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lunes, 26 de septiembre de 2016

VOLANDO VOY.- (JUNTO A OZU Y LOS VILANOS DE AMARCORD)




                         La menor incidencia nos aliviaba y nos daba esperanzas de escapatoria de aquel letargo invernal que se había prolongado durante la primavera y el verano siguientes. Perdida ya la noción del reloj interno de la naturaleza, el que mantiene con vida a los animales, a las plantas e incluso hasta a las piedras supongo, en la convicción de que ellas ya estaban antes ahí, mucho antes que todos nosotros, por más que con la sangre o la savia pretendamos presumir de ese breve desafío que mantenemos con el tiempo, dueño y señor.

                        La monotonía de la sesión semanal, y única, en el cine del pueblo, viendo películas casi por obligación, como mirador exclusivo al mundo exterior, cuyo acceso imaginábamos vedado absolutamente, con argumentos lejanos a los nuestros y siempre, inevitablemente basados en la ficción, en los viejos géneros del teatro clásico, cuyos personajes e incluso indumentaria, solían vestir los actores. Hastío esperado y deseado durante seis días, que se confirmaba inevitablemente al séptimo, como la creación, asunto indiscutible por aquel entonces.

                      La sorpresa más habitual, que ni siquiera lo era, consistía en ver aparecer unas manchas blancas en el rostro de las estrellas de la cartelera, o en el cielo que festoneaba las verdes praderas sobre las que simulaban cabalgar James Stewart o Richard Widmark. Manchas pequeñas que se multiplicaban y crecían velozmente hasta confluir en un blanco total que cubría toda la pantalla suspendiendo temporalmente la función. Fastidio para unos, alivio para otros, y en todo caso, ruptura de aquella actividad pasiva a la que los espectadores nos dedicábamos con menor interés que el motivado por la bolsa de pipas -semillas- que sujetaba nuestra mano izquierda. (Las películas eran habitualmente desechos de las distribuidoras, en su afán suicida de matar la afición al cine).

                  Breve descanso, ocasionado por la impericia o la distracción de quien laboraba tras el agujero luminoso que brillaba sobre el muro trasero, justo al final del gallinero, más tarde llamado paraíso, que olvidaba mantener el bucle oscilante de la cinta con la longitud mínima de rigor, aquellos cinco o siete centímetros por debajo de los cuales, el riesgo de que la tensión de la maquinaria rompiese la película se convertía en suceso, ocasionando que el ultimo fotograma quedase inmóvil frente al calor de aquellos pirulís de carbono forrados de cobre -arco voltaico-que eran, al fin y al cabo los causantes de aquel fenómeno milagroso llamado cine, la luz de Dios, parecida a la que surge entre nubes espesas, ciertos días de febrero y de marzo, iluminando sucesiva y rápidamente pequeñas porciones del suelo, como si alguien , desde allí arriba, estuviese buscando algo o a alguno, perentoriamente.

                            El tiempo justo, segundos mal contados, para cortar los fotogramas dañados, pegar otra vez con acetona los extremos, y volver a recuperar la secuencia en el punto aproximado a donde la habíamos dejado.

                           Si el proyeccionista era amble, o temeroso quizás de los denuestos sonoros que le llegaban, ponía un disco en el tiempo muerto, uno de los dos o tres que estaban a su disposición, usualmente aquel que ya estaba depositado en el plato giradiscos, “El emigrante” de Juanito Valderrama o quizás “El Fracasado” de Rafael Farina, - en lugar de los lieder de Schubert que solía cantar la tía Eduviges, a aquellos que disponían de semejante engorro - algo que marcaría para siempre nuestros gustos musicales y afortunadamente dejaría colgando un cable irrompible, oscilando en la memoria para aferrarnos a él a lo largo de los años, cuando necesitásemos que la nostalgia ahuyentase a la terrible melancolía, pero eso ya es otra historia.

                         Sucede que aquel episodio habitual por iterativo, del fogonazo blanco sobre la pantalla que no era tan blanca, y que quizás nunca lo había sido, un buen dia se convirtió en un punto de no retorno, y sin darnos cuenta nos abrió otra puerta, esta vez inesperada, aunque ciertamente presentida, la de la entrada en el país de irás y no volverás. Aquel día no hubo música durante la interrupción, y esta no fue reversible. Pasaron minutos, cortos al principio, más largos y pesados cuando el cuarto y hasta la media hora hubo transcurrido con la sala iluminada por el reflejo de la luz de la pantalla, y alguna carrera, un rumor después, y la reveladora voz de alguien que descubrió que no había nadie junto al proyector, ni allí, ni en la taquilla, cerrada desde mucho antes, ni encontrado presente responsable alguno de aquel negocio.

