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viernes, 16 de agosto de 2013

EL DISCRETO ENCANTO DEL SURREALISMO. (BUÑUEL EN EL MANUAL DE USO CULTURAL).






Alguien dijo que todo exiliado lleva siempre dos mochilas a la espalda, la nostalgia y el resentimiento. Y que no podrá desprenderse de ellas durante el resto de su vida, desde aquel momento cruel en que violentamente es desprendido del cordón umbilical que lo fija a sus raíces.

Aún en el caso del hipotético regreso, resulta difícil apaciguar el dolor de la memoria que se vuelve incapaz de reconocer personas y lugares que se volvieron diferentes, tanto como el que retorna, el mismo Ulises.

Buñuel es un paradigma del maño errante, el que tiene que abandonar su país, sin la esperanza ilusoria del indiano – su padre- sobre un confortable regreso. La guerra civil supuso la imposición del billete de solo ida para los perdedores. Y las escalas en Paris, Nueva York o Méjico, fueron solo estaciones del viacrucis que no lograron sino exacerbar ambos componentes que formarán parte esencial en la paleta del artista.
 
Los gritos de “Vivan las caenas” que aparecen como caprichos de procedencia goyesca en sus últimas películas, su actuación como verdugo – aplicando el garrote vil – en “Llanto por un bandido”, de su presunto sucesor Saura, y todos los ecos de la España negra, del esperpento filmado, no son otra cosa que el reflejo del dolor, la nostalgia por la Calanda de su infancia, y por el Madrid prodigioso de los años de su generación, finales de los veinte, cuando la aurora del arte y la política llenaban interminablemente sus días  en la residencia de estudiantes.

El resentimiento, más explícito que sugerido, como sentimiento ambivalente  amor-odio, lo polariza, aparte de la añoranza imposible por un país perdido,  en otros dos aspectos fundamentales de su obra   ( y de su vida), el anticlericalismo y la misoginia. De cómo con esos mimbres puede conseguirse un cesto prodigioso que encierre dos docenas de películas imprescindibles, solo podemos entenderlo si creemos en los misterios gozosos, como el del experto religioso D. Luis, que consiguió  pasar de blasfemo y hereje a ser propuesto como modelo de beatitud, debido a su constancia en el anatema. Dogma religioso: “Habla de mi aunque me detestes, que todo lo aprovecharé”. Desde “La edad de oro” 1930 hasta “La vía láctea” 1968, una constante. 

Pero, si bien el iconoclasta presta su sello irónico, escandaloso para algunos, sobre ciertas incoherencias eclesiales, es su recalcitrante visión morbosa, francamente patológica, sobre la mujer, la que ofrece innumerables pretextos para que la psiquiatría tome cartas en el asunto,  ofreciendo un novísimo y personal enfoque cinematográfico en la relación hombre/mujer, y  prestando un singular atractivo a casi todo su cine.
Fetichista, necrófilo, sádico, masoquista, o ambas cosas, pequeñas o no tan pequeñas desviaciones del comportamiento que ponen de relieve, incesantemente, esas situaciones límite del ser humano, en la frontera invisible entre la normalidad y la desviación enfermiza. 

Quizás la etiqueta de surrealista quede demasiado pequeña, y sobre todo obsoleta, para calificar su estilo, eminentemente buñueliano, claramente inclasificable, único, como el de todos los genios que en el mundo han sido.
Sus comienzos, condicionados por la moda de “épater le bourgeois”, procedente de los decadentes del XIX y motivadora de aquella cosa que se dio en llamar surrealismo, sufrieron un traumático corte debido al fenómeno 36-39, y debieron pasar casi veinte años hasta que el Guadiana volvió a fluir. Por cierto, Alcoriza nació en Badajoz y todavía estoy esperando que le dediquen algún edificio costoso. O mejor algún ciclo de cineclub de barrio, se lo merece. 

Buñuel, descubierto, y santificado por los sacerdotes de la escuela parisina, Cahiers du Cinéma, pasa de ser un oscuro realizador mejicano a figurar en la galería de los genios consagrados.
Hoy “Los olvidados” está considerada patrimonio de la humanidad, con todos los merecimientos, Viridiana es una de las cinco películas españolas imprescindibles para nuestra filmoteca e incluso nuestra historia del siglo veinte, y él mismo, junto a los otros B, Bardem y Berlanga, son  realizadores españoles motivo de orgullo patrio. Si bien D. Luis siempre prefirió ser comparado con otro B, Bergman, con quien compartía obsesiones y admiración mutua. 

Impagable toda su etapa mejicana, cine de ínfimo presupuesto, y de excepcionales resultados, una docena de huevos de dos yemas, con la marca inconfundible, la sublime obsesión por el onirismo exaltado de este otro maño sordo e inmortal.
Inestimables colaboradores de su hazaña, Rabal, Alcoriza, Silvia Pinal y su abnegado marido, el productor  Gustavo Alatriste; románticos cineastas inmersos en el neorrealismo, y no otra cosa, pasado por el filtro de la nostalgia de Calanda y el resentimiento, la misantropía implícita en la serie negra de Goya.

 

Escasas y geniales sus películas españolas, inolvidables Tristanita con su patita quebrada, y  Lola Gaos en la sagrada cena de Viridiana,  aunque españolas lo fueron todas de alguna manera.
Lástima del final alimenticio, de su trilogía francesa. Del abuso inevitable de los productores codiciosos, sobre los genios seniles, fenómeno repetido con Wilder, Hitchcock, y otros octogenarios presentes en la parodia-homenaje, el oscar honorífico a Don Luis.
Pero es que, si la vida resulta dura para algunos, la sobrevida suele ser peor. Incluso para los genios.    

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