jueves, 20 de febrero de 2020

CHARANDAL.-



Aquellos que recibieron en la infancia una educación bilingüe, diferenciada de la lengua materna, y generalmente administrada por profesores nativos, tuvieron, o tuvimos, forzosamente que contagiarnos de las tradiciones, más aun el fondo, de la memoria que acompañaba a sus profesores.



La memoria te acompaña hasta que desaparece contigo, después solo queda un soplo de viento más o menos débil, que se mezcla con aire y se diluye en la memoria de otros, de los que antes han respirado en el planeta que nos ha tocado en suerte, destinado a seguir idéntico camino que el de nuestras vivencias ahí guardadas, si bien entonces a nivel cósmico y, esperemos, en un futuro muy, muy lejano.



Son tantos tópicos los que nos abruman que, nadie podría pensar en nuestro medio otra cosa que aprendiste a escribir en un colegio elitista cuando hablas de educación bilingüe. Craso error. No hay mas que trasponer esa situación a cualquier aldea africana o sudamericana -se dice Cono Sur, para no molestar- donde la formación esté a cargo de misioneros o voluntarios pertenecientes organizaciones radicadas en el primer mundo.



Afortunadamente los conceptos de primer o tercer mundo, de paises desarrollados o incapaces de serlo, se han convertido en otro tópico fuera de lugar y del tiempo. Hoy a través de las migraciones y del conocimiento digital, y también de la suerte, una persona puede pasar del lugar más deprimido del mundo al más rico en apenas media generación. Incluso el factor de la medida del tiempo a través del numero de generaciones ha quedado obsoleto.



Lo cierto es que también en nuestro país fuimos educados por voluntarios, religiosos, procedentes de otras regiones, tan diferentes a la nuestra natal que, en cierto modo nos han convertido en bilingües, en una rara variedad de bilingüismo donde el extraño nos enseñó a escribir en otra lengua, la oficial, a la vez que nos transmitía, inevitablemente, la nostalgia por su tierra original, por sus costumbres y, hasta por las canciones que escuchase en su infancia. También ellos tuvieron infancia, y en eso, y en casi todo lo demás, acabaron mezclándose con nosotros, hasta el momento ese en que el soplo de viento lo arregla todo, intentando devolver el equilibrio a lugares que lo han perdido para siempre, ahora vacíos, despoblados, fantasmales, como aquel páramo que prestaba escenario y apellido al personaje de Juan Rulfo, en búsqueda de sus orígenes, del aire que respirase su padre y que, como el santo grial de los cruzados solamente existe en la fantasía de los fanáticos, de los que todavía creen en la homeopatía y en la piedra filosofal, en el movimiento perpetuo, o en la honradez de quien miente reiteradamente pro domo sua, para su beneficio, a la vez que nos sonríe y nos embauca con su discurso.

Y sin embargo algo nos obliga a seguir jugando, y perdiendo, en la mesa del trilero, a seguir creyendo en utopías y a seguir buscando ese secreto misterioso que se esconde detrás del mas infantil de los recuerdos, propios o incluso ajenos.



He estado buscando ciertas coplas escuchadas en los tiempos de la escritura torpe y azarosa entre dos lineas, guias para no descarrilar el texto proceloso que comenzaba con aquello de “mi mamá me mima”, rondando en la discoteca del cerebro musical, y obligándome a identificar su origen ya que ni el título, ni el disco existieron jamás. Alguna he podido localizar como tonada popular, registrado el texto por cierto estudioso de tradiciones vernáculas -palabreja horrible,como todas las que terminan en cula o culo- cercanas al lugar de nacimiento del estudioso, persistiendo su eco hasta quizás la última generación que la cantase, que entonase aquella melodía, a través de  voces femeninas al otro lado de la ventana: "Rosales de Alejandria” o algo parecido y que, como siempre que pregunto por ellas, no encuentro más que negativas sobre su presunta existencia.



Quiero recordar, y recuerdo, haber escuchado esta otra canción, en la voz de una joven profesora procedente de tierras leonesas, quienes ochocientos años antes habían enseñado a hablar y hasta a cocinar a mis antepasados, y la que probablemente debió cantar la copla en no más de dos ocasiones, intentando que sus alumnos la repitiésemos, quizás para poder escucharla ella en otras voces e introducirse así en el bucle de la memoria, de la nostalgia, que te obliga a intentar regresar a tus tiempos felices. Eramos niños, y aunque entonces no lo sabíamos, esos eran nuestros tiempos felices, los más felices.

Después viene la razón, el conocimiento, y se echa a perder el placer de no tener preocupaciones.


"Cuanto más aumenta su conocimiento, tanto más se siente el hombre en su rincón". Friedrich Nietzsche

El caso es que volvió a quedar grabada en el disco de pizarra, en la discoteca del alma, y allí sigue dando vueltas.



“Quella, quella fumarada, que se ve en el fumeral.

Un carro que no tien mula, y que dice charandal”.



Charandal con mayúsculas, es lo que dice el carro que no tien mula, y es lo que me ha tenido media vida intrigado por su significado, más allá de que pude asumirlo propio de un terreno originario de Wenceslao Fernandez Flores, y donde las meigas o la santa compaña eran algo tan real como cotidiano. Meras hipótesis de alguien que quiere convencerse de algo sin más pruebas que su imaginación.

Otra vez los compañeros de aula y pupitre, negaron rotundamente haberlo escuchado, y otra vez solo ante el mayor misterio, el significado de la palabra clave, charandal.

Dando por buenos la magia y el misterio que seguramente envolviesen la finalidad de la copla, el entorno social e histórico donde fuese parida, y la necesidad de dar continuidad a la leyenda, madre de la imaginación y de la aventura, me he visto forzado a aceptar que también la realidad tiene su corazoncito que, aunque suele estar carente de lirismo, y muchas veces de afecto, no deja estar ahí, obstinadamente ahí, para justificar el principio y el fin de misterios como este, gozosos.



Resulta que estos bilingües profesores nativos, los de nuestra escuela, ciertamente tan alejada de elitismos, ya que tuvieron que llegar estas monjitas de sus aldeas, seguramente tan pobres como las nuestras, desde esa tierra perdida entre gallegos y leoneses, para enseñarnos a leer y escribir, y también para que pudiésemos comprobar, con los años y la experiencia el que, otras voces, al igual que la nuestra, poseen sus particularidades que pueden hacerlas ininteligibles para los demás, los extraños, los que creen que solo su tierra es la verdadera, ahora nacionalistas xenófobos, mañana quien sabe.



Tan solo tuve que traducir la palabra adaptándola al posible significado de la frase completa, algo habitual en las traducciones de inglés o francés para aquellos que nunca los tuvimos como idiomas complementarios al nuestro, que buena falta nos habrían hecho a la larga.



¿Y si charandal solo fuese el resultado de unir varias palabras para facilitar su pronunciación?



“Echar a andar”.



¿Y si decir es un modo figurado del hecho de que un carro se deje llevar por el declive del terreno al no tener una mula aparejada que lo sujete?



¿Y si alguien que viese el suceso, rodeado de las humaredas ondulantes y evanescentes de los carboneros, lo considerase un hecho mágico, digno de figurar en un romance?



Tan fácil como admitir esas posibilidades y pasar pagina al misterio, resuelto tan sencilla y tan lentamente, décadas de desvelo, de pesadillas y de investigación, por este irredento sufridor que todavía espera encontrar el santo grial cualquier día de estos. Os lo contaré.

jueves, 6 de febrero de 2020

ALTERNATIVAS A LA SANIDAD PÚBLICA (102).-


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