A
pecis y brevas nunca le bevas.-
Se
hace necesaria una discreta introducción a la correcta pronunciación
del enunciado. Sin la cual, probablemente no se sienta, aunque se
entienda, la siguiente historia.
Así,
las uves se pronunciarán arrastradas, sonando casi como efes,
incrementando ligeramente el tiempo en que los incisivos superiores
se apoyan sobre el labio inferior. Las bes son muy similares a las
pes universales, las de toda la vida, tan solo hay que limitar la
fuerza del aire espirado al pronunciar estas ultimas para conseguir
el efecto óptimo.
El
lector debe practicar estos modismos acústicos, escuchándose y, tan
solo después de encontrarse familiarizado y satisfecho con su propia
voz, continuar adelante. Ya que de eso vamos a tratar, de la propia
voz de cada uno, o de la que ese uno cree poseer.
Existen
tendencias irreconciliables, casi, sobre cada cuestión sin resolver,
que obviamente son infinitas,
Así,
mientras una escuela apuesta por la literatura de ficción,
demostrando a su modo que describe mejor la realidad que cualquier
imagen visual o documento gráfico, sus oponentes apuestan por la
narración objetiva , por el documental , el ensayo histórico
descriptivo sobre hechos que consideran la base del conocimiento
real. Los primeros insisten en que la realidad la crean ellos al
hacer verosímil su relato.
En
medio de ambos surge la valoración de la herramienta básica que
unos y otros van a usar sin descanso, la memoria.
También
ella tiene sus admiradores incondicionales y sus detractores. Los
recuerdos son individuales y por tanto sujetos al deterioro, la sobre
valoración o la mixtificación que de ellos haga un solo sujeto,
algo anecdótico si no puede contrastarse con los demás, la eterna
lucha entre la ciencia y las creencias de cada cual, en la que
tampoco vamos a entrar.
Sea
como fuere esa memoria individual se queda grabada durante la vida
del dueño de esos recuerdos y, a la vez que se convierte en algo tan
vulnerable y finito como esa vida, no deja de reforzar la grabación
de ciertos sucesos, o meras impresiones, sobre un espacio secreto,
incluso para su presunto dueño, donde pueden ser reforzados,
modificados a veces en sentido adverso para la voluntad del individuo
y, generalmente, borrados cada cierto tiempo para hacer espacio a
otros mas recientes. Esa es la teoría mas razonable y aceptada,
hasta que se cae por el suelo cuando el anciano, antaño demente
senil, y hoy marcado por un apellido alemán, empieza a sacar a la
luz, a ser traicionado, por su memoria, reviviendo hechos e incluso
sentimientos a los que nunca antes había aludido.
Afortunadamente
no es nuestro caso, todavía, aunque a partir de una cierta edad,
cuando te conviertes sin darte cuenta en un idoso (en portugués) no
dejas de obsesionarte por esos recuerdos, generalmente dulces, los
otros borrados por el asunto de la supervivencia mental, y de
intentar compartirlos con aquellos que estaban allí entonces. Vana
pretensión, en tanto tus coetáneos tienen, probablemente, la
madeja mas liada que la tuya.
No
obstante quedan siempre escenas sainetes que escapan a la fugacidad
de algo tan etéreo y evanescente como la propia memoria, y una de
ellas se me aparece de vez en cuando cuando intento revisar,
imposible ordenar, los disquetes viejos que se esconden en lo mas
profundo de eso que llaman circunvoluciones cerebrales o en lugares
cercanos a ellos. Una de ellas es la que paso a contar.
Inútil
fechar en el calendario de la propia vida, el cuando. Eso hizo el
autor de “Por el camino de Swann” durante ochenta paginas
interminables para relatarnos que su mamá no había ido a darle un
beso en la cama, y calculo que su edad, la de esos primeros
recuerdos, debió ser parecida a la miá, aunque no quiero, ni puedo,
ser tan prolijo. Aunque ya podéis ir comprobando que lo que en
Proust era de una pesadez imperdonable, si bien no hiciese otra cosa
que, a través de la memoria, ir en busca de su tiempo perdido, en mi
caso se convertirá espero en algo más llevadero.
El
caso es que fuimos a comer a casa de mi tía C, la hermana de
mi padre, y debió despertar en el niño la novedad de la
experiencia, de la primera comida fuera de su hogar, y por tanto
diferente a la de todos los días, hechos que justificarían por si
solo, la necesidad de grabarlos en en las primeras paginas del diario
de la consciencia, de ese blog en el que no hemos dejado de anotar
cada hora de nuestra vida y que se borrará , irremisiblemente se
perderá para siempre como lagrimas bajo la lluvia (quiz 1, del mazo
cine).
