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miércoles, 3 de julio de 2013

TODO PARA TODOS, GRATIS.-


OMNIA IN OMNIBUS, ET LIBERAM.-
(Lecciones morales de la gramática parda).-



Es el lema que puede leerse en la bandera española, en una de ellas, aunque no esté bordado ad hoc.

Es un halo, una aureola sobre la que flota u ondea cuando el viento así lo decide.

“Si ésta se representa como un disco luminoso sobre la cabeza se conoce como halo o nimbo, mientras que la combinación de nimbo y aureola se conoce por gloria.”


En cualquier caso y en cualquier lengua (de hecho la he traducido con Google, descubriendo que el latín también existe, como el sur ) todas las almas (esa es de Marías, que si no lo nombro es capaz de demandarme a la SGAE) del mundo entero, han sido bendecidas durante décadas con la inefable epifania: “Omnia in ómnibus, et liberam”, o sea “Todo para todos, y gratis”.


A pesar de ello, todavía hay algunos ingratos que rechazan la enseña bicolor, que promete semejante cucaña a todo aquel que reciba su cobijo. Allá ellos.


Lo cierto es que los cuentos infantiles han sido desde siempre – Hoffmann y los Grimm, por ejemplo – de una crueldad aterradora, basados en el premio de la supervivencia, que no es poco, para aquellos cuyo esfuerzo los haga merecedores de ella.

Sin embargo los cuentos para los mayores, no solo olvidan la imprescindible enseñanza moral, propia de las parábolas, de las fabulas, clarito clarito, de Iriarte y Samaniego, sino que ofrecen directa e inmediatamente el paraíso, las huríes, el maná y las perdices, para que sean felices. No prometen, ofrecen, desde el inagotable cuerno de la diosa fortuna, aqui paz y después gloria.


Y si los primeros eran formativos, o deformadores para los espíritus sensibles, en los niños que escuchaban las primeras paginas del catón en la voz de sus abuelos, los segundos han convertido a los adultos, en crédulos de lo imposible, de recibirlo todo, y gratis, y no han dejado de disfrutarlo en todo este tiempo, generación perdida, hasta comenzar a despertar de la somnolencia canutera – nada que ver con la melva – y cerciorarse de que la diosa fortuna, y su fantástica concha de caracola – busano para los amigos - solo pertenecen a esa, a la fantasía, y más concretamente a la mitología…griega, es decir a la leyenda.


Mientras que ahora queda la peor de las perspectivas posibles, ante el pueblo elegido – todos lo son, aunque los nacionalsocialistas del tercer Reich no estaban de acuerdo con que los elegidos fuesen los judíos, y …- la de ir tomando conciencia de que la dexedrina, el canuto y los licores de alta graduación suelen ocasionar cefaleas terribles, de que la cuenta está esperando en la caja, al final del pasillo, y lo que es peor, de que estamos absolutamente incapacitados para hacer lo se suponía que deberíamos haber hecho si hubiésemos aprendido algo de los abuelos, de sus cuentos infantiles, y de la tragedia que les tocó negociar.

El pueblo elegido, no sabemos por quien, ni para que, atónito e inerme ante una realidad tan diferente a la que anunciaba su bandera. “Omnia in ómnibus, et liberam”.


Aquí surge siempre la inevitable aparición del yo, de cada lector. – No hombre, ese no es mi caso. A mi no me han regalado nada.- O bien - Eso que dices es tan evidente, que ya lo llevo yo diciendo los últimos diez-veinte años-.


Y esa discrepancia metafísica, que nos pierde, la esquizofrenia entre la actitud del individuo y la de la sociedad a la que pertenece, me recuerda la atribución de la categoría de error gramatical a la palabra yo. La benéfica de la filosofía budista – lo es, más que religión – que lo diluye en el cosmos de cuyo equilibrio forman parte todos los seres del universo, animales, minerales o vegetales, vivos o muertos, y por qué no, la de cualquier dictadura que se precie de tal, en la que el yo no existe, es solo una ínfima parte (el infinito de Koestler, quizás) de la única y absoluta verdad, la del Estado.


Sigamos pues, sentados, escuchando a los oráculos, y a sus sugestivas ocurrencias para entretener mentes adiestradas en ello, en el mero entretenimiento, mientras las tripas comienzan a rugir, y a doler, terriblemente , como a los jóvenes de nuestro país, no hace tanto tiempo, antes de comenzar la éhira, el exilio laboral, o eso que ahora llaman deslocalización.


Cuando en la clase de propedéutica –bonita palabra- me describieron el dolor que el hambre puede producir, y la posibilidad de confundir ese síntoma con el de un abdomen agudo, no pude menos que identificar aquel cuadro con el contemplado en amigos de la infancia, con sus nombres y sus sonrisas, antes de perderlos, a algunos para siempre, en aquel fenómeno que nos convirtió a casi todos, en semillas flotantes. ( Floating Weeds, “Ukikusa Monogatari”, de Ozu 1959). Espero que no vuelva la pandemia de esa enfermedad que no figura en los libros de la medicina científica, el hambre; pero supongo que de los retortijones mentales, no nos va a librar nadie.


Afortunadamente siempre nos quedará el viento, y el agua, ellos son reales. Y si esas semillas germinan y arraigan en algún lugar, esperemos estar allí para contarles los estremecedores peligros que según Hoffman, O Grimm, deberán afrontar para poder disponer de algo a cambio de su esfuerzo, eso que, también según Koestler, se llama honor, el trabajar mucho, hacerlo bien y lo más importante, sin vanidad alguna.



Y digo yo: ¿Para qué coño lee y vive uno? ¿Para repetir, quizás como un loro, letanías como esta?.

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