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miércoles, 9 de noviembre de 2016

JAPÓN. CRÓNICAS DE UN VIAJERO ENAJENADO.- (1)

                             




Cuando subes una colina solo puede suceder una cosa nada insólita, y es que al descender por el lado contrario vuelvas a encontrarte en el nivel del terreno donde comenzaste, el tuyo propio.
El afán del viajero, ahora que puede desplazarse a cualquier lugar del globo con relativa facilidad, queda en entredicho al constatar que a partir de una determinada distancia de tu casa, solo puedes volver a acercarte a ella. Quizás sea ese límite, por el este y el oeste, por el norte y por el sur, el que te prueba lo insignificante de tu ambición de viajero, por muy lejano que pretendas tu destino. Japón en este caso.

Un lugar tan diferente que, inmediatamente, debes  olvidar cualquier intento de compararlo con tu entorno cultural o humano. Hasta el paisaje, teñido del verde interminable de los arces, del discretamente más oscuro del gingco, de los cambiantes tonos pastel de los campos de arroz, junto al rumor perenne del agua corriendo a tu lado, arroyos , a veces torrenciales, atravesando ciudades, jardines y cualquier templo que se precie, con sus barbos multicolores diciéndote en sus silentes bocazas que no eres más que un guiri, un gaijin extraño y siempre bienvenido. Inevitable la añoranza del agua, y su ominosa ausencia en tu tierra, donde tienes que ascender ochocientos o mil kilómetros hacia el norte, para poder comprobar lo agradable que resulta su proximidad  –la vida- acariciando la tierra , alimentándola.

Y ya digo que no quiero comparar, por absurdo, por no  declinar en el inevitable juicio del mejor o peor, cuando el único dictamen válido es la diferencia, es casi todo distinto, o así parece al observador cuyo asombro se agota tres o cuatro veces en cada jornada.
Son muy religiosos, o al menos lo aparentan, y tanto budistas como sintoístas me muestran unos ritos harto familiares, bastante cercanos a los practicados desde mi infancia, el agua bendita a la entrada del templo- ellos la beben, además- y su circunloquio bastante más sofisticado que el hacer con ella en los dedos el signo de la cruz. El incienso aromático y purificador al albedrío del feligrés que aporta su cartucho, y lo enciende en la vasija comunitaria, las bujías , pequeñas velas que recoges del estante, previa limosna, y enciendes junto a la hornacina, del santo de tu devoción.

 Quizás esta sea la primera gran diferencia, aparte de la ausencia de injerencias por parte de un clero invisible, el que las figuras de las divinidades sean discretamente antropomorfas, pero sin rostros precisos o diferenciados, tan solo las que representan animales, enviados celestes, muestran el detalle y el diseño del artista que las ha forjado, garzas, monos y zorros, rodeados por ciervos auténticos, te acompañan con insistencia a lo largo de tus visitas. Las procesiones festivas, los matsuris en los que las carrozas, y los tronos ostentosos, con decenas de costaleros, te hacen sentir aquello del principio, que has dado la vuelta al planeta para volver a encontrar algo idéntico a lo que dejaste en casa. Tan solo echo de menos algo, en este revival  politeista, las monjitas. No tienen.
Más de lo mismo en la calle, estatura similar a la nuestra, casi nuestro color,  al menos  el de los que somos del sur, y un pelo liso, oscuro y resistente, hasta el punto de que el exotismo de mi calva fuese motivo de hilarante diversión para adolescentes, en alguna ocasión, No habían visto nunca un calvo.

No se les ve tan apresuradamente estresados como imaginaba, salvo quizás en las entradas y salidas de la estaciones de metro, donde su  elevadísimo número los impulsa a dejarse llevar por el torbellino benefactor. Limpios siempre, ausentes de quienes les rodean, silenciosos, y con el aspecto feliz de quien acepta la jornada, larga, que tiene por delante. Habitual el aspecto semicomatoso, de los que regresan al anochecer,  a pesar de los subterfugios usados para disimular que realmente están durmiendo, el móvil junto a la cabeza y las extremidades dislocadas  en una verticalidad imposible, te confirman la paliza que han recibido ese día, y seguramente todos los demás.

Hay algo que me sorprende y extraña, la presencia frecuente de ancianos, la mayoría mujeres, deambulando con la columna curvada y rígida, una anquilopoyesis feroz que  convierte la verticalidad de la columna espinal en un recuerdo lejano. Prosiguen su camino con la mayor naturalidad, cargados con bolsas, o empujando el carrito de la compra o el propio de su oficio. Y ahí es cuando aterrizo, cuando extrapolo a los octogenarios y nonagenarios europeos, a los que no suelo ver en la calle, porque no trabajan con esas edades y menos con esas limitaciones físicas. Supongo que en Japón trabajan hasta el fin de sus días, que no existe la jubilación tal como la entendemos, y que ese destino siempre será mejor que el de convertirse en comida como en Soylent Green, la peli donde Edgar G. Robinson se despedía de todos, en el cine y en la vida. Inevitable la imposibilidad de establecer cualquier tipo de comparación, tan solo asumir la diferencia.

