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jueves, 9 de octubre de 2014

UN ULISES DE ANDAR POR CASA ( II ) .-





Ensayo irreverente sobre “La Odisea”, con su correspondiente prólogo, breve sinopsis, y pormenorizado epílogo.-

Hoy resumimos.-



Vuelvo al Ulises, que dice Joyce, a través de su gigantesco sudoku de tropecientas páginas, donde nos retrata a todos y cada uno de nosotros, los que llevamos un riñón de cordero en el bolsillo, envuelto en encerado papel de estraza, acariciándolo con la mano sumergida en el gabán, relamiéndonos anticipadamente con el banquete que nos vamos a dar en cuanto lleguemos a casa, hartos de las perdices falsamente prometidas y de la monótona dieta de nabos prescrita por el dietista de cabecera. Me relamo pues con la metáfora, y con la sensación de blandura, de la humedad y de la sabrosura que guarda ese riñón para mi boca, esa promesa que mis dedos envían a mi mente, y vuelvo a Ulises que, en realidad se llamaba Odiseo, por aquello de las traducciones y las ediciones de que hablaba antes.

Homero, siglo VIII a.c., el pastor lusitano, o quizás era el poeta ciego, que figuraba junto a Viriato en páginas adyacentes en el libro donde aprendía a leer, que no a juntar letras. Me hago un lio, y veo que, como Ulises, mi epopeya vital está dedicada a encontrar el final, y el origen del ovillo.

No obstante, y sin menoscabo de Joyce, tengo que volver a ver, la versión canónica y definitiva, la de Kirk Douglas y Silvana Mangano, péplum dirigido por Mario Camerini en 1954, dando imagen a una historia difícil de trasladar a las modas escénicas del tiempo presente, pues no es de recibo que la pareja del protagonista solo aparezca al principio y al final de la película, ni que este final se convierta en una carnicería gore que rompe toda la poesía contenida en el resto del poema.. Además lo de la bellísima esposa que guarda ausencia pegada a la tricotosa, y lo del final feliz, no hacen otra cosa, aparte de desatar nuestra incredulidad, que escatimarnos el excelente melodrama que hubiese supuesto la aparición de un impostor en la cama de Ulises, como hicieron después los franceses en 1982, Le Retour de Martin Guerre, de Daniel Vigne (El caso Martín Guerre es un famoso caso de impostura judicial. Un hombre en todo semejante a Martín Guerre se hizo pasar por él, vivió con la esposa de este, y al regresar el verdadero, no hubo manera de saber quién era el marido legítimo de la mujer, pues ambos contestaban bien a las mismas preguntas), basado en una historia real de 1524, coletilla esta, de caso real, que gusta mucho a los lectores.

Y ha tenido que ser ahora, una versión tan pedestre como divertida, la del cómico de la legua, el autodenominado “El Brujo”, alias de Rafael Álvarez, “Búfalo” para los amigos, quien me ha hecho reír un buen rato con el pretexto, -pretexto para hacerte reír, cosa que siempre consigue- de la Odisea, usándola como fulcro en un monólogo festivo, especialidad de la que si no es inventor, al menos es un consumado maestro.
Y vuelvo a evocar las imágenes del texto iniciático, del viaje de retorno a través de  toda una vida, y la superación de aquellos peligros imaginados por el poeta, y que convierten al superviviente en héroe, o no.
Idea central en mi memoria, la del cíclope, el Polifemo que Ray Harrihausen fijó en nuestras retinas infantiles, durante años - y al que me gustaba imitar, ridículamente supongo, dando torpes zancadas hacia los pequeños a quienes pretendía divertir, imitando a un muñeco de plastilina, sin saberlo- para aparecer real, como una alucinación precursora de las miles que llegarían después, y siempre en ese instante anterior al sueño nocturno, como ticket de entrada a la película que no necesita proyector, y en la que Polifemo unas veces aparece como el villano, el malvadísimo monstruo, o como amigo, como antecesor de Shrek, a quien su bondad hace acreedor de todos los golpes.
A poco que meditemos sobre el asunto, descubriremos que Homero nos estaba registrando el primer caso de xenofobia del que tiene constancia la literatura universal.

Veamos. Una criatura grandota que vivía pacíficamente, ejerciendo como agricultor y ganadero, con costumbres idénticas a las nuestras, que por un quítame allá ese tamaño desmesurado, y por disponer de un solo ojo (aparte del otro, el que no tiene niña según Quevedo), genera la envidia de los liliputienses turistas y de su violentísimo guía Ulises, quienes no dudan en engañar al bondadoso pastor, falsificando sus identidades: “Nadie”, como responden ahora ciertos políticos al ser preguntados sobre quién se ha llevado el dinero, cegándole de la manera más salvaje, clavándole una estaca en el ojo, con la misma crueldad del que zancadillea a un cojo, o la naturalidad impune del que roba a un pobre, con el agravante de haberlo embriagado previamente, de haberlo hecho adicto a la primera droga de diseño de la que tenemos noticia, el alcohol, antecesora de la televisión.
Decimos que somos los primeros consumidores de cocaína de Europa, y asumimos alegremente la primera persona del plural, el somos nosotros, como si debieramos hacernos responsables, con absoluta naturalidad, de los vicios y pecados ajenos, como si los compañeros de Ulises pretendiera ser inocentes después de su colaboración necesaria a la hora de cegar a un tuerto o de emborrachar a un abstemio. Y todo porque la víctima era simplemente diferente.

Genial la denuncia que hace Homero de ese fenómeno abominable que la civilización no ha conseguido eliminar, la xenofobia. Si bien hace desaparecer, uno tras otro, a los cómplices de Ulises, en los versos siguientes, y de forma bastante desagradable, para que vayamos tomando nota los que miramos los desastres públicos como si fuesen ajenos.



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