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sábado, 4 de mayo de 2013

UN CALEIDOSCOPIO.- (PRESENTACIÓN).






A veces la desesperación te conduce por caminos desconocidos por los cuales tú, ni probablemente nadie, habría osado deambular. Y no es que vayas buscando el peligro, que desees abreviar tu inminente final- todos lo son, justo un ratito antes- o que no te importe el daño que puedas sufrir en un agujero tan negro como proceloso, a priori, no.
Realmente buscas una salida, una rendija por la que poder escapar del peso insoportable que te aplasta contra el suelo. Esfuerzo que afrontas pacientemente durante años, como el buen-mal Sísifo (1), que todos llevamos dentro – casi todos, no hay que exagerar tampoco- y que ante la primera muestra de decadencia física, inevitable entre los mortales, te hace pensar que cualquier día la roca que empujas hacia la montaña va a caer sobre ti, laminándote contra la pendiente de duro asfalto sobre la que la has empujado toda tu vida. 


 

No solo es el temor a perderla, la vida, o el que las secuelas del cataclismo mutilen tus brazos  y quedes reducido al personaje de Ray, el padre bengalí que atraviesa trágicamente el rubicón que separa al hombre que sostiene una familia con su trabajo, de aquel que tiene que ser sostenido por ella, algo imposible cuando la pobreza es real, no como en la, hasta ahora, impostada del primer mundo.
Un Sísifo sin miembros superiores cuya única opción razonable, la única salida para los seres queridos, es la desaparición del otrora proveedor de alimento. En la película de Ray, Satyajit Ray, el protagonista se introduce mansamente en el Ganges, como Alfonsina Stormi en el mar, a sabiendas de que el destino ha puesto las cartas boca arriba, y estas son ineluctables.
Pero curiosamente, tampoco es el final, la mayor pena del que se encuentra en la encrucijada donde el riesgo fatal es algo más que una ostentosa premonición, el autentico final es la constatación de que todo el esfuerzo de su vida, su vida misma, queda incompleta al no poder continuar con su trabajo, con el cotidiano arrimar el hombro al enorme pedrusco y guiarlo cuesta arriba un día tras otro. Es alumbrar la consciencia de que la vida ha sido exclusivamente la posibilidad hecha realidad a través de ese magnifico esfuerzo y de que el momento en que se aparte para dejar caer la piedra, evitando lastimarse, solo habrá sido la fecha en que el reloj se ha parado para él. Indemne pero inerme.

Forzosamente vuelve la imagen de las sombras proyectadas en el fondo de la cueva, la realidad censurada que, nos obliga a sumergirnos en ella y sin embargo se muestra esquiva cuando queremos tocarla. Nos impide atrapar aquello que nos ofrece, y nos demuestra que el tacto es un sentido tan ilusorio como la vista.
Y si por fortuna, las cadenas consienten en que nos asomemos a la entrada, que vislumbremos la imagen fija del pequeño fragmento del mundo real que queda a nuestro alcance, el tiempo, aliado inmisericorde de los dioses, nos demostrará enseguida que la próxima ocasión en que podamos mirar aquello que el sol convierte en sombras chinescas, o en la pantalla de plasma, solo dejará en evidencia la impostura de una singladura con el mas terrible de los destinos, el azaroso puerto del paraíso, aquel que solo existe en nuestra imaginación.

Hasta esa posibilidad remota de que nuestra mirada vuelva a contemplar la maravilla intangible, la felicidad soñada, queda rápidamente yugulada por el amo del reloj, el que nos hace ver que lo que ves ahora ya no es lo que viste antes, que quizás solo haya sido un sueño aquello que recuerdas con fruición, los restos del mástil a los que te sujetas desesperadamente, a sabiendas de que ni tan siquiera este es de madera fetén, tan solo una pieza de plástico y aluminio que en cualquier momento se entregará dócilmente al fondo marino, haciéndote ver lo insignificante de tus pretensiones, eso que tu entiendes como supervivencia.

 




(1).- Aniversario de la marcha de Albert Camus. Quién tenía perfectamente conjurada la maldición/bendición de la piedra eterna, no contaba en absoluto con la presencia del arbol.

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