS BUENOS DIAS, HASTA QUE TERMINÓ SU CONTRATO.-


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lunes, 15 de junio de 2015

ADIVINA EL PERSONAJE.- (hoy, menos fáciles)










Doy pistas, pocas y a demanda. By request.

Soluciones al anterior.-

- Mick Jagger + John Lennon + Photoshop (fácil)
- Eleanor Parker (Rugiendo la marabunta)
- Klaus Kinski
- Barbara Stanwyck
- Natalie
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jueves, 11 de junio de 2015

A VUELTAS CON LOS MANUSCRITOS.-




Novela gótica publicada por Jan Potocki en 1804 y 1805, adaptada al cine por el director polaco Wojciech Has en 1965. El autor trabajó en ella hasta completarla poco antes de su suicidio.

Alfonso van Worden, es un oficial de la Guardia Valona que atraviesa Sierra Morena en dirección a Madrid, donde entrará como capitán al servicio de Felipe V.

En el camino, topa con todo tipo de personajes extraordinarios: gitanos, princesas moras, ladrones, endemoniados, miembros de la Inquisición, cabalistas e incluso Ahasvero, el Judío Errante (De Wikipedia).

El manuscrito encontrado en Zaragoza, viene a ser algo así como las mil y una noches, solo que ambientada en la España de 1700-1800. Para ser más precisos, en la idea que tenían de nuestro país los ilustrados europeos que no habían tenido el gusto de conocerlo, más allá de las imágenes a veces distorsionadas y esperpénticas, que popularizaron los escritores patrios de nuestro siglo de oro . Divertidísimas, y tan alejadas de la realidad como puedan ser las escenas orientales de los cuentos que acompañan a Seherezade.  Alejadas relativamente si las comparamos con la igualmente increíble extraña y anacrónica realidad que deben estar viviendo ahora mismo en el mismo lugar donde están ambientadas, la Persia del medioevo.

Y es la comparación de la hilarante novela, de sus personajes, tópicos de la picaresca española, aristocracia venida a menos, o burgueses a más, clérigos que se esconden de la fe para que no los encuentre, milicia, demonios, diablos y fantasmas en tropel, poblando las montañas, los valles, y las ciudades de un país que no solo se niega, todavía hoy, a salir de la edad media, sino que parece orgulloso de su estado, intemporal y ficticio como en el relato de Potocki.

Conste que lo tenía casi olvidado, el buen rato que me hizo pasar su lectura, de un tirón, en una tarde de primavera a la sombra de una encina, la de las bellotas dulces. Ahora fluyen ellos, y la veo cercana a la del ahorcado, la que solíamos mirar de reojo, la rama probable, evitando su proximidad al pasar cercanos. Un rato estupendo, y eso que ahora conozco la limitación de leer una obra incompleta, la existencia de la reciente enésima versión, con más de mil páginas, lo que en todo caso hubiese dificultado la función.

Después llegaría la película, y con ella la estupefacción que los libros no suelen lograr, al tener el lector la posibilidad de mirar para otro lado, de pensar en otra cosa e incluso de cerrarlo, comodines que el cine no suele facilitar a quien, desde la butaca entra en trance hipnótico y se deja llevar por una imagen tras otra, a cual más bizarra, durante tres horas que se hacen excesivamente cortas. Tiempos de cine de arte y ensayo, de películas subtituladas en blanco y negro y con alguna que otra pincelada de erotismo, quiero recordar que una chica enseñaba un seno, solo uno, y seno, que la censura no hubiese permitido otra cosa. Además la chica era negra -fluye el torrente de la memoria- y eso facilitaría las cosas. Pero las pinceladas de verdad, el color que predominaba en la historia era el humor, humor delicado, a veces grotesco, que te hacia reconciliarte mediante la risa con toda esa leyenda negra que, desgraciadamente creí perdida para siempre, después de que los hispanistas de rigor, los que solo son respetados y hasta venerados en España, demostrasen la falsedad de tamaña negrura.

