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martes, 15 de julio de 2014

LA CARA OCULTA DEL DOCTOR CYCLOPS.-




Reivindicando los villanos de ficción. (Los malvados reales no lo necesitan).-


        -Llevo haciendo abuelas desde los diecinueve- confesaba ayer una actriz que  ha cumplido los setenta en los escenarios, gracias a que el papel de abuela sigue resultando imprescindible para el mundo del espectáculo.

        

      Aunque el de “malo” suele ser el mejor regalo para cualquier actor que quiera dedicar toda su vida al oficio, bien en el cine o en televisión. Lo del teatro ya hace tiempo que pertenece a otro circuito del entretenimiento, bastante diferente y restringido, y además aquí, salvo el rol del “galán joven” que, gracias al traje de Armani, algunos de nuestros clásicos han estirado indefinidamente, ejerciendo cuando ya son bisabuelos en la vida real, el resto de los personajes tópicos queda tan desdibujado como cambiante, de manera que los héroes sociales o revolucionarios, y los folclóricos y religiosos -hasta santos se representaban en los escenarios- han pasado a mejor vida.
        
     Sin embargo los “malos” continúan siendo necesarios, quizás como catarsis para el espectador sobre los otros malos, aquellos a los que envidiamos por su valentía a la hora de transgredir leyes humanas y divinas, y  por la impunidad de sus actos, que parece imbricada como séptimo velo, enagua invisible y protectora, dentro de las sucesivas capas que les permiten flotar, cual vampiros diurnos, por encima de sus victimas. Conste que los envidiamos por todo esto, que no por sus principescos modus vivendi. Al fin y al cabo si la de-formación judeo cristiana no nos hubiese  hecho alérgicos al crimen, ahora estaríamos todos, tan aburridos de los placeres que puede proporcionar el dinero (ajeno) que nos veríamos empujados a buscar nuevos atractivos sensoriales y, sobre todo, nuevas victimas a la hora de costearlos. Y de estos nuevos- viejos placeres, va hoy tangencialmente el asunto.
        
      Los malos, requetemalos, y terroríficos personajes cinematográficos que llenaron nuestras mentes infantiles de ese pavor animal que alejaba el sueño, e incluso llegaba a relajar los esfínteres, esas criaturas de monstruosa ficción en su primeras aproximaciones, muñecos de cartón y plastilina, evolucionaron, y maduraron junto al espectador, hacia versiones más elaboradas del mal, de las que su mayor y mejor representación estará siempre encarnada por un ser humano, que es el que al fin y al cabo ha inventado todos los monstruos, cuanto más ficticios más útiles a la hora de enmascarar, de ocultar al otro, al verdadero.
        
        También los malvados del cine no son otra cosa que una pantalla* para distraernos de la realidad infame, pero asumiendo que todo lo anterior sea cierto, o al menos verosímil, me encuentro necesitado de confesar mi cariño hacia ellos, hacia los villanos de las películas, que para mi han sido, y serán siempre, los actores que los han representado a lo largo de toda su vida.  Imborrables y pérfidos, crueles y sádicos, Jack Palance en Shane “Raíces profundas” y Henry Silva en “Green Mansions”, donde le quitaba la chica, la Audrey de quien nos enamorábamos por primera vez, y  digo primera vez de ella, al pánfilo de Anthony Perkins, uno de esos malos tan flojos que si no fuera porque Hitchcok nos lo explica en la última escena de otra película, ni nos hubiésemos enterado.
        
        Si bien esos dos fantásticos y achinados malos, son motivo de mi devoción, hay otros dignos de veneración que no deberían pasarnos desapercibidos, salvo que queramos pecar, otra vez contra el imperio austrohungaro, como citaba Berlanga en todas sus películas, aunque habría que decir contra los mandamientos judeocristianos, que también nos fueron censurados y cambiados por los los malvados judeomasónicos en la época aquella de la dictadura anterior a esta.
        Y hoy es Albert Dekker el protagonista de este panfleto, igual que lo era en sus películas, a pesar de que el “bueno” figurase con letras mas grandes en el cartel.
        Solo por su papel en Dr. Cyclops, ya merece figurar en el olimpo del cine de todos los tiempos, el tener su imagen en el salón de la fama, y en la parafernalia mística, donde residen las imágenes inmortales del terror. El científico loco, que no lo era naturalmente, loco, sino que pretendía dominar el mundo con el invento que permitía disminuir el tamaño de sus semejantes hasta convertirlos en homúnculos liliputienses, con los que pretendía conseguir sus perversos fines.
    