Todo
nuevo para quien estrena experiencia, supongo que mis primos J y V, y mis tíos estarían festejando sin mas, una reunión
familiar, y digo sin mas porque no recuerdo absolutamente nada de
todo ello, salvo que en un momento dado pedí agua, el niño tiene
sed, y entonces lo escuché nítido y reluciente, el aforismo o mas
bien refrán, que en el pueblo es lo que gastábamos entonces,
definitivo: “A pecis y brevas nunca le bevas” en la
voz de mi tía C, el ama de casa que obviamente tenia el mando
en aquella ocasión. Y como realmente habíamos comido “pecis”,
difícil especificar la especie de pescado, aunque en un pueblo
alejado del mar como el nuestro, tampoco tendría mucho donde
equivocarme si señalo a este o aquel. Lo cierto es que se cumplía
una parte importante del axioma, y brevas no había en la mesa, por
aquello de que no era la época. Por lo tanto, agua tampoco.
No
se habló mas del asunto, y el niño de entonces no osó repetir la
comanda, a la vez que inició un padecimiento silencioso en el que la
sed se hizo dueña y señora, hasta el final de la comida y mas allá,
con la boca seca y sin poder hablar casi con mis primos, haciéndose
eterno el tiempo de espera, interminable, hasta que finalizase aquel
tormento. Vamos que el de Proust no era más que un niño mimado a mi
lado. Hay un hiato en la memoria a partir de ese momento, que se
prolonga hasta llegar a casa, cuando mi padre me dice: -Anda ve a
beber todo lo que quieras.- Me lo quedo mirando, y recuerdo que le
dije la verdad: -Es que ya no tengo sed-. Y ahí ese otro relámpago,
el que graba el milagro de la innecesaria necesidad de beber agua,
que tan bien recuerdo.
Si
ya en aquella época, la sensación y las obsesivas ganas de salirme
con la miá o de no aceptar el mandato superior, fueron capaces de
someterme a aquel sufrimiento gratuito, no ha dejado de repetirse
este esquema a lo largo de los años. Quiero esto, quiero lo otro, y
si no lo obtengo me disgusto, perreo curando era niño, y seguramente
me deprimo desde entonces ante la frustración, hasta darme cuenta de
que la mayoría de las veces no necesito aquello que, deseándolo, no
he conseguido. Y es gracias a la memoria de esas experiencias
fallidas, que he aprendido la lección, que lo importante es lo que
tengo y no lo que quiero.
Me
lo dice la experiencia, que no existe sin la memoria, y también la
primera regla científica, la de la prueba y el error. Entre ellas me
enseñan, y demuestran, que el camino elegido, a veces es el erróneo,
y que cuando lo sabes ya no te sirve gran cosa.
Lo
cierto es que cuando controlas, u olvidas, tus deseos mas acuciantes,
como el agua suponía para aquel falso sediento, llegas a comprender
que no era para tanto aquel dolor, y que el placer a veces aparece
simplemente en el olvido, consciente o inconsciente, porque sobre
la cabeza borradora (quiz 2, mazo cine) no tenemos control.
Otra
cuestión, no carente de interés, es el asunto de los pecis y la
brevas, de la adaptación local al probable proverbio chino o quizás
a alguna sentencia de La Rochefocauld, que también se las traía el
francés.
Tanto
el abuso en la ingestión, abuso esperado en el hambriento, y como
las meigas hailos como dice Wenceslao (quiz 3, este literario), de
brevas muy dulces o de pescado muy salado, y no tuvimos otros durante
siglos, requiere el acompañarlos de mucha agua, tal es la sensación
de su necesidad inminente, y claro está, aquello solía terminar en
empancinamiento, del que hablaremos ahora.
En
nuestro medio después de la “congestión” Y del “dao” era el
“empancinamiento” la tercera causa de muerte. La tripa hinchada,
que acababa con las bestias a las que se había descuidado bajo una
higuera, eran suficiente aviso para no imitarlas.
La
congestión figura como causa habitual de muerte durante la penúltima
epidemia de gripe, la de hace un siglo, que liberó mas almas que
ahora el covid. Posiblemente gracias a una neumonitis similar en
ambas ocasiones.
Y
el “dao”, bendito él, servia, y sirve, para un roto y un
descosido. "A fulanito le dió un dao". Aunque ahora lo llamemos ictus o algo parecido para
aceptar que la memoria se borró parcial o completamente, a veces
llevándose con ella otras funciones tan vitales pero no tan
necesarias como ella.
Al
fin y al cabo somos humanos y sufrimos cuando nos hieren, igual que
reímos cuando nos hacen cosquillas (quiz 4, mazo literario y cine).
Pero ¿En que nos convertimos cuando olvidamos?.
Yo,
por si acaso, y porque no hay brevas, que ya no las encuentro, me
abstendré de beber agua cuando las pille. A los pecis les tengo
cogido el punto y, además, habiendo cerveza......para qué jugarse
la vida.
Heilegart
Julio de 2023
P.D.-
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