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jueves, 16 de enero de 2014

MÚSICA MAESTRO.- Edición 2014. (IV)





“Esto se lo dedico a Don Francisco Morán, “Yebenes”, y a su señora con todo mi cariño”.

Así comienza la copla número 17, y resulta inevitable imaginar el cuadro, la fiesta flamenca en la que el cantaor hace gala de profesionalidad mencionando al amo del lugar, probable, que en todo caso figuraba como mecenas de la artística reunión. Nada que objetar, eran otros tiempos. Incluso me parece oportuna la mención de “su señora” cuando el machismo no dejaba sitio alguno para estas frívolas debilidades. 

Demasiado hermosa la canción, evocadora de sentimientos, de amistad y de cierto tipo de gratitud que trasciende ampliamente la dedicatoria. Demasiado hermosa para no necesitar distraerme de ella, e involuntariamente dar un salto témporoespacial, siglo más siglo menos, y plantarme en cualquiera de los conciertos de verano, de las galas musicales semipúblicas –en algunas, se exige un escueto aporte a los asistentes para que valoren con mayor interés la función- organizadas por ayuntamientos, diputaciones, o incluso instituciones paralelas como los cursos de verano o por cualquier ministerio que esté vagamente relacionado con la dilapidación de fondos públicos que, para eso, todos sirven.

En estos eventos, aparece casi al final, pero lo hace siempre, el párrafo del animador, del vocalista- gerente-representante del grupo, el Manolo Morán de Bienvenido Míster Marshall, con el que  agradece encarecidamente el gesto de haberlos traído desde tan lejos, de haberse acordado de ellos, y se insinúa la disponibilidad de regresar todas las veces que sea necesario. Solo que ahora la dedicatoria no va dirigida al Julio II que pagaba de su bolsillo al Miguel Ángel, no. Va dedicado siempre al concejal de cultura, al señor delgado de turismo, al excelentísimo vicepresidente tercero de la diputación, o al responsable de fiestas de la institución responsable, que, en todo caso han pagado la gala, el bolo, la actuación, con nuestro dinero. Ya me da la risa floja, ya, cuando escucho este ite misa est  musical : Ahora ya podéis marchar, desgraciados.
De la señora del delegado nada de nada. Ahora, como ella suele estar discriminada positivamente con la titularidad de jefa del departamento de igualdad, no necesita ningún valor añadido, supongo.

Y sigo viajando por caminos siderales, sin necesidad de mucho beber, para encontrarme con cierta escena en la que encuentro personajes solidarios con mis cuitas.
Sin ir más lejos –que podría hacerlo, naturalmente- con la penúltima secuencia de Blade Runner, cuando Rutger Hauer, a punto de quedarse sin pilas, le suelta aquello tan extraordinario a Indiana Jones, a quien acababa de perdonarle la vida:

"Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo...

Y de pronto soy yo el que ve la luz, y le doy la réplica al replicante, en voz alta, a riesgo de confirmar mi chaladura:

-Tú no has visto nada, colega, todo lo excepcional que cuentas no es otra cosa que una lagrima que se pierde bajo la lluvia, comparado con la realidad de ciencia ficción que estoy viviendo .

El artista sigue dedicando su actuación al cacique, sesenta años después, solo que ahora el agraciado no paga nada, en  lugar de hacerlo, se pone del lado de los que cobran y todos contentos; hasta los estupefactos espectadores, ante semejante desfachatez. 

Y vuelvo a la película, a la última escena, con la bellísima replicanta al lado de Indiana, a la que en la edición director´s cut, se supone dotada de pilas inagotables que le anulan la fecha de caducidad a la vez que le conservan la lozanía indefinidamente para mayor placer de Harrison Ford.
Como falso nuevo final, pinturero y contradictorio, puede servir para los que nos quedamos apenados en la primera versión. Aunque los mitos son muy suyos y no gustan de perversiones a la hora de tocar el asunto del destino.

Vuelvo a flotar en medio de la analogía gratuita. Ahora resulta que en el tiempo de caducidad, el tiempo útil de los replicantes del otro lado de la pantalla, servidor entre ellos, también tenemos, cual afortunadas doncellas, modificada la fecha de consumo preferente, la de jubilación, que se va a estirar indefinidamente para permitir que el Indiana Jones que todos llevamos dentro disfrute de semejante y placentero viaje hasta seguramente el final de nuestros días. De que hagamos de señorita acompañante, no han dicho nada, de momento, pero yo, comprenderéis, soy capaz de esperar cualquier cosa. Con deciros que el Rutger Hauer me parece un simple al lado nuestro, os lo digo todo. Por cierto que la frasecita, dice que se le ocurrió a él solito durante la ducha, en la mañana en que rodaría esa escena, y que al “amo” Scott no le pareció mal.

 

Y es que también creemos que lo hemos visto todo, que hemos escuchado toda la música del mundo, y luego cualquier hoja suelta de un calendario viejo, nos demuestra que el tiempo, y con él las vivencias de cada uno, se contraen y se dilatan tan prodigiosa como caprichosamente.

¿Cuánta historia, cuanta filosofía, y cuanto futuro pueden encerrarse en los tres minutos que dura una copla? Vosotros diréis.

 

Prefiero considerarlas como capsulas témporo espaciales donde guardamos lo mejor, y conjuramos lo peor, de nuestros recuerdos, y que, al igual que el preludio del Clave bien temperado en la grabación de Glenn Gould, navegan encriptados en la en la nave Voyager 1 como muestra de nuestros afanes y de nuestra cultura.
Aunque preferiría que fuesen Farina o Valderrama, en lugar del Johan Sebastian, la elección tampoco está mal. Recordad que una prima hermana de ese preludio era lo que versionaban Los Pop Tops en “La voz del hombre caído”, y otra en “Oh lord why lord” que ya figurasen en nuestra primera edición, hace tanto, tanto… como lo de las naves de Orión.

P.D.- La segunda señorita a la izquierda de la foto,  a la derecha de Elvis, tenía unos ojos prodigiosos. (Lee Remick ?).



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