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martes, 5 de abril de 2016

DE OVEJAS Y CARNEROS.-




Disquisiciones ovinas.-

(Carnero viene de carne. Nosotras damos leche, damos lana, y  queso para toda la semana)


Bienaventurados los pacíficos, porque ellos pacerán en paz.
Roer o gastar algo, comer el pasto, eliminar hasta la última brizna (de hierba).
Brizna, parte delgada de algo.
No importa tanto el hecho de exterminar el verde primaveral, cosa que pronto se convertirá en algo pecaminoso, quizás delito, no importa tanto como la actitud iterativa y, lo que es peor, exclusiva.
Todavía los optimistas ven benéfico el hecho devastador, el asuelamiento de los campos, nunca mejor empleado el término de asuelamiento, al contemplar las innumerables bolitas negras que dejan a su paso, tan similares a los granos de café (torrefacto) y por los que otros pagarán pronto sumas inconcebibles, en cuanto la moda dictamine los beneficios salutíferos de su infusión. Al tiempo.
Pero la empatía que desborda infatigablemente mi ánimo, impide juzgar peyorativamente al rebaño, al que, por lo demás pertenezco.

Lamiendo el suelo de la patria mía, sin separar la mirada de la madre tierra, buscando y arrasando cualquier fragmente del verde en toda su gama cromática.
Mi único contacto con el mundo exterior al rebaño, son los rumores que llegan a mis orejas a través de los infinitos balidos, también en toda su gama, acústica en este caso.
Parece ser que otros rebaños, más numerosos, aparecen periódicamente , sincronizados con las primeras hierbas de primavera, para regresar después a sus orígenes, en el norte, una vez que el ciego sol, el del Cid, ha transformado en polvo las gotas del roció mañanero que cubrían los tallos nacidos la noche anterior.
Las gotas y los tallos son solamente un recuerdo nostálgico, cuando nosotros seguimos lamiendo la parte de las piedras opuesta al mediodía, tiempo en el que los rebaños trashumantes disfrutarán de los pastos donde nacieron, vírgenes hasta su regreso, justo a la espera de la próxima nevada, cuando volverán a visitarnos.
Claro que aquí ignoramos que es una nevada, aunque intuimos que nada bueno cuando les obliga a semejante caminata. Sus vidas son, por lo demás tan rutinarias como las de aquí, salvo quizás por los equipos que les acompañan, pastores expertos, y vehículos de intendencia en los que no faltan alimentos ni medicinas, previsiones meteorológicas, ni alternativas tácticas ante cualquier incidente, al parecer.
Me llegan las voces admirativas hacia ellas, que no dejo de escuchar, la comparación inevitable con nuestro destino de miserables paridoras incansables, a la espera de ser retiradas como inútiles para este servicio, si antes no nos convertimos en morras, eso que los veterinarios llaman encefalitis espongiforme ovina. Que sabrán ellos de este duro oficio y de lo que llega a hacer una para que la retiren del puticlub.

No es la dureza de la supervivencia en un terreno donde el alimento solo llega en primavera y otoño, y no en todos, ni la de los días inhóspitos de viento helado donde nos arrebujamos en círculo con el culo a sotavento, como nos enseñaron las abuelas. Es la inevitable comparación entre los pastores de ellas, numerosos y preparados, provistos de aparatos que proveen medios para el confort de hombres y ovejas, y en los que se advierten niveles de humanidad, de intelecto, que aquí jamás hemos encontrado en nuestro supervisor, único y retrasado, el buen hombre. Hasta la perrita carea, a pesar de su inminente ancianidad, nos aporta más seguridad y respeto que el Azarías de la boina remendada. Dicen algunas hermanas de lengua azul, como las de vacas que nos empujan cada vez a terrenos más escarpados, que además es su familia quien se aprovecha del pobre, que cobran una subvención por incapacidad, a la vez que lo hacen vagar todo el año junto a nosotras, y así no tienen que soportarlo mientras disfrutan de los beneficios que les produce. Tan solo llenarle el morral una vez a la semana y recoger los ternascos para su venta, justo cuando podrían comenzar a incrementar, y enriquecer, el rebaño.

Son voces que escucho y que rara vez entiendo, mientras veo que cada año que pasa quedamos menos y somos mas viejas, y es que con los tres verbos que disponemos, rumiar, parir y balar, poco podemos hacer para cambiar nuestro destino. Lástima no tener un pastor que nos lea el libro aquel de la granja autosuficiente, de aquellos compañeros de matadero que quisieron cambiar el mundo y que, ciertamente, cometieron errores, improbables en ovejas como nosotras. Pacer y balar. Ya digo.


                                       

borrego, borrega
nombre masculino y femenino
2. adjetivo/nombre masculino y femenino
[persona] Que se somete fácilmente a la voluntad de otra persona sin rebelarse ni protestar.
cordero, cordera
nombre masculino y femenino
2. Persona dócil y humilde.
carnero
3. m. Arg., Par. y Ur. esquirol ( trabajador que no se adhiere a una huelga).
4. m. Chile, Cuba y Perú. Persona que no tiene voluntad ni iniciativa propias.
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