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lunes, 23 de noviembre de 2015

CUANDO DESPERTÉ, ELLA YA NO ESTABA ALLÍ. (CHANTAL AKERMAN).-




 

Te vas, aunque sea el tiempo que dura una noche de sueño reparador, o esos cuatro días de vacaciones en los que desconectas de casi-todo, vaciando la mente de basura, y de malas intenciones acumuladas inevitablemente a lo largo de todo el año.
Resulta que vuelves con la neuronas, y el alma, descongestionadas, con todo el poder que te ofrece la recarga física y moral del breve descanso, pero con una hipoteca oculta e inevitable, la de haberte perdido algo o mucho, importante o no, sucedido durante tu ausencia.

Desgraciadamente, cuando la noticia ignorada es alguna estupidez, queda rebotando en los medios durante semanas o meses, y a tu vuelta sigue fresquísima, ocupando la atención y el espacio en los titulares que serían necesarios, al menos para plegarias, si es que las agencias no disponen en esos instantes de otra mercancía que ofrecer.

Pero hay otros sucesos de supuesto interés limitado que nunca ocupan titulares en primera página, y figuran con esos caracteres de tamaño modesto que solamente lectores expertos en lectura rápida, en vislumbrar más que leer, párrafos  sin sentido, resultan afortunados al descubrir un nombre propio familiar, al que tienen la suficiente simpatía para obligarse a volver atrás, rebobinar y leer detenidamente la corta, brevísima a veces, pincelada  informativa debida a esa persona.
En esos casos, la ausencia  del viajero,  que se somete a estos nuevos ejercicios espirituales  que huye del mundanal ruido, lleva aparejada la perdida, la ignorancia de aquello que realmente sucedió y que, sin embargo, para el ausente jamás tuvo lugar, en su forzada ignorancia al menos.

Ayer ocurrió con Chantal Akerman, cineasta belga que falleció durante esos días de octubre en los que tuve desconectada toda fuente de conocimiento exterior, y gracias a los cuales recuperé las ganas de volver a enfrentarme con el eterno piélago de calamidades, e icluso albergar cierta esperanza de sobrevivirlas.
Un nombre propio solamente, uno de tantos, de esos que bailan en tu memoria esperando que te pregunten por él algún día en el concurso  “Saber y ganar”, nuestro “Quiz” para loros de biblioteca a los que algún día soltaron de la jaula, quizás para que podamos presumir de un discreto grado de conocimiento inútil.

Chantal Akerman se marchó uno de esos días, y lo descubro con retraso en alguna página de cinéfilos, la de Solaris en este caso, leyendo hacia atrás, como debe ser, dedicando el suficiente tiempo al tiempo que el escritor emplease durante los días, semanas o meses anteriores. Lo bueno de los blogs que no están centrados en  las noticias - para eso ya está la prensa digital-, es que el valor de sus páginas suele aumentar leyendo hacia atrás, como estuve haciendo en este caso.
Se quitó la vida, dicen en los noticiarios serios, falleció en París según Wikipedia, y me admira la limpieza, la pulcritud, el respeto para con la vida ajena, si no van más allá del hecho, y porque los detalles sobran, al menos cuando alguien toma y ejecuta semejante decisión.

No tiene sin duda quien le cante versos como los dedicados a Alfonsina Storni,  ni a una Mercedes Sosa que le preste voz a su despedida, pero en cierto modo, también Chantal era una poetisa, una feminista sin necesidad de presumir de su condición femenina, una cineasta europea lo suficientemente interesante para los de mi generación  como para no olvidar su obra, su trabajo tras la cámara, que al fin es lo que trasciende a la persona, el oficio dedicado a los demás.
Una pesimista muy optimista, como ella se retrataba, que a través de la observación y de la reflexión, nos deja una docena de películas estimables, con un estilo personal y amable para intentar hacernos comprender el entorno que nos ha tocado en suerte.

Quizás sea su imagen de chica moderna, sus ojos tan especiales , así como su provechosa madurez dedicada en  la enseñanza cinematográfica, los que repiquetean en el recuerdo del admirador y me inducen a dedicarle esta merecida lagrima.
Sobre todo si considero lo injusto que he sido con ella al no estar aquí, en el mundo, en ese su momento.
Si bien dudo en quien sufre más, si los que marchan sin despedirse, o aquellos a los que les gusta despedir a los que marchan y penan por no poder hacerlo. Un autentico sinvivir, admirada Chantal.
( Por cierto que para ojos, también  los de  Chantal Goya, otra de mi quinta).
Buñuel se fijaba en los zapatos, en los pies y no en los ojos, y es que que hay gente pa tó.
Fetichistas irredentos.



Por la blanda arena
que lame el mar
su pequeña huella
no vuelve más
un sendero solo
de pena y silencio llegó
hasta el agua profunda
un sendero solo
de penas mudas llegó
hasta la espuma.
Sabe dios qué angustia
te acompañó
qué dolores viejos
calló tu voz
para recostarte
arrullada en el canto
de las caracolas marinas
la canción que canta
en el fondo oscuro del mar
la caracola.
Te vas alfonsina
con tu soledad
¿qué poemas nuevos
fuiste a buscar?
una voz antigua
de viento y de sal
te requiebra el alma
y la está llevando
y te vas hacia allá
como en sueños dormida,
alfonsina vestida de mar. 





 


PD.-  Marie Laforet, por aquello de los ojos... Escuchad, mirad y a sufrir.

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