Todo en apariencia, porque miro a mí alrededor, el nuestro de ahora, el reciente ayer y el probable mañana, y veo que no ha cambiado absolutamente nada.
El pueblo sigue paseando imágenes sobre sus hombros, en ritos llamados procesiones, vicios que ya condenase Moisés allá cuando lo de Egipto. Sigue dando vivas al rey, maltratando animales y entregado al masoquismo de dejarse robar por los mismos pícaros del mismo patio, el de Monipodio, de llamar infructuosamente a la guardia ¡Al ladrón!, ¡Al ladrón! y de resignarse a repetir aquello de “A buenas horas mangas verdes”.
Ya no me parece tan exótica ni tan surrealista la historia del manuscrito. Es como si me estuviese acostumbrando a vivir dentro de ella. Más me vale.

P.D.- No, la encina del ahorcado no es donde vengase Azarías a su milana bonita, aunque no debió estar muy alejada tampoco. De hecho, la chaqueta que llevaba Paco Rabal en “Los Santos Inocentes” fue prestada para la ocasión por nuestro Azarías local, el  Dioni para todos.
Y sí, efectivamente. Los santos inocentes somos nosotros, lo seguiremos siendo con la misma resignación de Paco el Bajo y toda su familia. El que Azarías ajusticiase al señorito es lo único ficticio de la historia, de casi todas las historias...

Otro hilo, algo más estimulante, es la restauración de la peli, por Scorsese y F.F. Coppola como homenaje a Jerry García, quién dedicó los últimos diás de su breve vida a intentar conseguir dinero para tan loable empresa.

¿Jerry García? La música que ha ambientado las nuestras,"Grateful Dead", no habría existido sin él. 

                                           

lunes, 8 de junio de 2015

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA.- (62)


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martes, 2 de junio de 2015

ORQUIDEAS PERENNES.- (LUNA LLENA EN JUNIO).

                         



