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martes, 2 de junio de 2015

ORQUIDEAS PERENNES.- (LUNA LLENA EN JUNIO).

                         



No es una planta, realmente es solo una flor que intenta permanecer en la fase del esplendor de la madurez  todo el tiempo que puede y, comparativamente con otras , ese tiempo se alarga ilimitadamente, días, semanas...hasta algún año he visto superar a la vara cuyos orqui han ido descubriendo el tesoro que llevan dentro  y que llega a confundirnos al hacernos creer que es una misma flor la que nos deslumbra, si no estamos atentos a los bulbos que esperan su momento y a aquella de ayer que, discretamente en nuestra ausencia, termina convertida en un insignificante palito seco junto al tallo.
Es la belleza domesticada lo que nos seduce de ella. La posibilidad de poder contemplarla esplendida, en ese estado maravilloso que trasciende el reloj biológico estacional y el azaroso devenir del agua, del viento, y de la implacable luz estival - en libertad, se entiende- aislada la domestica de esos peligros que la convierten en efímeras florecillas de la naturaleza, en la perla única que "El Indio Fernández" y la melena azabache de María Elena Marqués, convierten de puerta de la fortuna a tragedia consumada. Como la vida misma. Bellísimas, lcónicas y soberbias, todas idénticas las del mismo tiesto, y  de idéntico apellido en griego, phalaenopsis, cambrias, miltonias o paphiopedilum.
Nos consuelan de las impertinencias cotidianas al contemplarlas durante el descanso que precede al crepúsculo, en el que incluso bajo la luz artificial continúan manteniendo ese esplendor imprescindible para distraernos del amargor de la píldora que nos dan, como si apareciese Mary Poppins cada vez que las miramos, con su poco de azúcar y con su cancioncilla encantadora. Imprescindibles.
Aunque sean solo un remedo, una sombra de su auténtica realidad, un trampantojo surrealista en el que confortablemente  sobrevivimos.
Alguien, alguna vez lo ha vivido y sufrido, ha tenido esa fortuna, y me gustaría pensar que todo el mundo la tiene, aunque no esté escrito en ningún lugar, solo la presunción de que la oportunidad es universal aunque pocos, poquísimos, sean los que la hayan vivido y se atrevan a contarlo. A fin de cuentas es el referirlo, el anotarlo aunque sea en la arena de la playa, lo que servirá de referencia para el  orqui, el bulbo que viene detrás de cada uno. Y conste que  no fue la flor en este caso, aunque supongo que también, sino el espectador  quien quedó hechizado, enajenado por ella.
Una orquídea genuina, salvaje, junto al camino que luego fue verde - cuando las azucenas se marchitaron, de la pena - en medio de la verde y rala hierba, en el lecho arenoso, apareció ella, pequeña, diminuta comparada con sus imitadoras de floristería y supermercado. Tallo breve y flor única, como la perla del otro Emilio. Y bellísima, incluso para quien no estaba ducho en cánones estéticos que le permitiesen medir la intensidad del deslumbramiento. 
Realmente una flor excepcional, frágil, solitaria y desprendiendo tanta luminosidad, a pesar de surgir  en la relativa umbría,  los rayos del sol que habían castigado durante toda la jornada se  hicieron pobres bujías, mariposas encendidas sobre el aceite del vaso votivo a los pies de la virgen, que la monjitas cuidaban estuviese siempre alumbrando, alejando la oscuridad, porque supongo que es de lo que se trataba, se sigue tratando, conjurando los demonios nocturnos, y emulando torpemente el brillo de la luz, realmente de su reflejo sobre la belleza de las cosas, que es lo único que percibimos.
La florecilla del camino, estaba convirtiendo al  paseante en acreedor del orgullo ajeno, ante la posibilidad de que fuese el terreno virgen, alejado de la contaminación de las ciudades y el aire limpio a centenares de kilómetros de la chimenea tóxica más próxima, quienes permitiesen la existencia, todavía, de esta orquídea silvestre,  que cobró vida de forma inesperada, se movió ante quien la miraba de manera evidente, dirigió a su único espectador, pretendiente inesperado de su juvenil belleza, una ligera oscilación, un balanceo lateral al principio  brusco, que fue disminuyendo hasta volver a la inmovilidad. Puede que ella no se moviese activamente para llamar la atención, quizás ignoramos la capacidad, incluso la intencionalidad de quien se mueve ante nuestra mirada, puede que fuese solo la brisa, una breve y delicada racha de viento quien la hizo dirigirse hacia la mirada de aquella manera, quizás también el viento tenga vida y sentimientos, deberes ocultos para nosotros, que le obligan a participar en  la puesta en escena de cualquier drama romántico, porque lo  del melodrama suele venir después.
Delante la flor, enfrente el insecto, entregado observador, y la voz del subconsciente represor, la que te recuerda que tú ya tienes otra flor, que tienes asegurado el néctar, y sin embargo la tentación,  la magia del color imposible,  la combinación de los tonos amarillo verdosos en sus bordes, del violeta azul y morado centrales, con esos minúsculos lunares marrones, pecas, junto a su boca, y otros diminutos, entreverados , cubriendo toda su cara y resaltando la delicadeza de su piel, enmarcando con su pass partout jaspeado esa sonrisa que a su espejo  iba dirigida, miró hacia atrás el colibrí para comprobar que no era ningún error de apreciación, que no había otro sediento bebedor en los alrededores, y volvíó a caer en el éxtasis de la contemplación del milagro de la vida, de tal forma que por un instante lo hizo participar en él.
La flor, la brisa, el color y el aroma del néctar que guardaba junto a sus pétalos, y en el que indudablemente se hubiese sumergido  para nunca más volver.