                     Abandonamos la sala en silencio, con el presentimiento de que aquel episodio no resultaba algo “corriente”, y que quizás anunciaba algo más amenazador que el inevitable cierre definitivo del cine del pueblo. De hecho la dispersión de los escasos espectadores, a través de las calles divergentes que arrancaban de la plaza donde estaba ubicada la sala, ya podía habernos dado alguna pista sobre el significado de la palabra metáfora, que para nosotros era solo el mote propiedad de Carlos, heredado de su padre, Carlitos Metáfora, ignorando que la palabra en cuestión sirviese para algo más que para identificar a toda una familia, y que nos estaba dando a entender de manera discreta que era el fin de una época para el pueblo, que no pudo permitirse desde entonces mantener una sala de cine, y para nosotros, que tuvimos que seguir el dictado de la voz de la supervivencia, recorriendo temerosos caminos cuyo final ignorábamos y que, en todo, caso, nos alejaban para siempre de aquel mundo confortable incluso, a pesar de sus innumerables e inevitables carencias.

                    Y así fue como comenzó todo, al menos todo lo que vino después. Pasa la vida, y curiosamente, no siempre lo hace hacia delante, por más que las manecillas del reloj sean tan obstinadas como la misma realidad, pero la mente, ¡Ah! la mente tiene la capacidad de manejarse como nadie en los vericuetos más intrincados, de recorrer todos los senderos que se bifurcan en el jardín aquel, y lo que resulta más asombroso aun, de hacerlo simultáneamente. 
 
                   Vuelvo al cine, de hecho jamás he salido de él, solo que ahora he cambiado la bolsa de pipas por una cerveza o por un yogurt. Descubro que prefiero, y que puedo, suprimir la cena, pero no dejar de ver una película, y que las rarísimas interrupciones, ocasionadas por las inevitables necesidades mingitorias, en aquellas películas que se acercan, y a veces sobrepasan las tres horas, son resueltas con la detención de la proyección, que ya no lo es, en el fotograma afortunado, y curiosamente, tampoco resulta ahora ninguna sorpresa, el que la imagen congelada en la pantalla, no se deforme, ni desaparezca, preparada para continuar la historia, en la misma fracción de segundo 1/25 ahora, donde la dejé. 

                    Una de ellas, ciertamente más breve, pero igualmente inolvidable, de Yasuhiro Ozu, “Floating Weeds” 1959, convertía un drama ocasional en imperecedera obra maestra. Ya el título, para mi parco conocimiento del idioma inglés, daba a entender que lo de flotante resultaba evidente, pero la palabra que empezaba con w resultaba a todas luces disuasoria, y más con dos e seguidas, y terminada en d, ¡A saber que encerraba en ella!. Lo peor de todo era que , indudablemente, resultaba tan abstracta para mí, como su título original en japonés, “Ukikusa”, aunque recordaba haberla visto hace tiempo en un borroso blanco y negro, con un argumento melodramático tan de moda en aquellos años, sin dejarme otro recuerdo que el de la maestría de sus actores y quizás, de lo atípico que en el cine de Ozu, resultaba el uso de tal variedad de escenarios, y de la ausencia de la usual concentración de sus historias en el transcurso de días, pocos, incluso de horas, que suelen convertirse en escasos minutos para el espectador devoto.

                  Ahora lo veo claro, justo cuando la presbicia intenta conseguir el efecto contrario, paradoja que me recuerda el apodo del amigo Felipe, Felipe Paradoja, y cuyo sentido se hace pleno en esta historia.

                “Las semillas flotantes”, no eran solamente los personajes de Ozu, forzados por un destino cuyos arroyos los llevaban arrastrando y alejando del punto donde se desprendieron del árbol original, pero que milagrosamente, por aquello de las riadas, los sedimentos y los tifones que da la vida, Ay Dios, los hacen regresar al punto aquel, si no el de partida, al menos por donde cierta vez pasaron y dejaron huella para alguien y para ellos mismos. Evidentemente estaba filmando nuestro devenir. No importa los años que teníamos cuando realizó la película, ni siquiera el que no hubiésemos nacido; de hecho, como todos los grandes que el mundo han sido, estaba contándonos una historia intemporal y universal, la nuestra.

                Esas semillas que a veces cayeron junto al tronco, sobre una oportuna grieta , y en un terreno abonado por décadas, a veces siglos, de hojas muertas que han ido acolchando y enriqueciendo el lecho donde los más afortunados, si el sedentarismo lo es, pudieron crecer junto a sus padres. Otros lo hicimos en un tiempo otoñal, justamente ventoso, y fuimos arrojados al regato de agua brava, después mansa, que nos alejó irremisiblemente, y nos enterró bajo una arena yerma, a la espera de que el torrente renaciera y nos depositase en terreno fértil donde enraizar. Semillas flotantes, ya digo, ya dijo Ozu.

