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martes, 17 de junio de 2014

TINTÍN Y LOS PÍCAROS




Sugerencias semánticas de andar por casa.

Pase que tengamos que aguantar el que personajes más o menos ilustres de nuestra dehesa patria se autoproclamen republicanos, e incluso que contaminen a los semovientes de la periferia con semejante atribución, que pretendan ignorar que al ser españoles y al disponer nuestra nación de “La Constitución”  queda establecido en uno de sus primeros capítulos, prácticamente en el prólogo, que “esto es una monarquía y no otra cosa”.
Pase que estos señores confundan su identidad política o sentimental y pretendan llamarse con un nombre erróneo, pero aquí somos todos monárquicos, lo pone en el libro sagrado, y la tendencia o los deseos individuales están en otro plano alejado de la realidad y del presente.
A estos que siguen denominándose republicanos solo me queda aclararles que si insisten en confundir su adscripción democrática, que es la de todos, se merecen otro adjetivo, peyorativo, bastante diferente del  monárquico o republicano. Que no se confundan, ni mucho menos insistan en confundir a los demás. 

Otro asunto, de mayor fundamento, es el equivocar, otra vez, a “La” Constitución, con “Esta” Constitución, como cuando llaman antisistemas a los que fundamentadamente se oponen únicamente a “este” sistema. Evidentemente  ambos términos indican cosas bastante diferentes. Y el que se abuse de ellos o de la confusión que genera su uso incorrecto, solo sirve para alejarnos, desunirnos, por el método más directo, el de la incomprensión, el de la torre de Babel que figuradamente ha construido la desinformación, o información dirigida, que es lo mismo, de todo un país.
La Constitución (esta), no solo puede modificarse, no solo debe modificarse, sino que necesariamente, a no tardar, habrá que cambiarla por otra, a la que seguiremos llamando “La Constitución”. Por eso no deben preocuparse en demasía los puristas de la legalidad, de la legitimidad y de otras virtudes que suelen tener encerradas en el cuarto de baño, con fines tan evidentes, que no necesitan siquiera ser confesables.


Corolario.-  “Todos” somos monárquicos, porque España lo es constitucionalmente. El que piense que él es otra cosa, debe acudir al médico. Los que quieran, o queramos, dejar de serlo, deberemos usar otro termino más ajustado, prorrepublicano, republicanista, republicanofilo o cualquier otro palabro que se ajuste a lo que pretendemos decir. Las palabras son muy suyas y al menos respetándolas conseguiremos sentirnos mejores y, por supuesto, entendernos.





El contrato social, esa utopía que algún día llegaremos a poseer - siendo más bien poseídos por ella,  como debe ser - nunca será algo inmutable, más bien será consensuada por todos, en un tiempo de paz, unidad, y cierto nivel de justicia colectiva, en un país utópico, en el que obviamente no nos encontramos, y será modificable a la vez que lo haga la sociedad que lo sustenta. No puede ser de otra manera.

 Seguimos en cambio, apegados al legajo del testamento de aquel sistema que ignoró durante cuarenta años ambas posibilidades, la monarquía y la republica, y lo curioso es que otros cuarenta años después seguimos aferrados al dictado de aquella herencia ilegítima, como si fuese el libro sagrado, inmutable, de una religión milenaria –elegid una, todas lo tienen - y como si la sociedad, el país, sus gentes y sus fronteras, siguiesen ancladas en el siglo diecialgo. Malo.

Por todo ello, solo me gustaría no seguir confundiéndome con términos como “La”, “Esta” o “Una”, aunque ello suponga un esfuerzo contínuo para los paisanos, poco habituados a esfuerzos alejados del cuarto de baño. Aunque los buenos deseos suelen estar reservados para los optimistas incorregibles, y tampoco es cosa de dejarlos fuera de la fiesta esta de la confusión, donde debería haber un lugar para todos, hasta para los soñadores.

Pero es tambien sobre otras palabras, de mayor impacto, sobre las que me gustaría puntualizar semánticamente, para bien.
Algunas son tan feas, tan horrendas, que conviene ni mentarlas. Sucede con la corrupción y sus adeptos, los corruptos. No solo por su significado, que nos sugieren esos terribles momentos en que el cuerpo se convierte en despojo y evoluciona hacia la nada, de manera lenta y harto desagradable, la podredumbre, sino por alguna razón de mayor fundamento, su constitución fonética, por esas silabas impronunciables, que obligan a la lengua a un ejercicio violentísimo, para terminar en algo parecido al disparo de un escupitajo:
 Co – rrup- to. Esa silaba ”rrup” no merecería siquiera figurar en palabra alguna de nuestro sacrosanto diccionario.
 
