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viernes, 11 de septiembre de 2015

LA GRAND RUE .-




 



El negocio de convertir a las ciudades en parques temáticos no es nuevo desgraciadamente.
Una vez conducida la turba turística hacia ellas, los peregrinos modernos quieren saber más cosas sobre el lugar, exigen características exclusivas, para que ellos puedan justificar el esfuerzo físico, el consumo de tiempo vacante y, por supuesto, el bolsillo.
Por dicha razón, se suele escarbar en las leyendas atribuidas a sus pobladores o a sus ancestros, forzando con su insistencia la transformación de estas leyendas o las referencias literarias al respecto, en hechos históricos irrebatibles. Museos, criptas milenarias recién excavadas o ritos tradicionales vigentes desde el año anterior, se convierten en hitos imprescindibles para los visitantes.

Entre las majaderías habituales de este negocio figuran las placas votivas, las lápidas verticales adheridas a las fachadas de las casa “Donde nació X” o “Donde pasó unos años el insigne Y”, sin olvidar las que dan fe del sitio como “Lugar de nacimiento de la institución Z”.
Nada que objetar, otra dolorosa extensión, flexión dorsal del pescuezo y fotos, muchas fotos, acreditativas ante quien las hace de que, efectivamente, estuvo allí, frente al texto breve y lapidario que enlaza el hueco, generalmente inexistente, tras dos o tres derribos y consiguientes reedificaciónes de la antigua casa natal, con la imagen mental que el turista pueda tener sobre la figura histórica en cuestión.

Como uno es pecador contumaz, y además se deja arrastrar  plácidamente por la turba vacacional, ha tenido la suerte de poder asombrarse ante cierta coincidencia asombrosa, por aquello de tener que tomar dos tazas cuando reniegas de la primera.
Paso del cuadrito que atestigua que allí murió el padre de J.J. Rousseau, aunque lo haya visto y me haya confirmado mi teoría de la majadería de la que no puedo sentirme excluido, pero cuando un par de calles más allá, en la Grand Rue ginebrina, veo la que certifica el nacimiento de J.J., en una fachada que tiene todo el aspecto de ser realmente la misma de aquella fecha, 1712, ya comienzo a marcar el cuaderno de viaje con un aspa en el lugar justificativo del viaje.
Su “Contrato social” fue uno de esos libros que he leído tres, o quizás cuatro, veces en mi vida, y en cada ocasión me ha surgido la misma pregunta. ¿Donde puedo firmarlo, dejar constancia de estar absolutamente de acuerdo con todo?.
Sin olvidar que el autor escribiese también mi libro homónimo, nada menos que “El Emilio”. Permanecer unos minutos, pocos, ante la fachada de su casa resultó un homenaje menor para el precursor de la Ilustración, pero harto gratificante para un servidor.

Me doy la vuelta y continuo andando por la calle, cuesta abajo por cierto, en un día en que, no muy lejos de allí, las vacas suizas estaban muriendo por el exceso de calor, verano inmisericorde, que no era mi caso, gracias a la excelente cerveza con que los turistas prudentes nos mantenemos hidratados. A pocos metros de allí veo otra cruz, la siguiente del obligado viacrucis estival y...casi caigo de espaldas.
Justo enfrente de J.J., nació Michel Simón, casi doscientos años después, y de pronto me entra el mareo, la conexión de estos dos personajes, de su lugar natal, y sus efectos en la cultura y la historia europea y en los recovecos de mi memoria, ecos harto repetidos en los estantes de la filosofía, la política, el cine, pardiez el cine, las mas de ciento sesenta películas en las que participase Michel Simón, y aquellas imprescindibles para cualquier adicto, L´Atalante, La Chienne, Boudou, El viejo y el niño.. Sin olvidar su laboriosa dedicación como probador de las pupilas de Madame Claude en la vida real. Genio y figura.

Curiosidades, coincidencias anecdóticas, intrascendencias sin importancia, y personajes tan discutidos en su actitud moral, en su vida personal, como admirados e imprescindibles para quien esto relata. Doy fe.


Dos glorias de la cultura francesa que, curiosamente, nacieron fuera. ¿Fuera de donde?.  Comienzo a comprender que el nacionalismo es un patrimonio exclusivo de los paises pobres, los otros, evidentemente, no lo necesitan.

- Michel Simón: “Nací en 1895, y como las desgracias nunca vienen solas, el cine también nació ese mismo año” 

- J.J. Rousseau: Con 33 años vuelve a París, donde convive con  una modista analfabeta con quien tiene cinco hijos y a quien convence para entregarlos al hospicio conforme van naciendo. Al principio dijo que carecía de medios para mantener una familia, pero más tarde,  sostuvo haberlo hecho para apartarlos de la nefasta influencia de su familia política: Pensar en encomendarlos a una familia sin educación, para que los educara aún peor, me hacía temblar. La educación del hospicio no podía ser peor que eso. (De Wiki).

Sospecho que el dilema educativo sigue sin resolverse doscientos años después, el como educar peor a los hijos, si por la familia o a través de la sociedad. Miedo me dan las respuestas, aunque la teoría del Contrato social y la de Emilio o la educación, sigue pareciéndome bellísimas. Supongo que será porque el dilema no tiene solución ni nosotros tenemos remedio.


                                            

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