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martes, 1 de septiembre de 2015

LIBROS, LIBROS... Y 7. (LA GUERRA INCIVÍL).-


El final de la guerra (La última puñalada a la República). Paul Preston



Cuanto se agradece la visión de estos investigadores de hemeroteca, de coleccionistas de fichas documentadas, de acumuladores de bibliografías fundamentadas sobre cualquier episodio de nuestra historia. Si esta es lo suficientemente cercana – aun siendo ya historia y por tanto antigua- todavía mejor.
Se van eliminando tabúes, tópicos, y velos, muchos de los siete, aunque todavía quede alguno, alguno de esos que son el fundamento del erotismo, la discreta ocultación que insinúa el resto. Quizás la labor del lector, y por tanto su placer, sean similares a la puesta en marcha del atisbo de la sensualidad en  las imágenes borrosas e incompletas del misterio de la vida. El autor expone los datos y el lector deberá extraer sus conclusiones.

Debemos esperar, seguir esperando el descubrimiento de memorias, cartas celosamente guardadas, maletas perdidas y otras sorpresas que ya no lo son, para volver a releer la nueva versión, siempre más ajustada, más verosímil, y más fiable que las anteriores.
Si además el autor no manifiesta fobias evidentes por determinado personaje o determinado bando en el litigio, y sus excesos van dirigidos en exclusiva al acopio de datos fehacientemente documentados, y a la extenuante insistencia de poner en evidencia los testimonios existentes sobre un suceso concreto, cuanto más concreto, cuanto más “acotado” mejor, entonces la crónica histórica se acerca, se va acercando a ese tópico que llamamos excelencia.

Aquí nos situamos en un periodo breve, tres o cuatro semanas, y absolutamente caótico. La visión de lo acontecido durante la guerra civil hasta entonces, resulta lejana y no es explicada, en tanto no es el objeto de este estudio.
Sabemos que Azaña está en el exilio francés, y a pocos días de dimitir de su cargo. Indalecio Prieto dirige la embajada española en Méjico. Largo Caballero, marginado, Fernando de los Rios está como embajador ante Francia, y después Estados Unidos, Pablo de Azcárate en Inglaterra, países que con su actitud de no ayudar, de no intervenir, para no irritar al rival en ciernes, no hicieron otra cosa que asestar media docena de puñaladas a la República española, además de envalentonar a quien pretendían amansar.

                                 

Cierto que la última, la de Bruto quizás, fue dirigida por el inefable Casado y sus secuaces, a la hora postrera, según muestra y demuestra repetidamente Paul Preston. Pero también es cierto que fue la actitud de tolerante laissez faire, de negar la evidencia por parte de Negrín ante el golpe que era una evidencia desde al menos un mes antes de realizarse, la que permitió la penúltima masacre entre los propios republicanos, impidiendo la huida de decenas de miles de ciudadanos, centenares de los cuales terminaron suicidándose ante su impotencia para evitar el inminente exterminio por manos extrañas. Terrible.

Interesante la descripción de los momentos finales del poder comunista -que no trostkista- y del anarquista -CNT que no FAI-, en el penúltimo acto de la tragedia, el último todavía colea para algunos, y muy educativo para los que desconocemos casi todo lo acontecido entonces, gracias a la desinformación sufrida al respecto, el recuperar, reconocer apellidos que han dirigido el país hasta hace bien poco, y evocar otros nombres propios, injustamente olvidados, cuyo recorrido vital, a veces frente al pelotón o el garrote vil, puede ser harto instructivo para los jóvenes de ahora y de siempre.
Es como una de esas películas estupendas en las que te quedas leyendo los títulos finales, durante minutos, para saber que actor representa a cada personaje y quien estuvo en las bambalinas detrás de ellos.
Se aprende más sobre la condición humana siguiendo las vicisitudes de ciertas vidas concretadas en un nombre propio, que en todos los tratados filosófico que uno pueda estudiar. Aquí los tenemos por docenas, y aunque alejados de la batería heroica de las vidas ejemplares de las lecturas infantiles, todos tienen rasgos positivos, aun en momentos de dificultad extrema. Puede servirnos como libro de aprendizaje..

No hay, por tanto, buenos ni malos, lo que decepcionará a más de cuatro lectores, pero es que además desdemoniza a uno de sus principales protagonistas, Negrín, a la vez que desliza ciertas perlas informativas, subrepticia y generosamente y te hacen comprender muchas cosas sobre el antes de este ahora.
Interesante y formativo trabajo sobre una tragedia increíble, tan increíble, que afortunadamente ya la hemos casi olvidado.

En una autocracia, la desobediencia es un deber; en una democracia, la obediencia es una necesidad
(Fernando de los Rios).

                                             

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