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sábado, 14 de mayo de 2016

BILINGÜE NATIVO.-

                                      



Nacido bilingüe.-

Leo la impertinencia – otra- sobre los nativos digitales – desafortunado neologismo – denunciando la brecha que han establecido con el resto de los humanos, y tal y tal.
Hasta hace unos días era el idioma – el segundo – quien separaba los mortales en dos bandos irreconciliables, el de los triunfadores y el de los pringados. El tiempo se ha encargado de demostrar que…  tampoco.

El sábado pasado  iba un servidor a comprar el cruasán en la única panadería abierta en el barrio, en pleno puente de la Ascensión, que los franceses festejan comme il faut, y no como otros que han olvidado – también – uno de los tres jueves del año que brillan más que el sol.
En pleno corazón del XIXº, iba repitiéndome la copla del olvidadizo Clodomiro “El ñajo”, aquello de una libra de clavos y un formón, para que la memoria no me traicionase a mitad del camino, y volviese a cometer el imperdonable error, el de pedir los cruasanes sin el correspondiente “berr..” final, lo que podría convertir un magnífico desayuno en un vulgar piscolabis.
Esta vez funcionó el recurso nemotécnico y la bolsa de papel que traicionaba su contenido debido a la constelación sobre su piel de recién nacidos planetas oscuros y bienolientes  denunciaba las cuatro piezas, trois payés et une oferté,  acelerando mi regreso hacia la comida preferida del dia, el desayuno. 

Paso muy cerca de un banco de la plaza ajardinada y no puedo menos que desviar mi mirada hacia él, la mirada y la oreja buena.
Dos vejetes sentados uno al lado del otro. El más cercano a mi trayecto, movía ostensiblemente los brazos, manos y cuello en ademanes propios de un prócer en su discurso magistral, y enseguida hipnotizó mi atención. Estaba hablando en español, explicando con total propiedad aquello que quería exponer, y rubricándolo con esos gestos propios del abuelo ante su audiencia. Una situación amable, casi familiar, que no tendría nada de extraordinario a no ser que…
Una vez terminada su exposición, al poco tiempo de incorporarme a la observación y audiencia secreta de la pareja, bajó los brazos y quedó en silencio, mirando al frente, hacia la nada, y un instante después inició la réplica el compañero, más calmado, sin apenas gesticular y con las manos apoyadas en el asiento, inmóviles. Hablando claro, supongo, perfectamente audible aquello que estaba diciendo, solo que en árabe. 

Despertó mi curiosidad y mi sospecha de que ninguno  de los dos conocía el idioma del otro. Un rato después dejó la palabra al vecino, que había estado totalmente ausente durante el speech del magrebí, y regresó nuestro abuelo a relatar alguna de sus batallitas, de aquellas que escuchaban sus hijos y nietos, cuando los tuvo al lado.

Continué mi camino, maravillándome de la necesidad de compañía, y de amistad que tiene el ser humano, para el que a veces, ni el origen, ni la religión ni el desconocimiento de otros idiomas aparte del suyo – intuí que el francés les resultaba ajeno, a pesar de llevar media vida en Francia -  son el menor obstáculo para satisfacerla.


  Salieron, probablemente, de su tierra, conociendo a duras penas el idioma materno, y ello les incapacitó para aprender el ajeno. Recluidos en el ghetto familiar, o en el de compatriotas cercanos, optaron por cualquier trabajo marginal donde el desconocimiento del idioma no fuese imprescindible y así han pasado su vida, soñando con regresar jubilados al pueblo de donde partieron.

Y luego la vida da un giro, leve al principio, pero aun así perceptible. Hace un clic, una enfermedad inesperada o la divergencia natural entre los planes de tus hijos y los tuyos, la perdida de tu soporte la pareja cuando más lo ibas a necesitar, miles de impertinencias que se agolpan en tu puerta para asumir la culpable responsabilidad de cambiar tus proyectos y convertirte en zombi, sin haberlo previsto, igual que el amigo Mustafá con el que compartes tantos buenos ratos en este banco desde bien temprano.
A ambos se os ha clavado el despertador biológico en esa hora en que os levantabais para ir al tajo, y ahora no os queda otra alternativa que realizar el trayecto a pie desde vuestra casa hasta el parque donde vuestros monólogos a dos voces, vuestras discusiones a capela en las que solo se escucha la melodía inmiscible y disonante de cada uno, y agradecidos estaréis seguramente a vuestro buen criterio, dirigido a la supervivencia de esta amistad de tantos años de exilio compartido, que os obliga a alternar las salmodias, el desahogo propio de quien está obligado a soltar las penas que lleva dentro, sin el riesgo inevitable para quien habla solo, de que lo tomen por loco.
Hay válvulas de escape para la peor de las condenas, que es la soledad, igual que hay sabiduría, siempre, en los ancianos.

Para que digan que la brecha entre los nativos digitales y el resto es insalvable. Lo ha sido para esta generación que termina, a la que aprender el idioma ajeno le ha resultado imposible, partiendo de las carencias de quien apenas sabe leer y escribir el suyo, y de quien no tiene fuerzas, ni espíritu para superar las barreras del leguaje. Los mismos que ahora, por mucho que estúpidamente llamemos nativos digitales, no irán más allá del uso del móvil, y de  la embrutecedora adormidera digital a la que eufemísticamente llamamos redes sociales.
Quizás a muchos de ellos solo les sirva para perder su tiempo y energía en banalidades y, sobre todo, para descubrir una forma de soledad que no encuentro en absoluto diferente de la del Pedro y el Mustafá y sus recitales ininteligibles en el banco de aquel parque, zombis también los nativos digitales, a su manera.

Al final dependerá de lo mismo de siempre; la mitad, de las posibilidades, educación y medios a su alcance, entre los que ahora se incluye esta ventana maravillosa hacia la cultura universal, y la otra mitad seguirá dependiendo de la actitud del que lleva el móvil en la mano sin dejar de mirar y teclear, o de la de quien lo usa con sabiduría, y prudencia, asociándole el esfuerzo imprescindible para adaptarse a la supervivencia en los tiempos que le han tocado.
 Las dificultades y los hombres van siempre por la misma senda, y las vaquitas son ajenas, siempre, según Yupanqui. Y en esas estamos.
 



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