Llegué a ver una pareja joven agarrados del brazo. Él, alto fuerte y ciego, ella , espástica, colgada  del codo de su pareja, y evidente lazarillo de esa simbiosis. Más que sociedad espontanea supuse aquello fruto de una esmerada organización en la que a veces la suma de deficiencias puede llegar a anularlas. Aquí los imaginaba individuos independientes e imposibilitados, aunque probablemente entrenados para conseguir alguna medalla en los paralímpicos. Por cierto que no he visto a nadie, corriendo por las calles, haciendo footing o running, o cualquier otra alteración del orden, salvo el domingo en el parque imperial, entrenando para el maratón.

Y hablando de Edgar G. Robinson, la victima infinita de “La mujer del cuadro” aquel Fritz Lang recién aterrizado en Hollywood, he podido ver durante el interminable y mortificante vuelo de ida –el de vuelta fue peor, al carecer del factor sorpresa o novedad- la estupenda película “Trumbo”, donde descubro una faceta desconocida de este actor, la de comunista relapso, la de mecenas de la progresía y a la vez la de traidor en el infierno. “Usted puede seguir escribiendo y firmar con otro nombre” –le espeta a Dalton Trumbo, que había ganado el Óscar con “Vacaciones en Roma”, usando un hombre de paja- “Usted puede hacerlo, pero yo solo tengo esta cara, este rostro, y si  dejo de actuar, dejaré de comer”.
O algo así, que me descoloca la historia, puesto que siempre creí que fue Elia Kazan el único en delatar todo lo delatable. Parece ser que también Robinson, y que John Wayne estaban en el lado de los malos en la vida real, mientras que Kirk Douglas iba de héroe, por aquello de que era Espartaco. Muy bien la peli, estupendo personaje el de Trumbo, a pesar del maniqueísmo habitual, y de la cargante presencia de Helen Mirren, que también sale en “Eye in the sky”, infumable película bélica, de las guerras de ahora, y en “Hitchcock” , donde ya la tuve que apagar, menudo tostón. 
Comprendo que están en la cresta, pero media docena de películas al año no benefician a ningún actor, por muy bueno que sea. Al final parece que estas viendo una película española, donde los actores suelen interpretarse a si mismos, salvo rarísimas excepciones.

El hotel y las noticias de CNN o BBC. Vuelve la comparación de las miserias electorales norteamericanas y las patrias. Aquí el partido ha conseguido librarse del sánchez, y allí con un poco de suerte el trump puede acabar terminando con el partido. “El fracaso del bipartidismo” comentaba alguien, y yo me asombro otra vez, de que lo descubran ahora. Contemplo en la pantalla horrorosas manipulaciones vendidas con la más exquisita elegancia, los informativos de parte –la otra lo tiene crudo- y los elaboradísimos y convincentes documentales que intentan dar la vuelta a la realidad, a beneficio de sus productores, de los que sostienen el informativo gratuito. Durante una hora de magnifica puesta en escena y vistosas entrevistas con los protagonistas de la parte correcta, me explicaron, y hasta casi me convencieron, de lo genial que está resultando la iniciativa  de reclutar árabes palestinos como fuerza de ocupación del ejercito de Israel en Gaza. Puede parecer un disparate, pero una vez que te lo explican adecuadamente, lo entiendes. Algo así como los sonderkommand de los campos , las victimas de los nazis que pastoreaban a las otras victimas hasta el matadero. Algo así pero en colorines y con muy buen rollo. Los bucles de la historia son infinitos, lo son hasta en el sarcasmo más cruel. Judíos reinventando el holocausto, en este caso, ajeno.

Ciertos viajes como este me recuerdan a las motocicletas. Cuando ya tienes dinero para comprarla, la “Electra Glide” resulta que ya no tienes edad para disfrutarla. Ahora sucede lo mismo. Dispones del dinero para pasearte unos días por uno de los países más ricos, y caros, del mundo, pero adicionalmente necesitas una energía y un entrenamiento que ya está bastante lejos del que disfrutabas a los veinte años, cuando levantarte al amanecer, las cinco de la mañana en Tokyo, y patear la ciudad a lo largo de catorce horas te hubiese servido exclusivamente para lamentarte de que la jornada hubiese sido tan corta. Ahora descubres que la mochila es un invento genial e imprescindible si quieres disponer de libertad en los dos brazos, y descubres que aunque la batería se te agota en las primeras horas de la tarde, una vez recargada te dura cada día un rato más, entrenamiento físico que hace despreciable el gimnasio, cuando puedes mover las piernas y el corazón durante etapas que habrías considerado insalvables, quince días atrás. Aún así, la querencia de la hora de cenar y el agotamiento que conduce a la cama inconscientemente, te hacen añorar esa edad en la que los limites físicos quedarían conjurados sobradamente por el deseo, por las ganas de seguir adelante. Supongo que no se puede tener todo. Y no me quejo.

                                  

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