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sábado, 14 de julio de 2012

COMO ABANDONAR EL OPTIMISMO EN CUATRO DIAS.- (SIN ESFUERZO).-


Noches blancas.- (Belye nochi).

Novela corta de Dostoyevski, que  he podido conocer a través de Visconti, y que continua de alguna manera dando vueltas dentro de mi cabeza, diez o quince años después de haberla digerido.  La necesidad de amar de sus escasos personajes, tres, y las dificultades que la vida interpone entre ellos. Las noches cubiertas de nieve y a la luz de la luna, cuando no parecen noches, y el rio de la vida congelándose  hasta convertirse en algo solido e impenetrable, algo que suspende  la actividad humana,  los sentimientos, y que cuando el deshielo permite que vuelva a fluir, ya no es el mismo rio, ni las almas pueden sujetarse a las cuerdas que alguna vez tuvieron a su alcance para no ser arrastradas.
Creo que la magia de Visconti y la soberbia interpretación de María Schell y Marcello Mastroianni tienen mucho que ver con la inclusión de esta triste noche, en la categoría de las inolvidables. Cuando busco el nombre del tercer actor, secundario como actor y no como personaje, y leo: Jean Marais, me sorprendo al comprobar el daño que pueden haberle hecho su aparición en tantísimos títulos intrascendentes y la parafernalia mediática que enmascara su vida privada. No lo había reconocido, ni lo recordaba de otra manera que a través de su personaje. Magnifico.

En nuestro medio, no podemos conocer con propiedad el significado de las noches blancas,  mucho menos vivirlas, las del solsticio de verano en las que la oscuridad nunca es completa. Ni siquiera el de otras tan distintas como las retratadas por Dostoyevski en esas horas de esperanza sobre la nieve, a la búsqueda del calor humano, a veces esquivo, a veces generoso.
Más bien hemos corrompido su significado al utilizarlo metafóricamente como  “noche en blanco” la que el ciudadano pasará sin dormir, disfrutando de la cultura que la administración pone a su alcance totalmente gratis. ¿Gratis?

Su evolución hacia “la noche abierta” era previsible. Todo estará abierto para todos. Otro eslogan que sin duda tuvieron que apartar los irresponsables de la cosa.
Aquí, hace tiempo que estamos inmersos en  la creatividad postmoderna de los titulados en ciertas disciplinas, y fue elegido  “Eó noé” para significar lo mismo.
Al parecer resulta ser, según explican ingenuamente  los autores en los lujosos trípticos a seis o más tintas que lo pregonan, una expresión típica (en su acepción de exclusividad) de la capital de la provincia, y su traducción primera, sería " Es o no es”, siendo la segunda, en su  sentido telúrico: “Es lo que hay”.
Pues bien, con ese nombrecito, la excelentísima diputación provincial, ha programado siete noches abiertas en otras tantas ciudades reunidas bajo su manto protector, y a nosotros nos correspondió antesdeayer la primera de ellas.
 
Treinta y cinco actividades culturales simultaneas, desarrolladas durante un par de horas, y de las cuales aproximadamente la mitad eran conciertos. Obviamente, los escasos asistentes pudimos acudir  a uno o a uno y medio, dejando las otras tres decenas de oportunidades culturales en blanco,  como era la intención original, o bien abiertas, segunda intención, a aquellos que tienen el don de la ubicuidad (conozco a varios, al menos a la hora de cobrar).
Dispusieron transportes públicos para que en los pueblos de alrededor pudiesen disfrutar de tan magno acontecimiento, y dieron tal difusión al evento que de no ser por el aviso que tuve del componente de un grupo que actuaría en la plaza principal ante una decena de espectadores, no me hubiese enterado. Busqué la página web de la organización y al clicar en la fecha y lugar, el dia de ídem, apareció el aviso de que todavía estaba “en construcción”. Normal.

No tengo la menor duda de que habrá sido “un gran éxito”, al menos para los medios de comunicación afines (todos). Mi única e inveterada duda, es la de siempre.  Treinta y cinco espectáculos  derrochados en un rato (las noches de verdad tienen algo  más de dos o tres horas, salvo las blancas como ya dijimos), aproximadamente el mismo numero de los programados en la ciudad durante todo un año, por las diferentes entidades con interés por la cultura, y con la pequeña diferencia de que la mayoría de ellos son “de pago”. Treinta y cinco mas los gastos en transportes, aún asumiendo el carácter "benéfico" y no remunerado de la mayoría, multiplicados por siete ciudades, multiplicados por ocho provincias, y multiplicado otra vez por diecisiete autonomías. (Mi  calculadora no tiene suficientes espacios, aun excluyendo los dedicados a los céntimos, inútiles al parecer).
Y todo ello gracias a la excelentísima diputación provincial, una de las siete instituciones dedicadas a velar por nosotros.
 
La parte positiva de este despropósito, realizado con dinero que piden prestado en nuestro nombre al siete por ciento; la parte positiva es el test, que supone esto, sobre la índole de la población afectada. Cuarenta por ciento de desempleados, despensas a las que yo acuden ni las hormigas, y los bares como único negocio en pie,  al parecer floreciente si tenemos en cuenta los Chill out, uno o dos, que abren cada semana (y no me preguntéis que es eso, por favor). Y ni una sola protesta.
El test del derroche público con dinero ajeno, en una población con perspectivas más negras que el Ibex 35, no puede ser más elocuente. A los espectadores les sigue fascinando la gratuidad, nada nuevo, y los administradores no asumen nada que esté fuera de sus intereses personales inmediatos, permanecer en sus puestos cueste lo que cueste (a los demás).

Por otra parte el montaje del “Eó noé” no me parece ni original. En gramática parda se ha escrito siempre “Peu veu, peu quieru” que no os voy a traducir, y que pone en evidencia la apetencia del iluso, o de los niños, por poseer aquello que tiene el vecino, la capital de la nación, sin tener en cuenta los medios disponibles ni las prioridades de los ciudadanos.
Seguimos sin cambios en el rumbo hacia el desastre. Mientras unos restringen el gasto en las necesidades básicas, otros siguen dilapidando el futuro de todo un país.   Y lo que es peor, la población sigue esperando, convencida de  que la solución la van a dar por la tele.


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