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viernes, 24 de junio de 2016

EL ENIGMA DE J.L.BORGES EN EL MANUAL DE USO CULTURAL Nº 32.-

                               



“Flaubert fue el primer Adán de una especie nueva: la del hombre de letras como sacerdote, como asceta y casi como mártir” Esto lo escribe Borges en los albores de su oficio, el de “Escribir una página que no sea solamente un borrador”. El que ambos consiguieran convertirse en  literatura, “Madame Bovary cést moi” llegó a afirmar Flaubert,  resultaría tan previsible como lo fue para Borges su conversión en biblioteca, en enigma viviente.

¿Existió en verdad, o bien consiguió su pretensión, como Cervantes o Rimbaud, de desaparecer dentro de sus escritos?.  Difícil separar ambas cosas, Borges incluso fue más allá, advirtiendo sobre el protagonismo del lector – él lo fue- en la génesis de cualquier obra literaria. El poeta ciego, el Homero de origen incierto, inglés, francés, portugués o español, hasta como argentino llegó a figurar; habiendo nacido realmente en la biblioteca paterna, nacido y  vivido en ella, aunque  ello supusiera  la renuncia feliz a la vida extramuros del mundo de los libros. Fallecido en  Ginebra, su querida Suiza, y  habiéndonos presentado durante  sus últimos treinta años, la imagen  del buda sabio e invidente, del hombre que encierra en su sonrisa aparentemente bobalicona, la barrera que oculta el secreto de la esfinge.

 -“El señorito murió virgen”- recuerdo el comentario gratuito de su mucama, o las referencias a las mujeres intangibles que pasaron por su vida, catalizadas, tamponadas todas por la madre,  forjadora sin duda de este mito universal.

Tuvo la suerte de poder presentar  en vida sus obras completas,  corregirlas y prologarlas antes de marchar, y dejar con ellas un legado imprescindible para la lengua castellana. Artesano incansable, limando los excesos  enfáticos y grandilocuentes de la gran literatura, y fusionándola con su gran rival,  el lenguaje coloquial, repleto para Borges de giros verbales, palabras callejeras del barrio de su infancia, e impregnándolo todo con la poesía desnuda de artificio, en  decenas de relatos cortos de los que puede considerarse maestro indiscutible. “El hombre de la esquina rosada”, quizás sea  aquel que guardamos en la memoria como invitación ineludible a sumergirnos en sus cuentos primero, en sus poemas después, aquellos que nos hacen confesar el error de nuestros recelo innato hacia los versos, o de sus ensayos, donde vuelve a brillar la sabiduría, la mente prodigiosa de quien nos invita a conocer, y a comprender a todos aquellos autores  ajenos,  y distantes hasta entonces, a nuestra lectura , y que Jorge Luis Borges – También Isidoro, Francisco y Luis - consigue descifrarnos con su dominio absoluto de las claves ocultas del olimpo literario. 

Su incursión en el género fantástico, la metafísica ofrecida como ficción espacio temporal, donde los personajes, propiamente trasuntos del autor, o del  lector, se confunden con  el propio texto a través de arriesgadas y felices transgresiones de las normas narrativas al uso. “El Aleph” quizás, y la sucesiva inmersión en docenas de nombres propios que se convierten en mágicos y descubren ciertos vericuetos encerrados en la lógica humana, a la vez que nos obligan a leer, a releer otra vez las páginas bellísimas de quien fue el amo y señor, el primer gran escritor sudamericano merecedor de  difusión mundial, antecesor del boom de los años sesenta. 

Parece ser que la propuesta de concederle el Nobel, iterativa y yerma durante más de una década, fue una de las actitudes políticas más definitorias del conservadurismo de la academia sueca. Dicen que su pensamiento, el de un  espíritu libre, su no alineación con bando alguno, o su más que probable misantropía de octogenario, pudieron disuadir a un tribunal que siempre ha buscado el aplauso de grupos o corrientes intelectuales centradas en algún tipo de militancia. No fue el caso de Borges, él era, y es, únicamente un libro inacabable y erudito, brillante e imprescindible.  Alguien que:  “En aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad” J.B.L.  La vida misma.



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