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lunes, 19 de mayo de 2014

LA LONCHERA.-





Dabba (The Lunchbox) 2013  Ritesh Batra. India

1.- Semántica.

Leo la palabra, subtitulo inicial, traducción de “The lunchbox” y me entra la risa estúpida, la del que ríe pensando en la de los demás (la estupidez) ignorante de su propia ignorancia (todos la poseemos, algunos en grado superlativo).
Después me siento generoso, condescendiente, misericordioso, con los chicos que elaboran en Sudamérica (no necesariamente America latina) los textos de esas películas, y es  porque gracias a ellos puedo verlas uno o dos años antes de que desaparezcan de las pantallas donde se proyectan, a seis u ochocientos kilómetros de mi casa, es decir, más allá del inalcanzable Orión.
Tolerante que es uno, y con el aguijón clavado desde el primer minuto, ¿Lonchera?, lugar donde se guardan las lonchas quizás. Evidentemente la protagonista es otra cosa, otro utensilio para transportar la comida que además ¡Oh, denostada virtud¡ es reciclable.

Bien es verdad que aquí teníamos las merenderas de aluminio, con dimensiones óptimas para servir de refugio a la inevitable tortilla de patatas que, solía ir coronada por el filete empanado, o la prodigiosa chuleta de oveja,- lo del cordero vino después- una vez macerada adecuadamente y rebozada con pizca de ajo y algo de finas hierbas, con cierta alternativa, en días impares , de las dos rodajas (que no lonchas) de chori o mori.

 

Las merenderas desaparecieron sustituidas por los tuper?, hace décadas, y yo me sigo escandalizando con los anglicismos o  spamglish (observad la m que convierte en basura el termino  maloliente, el odioso spanglish) cuando la verdad es que hemos crecido con ellas, con esas palabras inventadas y adoptadas que nos sirven como esos recipientes, para facilitarnos la vida, entre otras cosas.
Mientras merienda continúe teniendo más letras y muchísimas más silabas que lunch, estamos perdidos.

 

Darwin lo escribió clarito, y no fue aquello apócrifo y atribuido de que el hombre desciende del mono, no. Que trabajó media vida para convencernos de que la especie mejor adaptada para la supervivencia es la que va a prestar su ADN al futuro, las otras irán al cajón de los recuerdos.
Y de lunch a lunchera, pronunciada lonchera, solo hay un suspiro. Nada que objetar, tan solo corregir el diccionario interno y adaptarse uno, como los pájaros de Darwin, para seguir disfrutando del buen cine (y de otras cosas). Por cierto que el resto de la traducción, de los diálogos, impecable.

2.- Sociología difusa.

Una historia sobre personas de clase media, sobre una pareja (virtual) con edades dentro del intervalo, vital y socialmente productivo, que dista entre la primera madurez, cuando uno comienza a plantearse con fundamento el camino a seguir, y aquel otro lugar, donde el brillo que la experiencia otorga a los muchos años, el presagio para cualquier mente lúcida, sobre el inminente comienzo de la siguiente fase, la podredumbre. Al igual que la jubilación es el anuncio gozoso de la próxima etapa, la incineración (para los pudientes). Esto es solo en la India y así, no alarmarse.
Qué bien lo expresaba Edward G Robinson en aquella escena de “Green Lime”, cuando entra feliz a la sala de proyección donde eliminaban a los humanos añosos para convertirlos en comida, en galletas verdes que, a buen seguro no necesitarán lonchera alguna para su conservación. Si bien el traductor, que no era adicto a la degeneración del lenguaje, interpretó Green Lime por “Cuando el destino nos alcance”, por aquello de facilitar nuestra digestión mental  de tan excelente título, y novela de Sci-Fi (otra), que la peli Psé.

 

Pero mi admiración por Mr. Robinson (nada que ver con la del Simón y Garfunkel) viene también por ser esa escena, la última que interpretase en su vida, falleciendo pocas horas después. Azar, o genialidad de actores de otro mundo. Nunca lo sabremos. Aunque sí es terrenal y humana,  la aceptación de los extraños modos de vida, y sus consiguientes desenlaces, que no estamos acostumbrados en esta tierra nuestra, verbi gratia, los orientales.

