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domingo, 1 de noviembre de 2015

VIAJE A PORTUGAL III.- (Un país para golosos)




Resulta arriesgado sentarse a comer en un país del que desconoces el idioma. Más aún si te crees capaz de adivinarlo, de interpretarlo alocadamente.

Quizás en alguna de las primeras visitas, buscando  un sitio donde comer, en la época cuando allí estos todavía se denominaban “casa de pasto”, el vislumbrar el cartel de alguna de ellas con la modalidad “casa de fados”, justificase que el temerario interprete que llevo dentro, lo ubicase, al fado, como una especialidad gastronómica tan lejana como inaccesible. Pasaron largos años en que aquellos que hablaban de la excelencia de los fados, se convertían para mí en auténticos gurús, en aventajados viajeros que sin duda, habían llegado más lejos, mil metros más alto, que yo, en esa aventura del conocimiento que es desvelar platos y sabores lejanos.

Luego vendría la estúpida moda de identificar al fado como lo que era, debido en parte al hundimiento de la casa Usher, entendiendo como tal a las discográficas del mundo entero, y la necesidad de buscar constantemente etiquetas que rentabilizasen el otrora negocio que los hizo crasos durante un tiempo, tanto como para considerar la industria musical como  porcentaje influyente de ciertos PIB anglosajones. Por otra parte el fenómeno o ecuación pijo/consumo, ha inducido a los emprendedores a ofrecerles periódicamente alguna novedad exclusiva que genere esa riqueza súbita y evanescente a que nos tienen acostumbrados.

Así los expertos sibaritas de quienes aprendí tantas cosas inútiles, aparentaron resultar familiarizados hace un par de años con Carlos do Carmo o con la mismísima Amalia, y me hicieron comprender lo absurdo de la espera, por mi parte, de comerme un fado, un buen fado portugués, al que suponía  con toques de FAbada y de estofaDO.
Este paralelismo entre la comida portuguesa, vista desde el nombre de sus platos, y sus contenidos, como el de los sobres sorpresa de mi infancia, no ha cesado de emocionarme.

Lo del fado fue posterior a la estupefacción que supuso  ver ante mi cuchillo, el "entrecosto", a quien había tomado por un entrecot en la carta y, resulto ser que tampoco, que el entrecosto es la parte más innoble del costillar, con su osamenta incluida.
 Ni que decir que la sugerente "entremeada" que figuraba en aquel menú del dia, y a la que de inmediato me dirigí para desvelar su misterio, quedó en el limbo después de que mis acompañantes me disuadieran de pedir algo sin la menor información previa. Y la información es fuente de sabiduría, pero también de grandes decepciones, la entremeada resultó ser nuestra humilde panceta, y derivó mi elección hacia otro elemento que tampoco, mire usted.

Una vez que aceptemos el hecho de que durante años he sufrido la frustración de no haberme comido un fado, comprenderéis como algo absolutamente normal, es decir racional, el que si me haya comido "un marqués", y nada menos que de Pombal. Y conste que, a punto he estado de comerme también a "Dom Rodrigo", excepcional postre, supongo, ya que los dulces portugueses son casi todos excepcionales  a mí entender. Quizás disuadido por su presentación, en atadillo figiforme de aluminio, a veces coloreado, con un aspecto excesivamente escrotal, sobre todo cuando los sirven en parejas.  Aunque tampoco descarto la idea de su probable indigesto componente calórico, al estar compuesto de huevo dulce hilado y almendras, lo que obliga al comensal a continuar bebiendo líquidos coadyuvantes, Ginja o Amarguinha, quizás Beirao, en momentos en los que su estomago sobrepasa la capacidad para la que fue diseñado.
Sea como fuere el Dom Rodrigo queda a la espera de un próximo viaje en el que intentaré averiguar también el origen de su denominación.

Lo del marqués, en cambio, ha sido otra cosa, son hechos consumados, nos hemos comido un marqués, o quizás dos, y a sabiendas de que nuestra cultura da por bueno el que nos zampemos los huesos de santo, o las yemas de Santa Teresa, sin incurrir en antropofagia alguna, y no como en la peli de Nelson Pereira Dosantos, que también. Este buen marqués, el Pombal, reconstruyó media Lisboa después del Big One, creando un estilo propio, el pombalino, con el que ha pasado a la historia del urbanismo.

Con los restos, despojos, y bocetos perdidos, se permitió edificar un pueblo modelo, donde no  había más que un par de casas de pescadores y una playa cuando todavía las calas arenosas no eran tales. El lugar se llama, Porto Covo, y es un ejemplo, entre miles, del daño que el turismo y los depredadores que le acompañan, pueden hacer a cualquier lugar con encanto real, y no con la etiqueta de encanto que acompaña hoy a cualquier anuncio vacacional.

Este pueblo, que fue, antaño precioso, de pescadores con casitas adosadas y pintadas con ese azulón, casi cobalto, que antes era característico de los pueblos manchegos, y que tan solo intentaba evitar el encalado continuo de las partes más expuestas de sus fachadas a la vez que repeler insectos y otras alimañas que se suponen sensibles a semejante color.  Urbanizado al modo de aquellos españoles poblados de colonización de los planes de desarrollo de hace casi un siglo, de cuando los regadíos y los pantanos, pueblo de recortable, de idílico e inmaculado trazado con que los niños dibujábamos el plano de lo que suponíamos el hábitat ideal del ser humano. Hoy, naturalmente es la demostración de cómo las hordas de viajeros , entre las que se incluye un servidor, pueden convertir en cutre-parque temático a cualquier lugar, y Porto Covo es un ejemplo para no olvidar.

Lo cierto es que el dulce local, los bolos o pasteis, son denominados, naturalmente, marqueses; y no pude menos que catarlos, caníbalmente disfrutarlos, y asignarles un 9 en la escala de dulzura portuguesa, que no es poco.
Continente en la línea del volován de finísimo hojaldre de los pastéis de nata – mantequilla generosa y verdadera- y contenido sabia y moderadamente horneado con una mezcla de cabello de ángel, almendra y quizás una pizca de miel, lo suficientemente escueta para no quitar protagonismo a la gloria de la calabaza alentejana.
Otra muesca más en la lista de favoritos de cualquier goloso, el “Marqués de Porto Covo”.

Si bien , también en la lista de deseos insatisfechos figuran entre otros el  misterioso “Morgado”,  que figuraba en la lista de postres del mejor restaurante donde he comido desde hace años, y que también por excesos obligados, culpa del porco preto que nos pusieron delante, quedarán para otra, inevitable visita. Del lugar y la experiencia os relataré en otra ocasión, sin temor alguno de que se convierta en lugar de peregrinación que eche a perder ese, todavía paraíso.

 
Nadie es capaz de leer antes “El desierto de los tártaros”, de ver “Como era gostoso o meu francés” y hacerse quinientos kilómetros por carreteras secundarias, sin la suficiente vocación para ello, para encontrar  El Dorado de la gastronomía ibérica, doblemente ibérica.

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