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martes, 24 de junio de 2014

AKI KAURISMAKI EN EL MANUAL DE USO CULTURAL.-

                                    



«Cuando soy buena, soy buena; pero cuando soy mala, soy mucho mejor».
Mae West.

Estereotipo de vampiresa cinematográfica imposible para nosotros, por pertenecer a una época donde la transgresión era el reclamo obligado de la barraca y el vodevil de donde, para algunos, jamás debió salir el cine. Y también por poseer un físico absolutamente incongruente con los cánones femeninos de hoy. Dice Mae, con la agudeza y arte de ingenio del mismísimo Gracián, que a veces la cara visible, la imagen que nos construimos alrededor de una artista, o de una persona de nuestro entorno, con ser buena, o muy buena, a veces no hace otra cosa que enmascarar el otro lado, el mejor,  que solo estará al alcance de aquellos cuya sagacidad, y su insistencia, les sean propicios para apreciar la maravilla escondida en el lado oculto de las cosas.

 

Elemental maniqueísmo, el del bien y del mal, para llegar a todo tipo de espectadores, pretensión primigenia del cine de Hollywood. Pero si en la literatura universal ya quedaba meridianamente claro que entre el blanco y el negro existen una infinidad de matices, de grises diferentes y maravillosos, en el cine europeo, desde siempre creo, el asunto de los héroes y los villanos ha sido rápidamente obviado por la figura del antihéroe, y si es un antihéroe cotidiano mejor. Este personaje normal, creíble por su cercanía, y arrollado por sus circunstancias a veces en las condiciones más terribles, que no son necesariamente las más espectaculares, las más vistosas para el público, ha ido destilándose desde Renoir, Bergman, Bresson, Fassbinder,  hasta sublimarse en el cine lacónico y austero, en la sucesión de fotogramas y rostros, en que a veces se convierte el cine de Aki Kaurismaki.

 

Minimalista hasta en la duración de sus largometrajes, y espartano en la puesta en escena, ambientes tan oscuros y sombríos como sus protagonistas, pero evidenciando siempre ese humanismo tan querido a los europeos, una luz de esperanza que ilumina las desdichas y que, a veces resulta milagrosa para estos perdedores, de imposible presencia en el cine americano, a la vez que provechosa, satisfactoria para el espectador que encuentra en la tragicomedia de la vida, que al fin es lo que retrata Kaurismaki, el elemento fundamental para considerarnos personas y disfrutar siéndolo, el humor. Un humor negro, delicadísimo, en un segundo plano, lo suficientemente oculto y a la vez perceptible, para mantener la sonrisa del apesadumbrado cinéfilo que, a veces, debe dar un salto en la butaca, atravesado por el aguijón, el arpón más bien de este cineasta que vino del frio, de la gélida Finlandia, haciéndonos saber que las historias universales, el crimen y castigo, la cerillera de los terroríficos cuentos infantiles que la censura paterna alejaba de nosotros, siguen formando parte de la cotidianeidad.

 

No hay límite, tampoco, para los géneros que aborda Kaurismaki, desde los clásicos de la literatura hasta el musical, inefable “Leningrad Cowboys Go America”, o la tremenda aproximación a la más actual de las tragedias, la de los inmigrantes “ilegales” en su penúltima película “Le Havre”, donde la complicidad del paisaje francés llega a endulzar, aparentemente, la dureza de las vidas de unos y otros, a la vez que toma cartas el azar, presencia oculta tras los férreos guiones de este director que, sin buscarlo, y acusado por los críticos de imitar a este o a aquel, ha conseguido un estilo propio que a la vez resulta inclasificable, por sorpresivo, por romper temáticas sobadas de forma inmisericorde y por su intención de seguir haciéndolo. Tan prolífico como adictivo para sus seguidores.

Pienso en sus maestros, los del cine B universal, los europeos que inventaron aquello tan difícil de decir tanto con los medios más reducidos, y me maravillo de los que van a seguir, o están siguiendo su camino. Quizás Béla Tarr, si encontrase algo tan sutil como escaso, el complemento imprescindible para una obra maestra, el humor.
Mae West andaba sobrada de humor, y es eso, y no otra cosa lo que hace eterno el aforismo. Breve y divertido, como las películas de Kaurismaki.


P. D.-  El manual cumple cinco años. Harto de viejos os vais haciendo. Afortunadamente no es mi caso, lo mio viene de antes.

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