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miércoles, 27 de noviembre de 2013

DEL DESAMOR Y LA NOSTALGIA.- (ALIKI, MI AMOR).-




Aliki, mi amor.-

Por una mirada un mundo
Por una sonrisa un cielo
Por un beso…
¡Yo no sé, que te diera por un beso ¡
(Gustavo).

Es algo inevitable, una trampa de la naturaleza, absolutamente reconfortante, para la que no tenemos antídoto.
Desde ese momento en que abandonas la niñez y que, curiosamente, viene marcado por el primer enamoramiento, en el que encuentras un nuevo y extraordinario aliciente  para soportar las impertinencias de lo que viene después.

Ya no me atrevo a reírme, sarcásticamente, es decir con ganas de hacer daño, de los que se enamoran de la imagen de alguna virgen o de la de algún santo. Dicen que el San Luis  gozaba (y también gonzaga) de gran devoción por lo bonito que era. Aunque cuando estuve en su pueblo, saqué la conclusión de que padrinos no le faltaron al niño, y así no vale.

Pero … uno es de carne y hueso también y, por tanto, absolutamente entregado a la idolatría, adoración de las efigies, profanas en mi caso, que contemplaba desde muy temprano en la pantalla – por entonces no había pantalla grande ni pequeña pantalla, solamente pantalla, éramos pobres- y quedaba prendado, hechizado de aquellas que mi subconsciente hacia compatibles con la adoración nocturna – nada que ver con la homónima de los feligreses parroquiales- es decir  de las que un adolescente encontraba más próximas y asequibles, al menos en cuanto a edad.
 Las voluptuosas estrellas del cine adulto, quedaban asociadas a las mujeres malvadas, a las meretrices  -palabra que sigo sin descifrar- o bien a las esposas o madres de los protagonistas, dignas de respeto pero nunca de devoción, que como bien sabéis es otra cosa.
Por otra parte, las más cercanas geográficamente, las niñas prodigio nacionales, eran un auténtico coñazo ante su ilimitada y profusa insistencia; además de que físicamente tampoco me resultaban seductoras. Raro que es uno, pero ni Marisol, Ni Ana Belén, Ni Rocío, ni las Pilimilis, me han gustado nunca; a pesar de que por sonrisas, saltitos, o coplas cuchifritas – solían ser versiones de otros artistas- no quedaba la cosa. Casi me ponía más la sonrisa bobalicona de la Isabel Garcés, la abuela de todas ellas. Tiempo de pipas, precursoras de las palomitas de ahora.

Por eso cuando la vi en la pantalla, a ella, cuando me miró sonriendo y cuando siguió haciendo gazmoñerías, desplegando toda la coquetería que una chica puede atesorar,   que evidentemente dirigía , exclusivamente hacia mí, no pude hacer otra cosa que entregarme.
¿Cuántas veces vi “Aliki en el colegio” y “Aliki en la marina”?. Todas las que pude. En el programa doble del sábado y el domingo, en la matinal que proyectaban en la casa del obispo – era cinéfilo, también- y en la sesión de repesca en el cine del internado. Todas las veces que pude, hasta impregnarme del mensaje que no dejaba de enviarme, con aquella mirada un mundo, con aquella sonrisa un cielo.
Por si no fuese suficiente el germen que inoculaba a mi inexperto corazón, al poco tiempo me dieron la dosis de recuerdo. Pusieron, que no estrenaron, la versión española de  “I liza kai i allí” su siguiente película, cuyo argumento  “A rich girl leaves her family to avoid marrying the person her father has chosen for her. Her father offers a reward in order to find her and an other girl that looks exactly as her is ...”    era idéntico a los de las hispanas niñas prodigio –no sé si lo correcto sería decir prodigias, disculpad - y que en todo caso me hizo ver, entrever más bien, que aquella chica tenía una cualidad diferencial, aparte de la grieguitud –lo que en aquella época no era todavía algo ominoso – y es que, aunque yo todavía no fuese del todo consciente, la chica estaba maciza.

Luego pasó lo de siempre, la distancia es el olvido, y los distribuidores dejaron de traer películas suyas, no sé si por imposición de los productores, más o menos proxenetas de las chicas de aquí, o por imposición directa de los que manejaban la “Calificación moral de los espectáculos” que no veían nada censurable en la blancura de aquellos argumentos pero que consideraban a las chicas como Aliki, algo absolutamente reprobable. Mi amor. Snif.
Curiosamente la película que hizo después fue “Aliki, my love”. De la que solo el título conozco, y me parece confirmar que la hizo también para mí.
Despues vienen las cosas de la vida, del tiempo que pasa y de ese grandísimo hideputa – los escritores del boom lo escribían así, y nos parecía correcto- que es el azar.

Más o menos veinte años después, long time ago, como en los cuentos, me encuentro haciendo tiempo en el aeropuerto de Atenas, en el internacional, dando pasos para calmar los nervios de un vuelo delayed, de esos que se vuelven eternos, y encuentro al volver una esquina a una señora rubia, esplendida todavía, maqueada y vestida con ropas tan caras como desafortunadas – aunque es una apreciación personal, la mayoría de los vestidos de diseño exclusivo, me producen urticaria conjuntival – y acompañada de una dama “de compañía”, de un amago de la Garcés de antes. Algo extraño, inusual, pero razonablemente asumible en el entorno de un aeropuerto donde uno se encuentra realmente fuera de lugar.
Más extraño aun fueron los segundos, se me hicieron minutos eternos, en que me dirigió la mirada, me sonrió, me volvió a sonreír, y me dijo con la voz del alma eso que tanto duele a quien lo pronuncia

- ¿Pero es que ya no te acuerdas de mí?
- Y .. la verdad es que no.

Puse cara de circunstancias, de reconocer que me encontraba ausente de aquel sentimiento que intentaba transmitir y que no pocas veces he recibido en vano de aquellos famosos-as que me han saludado  solicitando, supongo, complicidad y reconocimiento con la notoriedad que creen poseer y que, desgraciadamente, no tiene saldo en la parte de acá, la del que suscribe.
Además su aspecto me resultó comparable, con la distancia que marcan la diferencia en la estatura y el color del pelo, con otra paisana, también adicta al corsé y a los afeites, pero que nunca me hizo tilín, la verdad, la Montiel.
Me quedó el disgusto de haber rechazado, injustamente supuse, a alguien cuya mirada y cuya sonrisa eran extraordinarias, aunque incomprensibles para un turista rumbo Mikonos.

Ha tenido que pasar el tiempo, volver a hacerlo, otra pila de años, para que la reconociera. A mi Aliki Vougiouklaki
Y resulta, como de costumbre, demasiado tarde para decirle las frases banales de siempre, las preguntas cuya respuestas ni esperas ni te interesan, el cómo estàs y el que ha sido de tu vida, sin la menor posibilidad de volver a navegar en la profundidad de sus ojos verdes  - el cine era en blanco y negro, quizás esa fue la causa- y volver así a los catorce años.

Me queda el regusto, la sospecha, no sé si la revelación, de todo tiene el asunto, de que esta relación amorosa, tan universal – no invento nada, supongo - como desgraciada; no haya sido otra cosa que la sombra del argumento, quizás solo los títulos, de una docena de boleros. Al final va a resultar que la vida es solo eso, un bolero.

“Aquellos ojos verdes, Ansiedad, Perfidia, La nave del olvido, Miénteme, Nunca más, Estoy decepcionado, Sin ti,  Amor fugaz, Toda una vida, Y…, Quizás, quizás, quizás”.

Que tiempos.

 

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