Por ello, y para no herir más a los adjudicatarios, propongo sustituirla por otra más adecuada a su ínfimo delito, que al fin y al cabo, el distraer dinero que no es de nadie, dinero mostrenco según ese diccionario, no merece semejante castigo.
Yo sugiero cambiarla por picaresca y pícaro, mucho más bonitos, más musicales - pícaro suena como fígaro – y absolutamente presentes en la literatura del siglo de oro, de donde me temo que no hemos salido.

Igualmente sucede con el otro adjetivo que asocian enseguida a estas indefensas criaturas, el de imputados, termino que debería estar proscrito tambien.
Sus dos silabas centrales  fueron motivo de los primeros bofetones recibidos en la infancia, cuando los niños aprendíamos que el mero hecho de pronunciar ciertos vocablos iba seguido del Shhh! De la tia Eduvigis o del bofetón paterno. Aprendizaje sentimental cuyo rédito quiero cobrar ahora.
Figuraos que llegan a decir, “El reputado diputado ha sido imputado”, y aunque inmediatamente pensamos que en realidad le están mentando la madre, lo cierto es que estamos rebajando el lenguaje a niveles ripiosos de los que abominaría el mismísimo Don Mendo.


En este caso no solo pretendo cambiar la palabra, más bien abolirla, y con ella toda su cohorte penitencial.
A aquel pobre – solo los pobres roban, como tambien nos enseñaron- que sea pillado ante esta falta tan liviana, como es la guardar en sus bolsillos el dinero ajeno, no hay que imputarlo, ni detenerlo, ni juzgarlo, ni mucho menos condenarlo.
 Debemos suprimir todo el costosísimo proceso y limitarnos a ejecutar la sentencia, emitida por el mismo que, de hecho hace la denuncia, el periodista. No he visto caso alguno de corrupción que no haya sido puesto en evidencia, primero, y a veces tapado después, por la prensa. El resto de instituciones que tienen este deber asignado, parecen estar en otro asunto y así deberán continuar, supongo.

La condena, publica y notoria, que propongo, es el pellizco de monja (sic). Olvidemos toda la parafernalia de la modernidad y de las democracias occidentales, a las que solo imitamos tímidamente cada cuatro años, y centrémonos en nuestra epoca dorada, la de las procesiones y los toros, en la que tan felices seguimos viviendo. Ejecutando el castigo más terrible y doloroso, el feroz pellizco de monja.
Que deberían realizarlo las citadas hermanitas, justificando ese afán de labor social más allá de sus labores con los enfermos, de las que han sido apartadas por la sanidad pública, y de la asistencia a los pobres, en un país en que estos solo existen en la imaginación de los desafectos, de los afrancesados, y de los que fomentan la leyenda negra. Podrían en este caso echar una mano al país –sic - con algo tan sublime como es de hecho, el pellizco de monja.

En principio pensé en el pellizco de sus señoras, o de sus kukis, que gustosa y sádicamente lo harían al tonto este que se ha dejado pillar, que ya lo decía mi madre que nos iba a buscar la ruina. Pero después de fijarme en sus uñas, largas y cerámicas, y de su evidente ausencia de higiene en los tegumentos cercanos, con la posibilidad de generar infecciones o urticaria en las tetillas de los susodichos – si, si, es ahí donde más duele el pellizco- me he decantado por las hacendosas e higiénicas hermanitas.
Y ahí debe terminar todo el proceso, para no hacer el juego a Kafka, ni a los enemigos del país. Pellizquito y a casa.
Ya está bien. Después del bochorno causado por la pérfida prensa, y el disgusto que se han llevado los niños al conocer que el dinero de papá no salía del cajón de su mesa, exclusivamente, como les habían hecho creer.

Respecto al dinero robado – o defraudado- no habría que hacer nada nuevo. Seguir como hasta ahora, lo pasado pasado, y olvidado, y a saber donde estará. Mejor no menearlo, y tal y tal.
Total para el caso que me van a hacer. Al menos echamos unas risas y, lo que es peor, continuamos llamando a las cosas con el nombre equivocado, para así no salir jamás de este atolladero, perdón, siglo de las luces (de otros).


P.D.- Dícese pellizco de monja de aquel pequeño, muy doloroso, y que no deja señal. Igualmente se dice de ciertos dulces, de orígen conventual, la mar de ricos.

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