             Añoras el bosque donde naciste, junto a la encina aquella, la de las bellotas dulces, y esos recuerdos agridulces te acompañan revividos por las estaciones, cada primavera con las primeras briznas de verdor, cada otoño con la primer hoja que practica su elegante parapente ante tus ojos que, ahora si, ahora comienzan a desentrañar el significado real de tantas cosas, y no solo de las películas que admiras, que seguirás admirando.

               Aquellos que crecieron junto a las raíces de sus abuelos, nos sirven de referencia, son hitos clavados en el terreno que delimitan la extensión, y la existencia, de la tierra prometida, al menos mientras sigan vivos, y perduren en nuestro recuerdo, son como los faros de una costa familiar cuya visión nos reconfortará una y otra vez. Pero otras semillas que volaron con nosotros durante aquel vendaval, como algunos asistentes a la última función del cine aquel, se dispersaron sin dejar la menor señal en su camino, sin regresar jamás a la plaza aquella donde los vi por última vez, y con el agravio generacional de no haber dejado huella digital. Dificil si no imposible encontrar en las redes, en los buscadores, aquellos nombres y apellidos que partieron en la época en que Valderrama o Farina resultaban cotidianas para nuestros oídos y para las voces de los más atrevidos.

             Aquí parece que la ardiente y evanescente imagen que desapareció ante nuestra mirada en el cine, tuvo idéntico significado de pronostico infausto que en los personajes de las tragedias griegas. Se fueron para no volver, quizás irremediablemente. Aunque vuelvo a Ozú otra vez, me agarro con todas mis fuerzas a la película que no acabamos de ver, a una historia que nunca supimos como terminaba, de un título que no recordamos y que, quizás no fuera siquiera merecedor de ese recuerdo. Pero…quien sabe. Dice Mairena -este es Machado- que la esperanza es la madre de la fe, y aun para los descreídos, nos llegan ciertas señales, de alguno que ha visto a alguna semilla que creímos perdida para siempre; o quizás la aparición sorprendente de alguien a quien no logramos reconocer por más que su sonrisa y su abrazo nos invite a recordar que estuvimos muy cerca, en aquella rama, durante cierto tiempo. 
 
            Nada importa, quizás ni siquiera la añoranza de los ratos buenos e incluso los malos, tan solo la satisfacción de haber volado en el vendaval, de haber flotado en el agua dulce, y la esperanza de volver, una y otra vez, con nuestras piernas o con nuestra memoria, al tiempo y lugar donde aquella película se interrumpió definitivamente.

               Por cierto que, esta historia continua más allá de las vicisitudes individuales de un sarmiento, de un retoño injertado trasplantado en el huerto de al lado, o de los que esperamos ver regresar.

              El pueblo era y es un colectivo, con vida propia, cuya evolución vital resulta ajena en cierto modo al mundo de las personas que fluyen en él, y que no suele reproducirse habitualmente en novelas o películas, sean documental o ficción, al pertenecer a una esfera sin sentimientos, y por tanto, aparentemente, sin alma.

            Pero son tantas las historias filmadas que nos lo hacen ver, las que reflejan con precisión de reloj de cuarzo, el primer componente de nuestro granito materno, el antes y el después de cada ciclo vital -económico- , de cada migración forzada y masiva de las semillas aladas, que no dejo de encontrar el paralelismo que nos une con otras películas japonesas. Conste que no son tristes, ni pesimistas, como tampoco lo es la de Ozú, pero si resultan una maravillosa invitacion a la reflexión, y ciertamente al necesario e interminable aprendizaje. 
 
Por solo citar alguna ellas:

  • La balada de Narayama “Narayama Bushiko” 1958 Keisuke Kinoshita y 1983 Shoehi Imamura. (Hubo remake).

  • La última nota “Gogo no Chuijon-jo” 1995 Kaneto Shindó.

  • La Última película “The last Picture Show” 1971 P. Bodganovich (Fuera de carta, obviamente no es japonesa), y su secuela “Texasville” 1980, donde los mismos personales, veinte años después… eso.

  • Amarcord 1973 Federico Fellini, donde la secuencia inicial de los vilanos voladores, semilla del diente de león, nos invita a volar junto a ellos.

       P.D.- Si no las ponen en el cine de vuestro pueblo, no sufráis por ello. Me teneis de proyeccionista incondicional vuestro, y prometo seguir atento al bucle (de la vida).


                                   
                            
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