No es una planta, realmente es solo una flor que intenta permanecer en la fase del esplendor de la madurez  todo el tiempo que puede y, comparativamente con otras , ese tiempo se alarga ilimitadamente, días, semanas...hasta algún año he visto superar a la vara cuyos orqui han ido descubriendo el tesoro que llevan dentro  y que llega a confundirnos al hacernos creer que es una misma flor la que nos deslumbra, si no estamos atentos a los bulbos que esperan su momento y a aquella de ayer que, discretamente en nuestra ausencia, termina convertida en un insignificante palito seco junto al tallo.
Es la belleza domesticada lo que nos seduce de ella. La posibilidad de poder contemplarla esplendida, en ese estado maravilloso que trasciende el reloj biológico estacional y el azaroso devenir del agua, del viento, y de la implacable luz estival - en libertad, se entiende- aislada la domestica de esos peligros que la convierten en efímeras florecillas de la naturaleza, en la perla única que "El Indio Fernández" y la melena azabache de María Elena Marqués, convierten de puerta de la fortuna a tragedia consumada. Como la vida misma. Bellísimas, lcónicas y soberbias, todas idénticas las del mismo tiesto, y  de idéntico apellido en griego, phalaenopsis, cambrias, miltonias o paphiopedilum.
Nos consuelan de las impertinencias cotidianas al contemplarlas durante el descanso que precede al crepúsculo, en el que incluso bajo la luz artificial continúan manteniendo ese esplendor imprescindible para distraernos del amargor de la píldora que nos dan, como si apareciese Mary Poppins cada vez que las miramos, con su poco de azúcar y con su cancioncilla encantadora. Imprescindibles.
Aunque sean solo un remedo, una sombra de su auténtica realidad, un trampantojo surrealista en el que confortablemente  sobrevivimos.
Alguien, alguna vez lo ha vivido y sufrido, ha tenido esa fortuna, y me gustaría pensar que todo el mundo la tiene, aunque no esté escrito en ningún lugar, solo la presunción de que la oportunidad es universal aunque pocos, poquísimos, sean los que la hayan vivido y se atrevan a contarlo. A fin de cuentas es el referirlo, el anotarlo aunque sea en la arena de la playa, lo que servirá de referencia para el  orqui, el bulbo que viene detrás de cada uno. Y conste que  no fue la flor en este caso, aunque supongo que también, sino el espectador  quien quedó hechizado, enajenado por ella.
Una orquídea genuina, salvaje, junto al camino que luego fue verde - cuando las azucenas se marchitaron, de la pena - en medio de la verde y rala hierba, en el lecho arenoso, apareció ella, pequeña, diminuta comparada con sus imitadoras de floristería y supermercado. Tallo breve y flor única, como la perla del otro Emilio. Y bellísima, incluso para quien no estaba ducho en cánones estéticos que le permitiesen medir la intensidad del deslumbramiento. 
Realmente una flor excepcional, frágil, solitaria y desprendiendo tanta luminosidad, a pesar de surgir  en la relativa umbría,  los rayos del sol que habían castigado durante toda la jornada se  hicieron pobres bujías, mariposas encendidas sobre el aceite del vaso votivo a los pies de la virgen, que la monjitas cuidaban estuviese siempre alumbrando, alejando la oscuridad, porque supongo que es de lo que se trataba, se sigue tratando, conjurando los demonios nocturnos, y emulando torpemente el brillo de la luz, realmente de su reflejo sobre la belleza de las cosas, que es lo único que percibimos.
La florecilla del camino, estaba convirtiendo al  paseante en acreedor del orgullo ajeno, ante la posibilidad de que fuese el terreno virgen, alejado de la contaminación de las ciudades y el aire limpio a centenares de kilómetros de la chimenea tóxica más próxima, quienes permitiesen la existencia, todavía, de esta orquídea silvestre,  que cobró vida de forma inesperada, se movió ante quien la miraba de manera evidente, dirigió a su único espectador, pretendiente inesperado de su juvenil belleza, una ligera oscilación, un balanceo lateral al principio  brusco, que fue disminuyendo hasta volver a la inmovilidad. Puede que ella no se moviese activamente para llamar la atención, quizás ignoramos la capacidad, incluso la intencionalidad de quien se mueve ante nuestra mirada, puede que fuese solo la brisa, una breve y delicada racha de viento quien la hizo dirigirse hacia la mirada de aquella manera, quizás también el viento tenga vida y sentimientos, deberes ocultos para nosotros, que le obligan a participar en  la puesta en escena de cualquier drama romántico, porque lo  del melodrama suele venir después.
Delante la flor, enfrente el insecto, entregado observador, y la voz del subconsciente represor, la que te recuerda que tú ya tienes otra flor, que tienes asegurado el néctar, y sin embargo la tentación,  la magia del color imposible,  la combinación de los tonos amarillo verdosos en sus bordes, del violeta azul y morado centrales, con esos minúsculos lunares marrones, pecas, junto a su boca, y otros diminutos, entreverados , cubriendo toda su cara y resaltando la delicadeza de su piel, enmarcando con su pass partout jaspeado esa sonrisa que a su espejo  iba dirigida, miró hacia atrás el colibrí para comprobar que no era ningún error de apreciación, que no había otro sediento bebedor en los alrededores, y volvíó a caer en el éxtasis de la contemplación del milagro de la vida, de tal forma que por un instante lo hizo participar en él.
La flor, la brisa, el color y el aroma del néctar que guardaba junto a sus pétalos, y en el que indudablemente se hubiese sumergido  para nunca más volver.

