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martes, 9 de diciembre de 2014

CONTENTO ME TIENEN .-

                                        



Cifras, datos, estadísticas, macro y micro economía al desnudo, titulares tendenciosos cuando no envenenados, y esto es lo más parecido al análisis científico de la realidad. Tienen ellos  una credibilidad limitada a las tragaderas de quien se asoma a las cifras sin una formación económica que vaya más allá de haber sufrido los reiterados desmentidos que la única magnitud indiscutible, el tiempo, va acumulando sobre las cifras convirtiéndolas en el montón de basura maloliente donde todas las mañanas escarbamos, buscando atisbos de profecías minimamente creíbles.

Al fin y al cabo el hombre es creyente por naturaleza, y parece razonable que busque apoyo espiritual donde pueda, aunque lamentablemente sean las leyendas, apócrifas por naturaleza, o los chismes, los rumores más disparatados los que ocupen lugar de honor en su armario de la fe, limitando cuando no anulando posibilidad alguna de que otro tipo de conocimiento, el racional, el mal llamado científico, el conseguido a través de la experiencia y el esfuerzo del discernimiento cotidiano tengan la menor posibilidad de ser incluidos en su bagaje de conocimiento.

Creemos por lo general en aquello cercano a lo que nos gustaría que fuese realidad, cuando no en lo primero que llega a nuestro conocimiento, declaraciones, manifiestos, panfletos, hasta en los infumables programas electorales, y siempre, siempre, en lo que está escrito -si lo he leído es cierto- o lo que aparece en la pantalla o en la radio. Incluso la referencia que nos da alguno sobre aquello que se haya mencionado en televisión o escrito en cierto sitio, ya da impronta de verosimilitud al mayor de los disparates.

Tampoco la realidad que vemos todos los días a nuestro alrededor es sinónimo de certeza. Sabemos que un observador único puede errar en sus apreciaciones, y que además los  hechos contemplados por este, por estridente que sean, no tienen otro valor que el de la anécdota.

De modo que, tenemos que fiarnos de algo, y ponemos nuestras esperanzas en esos datos, a veces contradictorios, pero cuyas fuentes suelen tener cierta pátina de credibilidad, como sumos sacerdotes de una religión, el economicísmo, en cuya iglesia figuran todas las instituciones de todos los países del orbe. Religión como todas, pero cuyos dogmas, y cuya practica obligatoria, nos hacen feligreses suyos, queramoslo o no.

Por eso, todos los dias, me golpean esos fidedignos informes, esos enunciados dificilísimos de digerir para cualquier cristiano – aquí el termino no tiene connotaciones religiosas- poco acostumbrado a que pongan a prueba con tanta insistencia la paciencia, la humildad y la tolerancia hacia aquellos que le llaman estúpido una y otra vez. Quizás tengan razón y uno se hace el loco, esquizoide en la creencia de que lo cóncavo y lo convexo del espejo en que se refleja den imágenes idénticas de la realidad. Mencionan con cierta frecuencia, los profesionales de los mentideros de pago – son profesionales- la madrileña atracción de los espejos deformantes del callejón del gato, donde cuentan que, antaño los paisanos usaban este antídoto, la risa ante la propia imagen monstruosa - para evadirse del dilema que estoy planteando.
¿Creemos o pensamos?.

Por cierto, el presidente del gobierno y el jefe del estado visten guayaberas en las imágenes de hoy, ellos que tan fachosamente – no tiene nada que ver con el fascismo - ridículos, suelen aparecer con corbatas fosforescentes, elegidas sin duda por asesores de imagen formados en ese estilo remordimiento, tan querido para los españoles desde el siglo de oro hasta hoy, al menos, y que no dudan en someterse al mas feroz de los espejos, sin necesidad de callejón alguno, el que pone de manifiesto la hipocresía subyacente en los espíritus dispuestos a “lo que sea” con tal de conseguir “lo otro”.
Y ya estamos, en el “lo que sea” entra la certeza que podemos tener en que con nosotros también harán “lo que sea”, si es necesario para que ellos consigan “lo otro”. Por supuesto que no nos van a contar que es lo otro, y si llegamos a conocerlo, dentro de un cierto tiempo, no nos va a sorprender que no figuremos en el reparto del beneficio.
Aquí, figura la creencia en el mal absoluto, la injusta sospecha sobre quien nos ha engañado cien veces, y sobre quien , ningún creyente honesto debe dudar sobre la moralidad de su próxima apuesta. Anda que un trilero con guayabera no da el cante. Que no es suficiente indicio de criminalidad el cambiar el terno sedoso y tornasolado de los sucesores de Armani  - tampoco nos cuentan quien los viste, desde el episodio desafortunado de aquel colega que pillaron con las manos en las corbatas- por la cubana, que es como en mi pueblo siempre hemos llamado a las guayaberas y que, por cierto, solo vestían los señoritos en las fiestas estivales, ya que el blanco inmaculado y el popelin no tienen lugar alguno en el vestir popular de los trabajadores, de la plebe expuesta a las inmundicias y al desgaste, y es que hasta eso desconocen.

Con lo claro que lo tienen los del otro bando, los exquisitos pantalones y chaquetas de pana, nunca a juego, que los trajes dan imagen de derechas, las cazadoras y los jerseles de campaña -electoral- y las insignias, las efigies de la virgen del pilar, por aquello de que es la patrona de la guardia civil, y hay que estar preparados para cuando vengan. Tiene mandanga, que me haya tenido que enterar por El Fary, y Google claro está, que cosa es la mandanga, y que tampoco es el veneno que destilan los culpables de nuestra idílica situación, “los actuales acontecimientos, conocidos por todos” a los que achacar todos los males, sin jamás buscar culpables con nombre propio ni mucho menos buscarlo en el espejo del cuarto de baño, ante el que nos afeitamos, o nos atusamos, todos los días.
Coletilla esclarecedora que usa Modiano en su justificación sarcástica y eximente de los crímenes cometidos por franceses en la Francia ocupada “Situación debida a los actuales acontecimientos, conocidos por todos”.

Aquí, no nos han invadido los nazis – no hay – y nadie es culpable directo de ese quinto jinete del apocalípsis, la ineptitud, al que insistimos en llamar crisis, aunque que sea más elegante su versión literaria “los actuales acontecimientos”. Aunque no deberíamos ignorar que parte de responsabilidad nos toca en ellos, la de dar por buena la pésima y desastrosa gestión que realizan nuestros señoritos, y el que esta sea la causa directa de que cada mañana tenga que tomar infusiones tranquilizantes, reforzadas con cardamomo, antes de enfrentarme a titulares bipolares, además de la ingesta de abundante rioja a mediodía, para que el almuerzo acepte seguir la trayectoria correcta y no la del inodoro, que está para otras cosas, aunque solo con ver su marca, reminiscencias de político, ya me vuelven las nauseas, y eso que aquel, el pobre, resultó inofensivo, o casi.

Podría incluir espectaculares gráficos, titulares, declaraciones irracionales de quien no debería hacerlas, pero no lo creo adecuado. Son tantas... en todos los medios, que el repetirlas, aparte de fomentar su difusión, no debe ser en absoluto necesario para llegar a conclusión alguna. Esto no la tiene.
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