    Todos los fines eran siempre perversos, pero solo en el cine, que en la vida real la historia nos demuestra que la peor de las perversiones y la mas dolorosa para la humanidad es la de justificar las tragedias provocadas, guerras inclusive, con la mejor de las intenciones, el fin que todo lo justifica. Lo de volver pequeñines a los demás era solo una inteligentísima metáfora -tanto que no nos dimos cuenta- de aquello que los nazis primero y los comunistas después, pretendían hacer con todos nosotros. Intenciones que eran frustradas siempre por la rebelión de los “buenos” de la historia ficticia, porque ya sabemos que los de la historia real no se rebelan jamás, y por supuesto no confundir nunca rebelión con revolución, palabra absolutamente proscrita entonces y ahora.

        A pesar del triunfo, en la película, de estos “Muñecos infernales”, otro título en el que el villano travestido de abuela era nada menos que  Lionel Barrymore, segunda capilla a la derecha, eran siempre ellos , monstruosos y malignos factotum quienes quedaban en nuestro recuerdo haciéndose, por supuesto, merecedores de todo nuestro cariño.
        
        Por eso lo uso, al Cyclops, como icono en mi dirección celestial, correo, blog, Google +, etc. con el riesgo, asumido y aceptado, de que algunos lectores piensen que es mi foto de carnet, y que esos lentes, hoy antediluvianos de tropecientas dioptrias, sean parte de mi habitual fisonomía. No he querido desengañarlos. Además que, todos somos malvados a lo largo de nuestra vida, y si hay algo realmente inalcanzable para el resto de mortales es lograr la celebridad en el oficio, la de Albert Dekker.
        
      Y es que, es el malo de Forajidos “The Killers”, sobre el mejor relato de Hemingway, tan bueno que nunca sabremos si lo copió de otro, el de El beso mortal “Kiss me deadly”, jugando con material radioactivo, el de “Suddenly last summer”, De repente el último verano, junto a una “mala” incluso peor que él, Katherine Hepburn, lobotomizando a la pobre Elizabeth Taylor cuyo único y despreciable vicio era que le gustaban los chicos, el de “Al Este del Edén”, y así hasta su penúltimo rol en “Grupo Salvaje” donde era el motor, el Midas de toda la historia. Os aseguro que eclipsaba a todos ellos, y si así no hubiera sido ahora no os estaríais sorprendiendo de que saliese en esas películas que tantas veces habéis visto y que,curiosamente, os haya pasado inadvertido. Esa es la labor de un actor, incluso en la piel del villano. 
       El que además se enfrentase al equipo del senador McCarty, negandose a colaborar en el asunto de quemar brujas (colegas en la maldad), y eso le supusiera el tener que abandonar Hollywood para regresar al teatro, donde la muerte del viajante Willy Loman no habría durado cinco años en cartel sin su colaboración, no fue mas que la confirmación de que detrás del estereotipo había un actor y, detrás de este, una persona.  

                Pero es en su última actuación, postmorten, cuando logra eclipsar a todos los villanos que en el mundo han sido. Hasta, incluso, las escalofriantes escenas de Annibal Lecter, primera a la izquierda, en el silencio de los corderos, donde el malo de verdad es otro, y la crueldad para con sus victimas femeninas nos son mostradas explícitamente a los espectadores, infringiendo la sacrosanta ley no escrita del cine de terror, y del cine en general, donde no hay que enseñar, ni explicar, tan solo insinuar para que la mente del espectador, que pretende ser participe, añada el resto.

      Esas imágenes sangrientas, y todas las que hemos visto en las películas, posiblemente no hagan sombra jamás a las del cadáver real de Albert Dekker, cuya descripción,  nos hace imaginar hasta donde pueden llegar los desvarios de una mente enferma, o dos, que eso nunca lo sabremos.
       Buscaba el actor esos placeres ignotos de los que hablaba al principio, y aparte de conseguir desaparecer de este valle lagrimas, no ha conseguido que olvidemos su papel en Dr. Cyclops. Si se marchó con gusto o tan solo buscándolo, quedará como un misterio en el mundo de las sombras.


         
        Puede que algunos confundan la vida con una mera representación de aficionados y pretendan trascender el espectáculo hasta el más allá. O bien, puede que no pretendan nada , y seamos nosotros los que continuamos buscando el hilo conductor que nos guía a través del mundo de los sueños. Va a ser eso.

  

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