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miércoles, 1 de junio de 2016

DAMNATIO MEMORIAE. (Visíta a Itálica).-


 



Damnatio memoriae es una locución latina que significa literalmente 'condena de la memoria'. Era una práctica de la antigua Roma consistente en, como su propio nombre indica, condenar el recuerdo de un enemigo del Estado tras su muerte. Cuando el Senado Romano decretaba oficialmente la damnatio memoriae, se procedía a eliminar todo cuanto recordara al condenado.”
(Wiki).





Supongo que entonces, como ahora, el único crimen merecedor de semejante castigo, el de lesa majestad, es el de robar a un pobre, el de saquear los sestercios del erario público, cuando este erario es más bien un erial, un terreno baldío donde la única hierba que crece durante todo el año, curiosamente, es la deuda pública.
Hoy la sociedad, al menos la nuestra, poco ha cambiado en su resignado sufrimiento popular, ni en el consuetudinario desfalco a cargo de tribunos y patricios. Conste que la historia tampoco resulta excesivamente amable con aquellos sistemas políticos que iluminaron cegadoramente el horizonte de la humanidad, es decir, la República Francesa.
Hasta Fouché que fue cura, comunista, revolucionario, ministro excepcional -de Interior- de Napoleón y Marqués de Otranto  -alguien me aconseja encarecidamente no retrasar la visita a su palacio- insistía en que el puesto mas valioso -financieramente- en cualquier estado, es el de manejar las llaves del establo, el de repartir los mejores puestos del pesebre nacional, a cambio de ciertas dádivas opacas para la contabilidad oficial, y de mirar para otro lado distraídamente, hasta el momento fatídico en que el defraudador apesebrado es pillado in fraganti, investigado e imputado, y en el peor y más exótico de los casos condenado a la damnatio memoriae, que de devolver el botín jamás se ha tenido noticia a lo largo de la historia.

Nada extraño ni ajeno, nada diferente respecto a lo de aquí y ahora, salvo quizás la inversión del castigo, en lugar de borrar el nombre y la memoria de ladrón, del criminal que esquilma los restos de la ruinas que fueron de nuestro país, campos baldíos, mustio collado de la Itálica famosa, se amplifica su nombre y gestas para mejor ejemplo de los funcionarios-pesebristas venideros. Se les dota de una pesadísima- para sus victimas- carga mediática, a través de la cual sus nombres son dotados de imperecedera fama, los Bárcenas, Granados, Roldanes y su centenar largo de compañeros de condena, han conseguido una popularidad inconmensurable , y no solo en el país de los esquilmados, sino también en aquellos países como Panamá, Bahamas, Andorra y otros cuyos regímenes dictatoriales permiten inversiones sin rastro de procedencia, como si fuesen borrando con una escoba las huellas de los que antes entraron cargando el oro ajeno.
Ni tan siquiera ese castigo de hace dos mil años, la damnatio memoriae puede alcanzarlos. Poco o nada hemos progresado desde entonces.

Desgraciadamente hemos de soslayar a los eruditos de la justicia histórica, y a los profetas del mundo mejor, para encontrar explicaciones satisfactorias que justifiquen el actual estado de las cosas.
Leer a Mario Puzo, denostado novelista de best sellers, por ejemplo. Y comprender que el ladrón, el delincuente, solo va a ser castigado cuando robe a sus semejantes, a su organización, pero jamás cuando ejerce noblemente su profesión, cuando delinque profesionalmente. Así hemos visto en nuestro Patio de Monipodio nacional, como han sido “castigados” con el san benito de la fama, los que han robado fehaciente y repetidamente a su organización matriz, sean Granados, Bárcenas, o Conde, y como los honestos recaudadores pro domo sua – sin el latín y sin Roma no somos nadie- como la familia Pujol al completo, quedan exonerados del escarnio, porque de devolver sestercios nadie ha dicho nada.
Curiosamente esta palabra, “familia” , tan querida por los mafiosos de Mario Puzo y sus Padrinos, aparece con asiduidad entre nuestros presuntos. Entre los cuales no veremos, desgraciadamente, a aquel que maneja la puerta del establo, ni siquiera a los que disfrutan de la titularidad de los pesebres nacionales.
Todo perfectamente establecido desde tiempos inmemoriales y que, incluso en época de vacas esqueléticas y moribundas, permite que sigan incrementando la deuda publica, llenando los pesebres de rica alfalfa, mientras prosigue el goteo interminable de nuevos famosos en los programas de mayor audiencia, el salto a la fama de criminales que dejan de serlo para pasar al estrellato, mientras la plebe consiente, cuando no aplaude, pero siempre vota, para que todo siga igual.

Lástima que aquí, también, el sentido de la memoria con su correspondiente adjetivo, histórica en vez de condenada (damnatio), permita que quien dispone de audiencia, de espectadores, y de medios hipnóticos a su alcance, pueda cambiar, invertir y aprovechar la memoria colectiva, que solo es la suma de las individuales y no otra cosa, para seguir manteniendo el rumbo hacia los arrecifes que nos esperan.
Lástima que no hayamos aprendido nada de la herencia que Publio Cornelio Escipión nos dejase a su vuelta victoriosa de la guerra púnica, la misma que ahora tenemos contra un estado religioso que, como el nuestro, pretende identificar y por tanto confundir, religión y sociedad.
No hemos aprovechado en absoluto las enseñanzas de la historia que, por cierto, es una señora que no hace más que dar vueltas y más vueltas, para terminar siempre en el mismo lugar.

Tan eficaz resultó en la antigua Roma el asunto este de borrar de la historia a los delincuentes, que hasta el concepto de damnatio memoriae quedó sepultado en el olvido hasta su rescate en 1860 por los inoportunos impertinentes de siempre, historiadores que, junto a filósofos moralistas y literatos humanistas, son los escasos grupos rebeldes, irredentos luchadores por mantener a flote la evidencia de la realidad, la de ahora y la de hace miles de años. 

                                      
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