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jueves, 12 de junio de 2014

CARL LARSSON




Retrato de familia.-

Lisbeth y Britta, o Carl Larsson, el pintor hogareño.

                                 

Ya la estudiada colocación de los componentes de dos, o tres, generaciones – no hay retrato de familia sin padres – ante el sádico que te pide mantener los ojos abiertos para cegarte a continuación con el fogonazo, predispone ante la contemplación del resultado, predisponen en contrario, naturalmente  a los que no salen en la foto, aunque tambien alguno de ellos tenga que lamentar a lo largo de su vida, el desagrado de contemplar el nudo desviado de la corbata, o el aspecto de tonta - totalmente irreal- que aparentaba la tía Eduvigis – todas las tías se llaman Eduvigis, por definición, o así debieran llamarse- con su sonrisa, ficticia y forzada.

                                       

Las llaman documentos gráficos, o valiosísimos reflejos sociológicos de una epoca. Y realmente quedan a disposición exclusiva de esos arqueólogos modernos a los que llamamos sociólogos. A disposición de ellos y de algún biznieto con síndrome de Diógenes que, a fuerza de guardarlo todo, guarda la copia evanescente – los fijadores químicos siempre fueron el talón de Aquiles de los fotógrafos chapuceros.- y rara vez perduran para la imaginería colectiva, aparte de los retratos de determinados linajes mayestáticos, o de sagas titulares de circos y espectáculos ambulantes.

                                    

En el terreno de la imagen artística, de la pintura, son pocos los autores que han considerado atractivo o inspirador, el retratar a una familia ajena.
Porque después de la pose, de la composición propia del estudio, es el hecho de que sean extraños los personajes a quien los va a contemplar, tanto como a quien los fija en el papel o en la tela, y por tanto van a quedar relegados estos paisajes con figuras al ostracismo particular, al muro del zaguán, frente o al lado del corazón de Jesús, que viene a ser lo mismo.

Eso, hasta que encuentro en un chamarilero, un par de oleos sugestivos, un señor con una niña sobre sus hombros, y en el otro, una dama con otra pequeña junto a su falda.
Me los llevo, y los ubico en lugar preferente del salón, entre un póster de Woody Allen y la copia de un retrato de Marilyn junto a Tony (Geraldine que no Daphne).
Obviamente son parte de una composición, un díptico quizás – y aunque, como abajo firmante figure un tal Barón, parece evidente que es fruto de un copista en serie para surtir las demandas de turistas desinformados, o aspirantes a colgar un par de oleos en su casa, un servidor.
Y es que, aparte de lo alejado de su indumentaria, o del color de sus cabellos -son suecos de finales del ochocientos- y a pesar de la elección cuasi fosforescente que el artesano ha elegido para remedar el azul, que adorna débilmente uno de los muebles del fondo del comedor familiar, y de que periódicamente, me tientan con la posibilidad de arreglarlo personalmente, para evitarme futuros sobresaltos, (que me los prohibirán dentro de poco, y hay que ser previsor ) a pesar de ello, y considerando que mi capacidad artística, está fuera de toda duda, es decir llamémosla propiamente, incapacidad, me hace temer la posibilidad de elegir algún azul todavía más nefasto que el de la paleta del copista, a la vez que me hace recordar los arreglos que Mr. Bean realiza en aquella obra maestra a la que inevitablemente llega a sustituir por un… póster.  Sufro pues, pero me contengo.

Y ahí siguen, la pareja, el cuarteto familiar que, desde el primer momento, me están sugiriendo algo inconfesable para el que repudia los retratos ajenos, ya que en cierto modo debo aceptar que son mi retrato familiar.
Carl Larsson casi no hizo otra cosa en su extensa carrera, sus hijos y sus acuarelas, Eso y la fortuna que otorga la gloria, y que permite al artista trascender desde Escandinavia a Paris, y desde allí a todo el mundo.

                                      

Y pasan años, pasa uno más bien y los años permanecen, porque el tiempo es otra cosa, y tardo en descubrir, por azar, un cuaderno de ayuda para el acuarelista principiante, donde figuran los trazos, los colores, y el nombre del autor verdadero, hasta entonces ignoto, de quien no hizo otra cosa que intentar fijar el momento, detener cada instante en la vida de sus hijos, de conservar esas sensaciones placenteras e inigualables de ver crecer los niños junto a ti. Y como tuvo muchos, instantes e hijos, su resultado es uno de los conjuntos más apacibles y reconfortantes, que uno pueda contemplar en pinacoteca alguna.
En este caso el Swedish Nacional Museum of Fine Arts de Stockholm, se convierte en una obligación a cumplimentar en un futuro cercano, antes que la del camino de, y por supuesto, después de la crisis, una vez superada esta. (La de los cincuenta, que se me está alargando un poco. A la otra que le den).

                                                  
De momento, he disfrutado de un anticipo, la vida sin anticipos ni es vida ni es nada, con el monográfico del Petit Palais parisino.
El poder contemplar las acuarelas originales, el extraordinario dibujante que está detrás de cada una, la textura de los vestidos, las hojas de los árboles, bajo la luz del corto e intenso verano con Mónica (esa es de Bergman), y sobre todo el comprobar, más que sospechar, que entre los espectadores, en el último dia de la exposición, estaban en cierto modo, rostros nórdicos, de abuelitas suecas, de chicas, y de varones que no podían ocultar su procedencia, sin olvidarme de aquellos que sin poseer ADN cercano a los modelos originales, estábamos convencidos de haber sido retratados por el pintor.

La sensación es realmente especial. Te sientes flotar en una dimensión indefinible y compartes, en cierto modo el éxtasis que los creyentes verdaderos llegan a sentir. Los verdaderos me refiero, porque a los simuladores se les pilla enseguida, como al trilero que ejercía a la orilla del Sena, con un ojo en el cubilete y el otro avizor ante la proximidad de los gendarmes.

Verdaderamente resulta placentero el enfrentarte a la obra de pintores que eligen motivos modestos, su propio entorno familiar, y medios tan humildes como la acuarela en formatos discretos, que hacen ostentación de su fe en la pintura figurativa, y que te hacen evocar la mañana del dia de reyes cuando tenias los años en que los reyes eran solo eso, los que traían regalos, la caja de lápices de colores Alpino, que tanto tiempo después la nostalgia  convierte en la puerta mágica de lo que podría haber hecho con ella Carl Larsson, aunque obviamente entonces, solo nos sirviese para sacarles punta una y otra vez hasta que…

P.D.- Lisbeth y Britta es el nombre de sus hijas. Aunque algunos herejes lo usen para denominar así a la jarra con filtro para el agua del grifo, creyendo que de ese modo se convierte en bebible. Allá ellos.
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