lunes, 27 de mayo de 2013

Breve apunte gastronómico. ( En tres capítulos y medio).-

1.- Entre la gutapercha y la baquelita.-

Ahí me encontraba yo. Teniendo que decidir cuál de las dos me gusta más, como en las coplas de Don Hilarión. Y todas las decisiones son difíciles, aunque alguna pretenda disimularlo.
Por aquello de los avatares, que no son los muñecos con que algunos firman sus chorradas minimalistas, y considerando al minimalismo como adjetivo peyorativo, que también lo es. En mi caso, las circunstancias, me hacen interrumpir el trayecto del sísifo de todos los días, que más propiamente sería la reencarnación de la divinidad del escarabajo pelotero haciendo rodar incansablemente su bola de fino estiércol hacia no se sabe dónde. 
Tampoco he tenido nunca claro si identificarme con el coleóptero, ahora en riesgo de exterminio, dado su valor como bocado sublime, para algunos, o reconocerme  en la bosta genuina, al fin al cabo reencarnado en uno de esos pequeños prodigios de la naturaleza, donde los ciclos de la materia y la energía ponen a cada uno en su sitio en tan solo una millonésima del tiempo que el universo lleva dándonos cuerda. Haced la cuenta vosotros.

Me pilla la parada en medio de los pueblos blancos, que vienen a ser algo así como el condado de Yoknapatawpha faulkeriano en versión sureña, que en la norteña, ya tenemos la Región de Juan Benet que tantas alegrías y dolor de estómago  - pena  nostálgica sobre tiempos desgraciados– nos ha proporcionado.

 
Al ser una comarca virtual, una entelequia que no viene en los mapas, quizás tan solo una leyenda urbana convertida en trampa para viajeros que todavía buscan, siguen buscando el paraíso, puedo con toda propiedad creerme en su centro, aunque realmente me encuentre más perdido que otra cosa.
No queremos creer a nuestro inglés adoptivo (1), el del cielo protector, cuando nos dice que los viajeros dejaron de existir cuando desaparecieron los porteadores en los aeropuertos, cuando nuestra media docena de baúles quedó reducida a la maletita “de cabina” o a la mochila postadolescente, donde el viajero ya no puede guardar lo más necesario para el camino, sus libros, su correspondencia… Ni quedan viajeros, ni paraísos, por más que el dominical pretenda convencernos, para vendernos, lo contrario.
Claro que peor fue lo que le hicieron, le hicimos, a Gerald Brenan(2), cuyos últimos días aquí,  e inmediatamente después los primeros de la eternidad suya, serían lo más parecido a los círculos que Dante relata en verso, solo que aquí fue prosaico y en cutre. Diría que en paz descanse, pero podría confundirse con sarcasmo. Dejémoslo así.

Era la hora del regocijo, la de buscar el lugar donde, la de la cervecita y la mesa dispuesta a hacer disfrutar del mediodía de un día primaveral cons su cielo, “nubes de evolución” según la mandanga verbal de los profetas televisivos, presagiaban un extraordinario espectáculo vespertino.
Y la ausencia de biblioteca portable, los libros de viaje de lectura previa imprescindible antes de enfrentarse uno a lo desconocido, al sorprendente y a veces peligroso mundo exterior al utilitario que conduce, queda compensada con cierta pretenciosa suficiencia por el navegador con conexión 3G que me indica  el mejor sitio para comer, según los foreros de Tripadvisor, el nº uno, de un total de un restaurante – no hay más-  está especializado en cocina creativa, de autor, y que, como todos los que figuran en lugar preeminente en sus listas goza del premio “Choices award” o algo así, que no dudo sus buenas perras les habrá costado a los autores creativos.
Es decir que las pistas, la orientación culinaria virtual, me resulta inservible y bajo del vehículo a buscar otras alternativas, escuchando a otro conductor apremiando a la familia a subir al coche:


-Daos prisa, que son casi las tres y tenemos que ver otros dos antes de las cinco.

 
Supongo que se refiere a otros dos pueblos, de los blancos, y confirmo la persistencia de salvajes, de salvajes de nuevo cuño en el condado de Yoknapatawpha.


Encuentro carteles indicadores en la dirección del recomendado para dummies, que insisten en que son especialistas en cocina mediterránea de fusión. Afortunadamente ya no me quedaba duda alguna que despejar y eché a andar por el lado bueno de la calle donde tú vives, donde luce el sol de tu presencia – esa es de Jay Lerner, perdonad – y voy mirando en los salones el porcentaje de ocupación y las vistas al exterior hasta que, voilá, encuentro una terraza con una situación prometedora, panorámica sobre el lago, totalmente abarrotada. Es la mía, me dije.
Y aquí un inciso, o dos.

 
Primero lo de la manía de llamar lago a los pantanos, las ganas de embaucar al respetable, confundiendo lago con lago artificial que es lo mismo que pantano. Claro que el adjetivo artificial no vende, y el pantano menos, así que, vale, vistas al lago.
La segunda es otra manía, de la que reconozco mi  adicción, la de considerar mejor el local que tiene más clientes en su interior. Mantra: si está  lleno por algo será.  Y esa duda positiva suele pasar por alto los criterios usados, o incluso la identidad de sus ocupantes. Si fuesen paisanos vale, seguro que ellos conocen como nadie el mejor lugar de su pueblo, pero los de pueblo rara vez comemos en un restaurante…  de nuestro pueblo. Estricta lógica hogareña.  Por tanto hay que considerar que esos extraños, guiris entre los que me integro, son absolutamente desconocedores de los méritos del local elegido y su abundancia puede deberse , con frecuencia, al hecho de que constituyan un grupo familiar, numeroso, en una celebración menor, o a alguna decena de victimas vendidas al ventero por un guía codicioso.
Sirve el apunte para romper la falsa norma. Donde hay más clientes, no siempre es el lugar más adecuado. 

Como se verá a continuación.
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