Dicen que son carnívoras, los que escriben de flores sin conocerlas, o insectívoras, por el hecho de que la belleza, la sensualidad femenina, haga perder la razón a algunos, y no es más que la forma natural de transportar el polen de la diosa que te ha elegido para ello, de aceptar que esa es la muerte más dulce como cantaba Aznavour, si no has tenido la desgracia, como en este caso, de escuchar el aviso de: "No Jack. No lo hagas" que intentaba evitar el que la libélula fuese electrocutada en la lámpara asesina -Bichos-   y que a él, y quizás  a aquella orquídea excepcional,  los convirtiese en muertos vivientes. 
El presagio para el pescador que encontró la perla, el temor de hacer daño, de herir a quien quieres, el sol la luna y las estrellas, todos unidos como cantaba Miguel Hernández, vieron unidos la hermosura… del recuerdo, de la memoria que fija la flor en los genes de otro mosquito que te antecedió, quien sabe cuántos ciclos vitales, cuántas vidas breves como la del insecto y la de la flor silvestre, y de los que solo el desencuentro, la dolorosa ausencia de lo que nunca llegó a suceder, queda grabado en el ADN de la exuberante  phalaenopsis que tengo delante.

Ganas me dan de liberarla del rodrigón que la mantiene artificiosamente tiesa, de acercarla a la ventana abierta donde la brisa del crepúsculo la hará moverse otra vez, de hacerme señas, al insignificante admirador y esclavo quien solo puede añorar un instante irrepetible. Pero otra vez la voz interior, la crueldad del sentido común, me dice que eso no es conveniente, que fuera del corsé que la fija al plástico, el tallo se partiría,  la flor perdería su esencia, su brillo y su color, en el inevitable contacto con el suelo y que, al fin y al cabo todavía nos queda algo, en modo alguno artificial, el consuelo del recuerdo de aquella maravillosa flor silvestre. - María Candelaria, también de "El indio" Fernández, con  Dolores del Rio, cuyas trenzas negras siguen poblando mis sueños, los inconscientes, de dicha-. Con toda seguridad, haciendo referencia a la Candelaria, la guarianthe skinneri, orquídea que es la flor nacional de Costa Rica, lo que me hace alejar el temor de sentirme solo en la adoración de orquídeas, aunque sean imposibles y ajenas.
La que os presento en el encabezado es de otro tipo. Es una que florece milenaria a lo largo de un tiempo que supera a los humanos, y que tiene mucho que ver que con la salud del aire que la alimenta y con la luz de las estrellas, que tampoco son eternas, aunque ingenuamente pensemos o deseemos que la palabra siempre, signifique algo más duradero que el ahora y el quien sabe de nuestros recuerdos.
Ayer estaba esperándome, en el muro norte del castillo de Jimena,  me estaba mirando, quería decirme algo, y aunque ya no tiene el efecto obnubilador para  el receptor,  cuya cobardía quedó demostrada aún bajo su disfraz de honestidad, al menos me sigue demostrando que la belleza está en los lugares más insospechados, como debe estar también en los recuerdos ajenos, que los propios conviene tener a buen recaudo, pues son lo único que nos mantiene vivos, aunque hayamos sido simple espectadores, pero al menos espectadores enamorados, que diría el poeta.  

Por el camino verde, camino verde, que va a la ermita
Desde que tú te fuiste, lloran de penas, las margaritas
La fuente se ha secado, las azucenas están marchitas
En el camino verde, camino verde, que va a la ermita
Hoy he vuelto a pasar, por aquel camino verde
Que por el valle se pierde, toda mi felicidad.
Hoy he vuelto a grabar, nuestros nombres en la encina
He subido a la colina, y ahí me he puesto a llorar
               


P.D.-
Dolores del Rio fue la única que ayudó a Gary Cooper a defenderse de los malos en “Solo ante el peligro".  Ni los vecinos ni su rubia esposa, hicieron nada. Si no hubiese sido por Dolores….  
  
(La de Aznavour https://www.youtube.com/watch?v=yZLRrNFZN50, la glosaremos otro día. Aunque eso de que siga haciendo bolos estivales a los noventa, me da mala espina, resulta obsceno).                                                                            


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