Dicen que son carnívoras, los que escriben de flores sin conocerlas, o insectívoras, por el hecho de que la belleza, la sensualidad femenina, haga perder la razón a algunos, y no es más que la forma natural de transportar el polen de la diosa que te ha elegido para ello, de aceptar que esa es la muerte más dulce como cantaba Aznavour, si no has tenido la desgracia, como en este caso, de escuchar el aviso de: "No Jack. No lo hagas" que intentaba evitar el que la libélula fuese electrocutada en la lámpara asesina -Bichos-   y que a él, y quizás  a aquella orquídea excepcional,  los convirtiese en muertos vivientes. 
El presagio para el pescador que encontró la perla, el temor de hacer daño, de herir a quien quieres, el sol la luna y las estrellas, todos unidos como cantaba Miguel Hernández, vieron unidos la hermosura… del recuerdo, de la memoria que fija la flor en los genes de otro mosquito que te antecedió, quien sabe cuántos ciclos vitales, cuántas vidas breves como la del insecto y la de la flor silvestre, y de los que solo el desencuentro, la dolorosa ausencia de lo que nunca llegó a suceder, queda grabado en el ADN de la exuberante  phalaenopsis que tengo delante.

Ganas me dan de liberarla del rodrigón que la mantiene artificiosamente tiesa, de acercarla a la ventana abierta donde la brisa del crepúsculo la hará moverse otra vez, de hacerme señas, al insignificante admirador y esclavo quien solo puede añorar un instante irrepetible. Pero otra vez la voz interior, la crueldad del sentido común, me dice que eso no es conveniente, que fuera del corsé que la fija al plástico, el tallo se partiría,  la flor perdería su esencia, su brillo y su color, en el inevitable contacto con el suelo y que, al fin y al cabo todavía nos queda algo, en modo alguno artificial, el consuelo del recuerdo de aquella maravillosa flor silvestre. - María Candelaria, también de "El indio" Fernández, con  Dolores del Rio, cuyas trenzas negras siguen poblando mis sueños, los inconscientes, de dicha-. Con toda seguridad, haciendo referencia a la Candelaria, la guarianthe skinneri, orquídea que es la flor nacional de Costa Rica, lo que me hace alejar el temor de sentirme solo en la adoración de orquídeas, aunque sean imposibles y ajenas.
La que os presento en el encabezado es de otro tipo. Es una que florece milenaria a lo largo de un tiempo que supera a los humanos, y que tiene mucho que ver que con la salud del aire que la alimenta y con la luz de las estrellas, que tampoco son eternas, aunque ingenuamente pensemos o deseemos que la palabra siempre, signifique algo más duradero que el ahora y el quien sabe de nuestros recuerdos.
Ayer estaba esperándome, en el muro norte del castillo de Jimena,  me estaba mirando, quería decirme algo, y aunque ya no tiene el efecto obnubilador para  el receptor,  cuya cobardía quedó demostrada aún bajo su disfraz de honestidad, al menos me sigue demostrando que la belleza está en los lugares más insospechados, como debe estar también en los recuerdos ajenos, que los propios conviene tener a buen recaudo, pues son lo único que nos mantiene vivos, aunque hayamos sido simple espectadores, pero al menos espectadores enamorados, que diría el poeta.  

Por el camino verde, camino verde, que va a la ermita
Desde que tú te fuiste, lloran de penas, las margaritas
La fuente se ha secado, las azucenas están marchitas
En el camino verde, camino verde, que va a la ermita
Hoy he vuelto a pasar, por aquel camino verde
Que por el valle se pierde, toda mi felicidad.
Hoy he vuelto a grabar, nuestros nombres en la encina
He subido a la colina, y ahí me he puesto a llorar
               


P.D.-
Dolores del Rio fue la única que ayudó a Gary Cooper a defenderse de los malos en “Solo ante el peligro".  Ni los vecinos ni su rubia esposa, hicieron nada. Si no hubiese sido por Dolores….  
  
(La de Aznavour https://www.youtube.com/watch?v=yZLRrNFZN50, la glosaremos otro día. Aunque eso de que siga haciendo bolos estivales a los noventa, me da mala espina, resulta obsceno).                                                                            


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