Nos escandalizamos por una palabra inventada, con la mejor de las intenciones, pero nuestra indignación se desborda si llegamos a comparar la forma de vivir -de malvivir- de la clase media hindú, por ejemplo, con la nuestra. Negamos la evidencia de que los parias están entre nosotros, y nos reclaman en su seno con toda propiedad, o de que el papel de la mujer vaya más allá del eterno rol secundario que todavía , aquí, está tan lejos de abandonar.
El chico trabaja y malvive en soledad, a pesar de la aglomeración cotidiana que le impide respirar  a fondo, y también suspirar, (lo que resulta peor), como un auténtico privilegio, mientras sigue siendo útil. Después desgraciadamente termina la película.


La chica está perfecta para el espectador machista, o simplemente realista, abstraído de las falsas ataduras de lo políticamente correcto. Vive exclusivamente para su marido, a quien confecciona la comida exquisita- con ese ingrediente extraordinario que suele aportar el amor-  que luego transportará la lonchera de marras. Cocina en la pantalla, y cuida de su madre y de su hija, y las fuerzas que le quedan las gasta en tolerar y en esperar, luego en sentir. Un sentimiento inmortal que no necesita transmitir al espectador de manera estridente, y que define esa figura sufriente con la que a la mujer  se reconoce urbi et orbe, por más que en el ambiente hindú nos parezca adecuado o tolerable, la nada.  A la que solo el azar...

Esa es otra consideración sobre lo que entendemos como roles, costumbres o actitudes, aceptables para ellos, pero no para nosotros. Cuando, por cierto, no hacemos otra cosa que envidiar las de otros países que van por delante del nuestro en eso tan abstracto que es el bienestar. Curiosa manera de no ver la viga en el ojo propio.

3.- En el principio era la película.-

 

Dicen que la primera vez nunca es igual a las demás, que el resto es solo repetición y monotonía, eso dicen pero no es verdad.
Uno crece, y cambia, aunque el cambio resulte imperceptible, y esa primera vez puede llegar a repetirse, de hecho lo hace, tantas veces como seamos conscientes de ella.
Por eso, después de considerar a “In the mood for love” como paradigma del cine romántico,(del que he visto, aclaro), de guardar a sus dos actores en el altar principal de mi, harto ecléctica y  promiscua por cierto, iglesia interior; y de no encontrar adjetivos  adecuados, por insuficientes, para calificar la puesta en escena del fotógrafo, del músico, del sastre... no esperaba volver a reencontrarme con esa misma sensación, ante la que posiblemente sea la misma película, veinte años después. Aunque quizás sea el espectador el que ha cambiado lo suficiente en este tiempo, el que ha renacido para volver a experimentar la magia de la primera vez.

  

Mitad anonadado ante la perfección, pensativo ante esos personajes soñados, ascéticos en su vivir cotidiano, limpios, honestos, y guapos, al menos tanto como lo fueron los de “Deseando amar” – otra traducción desafortunada, el amor nunca puede desearse, tan solo se encuentra y se pierde o se conserva, como en todo buen melodrama--  solo diferenciándose ambas pòr la carencia  de la sofisticación, de la belleza increíble y  los vestidos de la heroína de Wong Kar Wai, innecesarios ahora ante la serena hermosura de la protagonista de The lunchbox, ante la sobria elegancia de su antagonista masculino y ante los innumerables viajes de la lonchera – que, por cierto también sale varias veces en la peli hongkonesa, y de su uso extra culinario – The go-between-,  ante la sencillez convertida en perfección, dirigiéndonos hacia un final que sorprende, sin por ello causar excesiva perplejidad.
Quedas tan solo con identica sensación a la que tienes después de una buena comida – y de eso trata, sin abusar, la película- con la seguridad de que su digestión va a resultar fácil y provechosa, a la vez que sospechas lo largo que se te va a hacer el tiempo hasta que puedas volver a probar otra igual, a que vuelva a repetirse esa primera vez.
En el mientras, seguiremos comiendo el contenido de la merendera, y buscando dentro alguna sorpresa, de las que te da la vida, ay dios.






P.D.-
Después de Satyajit Ray, Bollywood inclusive, no se ha visto en Occidente ninguna película india genuina. Esta de hoy es, cosa habitual y corriente, una coproducción franco-germano-anglo- ni se sabe. Pero aun así, es fiel reflejo de esa India que tan bien conocemos los que nunca hemos estado en ella.

El creador de imagen , el prodigioso iluminador de In the mood,  Christopher Doyle  merece un seguimiento detallado de todos y cada uno de sus ejercicios visuales. Quizás después de Gordon Willis, fallecido ayer -Snif- sea el único innovador que el cine nos ha ofrecido en los últimos…

 
  
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