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martes, 20 de abril de 2010

MARCEL PAGNOL. CINE Y PEDAGOGÍA I


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LA GLORIA DE MI PADRE

Vivir en sociedad es moverse dentro de un círculo de afecto.
La peña del cariño, es la que nos hace sentirnos arropados en el día a día, y no solo en esos momentos difíciles y especiales, en los que la palabra del amigo es siempre la mejor medicina.
Sucede que la peña que me ha tocado tiene un componente mayoritario de profesionales dedicados a un oficio que no es el mío, la enseñanza, y sucede que quiero dedicarles una selección especifica para ellos, del mejor cine que he visto últimamente, y en el que solo de manera secundaria, las pasiones humanas son el primer motivo de la ficción cinematográfica, y donde curiosamente, aparecen los docentes, y su entorno vital como fondo imprescindible, como decorado selecto de la historia que nos están contando.

No creo que haya sido una coincidencia el que entre las películas que me hayan dejado mejor sabor de boca, retrogusto dicen ahora los eruditos en la cata, al menos la mitad incidan en la misma temática, que por cierto a la hora de elaborar cualquier armazón dramático, da para mucho como podrá comprobarse enseguida.
Lo que si ha sido una prueba de mi ceguera, transitoria al menos, al respecto, es el no haberme puesto a reflexionar sobre el asunto mucho antes.
Y no solo por la excesiva proximidad de todos los integrantes del circulo afectivo, que sin duda me ha impedido ver con nitidez la evidencia, como también por la asunción de que determinadas profesiones dedicadas a hacer mejores a los demás, tanto en el sentido físico, en el de su salud, donde me incluyo, como en el espiritual que es el campo de trabajo de los docentes. De que en cualquiera de estas actividades, se dan por asumidas determinadas actitudes, como por ejemplo la generosidad en el desempeño, que se supone incluida en la motivación vocacional, o el estajanovismo laboral rayano en la heroicidad en muchos casos, y que socialmente no conllevan otra consideración, otra satisfacción, mas allá del deber cumplido, de la exigencia mínima en el cometido del funcionario.
Y quizás sea mejor así. La necesidad de salud y de conocimiento de la población, y su cobertura con mayor o menor acierto por una legión de trabajadores que dentro de sus limitaciones, intentan satisfacerla a través de los siglos.
Labor noble, nadie puede negarlo.

Comienza la sesión continua con un par de novelas autobiográficas de Marcel Pagnol, “La Gloire de mon pere” y “Le Chateau de ma mere”, llevadas al cine en 1990 por Yves Robert, y donde el autor nos cuenta su infancia y el despertar de la adolescencia en el ambiente familiar de un maestro de provincias, bajo la influencia de un buen hombre orgulloso de ser francés, de ser laico y de ser demócrata. Y tengo que resaltar estos matices, apenas subrayados dentro del tono de comedia , de la ternura agridulce que envuelve en todo momento al protagonista, porque entiendo que la figura del padre es además un prototipo, un modelo a seguir, como en el resto de las películas de este ciclo de cineclub virtual, un modelo de ciudadano estricto con los valores de la sociedad en que le toca vivir y consciente de la responsabilidad que tiene como baluarte moral para su familia, sus alumnos y compañeros.
Y los subrayo además, por la envida sana que me dan los que sienten orgullo por su país, por su independencia personal y por los principios de la sociedad que defienden con uñas y dientes. Sentir envidia de lo bueno que no se tiene, debería ser una virtud, si sirve para acercarse a ello.
Los primeros minutos me hicieron trasladarme al patio de butacas de una sesión dominical de los años sesenta, de una función infantil concretamente, y ello me hizo sentir bien de inmediato, aunque poco después, sin darme cuenta me encontré dentro de una o varias novelas de Delibes, e incluso en algún divertido episodio de Tartarin (de Tarascón) y en ciertos paisajes impensables de Francia, cuya carencia de verdes los hacÍa tan familiares, tan próximos a los nuestros.
A la vez que recuperaba esos momentos de la infancia, tan universales como exquisitos para la memoria que, obligada a engullir insaciablemente la información apresurada del tiempo presente tiene que acudir a los recuerdos ajenos, los de Marcel Pagnol en este caso. Bendito sea.
Impagables los roles femeninos, la madre, motor de toda la historia y la primera chica del narrador, la primera seducción sentimental de la que es objeto. Tres horas bien aprovechadas, con su correspondiente interludio, un mes entre la primera y la segunda, en el que no dejé de recordar momentos excepcionales de personajes llenos de encanto.
Me temo que cualquier día de estos tendré que colocar la tablilla “SE REPITE” sobre el reproductor de DVD.
Lástima que ya tampoco los televisores, pantallas planas, permiten colocar nada sobre ellos, ni el torete de plástico, ni la figura de Lladró (los pudientes), ni siquiera la foto de la primera comunión. Desastre de progreso.


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